Razón y
falibilidad
La
razón humana no es un puro logos independiente, sino
encarnado. Esta corporeidad significa que, para operar
sobre la realidad exterior, necesita de los datos que le
suministren los sentidos. Significa, además, que se
encuentra inmersa en un contexto de instintos y de
emotividad. Y significa, en fin, que no es autónoma,
sino que en gran medida está subordinada a la voluntad.
En tales condiciones, dadas genéticamente, razonar
correctamente es difícil y entraña constantes riesgos
de error.
Las sensaciones son frecuentemente engañosas. A veces,
se cree oír y ver lo que no existe. Cuando en un proceso
judicial se analiza por las partes un testimonio, lo que
inicialmente parecía categórico se va convirtiendo en
probable. A las imprecisiones sensoriales se unen las de
la frágil memoria. Y lo habitual no es operar sobre
sensaciones inmediatas, sino rememoradas. En los
laboratorios se repiten una y otra vez las experiencias
para aproximarse a la exactitud. Ninguna observación es
aceptada por la comunidad científica hasta que otros
espectadores la confirman. La regla metódica universal
es sospechar de las impresiones. La base informativa de
la razón es, pues, problemática. De ahí errores
anecdóticos, como los espejismos, o categoriales como
los derivados del geocentrismo antiguo y medieval.
Antes que efectivamente racional, el hombre es
instintivo. Observar en los primeros meses el desarrollo
de un niño es asistir a múltiples dinamismos, ajenos al
raciocinio del recién nacido. A lo largo de toda la
existencia humana, los instintos de conservación y
reproducción condicionan cuando no se sobreponen a los
razonamientos. Y, sobre todo, el ámbito de la felicidad
es el de los sentimientos; pero la emotividad está
aquende la razón ¿Con qué sorites se puede demostrar
apodícticamente las preferencias estéticas, la
simpatía o la antipatía, la angustia o el amor? Algo
tan esencial en la existencia humana como la felicidad se
plantea entre coordenadas que, por lo menos, no son
rracionales. Cercada por pulsiones congénitas y pasiones
emergentes, la razón tropieza.
Y, finalmente, la razón ha de ser movida a actuar y a
concentrarse sobre un objeto. El abúlico teóricamente
absoluto no usaría deliberadamente ninguna de sus
potencialidades superiores, ni siquiera la razón. La
relación de la razón es ancilar respecto de la voluntad
y puede ser orientada al engaño y al sofisma. ¿Qué son
los intelectuales orgánicos sino servidores del
déspota? No hay que apelar a los antiguos cronistas
áulicos, el socialismo real ha dado inmensos ejemplos de
politización del pensamiento. Los intereses y el poder
aherrojan de tal modo al logos que, a veces, son
necesarios requerimientos hercúleos para devolverlo a la
independencia y a la objetividad. De ahí errores
colosales como el marxismo. Todavía hay exégetas
veterotestamentarios que sitúan el primer día terrestre
en menos de seis mil años.
En suma, la razón, que es el instrumento de la ciencia,
no es infalible. Los epistemólogos de nuestro tiempo han
definido lo científico como lo susceptible de ser
rectificado y aún refutado, es la llamada falsabilidad
de los conocimientos.
La razón encarnada es falible; pero es el soberano
instrumento de aproximación al conocimiento y a la
manipulación de lo real. La razón puede fallar, pero
tambien rectificar ese zigzagueante curso que ha llevado
desde las cavernas hasta los ordenadores. La molesta
conciencia de falibilidad es el remedio contra el
constante riesgo de errar. En la aventura del logos
sentirse absoluta y definitivamente seguro es peligroso.
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