Razón Española, nº 103; Editorial: Razón y falibilidad

pag. principal Razón Española

Razón y falibilidad

Editorial

Índice indice Lenguas y unidad nacional según Mella

Razón y falibilidad

La razón humana no es un puro logos independiente, sino encarnado. Esta corporeidad significa que, para operar sobre la realidad exterior, necesita de los datos que le suministren los sentidos. Significa, además, que se encuentra inmersa en un contexto de instintos y de emotividad. Y significa, en fin, que no es autónoma, sino que en gran medida está subordinada a la voluntad. En tales condiciones, dadas genéticamente, razonar correctamente es difícil y entraña constantes riesgos de error.



Las sensaciones son frecuentemente engañosas. A veces, se cree oír y ver lo que no existe. Cuando en un proceso judicial se analiza por las partes un testimonio, lo que inicialmente parecía categórico se va convirtiendo en probable. A las imprecisiones sensoriales se unen las de la frágil memoria. Y lo habitual no es operar sobre sensaciones inmediatas, sino rememoradas. En los laboratorios se repiten una y otra vez las experiencias para aproximarse a la exactitud. Ninguna observación es aceptada por la comunidad científica hasta que otros espectadores la confirman. La regla metódica universal es sospechar de las impresiones. La base informativa de la razón es, pues, problemática. De ahí errores anecdóticos, como los espejismos, o categoriales como los derivados del geocentrismo antiguo y medieval.



Antes que efectivamente racional, el hombre es instintivo. Observar en los primeros meses el desarrollo de un niño es asistir a múltiples dinamismos, ajenos al raciocinio del recién nacido. A lo largo de toda la existencia humana, los instintos de conservación y reproducción condicionan cuando no se sobreponen a los razonamientos. Y, sobre todo, el ámbito de la felicidad es el de los sentimientos; pero la emotividad está aquende la razón ¿Con qué sorites se puede demostrar apodícticamente las preferencias estéticas, la simpatía o la antipatía, la angustia o el amor? Algo tan esencial en la existencia humana como la felicidad se plantea entre coordenadas que, por lo menos, no son rracionales. Cercada por pulsiones congénitas y pasiones emergentes, la razón tropieza.



Y, finalmente, la razón ha de ser movida a actuar y a concentrarse sobre un objeto. El abúlico teóricamente absoluto no usaría deliberadamente ninguna de sus potencialidades superiores, ni siquiera la razón. La relación de la razón es ancilar respecto de la voluntad y puede ser orientada al engaño y al sofisma. ¿Qué son los intelectuales orgánicos sino servidores del déspota? No hay que apelar a los antiguos cronistas áulicos, el socialismo real ha dado inmensos ejemplos de politización del pensamiento. Los intereses y el poder aherrojan de tal modo al logos que, a veces, son necesarios requerimientos hercúleos para devolverlo a la independencia y a la objetividad. De ahí errores colosales como el marxismo. Todavía hay exégetas veterotestamentarios que sitúan el primer día terrestre en menos de seis mil años.

En suma, la razón, que es el instrumento de la ciencia, no es infalible. Los epistemólogos de nuestro tiempo han definido lo científico como lo susceptible de ser rectificado y aún refutado, es la llamada falsabilidad de los conocimientos.



La razón encarnada es falible; pero es el soberano instrumento de aproximación al conocimiento y a la manipulación de lo real. La razón puede fallar, pero tambien rectificar ese zigzagueante curso que ha llevado desde las cavernas hasta los ordenadores. La molesta conciencia de falibilidad es el remedio contra el constante riesgo de errar. En la aventura del logos sentirse absoluta y definitivamente seguro es peligroso.



 

Índice indice Lenguas y unidad nacional según Mella

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.