Inflación
sexual
Según
cierta autoridad española de alta jerarquía, que, sin
duda, había leído a Levy-Strauss, hay que aprender a
mirar el sexo «como un medio de comunicación social».
Un filósofo, contemporáneo de los mozos de mi quinta
-la de Daoiz y Velarde, aproximadamente-, aplaudió la
noticia porque -dice él- se ocupa del sexo una vez a la
semana, como las revistas del corazón, o del glúteo,
como A. Duque las llama; pero yo, que no comprendí el
consejo, o no quise comprenderlo, habría entendido lo
contrario: que hay que aprender a mirar prensa, cine y
emisoras como portavoces apostólicos del sexo. ¡TODO
SOBRE EL SEXO! Gritaba el pórtico de una revista
familiar. Los medios lo explican e imprimen en millonaria
inflación sexual. Parece como si rezaran
no a
Eros, a Venus ni Afrodita -altas deidades clásicas,
después de todo- sino al bajo vientre: el sexo nuestro
de cada día dánosle hoy, no perdones fisgoneo así como
nosotros no perdonamos obscenidad, y no salgamos de ahí
abajo, mas líbranos del pudor.
En novelas, películas o comedias, en muchos programas de
la televisión aparece el sexo como problema, lucha o
protagonista; como juego, adorno, tema científico o lo
que sea. Hasta los documentales se creen curanderos de la
ignorancia, salvadores del mundo con la buena nueva de
que hay machos y hembras. Con interesantes aptitudes
complementarias. Si se habla de pingüinos, nos
revelarán que los hay machos y hembras. Las vacas, son
hembras. Los toros, machos. Por raro que parezca, no
habría felinos, ni rumiantes, ni insectos, ni
quisquillas si no fuera por los machos y las hembras que
se ocupan de perpetuar sus especies, con apareamientos
instructivos, después de unos celos sinfónicos. Los
animales, graduados en la ciencia sexual, nos la
enseñan.
En la tarde de un domingo abundó eso en la televisión,
con la insistencia monográfica que hoy llaman
pluralismo. Y, por la noche, nos presentaron un corro de
gente sentada a una mesa redonda. Fumaban, claro. El
director del programa -con ese peinado a lo Hitler, el
mechón de moda caído en la frente, pero en onda
rubricada- anunció que los contertulios iban a discutir
el tema que tanto se esperaba: la educación sexual. En
efecto: lo que todos echábamos de menos. Apreté un
botón.
En otro canal apareció una cama ocupada por los cuerpos
desnudos de dos adolescentes, casi niña y niño,
practicando las lecciones que iban a tratarse en el
primer canal. No quise molestarles en sus ejercicios y
apagué el televisor.
Más tarde volví a encenderlo. Entonces reapareció el
peinado hitleriano con la onda que las sacudidas de la
frente donde estaba remachada no conseguían despegar. La
cabeza decía que no; pero no; que no había que
desviarse; que el tema no era la necesidad de la
educación sexual, ya admitida por los contertulios, sino
cómo hacerla, cómo dirigirla, cómo responder a los
niños. Este era el asunto planteado a los maestros y
«sexólogos» congregados.
Al oírlo pensé que cuando un pequeño pregunta de
dónde vienen los niños, no indaga cómo, sino eso: de
dónde. Inquiere el origen; demuestra la eterna
curiosidad del hombre por la naturaleza de la vida y sus
causas. Se le estafa menos cuando se le habla de París o
de las cigüeñas que anticipándole una prematura
lección con pormenores sobre la fábrica y sus
itinerarios.La pregunta del niño es filosófica, no
mecánica.
Por otro lado, para decir cómo, hay que saber antes para
qué. Si de un hombre queremos hacer un soldado, le
enseñaremos la guerra de una manera. Quien quiera
convertirlo en terrorista, le aleccionará de otra muy
distinta. Por eso hay que averiguar qué persigue la
educación sexual antes de resolver el método.
Desde luego, no se propone lo natural, que sería
asegurar la población de la Tierra, pues las
muchedumbres que abarrotan sus cinco continentes
demuestran que las razas humanas necesitan pocas
lecciones sobre el asunto y, además, los promotores más
belicosos de la educación sexual batallan también por
la homosexualidad, el aborto, la cirugía esterilizadora
y otras prácticas, todas ajenas al fomento de la
población. ¿Se propondrán entonces despoblar el mundo?
Tampoco. Quizá borremos al hombre del planeta con las
armas de la muerte, pero nadie lo conseguirá con las
armas de la vida, y nadie desmayará el ímpetu
genesíaco en miríadas y miríadas de corazones
normales. Por otro lado, los fanáticos de la educación
sexual lo son también del matrimonio civil, de los
casamientos superpuestos, de la igualdad jurídica de
esposa y concubina, de los plenos derechos de los hijos
ilegítimos o de la planificación familiar. Ninguna de
estas prácticas dejará sin habitantes las sociedades
humanas. En cambio, pueden transformarlas.
Y de trasformarlas se trata, apoderándose en primer
lugar de la cultura de la que son parte capital los
íntimos comportamientos que dan vida a los cuerpos y a
los espíritus de la familia. La «educación sexual» se
propone coadyuvar con estrategias económicas, políticas
y culturales a la disolución de la familia tradicional,
la que se configuraba, y configura aún en parte, según
la educación moral clásica, anterior al cristianismo,
que implicaba el control de los instintos, bien conocidos
en los animales, doctorados todos ellos en la materia.
¿Y cómo hacerlo? Rebajando el sexo a mercancía barata
al alcance de cualquiera como la del «autoservicio»
gastronómico, ridiculizando el respeto, los ritos y las
promesas. Sobran juramentos, testigos y compostura en la
compra de unos macarrones envasados. La «educación
sexual» -no sólo de los niños- es una «reeducación»
(palabra que aparece en los idiomas occidentales al mismo
tiempo que las revoluciones), porque no se puede educar,
sino reeducar al ya educado. Toda la cultura grecolatina,
después de bautizada por el cristianismo y heredada por
nosotros, implica una moral, una educación, innecesaria
para las bestias, incapaces de contradecir a la
Naturaleza y de abusar o degradar el sexo. El Derecho
romano ampara las nupcias y la familia. Hipócrates
acuña un juramento médico, repetido por sus colegas
veintitantos siglos, prometiendo no mezclarse jamás con
el horror del aborto. La educación moral, la única
garantía verdadera de los hijos y de la familia, rige
miles de años el comportamiento sexual humano.
¿Carecía de «educación sexual» Lucrecia, que se
apuñaló para demostrar la solidez de sus principios,
con grandeza celebrada a lo largo de siglos por Tito
Livio, Shakespeare, Händel, Draghi, Moratín, Ponsard,
Durero, Cranach, Tiziano, Biliverti, Del Sarto, en
poemas, cantatas, dibujos y tragedias, en palabras
insignes, notas celestiales y colores emocionados? En
Tres ensayos sobre la vida sexual, obra de un humanista y
naturalista tan enterado como el doctor Marañón, consta
el mejor elogio a la tradicional educación sexual de
España: «La alcoba española es un templo a la
normalidad».
Y ¿en qué consiste el arma de la reeducación sexual,
esgrimida con furia y tenacidad por los invasores que
asedian la torre de la cultura? Entre otras enseñanzas
más groseras y mecánicas, en divulgar las aberraciones,
las perversiones neuróticas, los síntomas histéricos;
en explicar con sorna los complejos asociativos
reprimidos, la sexualidad infantil, el cambio del objeto
sexual en relación con la edad, insistiendo en la
tendencia a la perversión como comprensible disposición
fundamental y «natural» del instinto humano, sin
olvidar las configuraciones de la pubertad ni los tabúes
«supersticiosos». En suma, se traducen al romance y en
imágenes para el vulgo las hipótesis de las obsoletas
Tres contribuciones a la teoría del sexo, de Freud, que
sin duda, inspiraron a Marañon el título de sus
admirables ensayos. Se trata, pues, de reproducir la
inflación sexual, peor para la familia tradicional y el
«templo de la normalidad» que la inflación monetaria.
(Los «educadores» moderados, no revolucionarios, me
parecen unos ilusos intimados por el complejo de
«quedar» medievales.)
Freud electrizó a muchos. «Toda una generación debe su
libertad exterior a la libertad interior de un solo
hombre», exclamó el suicida Zweig, saludando las
Contribuciones. ¿Qué libertad? Esto lo aclara el elogio
significativo del significativo André Gide. «Aleja de
nosotros el pudor falso y molesto». Naturalmente,
celebraban la libertad que autoriza y enseña a los
hombres la conducta descarada de pingüinos, rumiantes y
quisquillas: el cinismo, que es el comportamiento
perruno, según la etimología de la palabra.
Los héroes y los fastos modernos de esa conducta cínica
se festejan todos los días en novelas, comedias,
revistas, ilustraciones y discos. pero se nota la
formación de los autores:ni cantan a Lucrecia o Virginia
ni tienen que ver con Shakespeare, Durero, Tiziano,
Händel o Alfieri.
Juan Luis Calleja
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