Diversidad y
unidad en la Hispania Antigua
Si
preguntamos a la gente cuándo se inicia la Historia de
España, es muy posible que la mayor parte se inclinara
por decir que en tiempos de la Reconquista, otros que con
la unidad peninsular en tiempos de los Reyes Católicos,
si no con la monarquía visigoda; quizá quienes mejor
formación clásica tuvieran entiendan que ya la Hispania
romana puede considerarse Historia de España. Todo son
opiniones admisibles, pero para mí, como prehistoriador,
habituado a estudiar e intentar entender las raíces más
antiguas de los fenómenos históricos, que son como la
infancia de nuestra sociedad, de la que hemos casi
perdido la memoria, pero que es la que más ha marcado
nuestra forma de ser, no dudaría en decir que la
Historia de España no se comprende sin los tiempos
prehistóricos, a pesar de que figuras tan relevantes
como don Claudio Sánchez Albornoz, en su famosa obra
España, un enigma histórico dijera que «Ningún
historiador digno de tal nombre da por surgida en la
remota prehistoria la contextura vital de ninguna
comunidad humana», aunque un poco más adelante parece
desdecirse al reconocer que «me he encontrado
sorprendido por la perduración en la España posterior
al 700 de muchos rasgos de la España anterior a
Cristo».
Aunque en estos períodos anteriores a Roma es preferible
hablar de Península Ibérica más que de España para no
caer en anacronismos, quiero expresar mi convencimiento
personal, al que aludiré a lo largo de esta conferencia,
de que los procesos étnicos y culturales más profundos
son fenómenos muy complejos y de larga duración, salvo
excepciones muy recientes, pues nunca cambia toda una
población, ni siquiera todas las minorías dirigentes,
por lo que nunca desaparecen de forma brusca y sin dejar
huella los elementos culturales de etapas anteriores.
¿Quién puede explicar, por ejemplo, la peculiaridad de
las creencias gallegas, tan genialmente ilustradas en el
«El bosque animado», de Wenceslao Fernández Flórez, o
aspectos de la religiosidad andaluza, como la romería de
El Rocío, sin tener en cuenta sus profundas raíces
preromanas?
Si cuanto digo es válido para cualquier período
histórico, hay otro hecho que considero interesante
resaltar. Sin caer en visiones etno-históricas, hoy
afortunadamente superadas, aunque aún guardemos recuerdo
de sus funestas manipulaciones políticas y, en algunas
áreas de Europa e, incluso de nuestra España, todavía
veamos intentos de manipulación más o menos
encubiertos, sí quiero indicar que estoy convencido de
que algunas características de los pueblos y culturas
son entidades con «vida histórica», por lo que están
siempre en contínua transformación, pero siempre
manteniendo raíces muy antiguas, cuyo origen únicamente
puede arrancar de la Prehistoria. Por ello estas etapas
adquieren una particular importancia para comprender el
origen de las formas de ser más profundas y arraigadas,
aunque no sean las más fáciles de observar. Toda la
humanidad pertenecemos al homo sapiens sapiens y los hoy
aquí reunidos hablamos una lengua indoeuropea, tenemos
un sistema de valores con elementos tan esenciales como
la familia, la amistad o la honradez cuyos orígenes se
hunden en el tiempo.
Esta valoración de la permanencia actual de las raíces
prehistóricas, aunque aludidas solamente de forma muy
esquemática, permite exponer un tema que hoy interesa a
toda nuestra sociedad: los orígenes de esas tendencias
que, de forma casi antagónica pero casi contínua,
constituyen las claves de la unidad y de la diversidad de
Hispania, entendida, sin problemas, como origen y
precedente directo de la España actual.
La Península Ibérica constituye la más occidental de
las tres grandes penínsulas de Europa que se adentran en
el mar Mediterráneo. En la Antiguedad, además de otros
nombres que no han llegado a popularizarse y a los que ya
Antonio García y Bellido dedicó su atención, fue
conocida como Iberia por los griegos y como Hispania por
los romanos.
Su situación en el finis terrae del mundo conocido en la
Antigüedad ha contribuido a darle a lo largo de toda su
historia una marcada personalidad, acentuada por las
claras diferencias geográficas que ofrece de Este a
Oeste, desde el Mediterráneo al Atlántico, y las
todavía más apreciables de Sur a Norte, desde la
soleada Costa del Sol y la semidesértica Almería hasta
las montañosas y húmedas regiones septentrionales. Si a
estas circunstancias geográficas añadimos su diversidad
morfológica, pues predominan las tierras silíceas al
Occidente, las calizas en las regiones mediterráneas y
las cuencas sedimentarias en la Meseta y en los valles
del Ebro y del Guadalquivir, se comprende su marcada
diversidad, que permite considerarla como un auténtico
"microcontinente", hecho que sin duda ha
contribuido a su diversidad a lo largo de la Historia,
pues sólo en fechas muy recientes estamos empezando a
superar con facilidad sus accidentes orográficos y
diferencias geográficas.
A esta variabilidad geográfica interna se debe añadir
el factor que supone su situación en el Suroeste de
Europa, abierta al mundo atlántico y al mediterráneo,
así como al de más allá de los Pirineos, sin olvidar
su proximidad al Norte de Africa, de la que sólo la
separa el Estrecho de Gibraltar.
Poblada desde hace aproximadamente un millón de años
como indican hallazgos como los de Atapuerca y otros
menos conocidos, su población actual procede del
Paleolítico Superior, no más allá de los últimos
40.000 años, cuando ya el ser humano era capaz de
pensamiento abstracto y de expresiones estéticas, como
la maravillosa cueva de Altamira, "capilla
sixtina" del Arte Cuaternario, pero, ante todo, el
más bello documento del origen del pensamiento humano,
como ya entrevió Ortega.
Hace unos 8.000 años, llega a la Península Ibérica el
Neolítico, con nuevas formas de vida basadas en el
cultivo y la domesticación de animales. Su origen es
mediterráneo, como confirman plantas y animales y sus
cerámicas impresas, lo que debió reforzar el carácter
mediterráneo de la población de las regiones más
abiertas a dicho mar, especialmente llegada a través de
Cataluña, pero alcanzó Andalucía y el Sur de Portugal,
aunque en muchas áreas poblaciones anteriores debieron
permanecer tras asimilar la neolitización. Sin excluir
muy puntuales contactos con el Norte de Africa, es
también durante el Neolítico, hace unos 7000 años,
cuando las construcciones megalíticas que caracterizan
las regiones más occidentales de la península Ibérica
indican su mayor afinidad con las regiones atlánticas
del Occidente de Europa. Pero ya desde esas fechas,
aunque podrían señalarse precedentes anteriores, desde
pleno Paleolítico, elementos mediterráneos llegan hasta
las regiones atlánticas y tradiciones megalíticas se
documentan no sólo por la Meseta, sino por los Pirineos
hasta Cataluña, indicando cómo los elementos
mediterráneos, atlánticos y transpirenaicos se
entretejen sobre el solar hispano de forma difícilmente
diferenciable.
En el Calcolítico, cuando se empieza a conocer la
metalurgia hace unos 5000 años y surjen las primeras
jefaturas, se debió producir la colonización
prácticamente total del territorio peninsular, gracias a
un fuerte aumento de la densidad demográfica comparada
con la de etapas anteriores. Por ello, seguramente en
esta fase debieron establecerse los elementos esenciales
de nuestra población, aunque ésta haya seguido
evolucionando, cambiando e intercambiando influencias y
elementos de forma prácticamente continua. Este proceso
de creciente contacto parece acentuarse a lo largo de la
Edad del Bronce, en el II milenio a.C., cuando, a partir
de la Cultura del Vaso Campaniforme, que supone nuevos
intercambios de gentes e ideas a través del Atlántico y
de los Pirineos, empiezan a documentarse jerarquías
guerreras que indican una sociedad cada vez más
compleja, capaz ya de mantener relaciones, unas
mediterráneas, especialmente en Andalucía y el Sureste,
donde se desarrolla la Cultura de El Argar, otras
atlánticas, en las regiones más septentrionales y
occidentales, además de las ultrapireniacas, en
Cataluña y el Valle del Ebro. Pero la Meseta y el
Sistema Ibérico han actuado siempre como lugar de
encuentro e intercambio de influjos y, seguramente, de
gentes, pues desde el Valle del Ebro, desde la Cultura de
el Argar, desde Andalucía o desde las regiones
atlánticas llegan elementos a las áreas centrales,
mientras que también de forma paralela se observa la
presencia de cerámicas de origen meseteño por dichas
regiones periféricas, seguramente asociadas a
poblaciones pastoriles guerreras con ganadería
trashumante.
Al llegar el último milenio a.C. el proceso de
intercambio de unas regiones con otras y de
personalización de las diversas regiones alcanza su
punto álgido, hasta el punto de que en él empezamos a
poder reconocer cómo el substrato de la Edad del Bronce
fue dando lugar a los pueblos prerromanos que ya
conocieron y describieron los historiadores griegos y
romanos.
Este rápido repaso de las líneas esenciales de nuestra
Prehistoria ayuda a comprender las diversas corrientes
culturales y, en parte, también étnicas, que afectaron
a la Península Ibérica en este período crucial del
final de su Prehistoria. En estos siglos se produce
también la primera presencia de los pueblos coloniales,
fenicios y griegos, y se produce un incesante aumento
cualitativo y cuantitativo de los contactos con el
exterior. Dichas corrientes contribuyeron a enmarcar el
desarrollo cultural de la Península Ibérica dentro de
otros ámbitos culturales más amplios, en los que más o
menos parcialmente quedaba integrada y cuya huella va a
resultar particularmente señalada.
En este último milenio a.C., tres grandes corrientes
culturales afectan a las distintas regiones de la
Península Ibérica, actuando de diferente modo según su
situación geográfica y la capacidad de asimilación que
ofrecía su substrato cultural. Una es la continuidad de
los crecientes contactos e influjos atlánticos, aunque
siempre fueran minoritarios, que alcanzan hasta Bretaña
y las Islas Británicas, explicable por la proximidad de
clima, de formas de vida y de mentalidad de todas las
regiones ribereñas atlánticas del Occidente de Europa.
Estas semejanzas se remontan, como hemos señalado, al
menos hasta la neolitización megalítica, contactos que
se incrementan a partir del Campaniforme y a lo largo de
la Edad del Bronce favorecidos por el intercambio de
metales entre sus elites de carácter guerrero, aunque en
cada región dieran como resultado formas culturales
propias. El influjo atlántico resulta muy evidente en
las regiones occidentales de la Península, en las que
cabría incluir la Andalucía Occidental, solar de
Tartessos, y parte de la Meseta, aunque en estas
regiones, más que atenuarse, se entremezcla con otros
elementos mayoritarios. Tales regiones occidentales eran
las más ricas en metales, como oro, estaño y cobre y, a
partir de este período, podemos asegurar que estaban
habitadas por poblaciones de carácter indoeuropeo muy
primitivas, probablemente con raíces comunes en todas
esas regiones atlánticas desde el III milenio, que
parecen remontarse, al menos, al mundo Campaniforme.
Otra corriente etnocultural es la llegada a través de
los Pirineos, especialmente por los pasos occidentales,
vía por la que penetran desde fines del IImilenio a.C.
la llamada Cultura de los Campos de Urnas, que se
extendió, progresivamente, por Cataluña, el Valle del
Ebro y la parte septentrional de la Comunidad Valenciana,
asimilando casi completamente el substrato anterior y
aportando importantes cambios en la cultura material y en
la organización social, así como en el campo
lingüístico, pues por esta vía, que actúa de forma
intermitente desde el Bronce Final hasta la conquista de
las Galias por César, tradicionalmente se considera que
debieron penetrar las poblaciones conocidas como celtas.
Finalmente, en este último milenio anterior a la Era, el
papel histórico fundamental debe considerarse el
Mediterráneo, cuna de la civilización, gran crisol de
culturas y vía de contacto entre todas sus poblaciones
ribereñas. Este mar, por el que ya había llegado la
domesticación de plantas y animales en el Neolítico, se
convierte progresivamente en la principal vía de entrada
de estímulos culturales, pues por ella llegaron los
pueblos colonizadores de la Antigüedad, como fenicios,
griegos, púnicos y, finalmente, romanos.
Desde el Bronce Final, a fines del II milenio a.C., se
constatan viajes exploratorios de gentes, seguramente
procedentes del Oriente del Mediterráneo y del Egeo, que
proseguían unos primeros contactos de época micénica y
que abrieron las vías de navegación y nuevas formas de
intercambio con el finis terrae que representaba la
Península Ibérica, un mundo por entonces fabuloso, por
alejado y desconocido. Siguiendo estas navegaciones
"precoloniales", a las que diversas tradiciones
mediterráneas asocian la llegada de fundadores míticos
con los que pudieron llegar pequeños grupos de nuevas
gentes, la tradición fenicia ubica la fundación de la
más antigua ciudad del Occidente, Gadir-Cádiz, hacia el
1100 a.C., fecha mítica que seguramente se refiere a la
primera llegada a Occidente de estos navegantes semitas.
A partir del siglo VIII a.C. Ios fenicios fundan
asentamientos y colonias en las costas meridionales de la
Península, desde la desembocadura del río Segura en
Alicante hasta la del Tajo en Portugal, aunque su foco
principal debe considerarse Cádiz. Los fenicios, a los
que se debe el origen de ciudades como Almuñécar,
Málaga o Cádiz, introdujeron novedades técnicas
mineras y metalúrgicas como el uso del hierro, el torno
de alfarero y otros elementos que se incorporaron a las
culturas indígenas que estaban en contacto con ellos,
principalmente la tartésica, contribuyendo a su
desarrollo y evolución. Pero más trascendencia tendría
la llegada de nuevas ideas sobre ganancia y comercio, con
uso de pesos y medidas y escritura como elementos de
contabilidad y sobre la organización jeraquizada de una
sociedad compleja, con clases, tal como refleja la
arquitectura urbana, con la aparición de ciudades con
sus santuarios y palacios como centros de poder de
monarquías sacras. Igualmente los fenicios introdujeron
un sistema productivo basado en el policultivo de trigo,
vid y olivo, que se extendió por todas las regiones
mediterráneas y que ha perdurado hasta nuestra época,
así como la gallina, el burro y la equitación, etc.
Estas innovaciones, adaptadas paulatinamente por los
indígenas, contribuyeron a la aparición de una nueva
organización social, jerarquizada y de tipo estatal,
basada en las nuevas concepciones religiosas llegadas a
través del mundo fenicio, que explican el origen de la
cultura tartésica, extendida por todo el Mediodía
Peninsular y que era la más desarrollada por entonces de
la Península Ibérica.
Después de los fenicios, en torno a fines del siglo VII
a.C., hay evidencias de la presencia de comerciantes
griegos del Asia Menor, inicialmente de Samos, como
indica el fabuloso viaje de Kolaios a Tartessos narrado
por Herodoto. A partir del siglo VI, los griegos de
Focea, una pequeña ciudad de la Jonia septentrional, que
hacia el 600 a.C. había fundado Massalia (Marsella) y
Emporion (Ampurias), apoyándose en estas colonias fue
extendiendo sus redes comerciales y su influjo cultural
por todas las costas levantinas y del Sureste peninsular
para alcanzar Tartessos, penetrando desde allí hacia la
Andalucía oriental. Pero su falta de fuerza demográfica
hizo que, fuera del Ampurdán, su presencia fuera sólo
comercial y cultural, aunque en este campo acabaron por
dejar una huella particularmente importante.
El siglo VI a.C. supuso una profunda crisis colonial,
reflejo del enfrentamiento de Grecia con Oriente, que, a
su vez, influyó en el mundo indígena, pues, al menos
las áreas más civilizadas, como Tartessos y las
regiones meridionales del mundo ibérico, vivían de
hecho en simbiosis con el mundo colonial dentro de una
economía crecientemente globalizada. Tras la doble
crisis colonial que supuso la conquista de Tiro por
Babilonia y la de Focea por los persas y el consecutivo
enfrentamiento entre griegos y púnicos por el
Mediterráneo occidental, poco a poco surgió la
presencia hegemónica de los púnicos de Cartago, más
que herederos, continuadores de la cultura semita fenicia
en Occidente. Este hecho obligó a los griegos focenses,
sus rivales en el Mediterráneo Occidental, a aliarse ya
entonces con Roma. Los púnicos dominaban las costas
meridionales de Iberia - Hispania y, desde Ibiza,
controlaban sus principales vías de acceso como
herederos de la tradición comercial y cultural del mundo
semita fenicio. Tras la crisis colonial que prosigue en
el siglo V a.C., a partir del IV se observa una fuerte
expansión que se evidencia por la creciente presencia de
elementos griegos y púnicos en los poblados ibéricos,
en especial en los del interior de Andalucia y del
Sureste. Abocados los púnicos a enfrentarse a Roma por
el control del Mediterráneo Occidental, lo que sería la
causa determinante de la presencia de Roma en Hispania,
en la segunda mitad del siglo III a.C., bajo el dominio
de los Bárquidas, emprenden en la Peninsula Ibérica una
verdadera política imperialista inspirada en los reinos
helenísticos herederos de Alejandro Magno, política que
tuvo una amplia repercusión en el mundo indígena pues
se basó en un sistema de "protectorado" a base
de atraer y someter a las élites indígenas, lo que
potenció una fuerta helenización, desde el mundo
púnico, de todas las áreas meridionales y levantinas de
Iberia, aunque este proceso se observa también por
Extremadura, la Meseta Sur e, incluso, llega hasta el
interior de Cataluña, tal como parece evidenciar el
área ilergete del Valle del Ebro.
En efecto, aunque los contactos coloniales tenían una
finalidad básicamente económica, pues se basaban en las
grandes ganancias que producía la adquisición de
materias primas peninsulares, como oro, plata, estaño,
cobre y, seguramente, esclavos, a cambio de objetos
elaborados, como cerámicas, vasos de bronce, marfiles,
joyas y tejidos para las élites locales, este tipo de
comercio dio lugar a instalaciones coloniales que
permitirían un contacto más estrecho con el mundo
indígena, contribuyendo a su progresiva aculturación y,
al mismo tiempo, a la inclusión de estas alejadas
regiones del finis terrae en la economía mundial
dirigida por los grandes imperios de Oriente, a los que
los fenicios y griegos servían de suministradores de
materias primas. Pero, además, estos distintos procesos
coloniales, dada la superioridad cultural del mundo
colonial, dieron lugar a un continuo proceso de
aculturación, al actuar sobre el mundo indígena como un
fermento que estimulaba su propio desarrollo, tanto más
acentuado cuanto más estrechos fueran los contactos y
mayor fuera la capacidad de asimilación. Gracias a este
proceso, las zonas de desarrollo más favorable, como
Tartessos, ubicada en las ubérrimas tierras de Andalucia
Occidental, y el área meridional del mundo ibérico, la
Andalucía Oriental y el Sureste, al alcanzar un mayor
nivel cultural, se convirtieron, a su vez, en focos de
aculturación de las poblaciones limítrofes,
especialmente de las situadas más al interior, en
Extremadura, la Meseta y Levante, contribuyendo de este
modo poco a poco a "iberizar" o difundir las
nuevas formas de vida urbana que suponía este proceso
uniformante de "mediterranización".
En consecuencia, se fue acelerando la tendencia al
desarrollo de todos los pueblos peninsulares en la esfera
económica, social e ideológica, según su capacidad y
sus propias pautas, pero también siguiendo una tendencia
general hacia la vida urbana, cuyo final lógico era
alcanzar cada vez mayores niveles de civilización,
proceso cuya culminación representa Roma en la
Antigüedad.
Pero, paralelamente, estos contactos crecientes con el
mundo colonial, aunque diferenciados según las diversas
regiones, más el citado desarrollo también diferenciado
del mundo indígena, ayudan a comprender los complejos
fenómenos de etnogénesis que caracterizan el I milenio
a.C., pues los distintos influjos coloniales, al actuar
de distinto modo según las zonas geográficas afectadas
y la mayor o menor capacidad receptora del substrato,
contribuyeron a ir reforzando la personalidad de los
diversos grupos étnicos preexistentes, aunque todos
ofrecían ciertas características comunes y una
tendencia general hacia formas de vida cada vez más
desarrolladas y próximas al mundo urbano.
Este factor geográfico-cultural se refleja en el
complejo proceso de etnogénesis diferenciadas que ofrece
la Península Ibérica a lo largo del I milenio a.C. y
que dieron lugar a la formación de los diversos pueblos
prerromanos. De este modo se explica que, a la llegada de
Roma, Hispania ofreciera mayor diversidad étnica y
cultural que cualquier otra región europea, sin excluir
la misma Italia o los Balcanes, dado su claro gradiente
de diferenciación etno-cultural de Norte a Sur y de Este
a Oeste. Esta diferencia del desarrollo se comprende por
la mayor o menor apertura al Mediterráneo y a los
vivificantes influjos culturales de los pueblos
colonizadores, acentuada por la diversidad geográfica,
apenas uniformada por la gran Meseta Central, que actuaba
como área de contacto y que, al mismo tiempo, dada su
posición central, su mayor fuerza demográfica y sus
estructuras pastoriles guerreras, generaba tendencias
centrífugas hacia las regiones periféricas, más
abiertas al exterior, lo que explica su papel en la
transmisión de estímulos culturales. Además, la
interacción continua entre unos grupos y otros dio como
resultado un cuadro que debería aproximarse bastante
más a un "mosaico" étnico que a espacios
homogé-neos delimitados por fronteras definidas como las
que utilizamos para delimitar en los mapas los supuestos
territorios de aquellos grupos étnicos, pues en
numerosas zonas, si no en la mayoría, predominarían
fenómenos de interetnicidad, no sólo en sentido
espacial, sino también en el social, según clases, y
cultural, según formas de vida y profesiones, datos que
resultan aún más difíciles de determinar, sin olvidar
que dicho proceso, acentuado por el influjo de fenicios,
griegos, púnicos y, finalmente, romanos, más el influjo
paralelo de los celtas ultrapirenaicos, coincide con la
citada evolución general hacia formas de vida urbana,
cuya culminación definitiva fue la incorporación de
toda Hispania a la órbita de Roma.
Dentro de este marco, geográfico e histórico, el
complejo mosaico etno-cultural de las gentes de Hispania
puede agruparse, según los conocimientos actuales, en
tres grandes troncos, cuyas características hay que
valorar para comprender las distintas etapas y los
procesos diferenciados de contacto, enfrentamiento y
asimilación por Roma.
Uno está constituido por los pueblos de tradición
cultural predominantemente mediterránea, como los
tartesios y sus herederos los turdetanos, más las
poblaciones que hoy dia conocemos como íberos, que
ocupaba las zonas meridionales y levantinas, las más
abiertas al Mediterráneo y a sus corrientes
civilizadoras.
Tartesios y turdetanos, sus sucesores en la actual
Andalucia, eran los más cultos y civilizados de Iberia,
como acertadamente señaló Estrabón (III,1,6 y 2,1), lo
que facilitó su pronta e intensa romanización,
facilitada en buena parte por su anterior sometimiento al
imperio de los Bárquidas. Aunque herederos de la más
desarrollada tradición cultural de la Península, al
menos desde el III milenio a.C., es posible que entre
ellos existieran grupos indoeuropeos, como evidencia el
nombre del mítico rey Argantonios, pero su lengua es
aún muy mal conocida para tener un mayor conocimiento de
estos dificiles temas.
Los contactos desde época precolonial acentuados por la
presencia fenicia por toda la costa meridional habían
impulsado, a partir del siglo VIII a.C., el desarrollo
indigena, dando lugar al desarrollo de Tartessos, país
fabuloso del que se hacen eco relatos semilegendarios
conservados en la Biblia y en algunas noticias de los
historiadores griegos, como Herodoto. Su sociedad
alcanzó pronto un nivel urbano, formándose pequeñas
ciudades-estado regidas por reyes de tipo sacro hasta que
desaparece de la Historia a fines del siglo VI a.C., al
no resistir las tensiones surgidas en el ámbito colonial
entre fenicio-púnicos y griegos. Pero los estímulos
culturales procedentes de Oriente se difundieron desde
Tartessos hacia el Sureste peninsular y Extremadura dando
lugar a una cierta unificación de las culturas locales
que conocemos como Periodo Orientalizante.
El mayor grado de desarrollo de los tartesios, su mayor
capacidad de asimilación y su proximidad a las colonias
fenicias, especialmente de Cádiz, explican el fuerte
influjo púnico y oriental que siempre mantuvo su
cultura, tradición que perduró mucho después de la
conquista romana y que se evidencia tanto en sus
cerámicas y objetos habituales como en sus creencias o
en su urbanismo, de casas con terraza agrupadas en
callejuelas irregulares y estrechas que, a través de la
dominación árabe, ha perdurado hasta nuestros días.
Por ello, se comprende su fácil integración en el
imperio Bárquida y su desarrollo y gran capacidad de
asimilación cultural, hecho que explica que Estrabón
(III,2,15) indicara cómo "los que habitan cerca del
Betis (el río Guadalquivir), han asimilado el modo de
vida romano y ya no recuerdan su propia lengua, ... de
modo que poco falta para que todos sean romanos".
Estas circunstancias explican que de esta región
procediera el primer personaje no itálico que alcanzó
el rango de Senador en Roma, el amigo de César, el
gaditano Cornelio Balbo, quien fue también el primer
cónsul romano de origen no itálico. Y también de una
familia turdetana procede Trajano, primer emperador de
origen provincial, nacido en Italica (Santiponce,
Sevilla), siendo la Bética, igualmente, la patria de
Séneca y de otros afamados escritores de la edad de
plata de la literatura latina.
Junto a los tartesios y relacionados con ellos por el
origen de su cultura en la Andalucía Oriental y el
Sureste, debe considerarse a los íberos, cuya cultura se
extendió desde dichas zonas hasta más allá de los
Pirineos en el Languedoc francés, penetrando igualmente
en gran parte de la Meseta. Los íberos eran herederos de
los pueblos mediterráneos de la Edad del Bronce, aunque
en las áreas septentrionales la llegada de gentes de los
Campos de Urnas transformó radicalmente este substrato
cultural, haciendo de los íberos septentrionales, por su
mentalidad y creencias, gentes mucho más afines a los
celtas del interior.
A partir del siglo VI las poblaciones ribereñas del
Mediterráneo fueron asimilando de forma progresiva
influjos culturales greco-focenses de Ampurias,
originándose lo que actualmente se conoce como
"cultura ibérica". ésta ocupa una extensa
región, de casi 1000 km. de longitud, desde Andalucia al
Sur de Francia y englobaba numerosos pueblos de orígenes
muy diferentes. Bastetanos y oretanos, en sus áreas
meridionales, eran afines al mundo tartésico. Por el
contrario, las zonas septentrionales muestran un
substrato de la Cultura de "Campos de Urnas"
afin al mundo celto-ligur. Además, los púnicos
influían desde el Sureste, frente a los griegos
extendidos desde Ampurias, última colonia griega de
Occidente. De este modo se comprende la gran diversidad
étnica y cultural existente en el mundo ibérico, que
para griegos y romanos sólo fue un nombre geográfico,
sin valor étnico preciso, aunque tuvieran numerosos
elementos culturales comunes, desde sus cerámicas y su
armamento a su escritura, de origen tartésico.
Esta variedad cultural y étnica se refleja en su cultura
y en su sistema político, pues los pueblos ibéricos
meridionales ofrecían mayor desarrollo urbano y
cultural, mientras que los septentrionales eran de
tradición más guerrera, aunque a partir del siglo IV
a.C. resulta evidente una creciente helenización,
proceso que tendió a borrar diferencias al favorecer el
desarrollo de ciudades-estado regidas por magistrados
electos y senados aristocráticos, como en Sagunto, que
fue la primera ciudad ibérica en acuñar moneda pues
tenía ya tesoro público, probablemente por ser la más
helenizada como vieja aliada de la focense Emporion y, a
través de ella, de Roma, lo que ayuda a comprender su
enfrentamiento y destrucción por Anibal el 218 a.C.
Por otra parte, como los íberos usaban la misma
escritura, se ha supuesto que hablarían una misma
lengua, aunque debieron existir variedades lingüísticas
actualmente imposibles de determinar. También la
religión se muestra influenciada por el mundo tartésico
y fenicio-púnico en las regiones meridionales, mientras
que en la zona septentrional predominan divinidades y
cultos domésticos familiares de origen indoeuropeo, pero
en todo el mundo ibérico las creencias se fueron
adaptando cada vez más a las del mundo colonial, pues en
los últimos siglos a.C., se identifica en las zonas
meridionales divinidades púnicas, como Tanit-Juno y
Melkart, y en las septentrionales, divinidades griegas,
como Artemisa y Herakles.
A la llegada de Roma, los íberos estaban divididos en
estados de base étnica, habitualmente enfrentados entre
sí, cuya capital solía ser una ciudad, generalmente
gobernada por reyes, régulos y príncipes más o menos
poderosos de origen aristocrático gentilicio, de
ideología más o menos guerrera. Estas pequeñas
monarquías, progresivamente, irían cayendo en la
órbita de los Bárquidas, como Indibil y Mardonio entre
los llergetes, aunque alguna de ellas todavía se
mantenia mucho después de la conquista romana en la
guerra entre Pompeyo y César (De bell. Hisp. 10).
Tras algunos episodios de resistencia durante la II
Guerra Púnica y algunos años después frente a Roma, el
proceso fue ahogado por el Cónsul M. Porcio Catón,
quien pacificó definitivamente todo el mundo ibérico el
195 a.C. Tras su integración en la órbita de Roma, se
produjo un auge sin precedentes de esta cultura, pero
también supuso a la larga su progresiva desaparición,
absorbida bajo la creciente romanización, plenamente
afirmada hacia el cambio de era.
Otro tronco étnico y cultural lo representan las gentes
celtas, que, junto a los íberos, constituían la
principal población de Hispania, como refiere el
celtíbero Marcial (10,65), nacido en Bilbilis, la actual
Calatayud, quien se consideraba ex Hiberis et Celtis
genitus.
En efecto, celtíberos y otros pueblos emparentados eran
gentes de etnia y cultura celta, por lo tanto, semejantes
a la población indoeuropea característica de todo el
Occidente de Europa. Estas gentes habitaban las regiones
centrales de Hispania, en torno al Sistema Ibérico y las
altas tierras del Oriente de la Meseta, que constituye
una gran unidad geográfica que actúa como lugar de
encuentro de las diversas culturas y etnias periféricas,
pues en ella se refleja en buena medida la gran
diversidad peninsular. De este modo se explica que, a
pesar de ser su población básicamente celta desde un
punto de vista étnico, tal como confirma su lengua y su
organización social e ideológica, a lo largo del I
milenio a.C., se constata manifestaban una fuerte
iberización en sus formas culturales debido a la llegada
de diversos influjos mediterráneos o
"ibéricos", desde el Sur y el Este, como el
hierro o la cerámica a torno, hecho por el que griegos y
romanos acabaron denominándolos "celtíberos"
que, inicialmente, significaba "celtas de
Iberia" pero que sirvió para resaltar la
personalidad étnica y el mestizaje cultural de estas
gentes, diferentes de los celtas de más allá de los
Pirineos.
Los Celtiberos, a partir del siglo VII a.C., adoptan
elementos culturales y religiosos como el rito de
incineración, el culto al hogar doméstico y un
urbanismo de castros con casas ali-
neadas en torno a una calle central en las aldeas
fortificadas que controlaba sus pequeños territorios, lo
que parece indicar que celtíberos e íberos
septentrionales compartían ciertas raices comunes por
ser ambos originarios de los Campos de Urnas.
Pero la asimilación del hierro para el armamento,
elemento también llegado desde el Mediterráneo, gracias
a la calidad del mineral del Sistema Ibérico, y su
sistema socio-económico de ganadería trashumante
explican su gran desarrollo, basado en grupos de
pastores-guerreros con una organización gentilicia y
clientelar que explican su tendencia expansiva y su
enfrentamiento a Roma, que sólo pudo someterlos tras
duras guerras, que se prolongaron durante casi un siglo.
Los celtíberos a lo largo del tiempo se expandieron por
muy diversas áreas, como el Valle del Ebro o la
Carpetania, alcanzando posteriormente las regiones
septentrionales y occidentales, las más afines a su
substrato cultural y a su economía ganadera, de modo
que, a la llegada de Roma, estaban en pleno proceso
expansivo hacia zonas periféricas: hacia el Occidente y
el Norte atlánticos, hacia el Levante ibérico y más
especialmente, hacia la Andalucia turdetana, alguna de
cuyas ciudades ya dominaban, estando igualmente presentes
en buena parte del actual Pais Vasco, al menos en el
Valle Medio del Ebro. Esta capacidad expansiva, junto a
su escaso desarrollo cívico, explican su enorme
capacidad de resistencia a Roma, en la que tanto
destacaron Celtíberos y Lusitanos.
Este proceso de celtización, basado en su espíritu
guerrero y su eficaz organización clientelar, tendió a
unificar las formas de vida y la lengua por amplias
áreas del Centro, Occidente y Norte de Hispania, pero al
estar basado en racias organizadas por clanes
gentilicios, nunca dio lugar a una unidad política,
aunque acabaran controlando territorios cada vez más
amplios en los que se asentaban llevando a cabo un
auténtico proceso de "colonización".
A partir de mediados del siglo III a.C, la creciente
presión cartaginesa, especialmente tras las expediciones
de Anibal por la Meseta, favoreció la construcción de
ciudades fortificadas, como las ibéricas, que
controlaban un territorio cada vez más extenso y
jerarquizado al absorber el de los castros precedentes.
Este proceso favoreció la formación de auténticas
ciudades-estado, que fueron adquiriendo un cierto
carácter étnico, contribuyendo, al mismo tiempo, a la
difusión de formas de vida cada vez más urbanas, que
alcanzan su máximo desarrollo en el momento de su
enfrentamiento a Roma a partir de inicios del siglo II
a.C.
Dichas ciudades estaban dirigidas por sus aristocracias
gentilicias más o menos enfrentadas o aliadas entre sí,
pues etnias enteras quedaban sometidas a las elites de
otras más poderosas (Dionisio Siculo 33, fr. 17), como
los titos, dependientes de los belos de la ciudad de
Segeda (Apiano, Iberia 6), en el Valle del Ebro,
existiendo también numerosos pactos de hospitalidad
entre los grupos gentilicios, entre éstos y las ciudades
o entre unas ciudades y otras, seguramente para
contrarrestar un estado de guerra intermitente, como la
establecida entre Segeda y los numantinos (Apiano, Ib.
45) o entre Lutia y Numancia (id. 94), pero también se
documentan conflictos internos dentro de una misma ciudad
entre los diversos grupos gentilicios, tal como refleja
un conocido episodio de Numancia (id. 95; Orosio, Hist.
5,8,1).
El desarrollo urbano de los celtíberos, unido a su
capacidad de organización social basada en fuertes
jerarquías guerreras de carácter ecuestre apoyadas en
clientelas gentilicias cada vez más numerosas, como el
principe celtíbero Allucio, que acudió en ayuda de
Escipión con 1400 jinetes de sus clientes (T. Livio,
26,50), explican su fuerza política y su capacidad de
resistencia frente a un enemigo muy superior, como era
Roma, a la que tuvo en jaque durante casi 100 años,
aunque, tras la caída de Numancia el 133 a.C., la
romanización fue imponiéndose poco a poco.
En las zonas más occidentales de la Meseta habitaban
otros pueblos, como Vacceos y Vettones, relacionados con
los Lusitanos. Todos estos pueblos, frecuentemente
asociados a los Celtíberos en su enfrentamiento a los
romanos (Apiano, Iberia, 66, 76, 80, 87, etc.), ofrecían
un proceso de creciente celtiberización, bien por estar
sometidos a élites ecuestres celtibéricas, bien por ir
adoptando un sistema de vida parecido basado en clanes
guerreros gentilicios como mejor forma de contrarrestar
la capacidad expansiva celtibérica, hasta que, a partir
del siglo II y en la primera mitad del I a.C., también
fueron cayendo en la órbita política de Roma.
Los celtíberos y estas poblaciones afines estaban
relacionados a su vez con los pueblos del norte y del
occidente que se extendían hasta el Atlántico, regiones
hacia las que aquellos tenían tendencia a expandirse
favorecidos por su estructura gentilicia clientelar de
ideología guerrera. En efecto, las regiones atlánticas
del occidente y del norte de Hispania, desde el centro de
Portugal hasta Galicia, Asturias y Cantabria, resultaban
las regiones más apartadas de los estímulos
mediterráneos, por lo que mantenían formas de vida
mucho más arcaicas, totalmente extrañas al mundo
entonces civilizado hasta la presencia de Roma. Su
aislamiento geográfico y su lejanía en el finis terrae
del mundo entonces conocido explican que apenas hubiera
llegado a ellos el uso del hierro, el urbanismo de casas
cuadradas, la organización jerarquizada del territorio o
la estructura de clanes y clientelas, elementos bien
documentados entre los pueblos de la Meseta.
En consecuencia, los pueblos del Norte, como Galaicos,
Astures y Cántabros, mostraban un nivel de desarrollo
mucho menor, pues su sociedad se basaba en estructuras
familiares y en clases de edad, organización ancestral
muy arcaica que explica su ruda oposición a Roma, pero
con escasa capacidad de resistencia, y el que fueran tan
refractarios a la romanización, que no se afirmó en
estas tierras hasta avanzado el siglo I d.C.
Todos estos pueblos ofrecían una estructura
socio-económica muy primitiva, pues vivían en pequeños
aldeas fortificadas o castros, que controlaban su
pequeño territorio circundante habitados por una
sociedad organizada por clases de edad, sistema anterior
a las clases sociales de los clanes gentilicios. Por ello
mismo, conservaban la explotación colectiva de la tierra
como los primitivos indoeuropeos, costumbre conservada en
las tradiciones comunales de la Peninsula Ibérica casi
hasta la actualidad. Justino (44,3,7) indica que
"las mujeres se ocupan de la tierra y la casa
mientras que los hombres se dedicaban a la guerra y las
racias", división de roles característica de
primitivas sociedades de pastores-guerreros.
Los guerreros jóvenes formaban fratrias con duros ritos
de iniciación que actuaban como bandoleros dirigidos por
caudillos o jefes carismáticos heroizados, a los que se
vinculaban con pactos personales de carácter sacro, lo
que generaba creciente inestabilidad, expandiéndose en
pequeños grupos a gran distancia, según comenta Diodoro
(5,34,6): "los que en edad viril carecen de fortuna
y destacan por su fuerza física y valor ... con las
armas se reunen en las montañas, forman ejércitos y
recorren Hispania amontonando riquezas por medio del
robo". Esta forma de vida perduró hasta que Roma
les obligó a cambiar de formas de vida, pues los romanos
consideraban a estos grupos como simples latrones o
bandoleros, denominación dada a Viriato y a otros
caudillos semejantes, aunque, en época tardía, llegaran
a movilizar ejércitos de miles de hombres.
Por ello fue una de estas poblaciones, los Cántabros,
pueblo montañés de estirpe indoeuropea muy primitiva,
quienes ofrecieron la última y más enconada resistencia
a Roma, que sólo logró dominarlos tras una auténtica
guerra de exterminio que duró 20 años, ya que eran
refractarios a cualquier tipo de organización
civilizada.
De todas formas, la Arqueología muestra que, en los
siglos últimos antes de la era, estos pueblos
indoeuropeos más o menos celtizados estaban alcanzando
cada vez mayor desarrollo, en parte debido al creciente
influjo "celtibérico", proceso que fue
interrumpido por la aparición de Roma. La romanización
ofreció gran resistencia al no estar acostumbrados a
formas de vida civilizada, por lo que Roma tuvo que
"crear" en estas zonas las primeras ciudades al
no existir ninguna organización territorial supralocal,
lo que explica la perduración del carácter disperso del
hábitat y de creencias y formas de vida prerromanas
hasta nuestros días.
En las regiones más apartadas y montañosas del Pirineo
Occidental vivían vascones y quizás otros pueblos de
origen no indoeuropeo que mantuvieron formas de vida
también muy primitivas, como las señaladas en las zonas
montañosas atlánticas, pero con la particularidad de
que, gracias a ello, se conservó un substrato étnico
preindoeuropeo, por tanto de origen muy antiguo, que debe
relacionarse con el actual mundo vasco. Dicho substrato
parece más bien relacionado con el mundo íbero y
aquitano, aunque estaba sufriendo un evidente proceso de
celtización. Su aislamiento y pobreza, semejante a la de
los cántabros y otros pueblos septentrionales, explican
su marginalidad, lo que, junto al apoyo prestado a Roma
contra los celtíberos, permitió la pervivencia hasta
nuestros dias de este interesantísimo substrato, pues
apenas llegó a romanizarse.
Dicho substrato, en época prerromana, parece haberse
extendido desde el Garona como límite de la Aquitania
hasta el Valle del Ebro, zonas en que se hablarían
lenguas difíciles de relacionar con las conocidas, como
ocurre con sus divinidades, también muy mal conocidas,
pues la supuesta proximidad del vasco al ibérico, al
bereber o a lenguas caucásicas más bien refleja su
alejamiento respecto a las lenguas indoeuropeas, cuyo
influjo parece percibirse de todos modos desde fechas tan
antiguas como el II milenio a.C.
A lo largo del I milenio a.C. se constata la celtización
de la Aquitania, la iberización cultural del Valle del
Ebro y la presencia de elites celtibéricas que dominan
las riberas de dicho río, proceso interrumpido por Roma,
que encontró en los vascones su aliado para
contrarrestar la expansión celtibérica por esas zonas.
En consecuencia, estas gentes, aisladas en sus valles
montañosos, mantuvieron sus ancestrales formas de vida
al margen de la romanización hasta cristianizarse ya en
plena Edad Media, lo que explica el interés que ofrecen
los elementos de su peculiar lengua y cultura llegados
hasta nuestros días. Pero en las áreas más abiertas,
como el Valle del Ebro, los vascones, al igual que
Autrigones, Carisios, Bárdulos, todos ellos pueblos más
o menos celtiberizados que ocupaban el territorio del
actual Pais Vasco y la parte septentrional de Burgos, se
romanizaron como los restantes pueblos circundantes,
adoptando la lengua y costumbres latinas.
En conclusión, la Hispania prerromana ofrece un complejo
mosaico etno-cultural, resultado de uno de los procesos
de etnogénesis más interesantes de la Historia. En este
mosaico predomina la división y el particularismo,
acentuados por la pertenencia a un castro, a un grupo
clientelar o, como mucho, a una ciudad-estado, lo que
entrañaba casos de fagocitación o extinción de unos
grupos por otros en un proceso de "selección
cultural" en el que se irían imponiendo los más
potentes, que serían los culturalmente más eficaces.
Pero en este cuadro hay que resaltar también tendencias
unificadoras, variables según las diversas áreas
culturales, como interesantes fenómenos de convivencia y
de intercambios étnicos y culturales y la tendencia
general del desarrollo hacia formas de vida urbana,
aunque con estadios muy diferentes según las diversas
regiones, marcados por la aparición de elites rectoras
desde los contactos pre-coloniales, su afianzamiento como
aristocracias gentilicias al beneficiarse de los
contactos con el mundo colonial y de sus fórmulas
económicas, políticas e ideológicas que evolucionaron
hasta estructurar sociedades cada vez más complejas,
como el uso de escritura o la vida en ciudades, lo que
suponía costumbres comunes que contribuirían a una
cierta unificación cultural, pues las diferencias
existentes muchas veces son más aparentes que profundas,
si se analizan con una perspectiva amplia.
Entre estos influjos unificadores destacan los
procedentes del mundo colonial, fenicio, griego, púnico
y, finalmente, romano, al aportar nuevos elementos que
facilitaban la evolución de las sociedades indígenas,
como el proceso orientalizante en los siglos VII-VI a.C.
y la creciente helenización de los últimos siglos antes
de la Era. Aunque estos contactos también supusieron
fenómenos de desculturización de las poblaciones
indígenas en algunos casos, produjeron una eficaz
simbiosis cultural, pues sin el contacto con Fenicia,
Grecia y Roma no se comprende el proceso histórico de la
Hispania prerromana. La última consecuencia de este
proceso fue la inclusión de todos los territorios y
pueblos hispanos en el Imperio Romano, pues Roma, gracias
a su gran labor civilizadora, unificó en gran medida
territorios y gentes, permitiendo, en consecuencia,
nuevas formas de desarrollo, comunes a amplias áreas del
mundo civilizado.
Sobre este complejo mosaico de culturas y pueblos, en
muchos casos aún insuficientemente conocidos, Roma fue
imponiendo su superior cultura tras un formidable
esfuerzo bélico de casi dos siglos, lo que supuso una
ulterior y más profunda unificación, que constituye la
culminación del proceso precedente.
En este sentido, la romanización representa la última
consecuencia, alcanzada no sin resistencia, del proceso
de "mediterranización" o tendencia general
hacia formas de vida urbana iniciado mil años antes con
la llegada de fenicios, griegos y púnicos y que culminó
asimilando toda Hispania al Imperio Romano, cuya labor
civilizadora contribuyó a unificar gentes y culturas y a
alcanzar nuevos horizontes de desarrollo histórico.
Por ello mismo, la unificación que representa la
romanización no fue tanto consecuencia de una
imposición, sino de la necesidad de contar con la
capacidad de vivir en un marco económico, social y
político cada vez más amplio, como el que suponía la
integración de Hispania en el Imperio Romano. Roma no
prohibió costumbres, derechos locales ni religiones,
salvo que fueran directamente contra sus propios
intereses, por lo que las culturas indígenas en
principio sobrevivieron; simplemente, la cultura romana,
desde el latín al derecho romano, se fue superponiendo a
las lenguas y derechos existentes, como tan bien
documenta la ratificación del gobernador romano de la
mediación de una ciudad céltica, Contrebia Belaisca
(Botorrita), en un pleito entre una vascona, Alaún, y
otra íbera, Salduie (Zaragoza).
A este proceso histórico contribuyó poderosamente la
inclusión del sistema clientelar indígena en el romano,
especialmente durante las Guerras Civiles del siglo I
a.C., como evidencia Sertorio, que para enfrentarse al
partido dominante en Roma se apoyó en los celtíberos,
incluso creando en Osca (Huesca) una escuela para educar
a la romana a los hijos de las élites celtibéricas,
cuyas casas, como la descubierta en La Caridad (Teruel),
eran auténticas villas romanas. Por tanto no debe
extrañar que Estrabón (III,2,15), hacia el cambio de
era, ya considerara a los celtiberos como togatoi, eso
es, como gente civilizada que vestía y vivía a la
romana.
Un elemento esencial de evolución social y de
integración de Hispania en la órbita romana debieron
ser los equites o caballeros, élite ecuestre comparable
a la de Grecia y Roma y, en especial, de las culturas
itálicas y las Galias, pues controlaban la
administración y las finanzas, siendo los primeros en
romanizarse al integrarse en el ejército y en las
clientelas romanas. El incremento del mercenariado en las
guerras púnicas y durante la conquista romana favoreció
la formación de estas élites enriquecidas, reforzando
su papel social, pues controlaban la administración de
las ciudades indígenas. Por tanto, fueron estas élites
acuestres las primeras en adaptarse a Roma pasando a
integrarse en las clientelas romanas con sus propios
clientes y en adquirir la ciudadanía romana, como
atestigua el escuadrón o Turma Saluitana (de Salduie,
Zaragoza) que en las guerras civiles de Roma ayudó al
padre de Pompeio y fue recompensada con la ciudadanía
romana. Estos hechos favorecerían la romanización y la
homogenización cultural de territorios hasta entonces
nunca relacionados, pues a la romanización de estas
élites seguiría la de sus clientelas.
Las referencias históricas escritas confirman la
importancia de los equites hispanos en los ejércitos de
Anibal y de Roma, donde cada vez se distinguen menos
tribus ni etnias al irse integrando en un equitatum
hispánico. Conocido es Allucius, el príncipe celtíbero
que se presentó a Escipión el 209 a.C. con 1400 equites
de entre sus clientes porque había liberado a su
prometida de los púnicos, pero aún más interesante es
el caso del famoso mercenario celtibérico Moericus, que
entregó Siracusa a los romanos (Liv. 26,21,9 s.) y fue
recompensado con la ciudad de Morgantina el 211 a.C.,
donde él y sus sucesores acuñaron monedas durante
muchos años con la inscripción HISPANORUM (de los
Hispanos), lo que confirma cómo todos los habitantes de
Hispania se identificaban como hispanos fuera de ella.
En efecto, estos equites, al combatir fuera de Hispania,
son denominados como hispanos, por ejemplo, junto a
César en la guerra de las Galias (b.G. 5,26,3, 7,55,3,
etc.), en Africa (b. Afric. 39: turmae Hispanorum; Ap.,
b.c. 1,83; 4,88), en Numidia, donde formaban parte de la
guardia personal del rey Juba (b.c. 2,40,1), etc. Estas
referencias prueban que este equitatum Hispanum, de
importancia similar a la caballería gala, cada vez
sería más consciente de su importancia y poder y al
tiempo que se iba integrando en la estructura clientelar
romana, se convirtió en una nueva elite rectora de la
organización política y social de las ciudades
indígenas, contribuyendo a la romanización de la
sociedad.
Pero la prueba más evidente de la creciente unificación
debe considerarse la paulatina extensión de la escritura
y, tras ella, de la lengua latina. Frente al mosaico de
lenguas y a las diversas tradiciones de escritura, poco a
poco se fue extendiendo el latín y la escritura latina,
que todavia usamos, como elemento esencial de la vida
económica y de la Administración, pública y privada.
En la Bética, ya en el cambio de Era, se hablaba latín,
pues ya hemos señalado cómo Estrabón indica que «han
adquirido del todo la forma de vivir de los romanos hasta
el punto de haber olvidado su propia lengua», lo que
explica la aparición de los grandes escritores hispanos,
que forman la Edad de Plata de la literatura latina, con
figuras como Marcial, Séneca, Lucano o Quinitiliano. Sin
embargo, el latín se extendió más lentamente en otras
áreas, donde parece haber sobrevivido hasta la
Tardoantigüedad, siendo la cristianización la que
contribuyó a su implantación definitiva, con la
excepción del vascuence que ha sobrevivido hasta
nuestros días.
Otro campo crucial fue la Administración y el Derecho
como fundamentos de la convivencia civilizada, pues la
organización de todo el territorio en torno a ciudades,
organizadas en grandes provincias que unificaban los
pequeños teritorios indígenas, más el uso de normas
generales de Derecho para todos los habitantes debe
considerarse elemento esencial del proceso de
romanización, que puede entenderse como una unificación
cultural y política, a la que una lengua común servía
de eficaz instrumento y de relación con los ámbitos
externos. Frente a los usos tradicionales y los derechos
locales, la consecución paulatina de la ciudadanía
romana por las élites se sumó pronto a la convivencia
con inmigrantes itálicos en el gobierno conjunto de las
ciudades. Unas eran de tradición prerromana, otras, de
fundación romana, pero en todas se fue imponiendo como
elemento unificador el Derecho Romano como fórmula
común e imprescindible de la vida como elemento
unificador el Derecho Romano como fórmula común e
imprescindible de la vida urbana. El paso definitivo
puede considerarse la concesión del derecho latino a
todos los habitantes de Hispania en tiempos de
Vespasiano, hecho que contribuyó definitivamente a su
unificación legislativa. En este campo se ha señalado
la importancia de la creación de los Conventos
Jurídicos, cuyo territorio era en muchos casos
interétnico, pero más significado debió tener el Culto
al Emperador, que asumió el culto al jefe carismático
de los pueblos prerromanos contribuyendo a su
unificación política e ideológica, pues en otros
aspectos Roma era totalmente tolerante con las
tradiciones religiosas existentes, por lo que, en el
campo, han perdurado hasta la Edad Media e, incluso,
hasta nuestros días consideradas en muchos casos como
mares supersticiones.
Otro elemento unificador fue la vida a la romana en las
ciudades, concebidas como centros de un territorio y con
edificios públicos a imitación de Roma, como el foro,
la basílica y las termas, los teatros y anfiteatros, los
templos, sistemas de abastecimiento de agua con pantanos
y acueductos, fuentes públicas, casas con patio de
columnas, calles perpendiculares, soportales, aceras,
etc., elementos que se superponían a las diversas
tradiciones urbanísticas y constructivas unificando el
aspecto y las costumbres urbanas.
No menos importancia debe darse al desarrollo de
costumbres cívicas, como el evergetismo al servicio de
la construcción de monumentos y actos públicos, la
difusión del arte romano, como un lenguaje común para
expresar ideas estéticas y políticas, como la grandeza
de la ciudad o la del emperador. También jugó un
importante papel unificador el comercio y el artesanado.
Beber el mismo vino traído en ánforas, usar las mismas
cerámicas, los mismos vestidos, molinos, carros, etc.,
aunque no sustituyeran del todo a los locales,
contribuían a unificar costumbres y formas de vida, en
una palabra, contribuían a la unificación cultural que
representaba Roma. En este campo, fue definitivo la
extensión de nuevas creencias, de tipo mistérico, que
revitalizan y unifican el paganismo indígena y el
oficial abriendo camino al cristianismo, cuya
propagación, aunque lenta y paulatina, fue en gran
medida facilitada por la existencia del Imperio Romano,
siendo uno de los elementos que, a la larga, más que han
contribuido a la unificación de creencias, de valores y
de formas de vida entre los diversos pueblos
peninsulares.
No menos importante fue la puesta en explotación
racional de todo el territorio, desde las minas a las
villas como centros de producción de excedentes agrarios
destinados a las ciudades, con la extensión del regadío
y de cultivos a gran escala, todo ello facilitado por la
construcción de vías y puentes que facilitaran las
comunicaciones y el comercio, al que contribuía el uso
de una misma moneda y de los mismos pesos y medidas.
Aunque estas vías seguían los caminos naturales y pesos
y medidas indígenas permanecieron en uso al margen de
las romanas oficiales hasta nuestros días, como
evidencia la vara castellana, su papel unificador de todo
el territorio y sus gentes, resulta evidente.
Por tanto la Romanización supone el final del proceso
milenario que ha contribuido a enriquecer la variedad
cultural de las diversas regiones, dándoles, al mismo
tiempo, una profunda unidad, como las hebras que forman
una cuerda, pues si sus peculiaridades son evidentes
consideradas aisladamente, analizadas en su conjunto
suponen un proceso cultural unitario que explica que,
para un no peninsular, cualquiera de los habitantes de la
Peninsula Ibérica pudiera ser definido en la antigüedad
como hispano.
Este hecho, consecuencia del citado proceso formativo,
constituye un valioso punto de reflexión humana e
histórica, tanto por su contribución a la formación de
los pueblos y gentes que actualmente habitamos la
Peninsula Ibérica y para comprender nuestra
idiosincrasia histórica, como por habernos dado una
enriquecedora capacidad de asimiliación y de difusión
de influjos culturales, tal como posteriormente ha
demostrado la Historia.
En conclusión, para finalizar esta exposición, además
de agradecerles su atención, quiero expresar mi deseo de
que haya contribuido a que se comprendan y valoren los
orígenes de nuestra cultura y los factores de diversidad
y de unidad que atesora desde época ancestral, para que,
gracias a ello, podamos conocer mejor por qué somos lo
que somos en la actualidad, clave esencial para mejor
decidir y acertar en nuestro futuro.
Martín Almagro-Gorbea*
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Península Ibérica:
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