Lenguas y unidad
nacional según Mella
I.
Las lenguas de España
El artículo tercero de la Constitución establece que el
castellano es la lengua oficial del Estado y que todos
los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho
a usarla. Las demás lenguas serán también oficiales en
las respectivas Comunidades autónomas, de acuerdo con
sus Estatutos. La aplicación de esta norma es fuente de
conflictos, dada la ambigüedad interpretativa que
genera, y son muchas las personas e instituciones
afectadas, que ven cómo se dificulta su libertad de
expresión lingüística. Además, por diversos
procedimientos, se trata de imponer el uso de las lenguas
regionales no sólo a sectores de la población que
prefieren la llamada castellana para relacionarse, sino a
comarcas donde la propia ha sido ésta última con
carácter mayoritario.
Juan Vázquez de Mella, el gran sistematizador del
pensamiento tradicionalista, siempre fue un decidido
defensor de las lenguas vernáculas. Estas, dijo, son tan
españolas como el idioma de Castilla, porque todas se
hablan en España, y aquí se formaron, a partir del
latín, menos el eúskera, lengua primitiva, que acaso
fue la de los primeros pobladores de la península. Y
así, en Vich, con motivo de una conferencia dedicada al
filósofo Balmes, hijo de aquella ciudad, y que tanto
había influído en su formación, manifestó que
lamentaba no poseer «la enérgica y vibrante lengua
catalana» para expresar en ella sus ideas, por lo que
había de hacerlo «con otra lengua, como la vuestra
española
»(1)
Mas el respeto y admiración que por ellas sentía no fue
óbice para la afirmación de que ésta no es el
castellano en sentido estricto sino la que, a partir de
éste, como núcleo originario, se ha extendido por toda
la nación y goza de primacía sobre las regionales, aún
dentro de los ámbitos naturales de éstas. Por eso,
según reiteró en tantas ocasiones, es «la española»
por antonomasia pues las otras, españolas con todas las
consecuencias, permanecen circunscritas a su región
natural con limitaciones notorias: el vascuence está
localizado en lugares concretos de aquellas provincias y
de Navarra, dividido en varios dialectos y camino del
agotamiento; el catalán, lengua completa y literaria,
que es la materna de muchos naturales de la región, no
ha impedido que la común se extienda tanto que allí
prácticamente todo el mundo, si no la habla, al menos la
entiende, y para muchos es la única que conocen, caso de
los inmigrantes del resto de España; y el gallego, como
lengua de uso, había quedado relegado a las aldeas y
caseríos(2).
Miguel de Unamuno, estudioso y docente de todas las
lenguas de España, cuyos dieciséis apellidos eran
vascos, coincidió con estas afirmaciones de Mella, sin
nombrarlo, en el discurso que pronunció en las Cortes
Constituyentes de la segunda República el 18 de
septiembre de 1931. Allí dijo que el vascuence, como
idioma unitario, no existe sino que es un conglomerado de
dialectos en que, a veces, no se entienden unos con otros
(el caso de dos de sus abuelos), y apenas llegan a una
cuarta parte de la población los que lo hablan; por
querer hacer una lengua artificial han hecho una especie
de «volapuk». No hay un alto espíritu vasco, afirmó,
que no se haya expresado en castellano o en francés.
Rosalía de Castro, cuando quiso buscar a la mujer
universal, la encontró, no tanto en sus poesías
gallegas como en las castellanas: Las orillas del Sar. Y
Maragall, el gran poeta catalán de la Oda «A Espanya»
y Wenceslao Querol, el gran poeta valenciano, usaban con
mucha más frecuencia el castellano, para ser mejor
entendidos por la generalidad de los naturales de la
región. El último, «cuando tenía que sacar el alma de
su Valencia, no la sacaba en la lengua de Jaime de
Aragón, sino en la lengua castellana, en la del Cid de
Castilla»(3).
Y es que, concluye Mella, ¿cómo se comunican entre sí
los ciudadanos de las diversas regiones con los de las
naciones americanas sino en la que muchas veces llamamos
lengua castellana? La existencia, pues, de esta lengua no
es una imposición legal, sino que se funda en una
necesidad común, y la exigencia de su uso con carácter
hegemónico es incontestable.
II.
El hecho de la difusión de las lenguas
Las lenguas, dice Mella, se propagan y extienden por tres
razones fundamentales: a) la influencia del Estado que
las posee, que posibilita su expansión, cuando es
victorioso o predominante, porque el éxito siempre llega
acompañado de la admiración; b) la acción de los
poetas y escritores que, con su inspiración y talento,
las engrandecen al usarlas, aunque se trate de vulgares
dialectos, y no por su posible perfección artística; y
c) que se hable en el centro geográfico del Estado, lo
que facilita su irradiación, pues las anteriores sólas
no bastan.
Por estas razones en Francia se impuso el parisino,
inferior al borgoñón, al normando, al provenzal, y a
otras lenguas regionales (a las que la Convención
Nacional llamó displicentemente «jergas feudales» en
su afán centralizador y reformista). ¿Por qué? Pues
porque la monarquía de los Capetos, desde la Isla de
Francia, entonces el centro geográfico de su reino,
después de expandirse por ambas márgenes del Sena,
ocupó el territorio que, con el tiempo, iba a constituir
la nación. De este modo se impusieron el cetro y la
lengua. En Italia el toscano prevaleció sobre el
napolitano, el veneciano y otras variantes neolatinas,
además de los motivos geográficos, porque lo cultivaron
los grandes poetas y escritores de los siglos XIII y XIV,
lo que hizo de aquel la lengua primera. Un hecho similar
ocurrió con el inglés en relación con las lenguas
célticas, y con el alemán, que se hablaba en los
países germánicos, cuando se generalizó su uso merced
al poderío de Prusia y Sajonia. Es, por tanto, el centro
geográfico o el político y el cultivo de los grandes
genios literarios lo que dilata las lenguas que, de
inmediato, propagan en el extranjero los diplomáticos, y
en las colonias los conquistadores como estela de su
soberanía.
III.
El cultivo y la difusión de la lengua castellana
En España se produjo el mismo fenómeno. El Estado
peninsular que tenía su asiento en el centro llegó a
ser el más poderoso como consecuencia de sucesos de la
historia, y mayormente por el proceso, lento pero
inexorable, de la unificación de los reinos y las
dinastías al avanzar la reconquista. Y como poseía y
hablaba, porque la convirtió en propia, la lengua que
por eso se llamó castellana, al dilatarse por su
política, por su cultura, y por sus conquistadores, se
dilató también su idioma. Esta fue la razón invocada
por el Sr. Cambó en el Congreso al afirmar que si el
punto central de la península lo hubiera ocupado
Cataluña, la lengua de comunicación habría sido el
catalán. O el gallego, advierte Mella, si Galicia
hubiera extendido su imperio, después de su predominio
en el siglo XII, hasta el centro de la Monarquía leonesa
y es que «
la sede central geográfica de un
Estado influye soberanamente sobre el dominio de la
lengua».
Las otras regiones que integran la nación, al recibir
este idioma, le dieron algo del propio acervo, y los
naturales de todas ellas, al usarla, han colaborado a su
formación y perfeccionamiento. Mella insiste en que esta
lengua, a partir del momento en que se consolidó la
unidad nacional, se ha desarrollado merced a la savia
recibida de las diferentes regiones, pues de ellas
proceden los escritores y poetas que la han hecho poco a
poco y, a manera de esponja, ha recogido en esas fuentes
el caudal necesario para construir una lengua que, por
obedecer a necesidades comunes, hablamos todos.
Y pone de relieve que Ercilla era vasco y Jáuregui
oriundo; Saavedra Fajardo y Cervantes son apellidos
gallegos, y Quevedo, Lope de Vega y Calderón, nombres
que vienen de la montaña, pero Aragón y Cataluña han
contribuído de manera muy principal a construirla:
«
y sin los Argensola, Zurita y Gracián habría
que despojarla de muchas páginas gloriosas
y sin
historiadores como Moncada y Masdeu, escritores y poetas
como Boscán y Guillén de Castro, sin filósofos como
Balmes
sin preceptistas como Capmany y Coll y Vehí
y
examinadores de los orígenes de las gestas
castellanas como Milá y Fontanals, habría que mutilar
la lengua castellana. Gil Vicente, Melo y hasta el mismo
Camoens no sólo han escrito en portugués sino en
castellano; todos ellos han traído su tributo; han dado
su manera de ser, una parte de su vida y la han vaciado
en el álveo común a una lengua que se asienta sobre
todas las peninsulares como lengua de comunicación entre
todas las regiones
es la lengua común que se ha
formado con el concurso de todas; y por eso ha recogido
más de mil vocablos de aquella lengua aglutinante y de
flexión, conservada como una reliquia sagrada en
nuestras montañas; y por eso se nutre con la substancia
de todas, y revela
que hay alguna unidad espiritual
que penetra y enlaza todas las regiones» (4).
La referencia a Portugal no es original. Cuando Don
Antonio Cánovas del Castillo, unos años antes, se
planteaba estos mismos temas, decía entusiasmado que los
escritores españoles del siglo XVII, sin acordarse ya de
Gil Vicente, de Gregorio Silvestre, de Jorge de
Montemayor, ni aún del mismo Ca-moens, pudieron
comprobar que autores tales como Faura y Sousa, o Manuel
de Melo, imitador de Góngora y Quevedo, y otros muchos,
al mismo tiempo que luchaban por su separación de
España, rendían tributo a la nacionalidad común
escribiendo en el más puro castellano obras críticas,
históricas, poéticas, y aún epopeyas, con lo cual nos
igualaban, y acaso nos superaban, en amor a la lengua
castellana. Y es que, decía Cánovas, la lengua es
seguramente expresión de nacionalidad, aunque no lo sea
siempre de nación (5).
Unamuno, en la ocasión antes citada, al aludir a su
magisterio de las distintas lenguas españolas, decía
que las paladeaba y se regodeaba en ellas para construir
la suya propia, para rehacer el castellano haciéndolo
español, porque el castellano era una lengua hecha, pero
el español se estaba haciendo y tanto le daba el nombre.
El lo llamaba «el español de España
El
castellano es una obra de integración: han venido
elementos leoneses y han venido elementos aragoneses, y
estamos haciendo el español, lo estamos haciendo todos
los que hacemos lengua o los que hacemos poesía
España
es renación, renación de renacimiento y
renación de renacer, allí donde se funden todas
diferencias, donde desaparece esa triste y pobre
personalidad diferencial» (6).
Con razón Mella había insistido en que esta lengua, que
se utiliza de un modo primordial en todo el ámbito de la
nación, no es lengua castellana porque no es lengua
regional, sino de comunicación, y, por tanto, lengua
común de la nación española.
IV.
El Idioma, vínculo integrador
Dice Mella que el idioma en ningún caso es el
constitutivo esencial de la nación porque éstas se
forman a partir de una causa superior, que liga a los
hombres por su entendimiento y voluntad y da lugar a una
práctica común de vida. Esta genera, en consecuencia,
una unidad moral, que al trasmitirse de generación en
generación, de efecto se convierte en causa y forja una
historia unitaria, general e independiente. Así ha sido
la génesis de las grandes naciones, cuyo proceso, en
medio de múltiples avatares, se ha regido siempre por
una gran unidad (7). Unos años antes de este
pronunciamiento, refiriéndose a España, habrá dicho
que la teoría de la nación es muy compleja, porque no
bastan a explicarla ni los accidentes geográficos, ni la
raza, ni la lengua, ni las costumbres. El vínculo que
individualiza y da forma a esta sociedad completa ha de
ser interno y general para todos y sólo reune estas
condiciones el principio religioso, que preside
jerárquicamente a los demás elementos nacionales que,
por sí sólos, ni aún sumados, no producen la nación
(8). Ambas exposiciones coinciden, salvada la referencia
concreta al principio religioso en España, que Mella
reivindica dada nuestra peculiar historia.
¿Qué representa el idioma en la historia de una
nación? Las lenguas, dice Mella, no son la medida de la
realidad histórica de los pueblos ya que crecen,
aumentan, se dilatan o menguan por razones extrínsecas a
ellas y, si las tomáramos como criterio decisivo
constituyente, no habría una sóla nación que se
identificara con el Estado. Como tampoco la constituyen
los otros caracteres antes rechazados. El ejemplo de
Suiza es significativo. Allí se hablan varias lenguas,
las religiones difieren, y el componente étnico es muy
variado. ¿Quién va a negar que allí se ha formado una
nación con características bien definidas? Hay, pues,
vínculos más poderosos que el lenguaje, que permanecen,
pese a la distinción de las lenguas, y mucho más si
éstas proceden de la misma familia y el tronco es
idéntico (9).
Renan, cuya influencia en Mella es notoria a la hora de
fijar el concepto de nación, había dicho que la
importancia atribuida a las lenguas procede de que se las
considera como signo de la raza, cuando ésta se concibe
como el constitutivo primigenio de la nación, lo que,
afirma, es completamente falso porque las razas puras
nunca han existido en Europa, surgida de la fusión de
pueblos dispares. De todos es sabido que ya el Imperio
romano y el Cristianismo habían arrumbado estas tesis
con sus doctrinas universalistas.
El estudio de las razas es importante por lo que atañe
al origen de la Humanidad, pero no tiene aplicación
política. La consideración exclusiva de la raza, y la
atención preferente dedicada a la lengua, continúa
Renan, tiene sus peligros e inconvenientes graves, pues
nos encerramos en una determinada cultura, que se reputa
como nacional y nos limitamos: «Abandonamos el aire
libre que se respira en el campo de la humanidad para
encerrarnos en el conventículo de compatriotas. Nada
peor para el espíritu; nada más enfadoso para la
civilización». Al hilo de estos planteamientos, añade
todavía: «No hay derecho a ir por el mundo tentando el
cráneo de las personas y agarrándolas después por el
cuello, decirles: Tú eres de nuestra sangre, tú nos
perteneces» (10).
Y Mella dirá: «No vayáis a buscar, que es cosa hoy
ridícula, aquellas diferencias craneales que se han
querido establecer en otras ocasiones, no». Y se
extiende en el elogio y recuento de los distintos pueblos
que aquí se mezclaron con el fondo ibérico para
rechazar el carácter preeminente de cualquiera de ellos
a la hora de construir la nación (11).
En uno de los discursos antes citados, al referirse al
vínculo que representa la lengua común española, dijo
que al formarse fue la presión de una gran unidad moral,
consecuencia de la previa unión nacional (12). También
Renan había consignado que la lengua invita a reunirse,
pero no fuerza a ello. Por eso en el prólogo que
redactó, pasados unos años, al discurso que comentamos
había escrito: «Malos modos son esos de agarrar por el
cuello a las personas y decirles: Hablas la misma lengua
que nosotros, luego nos perteneces» (13). Como en el
caso de la raza, tenía muy presente la anexión de
Alsacia y Lorena por los alemanes, que invocaban tales
argumentos. No se puede afirmar una nación apoyándose
en ellos (muy valorados no sólo por los anexionistas,
sino también por los partidos de los separatismos,
según las conveniencias de cada uno). Cánovas así
mismo había hecho notar que el idioma fué factor
importante en la unificación italiana y en gran parte de
la de Alemania (14).
En nuestro caso, insiste Mella, el vínculo del idioma
que todos hablan y en el que todos se entienden no se
puede negar, sin negar la realidad que entra por los
ojos
Este hecho de la existencia de un medio común
de comunicación es independiente de la voluntad de los
hombres, se ha trazado a sí mismo. Imponed el vasco, el
gallego, el catalán, el asturiano, y no se entenderán
en estos idiomas más que sus coterráneos. Hay, pues, un
hecho, en el cual todo el mundo ha colaborado, y es la
formación de una lengua de comunicación, que se habla
en la mayoría de los Estados americanos y es la tercera
del planeta» (15). Y en otro lugar insiste: «¿Quién
sería el que se atreviese a decir que una región que
tuviese lengua propia como Galicia y Cataluña, dejase de
hablar la lengua castellana? ¿No sería esto una
violencia tan absurda como la de prohibir el uso del
gallego o del catalán?» (16).
Es lógico que las regiones con lengua propia sean
bilingües y que los naturales las usen para comunicarse
entre sí, divulgar el derecho privado por el que se
rigen, caso de que exista, y los modos y formas
literarias con todo lo que es su genio y vida, lo que no
tiene que producir mermas en el uso de la comunitaria,
que expresa la coincidencia de ideas y sentimientos en
orden a la mutua convivencia. El peligro mayor acaso
pudiera venir de ésta última por su pujanza y
extensión, razón por la que el Estado no puede poner
dificultades en el uso de aquéllas, sino que debe
protegerlas y respetarlas.
Cuando determinados sectores nacionalistas reivindican el
carácter preferente del idioma regional, frente a la que
consideran invasión del oficial de Estado, lo
patrimonializan como identificador de una presunta
realidad nacional y se esfuerzan en su implantación,
haciendo gala de un peculiar imperialismo idiomático. La
pretensión de desplazar al idioma común, imponiendo el
del vernáculo, es grave error lingüístico e
histórico. Mella había sido tajante cuando afirmó que
la lengua sobra para constituir la región, pero no es
suficiente para construir la nación (17), en lo que
coincidía plenamente con las opciones sustentadas por
Renan y Cánovas.
V.
El regionalismo y la unidad nacional
Siempre que Mella trata el tema del idioma común, o el
de la unidad nacional, cuestionados ambos por los
diferentes separatismos, rechaza el falso tópico de la
opresión ejercida por Castilla, ya que es la región que
más ha padecido la tiranía del Estado centralista,
mientras que la periferia ha gozado de las ventajas y
beneficios. Castilla se despobló con las guerras de
Europa y en la conquista de América y, al llegar la
decadencia, fue la más afectada. Prueba de ello es que
carece de ciudades importantes, pese a la vieja historia
de algunas (Toledo, Burgos, León, etc.), excepto Madrid,
por ser la capital de la nación. Los grandes ríos
castellanos, Duero y Tajo, sólo las encuentran en la
desembocadura, mientras que en el resto de Europa se
asientan florecientes centros industriales en el curso de
las vías fluviales y aún en ciudades del interior que
carecen de ellas (18).
En el discurso que pronunció sobre las reivindicaciones
regionalistas de Cataluña, ya citado a propósito del
constitutivo de la nación y del lenguaje, hizo
manifestaciones muy importantes sobre el regionalismo, la
nación, el Estado y la lengua, y reprochó al Sr. Cambó
el mal planteamiento del problema. El regionalismo, le
dijo, no es un asunto peculiar de Cataluña sino
español, que afecta a todas las regiones por igual. No
se puede empezar el edificio por la bóveda, sino por los
cimientos, y lo que urge es plantear el problema desde
los municipios y no desde unas regiones determinadas.
Claro que éstas no son uniformes y cada una reivindica
sus pretendidos derechos históricos, pero, en relación
con las atribuciones y competencias del Estado, todas se
hallan en igualdad de condiciones, ya que nos encontramos
ante un conjunto de entes sociales que han confundido
parte de su vida en una unidad superior que se llama
España (19).
El regionalismo tiene estrechas conexiones no sólo con
el concepto de Estado, sino de manera esencial con el de
nación, por eso Mella lo explicó en infinidad de
ocasiones -fue su tema preferente- frente a quienes lo
desvirtúan por criterios o prejuicios de diversa
índole. El regionalismo, dice, está enraizado en la
esencia de la nación española, que ha conservado
ciertos restos forales en determinadas regiones, pero
debe revitalizarse en todas, superando el centralismo
uniformador.
El regionalismo se presenta bajo dos concepciones
distintas: una es la que refiere la nación a las
regiones, al concebirlas como independientes, con
personalidad propia y exclusiva, sin compartir una vida
superior y común. En la segunda, cada región mantiene
una relativa independencia, pero enlaza su peculiar
estilo de vida con las restantes en función de un
espíritu unitario, que las vincula a esa entidad
superior y común que es la nación. Sólo en este caso
podemos hablar de regionalismo.
Cuando se considera a las regiones como todos
independientes y substancias completas, se las convierte
en naciones y el nombre apropiado es el de nacionalismo.
Aquí procede hacer una doble distinción: la forma más
radical conduce al separatismo nacional y político y
reclama el derecho de autodeterminación para culminar el
proceso sepárandose del Estado; pero hay otra más
moderada, que postula el separatismo nacional y mantiene
la unidad política. Mella, rechaza las dos con la misma
fuerza, pero no considera a los partidarios de esta
última como traidores e hipócritas ocultadores de sus
propósitos contra España porque, ha llegado, dice, a la
evidencia de que su error procede de las confusiones que
el derecho político liberal y centralista ha extendido
sobre el Estado y la sociedad, al concebir la nación
como un todo simultáneo y actual.
Según esta teoría, la nación es una unidad externa y
política, que reduce las regiones a manifestaciones
suyas, en vez de ser la síntesis de todas ellas. El
error se disuelve si se acepta el verdadero concepto de
nación como un todo sucesivo e histórico, que se ha
forjado a lo largo del tiempo y donde los espíritus
regionales, que no se pierden, se juntan en uno superior,
que es consecuencia y efecto común de todos ellos. Esto
comporta la superación del separatismo nacional y fuerza
a quienes aceptan las atribuciones y organización del
Estado central a coincidir también en el reconocmiento
de esta unidad superior que es la nación, en cuanto
legitimadora del poder soberano general (20).
Mella formula su pensamiento del siguiente modo: «Somos
regionalistas nacionales, y afirmamos la unidad de la
nación y del Estado como cosa substantiva e intangible;
pero no somos nacionalistas regionales que disgregan y
dividen la unidad del Estado» (21). Rechaza los
separatismos nacionalistas porque las regiones no son
entidades o substancias completas ni constituyen unidades
históricas, aunque tengan cierta personalidad jurídica
y su peculiar historia. De este modo afirma el Estado a
partir de la unión substancial de las regiones, que
configuran una sóla realidad nacional, frente a la
consideración de aquel como forma de poder dominadora
sobre las presuntas nacionalidades. Si se hace el estudio
exclusivo de una región y de su historia particular
prescindiendo de las otras, dice en una ocasión, se
termina creyendo «en seres sociales de originalidad tan
extraña, que apenas están comprendidos en las
categorías y especies conocidas». Es una pobre y falsa
visión afirmar el árbol y negar el bosque, siendo así
que aquellos están todos enraizados en la misma tierra y
viven de la misma atmósfera. Por eso hay que afirmar los
árboles y el bosque ya que ambos han contribuído a la
formación de España, cuya existencia no se comprende si
prescindimos de lo que cada una de aquellas aporta al
conjunto. Basta un recorrido por la historia para
percatarse de ello.
Cuando recientemente, continúa en su disertación, los
representantes de la Liga y del minimalismo vasco han
afirmado que el Estado es una unidad política que
integra una pluralidad de naciones, ponen en peligro la
existencia de aquel porque, si no hay una nación común
y una vida superior con caracteres propios, lo que se ha
construído sobre ellas es sólo una soberanía política
inestable frágil y externa, que se romperá cuando cada
región reclame ser un Estado independiente al aplicar el
principio de las nacionalidades. Por eso resume afirmando
un sólo Estado sobre la opulenta variedad regional,
«
pero no lo afirmaríamos si no existiese antes
esa unidad, cuyos caracteres esenciales no pueden ignorar
más que los que ignorar la historia conjunta de todas
las regiones de España, o la estudian separada y con
mirada de hormiga» (22).
En declaraciones a «El Ideal Gallego» decía así
respecto al Sr. Cambó: «Lo encuentro impreciso,
vaporoso. Habla de autonomía; pero no se concretan
claramente sus aspiraciones. Los discursos de Cambó no
coinciden: en San Sebastián habla de manera distinta que
en Barcelona; va a Córdoba y pronuncia un discurso de
tendencia diversa. Esa falta de orientación determinada
es la que yo noto; y de todo eso trato en mi
folleto
y de posibles peligrosas desviaciones hacia
un separatismo
» (23). Por eso siempre mantuvo una
gran prevención frente al término «autonomía»,
utilizando el de «libertades regionales» o
«autarquía», que considera más satisfactorio a tenor
de su significado etimológico (24).
Mella señala la diferencia entre el regionalismo por él
defendido y el de los bizcaitarras y ciertos sectores de
la Liga (de Cambó y de su ambigüedad expresiva siempre
sospechó, como acabamos de ver), exponiendo lo que
entiende por federalismo regional, según la fórmula de
Gabino Tejano, tantas veces repetida y no bien entendida,
que reza así: «Nosotros creemos que España es una
federación de regiones formadas por la naturaleza,
unificadas por la Región, gobernadas por la Monarquía y
administradas por los Concejos» (25). Tal federación es
la resultante de la integración de unas entidades
preexistentes, los antiguos reinos, que tenían su
personalidad histórica y no la pierden al concertarse
para constituir la unidad superior. Resume sus idas del
siguiente modo: «
Creemos que España es una
federación histórica de regiones que han confundido una
parte de su vida, formando con ella una unidad superior,
que tiene historia general independiente y los caracteres
de una civilización común y que se llama España
En el supuesto del regionalismo que defendemos, la unidad
política del Estado se asienta sobre los caracteres
fijos y constantes de la unidad nacional» (26).
Así pues, «federación de regiones», en el pensamiento
de Mella y de los tradicionalistas, nada tiene que ver
con los conceptos del federalismo de corte igualitario y
pactista, al uso en aquellos tiempos, defendido por
Almirall, Salmerón, Pí y Margall y otros políticos,
con el que todavía sueñan algunos en nuestros días.
España es la síntesis espiritual en la que convergen
todas las regiones, resultante de la suma de creencias,
sentimientos, tradiciones y recuerdos, que originan el
llamado espíritu nacional, mientras que el Estado es
simplemente el modo de configurar el poder político
(27).
Para él, el principio interno y fundamental,
constantemente invocado, informante de la historia
común, es la religión católica (28); y la falta de
patriotismo, unida a la ignorancia, lleva a la negación
de España porque no se la conoce, al examinarla
analíticamente y no en su conjunto; y al negar las
causas y los principios que presidieron nuestra unidad,
manifestada en sus empresas, se niega y execra la
historia falseándola y se va en busca de «
una
originalidad que, exagera, no existe; y se estudian las
partes aisladas, rompiendo los vínculos que hay entre
ellas
cuando no se ven más que las diferencias y
se excluyen las semejanzas; es entonces cuando surgen
aquellos vanos, absurdos, estúpidos separatismos que
tratan de relajar el cuerpo de la patria, porque no la
han visto más que con el microscopio, y el astro había
que mirarlo con el telescopio que les falta
¿Quién será capaz de escribir la historia de Vasconia
separada de la de Castilla, cuando a tantas empresas
fueran juntas?
Nadie me gana en la defensa de las
variedades y libertades regionales, pero creo que es su
peor enemigo el que intente romper los lazos comunes de
todas» (29).
Y es que, a partir de los orígenes, se fue conformando
la nación de una manera tal que la unión es
indestructible, a pesar de las tendencias disgregadoras;
de ahí el mérito de Mella cuando distingue la rica
variedad negadora del centralismo cesarista, de los
hechos diferenciales y separadores.
VI.
El proceso de las autonomías
El conde de Romanones pidió en Diciembre de 1918 a Mella
que se integrara en la comisión extraparlamentaria que
estudiaba el problema de la autonomía de Cataluña y
éste respondió agradeciendo el honor pero rehuyó el
encargo. Alegó que llevaba más de treinta años
propagando el regionalismo y no podía abandonar su
programa porque lo consideraba verdadero y era la
principal obra política de su vida; defenderlo le iba a
enfrentar prácticamente con todos los miembros de la
Comisión y tendría que formular un voto particular,
pues era opuesto al régimen parlamentario, al proyecto
de la Liga Catalanista y a varias de las doctrinas
defendidas en el Congreso. Por eso prefería quedar fuera
y seguir manteniendo el programa según su leal saber y
entender.
No obstante, se atrevía a sugerir el modo de actuar,
pues la importancia del asunto requería el concurso de
la nación entera y no de una o varias de sus partes
«por importantes que sean y aunque se las llame
naciones». Es la nación la que debe decidir, porque la
relación de una parte con el todo no es sólo cosa de la
parte, dado que incide en la naturaleza de aquel.
Su opinión era que, como el parlamento vigente en aquel
momento no se había formado con este objeto, debían ser
consultadas «las opiniones extraparlamentarias y las
necesidades y los intereses que valen más que ellas»,
para ilustrarle y preparar la Constitución del futuro en
un periodo de relativa calma antes del proceso electoral.
Dos eran los modos de operar: bien formando una
«Comisión social», no parlamentaria, o apelando a un
«referéndum». En el primer caso, la Comisión podría
formarse con los representantes más caracterizados de
todas las clases o fuerzas sociales: Agricultura,
Industria, Comercio, Academias, Universidades, Clero,
Aristocracia y Ejército. La elección debería hacerse
en las regiones y, en los casos de personalidades muy
caracterizadas, podrían ser señalados sin necesidad de
votación. Si la Asamblea resultare numerosa, se
trabajaría en comisiones sobre unas bases formuladas por
el Gobierno, que abarcasen todas las cuestiones
regionales con posibilidad de ampliación por los
asambleístas. El resultado, con sus defectos y
contradicciones, reflejaría de un modo mucho más exacto
la realidad social española que el residuo de las
discusiones parlamentarias.
En cuanto al «referéndum», como la gran mayoría del
cuerpo electoral no estaba en condiciones de responder
por cuenta propia a cuestiones que desconocía, se debía
dirigir un cuestionario claro y preciso a las distintas
clases de las regiones, sin escamotear cuestión alguna,
y aquellas, aunque dispersas y no reunidas en Asamblea,
si se actuaba sinceramente, podrían emitir su parecer y
de este modo reproducir las aspiraciones de la nación.
La solución sería más perfecta si, después de
celebrado el «referéndum», se procedía a la elección
de los representantes asamblearios. Mella ofrecía así
sus propuestas, que consideraba mucho más objetivas y
democráticas que los métodos usuales en el Parlamento.
De este modo eliminaba de los trabajos a los partidos
políticos y daba entrada en la vida publíca a los
genuinos representantes de la nación, según su teoría
de las clases sociales, tantas veces expuesta (30).
De quella comisión apenas salió nada positivo, como
había supuesto. El no podía estar de acuerdo con unos
proyectos que se referían sólo a una comunidad. Se
trataba de reconocer las libertades regionales en su
plenitud, esto es, la descentralización administrativa y
económica, que en eso consiste primordialmente la
reintegración foral adaptada al presente. El significado
correcto de hecho diferencial asume el respeto a la
idiosincrasia de cada región y, por tanto, a su
tradición, a su lengua, a sus costumbres y al derecho
que la regla, que es lo que se podría llamar su
constitución histórica, porque sería absurdo aplicar,
v.g.: a Castilla la normativa y usos de Navarra, o a
Galicia los de Cataluña, y a la inversa.
Lo importante es que en ningún caso haya tratos de favor
ni diferentes relaciones de dependencia respecto a la
soberanía política, porque hay «principios universales
comunes que deben establecer la solidaridad espiritual
entre todas las regiones para que no luchen aisladas y
sea fecundo su esfuerzo» (31). Y en todo caso se ha de
tener muy presente que no se puede prescindir del signo
de los tiempos porque lo ya periclitado no es susceptible
de reivindicación, después de que la revolución
aplicó su rasero a todas las instituciones; por otra
parte, hoy se hacen presentes necesidades que antes eran
desconocidas (32).
Frente a la variedad debe primar la «unidad común». De
muchas formas proclama la plenitud de la soberanía
social, que denomina «regionalismo integral», pero ello
no es óbice para que resuma su actitud, al dirigirse a
los catalanes, de la siguiente manera: «No me ganáis a
mí en regionalismo, de país foral y que ha tenido
autonomía vengo yo
Si yo fuera catalán
yo
os diría: no aspireis a la autonomía ni a la
independencia de Cataluña, sobre el resto de España».
Y a continuación afirma que el movimiento
tradicionalista necesita la cooperación catalana y que
cuando recobren, que recobrarán, sus fueros y libertades
regionales y la plenitud de su fisonomía moral, acudirá
a sentarse con ellos en torno del hogar común para
entonar el cántico que resuene en todos los ámbitos de
la península y de la raza (33).
Y es que Mella sabía muy bien que las palabras están
cargadas de significación. Por eso había puesto tanto
interés en eliminar el término «autonomía» como
significante de las libertades regionales,
substituyéndolo por el de «autarquía», pero no tuvo
suerte en su intento, lo que no quiere decir que no
tuviera razón.
VII.
Crítica de los separatismos
Mella se pregunta ¿es admisible el separatismo? La
contestación rotunda es que no. Pero hay que precisar.
Todo separatismo supone una unidad cuyos elementos se
disgregan total o parcialmente. Así vemos cómo en la
Iglesia se dan los fenómenos colectivos o individuales
del cisma, la herejía y la apostasía. En la sociedad se
puede levantar también una secta contra sus bases
fundamentales negando la propiedad individual o incluso
yo puedo separarme de la soberanía del Estado
proclamando otra o ninguna. Y ello es posible porque la
voluntad puede romper las relaciones religiosas o
jurídicas, pero
los vínculos nacionales ¿son
cosa que depende sólamente de la voluntad, o es la
voluntad la que depende de ellos?
Mella piensa que ni la voluntad individual, ni aun la
colectiva de una o varias generaciones, si este tipo de
voluntarismo se diera, pueden romperlos, porque son
superiores a ellas en cuanto que las naciones son el
resultado de un largo proceso donde las sucesivas
generaciones han obrado bajo la acción de diversos
factores externos, que han cooperado como causas
parciales al efecto común, que reacciona a su vez, sobre
los mismos que lo han originado. En el caso de España no
hay región alguna cuya historia pueda separarse de las
otras. Ninguna es capaz de formar un todo independiente,
al carecer de los requisitos que dan lugar a una historia
general, independiente y externa. Ninguna, aunque tenga
una historia particular gloriosa, puede substraerse a la
común de todas las que componen la nación y así se ha
constituído una nacionalidad, definida y distinta del
resto de las naciones.
Las regiones no pueden alzarse con el separatismo y no
tienen derecho a formar Estados independientes. En
España no hay sitio ni siquiera para dos. Cuando
Portugal se separó, quedó reducido «a una simple
factoría británica» (34). La unidad nacional es la
consecuencia de un destino afrontado unitariamente, que
se ha hecho patente «
en la manifestación
constante de los hechos de la Historia, de las
tradiciones permanentes de los pueblos, de eso que yo he
llamado el sufragio universal de los siglos, contra lo
que no puede prevalecer el sufragio universal de un día,
ni de una generación amotinada contra la historia»
(35).
Cánovas del Castillo, muy preocupado por este problema,
disentía de Renan por haber dicho que la nación es el
resultado del «consentimiento unánime», «el querer
hacer muchas cosas en común», «el plebiscito de todos
los días», y otras expresiones similares que le
parecían contradictorias con el concepto que había
formulado previamente y con el que se había mostrado de
acuerdo. Pase, viene a decir el político de la
restauración, lo del sentimiento unánime, como indicio
de nacionalidad, pero no basta, pues la nación, no será
nunca el resultado del plebiscito diario, y menos de un
asentimiento como el que se postula erróneamente para la
aceptación de una determinada forma de gobierno (36).
Cuando Renan, insiste Cánovas, hacía tales afirmaciones
voluntaristas, se colocaba fuera de la verdad histórica
y jurídica y del concepto por él mismo formulado, que
se funda en la conciencia de un alma común y un
principio espiritual que orienta la vida de la comunidad.
Es cierto, dice, que la historia, que es vida, alumbra a
veces enfermedades que atentan a la salud de la nación y
esterilizan el sentimiento de nacionalidad, pero no hay
por qué aceptar lo que es ocasional. ¡Hasta aquí
podía llegar el asentimiento a ciertos hechos! El mayor
número de votos es competente en cuestiones de
intereses, pero no puede destruir lo que es obra de Dios
o de la naturaleza. Las naciones no son el resultado de
un contrato y romper el vínculo de la nacionalidad
implica la determinación al suicidio. «Ni la
conciencia, ni el espíritu, ni el alma... son cosas que
se puedan partir cuando se quiere, ni son siquiera por su
naturaleza mortales».
¿Qué es eso de la voluntad general? No la niego,
continúa, pero ¿cuándo se da? Tal voluntad, más que
por votos, se manifiesta por los hechos permanentes de la
historia (Mella usará estos mismos términos). ¿Por
qué la suma de los votos individuales va a romper el
vínculo nacional? Es curioso que ahora se dé tanta fe
al libre albedrío colectivo, cuando nunca ha sido menos
cumplidamente reconocido el individual que en los tiempos
actuales. Se exagera el oficio de la voluntad general.
«No hay... voluntad individual ni colectiva, que tenga
derecho a aniquilar la naturaleza, ni a privar... de vida
a la nacionalidad propia, que es la más alta y aún la
más necesaria de todas las asociaciones humanas. Nunca
hay derecho, no, ni en los muchos ni en los pocos, ni en
los más ni en los menos, contra la patria». El que
quiera irse que se vaya abandonando la patria, pero que
no niegue a los demás el derecho a mantener los
principios que dieron vida a la nación (37).
Mella dirá, a su vez, que sólo una unidad histórica
opuesta puede destruir o cambiar esa unidad histórica
que es una nación, lo cual supone, además de los actos
libres, la coincidencia de unos factores naturales que no
se puede cambiar por pactos ni convenciones. Es verdad
que todo pasa y que las naciones no son eternas, pero el
fenómeno de la descomposición nacional sólo puede ser
producido por factores internos. Ningún pueblo cae, si
permanece sano, por el choque con otro; y, si cae, puede
levantarse. Antiguamente, sí, los pueblos caían
derribados por una fuerza que venía de fuera y era la
sanción de sus corrupciones. Hoy el peligro de la
desaparición ya no viene de fuera, porque los bárbaros
salen de dentro, como los gusanos de la carne corrompida.
Y uno de los síntomas de que la barbarie llega es vivir
envueltos en el vaho que produce y no caer en ella (38).
Este es el peligro que hoy amenaza a las naciones: la
muerte es el resultado de la lucha interna de
generaciones contrapuestas. Y ello porque ha dejado de
presidir su destino el principio espiritual que las
había fundado (el suicidio que decía Cánovas).
Para Renan la nación moderna es el resultado histórico
de unos hechos que convergen en igual sentido y su
esencia se manifiesta en que todos los individuos tengan
muchas cosas en común, pero que también hayan olvidado
otras muchas. Una nación es un alma, un principio
espiritual, que viene del pasado, en cuanto resume un
rico legado de recuerdos, y se apoya en el presente al
manifestar el deseo de continuar viviendo juntos y seguir
haciendo valer la herencia que se ha recibido indivisa.
La nación, como el individuo es la desembocadura de un
largo pasado de esfuerzos, sacrificios y abnegaciones. En
esto se resume la nación: glorias comunes en el pasado y
la voluntad de realizar un mismo programa en el presente.
El culto a los antepasados es el más legítimo, pues
ellos nos han hecho como somos y constituyen el cpaital
sobre el que se asienta la vida nacional. Cuando se apela
al voto de las naciones para decidir su destino, pensemos
en la índole de la naturaleza humana: «La
secesión
y, a la larga, el desmenuzamiento de las
naciones son consecuencia de un sistema que pone estos
viejos organismos a la merced de voluntades con
frecuencia poco ilustradas. Claro es que en semejante
materia ningún principio puede llevarse al exceso. Las
verdades de este orden no son aplicables sino en su
conjunto y de una manera muy general. Las voluntades
humanas cambian; pero, ¿qué es lo que aquí abajo no
cambia?
Una gran agregación de hombres, sana de
espíritu y cálida de corazón, crea una conciencia
moral que se llama nación. Esta conciencia moral es
legítima y tiene derecho a existir, en tanto pruebe su
fuerza por los sacrificios que exige la abdicación del
individuo en provecho de la comunidad». Y la conciencia,
resume, reside en su parte ilustrada (39).
Cuando Cánovas le reprocha su posible voluntarismo, se
equivoca y no se percata de que habla desde el dolor que
le ha producido la pérdida de Alsacia y Lorena unos
años antes, arrebatadas por la fuerza. Su juicio es
excesivo porque le hace intérprete de lo que había
combatido toda su vida: el voluntarismo (40). Por eso
Mella, que lo había entendido perfectamente, no recoge
tales prevenciones y abunda en la terminología de Renan
para confirmar la doctrina que profesa. También se apoya
en Cánovas muchas veces, pero no lo cita. Tanto Renan
como Cánovas dan por sentado que las naciones serán
reemplazadas por la confederación europea, pero ven
lejano ese final, sobre todo el último.
En todo caso para Renan (a quien acuden todos los que
tras él han tratado estos asuntos), para Cánovas y para
Mella, la esencia de la nación, como tantas veces se ha
repetido, es una especie de alma colectiva, la conciencia
nacional, que engendra el principio espiritual, el
llamado espíritu nacional (para Mella la religión
católica, dado el modo como se configuró nuestras
nacionalidad), que viene del pasado, la tradición, que
ha hecho la historia, y si se olvida, la nación peligra.
Algo que conviene tener muy presente para no olvidar los
principios morales, que rigen la vida del espíritu, y no
fiarlo todo a los éxitos materiales, acaso momentáneos
y fugaces y donde pudiera esconderse el principio de
disolución, si se dedica a ellos toda la atención y
hacemos caso omiso de los valores superiores.
Dice Eduardo Aunós que Mella defendió casi en solitario
el regionalismo, fente a la centralización
institucionalizada por la dinastía borbónica primero y
por el liberalismo y la democracia inorgánica después.
El recorte de los fueros de las provincias vascongadas y
Navarra, así como el sentimiento regional herido, muy
vivo en Cataluña, dieron paso al secesionismo
diferenciador, confundiendo el regionalismo histórico
con un nacionalismo irresponsable y, de este modo, un
problema de organización interior se convirtió
hipócritamente en el hecho diferencial, que Mella
combatió con todas sus fuerzas.
Tal extravasación del problema regionalista, y su
aceptación posterior por los políticos de la II
República, convirtieron en irresolubles las aspiraciones
de ambas regiones de la comunidad española: «Si la
voluntad individual es capaz de imponerse al conjunto del
país, llegando a engendrar por su sola consagración
regímenes especiales político-económicos, ninguna
garantía puede asegurar eficazmente los límites de esa
voluntad ya que, reconociendo el principio originario del
Derecho, si en virtud de él se reclama la independencia
absoluta, habría que acordarla sin remisión
una
vez aceptada la voluntad individual como única fuente de
soberanía, no cabe sino prepararse para la secesión y
el desgarre inevitable» (41).
La aceptación de las exigencias estatuarias por aquellos
políticos, basadas en la tergiversación del mal llamado
«hecho diferencial», ha dado lugar en nuestros días a
nuevas pretensiones por parte de quienes rechazan un
régimen autonómico de igual contenido para todas las
regiones y reclaman para las suyas la trasferencia de
competencias exclusivas del Estado, al hacer bandera de
«la soberanía compartida». De este modo rompen la
necesaria interrelación y solidaridad interregional,
como primer paso para acceder después, previo el
ejercicio de la autodeterminación, a la independencia.
VIII.
Las atribuciones del estado
Mella había insistido en que el Estado es la entidad
jurídica que encarna la soberanía política sobre un
territorio, a cuyos habitantes dirige y ayuda en la
búsqueda del bien común, sin mermar la autarquía de
las entidades que lo integran. Es por eso el custodio del
Derecho, ante el que se contienen los posibles excesos de
las personas individuales o colectivas, y eso justifica
su existencia como garante del orden (42). En suma,
teniendo presentes los derechos de los inferiores en la
escala social, es la persona jurídica superior que
ejerce el poder central mediante los órganos
competentes. Por eso está obligado a servir la
soberanía de la nación y responder a sus genuinas
características, sin convertirse en arquitecto que
varíe su carácter y condiciones según diferentes
convenciones y programas.
Las competencias de la soberanía política, que para
Mella constituyen los verdaderos poderes del Estado (los
así llamados desde la clasificiación de Montesquieu son
los medios de que la autoridad, sea cualquiera su nivel,
se sirve para ejercer las funciones que le corresponden),
son aquellas a cuyo ejercicio no puede substraerse. En el
discurso de la Asociación de la Prensa, y después en
numerosas ocasiones, las expuso enumerándolas según sus
fines: a) Las relaciones con la Iglesia, cuyo ideal es
una íntima unidad moral, dada nuestra idionsincrasia
religiosa, y una profunda separación económica; b) las
relaciones en pié de igualdad con los demás Estados,
tanto diplomáticas como mercantiles; por tanto las
alianzas, los tratados internacionales de todo orden,
etc, y el régimen arancelario; c) las relaciones
interregionales y las de interdependencia de las
distintas clases sociales y sus órganos de
representación, así como la facultad de resolver en
justicia los conflictos, si los hay, entre las distintas
regiones y entre las clases, y las contiendas ente las
clases y las regiones, siempre que estas entidades no
puedan resolverlas por sí mismas; d) la vigilancia y
control del orden social y político interior y, por
tanto, ejercitar los llamados poderes coercitivo,
preventivo y representantivo para amparar el derecho de
las personas individuales y colectivas; e) la defensa
interior y exterior de la sociedad y el territorio con
los ejércicios; f) los medios de comunicación de todo
tipo, que trasciendan los límites regionales. La
enseñanza, que es función social, debe estar
descentralizada, pero al Estado corresponde fomentarla,
auxiliarla y exigir las necesarias garantías; g) y, por
último, la disponibilidad, a través de la Hacienda
nacional, de los recursos económicos para cumplir estos
fines, distinguiendo los que le corresponden de los que
competen a los entes autárquicos.
Para mantener la unidad política nacional promulga las
leyes que rigen la gobernación del Estado, y reglamenta
las instituciones para velar por el cumplimiento de
aquellas. A ello se añade la necesidad del símbolo o
representación: una bandera y un escudo. Estas
funciones, normalmente expuestas en número de siete,
deben ser ejercidas por los organismos centrales,
constituídos por el Rey, el Consejo con sus diferentes
ministerios y las Cortes generales. El Rey reina y
gobierna y ejerce el derecho de veto y el poder
armónico.
Fuera de estas atribuciones, todas las demás
corresponden a las regiones, las clases y los municipios.
Las primeras tienen derecho a conservar y perfeccionar su
propia legislación civil, caso de que exista, y resolver
en sus tribunales los litigios a ellas referidos. El uso
del idioma regional es también un derecho «en lo que se
considere necesario» y la propia administración en su
especificidad. Estas competencias se desempeñan por las
Juntas y las Diputaciones regionales que, así mismo,
deben respetar la autonomía municipal administrativa y
económica (43).
Si la sociedad no es un montón de polvo y arena, hay que
tener en cuenta las variedades y diferenciaciones que en
ella existen
toda esa complejidad social exige una
amplia descentralización dentro de la unidad del
Estado» (44)
En resumen, es un error pensar que la concepción
regionalista o foral invita a la disgregación. El Estado
ejerce la soberanía política sobre una única nación,
España, constituída por diversas regiones, y es el
único capacitado para ejercerla ya que por su naturaleza
es indeclinable. Las exigencias de la soberanía
compartida no tienen cabida en el ideario de Mella.
Notas
1 «La
Política de Balmes». Discurso pronunciado el 10 de Mayo
de 1903 en el Teatro principal de Vich. Obras Completas.
Vol. XIX, pág. 49.
2 Discurso pronunciado el 31 de Julio de 1918 en la
Semana regionalista de Santiago. 00. CC. Vol. XXVII,
págs. 276-277.
3 Unamuno M. de,: «Las lenguas de España». Las Cortes
Cosntituyentes de la II República Española el 18 de
Septiembre de 1931. Vid. «Razón Española», n° 85;
Septiembre-Octubre 1997, págs. 209-213. He aquí un
testimonio actual sobre el vascuence: «La vigencia del
monolingüismo esuskalduno no es la de antaño. Según la
encuesta sobre la situación sociolingüística realizada
en 1996, los monolingües hablantes son el 0,6% de los
habitantes de la Comunidad Autónoma Vasca; el 0,2% en
Navarra; y el 0,7% en el territorio vsco-francés. El
poeta y franciscano Bitoriano (sic) Grandiaga escribía
en 1992: «
Hoy no hay un euskaldum puro, que se
alza euskaldum y vive en el interior del euskera.
Entonces había lugares como Aratzu, donde éramos sólo
euskaldunes, ¿dónde están hoy?». Kepa Aulestia:
Crónica de un delirio, Ed. Temas, 1998, págs. 174-175.
Los miles de millones invertidos en la
«euskaldunización» no podrán evitar el agotamiento,
aunque se consiga que un cierto número de los habitantes
de aquella región aprendan rudimentos de este idioma. Es
sabido que, a principios de este siglo, «los mocetones»
de los caseríos guipuzcuanos se colocaban de criados
entre las familias acomodadas de Vitoria y otras
localidades alavesas para aprender el castellano y poder
desenvolverse en la vida civil. No se imponía el
castellano oficialmente; era necesario su conocimiento
para la vida de relación. Cataluña y Galicia, sobre
todo la primera, gastan también miles de millones en la
immersión lingüística, lo que da lugar a los
conflictos señalados. Pese a tales esfuerzos, sólo
lograrán éxitos parciales y pasajeros.
4 Para este capítulo y el anterior véase el discurso
pronunciado en el Congreso de los Diputados el 30 de
Junio de 1916. 00. CC. Vol. X, págs. 310-318; también
el pronunciado en la semana regionalista de Santiago,
citado en la nota 2, págs. 278-280.
5 Cánovas del Castillo, A.: «Discurso pronunciado el 6
de noviembre de 1882 en el Ateneo científico y literario
de Madrid, con motivo de la apertura de sus Cátedras».
Madrid, 1882. págs. 20-23. Cánovas en este discurso,
pronunciado a sólo seis meses de la rigurosa
disertación de Renán sobre la nación, expone sus ideas
sobre el mismo tema con la correspondiente referencia a
España y rechaza las afirmaciones voluntaristas de aquel
a quien injustamente tacha de contradictorio.
6 Unamuno, M. de: «Las lenguas de España». Del
discurso dictado anteriormente. Ibidem.
7 «Filosofía del Regionalismo
» Discurso
pronunciado en el Congreso de los Diputados el 18 de
Junio de 1907. 00. CC. Vol. X, págs. 201-203. Y también
el pronunciado en el mismo lugar el 30 de Junio de 1916.
Idem págs. 297-298.
8 Discurso pronunciado en la Asociación de la Prensa de
Madrid el 3 de abril de 1900. Extracto publicado en «El
Correo Español». 00.CC. Vol. XXVI, pág. 77.
9 «Filosofía del Regionalismo
» 00.CC. vol. X,
págs. 200-201. Vid. también el discurso pronunciado en
el Congreso de los Diputados el 30 de junio de 1916. Id.
pág. 316.
10 Renan, E.: ¿Qué es una nación? Trad. esp. ed. CEC.,
Madrid 1983. pág. 28. Mella cita a Renán en numerosas
ocasiones para apoyarse en sus ideas o señalar
coincidencias: «
Renan ha llegado a veces en
política a hacer, en parte, la apología de nuestras
ideas reconociendo, por ejemplo, que la representación
social de la Edad Media era superior a la representación
individualista moderna» (Discurso pronunciado en el
Congreso de los Diputados el 3 de Diciembre de 1894.
00.CC. Vol. X. pág. 147). No sé si Mella era consciente
de que ello se debía a que coincidían en la oposición
a las modernas ideas revolucionarias: Mella en la línea
del tradicionalismo de Bonald, de Maistre y Donoso, y
Renan vinculado a un racionalismo aristocrático, que
creía en la religión de la ciencia. No olvidemos que
Renan fué el maestro de Charles Maurras. En la Semana
Regionalista de Santiago (00.CC. Vol. XXVII, pág. 205)
cita a éste, como propugnador del regionalismo en
Francia.
11 Discurso pronunciado en el Congreso de los Diputados
el 30 de junio de 1916. 00.CC. Vol. X. pág. 306. Mella
distingue muy bien las varias acepciones del término
«raza» y rechaza la étnica en el tema que nos ocupa.
Acepta, sin embargo, la atribución análoga y su
valoración histórica y psicológica, corriente en
aquellas fechas, en cuanto a expresión de afinidades de
índole espiritual: religión, lengua, cultura, estilo de
vida, etc., y esta acepción la identifica con el
concepto de nación. «Filosofía del
Regionalismo
» 00.CC. Vol. X, págs. 198-199. En un
sentido amplio, referido a las naciones que en su día
formaron el Imperio español, se estableció el 12 de
octubre como «el día de la raza», denominación hoy
suprimida para evitar connotaciones con este nombre en
alguna de las naciones que pertenecieron a la corona de
España.
12 Vid. nota 7.
13 Renan: Op. cit. págs. 29 y 4.
14 CÁnovas del Castillo: Op. cit. pág. 22.
15 «Libertad, Regionalismo, Neutralidad». Extracto del
discurso pronunciado en el círculo tradicionalista de
Bilbao el día 23 de abril de 1917. 00.CC. Vol. XXVII,
págs 164-165.
16 Discurso pronnciado en la semana regionalista de
Santiago. Ibidem págs 281-282.
17 «La Iglesia independiente del Estado ateo».
(Discurso pronunciado en el Teatro de Santiago el 29 de
Julio de 1902. 00.CC. Vol. V. págs. 316-319).
18 Discurso pronunciado en la semana regionalista de
Santiago, 00.CC. Vol. XXVII págs. 296-300).
19 Discurso pronunciado en el Congreso de los
Diputados el 30 de Junio de 1916. 00.CC. Vol. X, págs.
276-292.
20 «La Iglesia independiente del Estado ateo». Discurso
citado. Vol. V. págs. 302-306.
21 Discurso pronunciado en el Congreso de los Diputados
el 30 de Junio de 1916. 00.CC. Vol. X. págs 321-322.
22 «Regionalismo asturiano». Discurso pronunciado en el
Teatro Campoamor de Oviedo el 4 de Mayo de 1916. 00.CC.
Vol. XXVII. págs 27-43.
23 «El Ideal Gallego», de 21 de Diciembre de 1917.
00.CC. Vol. XXVI pág. 48.
24 «Yo sustituyo la palabra autonomía por otra más
comprensiva y gráfica, que se llama autarquía. La
autonomía supone siempre, hasta por su origen
etimológico, independencia; que se da la ley a sí
mismo, que no la recibe de ningún superior
y la
autarquía significa régimen de gobierno interior
«Discurso pronunciado en el Congreso de los Diputados el
30 de junio de 1916. 00.CC. Vol. X, pág. 292. Esta
distinción entre «autonomía» y «autarquía», que
repite infinidad de veces, es el fundamento de su teoría
de la soberanía social, que descubre en la doctrina
política de Aristóteles, glosada, dice, por los
juristas italianos. Vid el discurso en 00.CC. Vol. IV,
pág 300.
25 Discurso pronunciado en el Congreso de los
Diputados el 19 de agosto de 1896. 00.CC. Vol. I págs
114-116. Allí dijo que ésta fórumula se publicó en
unos artículos titulados «El Espíritu Regional», (no
he podido verlos) donde se combatía el federalismo del
Dr. Pí y Margall. Mella la repitió en infinidad de
ocasiones, mostrando su absoluta conformidad, al tiempo
que la explicaba.
26 De unas manifestaciones publicadas en «El
Imparcial» bajo el epígrafe «La unión de las
derechas», 00.CC. Vol. XIV. págs 102-103.
27 Discurso pronunciado en la semana regionalista de
Santiago el 31 de Julio de 1918. 00.CC. Vol. XXVII, pág.
296. Y el pronunciado en el Teatro Campoamor de Oviedo el
4 de Mayo de 1916. Idem, pág. 28. Estas afirmaciones las
reitera en muchos otros lugares.
28 Mella defiende, en sintonía con Renan, como
causa y origen de las naciones una creencia y
aspiracciones comúnes, que aglutinan los entendimientos
y voluntades en una especie de comunión espiritual y
dirigen su proceso histórico. Pudiera ocurrir que esa
unidad de creencias primitivas merme o incluso se
extinga. No importa: sigue obrando a la manera de las
estrellas ya desaparecidas, cuya luz todavía recibimos.
Cuando además esa creencia ha dado lugar a una historia
general e independiente de otras historias, que es su
nota externa, entonces la nación existe. Ese es el caso
de España, informada por la religión católica. Vid. el
discurso pronunciado en el Congreso de los Diputados el
30 de junio de 1916, tantas veces citado. 00.CC. Vol. X.
pág. 297-299.
29 Discurso pronunciado en el Teatro Real el 25 de
mayo de 1920, en presencia de sus Majestades los Reyes,
la Reina madre, otros miembros de la Casa Real y varios
ministros. 00.CC. Vol. XXV, págs 65-68.
30 «La Comisión extraparlamentaria». 00.CC. Vol.
XI, págs. 397-403.
31 Discurso pronunciado el 31 de Julio de 1918 en la
Semana regionalista de Santiago. 00.CC. Vol. XXVII, pág.
301.
32 «
nosotros, que afirmamos la personalidad
regional en toda su plenitud, al establecer las líneas
generales del programa regionalista
Al
estudiar
el régimen municipal, trataremos
ampliamente los problemas modernos
pero teniendo en
cuenta estas tres cosas: que ha pasado el rasero de la
Revolución sobre todas las instituciones históricas,
que no se puede prescindir de la tradición pasada
y que es necesario partir de las necesidades actuales
antes no conocidas»
«Discurso pronunciado en
Archanda en agosto de 1919. 00.CC. Vol. IV. págs
298-299.
33 Palabras pronunciadas en el Majestic Hotel
Inglaterra, de Barcelona el día 7 de julio de 1921.
00.CC. Vol. xxvii, págs 324-331.
34 Del discurso pronunciado el 30 de junio de 1916
en el Congreso de los Diputados. 00.CC. Vol. X, págs
320-321. Mella defiende que Portugal forma parte de la
nación española y avala su teoría con la cita de
pensadores y escritores protugueses contemporáneos.
Postula una confederación entre ambos estados con el fin
de unificar la política internacional pero, en cuanto a
la interna, hay que respetar la mútua independencia con
todas las consecuencias. Los hechos hay que aceptarlos
como son. Idem, págs. 340-341. Vid. también el discurso
pronunciado en el Teatro de la Zarzuela el 31 de mayo de
1915. 00.CC. Vol. XII, págs. 141 y 160-165.
35 Discurso pronunciado en el Congreso de los
Diputados el 6 de junio de 1913. 00.CC. Vol. VI. pág.
314.
36 Cánovas se refiere a las disputas sobrevenidas
en el Congreso, en las que él mimo intervino, a
propósito de la substancialidad o accideltalidad de las
formas de gobierno, el significado de tales términos y
el sentido de su aplicación, según los casos. Mella, al
tratar este tema, rayó a gran altura frente a sus
oponentes. Se valió fundamentalmente de los argumentos
de Balmes. Discurso pronunciado el día 3 de diciembre de
1984 en el Congreso de los Diputados. 00.CC. Vol. X,
págs 45-53.
37 CÁnovas del Castillo: Op. cit. págs 45-53.
38 Discurso pronunciado en el Teatro de la Zarzuela
el 1 de abril de 1922. 00.cc. Vol. XXV, págs 95-97.
39 Renán: Op cit., págs 37-40.
40 Idem. Fernández Carvajal dice en el Prólogo,
LX-LXIV, que el juicio de Cánovas es excesivo al hacer a
Renan intérprete del voluntarismo, pues habría suscrito
todas las ideas de aquel. El hecho nacional en aquellos
momentos presentaba aspectos diferentes para ambos:
Alemania se había anexionado por la fuerza Alsacia y
Lorena, hecho para Renan escandaloso y en España los
movimientos federalistas y cantonalistas amenazaban la
unidad. La lectura íntegra de esta introducción es
interesante por el riguroso estudio que hace de las ideas
del autor.
41 E. AunÓs: Prólogo al Vol. XXVII de las OO.CC.,
XVII-XXIII.
42 «Donde quiera que haya necesidad de un poder
para hacer efectivo el Derecho habrá un Estado».
Extracto de un discurso pronunciado en La Coruña el 3 de
septiembre de 1916. Idem. pág. 79. Y también en VII,
pags. 214-215.
43 Discurso pronunciado en La Asociación de la
Prensa, según la recensión de «El Liberal» de 4 de
abril de 1900. OO.CC. Vol. XXVI, págs. 81-88. También
el artículo publicado en «El Correo Español» del 6 de
Julio de 1903. Idem. págs 27-28. Y el discurso
pronunciado en Oviedo el 4 de Mayo de 1916. Vol. XXVII,
págs 26 y 27. Y «Concepto y Bases de la Restauración
Municipal» en Covadonga el 26 de octubre de 1916. Idem,
págs. 117-118. Etc.
44 Extracto de un discurso pronunciado en La Coruña
el 3 de Septiembre de 1916. Idem, pág. 78. El día antes
había dicho en la misma ciudad: «Como decía Renan, la
unidad absoluta de una nación semeja una pirámide que
descansa sobre el polvo». Idem, pág. 69.
|