Razón Española, nº 103; La hispanidad y el siglo XXI

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La hispanidad y el siglo XXI

Por Luis Sánchez de Movellán

Unidad retórica indice Incitación a un holocausto

La hispanidad y el siglo XXI

Al albor del siglo que despunta se debe reflexionar sobre el reencuentro entre las dos orillas atlánticas; esta inflexión histórica y cronológica ha de suponer un nuevo diálogo entre Hispanoamérica y España, para retomar lo que, desde muy a principios de siglo, se llamó, en palabras de monseñor Zacarías Vizcarra, la Hispanidad. Desde ese momento, prestigiosos intelectuales como Joan Maragall, Miguel de Unamuno, Eugenio D'Ors, Ortega y Gasset, entre otros, van tratando y escribiendo acerca del tema de la Comunidad Hispánica de Naciones, hasta alcanzarse la magistral y gran síntesis de Ramiro de Maeztu en su Defensa de la Hispanidad, primero, y después en el esclarecedor ensayo de García Morente, Idea de la Hispanidad.

Hay que relanzar la realidad de Hispanoamérica, ahora, y anestesiada durante dos lustros, por una falta manifiesta de interés de los sucesivos gobiernos españoles, por una falta de preparación americanista. Para dedicarse a lo hispánico, en España, hace falta, en primer lugar, patriotismo, después entrega y trabajo; pero no sólo hacen falta las virtudes anteriores, sino que ellas han de descansar en un conocimiento de la realidad total de Iberoamérica.

Las relaciones entre España e Hispanoamérica han de ser de doble vía, es decir, hay que considerar lo que España donó a la América hispana: lengua, sangre, normas, religión, esperanzas... y aún vicios y virtudes; mas también, es de justicia resaltar lo que el Nuevo Mundo aportó a España: sus riquezas, su arte...

Para poder reflexionar sobre estas relaciones que llamaríamos de ida y vuelta, hay que partir de un concepto, de una realidad, que hoy se evita, me refiero a España. Nos referimos a esa sustantividad que hoy, como dice el profesor Vidal Quadras, en su penetrante y desenmascarador artículo La nación translúcida, «es cada día mas tenue, más translúcida, su historia multisecular se difumina y se fragmenta en las aulas escolares, su realidad tangible es mezquinamente ignorada o brutalmente negada, su lengua común demonizada en virtud de una imaginaria violencia antigua, sus símbolos más nobles y entrañables son preteridos o directamente entregados a las llamas, y su única resistencia a la extinción es menguar sin remedio para aplacar a los que procuran y proclaman su fin como nación...».

Esa España, que hoy los nacionalismos disgregadores intentan desvanecer, es la que ha de resurgir con vigor en el siglo XXI y cumplir su misión histórica de puente entre Europa e Hispanoamérica (sin olvidar las huellas hispánicas del Africa: Guinea, Sahara, Marruecos, etc.). Es la unidad en la diversidad y la diversidad en la unidad: es España en América y la pluralidad americana en España. España no se ha forjado ni en 1492, ni en los largos siglos de la Reconquista, como mantiene Américo Castro. Los milenarios ingredientes prerromanos, romanos y visigodos del ser de España, se estructuran, se perfilan, se vigorizan, a lo largo de los siglos precedentes al Descubrimiento y cristianización de América. Sánchez Albornoz afirma que el ser de Hispania es anterior a la invasión árabe y a los siete siglos de la Reconquista.

En 1492 se hermanan España y los numerosos pueblos descubiertos de América, según unas capitulaciones, las de Santa Fe, de las cuales bien podríamos decir que fueron esponsales. Matrimonio con base en el amor, no matrimonio de interés, aunque es justo reconocer que también hubo intereses, lo cual no puede servir para alimentr la sectaria leyenda negra que lanzaron los colonizadores anglosajones contra la conquista española, sin duda para intentar ocultar sus propios comportamientos genocidas en los países que hollaron con su bota calvinista.

Que en los duros años de 1492 a 1600 hubo excesos, es una realidad que por nadie es negada; pero, como ha subrayado nuestro Menéndez Pidal, esos pecados fueron denunciados y a veces frenéticamente evidenciados por los propios españoles, antes que por otros hombres de distinta estirpe, sangre y lengua. Ejemplos tenemos muchos, y así español era Fray Antonio de Montesinos, que, en el Convento de Santo Domingo, en la Isla Española y en el mes de noviembre de 1511, defendió los derechos de los indios denunciando las opresiones de los indígenas. De España era también el padre Francisco de Vitoria que, desde su cátedra de la Unidversidad salmanticense, se dirigía al César Carlos para exigirle el respeto a los legítimos derechos de los indios.

El vínculo irrompible entre España e Hispanoamérica se forjó a través de dos elementos: el de la sangre, mediante el mestizaje, lo cual diferencia la presencia de España en América respecto de la presencia de otros pueblos en sus territorios coloniales; y el del espíritu, con el surgimiento a lo largo de la vasta y heterogénea geografía americana de templos, audiencias, universidades...

Si hemos visto el influjo de España en América no podemos olvidar la influencia de América en España; la cual, entre otras facetas, se evidenció en el plano especulativo, en el de la filosofía jurídica, social y política, siendo el pensamiento español profundamente humanista. Este pensamiento arranca desde una sentencia del filósofo español Lucio Anneo Séneca, que podría ser el emblema de la Hispanidad: «Homo homini sacra res» (el hombre es cosa sagrada para el hombre), que se enfrenta radicalmente con el leviatánico «homo homini lupus» de Hobbes, simiente de estatismos totalitarios. Este pensamiento se va a mantener a lo largo de la Edad Media, llegando hasta el umbral de la Edad Moderna, y ello gracias a egregias figuras como la de Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y, en general, la Escuela de los dominicos, y, por otra parte, la Escuela jesuítica de Luis de Molina y Francisco Suárez; ambas escuelas van a repetir el pensamiento senequista: el hombre es cosa sagrada para el hombre, todos los hombres son iguales; tesis que será sostenida, en el Concilio de Trento, por los teólogos españoles.

Frente al ideal de la Hispanidad hay que oponer una realidad hispánica, es decir, frente a un proyecto hay que situar una obra, una empresa, con diversos frentes, los cuales al sintetizarse, mostrarán lo pretendido: una Hispanidad vigorosa ante el desafío del siglo venidero. ¿Cuáles han de ser los frentes de esa común misión, de esa gran obra hispánica?

En primer lugar, un frente de índole cultural: el idioma, la lengua de Cervantes ha sido, sigue y seguirá siendo uno de los vínculos, de los nexos esenciales entre ambas orillas de la mar Océana. Pero no una lengua defendida con criterios excluyentes, sino permeable, abierta a todo el genio creador de América. Habrá que crear una especie de «Mercado Común Cultural», una Comunidad Cultural Hispanoamericana, que dinamice e intercomunique nuestros poetas, nuestros literatos, nuestros juristas, nuestros filósofos, nuestros sociólogos, etc., y cuando digo nuestros, tan nuestros son los de esta orilla como los de aquélla.

En segundo lugar, no podemos obviar un frente de índole económica: es absolutamente necesaria la creación de una Comunidad Económica Hispánica. La necesidad perentoria estriba en la agilidad que está adquiriendo la Unión Europea, de la cual forma parte España, con sus implicaciones en el orden cultural, político y económico, y el panorama que presenta el escenario hispanoamericano de economías nacionalistas divididas y entregadas, muchas veces, al poderoso vecino del Norte. España ha de realizar los esfuerzos que sean necesarios para vigorizar e intensificar su contacto económico con los pueblos de Iberoamérica, y servir de puente entre Europa e Hispanoamérica, haciendo valer su doble condición de miembro de la Unión Europea y miembro de una Comunidad Económica Hispánica.

Por último, nos quedaría un frente esencial en la Hispanidad: el frente social y político, que posibilitará la armonización y la compatibilización, bajo nuevas fórmulas, de la libertad y la dignidad, del respeto y la responsabilidad, de la igualdad y la solidaridad, de la individualidad humana y la comunidad. Es imprescindible iniciar el diálogo con todos los pueblos de Hispanoamérica, y las Universidades de ambas riberas podrían ser un buen referente, y encontrar nuevas fórmulas que salven los dos extremos en los que muchas veces se han movido las naciones de Iberoamérica, el totalitarismo marxista y las dictaduras bonapartistas.

Es el momento de afirmar con fuerza, ante el reto del siglo XXI, que España e Hispanoamérica no pierdan la ocasión histórica de constituir una Comunidad viva de pueblos con una misma lengua llena de diversos y sonoros matices, su capacidad de producción y desarrollo, con su sentido de lo que es el hombre, y todo ello sustentado en la homogeneidad esencial de la religión, la cultura y la historia, común a todos los pueblos hispánicos.

Hay que despertar la americanidad de España, ponerla en movimiento y conjugarla con la hispanidad de América, y sin dejar de mirar a Europa, mirar al horizonte oceánico para redescubrir nuestra otra España, la americana.



 

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