La diplomacia nº 102 Razón Española

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La diplomacia

Haider y ciertas democracias. Hace más de diez años que cayó el muro de Berlín, se desintegró la Unión Soviética y desapareció la frontal dicotomía resultante de la división del mundo en dos bloques. Ello ha contribuido a que la ideología comunista iniciara el abandono del presente para convertirse en un trágico vestigio del pasado. Sin embargo, el mundo vive aún bajo el influjo del discurso cultural marxista. A pesar del descalabro del comunismo, los intelectuales llamados de izquierda siguen imponiendo sus indefendibles y frágiles tesis, y continúan ejerciendo el monopolio ideológico.

Tras la II Guerra Mundial, los dirigentes del bloque soviético y los líderes comunistas, apoyados eficazmente, por una legión de pensadores marxistas de moda, extendieron por el orbe, de forma arrolladora, la creencia de que el fascismo era el único enemigo de la democracia. La derrota de éste en 1945 no había sido definitiva, sino que se debía permanecer alerta por si lograba rehacer sus huestes. Ante tal supuesta amenaza, el comunismo se erigía en el adalid de la lucha internacional contra el fascista. Fue tal el temor que provocó en las burguesas sociedades democráticas que, durante más de cuarenta años, nadie reparó en la verdadera faz del comunismo que, tras su piel de cordero, escondía una trágica trayectoria repleta de persecuciones, purgas, checas, "gulags", genocidios y una larga lista de violaciones de derechos humanos. En todo este período, el discurso cultural dominante propiciado desde la izquierda consiguió desviar la atención de los ingenuos demócratas hacia una inminente y peligrosa vuelta de los fascistas. Se impedía, así, que las miradas y las sospechas se centrasen en una ideología tan totalitaria como el fascismo, tan sanguinaria como el nazismo, pero única en el uso del engaño: la marxista.

Al ensayista francés, Jean Francois Revel, le cabe el mérito de haber adivinado la pérfida estrategia de los ideólogos del marxismo. Muy revelador es su libro El conocimiento inútil que comienza con una frase terrorífica: "La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira". El autor incide, precisamente, en la hábil y manipuladora táctica comunista de autoproclamarse, durante cuatro décadas, como el escudo protector de la libertad ante el fascismo, en claro ejemplo de cómo el zorro guarda el corral. En un libro más reciente, La gran parada, incide, nuevamente, sobre el trato de favor que ha tenido el comunismo tras la gran guerra, censurando, además a la izquierda por su resistencia a sacar las consecuencias del hundimiento del comunismo.

Esta herencia teórica y dialéctica del marxismo, sigue habitando entre nosotros. Las democracias continúan hoy cautivadas con semejante argumentación. Aún permanecen en vigía oteando el horizonte en busca de una marcha sobre Roma o de una conferencia de Munich. Persiste el temor a un probable resurgimiento del fascismo. Así lo demuestran cuando cualquier resultado electoral en Centroeuropa proporciona un notable porcentaje de votos a algún partido de corte autoritario. De inmediato, los medios de comunicación convencionales, reaccionan al unísono y se ponen en guardia registrando el acontecimiento como inquietante y peligroso. Sin embargo, nadie repara en un incremento de votos de los comunistas, ni tan siquiera en el hecho de que estén presentes en gobiernos como los de China y Cuba, cuando representan un ideario que tiene a sus espaldas tantas víctimas.

Las consecuencias del pánico que padecen los Estados democráticos inducido por el alarmismo marxista ante un supuesto renacimiento del fascismo, se han puesto de manifiesto en el caso austriaco. La campaña protagonizada por la Unión Europea, EE. UU. e Israel, amenazando a Austria con sanciones y con la ruptura de relaciones, en un intento de evitar la llegada al gobiemo del líder del FPO (Partido Liberal de Austria), Haider, constituye un acto claro y evidente de injerencia en los asuntos internos de una nación soberana e independiente que elige, democráticamente, a sus dirigentes, además de constituir un ejemplo de sectarismo irrespetuoso con los principios básicos de la democracia. ¿Por qué tanto revuelo con la presencia en el gobiemo del dirigente liberal? ¿Por qué ese empeño en desacreditar, no ya al propio Haider, sino también a todo un pueblo que ha dado lecciones de democracia y de estabilidad política a muchos que ahora se sitúan tras la hipócrita barrera de las sanciones y de las críticas?.

Frente a la pretendida calificación del líder austriaco como neonazi, hay que decir, que en Austria los neonazis están perseguidos por una legislación muy rigurosa. Hacer apología del nazismo o realizar propaganda nazi se pena con cinco años de cárcel. Cualquier ramalazo hitleriano en el líder de los liberales austriacos hubiera sido suficiente para cortar de raíz su carrera política. Haider jamás ha cuestionado el sistema democrático de su país. Nunca ha puesto en entredicho la Constitución austriaca. En ninguno de sus discursos lanza proclamas revolucionarias ni aboga por el uso de la violencia para alcanzar el poder. En su ideario político no se percibe el menor rasgo de totalitarismo asentado sobre los esquemas del partido único, monopolio del poder y eliminación de los adversarios políticos.

Por otro lado, Austria es el país de la Unión Europea que más refugiados procedentes de los Balcanes ha recibido. En los últimos diez años no se ha producido ningún acto de violencia racial. Haider considera conveniente para los intereses de Austria adoptar una política en materia de extranjería que limite la masiva afluencia de inmigrantes que año tras año cruzan las fronteras de ese país. Propugnar eso no es nazismo ni xenofobia. Es intentar aportar soluciones a un estado de cosas que está empezando a causar serios problemas a los países desarrollados) cuyos ciudadanos observan cómo crece, día a día, el número de extranjeros, la mayoría de ellos en situación ilegal, que acuden a sus ciudades en buscan de mejores condiciones de vida, padeciendo, en la mayor parte de los casos, situaciones de miseria y desarraigo, y originando conflictos de integración. Resolver este problema tiene dos soluciones: una de dificil ejecución, como sería la adopción de medidas que permitan encauzar la inmigración proporcionando a los extranjeros puestos de trabajo y condiciones sociales dignas. Otra más sencilla y rápida, que es la propuesta por Haider, sería restringir la entrada de inmigrantes. Ninguna de las dos es representativa de una u otra ideología. De nuevo, Jean Francois Revel, cuya adhesión a los postulados democráticos está fuera de toda duda, sostiene que "decir que la inmigración sólo es viable si está bien controlada no es ser un xenófobo, sino todo lo contrario".

En suma, Haider es más bien un producto de la política moderna. Consciente de que las ideologías están, hoy, en franca retirada, se mueve en el hábitat político persiguiendo un único objetivo: obtener votos. Cuando Haider llegó a la secretaría general del FPO, llevó a cabo un vaciado ideológico de manera que el partido, caracterizado tradicionalmente por una corriente pangermanista, protestante y anticlerical, se convirtió en un movimiento político sin ideas definidas, que postula aquello que le proporcione más votos. En definitiva, logró construir un partido a su medida, en el que impera su comportamiento interesado sin línea programática coherente. Esto supone que un día defiende a la clase trabajadora austriaca ante la avalancha de mano de obra extranjera, y al día siguiente se erige en protector de los empresarios ante la política intervencionista de los socialistas. Esta estrategia cuenta con un valor añadido crucial: su carisma populista basado en una retórica brillante.

Desde 1986 hasta 1999. los liberales austriacos han incrementado su porcentaje de votantes pasando del 9'7% al 26'9%. En las elecciones generales del pasado Octubre, Haider obtuvo el 30% de sufragios emitidos, en su mayor parte por jóvenes y trabajadores. Este apoyo ha permitido a los liberales formar gobiemo con los democristianos del OVP (Partido Popular Austriaco), haciendo posible que el dirigente de esta formación, Wolfgang Schussel, sea canciller de Austria después de treinta años de dominio socialista.

Por otro lado, la estabilidad de Austria ha sido fruto de la denominada alianza social (Sozialpartnertschaft), una especie de consenso global entre los dos grandes partidos nacionales, el socialdemócrata SPO y el democristiano OVP, junto con los sindicatos y los empresarios. Este dispositivo permitía un reparto del poder en todos las parcelas del sector público de Austria, lo que se llamó la política del Proporz, es decir, la proporción a la hora de conceder puestos públicos. En los últimos años, este mecanismo ha ido deteriorándose bajo el poder de la coalición gubemamental de socialistas y populares, desembocando en el amiguismo y la corrupción y dando lugar a una especie de caciquismo burocrático e, incluso, mediático, ya que los medios de comunicación también están salpicados por esta política, al estar controlados por el poder. Haider ha tenido el acierto de denunciar esta práctica perversa de distribuir los puestos no siguiendo el criterio del mérito personal, sino el de la afiliación política. Así, ha conseguido aglutinar el voto protesta, el voto de los desencantados y de los beligerantes con un régimen que hace aguas por la pésima gestión de los dos grandes partidos nacionales.

El auténtico demócrata debe ser consciente de que la competición por el poder se dilucida en las urnas. Lo contrario es la arbitrariedad, una fórmula sutil de barbarie. En la política existe una legitimidad de origen y otra de ejercicio. Por ahora, Haider dispone de la primera y le habilita para estar donde ha llegado. Ya se verán sus formas y maneras en el Gobiemo de coalición para dictaminar si está revestido también de la segunda. Austria ha emitido su voluntad. Impedir su realización constituye una flagrante vulneración de la libertad, de la igualdad y de la justicia, que deben estar presentes en una Europa que se dice democrática. Al igual que el verdadero cristiano es capaz de perdonar a sus enemigos, el verdadero demócrata ha de ser capaz de respetar cualquier opción salida de las urnas, tanto la mayoritaria como la minoritaria, aunque ni una ni otra resulten de su agrado. Lo contrario es, simplemente, ser antidemócrata.

Raúl Mayoral Benito



El ascenso de Putin. De acuerdo con la actual Constitución de la Federación de Rusia, al cesar el Presidente de la República antes de expirar su mandato, este ha de ser sustituido en su cargo por el primer ministro hasta la celebración de nuevas elecciones. El deterioro físico de Boris Yeltsin resultaba de tal evidencia que no sólo trascendía a los círculos del poder, sino que se reflejaba en sus apariciones ante la televisión, aunque se tratase de actos donde su intervención fuese mínima y limitada tan sólo a dirigir unas breves palabras. Incluso dificultades para guardar el equilibrio con sus cada vez más frecuentes traspiés. Recordaba, aunque en menor grado, las últimas apariciones públicas de Leonidas Breznev o Yuri Andropov, cuando para dar siquiera unos pasos habían de apoyarse en hombres encargados de su seguridad personal.

El entramado de intereses en torno a Yeltsin y los amplísimos poderes que al Presidente de la República le concede la constitución hacían que lo que, en otro caso hubiese exigido una retirada inmediata, se dilatase para soslayar cualquier acción legal que pudiese poner en peligro a Yeltsin y a su entorno familiar; tan gravemente comprometido en negocios y enriquecimientos. Particularmente la influencia que no sólo en la salvaguarda de intereses económicos sino de la gobernación ejercía sobre Yeltsin una de sus hijas, Tatiana Diatchenko, era tan fuerte que posiblemente haya resultado decisiva en la elección de Vladimir Putin.

Las últimas elecciones legislativas a la Duma han puesto de manifiesto que en Rusia no existen nada más que dos partidos políticos estructurados como tales: el partido comunista y el cada vez más desacreditado y con menos fuerza representado por Yirinovski. El resto son conglomerados electorales unidos circunstancialmente. El inspirado desde el poder, denominado «Unidad» obedece a estas caracteristicas, aglutinando intereses próximos al circulo de Yeltsin, y a otros como el del magnate judio Berezovski, propietario de diarios, emisoras de televisión, radiodifusión, editoriales, cuantiosísimos negocios, industriales, etc, algo similar a lo que puede representar Jesús de Polanco en la España actual, pero ejercidos de peculiar manera en la Rusia de hoy. Dicho conglomerado electoral, verdadero partido del Kremlin, ha emergido como fuerza decisiva en las últimas elecciones donde no ha conseguido los resultados esperados el bloque, «La Patria-Toda Rusia», del alcalde de Moscú, Luzhkov y el anterior primer ministro, el también judío Primakov. El partido comunista de Ziuganov presenta características bastante distintas respecto al antiguo partido comunista de la Unión Soviética. Otro judio, rival de Berezovski, es V. Guzinsky, representante del consejo mundial judió para Rusia, propietario de cadenas de televisión, cuatro publicaciones de gran tirada, cadenas de radio, semanarios, etc…

Los buenos resultados electorales han precipitado la dimisión de Yeltsin y la designación de Putin, quien ha garantizado con un decreto presidencial la inmunidad de Yeltsin. Una anécdota nada conocida en Occidente de cómo la familia del ex-presidente influía en el gobierno es la siguiente: Se celebraba en Moscú durante este verano un torneo de tenis, quedando finalistas un jugador ruso y uno británico. A medida que se acercaba el fin del último «set», y sabiéndose ya el triunfo del ruso, Tatiana Diachenko llamó urgiendo la presencia de Putin, quien en media hora después se presentaría en el lugar del torneo.

Vladimir Putin es un hombre joven, nacido en 1953 -año de la muerte de Stalin- y que con veintidos años entra en el poderosísimo Comité para la Seguridad del Estado, KGB. En ese año de 1975 pertenece a lo que dentro de la enorme estructura del KGB, es muy posiblemente su servicio más destacado, el exterior representado por el eficaz primer directorio, no se involucra por tanto en las represiones que hasta 1990 desempeñarían otros directorios cuales el segundo o el quinto, por ejemplo. Putin seguiría estudios universitarios en San Petersburgo, y uno de sus profesores sería Sobtchak quien sería elegido alcalde de la ciudad después de 1990, lo que explica el posterior retorno de Putin a San Petersburgo. Destinado a la Alemania Oriental, a la antigua ciudad mártir de Dresde que soportó en 1945 ya en el final de la contienda, la más cruel y salvaje acción de bombardeo sobre una población civil de toda la segunda guerra mundial con mayor número de víctimas que Hiroshima, a cargo de las fuerzas aéreas de EE.UU. y de Gran Bretaña.

En 1981 el órgano central del KGB ordenaría a sus bases de la República Democrática Alemana una colaboración especial con Markus «Mischa» Wolf y los «órganos» alemanes de vigilancia sobre el territorio polaco, ya que los subordinados polacos del KGB que vigilaban la infiltración en el movimiento «Solidarnosc»,no proporcionaban suficiente información a Moscú, al punto de que se consideraba que de cada cinco miembros de dicho movimiento uno era infiltrado de los servicios de seguridad,.

Putin hombre de los «órganos especiales», no un simple colaborador, sino un miembro activo, desempeñó una labor satisfactoria especializándose en la relación entre los servicios de información yanquis en Alemania Occidental y los propios de la República Federal.

Durante el invierno de 1989-1990 Putin regresa a San Petersburgo, y el citado Sobtchak le nombra consejero. Defiende a Yeltsin en 1991, años críticos en Rusia incluso para los miembros de la elite del KGB. No puede hablarse ya de un KGB único, sino de varios escindidos en tendencias. Si no ruptura entre la protección de intereses económicos y a veces mafiosos, y otros patrióticos,. puede aplicarse aquello del príncipe de Lampedusa de que es necesario que algo cambie para que todo siga igual. El antiguo KGB es dividido: el FSB se encargará de la seguridad interior, y el SVR de la información exterior.

En su rápida carrera Putin entra en el Krmelin, bajo el control de Pavel Borodin, y simultanea su labor de vigilar la aplicación de los decretos de la presidencia de la República y también del comercio exterior. Yeltsin se fija cada vez más en este hombre tan jóven, de permanente rostro triste, y le designa para el muy importante puesto de director del FSB, el poderoso contraespionaje interior. El, un hombre perteneciente desde sus orígenes al universo de los servicios secretos, cambia simplemente de cometido, desde el servicio exterior al interior. El servicio exterior, y parece que eficazmente a juzgar por sus éxitos contra la CIA yanqui, sigue dirigido por un hombre nombrado por Primakov, el general V. Trubnikov.

En su carrera ascendente Yeltsin le designa secretario del Consejo de Seguridad. Primakov, primer ministro y como él, aunque en otros puestos, procedente del KGB, ve con cierta preocupación la carrera de Putin. Durante el efímero gobierno de Stepashin, otra vez más un hombre de los «órganos especiales», quien con sólo 40 años sería mayor-general en el KGB, y uno de sus vice-directores, Putin se afianza en su alto puesto. y por fin Primer Ministro.

Tiene fama de no traicionar a sus amigos y de no abandonarles. A mediados de agosto de 1999, cuando es nombrado primer ministro, designa director del FSB al general Nikolaï Patrushev nacido en 1951, también antiguo miembro del KGB, y compañero de Putin antes y luego en el equipo de Anatoli Sobtchak en San Petersburgo. La tradición de núcleo de poder en San Petersburgo es larga en el régimen soviético y después en la Rusia postcomunista. Ya en la época de Stalin con Kirov, en la de Breznev con Romanov; después Chubais protegiendo a Stespashin, todos relacionados con la gran urbe petersburguesa. Y ahora Putin designa como secretario del poderoso Consejo de Seguridad que antaño ocupó, al general Serguei Ivanov, vicedirector del FSB y encargado de análisis y previsiones. Y petersburgués, como él para seguir la tradición.

Es significativo que los tres últimos primeros ministros proceden de los «órganos especiales», caso insólito en el mundo y gozan de fama de honradez, muy al contrario que el entorno de Yeltsin. Con posibilidades ciertas de ser elegido frente a su antiguo compañero el inteligente Primakov, judío como Berenzovsky y Guziinsky, pero enemigos implacables.

La ignorancia y la manipulación de los corresponsales de prensa destacados en Rusia corre pareja a la de la mayoría de los políticos occidentales que sólo quieren ver una Rusia partitocrática y sumergida en el consumismo. Confiemos en que este no sea el destino de la nación que ha sufrido la mayor aberración mental y física que conoce la historia: el marxismo-leninismo.



Ángel Maestro



 

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