Razón y
realidad
La
mente humana se mueve entre irrealidades, entre objetos
que no tienen existencia en el mundo exterior. El grupo
más extenso y decisivo de esas irrealidades es el de los
universales o ideas generales: hay hombres concretos,
pero no el «hombre» genérico. Otro grupo de
extraordinaria relevancia científica lo integran las
hipótesis que también son irreales. La geometría
euclidiana se funda en entes irreales como los de punto y
línea que sólo se dan en la mente. Y la matemática
opera con números imaginarios y con el más inexistente
de todos, el cero. Por si todo esto fuera poco, el hombre
afirma su personalidad en sus pasadas vivencias, es
decir, en su memoria; pero los recuerdos son también
objetos irreales. Y configuramos nuestro futuro sobre
algo tan irreal como los proyectos, y tomamos nuestras
decisiones en función de creencias y de fines, ambos
también irreales.
Durante el descanso soñamos; pero los sueños carecen de
realidad. Huimos voluntariamente de la realidad; pero
ésta es otra cuestión: el alcohol, el mito, la magia,
los viajes, el juego, el coleccionismo, la ironía, el
humor, el disfraz, la tertulia, el erotismo, los
espectáculos y, sobre todo, la ficción literaria. Nos
deleitamos con creaciones que pueden ser verosímiles,
pero que suelen ser irreales (los narradores y los
guionistas declaran que sus personajes no coinciden con
ninguno existente). La novela llamada histórica también
es imaginaria, y las narraciones de ciencia ficción se
autodefinen como convictas de irrealismo. Lectores y
espectadores vivimos temporal y virtualmente entre
criaturas fantásticas, inventadas por los literatos.
Lo que nos parece máximamente realista, que son las
experiencias sensitivas, suele transmitir apariencias,
como es el caso de los espejismos, carentes de existencia
real. Los innumerables errores sensoriales consisten
precisamente en dar como real lo meramente aparente. La
astronomía geocéntrica o precopernicana se fundaba en
la apariencia de que el Sol y otros astros giraban en
torno a la Tierra.
Estos hechos ¿nos llevan a la conclusión idealista de
que no hay realidad, sino sólo pensamiento? No
necesariamente. Denunciamos falsas visiones porque
tenemos experiencia de otras sensaciones con fundamento
real y que no son alucinatorias. Calificamos de fantasía
lo distinto de lo existente. Para que lo positivo tenga
sentido hace falta la noción de negativo. Del mismo modo
, lo real y lo irreal se exigen mutuamente, aunque tanto
el idealismo como el realismo sean postulados
filosóficos. Pero, puesto que la actitud natural de la
especie humana es el realismo, lo que habría que probar
es el idealismo, objetivo nunca alcanzado, quizá porque
es imposible.
Si los objetos propios de la razón son irreales en su
formalidad, no en su contenido (lo que los clásicos
denominaban «ens rationis» y otros) ¿no sería el
logos la facultad de lo inexistente? Y en tal caso ¿no
habría que abandonar el campo de la verdad lógica para
refugiarse en el de la acción y la utilidad, como han
propugnado los pragmatismos y los vitalismos, y como
parece ser la tácita actitud dominante del hombre medio?
La respuesta es negativa.
Lo característico del logos no es construir el mundo,
sino explicarlo para, en gran medida, permitir su
adaptación a las necesidades y a las ambiciones humanas.
Nuestra primaria experiencia es que las circunstancias
obstaculizan el despliegue de la voluntad: el mundo no
como representación, sino como posibilidad y dificultad
a superar. La Historia es el despliegue de un evidente y
enérgico esfuerzo por humanizar el entorno. Pero esa ha
sido la tarea y la obra de la razón: de las experiencias
a las ideas y a las generalizaciones, y de éstas a las
leyes naturales y a las técnicas. Así es como la razón
ha ido configurando la cultura, el gran instrumento para
la ordenación de las pulsiones genéticas y para la
manipulación del mundo, en suma, el medio para maximizar
la felicidad. La cultura no necesita ser demostrada: es
el dato más monumental y palpable de la Historia.
Ese medio tan maravillosamente eficaz está básicamente
compuesto de entes de razón. Esa es la extraordinaria
peculiaridad del hombre, no actuar sólo por estímulos,
sino por ideas. Tales irrealidades son las que nos
permiten desentrañar los misterios del mundo y
transformarlo. Los irreales conceptos son nuestro medio
de acceso y control de la realidad, y nuestra gran
herramienta vital. Por lo ficticio hacia lo realísimo.
No es una paradoja, es una descripción de lo
específicamente humano: las abstracciones explicativas y
operativas.
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