Falsificando la
historia
En
agosto de 1999 tuvo lugar en los cursos de verano de San
Lorenzo de El Escorial uno dedicado al estudio de la
guerra civil española. Como es habitual en los últimos
veinte años, desde prejuicios hostiles, se ha pretendido
analizar diversos aspectos de la contienda, especialmente
el final de la misma.
Estos seminarios suelen ser no sólo dirigidos, sino,
además, protagonizados por un equipo de manifiesta
parcialidad. Cada año se abordan los mismos temas con
enconada beligerancia en un intento de reescribir la
Historia y de confundir a quienes no vivieron aquella
tragedia.
Los profesionales de la Historia, expertos, veraces,
asépticos e investigadores -muchos de ellos
contemporáneos de lo que se relata- no suelen ser
invitados, para evitar réplicas que harían sonrojar la
prepotencia de los ponentes, habituados a sentar cátedra
de autosuficiencia sin objetor alguno.
El impresentable Hugh Thomas, en la sesión inaugural, se
atrevió a decir: «aún no acierto a explicarme la falta
de sentimientos, de arrepentimientos y de perdón del
franquismo que ganó la guerra». Compartió parecida
opinión el catedrático Angel Bahamonde. Una grave
provocación al pueblo español, consciente de que el
Alzamiento fue una cruzada contra el comunismo y una
respuesta contundente a la persecución religiosa
desencadenada las primeras semanas de la República,
incrementada en la revolución de octubre de 1934.
Terribles acontecimientos, que desvincularon del nuevo
régimen a los fundadores de la Agrupación al Servicio
de la República -Ortega, Marañón y Pérez de Ayala-
así como precipitaron la dimisión del ministro de la
Gobernación Miguel Maura Gamazo en octubre de 1931, por
motivos religiosos.
Otro ponente, José Cervera, secretario del curso,
afirmó: «Es evidente que Franco ganó la guerra, lo que
no se sabe es cómo lo hizo». La guerra se ganó porque
en la zona nacional, desde los primeros momentos, hubo
una firme voluntad de victoria, porque hubo orden,
disciplina, unidad de mando, e impulso moral, por la
simbiosis entre el ejército y el pueblo que contribuyó
con grandes contingentes de voluntarios procedentes de
toda la geografía nacional -ocasionalmente tres
generaciones de una misma familia- reforzando las
diversas unidades militares, porque había un caudillo
que empeñó su vida en conducir a su pueblo a la
victoria. Frente al lema «No pasarán» que preconizaba
el ejército rojo, observa críticamente Fernando Díaz
Plaja: «las guerras no se ganan impidiendo el paso a los
contrarios sino avanzando hacia ellos».
Es asombroso que el socialista británico Thomas no exija
que el Psoe y el Pc pidan perdón por la revolución de
Asturias, por el genocidio religioso, por las matanzas en
las chekas, por la prolongación de una guerra, que
tenían técnicamente perdida desde 1938, por incluir a
España en la órbita soviética, por la entrega del oro
a la URSS, y por haber dejado una nación que, como
creía el funesto Azaña, tardaría medio siglo en
alcanzar los niveles socioeconómicos de 1936 (se tardó
menos de una década). En cambio, los nacionales
tendrían que arrepentirse de haber impedido que España,
como Albania, hubiera padecido sesenta años de miseria y
terror.
Manuel Clemente Cera
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