Diversidad y unidad en la Hispania Antigua nº 102 Razón Española

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Diversidad y unidad en la Hispania Antigua

Por Martín Almagro-Gorbea

Razón y realidad indice Incoherencia Política en Valle Inclán

Diversidad y unidad en la Hispania Antigua

Si preguntamos a la gente cuándo se inicia la Historia de España, es muy posible que la mayor parte se inclinara por decir que en tiempos de la Reconquista, otros que con la unidad peninsular en tiempos de los Reyes Católicos, si no con la monarquía visigoda; quizá quienes mejor formación clásica tuvieran entiendan que ya la Hispania romana puede considerarse Historia de España. Todo son opiniones admisibles, pero para mí, como prehistoriador, habituado a estudiar e intentar entender las raíces más antiguas de los fenómenos históricos, que son como la infancia de nuestra sociedad, de la que hemos casi perdido la memoria, pero que es la que más ha marcado nuestra forma de ser, no dudaría en decir que la Historia de España no se comprende sin los tiempos prehistóricos, a pesar de que figuras tan relevantes como don Claudio Sánchez Albornoz, en su famosa obra España, un enigma histórico dijera que «Ningún historiador digno de tal nombre da por surgida en la remota prehistoria la contextura vital de ninguna comunidad humana», aunque un poco más adelante parece desdecirse al reconocer que «me he encontrado sorprendido por la perduración en la España posterior al 700 de muchos rasgos de la España anterior a Cristo».

Aunque en estos períodos anteriores a Roma es preferible hablar de Península Ibérica más que de España para no caer en anacronismos, quiero expresar mi convencimiento personal, al que aludiré a lo largo de esta conferencia, de que los procesos étnicos y culturales más profundos son fenómenos muy complejos y de larga duración, salvo excepciones muy recientes, pues nunca cambia toda una población, ni siquiera todas las minorías dirigentes, por lo que nunca desaparecen de forma brusca y sin dejar huella los elementos culturales de etapas anteriores. ¿Quién puede explicar, por ejemplo, la peculiaridad de las creencias gallegas, tan genialmente ilustradas en el «El bosque animado», de Wenceslao Fernández Flórez, o aspectos de la religiosidad andaluza, como la romería de El Rocío, sin tener en cuenta sus profundas raíces preromanas?

Si cuanto digo es válido para cualquier período histórico, hay otro hecho que considero interesante resaltar. Sin caer en visiones etno-históricas, hoy afortunadamente superadas, aunque aún guardemos recuerdo de sus funestas manipulaciones políticas y, en algunas áreas de Europa e, incluso de nuestra España, todavía veamos intentos de manipulación más o menos encubiertos, sí quiero indicar que estoy convencido de que algunas características de los pueblos y culturas son entidades con «vida histórica», por lo que están siempre en contínua transformación, pero siempre manteniendo raíces muy antiguas, cuyo origen únicamente puede arrancar de la Prehistoria. Por ello estas etapas adquieren una particular importancia para comprender el origen de las formas de ser más profundas y arraigadas, aunque no sean las más fáciles de observar. Toda la humanidad pertenecemos al homo sapiens sapiens y los hoy aquí reunidos hablamos una lengua indoeuropea, tenemos un sistema de valores con elementos tan esenciales como la familia, la amistad o la honradez cuyos orígenes se hunden en el tiempo.

Esta valoración de la permanencia actual de las raíces prehistóricas, aunque aludidas solamente de forma muy esquemática, permite exponer un tema que hoy interesa a toda nuestra sociedad: los orígenes de esas tendencias que, de forma casi antagónica pero casi contínua, constituyen las claves de la unidad y de la diversidad de Hispania, entendida, sin problemas, como origen y precedente directo de la España actual.

La Península Ibérica constituye la más occidental de las tres grandes penínsulas de Europa que se adentran en el mar Mediterráneo. En la Antiguedad, además de otros nombres que no han llegado a popularizarse y a los que ya Antonio García y Bellido dedicó su atención, fue conocida como Iberia por los griegos y como Hispania por los romanos.

Su situación en el finis terrae del mundo conocido en la Antigüedad ha contribuido a darle a lo largo de toda su historia una marcada personalidad, acentuada por las claras diferencias geográficas que ofrece de Este a Oeste, desde el Mediterráneo al Atlántico, y las todavía más apreciables de Sur a Norte, desde la soleada Costa del Sol y la semidesértica Almería hasta las montañosas y húmedas regiones septentrionales. Si a estas circunstancias geográficas añadimos su diversidad morfológica, pues predominan las tierras silíceas al Occidente, las calizas en las regiones mediterráneas y las cuencas sedimentarias en la Meseta y en los valles del Ebro y del Guadalquivir, se comprende su marcada diversidad, que permite considerarla como un auténtico "microcontinente", hecho que sin duda ha contribuido a su diversidad a lo largo de la Historia, pues sólo en fechas muy recientes estamos empezando a superar con facilidad sus accidentes orográficos y diferencias geográficas.

A esta variabilidad geográfica interna se debe añadir el factor que supone su situación en el Suroeste de Europa, abierta al mundo atlántico y al mediterráneo, así como al de más allá de los Pirineos, sin olvidar su proximidad al Norte de Africa, de la que sólo la separa el Estrecho de Gibraltar.

Poblada desde hace aproximadamente un millón de años como indican hallazgos como los de Atapuerca y otros menos conocidos, su población actual procede del Paleolítico Superior, no más allá de los últimos 40.000 años, cuando ya el ser humano era capaz de pensamiento abstracto y de expresiones estéticas, como la maravillosa cueva de Altamira, "capilla sixtina" del Arte Cuaternario, pero, ante todo, el más bello documento del origen del pensamiento humano, como ya entrevió Ortega.

Hace unos 8.000 años, llega a la Península Ibérica el Neolítico, con nuevas formas de vida basadas en el cultivo y la domesticación de animales. Su origen es mediterráneo, como confirman plantas y animales y sus cerámicas impresas, lo que debió reforzar el carácter mediterráneo de la población de las regiones más abiertas a dicho mar, especialmente llegada a través de Cataluña, pero alcanzó Andalucía y el Sur de Portugal, aunque en muchas áreas poblaciones anteriores debieron permanecer tras asimilar la neolitización. Sin excluir muy puntuales contactos con el Norte de Africa, es también durante el Neolítico, hace unos 7000 años, cuando las construcciones megalíticas que caracterizan las regiones más occidentales de la península Ibérica indican su mayor afinidad con las regiones atlánticas del Occidente de Europa. Pero ya desde esas fechas, aunque podrían señalarse precedentes anteriores, desde pleno Paleolítico, elementos mediterráneos llegan hasta las regiones atlánticas y tradiciones megalíticas se documentan no sólo por la Meseta, sino por los Pirineos hasta Cataluña, indicando cómo los elementos mediterráneos, atlánticos y transpirenaicos se entretejen sobre el solar hispano de forma difícilmente diferenciable.

En el Calcolítico, cuando se empieza a conocer la metalurgia hace unos 5000 años y surjen las primeras jefaturas, se debió producir la colonización prácticamente total del territorio peninsular, gracias a un fuerte aumento de la densidad demográfica comparada con la de etapas anteriores. Por ello, seguramente en esta fase debieron establecerse los elementos esenciales de nuestra población, aunque ésta haya seguido evolucionando, cambiando e intercambiando influencias y elementos de forma prácticamente continua. Este proceso de creciente contacto parece acentuarse a lo largo de la Edad del Bronce, en el II milenio a.C., cuando, a partir de la Cultura del Vaso Campaniforme, que supone nuevos intercambios de gentes e ideas a través del Atlántico y de los Pirineos, empiezan a documentarse jerarquías guerreras que indican una sociedad cada vez más compleja, capaz ya de mantener relaciones, unas mediterráneas, especialmente en Andalucía y el Sureste, donde se desarrolla la Cultura de El Argar, otras atlánticas, en las regiones más septentrionales y occidentales, además de las ultrapireniacas, en Cataluña y el Valle del Ebro. Pero la Meseta y el Sistema Ibérico han actuado siempre como lugar de encuentro e intercambio de influjos y, seguramente, de gentes, pues desde el Valle del Ebro, desde la Cultura de el Argar, desde Andalucía o desde las regiones atlánticas llegan elementos a las áreas centrales, mientras que también de forma paralela se observa la presencia de cerámicas de origen meseteño por dichas regiones periféricas, seguramente asociadas a poblaciones pastoriles guerreras con ganadería trashumante.

Al llegar el último milenio a.C. el proceso de intercambio de unas regiones con otras y de personalización de las diversas regiones alcanza su punto álgido, hasta el punto de que en él empezamos a poder reconocer cómo el substrato de la Edad del Bronce fue dando lugar a los pueblos prerromanos que ya conocieron y describieron los historiadores griegos y romanos.

Este rápido repaso de las líneas esenciales de nuestra Prehistoria ayuda a comprender las diversas corrientes culturales y, en parte, también étnicas, que afectaron a la Península Ibérica en este período crucial del final de su Prehistoria. En estos siglos se produce también la primera presencia de los pueblos coloniales, fenicios y griegos, y se produce un incesante aumento cualitativo y cuantitativo de los contactos con el exterior. Dichas corrientes contribuyeron a enmarcar el desarrollo cultural de la Península Ibérica dentro de otros ámbitos culturales más amplios, en los que más o menos parcialmente quedaba integrada y cuya huella va a resultar particularmente señalada.

En este último milenio a.C., tres grandes corrientes culturales afectan a las distintas regiones de la Península Ibérica, actuando de diferente modo según su situación geográfica y la capacidad de asimilación que ofrecía su substrato cultural. Una es la continuidad de los crecientes contactos e influjos atlánticos, aunque siempre fueran minoritarios, que alcanzan hasta Bretaña y las Islas Británicas, explicable por la proximidad de clima, de formas de vida y de mentalidad de todas las regiones ribereñas atlánticas del Occidente de Europa. Estas semejanzas se remontan, como hemos señalado, al menos hasta la neolitización megalítica, contactos que se incrementan a partir del Campaniforme y a lo largo de la Edad del Bronce favorecidos por el intercambio de metales entre sus elites de carácter guerrero, aunque en cada región dieran como resultado formas culturales propias. El influjo atlántico resulta muy evidente en las regiones occidentales de la Península, en las que cabría incluir la Andalucía Occidental, solar de Tartessos, y parte de la Meseta, aunque en estas regiones, más que atenuarse, se entremezcla con otros elementos mayoritarios. Tales regiones occidentales eran las más ricas en metales, como oro, estaño y cobre y, a partir de este período, podemos asegurar que estaban habitadas por poblaciones de carácter indoeuropeo muy primitivas, probablemente con raíces comunes en todas esas regiones atlánticas desde el III milenio, que parecen remontarse, al menos, al mundo Campaniforme.

Otra corriente etnocultural es la llegada a través de los Pirineos, especialmente por los pasos occidentales, vía por la que penetran desde fines del IImilenio a.C. la llamada Cultura de los Campos de Urnas, que se extendió, progresivamente, por Cataluña, el Valle del Ebro y la parte septentrional de la Comunidad Valenciana, asimilando casi completamente el substrato anterior y aportando importantes cambios en la cultura material y en la organización social, así como en el campo lingüístico, pues por esta vía, que actúa de forma intermitente desde el Bronce Final hasta la conquista de las Galias por César, tradicionalmente se considera que debieron penetrar las poblaciones conocidas como celtas.

Finalmente, en este último milenio anterior a la Era, el papel histórico fundamental debe considerarse el Mediterráneo, cuna de la civilización, gran crisol de culturas y vía de contacto entre todas sus poblaciones ribereñas. Este mar, por el que ya había llegado la domesticación de plantas y animales en el Neolítico, se convierte progresivamente en la principal vía de entrada de estímulos culturales, pues por ella llegaron los pueblos colonizadores de la Antigüedad, como fenicios, griegos, púnicos y, finalmente, romanos.

Desde el Bronce Final, a fines del II milenio a.C., se constatan viajes exploratorios de gentes, seguramente procedentes del Oriente del Mediterráneo y del Egeo, que proseguían unos primeros contactos de época micénica y que abrieron las vías de navegación y nuevas formas de intercambio con el finis terrae que representaba la Península Ibérica, un mundo por entonces fabuloso, por alejado y desconocido. Siguiendo estas navegaciones "precoloniales", a las que diversas tradiciones mediterráneas asocian la llegada de fundadores míticos con los que pudieron llegar pequeños grupos de nuevas gentes, la tradición fenicia ubica la fundación de la más antigua ciudad del Occidente, Gadir-Cádiz, hacia el 1100 a.C., fecha mítica que seguramente se refiere a la primera llegada a Occidente de estos navegantes semitas.

A partir del siglo VIII a.C. Ios fenicios fundan asentamientos y colonias en las costas meridionales de la Península, desde la desembocadura del río Segura en Alicante hasta la del Tajo en Portugal, aunque su foco principal debe considerarse Cádiz. Los fenicios, a los que se debe el origen de ciudades como Almuñécar, Málaga o Cádiz, introdujeron novedades técnicas mineras y metalúrgicas como el uso del hierro, el torno de alfarero y otros elementos que se incorporaron a las culturas indígenas que estaban en contacto con ellos, principalmente la tartésica, contribuyendo a su desarrollo y evolución. Pero más trascendencia tendría la llegada de nuevas ideas sobre ganancia y comercio, con uso de pesos y medidas y escritura como elementos de contabilidad y sobre la organización jeraquizada de una sociedad compleja, con clases, tal como refleja la arquitectura urbana, con la aparición de ciudades con sus santuarios y palacios como centros de poder de monarquías sacras. Igualmente los fenicios introdujeron un sistema productivo basado en el policultivo de trigo, vid y olivo, que se extendió por todas las regiones mediterráneas y que ha perdurado hasta nuestra época, así como la gallina, el burro y la equitación, etc. Estas innovaciones, adaptadas paulatinamente por los indígenas, contribuyeron a la aparición de una nueva organización social, jerarquizada y de tipo estatal, basada en las nuevas concepciones religiosas llegadas a través del mundo fenicio, que explican el origen de la cultura tartésica, extendida por todo el Mediodía Peninsular y que era la más desarrollada por entonces de la Península Ibérica.

Después de los fenicios, en torno a fines del siglo VII a.C., hay evidencias de la presencia de comerciantes griegos del Asia Menor, inicialmente de Samos, como indica el fabuloso viaje de Kolaios a Tartessos narrado por Herodoto. A partir del siglo VI, los griegos de Focea, una pequeña ciudad de la Jonia septentrional, que hacia el 600 a.C. había fundado Massalia (Marsella) y Emporion (Ampurias), apoyándose en estas colonias fue extendiendo sus redes comerciales y su influjo cultural por todas las costas levantinas y del Sureste peninsular para alcanzar Tartessos, penetrando desde allí hacia la Andalucía oriental. Pero su falta de fuerza demográfica hizo que, fuera del Ampurdán, su presencia fuera sólo comercial y cultural, aunque en este campo acabaron por dejar una huella particularmente importante.

El siglo VI a.C. supuso una profunda crisis colonial, reflejo del enfrentamiento de Grecia con Oriente, que, a su vez, influyó en el mundo indígena, pues, al menos las áreas más civilizadas, como Tartessos y las regiones meridionales del mundo ibérico, vivían de hecho en simbiosis con el mundo colonial dentro de una economía crecientemente globalizada. Tras la doble crisis colonial que supuso la conquista de Tiro por Babilonia y la de Focea por los persas y el consecutivo enfrentamiento entre griegos y púnicos por el Mediterráneo occidental, poco a poco surgió la presencia hegemónica de los púnicos de Cartago, más que herederos, continuadores de la cultura semita fenicia en Occidente. Este hecho obligó a los griegos focenses, sus rivales en el Mediterráneo Occidental, a aliarse ya entonces con Roma. Los púnicos dominaban las costas meridionales de Iberia - Hispania y, desde Ibiza, controlaban sus principales vías de acceso como herederos de la tradición comercial y cultural del mundo semita fenicio. Tras la crisis colonial que prosigue en el siglo V a.C., a partir del IV se observa una fuerte expansión que se evidencia por la creciente presencia de elementos griegos y púnicos en los poblados ibéricos, en especial en los del interior de Andalucia y del Sureste. Abocados los púnicos a enfrentarse a Roma por el control del Mediterráneo Occidental, lo que sería la causa determinante de la presencia de Roma en Hispania, en la segunda mitad del siglo III a.C., bajo el dominio de los Bárquidas, emprenden en la Peninsula Ibérica una verdadera política imperialista inspirada en los reinos helenísticos herederos de Alejandro Magno, política que tuvo una amplia repercusión en el mundo indígena pues se basó en un sistema de "protectorado" a base de atraer y someter a las élites indígenas, lo que potenció una fuerta helenización, desde el mundo púnico, de todas las áreas meridionales y levantinas de Iberia, aunque este proceso se observa también por Extremadura, la Meseta Sur e, incluso, llega hasta el interior de Cataluña, tal como parece evidenciar el área ilergete del Valle del Ebro.

En efecto, aunque los contactos coloniales tenían una finalidad básicamente económica, pues se basaban en las grandes ganancias que producía la adquisición de materias primas peninsulares, como oro, plata, estaño, cobre y, seguramente, esclavos, a cambio de objetos elaborados, como cerámicas, vasos de bronce, marfiles, joyas y tejidos para las élites locales, este tipo de comercio dio lugar a instalaciones coloniales que permitirían un contacto más estrecho con el mundo indígena, contribuyendo a su progresiva aculturación y, al mismo tiempo, a la inclusión de estas alejadas regiones del finis terrae en la economía mundial dirigida por los grandes imperios de Oriente, a los que los fenicios y griegos servían de suministradores de materias primas. Pero, además, estos distintos procesos coloniales, dada la superioridad cultural del mundo colonial, dieron lugar a un continuo proceso de aculturación, al actuar sobre el mundo indígena como un fermento que estimulaba su propio desarrollo, tanto más acentuado cuanto más estrechos fueran los contactos y mayor fuera la capacidad de asimilación. Gracias a este proceso, las zonas de desarrollo más favorable, como Tartessos, ubicada en las ubérrimas tierras de Andalucia Occidental, y el área meridional del mundo ibérico, la Andalucía Oriental y el Sureste, al alcanzar un mayor nivel cultural, se convirtieron, a su vez, en focos de aculturación de las poblaciones limítrofes, especialmente de las situadas más al interior, en Extremadura, la Meseta y Levante, contribuyendo de este modo poco a poco a "iberizar" o difundir las nuevas formas de vida urbana que suponía este proceso uniformante de "mediterranización".

En consecuencia, se fue acelerando la tendencia al desarrollo de todos los pueblos peninsulares en la esfera económica, social e ideológica, según su capacidad y sus propias pautas, pero también siguiendo una tendencia general hacia la vida urbana, cuyo final lógico era alcanzar cada vez mayores niveles de civilización, proceso cuya culminación representa Roma en la Antigüedad.

Pero, paralelamente, estos contactos crecientes con el mundo colonial, aunque diferenciados según las diversas regiones, más el citado desarrollo también diferenciado del mundo indígena, ayudan a comprender los complejos fenómenos de etnogénesis que caracterizan el I milenio a.C., pues los distintos influjos coloniales, al actuar de distinto modo según las zonas geográficas afectadas y la mayor o menor capacidad receptora del substrato, contribuyeron a ir reforzando la personalidad de los diversos grupos étnicos preexistentes, aunque todos ofrecían ciertas características comunes y una tendencia general hacia formas de vida cada vez más desarrolladas y próximas al mundo urbano.

Este factor geográfico-cultural se refleja en el complejo proceso de etnogénesis diferenciadas que ofrece la Península Ibérica a lo largo del I milenio a.C. y que dieron lugar a la formación de los diversos pueblos prerromanos. De este modo se explica que, a la llegada de Roma, Hispania ofreciera mayor diversidad étnica y cultural que cualquier otra región europea, sin excluir la misma Italia o los Balcanes, dado su claro gradiente de diferenciación etno-cultural de Norte a Sur y de Este a Oeste. Esta diferencia del desarrollo se comprende por la mayor o menor apertura al Mediterráneo y a los vivificantes influjos culturales de los pueblos colonizadores, acentuada por la diversidad geográfica, apenas uniformada por la gran Meseta Central, que actuaba como área de contacto y que, al mismo tiempo, dada su posición central, su mayor fuerza demográfica y sus estructuras pastoriles guerreras, generaba tendencias centrífugas hacia las regiones periféricas, más abiertas al exterior, lo que explica su papel en la transmisión de estímulos culturales. Además, la interacción continua entre unos grupos y otros dio como resultado un cuadro que debería aproximarse bastante más a un "mosaico" étnico que a espacios homogé-neos delimitados por fronteras definidas como las que utilizamos para delimitar en los mapas los supuestos territorios de aquellos grupos étnicos, pues en numerosas zonas, si no en la mayoría, predominarían fenómenos de interetnicidad, no sólo en sentido espacial, sino también en el social, según clases, y cultural, según formas de vida y profesiones, datos que resultan aún más difíciles de determinar, sin olvidar que dicho proceso, acentuado por el influjo de fenicios, griegos, púnicos y, finalmente, romanos, más el influjo paralelo de los celtas ultrapirenaicos, coincide con la citada evolución general hacia formas de vida urbana, cuya culminación definitiva fue la incorporación de toda Hispania a la órbita de Roma.



Dentro de este marco, geográfico e histórico, el complejo mosaico etno-cultural de las gentes de Hispania puede agruparse, según los conocimientos actuales, en tres grandes troncos, cuyas características hay que valorar para comprender las distintas etapas y los procesos diferenciados de contacto, enfrentamiento y asimilación por Roma.

Uno está constituido por los pueblos de tradición cultural predominantemente mediterránea, como los tartesios y sus herederos los turdetanos, más las poblaciones que hoy dia conocemos como íberos, que ocupaba las zonas meridionales y levantinas, las más abiertas al Mediterráneo y a sus corrientes civilizadoras.

Tartesios y turdetanos, sus sucesores en la actual Andalucia, eran los más cultos y civilizados de Iberia, como acertadamente señaló Estrabón (III,1,6 y 2,1), lo que facilitó su pronta e intensa romanización, facilitada en buena parte por su anterior sometimiento al imperio de los Bárquidas. Aunque herederos de la más desarrollada tradición cultural de la Península, al menos desde el III milenio a.C., es posible que entre ellos existieran grupos indoeuropeos, como evidencia el nombre del mítico rey Argantonios, pero su lengua es aún muy mal conocida para tener un mayor conocimiento de estos dificiles temas.

Los contactos desde época precolonial acentuados por la presencia fenicia por toda la costa meridional habían impulsado, a partir del siglo VIII a.C., el desarrollo indigena, dando lugar al desarrollo de Tartessos, país fabuloso del que se hacen eco relatos semilegendarios conservados en la Biblia y en algunas noticias de los historiadores griegos, como Herodoto. Su sociedad alcanzó pronto un nivel urbano, formándose pequeñas ciudades-estado regidas por reyes de tipo sacro hasta que desaparece de la Historia a fines del siglo VI a.C., al no resistir las tensiones surgidas en el ámbito colonial entre fenicio-púnicos y griegos. Pero los estímulos culturales procedentes de Oriente se difundieron desde Tartessos hacia el Sureste peninsular y Extremadura dando lugar a una cierta unificación de las culturas locales que conocemos como Periodo Orientalizante.

El mayor grado de desarrollo de los tartesios, su mayor capacidad de asimilación y su proximidad a las colonias fenicias, especialmente de Cádiz, explican el fuerte influjo púnico y oriental que siempre mantuvo su cultura, tradición que perduró mucho después de la conquista romana y que se evidencia tanto en sus cerámicas y objetos habituales como en sus creencias o en su urbanismo, de casas con terraza agrupadas en callejuelas irregulares y estrechas que, a través de la dominación árabe, ha perdurado hasta nuestros días.

Por ello, se comprende su fácil integración en el imperio Bárquida y su desarrollo y gran capacidad de asimilación cultural, hecho que explica que Estrabón (III,2,15) indicara cómo "los que habitan cerca del Betis (el río Guadalquivir), han asimilado el modo de vida romano y ya no recuerdan su propia lengua, ... de modo que poco falta para que todos sean romanos". Estas circunstancias explican que de esta región procediera el primer personaje no itálico que alcanzó el rango de Senador en Roma, el amigo de César, el gaditano Cornelio Balbo, quien fue también el primer cónsul romano de origen no itálico. Y también de una familia turdetana procede Trajano, primer emperador de origen provincial, nacido en Italica (Santiponce, Sevilla), siendo la Bética, igualmente, la patria de Séneca y de otros afamados escritores de la edad de plata de la literatura latina.

Junto a los tartesios y relacionados con ellos por el origen de su cultura en la Andalucía Oriental y el Sureste, debe considerarse a los íberos, cuya cultura se extendió desde dichas zonas hasta más allá de los Pirineos en el Languedoc francés, penetrando igualmente en gran parte de la Meseta. Los íberos eran herederos de los pueblos mediterráneos de la Edad del Bronce, aunque en las áreas septentrionales la llegada de gentes de los Campos de Urnas transformó radicalmente este substrato cultural, haciendo de los íberos septentrionales, por su mentalidad y creencias, gentes mucho más afines a los celtas del interior.

A partir del siglo VI las poblaciones ribereñas del Mediterráneo fueron asimilando de forma progresiva influjos culturales greco-focenses de Ampurias, originándose lo que actualmente se conoce como "cultura ibérica". ésta ocupa una extensa región, de casi 1000 km. de longitud, desde Andalucia al Sur de Francia y englobaba numerosos pueblos de orígenes muy diferentes. Bastetanos y oretanos, en sus áreas meridionales, eran afines al mundo tartésico. Por el contrario, las zonas septentrionales muestran un substrato de la Cultura de "Campos de Urnas" afin al mundo celto-ligur. Además, los púnicos influían desde el Sureste, frente a los griegos extendidos desde Ampurias, última colonia griega de Occidente. De este modo se comprende la gran diversidad étnica y cultural existente en el mundo ibérico, que para griegos y romanos sólo fue un nombre geográfico, sin valor étnico preciso, aunque tuvieran numerosos elementos culturales comunes, desde sus cerámicas y su armamento a su escritura, de origen tartésico.

Esta variedad cultural y étnica se refleja en su cultura y en su sistema político, pues los pueblos ibéricos meridionales ofrecían mayor desarrollo urbano y cultural, mientras que los septentrionales eran de tradición más guerrera, aunque a partir del siglo IV a.C. resulta evidente una creciente helenización, proceso que tendió a borrar diferencias al favorecer el desarrollo de ciudades-estado regidas por magistrados electos y senados aristocráticos, como en Sagunto, que fue la primera ciudad ibérica en acuñar moneda pues tenía ya tesoro público, probablemente por ser la más helenizada como vieja aliada de la focense Emporion y, a través de ella, de Roma, lo que ayuda a comprender su enfrentamiento y destrucción por Anibal el 218 a.C.

Por otra parte, como los íberos usaban la misma escritura, se ha supuesto que hablarían una misma lengua, aunque debieron existir variedades lingüísticas actualmente imposibles de determinar. También la religión se muestra influenciada por el mundo tartésico y fenicio-púnico en las regiones meridionales, mientras que en la zona septentrional predominan divinidades y cultos domésticos familiares de origen indoeuropeo, pero en todo el mundo ibérico las creencias se fueron adaptando cada vez más a las del mundo colonial, pues en los últimos siglos a.C., se identifica en las zonas meridionales divinidades púnicas, como Tanit-Juno y Melkart, y en las septentrionales, divinidades griegas, como Artemisa y Herakles.

A la llegada de Roma, los íberos estaban divididos en estados de base étnica, habitualmente enfrentados entre sí, cuya capital solía ser una ciudad, generalmente gobernada por reyes, régulos y príncipes más o menos poderosos de origen aristocrático gentilicio, de ideología más o menos guerrera. Estas pequeñas monarquías, progresivamente, irían cayendo en la órbita de los Bárquidas, como Indibil y Mardonio entre los llergetes, aunque alguna de ellas todavía se mantenia mucho después de la conquista romana en la guerra entre Pompeyo y César (De bell. Hisp. 10).

Tras algunos episodios de resistencia durante la II Guerra Púnica y algunos años después frente a Roma, el proceso fue ahogado por el Cónsul M. Porcio Catón, quien pacificó definitivamente todo el mundo ibérico el 195 a.C. Tras su integración en la órbita de Roma, se produjo un auge sin precedentes de esta cultura, pero también supuso a la larga su progresiva desaparición, absorbida bajo la creciente romanización, plenamente afirmada hacia el cambio de era.

Otro tronco étnico y cultural lo representan las gentes celtas, que, junto a los íberos, constituían la principal población de Hispania, como refiere el celtíbero Marcial (10,65), nacido en Bilbilis, la actual Calatayud, quien se consideraba ex Hiberis et Celtis genitus.

En efecto, celtíberos y otros pueblos emparentados eran gentes de etnia y cultura celta, por lo tanto, semejantes a la población indoeuropea característica de todo el Occidente de Europa. Estas gentes habitaban las regiones centrales de Hispania, en torno al Sistema Ibérico y las altas tierras del Oriente de la Meseta, que constituye una gran unidad geográfica que actúa como lugar de encuentro de las diversas culturas y etnias periféricas, pues en ella se refleja en buena medida la gran diversidad peninsular. De este modo se explica que, a pesar de ser su población básicamente celta desde un punto de vista étnico, tal como confirma su lengua y su organización social e ideológica, a lo largo del I milenio a.C., se constata manifestaban una fuerte iberización en sus formas culturales debido a la llegada de diversos influjos mediterráneos o "ibéricos", desde el Sur y el Este, como el hierro o la cerámica a torno, hecho por el que griegos y romanos acabaron denominándolos "celtíberos" que, inicialmente, significaba "celtas de Iberia" pero que sirvió para resaltar la personalidad étnica y el mestizaje cultural de estas gentes, diferentes de los celtas de más allá de los Pirineos.

Los Celtiberos, a partir del siglo VII a.C., adoptan elementos culturales y religiosos como el rito de incineración, el culto al hogar doméstico y un urbanismo de castros con casas ali-
neadas en torno a una calle central en las aldeas fortificadas que controlaba sus pequeños territorios, lo que parece indicar que celtíberos e íberos septentrionales compartían ciertas raices comunes por ser ambos originarios de los Campos de Urnas.

Pero la asimilación del hierro para el armamento, elemento también llegado desde el Mediterráneo, gracias a la calidad del mineral del Sistema Ibérico, y su sistema socio-económico de ganadería trashumante explican su gran desarrollo, basado en grupos de pastores-guerreros con una organización gentilicia y clientelar que explican su tendencia expansiva y su enfrentamiento a Roma, que sólo pudo someterlos tras duras guerras, que se prolongaron durante casi un siglo.

Los celtíberos a lo largo del tiempo se expandieron por muy diversas áreas, como el Valle del Ebro o la Carpetania, alcanzando posteriormente las regiones septentrionales y occidentales, las más afines a su substrato cultural y a su economía ganadera, de modo que, a la llegada de Roma, estaban en pleno proceso expansivo hacia zonas periféricas: hacia el Occidente y el Norte atlánticos, hacia el Levante ibérico y más especialmente, hacia la Andalucia turdetana, alguna de cuyas ciudades ya dominaban, estando igualmente presentes en buena parte del actual Pais Vasco, al menos en el Valle Medio del Ebro. Esta capacidad expansiva, junto a su escaso desarrollo cívico, explican su enorme capacidad de resistencia a Roma, en la que tanto destacaron Celtíberos y Lusitanos.

Este proceso de celtización, basado en su espíritu guerrero y su eficaz organización clientelar, tendió a unificar las formas de vida y la lengua por amplias áreas del Centro, Occidente y Norte de Hispania, pero al estar basado en racias organizadas por clanes gentilicios, nunca dio lugar a una unidad política, aunque acabaran controlando territorios cada vez más amplios en los que se asentaban llevando a cabo un auténtico proceso de "colonización".

A partir de mediados del siglo III a.C, la creciente presión cartaginesa, especialmente tras las expediciones de Anibal por la Meseta, favoreció la construcción de ciudades fortificadas, como las ibéricas, que controlaban un territorio cada vez más extenso y jerarquizado al absorber el de los castros precedentes. Este proceso favoreció la formación de auténticas ciudades-estado, que fueron adquiriendo un cierto carácter étnico, contribuyendo, al mismo tiempo, a la difusión de formas de vida cada vez más urbanas, que alcanzan su máximo desarrollo en el momento de su enfrentamiento a Roma a partir de inicios del siglo II a.C.

Dichas ciudades estaban dirigidas por sus aristocracias gentilicias más o menos enfrentadas o aliadas entre sí, pues etnias enteras quedaban sometidas a las elites de otras más poderosas (Dionisio Siculo 33, fr. 17), como los titos, dependientes de los belos de la ciudad de Segeda (Apiano, Iberia 6), en el Valle del Ebro, existiendo también numerosos pactos de hospitalidad entre los grupos gentilicios, entre éstos y las ciudades o entre unas ciudades y otras, seguramente para contrarrestar un estado de guerra intermitente, como la establecida entre Segeda y los numantinos (Apiano, Ib. 45) o entre Lutia y Numancia (id. 94), pero también se documentan conflictos internos dentro de una misma ciudad entre los diversos grupos gentilicios, tal como refleja un conocido episodio de Numancia (id. 95; Orosio, Hist. 5,8,1).

El desarrollo urbano de los celtíberos, unido a su capacidad de organización social basada en fuertes jerarquías guerreras de carácter ecuestre apoyadas en clientelas gentilicias cada vez más numerosas, como el principe celtíbero Allucio, que acudió en ayuda de Escipión con 1400 jinetes de sus clientes (T. Livio, 26,50), explican su fuerza política y su capacidad de resistencia frente a un enemigo muy superior, como era Roma, a la que tuvo en jaque durante casi 100 años, aunque, tras la caída de Numancia el 133 a.C., la romanización fue imponiéndose poco a poco.

En las zonas más occidentales de la Meseta habitaban otros pueblos, como Vacceos y Vettones, relacionados con los Lusitanos. Todos estos pueblos, frecuentemente asociados a los Celtíberos en su enfrentamiento a los romanos (Apiano, Iberia, 66, 76, 80, 87, etc.), ofrecían un proceso de creciente celtiberización, bien por estar sometidos a élites ecuestres celtibéricas, bien por ir adoptando un sistema de vida parecido basado en clanes guerreros gentilicios como mejor forma de contrarrestar la capacidad expansiva celtibérica, hasta que, a partir del siglo II y en la primera mitad del I a.C., también fueron cayendo en la órbita política de Roma.

Los celtíberos y estas poblaciones afines estaban relacionados a su vez con los pueblos del norte y del occidente que se extendían hasta el Atlántico, regiones hacia las que aquellos tenían tendencia a expandirse favorecidos por su estructura gentilicia clientelar de ideología guerrera. En efecto, las regiones atlánticas del occidente y del norte de Hispania, desde el centro de Portugal hasta Galicia, Asturias y Cantabria, resultaban las regiones más apartadas de los estímulos mediterráneos, por lo que mantenían formas de vida mucho más arcaicas, totalmente extrañas al mundo entonces civilizado hasta la presencia de Roma. Su aislamiento geográfico y su lejanía en el finis terrae del mundo entonces conocido explican que apenas hubiera llegado a ellos el uso del hierro, el urbanismo de casas cuadradas, la organización jerarquizada del territorio o la estructura de clanes y clientelas, elementos bien documentados entre los pueblos de la Meseta.

En consecuencia, los pueblos del Norte, como Galaicos, Astures y Cántabros, mostraban un nivel de desarrollo mucho menor, pues su sociedad se basaba en estructuras familiares y en clases de edad, organización ancestral muy arcaica que explica su ruda oposición a Roma, pero con escasa capacidad de resistencia, y el que fueran tan refractarios a la romanización, que no se afirmó en estas tierras hasta avanzado el siglo I d.C.

Todos estos pueblos ofrecían una estructura socio-económica muy primitiva, pues vivían en pequeños aldeas fortificadas o castros, que controlaban su pequeño territorio circundante habitados por una sociedad organizada por clases de edad, sistema anterior a las clases sociales de los clanes gentilicios. Por ello mismo, conservaban la explotación colectiva de la tierra como los primitivos indoeuropeos, costumbre conservada en las tradiciones comunales de la Peninsula Ibérica casi hasta la actualidad. Justino (44,3,7) indica que "las mujeres se ocupan de la tierra y la casa mientras que los hombres se dedicaban a la guerra y las racias", división de roles característica de primitivas sociedades de pastores-guerreros.

Los guerreros jóvenes formaban fratrias con duros ritos de iniciación que actuaban como bandoleros dirigidos por caudillos o jefes carismáticos heroizados, a los que se vinculaban con pactos personales de carácter sacro, lo que generaba creciente inestabilidad, expandiéndose en pequeños grupos a gran distancia, según comenta Diodoro (5,34,6): "los que en edad viril carecen de fortuna y destacan por su fuerza física y valor ... con las armas se reunen en las montañas, forman ejércitos y recorren Hispania amontonando riquezas por medio del robo". Esta forma de vida perduró hasta que Roma les obligó a cambiar de formas de vida, pues los romanos consideraban a estos grupos como simples latrones o bandoleros, denominación dada a Viriato y a otros caudillos semejantes, aunque, en época tardía, llegaran a movilizar ejércitos de miles de hombres.

Por ello fue una de estas poblaciones, los Cántabros, pueblo montañés de estirpe indoeuropea muy primitiva, quienes ofrecieron la última y más enconada resistencia a Roma, que sólo logró dominarlos tras una auténtica guerra de exterminio que duró 20 años, ya que eran refractarios a cualquier tipo de organización civilizada.

De todas formas, la Arqueología muestra que, en los siglos últimos antes de la era, estos pueblos indoeuropeos más o menos celtizados estaban alcanzando cada vez mayor desarrollo, en parte debido al creciente influjo "celtibérico", proceso que fue interrumpido por la aparición de Roma. La romanización ofreció gran resistencia al no estar acostumbrados a formas de vida civilizada, por lo que Roma tuvo que "crear" en estas zonas las primeras ciudades al no existir ninguna organización territorial supralocal, lo que explica la perduración del carácter disperso del hábitat y de creencias y formas de vida prerromanas hasta nuestros días.

En las regiones más apartadas y montañosas del Pirineo Occidental vivían vascones y quizás otros pueblos de origen no indoeuropeo que mantuvieron formas de vida también muy primitivas, como las señaladas en las zonas montañosas atlánticas, pero con la particularidad de que, gracias a ello, se conservó un substrato étnico preindoeuropeo, por tanto de origen muy antiguo, que debe relacionarse con el actual mundo vasco. Dicho substrato parece más bien relacionado con el mundo íbero y aquitano, aunque estaba sufriendo un evidente proceso de celtización. Su aislamiento y pobreza, semejante a la de los cántabros y otros pueblos septentrionales, explican su marginalidad, lo que, junto al apoyo prestado a Roma contra los celtíberos, permitió la pervivencia hasta nuestros dias de este interesantísimo substrato, pues apenas llegó a romanizarse.

Dicho substrato, en época prerromana, parece haberse extendido desde el Garona como límite de la Aquitania hasta el Valle del Ebro, zonas en que se hablarían lenguas difíciles de relacionar con las conocidas, como ocurre con sus divinidades, también muy mal conocidas, pues la supuesta proximidad del vasco al ibérico, al bereber o a lenguas caucásicas más bien refleja su alejamiento respecto a las lenguas indoeuropeas, cuyo influjo parece percibirse de todos modos desde fechas tan antiguas como el II milenio a.C.

A lo largo del I milenio a.C. se constata la celtización de la Aquitania, la iberización cultural del Valle del Ebro y la presencia de elites celtibéricas que dominan las riberas de dicho río, proceso interrumpido por Roma, que encontró en los vascones su aliado para contrarrestar la expansión celtibérica por esas zonas. En consecuencia, estas gentes, aisladas en sus valles montañosos, mantuvieron sus ancestrales formas de vida al margen de la romanización hasta cristianizarse ya en plena Edad Media, lo que explica el interés que ofrecen los elementos de su peculiar lengua y cultura llegados hasta nuestros días. Pero en las áreas más abiertas, como el Valle del Ebro, los vascones, al igual que Autrigones, Carisios, Bárdulos, todos ellos pueblos más o menos celtiberizados que ocupaban el territorio del actual Pais Vasco y la parte septentrional de Burgos, se romanizaron como los restantes pueblos circundantes, adoptando la lengua y costumbres latinas.

En conclusión, la Hispania prerromana ofrece un complejo mosaico etno-cultural, resultado de uno de los procesos de etnogénesis más interesantes de la Historia. En este mosaico predomina la división y el particularismo, acentuados por la pertenencia a un castro, a un grupo clientelar o, como mucho, a una ciudad-estado, lo que entrañaba casos de fagocitación o extinción de unos grupos por otros en un proceso de "selección cultural" en el que se irían imponiendo los más potentes, que serían los culturalmente más eficaces.

Pero en este cuadro hay que resaltar también tendencias unificadoras, variables según las diversas áreas culturales, como interesantes fenómenos de convivencia y de intercambios étnicos y culturales y la tendencia general del desarrollo hacia formas de vida urbana, aunque con estadios muy diferentes según las diversas regiones, marcados por la aparición de elites rectoras desde los contactos pre-coloniales, su afianzamiento como aristocracias gentilicias al beneficiarse de los contactos con el mundo colonial y de sus fórmulas económicas, políticas e ideológicas que evolucionaron hasta estructurar sociedades cada vez más complejas, como el uso de escritura o la vida en ciudades, lo que suponía costumbres comunes que contribuirían a una cierta unificación cultural, pues las diferencias existentes muchas veces son más aparentes que profundas, si se analizan con una perspectiva amplia.

Entre estos influjos unificadores destacan los procedentes del mundo colonial, fenicio, griego, púnico y, finalmente, romano, al aportar nuevos elementos que facilitaban la evolución de las sociedades indígenas, como el proceso orientalizante en los siglos VII-VI a.C. y la creciente helenización de los últimos siglos antes de la Era. Aunque estos contactos también supusieron fenómenos de desculturización de las poblaciones indígenas en algunos casos, produjeron una eficaz simbiosis cultural, pues sin el contacto con Fenicia, Grecia y Roma no se comprende el proceso histórico de la Hispania prerromana. La última consecuencia de este proceso fue la inclusión de todos los territorios y pueblos hispanos en el Imperio Romano, pues Roma, gracias a su gran labor civilizadora, unificó en gran medida territorios y gentes, permitiendo, en consecuencia, nuevas formas de desarrollo, comunes a amplias áreas del mundo civilizado.

Sobre este complejo mosaico de culturas y pueblos, en muchos casos aún insuficientemente conocidos, Roma fue imponiendo su superior cultura tras un formidable esfuerzo bélico de casi dos siglos, lo que supuso una ulterior y más profunda unificación, que constituye la culminación del proceso precedente.

En este sentido, la romanización representa la última consecuencia, alcanzada no sin resistencia, del proceso de "mediterranización" o tendencia general hacia formas de vida urbana iniciado mil años antes con la llegada de fenicios, griegos y púnicos y que culminó asimilando toda Hispania al Imperio Romano, cuya labor civilizadora contribuyó a unificar gentes y culturas y a alcanzar nuevos horizontes de desarrollo histórico.

Por ello mismo, la unificación que representa la romanización no fue tanto consecuencia de una imposición, sino de la necesidad de contar con la capacidad de vivir en un marco económico, social y político cada vez más amplio, como el que suponía la integración de Hispania en el Imperio Romano. Roma no prohibió costumbres, derechos locales ni religiones, salvo que fueran directamente contra sus propios intereses, por lo que las culturas indígenas en principio sobrevivieron; simplemente, la cultura romana, desde el latín al derecho romano, se fue superponiendo a las lenguas y derechos existentes, como tan bien documenta la ratificación del gobernador romano de la mediación de una ciudad céltica, Contrebia Belaisca (Botorrita), en un pleito entre una vascona, Alaún, y otra íbera, Salduie (Zaragoza).

A este proceso histórico contribuyó poderosamente la inclusión del sistema clientelar indígena en el romano, especialmente durante las Guerras Civiles del siglo I a.C., como evidencia Sertorio, que para enfrentarse al partido dominante en Roma se apoyó en los celtíberos, incluso creando en Osca (Huesca) una escuela para educar a la romana a los hijos de las élites celtibéricas, cuyas casas, como la descubierta en La Caridad (Teruel), eran auténticas villas romanas. Por tanto no debe extrañar que Estrabón (III,2,15), hacia el cambio de era, ya considerara a los celtiberos como togatoi, eso es, como gente civilizada que vestía y vivía a la romana.

Un elemento esencial de evolución social y de integración de Hispania en la órbita romana debieron ser los equites o caballeros, élite ecuestre comparable a la de Grecia y Roma y, en especial, de las culturas itálicas y las Galias, pues controlaban la administración y las finanzas, siendo los primeros en romanizarse al integrarse en el ejército y en las clientelas romanas. El incremento del mercenariado en las guerras púnicas y durante la conquista romana favoreció la formación de estas élites enriquecidas, reforzando su papel social, pues controlaban la administración de las ciudades indígenas. Por tanto, fueron estas élites acuestres las primeras en adaptarse a Roma pasando a integrarse en las clientelas romanas con sus propios clientes y en adquirir la ciudadanía romana, como atestigua el escuadrón o Turma Saluitana (de Salduie, Zaragoza) que en las guerras civiles de Roma ayudó al padre de Pompeio y fue recompensada con la ciudadanía romana. Estos hechos favorecerían la romanización y la homogenización cultural de territorios hasta entonces nunca relacionados, pues a la romanización de estas élites seguiría la de sus clientelas.

Las referencias históricas escritas confirman la importancia de los equites hispanos en los ejércitos de Anibal y de Roma, donde cada vez se distinguen menos tribus ni etnias al irse integrando en un equitatum hispánico. Conocido es Allucius, el príncipe celtíbero que se presentó a Escipión el 209 a.C. con 1400 equites de entre sus clientes porque había liberado a su prometida de los púnicos, pero aún más interesante es el caso del famoso mercenario celtibérico Moericus, que entregó Siracusa a los romanos (Liv. 26,21,9 s.) y fue recompensado con la ciudad de Morgantina el 211 a.C., donde él y sus sucesores acuñaron monedas durante muchos años con la inscripción HISPANORUM (de los Hispanos), lo que confirma cómo todos los habitantes de Hispania se identificaban como hispanos fuera de ella.

En efecto, estos equites, al combatir fuera de Hispania, son denominados como hispanos, por ejemplo, junto a César en la guerra de las Galias (b.G. 5,26,3, 7,55,3, etc.), en Africa (b. Afric. 39: turmae Hispanorum; Ap., b.c. 1,83; 4,88), en Numidia, donde formaban parte de la guardia personal del rey Juba (b.c. 2,40,1), etc. Estas referencias prueban que este equitatum Hispanum, de importancia similar a la caballería gala, cada vez sería más consciente de su importancia y poder y al tiempo que se iba integrando en la estructura clientelar romana, se convirtió en una nueva elite rectora de la organización política y social de las ciudades indígenas, contribuyendo a la romanización de la sociedad.

Pero la prueba más evidente de la creciente unificación debe considerarse la paulatina extensión de la escritura y, tras ella, de la lengua latina. Frente al mosaico de lenguas y a las diversas tradiciones de escritura, poco a poco se fue extendiendo el latín y la escritura latina, que todavia usamos, como elemento esencial de la vida económica y de la Administración, pública y privada. En la Bética, ya en el cambio de Era, se hablaba latín, pues ya hemos señalado cómo Estrabón indica que «han adquirido del todo la forma de vivir de los romanos hasta el punto de haber olvidado su propia lengua», lo que explica la aparición de los grandes escritores hispanos, que forman la Edad de Plata de la literatura latina, con figuras como Marcial, Séneca, Lucano o Quinitiliano. Sin embargo, el latín se extendió más lentamente en otras áreas, donde parece haber sobrevivido hasta la Tardoantigüedad, siendo la cristianización la que contribuyó a su implantación definitiva, con la excepción del vascuence que ha sobrevivido hasta nuestros días.

Otro campo crucial fue la Administración y el Derecho como fundamentos de la convivencia civilizada, pues la organización de todo el territorio en torno a ciudades, organizadas en grandes provincias que unificaban los pequeños teritorios indígenas, más el uso de normas generales de Derecho para todos los habitantes debe considerarse elemento esencial del proceso de romanización, que puede entenderse como una unificación cultural y política, a la que una lengua común servía de eficaz instrumento y de relación con los ámbitos externos. Frente a los usos tradicionales y los derechos locales, la consecución paulatina de la ciudadanía romana por las élites se sumó pronto a la convivencia con inmigrantes itálicos en el gobierno conjunto de las ciudades. Unas eran de tradición prerromana, otras, de fundación romana, pero en todas se fue imponiendo como elemento unificador el Derecho Romano como fórmula común e imprescindible de la vida como elemento unificador el Derecho Romano como fórmula común e imprescindible de la vida urbana. El paso definitivo puede considerarse la concesión del derecho latino a todos los habitantes de Hispania en tiempos de Vespasiano, hecho que contribuyó definitivamente a su unificación legislativa. En este campo se ha señalado la importancia de la creación de los Conventos Jurídicos, cuyo territorio era en muchos casos interétnico, pero más significado debió tener el Culto al Emperador, que asumió el culto al jefe carismático de los pueblos prerromanos contribuyendo a su unificación política e ideológica, pues en otros aspectos Roma era totalmente tolerante con las tradiciones religiosas existentes, por lo que, en el campo, han perdurado hasta la Edad Media e, incluso, hasta nuestros días consideradas en muchos casos como mares supersticiones.

Otro elemento unificador fue la vida a la romana en las ciudades, concebidas como centros de un territorio y con edificios públicos a imitación de Roma, como el foro, la basílica y las termas, los teatros y anfiteatros, los templos, sistemas de abastecimiento de agua con pantanos y acueductos, fuentes públicas, casas con patio de columnas, calles perpendiculares, soportales, aceras, etc., elementos que se superponían a las diversas tradiciones urbanísticas y constructivas unificando el aspecto y las costumbres urbanas.

No menos importancia debe darse al desarrollo de costumbres cívicas, como el evergetismo al servicio de la construcción de monumentos y actos públicos, la difusión del arte romano, como un lenguaje común para expresar ideas estéticas y políticas, como la grandeza de la ciudad o la del emperador. También jugó un importante papel unificador el comercio y el artesanado. Beber el mismo vino traído en ánforas, usar las mismas cerámicas, los mismos vestidos, molinos, carros, etc., aunque no sustituyeran del todo a los locales, contribuían a unificar costumbres y formas de vida, en una palabra, contribuían a la unificación cultural que representaba Roma. En este campo, fue definitivo la extensión de nuevas creencias, de tipo mistérico, que revitalizan y unifican el paganismo indígena y el oficial abriendo camino al cristianismo, cuya propagación, aunque lenta y paulatina, fue en gran medida facilitada por la existencia del Imperio Romano, siendo uno de los elementos que, a la larga, más que han contribuido a la unificación de creencias, de valores y de formas de vida entre los diversos pueblos peninsulares.

No menos importante fue la puesta en explotación racional de todo el territorio, desde las minas a las villas como centros de producción de excedentes agrarios destinados a las ciudades, con la extensión del regadío y de cultivos a gran escala, todo ello facilitado por la construcción de vías y puentes que facilitaran las comunicaciones y el comercio, al que contribuía el uso de una misma moneda y de los mismos pesos y medidas. Aunque estas vías seguían los caminos naturales y pesos y medidas indígenas permanecieron en uso al margen de las romanas oficiales hasta nuestros días, como evidencia la vara castellana, su papel unificador de todo el territorio y sus gentes, resulta evidente.

Por tanto la Romanización supone el final del proceso milenario que ha contribuido a enriquecer la variedad cultural de las diversas regiones, dándoles, al mismo tiempo, una profunda unidad, como las hebras que forman una cuerda, pues si sus peculiaridades son evidentes consideradas aisladamente, analizadas en su conjunto suponen un proceso cultural unitario que explica que, para un no peninsular, cualquiera de los habitantes de la Peninsula Ibérica pudiera ser definido en la antigüedad como hispano.

Este hecho, consecuencia del citado proceso formativo, constituye un valioso punto de reflexión humana e histórica, tanto por su contribución a la formación de los pueblos y gentes que actualmente habitamos la Peninsula Ibérica y para comprender nuestra idiosincrasia histórica, como por habernos dado una enriquecedora capacidad de asimiliación y de difusión de influjos culturales, tal como posteriormente ha demostrado la Historia.

En conclusión, para finalizar esta exposición, además de agradecerles su atención, quiero expresar mi deseo de que haya contribuido a que se comprendan y valoren los orígenes de nuestra cultura y los factores de diversidad y de unidad que atesora desde época ancestral, para que, gracias a ello, podamos conocer mejor por qué somos lo que somos en la actualidad, clave esencial para mejor decidir y acertar en nuestro futuro.



Martín Almagro-Gorbea*







Bibliografía



Para una visión de conjunto sobre la Prehistoria de la Península Ibérica:

A.A.V.V. Historia de España 1. Desde la prehistoria hasta la conquista romana (silo III a.C.). Editorial Planeta, Barcelona, 1990.

Para un cuadro general de la Península Ibérica en su contexto geográfico y cultural del Suroeste de Europa en el milenio a.C.:

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Para los pueblos prerromanos y su evolución cultural:

A.A.V.V. Colonizaciones y formación de los pueblos prerromanos (1200-218 a.C..). Historia de España 2, Editorial Gredos, Madrid, 1989.

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Sobre los iberos:

A.A.V.V. Los iberos, príncipes de Occidente (Catálogo de Exposición). Ministerio deEducación y Cultura, Barcelona, 1998.



Sobre las poblaciones celtas:

A.A.V.V. Los celtas en España. Revista de Arqueología, número extra 5, Editorial Zugarto, Madrid, 1990.



Sobre la colonización fenicia:

Auber, M.ª E. Tiro y las colonias fenicias en Occidente. Editorial Crítica, Barcelona, 1994.



Sobre la colonizacióin griega:

Cabrera, P., y Sánchez Fernández, C. (eds.), Los griegos en España (Catálogo de Exposición). Ministerio de Educación y Cultura, Madrid, 1998.

Almagro-Gorbea, M., y Alvarez Martínez, J. M.ª, Hispania, el legado de Roma (2.ª ed.), Ministerio de Educación y Cultura, Madrid, 1999.



 

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