Unidad retórica
Esos
españoles que, sin aplaudir las autonomías, las acatan
«dentro, siempre, de la inviolable unidad», ¿cómo
entienden la unidad? Sin duda, muchos tendrán opiniones
precisas y razonables, que desconozco. En otros casos,
sin embargo, parece que se habla de eso demasiado aprisa.
Unos -no los más ilusos- hablan de la unidad como si se
tratase de algo así como la integridad del mapa
Michelin: el uso sin cortapisas de las vías, caminos y
hoteles nacionales. Este concepto tan elemental resulta
menos inquietante que la idea vaga de otros españoles
que invocan la unidad inviolable de España no como una
organización práctica y necesaria, sino como un título
honorífico: como si lo inviolable fuese un apellido
ilustre, el buen nombre histórico de la Patria.
Francisco I dijo, en ocasión famosa, «todo se ha
perdido, menos el honor»; en el mismo sentido, esos
españoles se consolarán cualquier tarde con una frase
paralela: «Todo se ha perdido, menos la unidad». Y
probablemente se quedarán contentos porque creen en la
unidad retórica.
Sería interesante volver al colegio para contestar de
nuevo la pregunta, ¿cuándo se logró la unidad de
España? Y, en vez de la respuesta clásica, dar un
disgusto a nuestros profesores adjudicando buena parte de
ese mérito a Felipe V. Desde luego, los Reyes Católicos
remataron el proceso integrador de la Península al
redondear la unidad bajo sus coronas; y, por supuesto,
esta unidad fue una de las claves del vertiginoso
engrandecimiento de aquella España; pero la desunión
jurídica y administrativa siguió frenando el trabajo de
los españoles; aún faltaba mucho para un sistema
nacional que lo estimulase. Bastante después de Isabel y
Fernando, su nieto envidiaba al rival francés la soltura
con que París acopiaba medios económicos y políticos,
en la guerra y en la paz, porque no necesitaba tomar
decisiones en Cortes dispersas.
Aunque en nuestros días la eficaz «agilidad» del
regionalismo autonómico se considera axioma
indiscutible, obras pensadas en tiempos de Carlos V, por
ejemplo, sólo pudieron acabarse doscientos cincuenta
años después, gracias al crimen que los fiscales de la
historia imputan al reinado de Felipe V: la
centralización.
Los fiscales suelen escamotear al tribunal de la opinión
pública el embrollo que este soberano heredó de los
taifas autonómicos. «El Rey de España estaba
embarazado por una docena de corporaciones desparramadas
a través de sus Reinos.» Las excentricidades regionales
eran causa de absurdos tales como «el de que Vigo
estuviera incomunicado con el interior (...) o el de que
en Cádiz se vendiese trigo de Beauce (Francia) por la
mitad del precio que costaba el de Palencia». «El
principio democrático se llevaba a punto de ridícula
indecisión en los distintos consejos (...). El sistema
español reducía al Rey a tal estado de impotencia que
los franceses decían que los españoles se contentaban
con un simulacro de Rey, «un roi en peinture», bajo
cuyo augusto amparo tuvieran libertad para ejercitar sus
turbulentas voluntades». Los mercados, sujetos por leyes
y sistemas monetarios distintos y por una nube de
«arbitrios y contribuciones locales», asfixiaban la
iniciativa; y «España desprovista de industria, sin
nada que exportar, enriquecía a los doscientos mil
mercaderes extranjeros que venían a ella».
No entresaco las citas de un memorial centralista, ni
francés, sino de Harcourt-Smith, hijo de Inglaterra,
país que guerreó contra Felipe V y le birló Gibraltar.
En su biografía de Alberoni, relata la lucha del
Gobierno de Felipe contra extravagancias autonómicas
como la «asombrosa complicación de la moneda: había
reales de plata nuevos y viejos; había reales andaluces,
reales catalanes, reales castellanos que perdían la
mitad de su valor cuando salían de sus propias regiones;
había pesos y piezas de a ocho, y pesos del Perú y de
Méjico, también diferentes entre sí».
El centralismo acuñó una pieza de curso en todo el
Imperio; ordenó la hacienda y los tribunales; y, aunando
recursos e intenciones, pudo emprender obras y reformas
en el país deshecho. «Aunque todo el mundo trata de
impedirlo -escribía Alberoni-, España, bien
administrada, es un monstruo de ignoradas
posibilidades.» Dato expresivo: en tres años se
construyó una flota «que cubría seis leguas de mar con
seiscientos buques», es decir, más de cuatro veces la
Armada Invencible y tres veces la de Lepanto.
Del criticado sistema adoptado bajo Felipe V sacaron
mayores frutos dos de sus hijos, que pudieron combatir la
piratería y el contrabando; crear academias; tender
caminos reales; empujar el comercio, industria, artes y
ciencias; realizar viejísimos proyectos dormidos, como
los grandes canales interiores. Recordemos que el origen
del canal de Tauste se refiere a una donación de
Teobaldo I de Navarra en el siglo XIII; que empezó
doscientos años después -en 1444- y reanudó la siesta;
que, casi cien años más tarde, el emperador Carlos V
concedió privilegios para despertar «el dinamismo
autonómico», con una fe digna de la comisión que, en
nuestros días, presidió el señor Attard. Y nada:
modorra letárgica. Hubo de ser el centralismo el que
pusiera manos serias a la obra en 1781, y realizar, en
cortos años, un proyecto que la diligente flexibilidad
regional -acaso un poco entumecida- no había hecho...
¡en cinco siglos y medio! Y, de paso, terminó otros
canales más importantes, el de Castilla y el Imperial de
Aragón, también estancados -ágilmente estancados-
desde el siglo XVI.
Sin embargo, como el griterío contra la organización
borbónica ha sido implacable, hoy se afirma que en
tiempos del último Borbón se rectifica el gran error
del primero, juicio que hemos de respetar, apenados,
indignados, quienes sostenemos justo lo contrario: que
está liquidándose el mayor acierto de la dinastía.
Pensamos así porque las pruebas nos obligan y porque
entendemos la unidad como estructura en funciones, no
como título honorífico. Cuando algunos aceptan el
troceo de España con tal que se declare su
«inviolable» unidad, nos parecen unos hijos que
consideran la vivisección de su madre, siempre que le
otorguen el título de madre intangible.
Las grandes palabras tienen ese poder de sugestión que
hipnotiza a los mismos que las usan. La unidad auténtica
no es un lema, no es sólo cuestión de honor, ni un
pergamino histórico, sino la organización que permite
la vida de un cuerpo sano y entero. Además de la unidad
física, esa organización tiene cabeza, sangre, nervios
y cinco sentidos. La misma unidad anatómica presenta un
hombre vivo y un hombre muerto; pero la del vivo
-auténtica- no sufre ni la picadura de una mosca sin
ordenar a la mano el papirotazo de protesta; mientras que
la unidad del muerto -retórica- se deja cortar en
pedazos y está condenada a descomponerse en ceniza,
polvo y nada, aunque se rindan honores militares o
civiles a sus títulos e insignias.
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