LIBROS: Memorias de un maldito. nº 103 Razón Española

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LIBROS: Memorias de un maldito. nº 103

Comentarios de D. Arnedo al libro de Jorge Verstrynge .

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LIBROS: Memorias de un maldito

Verstrynge, Jorge: Memorias de un maldito, ed. Grijalbo, Madrid, 1999, 300 págs.



El autor era un joven insignificante, con antecedentes fascistoides, a quien Fraga elevó a número dos de la derecha política española. Fraga en esto de los delfines nunca quiso acertar: Vertrynge, Hernández-Mancha, Barreiros, Cuiña... Ahora la criatura escribe este libro contra su creador. He aquí una breve selección de descalificaciones: «déspota, y mal educado, egocéntrico, incapaz de soportar la crítica» (pág. 56); «la guerra sucia había comenzado mucho antes, ya con Fraga» (pág. 113); «dispuesto a acabar con ETA... haciendo desaparecer a los resistentes» (pág. 139); «Fraga sólo pensaba en él mismo» (pág. 204); «el dinero Flick» (pág. 212); «una monocracia» (pág. 221); «Fraga era una catástrofe como gestor práctico» (pág. 231); «cada vez aceptó menos las críticas y tendió a buscar detrás de todas propósitos torcidos» (pág. 253); «un bluff en cuanto a su célebre abnegación y entrega política desinteresada» (pág. 273); «de demócrata tenía poco..., una variable a escala nacional vasco-gallega de déspota asiático» (pág. 276); etc. Además de la grave acusación de la guerra sucia contra ETA, el autor insinúa contactos con militares golpistas y, en el penúltimo capítulo, acusa a Fraga tajantemente: «ante la negativa de las urnas a darle lo que deseaba, comenzaba a buscar alternativas no exactamente democráticas, o ponía esperanzas en un magnicidio» (pág. 267).

El autor despacha mal a casi todo el mundo, excepto algún amiguete. A veces es realista: «Calvo Sotelo no era más que una marioneta»; «el lamentable nivel intelectual de Calvo Sotelo» (pág. 122); «la imagen de Calvo Sotelo era tan triste como el personaje» (pág. 125).

Otra opinión: «el rey Juan Carlos ha sido el primer tránsfuga político de la transición» (pág. 71).

El autor comete, entre muchas ingenuidades, la máxima de contar cómo inútilmente se resistió al cese fulminante, aunque confiesa no haber caído en la tentación de recurrir a su fichero sobre debilidades humanas de gentes bien situadas en el aparato de su partido. Un autorretrato involuntariamente cruel.

Abundan las microanécdotas de antesala, casi todas merecedoras de olvido, alguna tan fantástica como la relativa a L. de Palacio (pág. 73). Sorprende el vacío doctrinal y programático. Ni una idea del Estado, ni de lo que habría que hacer para desarrollar a España. Y éste sería el heredero de Fraga para liderar a la derecha política.

El lector con un mínimo de responsabilidad nacional se queda triste ante este relato del cambio político a la muerte de Franco. ¡Qué tropa!



D. Arnedo



 

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