Filosofía para
la vida
1.
Presentanción. Si, como decía Nietzsche, «toda la
Historia de la Filosofía es un esfuerzo sistemático
para destronar a Platón,» el libro de L. Marinoff,
Platón, no Prozac!, es otro esfuerzo sistemático para
devolver la Filosofia a sus orígenes. Y esto en el
nombre de terapia individual. Si la proeza de esta
aventura suena quijotesca, lo es. Si revolucionaria,
tambien lo es. Es quijotesca no porque sea ilusoria o
irrealizable, sino, al contrario, porque desde el
principio consciente de la raza humana cada individuo se
ha tenido que guiar por una filosofía, mas o menos
veraz, más o menos sublime, más o menos eficaz para
llevar a cabo nuestras vidas. En la ausencia del acto
individual de filosofar, ideologías externas se han
interpuesto entre individuo y vida con soluciones ya
digeridas, impuestas, dogmáticas, benditas por la
ciencia, la patria, la bandera, la iglesia, el partido
político o el barbero de la esquina. Se necesita un
Quijote para alzar cabeza sobre este mar de inercia
filosófica y lanzar el grito: «Hagamos Filosofía y
vivamos mejor!» La Filosofía se echa a la calle con el
fin de aliviar el sufrir humano. Y esta es la revolución
que el presente libro propone. Los lectores de habla
hispana tal vez no reaccionen tan sorprendidos como los
lectores de habla inglesa. Tenemos antecedentes recientes
en Ortega y Gasset de propuesta parecida, aunque esta
nunca se haya llevado a cabo. Es difícil hacer
revolución con un solo miembro en el partido. La
presente revolución sistematizada en Platón, No Prozac!
tiene ya nombre oficial APPA (American Philosophical
Practitioners Association) y cuenta con cientos de
filósofos en sus filas en América y muchos más en
Europa, Alemania principalmente, que es donde empezó la
revolución. Ni se han de alarmar los católicos
tradicionales de que esa llamada revolucionaria sea a
filosofar. Juan Pablo II, en la Encíclica Fides et Ratio
exhorta a los católicos a que sean «más
filosóficos,»
«
muchos se tambalean durante toda su vida hasta
llegar al borde mismo del precipicio sin tener idea de a
donde van. Y esto sucede porque, a veces, los que por
vocacion están destinados a dar expresión cultural a
sus pensamientos no se interesan ya en la verdad, sino en
alcanzar éxitos rápidos en vez de dedicarse a la
búsqueda paciente de lo que hace que la vida humana sea
digna de ser vivida.»
Y así es como nuestra tradición filosófica empezó con
Pitágoras, según lo describe Iamblico: «Hay
(pensadores) poseídos por el deseo de riquezas y lujo;
otros, por el amor de poder y dominio, o por una loca
ambición de gloria. Pero los más puros y de caracter
más genuino son aquellos que se dedican a la
contemplación de lo bello en las cosas, y es por eso por
lo que sólo estos pueden ser llamados filósofos.»
(Libro 12). Y como balance recordemos la proposición
contraria de Epicuro: «Vacío es el argumento del
filósofo que no alivia el sufrir humano»
2. Platón, no Prozac. El Profesor Lou Marinoff, que
enseña en el City College de Nueva York y es el
Presidente de la APPA, ha escrito un libro fácil de
leer, simple en sus proposiciones, práctico en su
aplicación y lleno de casos concretos donde la
filosofía se usa para paliar las crisis de vivir. No hay
crisis humana, problema humano, que no pueda ser
solucionado con una buena dosis de filosofar. No el
filosofar teórico de los manuales, sino el concreto y
práctico de cada individuo con un filósofo. O como dice
el subtitulo: aplicar la filosofía a los problemas de
cada día. Pero las implicaciones del libro son tan
revolucionarias que no tengo más remedio que presentarlo
no en lo que dice sino en las presuposiciones en que se
basa.
El libro está dividido en cuatro partes. La primera
ataca el problema de frente: dónde falló la Filosofia y
dónde ha vuelto a tener éxito recientemente. Discute
luego los problemas de psicología: terapia por todas
partes y ni un solo pensamiento que pensar. y enseguida
se vuelca sobre el método de la Filosofía como una
práctica: Cinco pasos para administrar problemas
filosóficamente. La segunda parte del libro muestra, a
través de la historia de la Filosofía, cómo
administrar esos problemas cotidianos. En la tercera
parte el autor extiende el método individual para
aplicarlo a grupos y organizaciones. Por fin, la cuarta
parte del libro facilita una lista de clásicos,
organizaciones pertinentes y un directorio de filósofos
actuales con una lista adicional de lecturas y un
Apéndice sobre el I Ching y cómo usarlo en la práctica
de tomar decisiones.
Lo más revolucionario del libro está en la parte
primera donde el autor resume el método para administrar
problemas personales usando filosofía. Marinoff
prescribe cinco pasos, bajo la abreviación acronímica
de PEACE (paz), para conseguir salud individual:
problema, emociones, análisis, contemplación y,
equilibrio. Aparte de los méritos que esta división
pueda tener, por ejemplo vis-a-vis de la psicología
donde sólo los dos primeros examinar el problema y las
emociones que lo envuelven, cuentan, o los beneficios
para los filósofos que este nuevo campo de consejeros
pueda aportarles, o el hecho de que toda ayuda al
individuo en crisis proveniente de las ciencias sociales
es inaplicable a él, aún cuando a veces ayude, y que
este campo fue el legítimo campo del filósofo
profesional en sus inicios, cabe hacerse dos preguntas
importantes. La primera, es, si esta Filosofía está
sólidamente anclada en la tradición filosófica? Y la
segunda, si está el método propuesto en este libro de
acuerdo con las ciencias contemporáneas, la
neurobiología, por ejemplo. Es decir, ¿puede cumplir
este libro lo que promete?
3. La tradición filosófica. El Profesor Marinoff repite
el dicho de Whitehead: «La filosofía occidental es una
nota al pie de los escritos de Platón». Platón,
naturalmente, es una nota al pie de los escritos de
culturas anteriores. La tradición filosófica, en este
libro cubre la tradición humana de filosofar para
resolver problemas, no sólo la tradición académica, y
por eso encontramos capítulos dedicados al budismo,
hinduismo e I Ching.
Los cinco pasos de PEACE, (problema, emociones,
análisis, contemplación y equilibrio) corresponden a
los cinco pilares de la metodología de Platón. En la
Séptima Carta, Platón escribe: «Por cada cosa que
existe hay tres clases de objetos a través de los cuales
nos llega el conocimiento -el conocimiento es el cuarto y
hemos de añadir uno más, el quinto, que es el objeto
mismo del conocimiento que es la realidad verdadera.» Y
¿cuáles son estos cinco pasos? Según Platón, son: el
nombre, como lo describe en Catilo y Euthydemo, la
definición o descripción, como en El Carmides, Laches,
Euthyfron, Banquete, República, la imagen o el hacer
mundos visibles, como en el Timeo, la contemplación como
en La Apología, Critón, Gorgias, Critias o en Ion,
PFedro, Filebo, y finalmente el equilibrio, o el uso de
las cuatro clases de objetos anteriores para llegar al
quinto como en La República, Sofista, Banquete, Leyes.
O, como Platón mismo escriben en la Carta Séptima (344
c-d); «Y despues de haber practicado comparaciones
detalladas de nombres y definiciones y percepciones
visuales u otras de otros sentidos, y después de
escrutarlos en detalle a través de disputaciones
benévolas según el método de preguntas y respuestas y
sin celos ni envidias, por fin en el ejercicio de estos
actos llevados al más alto límite de los poderes
humanos, «phronesis» (la región cordial) inunda de luz
cada objeto y la mente (nous) «Y para que no haya dudas
de óonde va este método recordemos cómo Diógenes
Laercio [(VIII 30)] repitiendo a Pitágoras dice que «El
aláma humana está dividida en tres partes, inteligencia
(nous), el acto de razonar (phrenas) y la emoción
(thymos)
La razón (phronimon) es inmortal, el
resto es mortal».
Aquí hay que ir con mucho cuidado, porque el nombre
«razón» ha sido usado por el más distinguido de los
discípulos de Platón, Aristóteles, y los medievales
que le imitaron, con un sentido y origen totalmente
distinto. Según Aristóteles (Física, Libro 11, Cap.
3), «El conocimiento es el objeto de nuestra
investigación y nadie se cree que sabe lo que es un
objeto hasta que no comprende el «por qué» de dicho
objeto». Y ya sabemos que ese «por qué» son las
cuatro causas (material, formal, final y eficiente) las
que constituyen las bases epistemológicas de los
universales, tan importantes en las ciencias y tan
desastrosos para el examen y conocimiento del individuo,
tanto que hasta el mismo Aristóteles lo reconoce y
afirma que ciertas causas no pueden ser conocidas en
términos universales y que el individuo cae en esta
categoría: «Porque aunque es el hombre el principio
cognoscitivo del hombre universal, tal hombre universal
no existe, así que Peleos es el principio cognoscitivo
de Aquiles, y tu padre de ti
» (Metafísica, Libro
11, Cap. 5).
La diferencia filosófica entre Platón y Aristóteles y
los Medievales que le imitaron, está principalmente en
lo que cada uno de ellos entiende por «razón». Es el
mismo Aristóteles quien nos lo confirma, pues, según
él la metodología contemporánea de las ciencias
sociales y aun a veces en las humanidades, es desde su
origen en los medievales interpretando a Aristóteles
inválida, ya que el individuo no puede ser conocido como
tal sino en cuanto se ajusta a una norma conceptual -un
universal- preexistente. Y lo mismo se puede decir de
cualquier otra ideo-logía. Y por eso la necesidad de
volver a Platón.
4. Neurobiología y filosofía. Estudios recientes en
neurobiología han cambiado el mapa cerebral y la forma
de cómo creíamos, desde Aristóteles y los medievales,
que nosotros los humanos conocemos y de cómo en la
realidad conocemos. lo que tenemos ahora es un nuevo
paradigma de que repite paso a paso el método
filosófico de Platón. La Doctora María Colavito (1995)
basándose en descubrimientos contemporáneos sobre
psicología de la percepción (D'Aquili 1979), química
del cerebro (Berlyne 1973), evolución del cerebro
(Laughin Jr. 1974), desarrollo cerebral (Routtenberg
1980), la obra de Mac Lean sobre las tres estructuras
cerebrales del lateral derecho del neocortex,
particularmente el «módulo intérprete» ha descubierto
este nuevo paradigma, llamado por su descubridora
«biocultural». Biocultural quiere decir que biología y
cultura actúan la una sobre la otra de forma que la una
no se desarrolla sin la otra. Mediante esta interacción,
la cultura se convierte en bilogía y la biología en
cultura. El conocer se convierte en salud o en ausencia
de ella y crisis. Y por eso es necesaria la filosofía.
La cultura actúa sobre y estimula la biología, es
decir, los cauces neurales de los cerebros, dando así
lugar a la variedad de cerebros según cada uno de
nosotros, y a la unidad y diversidad de culturas que
conocemos. Culturas y cerebros pueden distinguirse unos
de otros mediante el uso de ciertas funciones o la
combinación de ciertas funciones que se ejercitan
habitualmente. Nuestros hábitos son, literalmente,
hábitos mentales, dependientes de qué cerebro ha sido
activado y consecuentemente formado por ellos. Cada uno
de nosotros nos definimos por el «patrón piloto»
primario y este determina no sólo nuestros conocimientos
sino también nuestra salud. En suma: a los 11 años
tenemos ya tres cerebros primarios con los que
funcionamos en el mundo, el reptílico-kinestésico, el
límbico-auditivo, y el mimético visual. A esta edad
empiezan ya a formarse los otros dos cerebros, el
mimético-simbólico-conceptual del hemisferio izquierdo
del neocortex y el logo-digital del «módulo
intérprete.»
La crisis inicial humana se desarrolla en estas edades
primarias ya que si los cerebros iniciales no se
ejercitan, la falta de uso (crianza) los cancela. Sin
embargo los cerebros del lateral izquierdo y los lóbulos
frontales, centros estos de memoria, atención, lenguaje,
creatividad, planeamiento, conciencia propia y decisión,
aparecen más tarde y se desarrollan contínuamente. Y
este nuevo mapa cerebral tiene consecuencias para
nosotros. La razón y la mente no son una, como la
filosofía ha supuesto desde Aristóteles pasando por
Descartes, sino que, al contrario, nuestros centros
intelectivos son cinco como ya propuso Platón: el
kinestésico, el límbico, el visual mimético derecho,
el conceptual mimético izquierdo y el digital
nominalista llamado «módulo intérprete» por Gazzaniga
(1978). Los tres primeros centros intelectivos reciben la
información interna-externa directamente. Los dos del
lateral izquierdo del neocortex la reciben solamente
indirectamente del lateral derecho o de sus propios
sistemas de substitución, como la lógica. Estos dos
sistemas intelectivos del lateral izquierdo del neocortex
son dos sistemas de traducción, no de recepción. Son la
base de las ideologías, sean religiosas o científicas.
Lo peor del caso es que, una vez este sistema de
«razón» es activado, o cancela los otros,
atrofiándolos, o los destruye. Cuando un sistema
cognoscitivo está en activo, los otros ni actúan, ni
pueden actuar hasta que el sistema activo no pare su
actividad.
Tal vez un ejemplo de la neurobiología clarifique lo que
llevo dicho. Cuando un objeto, por ejemplo, una
serpiente, se interpone a nuestro paso, el objeto aparece
directamente en el tálamo. Una vez las vibraciones se
traducen en imagen, sigue dos caminos, uno a los lóbulos
frontales y el otro directamente a la amígdala. Si la
amígdala ha tenido experiencias previas de algo parecido
la reacción en todo el cuerpo es de pánico, lucha o
huída. mientras tanto los lóbulos frontales, donde se
almacena nuestra memoria, examinan escenario a escenario
los símbolos de la nueva percepción. Para cuando se da
cuenta de que no era una serpiente sino una tira de goma
y envía las señales apropiadas para la corrección del
equívoco inicial al hipocampo, es muy difícil volver el
cuerpo a la tranquilidad inicial anterior al incidente.
Sin embargo, si el sujeto está dotado de un sistema
límbico sano (otro centro intelectivo) la percepción
inicial es mucho menos fuerte y ésta, con todas las
otras percepciones del sujeto, se almacena en la parte
anterior del cerebro, en los lóbulos frontales, como
posibles escenarios a escoger en una vida que demanda de
nosotros elecciones contínuas.
La epistemología de Aristóteles, siendo el ejercicio
habitual de un único cerebro, interfiere con este fluido
pasar de la percepción, y usurpa con el universal la
experiencia del sujeto. «La cara del sol (la Verdad)
está cubierta por una ánfora de oro,» como decía la
Upanishad. Y lo peor es que, al tomar decisiones globales
sobre el ecosistema del sujeto que usa esta sustitución
de epistemología por ideología, se pone en riesgo
continuo el cuerpo del individuo, que en la mayoría de
los casos, ni cuenta, ni se le considera. Sin embargo, la
epistemología de Platón, y la de este libro, basada en
los cinco cerebros y que cuenta con los lóbulos
frontales, hace posible la elección de varias
posibilidades o como Platón le decía a Galucón: «el
saber escoger por hábito de entre las posibles opciones,
la mejor.» Y esto explica también los errores que
nuestra razón, siguiendo a Aristóteles, ha cometido a
través de los siglos, epistemológicamente elevando un
instrumento de análisis, lenguaje y traducción -el
lateral izquierdo del neocortex- a facultad cognoscitiva
con poder de decisión sobre el resto de los cerebros y
el cuerpo humano. Y aclara también cómo místicos, como
Ignacio de Loyola, trataron de encontrar otro modo de
elección, a lo Platón, a través de sus meditaciones y
elecciones. Ni ayuda la crítica de esta actividad, pues
aún la crítica se lleva a cabo por el mismo cerebro que
la crítica, que no es más que el ejercicio del mismo
hábito mental que se critica. Cómo salir de este
laberinto? La solución está en volver a Platón; pero
esta vez sabiendo el por qué de este retorno. En Platón
retomamos al corazón ese cerebro independiente con sus
nervios e información particular, con más fuerza
eléctrica que el neocortex, capaz de transformar
células cerebrales en las gliales propias y, como
sabemos por experimentos con transplantes, hay memoria
celular en las células del corazón ¿inmortalidad?), y
hasta es capaz de trasformar el DNA celular. Lo que
Platón propone como Filosofía en acción, no teoría,
es un recorrido sistemático- y apertura- por todas las
avenidas del viaje neural y cortical de las posibilidades
humanas y sus crisis. Es decir, Platón no propuso una
ideología, sino al contrario una epistemología tan
exacta que igual se puede aplicar al ciudadano griego de
entonces como al español de hoy.
Tenemos cinco centros intelectivos, cinco
epistemologías, que si se activan pueden llevarnos
individualmente a un balance total, y por eso hemos de
diseñar sistemas de educación, y terapias que
garanticen a cada individuo la posibilidad de activar
esos cinco centros de intelectividad y no solamente uno.
Filosofía como ideología nació en la epistemología
falsa de presuponer que el universal es anterior al
individuo, y la Filosofía como práctica vuelve a nacer
al redescubrir los cinco centros epistemológicos
invariantes en cada individuo como la base de toda
actividad, ideológica o epistemológica. Activar y
mantener en ejercicio estos cinco centros intelectivos es
parte de la crianza y de la educación. Pero esto es
imposible si uno de los cerebros del lateral izquierdo o
del derecho se impone a los demás, o con nombres y
definiciones o con emociones. Y la proposición
contraria, también verdadera, si el lateral izquierdo no
se ejercita al máximo, el eco-sistema humano tampoco va
a funcionar en pleno goce de salud y equilibrio. Por eso
el libro del Profesor Marinoff es tan importante.
La crisis individual es una crisis filosófica. El camino
a recorrer es activar los cinco centros intelectivos y la
terapia en el camino de la práctica, es el ejercicio de
descubrir en cuál de esos centros cognoscitivos se
esconde la crisis. Este viaje terapéutico es imposible
si el practicante o el filósofo presumen que la
actividad filosófica ha de ser reducida a la
epistemología-ideología de Aristóteles a la
epistemología-ideología de las ciencias sociales,
emociones y estadísticas. Para que una terapia sea
completa ha de incluir, al menos en potencia, los cinco
pasos que el Profesor Marinoff propone en este libro, la
totalidad de los cinco cerebros, la totalidad del mapa
cerebral. Si uno de esos pasos se omite, ni la terapia
será efectiva, ni el método un camino para descubrir
los orígenes individuales de nuestras crisis. La verdad,
decía Ortega, es lo que pone fin a nuestra ansiedad. El
lector no encontrará mejor introducción a ese camino de
terapia individual que la que Marinoff ha descrito en su
libro, siguiendo los cánones de la filosofía clásica
de Platón y respaldado por los descubrimientos recientes
de la neurobiología. Después de todo, como decía
Platón en Fedón, 107d, «los humanos no nos llevamos
nada al otro mundo, excepto el resultado de nuestra
educación y ejercicio».
Antonio T. de Nicolás
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