Pío XII y el
nacionalsocialismo
Eugenio
Pacelli, futuro Pío XII, fue Cardenal Secretario de
Estado de su antecesor, Pío XI. A la muerte de éste,
fue coronado Papa en marzo de 1939 y, por tanto, gobernó
la Iglesia durante los tormentosos años de la II Guerra
Mundial, ya que falleció en 1958.
Persiste una campaña velada (y a veces no tanto) que
tiende a responsabilizar a los católicos en general y a
Pío XII en particular, por los horrores cometidos contra
los judíos por el nazismo. Esta campaña va deformando
lentamente la verdad histórica y llevando a las personas
desprevenidas a la impresión de que los católicos, la
Santa Sede y el papa tuvieron alguna responsabilidad en
ello. No es así, desde luego.
A quien le interese profundizar el punto no le ha de
faltar material. El Padre Pierre Bret, S.J., especialista
en historia del Vaticano durante Pío XI y Pío XII, fue
el coordinador de la edición en doce volúmenes de las
actas y documentos de la Santa Sede relativos a la
«Shoah», tarea que demandó dieciocho años y que el P.
Blet condensó en un libro, obra calificada de
«magistral» por la crítica (1).
Pío XII conocía bien Alemania. Fue nuncio en Berlín
durante la Primera Guerra Mundial y, luego, como
Secretario de Estado de Pío XI, tuvo numerosas
intervenciones ante el rumbo que estaba tomando la
política alemana. En calidad de tal, intervino
decisivamente en la encíclica de Pío XI, conocida como
«Mit brennender Sorge» (que puede traducirse «Con
ardiente preocupación»). La iniciativa de la encíclica
partió, contrariamente a lo que se cree, de los obispos
alemanes, el primer borrador fue redactado en Roma por el
Cardenal Faulhaber. El entonces Cardenal Pacelli, que
dominaba el alemán, le dió forma definitiva y,
presentada a Pío XI, fue firmada y publicada (2).
La encíclica denunciaba la ideología y la conducta
nazis, y condenaba el culto a la personalidad en
términos que vale la pena citar. «Quien quiera que, con
sacrílego desconocimiento de las diferencias esenciales
entre Dios y la criatura, entre el Hombre-Dios y el
simple hombre, osara levantar a un mortal, aunque fuera
el más grande de todos los tiempos, a nivel de Cristo,
más aún, por encima de El o contra El, ese merece que
se le diga que es un profeta de fantasías, al que se le
aplica espantosamente la palabra terrible de la
Escritura. El que vive en los Cielos se ríe de ellos».
Nadie había hablado antes, directamente y en esos
términos, a Adolfo Hitler. No advirtió quién pueda
haberlo hecho, ni antes ni después, pero si alguien lo
hizo, a lo sumo podrá decir que hizo lo mismo que la
Iglesia alemana y sus Obispos, que el futuro Pío XII y
que Pío XI.
Fue una sorpresa general, agrega De la Vega-Hazas, para
fieles, autoridades y policía, la lectura de la
encíclica, el domingo 21 de marzo de 1937, en todos los
templos católicos alemanes, que eran más de 11.000. La
unanimidad fue absoluta. Y, en toda la breve historia del
III Reich, nunca recibió éste en Alemania una crítica
que llegara a acercarse a la de «Mit brennender Sorge».
La Iglesia Católica fue así quien, antes que nadie,
cuando aún no había estallado la guerra, con más valor
que nadie, condenó al nazismo, mientras países que hoy
callan cuando se la ataca, negociaban con Berlín.
A partir de 1940, ya elevado al Papado, Pío XII
multiplica los esfuerzos y las intervenciones en defensa
de los judíos perseguidos en Alemania y en los países
ocupados por ella. Es imposible reseñar todas esas
intervenciones; baste decir que, veinte años después,
cita el Padre Blet que el entonces cónsul de Israel en
Milán, Pinchas Lapides, cree poder evaluar en 860.000 el
número de judíos salvados por la Iglesia.
Después del radio mensaje pontificio de la Navidad de
1942, el Servicio de Seguridad del Reich afirmó del Papa
que era «el portavoz de los judíos criminales de
guerra».
En un interesante artículo de Vincent Tremolet de
Villers (3), comentando también la obra del P. Blet, se
relata que cuando en 1943, los alemanes entraron en Roma,
los jefes de la comunidad judía fueron convocados al
cuartel general de las SS, donde se les intimó a
entregar en veinticuatro horas 50 kilos de oro, bajo
amenaza de ser deportados todos los judíos de la ciudad.
El Gran Rabino de Roma, Zolli, no habiendo podido reunir
más de 35 kilos, apeló a Pío XII, que ordenó fundir
los vasos sagrados de todas las parroquias romanas. Este
gesto fue supérfluo, puesto que poco después el mismo
rabino informaba al Papa que los quince kilos faltantes
habían sido donados por la comunidad católica romana.
A partir de allí, sin embargo, empezó la persecución a
los judíos de Roma. El Papa, entonces, ordenó levantar
las barreras canónicas y abrir las clausuras de los
monasterios que recogieron hombres y mujeres
indistintamente, para protegerlos de la persecución. Tan
valiente y ejemplar caridad tuvo frutos espirituales: el
más destacado, la conversión del propio rabino Zolli,
quien se hizo bautizar tomando el nombre de Eugenio, por
Eugenio Pacelli, Papa Pío XII.
El canal de televisión italiano Sat 2000 difundió el
pasado marzo un reportaje sobre la vida de Pío XII y
dió a conocer una carta del científico judío alemán
-radicado en los Estados Unidos- Albert Einstein en la
que elogia al Pontífice por su defensa de los judíos.
La carta fue revelada por el sacerdote alemán Peter
Gumpel, relator histórico e la causa de beatificación
del Papa Pacelli, que fue introducida en 1967. «En una
declaración del 23 de diciembre de 1940 tras poner su
esperanza en la resistencia al nazismo, primero en las
universidades y luego en la prensa libre alemana,
Einstein admitió que la única organización que tuvo el
coraje de ponerse contra Hitler fue la Iglesia Católica.
y de un desinterés despreciativo pasó a una admiración
incondicional y sin reservas».
En el memorial de Yad Vachem, en el valle de los Justos,
un árbol fue plantado en recuerdo de Pío XII.
El Papa Pacelli fue un ejemplo de firmeza en la defensa
de la Fe y prudencia en el uso de su poder espiritual en
tiempos de terrible conmoción. Se le reprocha,
injustamente, una supuesta «pasividad» en su conducta.
Ya se ha visto todo lo que hizo por los perseguidos. Pero
si él hizo eso por los amenazados directamente, debía
velar con especial cuidado por su propia grey y por la
Iglesia alemana. La amenaza de crear una Iglesia
cismática en Alemania, con las consiguientes
persecuciones a obispos, sacerdotes y fieles católicos,
estaba latente, y solamente su prudencia, sin mengua de
su afirmación doctrinaria sin claudicaciones, permitió
superar esos tiempos de prueba.
Ese fue Pío XII, Papa en tiempos de convulsión, severo
en el juicio de los injustos, bondadoso hasta el
heroísmo con los perseguidos. Los católicos tenemos
obligación de restablecer la verdad y defender su
memoria.
Juan M.ª Bordaberry
1 Pío XII y la Segunda Guerra Mundial, ed. Perrin,
París.
2 De la Vega-Hazas, Julio, El nacionalsocialismo y la
Iglesia, en «Razón Española», núm. 87, págs. 19-34.
3 Pío XII y el secreto de los archivos, «Spectacle du
Monde» n° 428, noviembre de 1997.
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