LIBROS: El Rin desemboca en el Tiber. Historia del Concilio Vaticano II. nº 103 Razón Española

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LIBROS: El Rin desemboca en el Tiber. Historia del Concilio Vaticano II. nº 103

Comentarios de J. L. Delgado al libro de Ralph M. Wiltgen.

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LIBROS: El Rin desemboca en el Tiber. Historia del Concilio Vaticano II

Wiltgen, Ralph M.: El Rin desemboca en el Tiber. Historia del Concilio Vaticano II, trad. esp. Madrid, 1999, 344 págs.



Witgen es un sacerdote norteamericano que fue director de la agencia de noticias «Divine Word», en Roma, durante el Concilio Vaticano II, que, convocado por Juan XXIII, celebró tres sesiones (11-X a 8-XII-1962, 29-IX a 4-XII-1963 y 14-IX a 21-XI-1964), las dos últimas presididas por Pablo VI, de tan discutida memoria. Este libro, traducido a seis lenguas y ahora al español por nuestro colaborador C. López-Arias, es una crónica muy documentada y objetiva de lo que efectivamente aconteció en aquel vigésimo primer concilio ecuménico de la Iglesia católica (el primero fue el de Nicea, convocado el año 325).

Según el autor, el Vaticano II fue la lid en la que se enfrentaron dialécticamente dos escuelas teológicas, las llamadas progresista y conservadora, que, respectivamente, se organizaron en dos agrupaciones, la Alianza Europea y el Grupo Internacional de Padres. Los dos bloques, además de competir en las comisiones y en el aula conciliar, celebraban reuniones internas, conferencias y ruedas de prensa, y publicaban documentos y comunicados para hacer prevalecer sus respectivas posturas.

La Alianza Europea, «el Rin» a que se refiere el autor, estaba encabezada por el alemán cardenal Frings y el austríaco Köning, y contaba con la mayoría de los prelados de Alemania, Austria, Bélgica, Holanda y Suiza. Este grupo, asesorado entre otros por el teólogo jesuita K. Rahner, logró ocupar una posición privilegiada, pues los cuatro cardenales moderadores de los plenos, designados por Pablo VI, eran miembros de la Alianza (Agagianian, Döpfner, Lercaro y Suenens) y eran mayoría en las comisiones que preparaban los textos para los debates plenarios.

Una parte de los conservadores constituyó el citadoGrupo Internacional de Padres, el resto actuó de manera dispersa. A la cabeza del grupo figuraban los cardenales Ottaviani, Ruffini, Siri y Spellman y obispos tan activos como Carli, Lefebvre o Proença. Este grupo logró frenar o atenuar las posiciones extremistas de la Alianza; pero ésta fue, en definitiva, la triunfadora y la que impuso sus puntos de vista en los solemnes documentos emanados del concilio, principalmente los referentes a la colegialidad, ecumenismo, libertad religiosa, liturgia y no condenación del comunismo.

Es muy probable que la culta minoría de católicos lectores se sorprenda al conocer, a través de este libro, las maniobras que dentro y fuera del aula conciliar desembocaron en una reforma que algunos críticos definen como la conversión de la Iglesia católica en una nueva rama del protestantismo con el consiguiente pluralismo dogmático y moral, que no cesa de avanzar, a pesar de los intentos restauradores de Juan Pablo II.

Los prelados del Rin impusieron sus criterios, seguramente con la intención de que el catolicismo hiciera frente al proceso de descristianización, acelerado en la segunda posguerra mundial; pero el resultado ha sido el contrario: seminarios vacíos, sacerdotes secularizados, ambigüedad en la enseñanza del dogma, permisivismo ético, y fracturas en la Jerarquía. Treinta y seis años después de la clausura del polémico concilio de la «reforma renana», la crisis eclesiástica es muy superior a la preconciliar.

El catolicismo cuenta con instituciones de resistencia, alguna de ellas cismática como la lefebvriana, que pretende seguir fiel a Trento. Otros quieren avanzar en la protestantización -no celibato, sacerdocio femenino, permisivismo ético, libre interpretación, etc.-, sin reparar en el punto de anemia dogmática a que, por esa vía, han llegado tantos de los reformados. El panorama general del catolicismo no es halagüeño, especialmente en España, donde una reciente encuesta ha revelado que sólo el 3 por 100 de los jóvenes cree que en la Iglesia puede encontrar un mensaje orientador de sus vidas.

La puntual crónica de Wiltgen narra lo sucedido en la Roma conciliar, y sirve para explicar lo acontecido después en todo el orbe católico. De modo subliminal apunta que la solución sería el retorno a la tradición tiberina.



J. L. Delgado



 

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