LIBROS: Un
romanticismo de acero. El pensamiento político de Ramiro
Ledesma
Cuadrado
Costa, José: Un romanticismo de acero. El pensamiento
político de Ramiro Ledesma, ed. Barbarroja, Madrid 1998,
112 págs.
En este tomo se reimprimen tres capítulos de un libro
cuyo autor parece haber fallecido. Una nota preliminar de
C. Caballero lo explica. Hay también una breve
introducción de R.S. Quintanilla que presenta al
fundador de las Jons.
Ramiro Ledesma Ramos nació en Alfaraz (Zamora) el 23 de
mayo de 1905 y fue asesinado por milicianos republicanos
en Paracuellos del Jarama el 29 de octubre de 1936, el
mismo día que Ramiro de Maeztu, dos atroces crímenes
contra la inteligencia, de los que no se habla para
ensordecernos con Lorca. Influido por Ortega, Ledesma,
que había publicado narraciones novelísticas, se
interesó por la metafísica y publicó numerosos
artículos en «La Gaceta Literaria» y en «Revista de
Occidente» entre 1927 y 1931. Una selección de tales
trabajos, no todos, se publicó con el título Escritos
filosóficos (1941). Pero bruscamente se quebró la
prometedora vocación intelectual, y Ledesma se entregó
totalmente a la política. Fundó el semanario «La
conquista del Estado» y, poco después, las Jons. A
partir de ese momento, sus escritos son doctrinarios:
¿Fascismo en España? (1935)1, que es su obra más
importante en la que hay, junto a una crítica del
marxismo y del democratismo parlamentario, un programa
socialista y nacional, y una táctica que no renuncia a
la violencia. Posteriormente se han recogido en un
volumen, Escritos políticos (1986)2, los artículos
publicados sin firma en el citado semanario, que
apareció sólo entre marzo y octubre de 1931.
Las páginas de Cuadrado, intensamente polémicas,
presentan a Ledesma como un «fascista» que reprochaba a
Hitler y a Mussolini sus concesiones a los conservadores,
que despreciaba a Salazar, y que rompió su alianza con
José Antonio Primo de Rivera porque éste pactaba con
las derechas. Y aunque propugnaba la rebelión armada, no
intervino en la preparación del alzamiento de julio de
1936. En suma, aunque el autor no lo expresa en estos
términos, Ledesma sería el único «fascista» genuino,
aunque él mismo no dejó de repudiar tal calificativo.
Cuadrado lamenta que, por culpa de J.A. Primo de Rivera,
no se organizara una marcha sobre Madrid en octubre de
1934, al estilo de la realizada en 1923 sobre Roma. De
esa omisión cree que arranca la disolución del
espíritu jonsista. Pero tal marcha sobre Madrid es una
mera ilusión pues los efectivos jonsistas eran
reducidísimos y la penuria económica era tan profunda
que, en una ocasión, Ledesma hubo de vender su
motocicleta para financiar una efímera hoja periódica
del partido. En tales circunstancias, el hipotético
golpe revolucionario de Ledesma pertenece a la utopía y
supondría su transfiguración en un héroe tragicómico.
En un útil apéndice figura la lista de los artículos
de Ledesma entre 1927 y 1931, uno de los cuales, sobre la
filosofía católica (1930), es reproducido
íntegramente.
En general, el libro es una diatriba, escasamente
fundada, de José Antonio Primo de Rivera y Falange, y no
contribuye a presentar los valores intelectuales de
Ledesma Ramos ni como filósofo, ni como doctrinario
político, sólo como revolucionario en potencia. Sobre
Ledesma existían los trabajos de S. Montero Díaz (1939
y 1941), T. Borrás (1971) y J.M. Sánchez Diana (1975),
que continuan siendo principales puntos de referencia.
El Discurso es un clásico del pensamiento político
español contemporáneo, olvidado en este asombroso
momento patrio en que se pretende que entre 1936 y 1976
sólo hay Azaña (la repulsiva figura del rencoroso,
frustrado como escritor y como gobernante). Algún día
los tercos hechos se abrirán paso.
A. Landa
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