Inflación sexual nº 102 Razón Española

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Inflación sexual

Por Juan Luis Calleja

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Inflación sexual

Según cierta autoridad española de alta jerarquía, que, sin duda, había leído a Levy-Strauss, hay que aprender a mirar el sexo «como un medio de comunicación social». Un filósofo, contemporáneo de los mozos de mi quinta -la de Daoiz y Velarde, aproximadamente-, aplaudió la noticia porque -dice él- se ocupa del sexo una vez a la semana, como las revistas del corazón, o del glúteo, como A. Duque las llama; pero yo, que no comprendí el consejo, o no quise comprenderlo, habría entendido lo contrario: que hay que aprender a mirar prensa, cine y emisoras como portavoces apostólicos del sexo. ¡TODO SOBRE EL SEXO! Gritaba el pórtico de una revista familiar. Los medios lo explican e imprimen en millonaria inflación sexual. Parece como si rezaran… no a Eros, a Venus ni Afrodita -altas deidades clásicas, después de todo- sino al bajo vientre: el sexo nuestro de cada día dánosle hoy, no perdones fisgoneo así como nosotros no perdonamos obscenidad, y no salgamos de ahí abajo, mas líbranos del pudor.

En novelas, películas o comedias, en muchos programas de la televisión aparece el sexo como problema, lucha o protagonista; como juego, adorno, tema científico o lo que sea. Hasta los documentales se creen curanderos de la ignorancia, salvadores del mundo con la buena nueva de que hay machos y hembras. Con interesantes aptitudes complementarias. Si se habla de pingüinos, nos revelarán que los hay machos y hembras. Las vacas, son hembras. Los toros, machos. Por raro que parezca, no habría felinos, ni rumiantes, ni insectos, ni quisquillas si no fuera por los machos y las hembras que se ocupan de perpetuar sus especies, con apareamientos instructivos, después de unos celos sinfónicos. Los animales, graduados en la ciencia sexual, nos la enseñan.

En la tarde de un domingo abundó eso en la televisión, con la insistencia monográfica que hoy llaman pluralismo. Y, por la noche, nos presentaron un corro de gente sentada a una mesa redonda. Fumaban, claro. El director del programa -con ese peinado a lo Hitler, el mechón de moda caído en la frente, pero en onda rubricada- anunció que los contertulios iban a discutir el tema que tanto se esperaba: la educación sexual. En efecto: lo que todos echábamos de menos. Apreté un botón.

En otro canal apareció una cama ocupada por los cuerpos desnudos de dos adolescentes, casi niña y niño, practicando las lecciones que iban a tratarse en el primer canal. No quise molestarles en sus ejercicios y apagué el televisor.

Más tarde volví a encenderlo. Entonces reapareció el peinado hitleriano con la onda que las sacudidas de la frente donde estaba remachada no conseguían despegar. La cabeza decía que no; pero no; que no había que desviarse; que el tema no era la necesidad de la educación sexual, ya admitida por los contertulios, sino cómo hacerla, cómo dirigirla, cómo responder a los niños. Este era el asunto planteado a los maestros y «sexólogos» congregados.

Al oírlo pensé que cuando un pequeño pregunta de dónde vienen los niños, no indaga cómo, sino eso: de dónde. Inquiere el origen; demuestra la eterna curiosidad del hombre por la naturaleza de la vida y sus causas. Se le estafa menos cuando se le habla de París o de las cigüeñas que anticipándole una prematura lección con pormenores sobre la fábrica y sus itinerarios.La pregunta del niño es filosófica, no mecánica.

Por otro lado, para decir cómo, hay que saber antes para qué. Si de un hombre queremos hacer un soldado, le enseñaremos la guerra de una manera. Quien quiera convertirlo en terrorista, le aleccionará de otra muy distinta. Por eso hay que averiguar qué persigue la educación sexual antes de resolver el método.

Desde luego, no se propone lo natural, que sería asegurar la población de la Tierra, pues las muchedumbres que abarrotan sus cinco continentes demuestran que las razas humanas necesitan pocas lecciones sobre el asunto y, además, los promotores más belicosos de la educación sexual batallan también por la homosexualidad, el aborto, la cirugía esterilizadora y otras prácticas, todas ajenas al fomento de la población. ¿Se propondrán entonces despoblar el mundo? Tampoco. Quizá borremos al hombre del planeta con las armas de la muerte, pero nadie lo conseguirá con las armas de la vida, y nadie desmayará el ímpetu genesíaco en miríadas y miríadas de corazones normales. Por otro lado, los fanáticos de la educación sexual lo son también del matrimonio civil, de los casamientos superpuestos, de la igualdad jurídica de esposa y concubina, de los plenos derechos de los hijos ilegítimos o de la planificación familiar. Ninguna de estas prácticas dejará sin habitantes las sociedades humanas. En cambio, pueden transformarlas.

Y de trasformarlas se trata, apoderándose en primer lugar de la cultura de la que son parte capital los íntimos comportamientos que dan vida a los cuerpos y a los espíritus de la familia. La «educación sexual» se propone coadyuvar con estrategias económicas, políticas y culturales a la disolución de la familia tradicional, la que se configuraba, y configura aún en parte, según la educación moral clásica, anterior al cristianismo, que implicaba el control de los instintos, bien conocidos en los animales, doctorados todos ellos en la materia.

¿Y cómo hacerlo? Rebajando el sexo a mercancía barata al alcance de cualquiera como la del «autoservicio» gastronómico, ridiculizando el respeto, los ritos y las promesas. Sobran juramentos, testigos y compostura en la compra de unos macarrones envasados. La «educación sexual» -no sólo de los niños- es una «reeducación» (palabra que aparece en los idiomas occidentales al mismo tiempo que las revoluciones), porque no se puede educar, sino reeducar al ya educado. Toda la cultura grecolatina, después de bautizada por el cristianismo y heredada por nosotros, implica una moral, una educación, innecesaria para las bestias, incapaces de contradecir a la Naturaleza y de abusar o degradar el sexo. El Derecho romano ampara las nupcias y la familia. Hipócrates acuña un juramento médico, repetido por sus colegas veintitantos siglos, prometiendo no mezclarse jamás con el horror del aborto. La educación moral, la única garantía verdadera de los hijos y de la familia, rige miles de años el comportamiento sexual humano.

¿Carecía de «educación sexual» Lucrecia, que se apuñaló para demostrar la solidez de sus principios, con grandeza celebrada a lo largo de siglos por Tito Livio, Shakespeare, Händel, Draghi, Moratín, Ponsard, Durero, Cranach, Tiziano, Biliverti, Del Sarto, en poemas, cantatas, dibujos y tragedias, en palabras insignes, notas celestiales y colores emocionados? En Tres ensayos sobre la vida sexual, obra de un humanista y naturalista tan enterado como el doctor Marañón, consta el mejor elogio a la tradicional educación sexual de España: «La alcoba española es un templo a la normalidad».

Y ¿en qué consiste el arma de la reeducación sexual, esgrimida con furia y tenacidad por los invasores que asedian la torre de la cultura? Entre otras enseñanzas más groseras y mecánicas, en divulgar las aberraciones, las perversiones neuróticas, los síntomas histéricos; en explicar con sorna los complejos asociativos reprimidos, la sexualidad infantil, el cambio del objeto sexual en relación con la edad, insistiendo en la tendencia a la perversión como comprensible disposición fundamental y «natural» del instinto humano, sin olvidar las configuraciones de la pubertad ni los tabúes «supersticiosos». En suma, se traducen al romance y en imágenes para el vulgo las hipótesis de las obsoletas Tres contribuciones a la teoría del sexo, de Freud, que sin duda, inspiraron a Marañon el título de sus admirables ensayos. Se trata, pues, de reproducir la inflación sexual, peor para la familia tradicional y el «templo de la normalidad» que la inflación monetaria. (Los «educadores» moderados, no revolucionarios, me parecen unos ilusos intimados por el complejo de «quedar» medievales.)

Freud electrizó a muchos. «Toda una generación debe su libertad exterior a la libertad interior de un solo hombre», exclamó el suicida Zweig, saludando las Contribuciones. ¿Qué libertad? Esto lo aclara el elogio significativo del significativo André Gide. «Aleja de nosotros el pudor falso y molesto». Naturalmente, celebraban la libertad que autoriza y enseña a los hombres la conducta descarada de pingüinos, rumiantes y quisquillas: el cinismo, que es el comportamiento perruno, según la etimología de la palabra.

Los héroes y los fastos modernos de esa conducta cínica se festejan todos los días en novelas, comedias, revistas, ilustraciones y discos. pero se nota la formación de los autores:ni cantan a Lucrecia o Virginia ni tienen que ver con Shakespeare, Durero, Tiziano, Händel o Alfieri.



Juan Luis Calleja



 

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