La diplomacia
Haider
y ciertas democracias. Hace más de diez años que cayó
el muro de Berlín, se desintegró la Unión Soviética y
desapareció la frontal dicotomía resultante de la
división del mundo en dos bloques. Ello ha contribuido a
que la ideología comunista iniciara el abandono del
presente para convertirse en un trágico vestigio del
pasado. Sin embargo, el mundo vive aún bajo el influjo
del discurso cultural marxista. A pesar del descalabro
del comunismo, los intelectuales llamados de izquierda
siguen imponiendo sus indefendibles y frágiles tesis, y
continúan ejerciendo el monopolio ideológico.
Tras la II Guerra Mundial, los dirigentes del bloque
soviético y los líderes comunistas, apoyados
eficazmente, por una legión de pensadores marxistas de
moda, extendieron por el orbe, de forma arrolladora, la
creencia de que el fascismo era el único enemigo de la
democracia. La derrota de éste en 1945 no había sido
definitiva, sino que se debía permanecer alerta por si
lograba rehacer sus huestes. Ante tal supuesta amenaza,
el comunismo se erigía en el adalid de la lucha
internacional contra el fascista. Fue tal el temor que
provocó en las burguesas sociedades democráticas que,
durante más de cuarenta años, nadie reparó en la
verdadera faz del comunismo que, tras su piel de cordero,
escondía una trágica trayectoria repleta de
persecuciones, purgas, checas, "gulags",
genocidios y una larga lista de violaciones de derechos
humanos. En todo este período, el discurso cultural
dominante propiciado desde la izquierda consiguió
desviar la atención de los ingenuos demócratas hacia
una inminente y peligrosa vuelta de los fascistas. Se
impedía, así, que las miradas y las sospechas se
centrasen en una ideología tan totalitaria como el
fascismo, tan sanguinaria como el nazismo, pero única en
el uso del engaño: la marxista.
Al ensayista francés, Jean Francois Revel, le cabe el
mérito de haber adivinado la pérfida estrategia de los
ideólogos del marxismo. Muy revelador es su libro El
conocimiento inútil que comienza con una frase
terrorífica: "La primera de todas las fuerzas que
dirigen el mundo es la mentira". El autor incide,
precisamente, en la hábil y manipuladora táctica
comunista de autoproclamarse, durante cuatro décadas,
como el escudo protector de la libertad ante el fascismo,
en claro ejemplo de cómo el zorro guarda el corral. En
un libro más reciente, La gran parada, incide,
nuevamente, sobre el trato de favor que ha tenido el
comunismo tras la gran guerra, censurando, además a la
izquierda por su resistencia a sacar las consecuencias
del hundimiento del comunismo.
Esta herencia teórica y dialéctica del marxismo, sigue
habitando entre nosotros. Las democracias continúan hoy
cautivadas con semejante argumentación. Aún permanecen
en vigía oteando el horizonte en busca de una marcha
sobre Roma o de una conferencia de Munich. Persiste el
temor a un probable resurgimiento del fascismo. Así lo
demuestran cuando cualquier resultado electoral en
Centroeuropa proporciona un notable porcentaje de votos a
algún partido de corte autoritario. De inmediato, los
medios de comunicación convencionales, reaccionan al
unísono y se ponen en guardia registrando el
acontecimiento como inquietante y peligroso. Sin embargo,
nadie repara en un incremento de votos de los comunistas,
ni tan siquiera en el hecho de que estén presentes en
gobiernos como los de China y Cuba, cuando representan un
ideario que tiene a sus espaldas tantas víctimas.
Las consecuencias del pánico que padecen los Estados
democráticos inducido por el alarmismo marxista ante un
supuesto renacimiento del fascismo, se han puesto de
manifiesto en el caso austriaco. La campaña
protagonizada por la Unión Europea, EE. UU. e Israel,
amenazando a Austria con sanciones y con la ruptura de
relaciones, en un intento de evitar la llegada al gobiemo
del líder del FPO (Partido Liberal de Austria), Haider,
constituye un acto claro y evidente de injerencia en los
asuntos internos de una nación soberana e independiente
que elige, democráticamente, a sus dirigentes, además
de constituir un ejemplo de sectarismo irrespetuoso con
los principios básicos de la democracia. ¿Por qué
tanto revuelo con la presencia en el gobiemo del
dirigente liberal? ¿Por qué ese empeño en
desacreditar, no ya al propio Haider, sino también a
todo un pueblo que ha dado lecciones de democracia y de
estabilidad política a muchos que ahora se sitúan tras
la hipócrita barrera de las sanciones y de las
críticas?.
Frente a la pretendida calificación del líder austriaco
como neonazi, hay que decir, que en Austria los neonazis
están perseguidos por una legislación muy rigurosa.
Hacer apología del nazismo o realizar propaganda nazi se
pena con cinco años de cárcel. Cualquier ramalazo
hitleriano en el líder de los liberales austriacos
hubiera sido suficiente para cortar de raíz su carrera
política. Haider jamás ha cuestionado el sistema
democrático de su país. Nunca ha puesto en entredicho
la Constitución austriaca. En ninguno de sus discursos
lanza proclamas revolucionarias ni aboga por el uso de la
violencia para alcanzar el poder. En su ideario político
no se percibe el menor rasgo de totalitarismo asentado
sobre los esquemas del partido único, monopolio del
poder y eliminación de los adversarios políticos.
Por otro lado, Austria es el país de la Unión Europea
que más refugiados procedentes de los Balcanes ha
recibido. En los últimos diez años no se ha producido
ningún acto de violencia racial. Haider considera
conveniente para los intereses de Austria adoptar una
política en materia de extranjería que limite la masiva
afluencia de inmigrantes que año tras año cruzan las
fronteras de ese país. Propugnar eso no es nazismo ni
xenofobia. Es intentar aportar soluciones a un estado de
cosas que está empezando a causar serios problemas a los
países desarrollados) cuyos ciudadanos observan cómo
crece, día a día, el número de extranjeros, la
mayoría de ellos en situación ilegal, que acuden a sus
ciudades en buscan de mejores condiciones de vida,
padeciendo, en la mayor parte de los casos, situaciones
de miseria y desarraigo, y originando conflictos de
integración. Resolver este problema tiene dos
soluciones: una de dificil ejecución, como sería la
adopción de medidas que permitan encauzar la
inmigración proporcionando a los extranjeros puestos de
trabajo y condiciones sociales dignas. Otra más sencilla
y rápida, que es la propuesta por Haider, sería
restringir la entrada de inmigrantes. Ninguna de las dos
es representativa de una u otra ideología. De nuevo,
Jean Francois Revel, cuya adhesión a los postulados
democráticos está fuera de toda duda, sostiene que
"decir que la inmigración sólo es viable si está
bien controlada no es ser un xenófobo, sino todo lo
contrario".
En suma, Haider es más bien un producto de la política
moderna. Consciente de que las ideologías están, hoy,
en franca retirada, se mueve en el hábitat político
persiguiendo un único objetivo: obtener votos. Cuando
Haider llegó a la secretaría general del FPO, llevó a
cabo un vaciado ideológico de manera que el partido,
caracterizado tradicionalmente por una corriente
pangermanista, protestante y anticlerical, se convirtió
en un movimiento político sin ideas definidas, que
postula aquello que le proporcione más votos. En
definitiva, logró construir un partido a su medida, en
el que impera su comportamiento interesado sin línea
programática coherente. Esto supone que un día defiende
a la clase trabajadora austriaca ante la avalancha de
mano de obra extranjera, y al día siguiente se erige en
protector de los empresarios ante la política
intervencionista de los socialistas. Esta estrategia
cuenta con un valor añadido crucial: su carisma
populista basado en una retórica brillante.
Desde 1986 hasta 1999. los liberales austriacos han
incrementado su porcentaje de votantes pasando del 9'7%
al 26'9%. En las elecciones generales del pasado Octubre,
Haider obtuvo el 30% de sufragios emitidos, en su mayor
parte por jóvenes y trabajadores. Este apoyo ha
permitido a los liberales formar gobiemo con los
democristianos del OVP (Partido Popular Austriaco),
haciendo posible que el dirigente de esta formación,
Wolfgang Schussel, sea canciller de Austria después de
treinta años de dominio socialista.
Por otro lado, la estabilidad de Austria ha sido fruto de
la denominada alianza social (Sozialpartnertschaft), una
especie de consenso global entre los dos grandes partidos
nacionales, el socialdemócrata SPO y el democristiano
OVP, junto con los sindicatos y los empresarios. Este
dispositivo permitía un reparto del poder en todos las
parcelas del sector público de Austria, lo que se llamó
la política del Proporz, es decir, la proporción a la
hora de conceder puestos públicos. En los últimos
años, este mecanismo ha ido deteriorándose bajo el
poder de la coalición gubemamental de socialistas y
populares, desembocando en el amiguismo y la corrupción
y dando lugar a una especie de caciquismo burocrático e,
incluso, mediático, ya que los medios de comunicación
también están salpicados por esta política, al estar
controlados por el poder. Haider ha tenido el acierto de
denunciar esta práctica perversa de distribuir los
puestos no siguiendo el criterio del mérito personal,
sino el de la afiliación política. Así, ha conseguido
aglutinar el voto protesta, el voto de los desencantados
y de los beligerantes con un régimen que hace aguas por
la pésima gestión de los dos grandes partidos
nacionales.
El auténtico demócrata debe ser consciente de que la
competición por el poder se dilucida en las urnas. Lo
contrario es la arbitrariedad, una fórmula sutil de
barbarie. En la política existe una legitimidad de
origen y otra de ejercicio. Por ahora, Haider dispone de
la primera y le habilita para estar donde ha llegado. Ya
se verán sus formas y maneras en el Gobiemo de
coalición para dictaminar si está revestido también de
la segunda. Austria ha emitido su voluntad. Impedir su
realización constituye una flagrante vulneración de la
libertad, de la igualdad y de la justicia, que deben
estar presentes en una Europa que se dice democrática.
Al igual que el verdadero cristiano es capaz de perdonar
a sus enemigos, el verdadero demócrata ha de ser capaz
de respetar cualquier opción salida de las urnas, tanto
la mayoritaria como la minoritaria, aunque ni una ni otra
resulten de su agrado. Lo contrario es, simplemente, ser
antidemócrata.
Raúl Mayoral Benito
El ascenso de Putin. De acuerdo con la actual
Constitución de la Federación de Rusia, al cesar el
Presidente de la República antes de expirar su mandato,
este ha de ser sustituido en su cargo por el primer
ministro hasta la celebración de nuevas elecciones. El
deterioro físico de Boris Yeltsin resultaba de tal
evidencia que no sólo trascendía a los círculos del
poder, sino que se reflejaba en sus apariciones ante la
televisión, aunque se tratase de actos donde su
intervención fuese mínima y limitada tan sólo a
dirigir unas breves palabras. Incluso dificultades para
guardar el equilibrio con sus cada vez más frecuentes
traspiés. Recordaba, aunque en menor grado, las últimas
apariciones públicas de Leonidas Breznev o Yuri
Andropov, cuando para dar siquiera unos pasos habían de
apoyarse en hombres encargados de su seguridad personal.
El entramado de intereses en torno a Yeltsin y los
amplísimos poderes que al Presidente de la República le
concede la constitución hacían que lo que, en otro caso
hubiese exigido una retirada inmediata, se dilatase para
soslayar cualquier acción legal que pudiese poner en
peligro a Yeltsin y a su entorno familiar; tan gravemente
comprometido en negocios y enriquecimientos.
Particularmente la influencia que no sólo en la
salvaguarda de intereses económicos sino de la
gobernación ejercía sobre Yeltsin una de sus hijas,
Tatiana Diatchenko, era tan fuerte que posiblemente haya
resultado decisiva en la elección de Vladimir Putin.
Las últimas elecciones legislativas a la Duma han puesto
de manifiesto que en Rusia no existen nada más que dos
partidos políticos estructurados como tales: el partido
comunista y el cada vez más desacreditado y con menos
fuerza representado por Yirinovski. El resto son
conglomerados electorales unidos circunstancialmente. El
inspirado desde el poder, denominado «Unidad» obedece a
estas caracteristicas, aglutinando intereses próximos al
circulo de Yeltsin, y a otros como el del magnate judio
Berezovski, propietario de diarios, emisoras de
televisión, radiodifusión, editoriales, cuantiosísimos
negocios, industriales, etc, algo similar a lo que puede
representar Jesús de Polanco en la España actual, pero
ejercidos de peculiar manera en la Rusia de hoy. Dicho
conglomerado electoral, verdadero partido del Kremlin, ha
emergido como fuerza decisiva en las últimas elecciones
donde no ha conseguido los resultados esperados el
bloque, «La Patria-Toda Rusia», del alcalde de Moscú,
Luzhkov y el anterior primer ministro, el también judío
Primakov. El partido comunista de Ziuganov presenta
características bastante distintas respecto al antiguo
partido comunista de la Unión Soviética. Otro judio,
rival de Berezovski, es V. Guzinsky, representante del
consejo mundial judió para Rusia, propietario de cadenas
de televisión, cuatro publicaciones de gran tirada,
cadenas de radio, semanarios, etc
Los buenos resultados electorales han precipitado la
dimisión de Yeltsin y la designación de Putin, quien ha
garantizado con un decreto presidencial la inmunidad de
Yeltsin. Una anécdota nada conocida en Occidente de
cómo la familia del ex-presidente influía en el
gobierno es la siguiente: Se celebraba en Moscú durante
este verano un torneo de tenis, quedando finalistas un
jugador ruso y uno británico. A medida que se acercaba
el fin del último «set», y sabiéndose ya el triunfo
del ruso, Tatiana Diachenko llamó urgiendo la presencia
de Putin, quien en media hora después se presentaría en
el lugar del torneo.
Vladimir Putin es un hombre joven, nacido en 1953 -año
de la muerte de Stalin- y que con veintidos años entra
en el poderosísimo Comité para la Seguridad del Estado,
KGB. En ese año de 1975 pertenece a lo que dentro de la
enorme estructura del KGB, es muy posiblemente su
servicio más destacado, el exterior representado por el
eficaz primer directorio, no se involucra por tanto en
las represiones que hasta 1990 desempeñarían otros
directorios cuales el segundo o el quinto, por ejemplo.
Putin seguiría estudios universitarios en San
Petersburgo, y uno de sus profesores sería Sobtchak
quien sería elegido alcalde de la ciudad después de
1990, lo que explica el posterior retorno de Putin a San
Petersburgo. Destinado a la Alemania Oriental, a la
antigua ciudad mártir de Dresde que soportó en 1945 ya
en el final de la contienda, la más cruel y salvaje
acción de bombardeo sobre una población civil de toda
la segunda guerra mundial con mayor número de víctimas
que Hiroshima, a cargo de las fuerzas aéreas de EE.UU. y
de Gran Bretaña.
En 1981 el órgano central del KGB ordenaría a sus bases
de la República Democrática Alemana una colaboración
especial con Markus «Mischa» Wolf y los «órganos»
alemanes de vigilancia sobre el territorio polaco, ya que
los subordinados polacos del KGB que vigilaban la
infiltración en el movimiento «Solidarnosc»,no
proporcionaban suficiente información a Moscú, al punto
de que se consideraba que de cada cinco miembros de dicho
movimiento uno era infiltrado de los servicios de
seguridad,.
Putin hombre de los «órganos especiales», no un simple
colaborador, sino un miembro activo, desempeñó una
labor satisfactoria especializándose en la relación
entre los servicios de información yanquis en Alemania
Occidental y los propios de la República Federal.
Durante el invierno de 1989-1990 Putin regresa a San
Petersburgo, y el citado Sobtchak le nombra consejero.
Defiende a Yeltsin en 1991, años críticos en Rusia
incluso para los miembros de la elite del KGB. No puede
hablarse ya de un KGB único, sino de varios escindidos
en tendencias. Si no ruptura entre la protección de
intereses económicos y a veces mafiosos, y otros
patrióticos,. puede aplicarse aquello del príncipe de
Lampedusa de que es necesario que algo cambie para que
todo siga igual. El antiguo KGB es dividido: el FSB se
encargará de la seguridad interior, y el SVR de la
información exterior.
En su rápida carrera Putin entra en el Krmelin, bajo el
control de Pavel Borodin, y simultanea su labor de
vigilar la aplicación de los decretos de la presidencia
de la República y también del comercio exterior.
Yeltsin se fija cada vez más en este hombre tan jóven,
de permanente rostro triste, y le designa para el muy
importante puesto de director del FSB, el poderoso
contraespionaje interior. El, un hombre perteneciente
desde sus orígenes al universo de los servicios
secretos, cambia simplemente de cometido, desde el
servicio exterior al interior. El servicio exterior, y
parece que eficazmente a juzgar por sus éxitos contra la
CIA yanqui, sigue dirigido por un hombre nombrado por
Primakov, el general V. Trubnikov.
En su carrera ascendente Yeltsin le designa secretario
del Consejo de Seguridad. Primakov, primer ministro y
como él, aunque en otros puestos, procedente del KGB, ve
con cierta preocupación la carrera de Putin. Durante el
efímero gobierno de Stepashin, otra vez más un hombre
de los «órganos especiales», quien con sólo 40 años
sería mayor-general en el KGB, y uno de sus
vice-directores, Putin se afianza en su alto puesto. y
por fin Primer Ministro.
Tiene fama de no traicionar a sus amigos y de no
abandonarles. A mediados de agosto de 1999, cuando es
nombrado primer ministro, designa director del FSB al
general Nikolaï Patrushev nacido en 1951, también
antiguo miembro del KGB, y compañero de Putin antes y
luego en el equipo de Anatoli Sobtchak en San
Petersburgo. La tradición de núcleo de poder en San
Petersburgo es larga en el régimen soviético y después
en la Rusia postcomunista. Ya en la época de Stalin con
Kirov, en la de Breznev con Romanov; después Chubais
protegiendo a Stespashin, todos relacionados con la gran
urbe petersburguesa. Y ahora Putin designa como
secretario del poderoso Consejo de Seguridad que antaño
ocupó, al general Serguei Ivanov, vicedirector del FSB y
encargado de análisis y previsiones. Y petersburgués,
como él para seguir la tradición.
Es significativo que los tres últimos primeros ministros
proceden de los «órganos especiales», caso insólito
en el mundo y gozan de fama de honradez, muy al contrario
que el entorno de Yeltsin. Con posibilidades ciertas de
ser elegido frente a su antiguo compañero el inteligente
Primakov, judío como Berenzovsky y Guziinsky, pero
enemigos implacables.
La ignorancia y la manipulación de los corresponsales de
prensa destacados en Rusia corre pareja a la de la
mayoría de los políticos occidentales que sólo quieren
ver una Rusia partitocrática y sumergida en el
consumismo. Confiemos en que este no sea el destino de la
nación que ha sufrido la mayor aberración mental y
física que conoce la historia: el marxismo-leninismo.
Ángel Maestro
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