La hispanidad y
el siglo XXI
Al
albor del siglo que despunta se debe reflexionar sobre el
reencuentro entre las dos orillas atlánticas; esta
inflexión histórica y cronológica ha de suponer un
nuevo diálogo entre Hispanoamérica y España, para
retomar lo que, desde muy a principios de siglo, se
llamó, en palabras de monseñor Zacarías Vizcarra, la
Hispanidad. Desde ese momento, prestigiosos intelectuales
como Joan Maragall, Miguel de Unamuno, Eugenio D'Ors,
Ortega y Gasset, entre otros, van tratando y escribiendo
acerca del tema de la Comunidad Hispánica de Naciones,
hasta alcanzarse la magistral y gran síntesis de Ramiro
de Maeztu en su Defensa de la Hispanidad, primero, y
después en el esclarecedor ensayo de García Morente,
Idea de la Hispanidad.
Hay que relanzar la realidad de Hispanoamérica, ahora, y
anestesiada durante dos lustros, por una falta manifiesta
de interés de los sucesivos gobiernos españoles, por
una falta de preparación americanista. Para dedicarse a
lo hispánico, en España, hace falta, en primer lugar,
patriotismo, después entrega y trabajo; pero no sólo
hacen falta las virtudes anteriores, sino que ellas han
de descansar en un conocimiento de la realidad total de
Iberoamérica.
Las relaciones entre España e Hispanoamérica han de ser
de doble vía, es decir, hay que considerar lo que
España donó a la América hispana: lengua, sangre,
normas, religión, esperanzas... y aún vicios y
virtudes; mas también, es de justicia resaltar lo que el
Nuevo Mundo aportó a España: sus riquezas, su arte...
Para poder reflexionar sobre estas relaciones que
llamaríamos de ida y vuelta, hay que partir de un
concepto, de una realidad, que hoy se evita, me refiero a
España. Nos referimos a esa sustantividad que hoy, como
dice el profesor Vidal Quadras, en su penetrante y
desenmascarador artículo La nación translúcida, «es
cada día mas tenue, más translúcida, su historia
multisecular se difumina y se fragmenta en las aulas
escolares, su realidad tangible es mezquinamente ignorada
o brutalmente negada, su lengua común demonizada en
virtud de una imaginaria violencia antigua, sus símbolos
más nobles y entrañables son preteridos o directamente
entregados a las llamas, y su única resistencia a la
extinción es menguar sin remedio para aplacar a los que
procuran y proclaman su fin como nación...».
Esa España, que hoy los nacionalismos disgregadores
intentan desvanecer, es la que ha de resurgir con vigor
en el siglo XXI y cumplir su misión histórica de puente
entre Europa e Hispanoamérica (sin olvidar las huellas
hispánicas del Africa: Guinea, Sahara, Marruecos, etc.).
Es la unidad en la diversidad y la diversidad en la
unidad: es España en América y la pluralidad americana
en España. España no se ha forjado ni en 1492, ni en
los largos siglos de la Reconquista, como mantiene
Américo Castro. Los milenarios ingredientes prerromanos,
romanos y visigodos del ser de España, se estructuran,
se perfilan, se vigorizan, a lo largo de los siglos
precedentes al Descubrimiento y cristianización de
América. Sánchez Albornoz afirma que el ser de Hispania
es anterior a la invasión árabe y a los siete siglos de
la Reconquista.
En 1492 se hermanan España y los numerosos pueblos
descubiertos de América, según unas capitulaciones, las
de Santa Fe, de las cuales bien podríamos decir que
fueron esponsales. Matrimonio con base en el amor, no
matrimonio de interés, aunque es justo reconocer que
también hubo intereses, lo cual no puede servir para
alimentr la sectaria leyenda negra que lanzaron los
colonizadores anglosajones contra la conquista española,
sin duda para intentar ocultar sus propios
comportamientos genocidas en los países que hollaron con
su bota calvinista.
Que en los duros años de 1492 a 1600 hubo excesos, es
una realidad que por nadie es negada; pero, como ha
subrayado nuestro Menéndez Pidal, esos pecados fueron
denunciados y a veces frenéticamente evidenciados por
los propios españoles, antes que por otros hombres de
distinta estirpe, sangre y lengua. Ejemplos tenemos
muchos, y así español era Fray Antonio de Montesinos,
que, en el Convento de Santo Domingo, en la Isla
Española y en el mes de noviembre de 1511, defendió los
derechos de los indios denunciando las opresiones de los
indígenas. De España era también el padre Francisco de
Vitoria que, desde su cátedra de la Unidversidad
salmanticense, se dirigía al César Carlos para exigirle
el respeto a los legítimos derechos de los indios.
El vínculo irrompible entre España e Hispanoamérica se
forjó a través de dos elementos: el de la sangre,
mediante el mestizaje, lo cual diferencia la presencia de
España en América respecto de la presencia de otros
pueblos en sus territorios coloniales; y el del
espíritu, con el surgimiento a lo largo de la vasta y
heterogénea geografía americana de templos, audiencias,
universidades...
Si hemos visto el influjo de España en América no
podemos olvidar la influencia de América en España; la
cual, entre otras facetas, se evidenció en el plano
especulativo, en el de la filosofía jurídica, social y
política, siendo el pensamiento español profundamente
humanista. Este pensamiento arranca desde una sentencia
del filósofo español Lucio Anneo Séneca, que podría
ser el emblema de la Hispanidad: «Homo homini sacra
res» (el hombre es cosa sagrada para el hombre), que se
enfrenta radicalmente con el leviatánico «homo homini
lupus» de Hobbes, simiente de estatismos totalitarios.
Este pensamiento se va a mantener a lo largo de la Edad
Media, llegando hasta el umbral de la Edad Moderna, y
ello gracias a egregias figuras como la de Francisco de
Vitoria, Domingo de Soto y, en general, la Escuela de los
dominicos, y, por otra parte, la Escuela jesuítica de
Luis de Molina y Francisco Suárez; ambas escuelas van a
repetir el pensamiento senequista: el hombre es cosa
sagrada para el hombre, todos los hombres son iguales;
tesis que será sostenida, en el Concilio de Trento, por
los teólogos españoles.
Frente al ideal de la Hispanidad hay que oponer una
realidad hispánica, es decir, frente a un proyecto hay
que situar una obra, una empresa, con diversos frentes,
los cuales al sintetizarse, mostrarán lo pretendido: una
Hispanidad vigorosa ante el desafío del siglo venidero.
¿Cuáles han de ser los frentes de esa común misión,
de esa gran obra hispánica?
En primer lugar, un frente de índole cultural: el
idioma, la lengua de Cervantes ha sido, sigue y seguirá
siendo uno de los vínculos, de los nexos esenciales
entre ambas orillas de la mar Océana. Pero no una lengua
defendida con criterios excluyentes, sino permeable,
abierta a todo el genio creador de América. Habrá que
crear una especie de «Mercado Común Cultural», una
Comunidad Cultural Hispanoamericana, que dinamice e
intercomunique nuestros poetas, nuestros literatos,
nuestros juristas, nuestros filósofos, nuestros
sociólogos, etc., y cuando digo nuestros, tan nuestros
son los de esta orilla como los de aquélla.
En segundo lugar, no podemos obviar un frente de índole
económica: es absolutamente necesaria la creación de
una Comunidad Económica Hispánica. La necesidad
perentoria estriba en la agilidad que está adquiriendo
la Unión Europea, de la cual forma parte España, con
sus implicaciones en el orden cultural, político y
económico, y el panorama que presenta el escenario
hispanoamericano de economías nacionalistas divididas y
entregadas, muchas veces, al poderoso vecino del Norte.
España ha de realizar los esfuerzos que sean necesarios
para vigorizar e intensificar su contacto económico con
los pueblos de Iberoamérica, y servir de puente entre
Europa e Hispanoamérica, haciendo valer su doble
condición de miembro de la Unión Europea y miembro de
una Comunidad Económica Hispánica.
Por último, nos quedaría un frente esencial en la
Hispanidad: el frente social y político, que
posibilitará la armonización y la compatibilización,
bajo nuevas fórmulas, de la libertad y la dignidad, del
respeto y la responsabilidad, de la igualdad y la
solidaridad, de la individualidad humana y la comunidad.
Es imprescindible iniciar el diálogo con todos los
pueblos de Hispanoamérica, y las Universidades de ambas
riberas podrían ser un buen referente, y encontrar
nuevas fórmulas que salven los dos extremos en los que
muchas veces se han movido las naciones de Iberoamérica,
el totalitarismo marxista y las dictaduras bonapartistas.
Es el momento de afirmar con fuerza, ante el reto del
siglo XXI, que España e Hispanoamérica no pierdan la
ocasión histórica de constituir una Comunidad viva de
pueblos con una misma lengua llena de diversos y sonoros
matices, su capacidad de producción y desarrollo, con su
sentido de lo que es el hombre, y todo ello sustentado en
la homogeneidad esencial de la religión, la cultura y la
historia, común a todos los pueblos hispánicos.
Hay que despertar la americanidad de España, ponerla en
movimiento y conjugarla con la hispanidad de América, y
sin dejar de mirar a Europa, mirar al horizonte oceánico
para redescubrir nuestra otra España, la americana.
|