Razón Española, nº 103; Unidad retórica

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Unidad retórica

Por Juan Luis Calleja

Mecanismos de control de la inmigración indice La hispanidad y el siglo XXI

Unidad retórica

Esos españoles que, sin aplaudir las autonomías, las acatan «dentro, siempre, de la inviolable unidad», ¿cómo entienden la unidad? Sin duda, muchos tendrán opiniones precisas y razonables, que desconozco. En otros casos, sin embargo, parece que se habla de eso demasiado aprisa. Unos -no los más ilusos- hablan de la unidad como si se tratase de algo así como la integridad del mapa Michelin: el uso sin cortapisas de las vías, caminos y hoteles nacionales. Este concepto tan elemental resulta menos inquietante que la idea vaga de otros españoles que invocan la unidad inviolable de España no como una organización práctica y necesaria, sino como un título honorífico: como si lo inviolable fuese un apellido ilustre, el buen nombre histórico de la Patria.

Francisco I dijo, en ocasión famosa, «todo se ha perdido, menos el honor»; en el mismo sentido, esos españoles se consolarán cualquier tarde con una frase paralela: «Todo se ha perdido, menos la unidad». Y probablemente se quedarán contentos porque creen en la unidad retórica.

Sería interesante volver al colegio para contestar de nuevo la pregunta, ¿cuándo se logró la unidad de España? Y, en vez de la respuesta clásica, dar un disgusto a nuestros profesores adjudicando buena parte de ese mérito a Felipe V. Desde luego, los Reyes Católicos remataron el proceso integrador de la Península al redondear la unidad bajo sus coronas; y, por supuesto, esta unidad fue una de las claves del vertiginoso engrandecimiento de aquella España; pero la desunión jurídica y administrativa siguió frenando el trabajo de los españoles; aún faltaba mucho para un sistema nacional que lo estimulase. Bastante después de Isabel y Fernando, su nieto envidiaba al rival francés la soltura con que París acopiaba medios económicos y políticos, en la guerra y en la paz, porque no necesitaba tomar decisiones en Cortes dispersas.

Aunque en nuestros días la eficaz «agilidad» del regionalismo autonómico se considera axioma indiscutible, obras pensadas en tiempos de Carlos V, por ejemplo, sólo pudieron acabarse doscientos cincuenta años después, gracias al crimen que los fiscales de la historia imputan al reinado de Felipe V: la centralización.

Los fiscales suelen escamotear al tribunal de la opinión pública el embrollo que este soberano heredó de los taifas autonómicos. «El Rey de España estaba embarazado por una docena de corporaciones desparramadas a través de sus Reinos.» Las excentricidades regionales eran causa de absurdos tales como «el de que Vigo estuviera incomunicado con el interior (...) o el de que en Cádiz se vendiese trigo de Beauce (Francia) por la mitad del precio que costaba el de Palencia». «El principio democrático se llevaba a punto de ridícula indecisión en los distintos consejos (...). El sistema español reducía al Rey a tal estado de impotencia que los franceses decían que los españoles se contentaban con un simulacro de Rey, «un roi en peinture», bajo cuyo augusto amparo tuvieran libertad para ejercitar sus turbulentas voluntades». Los mercados, sujetos por leyes y sistemas monetarios distintos y por una nube de «arbitrios y contribuciones locales», asfixiaban la iniciativa; y «España desprovista de industria, sin nada que exportar, enriquecía a los doscientos mil mercaderes extranjeros que venían a ella».

No entresaco las citas de un memorial centralista, ni francés, sino de Harcourt-Smith, hijo de Inglaterra, país que guerreó contra Felipe V y le birló Gibraltar. En su biografía de Alberoni, relata la lucha del Gobierno de Felipe contra extravagancias autonómicas como la «asombrosa complicación de la moneda: había reales de plata nuevos y viejos; había reales andaluces, reales catalanes, reales castellanos que perdían la mitad de su valor cuando salían de sus propias regiones; había pesos y piezas de a ocho, y pesos del Perú y de Méjico, también diferentes entre sí».

El centralismo acuñó una pieza de curso en todo el Imperio; ordenó la hacienda y los tribunales; y, aunando recursos e intenciones, pudo emprender obras y reformas en el país deshecho. «Aunque todo el mundo trata de impedirlo -escribía Alberoni-, España, bien administrada, es un monstruo de ignoradas posibilidades.» Dato expresivo: en tres años se construyó una flota «que cubría seis leguas de mar con seiscientos buques», es decir, más de cuatro veces la Armada Invencible y tres veces la de Lepanto.

Del criticado sistema adoptado bajo Felipe V sacaron mayores frutos dos de sus hijos, que pudieron combatir la piratería y el contrabando; crear academias; tender caminos reales; empujar el comercio, industria, artes y ciencias; realizar viejísimos proyectos dormidos, como los grandes canales interiores. Recordemos que el origen del canal de Tauste se refiere a una donación de Teobaldo I de Navarra en el siglo XIII; que empezó doscientos años después -en 1444- y reanudó la siesta; que, casi cien años más tarde, el emperador Carlos V concedió privilegios para despertar «el dinamismo autonómico», con una fe digna de la comisión que, en nuestros días, presidió el señor Attard. Y nada: modorra letárgica. Hubo de ser el centralismo el que pusiera manos serias a la obra en 1781, y realizar, en cortos años, un proyecto que la diligente flexibilidad regional -acaso un poco entumecida- no había hecho... ¡en cinco siglos y medio! Y, de paso, terminó otros canales más importantes, el de Castilla y el Imperial de Aragón, también estancados -ágilmente estancados- desde el siglo XVI.

Sin embargo, como el griterío contra la organización borbónica ha sido implacable, hoy se afirma que en tiempos del último Borbón se rectifica el gran error del primero, juicio que hemos de respetar, apenados, indignados, quienes sostenemos justo lo contrario: que está liquidándose el mayor acierto de la dinastía.

Pensamos así porque las pruebas nos obligan y porque entendemos la unidad como estructura en funciones, no como título honorífico. Cuando algunos aceptan el troceo de España con tal que se declare su «inviolable» unidad, nos parecen unos hijos que consideran la vivisección de su madre, siempre que le otorguen el título de madre intangible.

Las grandes palabras tienen ese poder de sugestión que hipnotiza a los mismos que las usan. La unidad auténtica no es un lema, no es sólo cuestión de honor, ni un pergamino histórico, sino la organización que permite la vida de un cuerpo sano y entero. Además de la unidad física, esa organización tiene cabeza, sangre, nervios y cinco sentidos. La misma unidad anatómica presenta un hombre vivo y un hombre muerto; pero la del vivo -auténtica- no sufre ni la picadura de una mosca sin ordenar a la mano el papirotazo de protesta; mientras que la unidad del muerto -retórica- se deja cortar en pedazos y está condenada a descomponerse en ceniza, polvo y nada, aunque se rindan honores militares o civiles a sus títulos e insignias.



 

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