Prologo a mis memorias

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Prologo a mis memorias

Por Laureano López Rodó

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Prologo a mis memorias

El servicio a la sociedad y al Estado es -y ha sido- nota dominante de mi actividad. Desde 1945 ejercí la docencia: primero en la Universidad Compostelana y luego en la Complutense. A partir de 1956 durante veintitrés años, ocupé diferentes cargos en la vida política española: fui secretario general técnico de la Presidencia, subsecretario, ministro, embajador y diputado por Barcelona en las Cortes que elaboraron la Constitución de 1978. Desde esta fecha ejerzo como abogado, que es otra manera de servir a la sociedad, y sigo dedicado a la enseñanza como profesor emérito.

Aquella idea de servicio, entendida como un deber, explica el porqué de mi actuación en la vida pública, que persiguió dos objetivos principales: la construcción de un Estado de Derecho monárquico, y el desarrollo económico de España.

Para la consecución del primero actué decisivamente en la elaboración de una serie de leyes relativas al Gobierno y a la Administración y a las garantías jurídicas de los ciudadanos, cuyo mejor aval es que siguen vigentes después de la transición política, al propio tiempo que, en colaboración con Gonzalo Fernández de la Mora, redactaba unos proyectos de leyes constitucionales que culminaron con la Ley Orgánica del Estado. Más tarde, intervine en la elaboración de las normas que completaron la regulación sucesoria del General Franco, cuya oportunidad, eficacia y perfecto funcionamiento ha demostrado, de modo inapelable, la pacífica restauración de la Monarquía en la persona de don Juan Carlos I. Con idéntico propósito, sin solución de continuidad, participé con enmiendas e intervenciones orales en el proceso parlamentario de la Constitución de 1978 y en la redacción del Estatuto de Cataluña.

En el campo económico, tras el éxito del Plan de Estabilización de Navarro Rubio y Ullastres, asumí las tareas de la programación del desarrollo de los años 1964 a 1974. En aquella década, la renta per cápita se cuadruplicó con creces al pasar de 570 a 2.315 dólares; España dejó de ser un país agrícola, y en gran medida proletarizado, para convertirse en una potencia industrial, con una sociedad mayoritariamente integrada por clases medias. Este crecimiento económico hizo posible el pleno empleo y una política social avanzada en los campos de la enseñanza, la seguridad social y la vivienda, a la vez que aumentaba considerablemente la participación de los trabajadores en la renta nacional, que alcanzó su porcentaje más alto en 1974 con el 60,30 por 100. De las infraestructuras entonces creadas o mejoradas: carreteras, puertos, ferrocarriles, obras hidráulicas, aeropuertos, hemos estado viviendo hasta hoy.

La irrefutable contundencia de los números estadísticos ofrece, elocuentemente, testimonio de que, lo que con intención peyorativa algunos denominan ahora «desarrollismo», fue en realidad la efectiva «europeización» económica y social de España, tan ansiada y no realizada por las sucesivas promociones regeneracionistas anteriores a la época de Franco.

Como ha escrito Giscard d'Estaing, «no hay verdadera libertad política sin emancipación económica y social; el desarrollo es el fundamento de la libertad». Creo no equivocarme si afirmo que el desarrollo económico español fue la contribución más decisiva que jamás se había hecho en nuestro país a la política social y a la creación de una sociedad más dinámica, abierta al exterior y, por tanto, más apta para incorporarse, con sus luces y sombras al tempo histórico de los países de Occidente.

Hay quienes dicen que nuestro crecimiento se hubiera también producido con otro modelo institucional y sin programación económica. No deja de ser una conjetura etérea y gratuita, como todos los futuribles, que está, por lo demás, en contradicción con los informes del Banco Mundial de 1962 y de la OCDE de 1963. El hecho cierto es que aquel Estado y aquellos Planes de Desarrollo llevaron a cabo la más intensa revolución económica y social de nuestra Historia. Me parece que, en su realidad incontrovetible, constituyen el más rotundo mentís al pronóstico formulado por Azaña en el Ayuntamiento de Barcelona el 18 de junio de 1938: «Durante cincuenta años los españoles están condenados a pobreza estrecha: esto ya no tiene remedio»

Sin menoscabo de la modestia personal, me siento orgulloso de haber tenido la extraordinaria oportunidad de ejercer altas responsabilidades públicas en un período que, gracias a los sacrificios y talentos de muchos, pienso que ha sido el más fecundo de la historia contemporánea de España. También me honro de haber tratado de cerca a tantos gobernantes eficaces y honestos.

Me encuentro muy lejos de considerarme protagonista principal y aún más lejos de creer que estuve siempre acertado. Sé que a lo largo de mi vida política he cometido errores; pero en modo alguno me avergüenzo de haber servido a España en el período de la época de Franco que me tocó vivir y de haber colaborado en la ingente tarea de restaurar la paz y el Derecho, y de construir el substrato humano, social y material que está permitiendo nuestra progresiva homologación institucional, económica y cultural con Europa y con todo el mundo libre.

No han faltado incomprensiones que me causaron honda amargura; quizá la más dolorosa fuera la de quienes, en nombre del catolicismo, me reprochaban que colaborara con un régimen que no había restablecido todas las libertades. Algunos de los contradictores fueron «colaboracionistas» de una República que persiguió a la Iglesia. No se lo reprocho; lo harían con buena intención. Entre los críticos no faltan tampoco quienes habían ocupado cargos de elevada responsabilidad, incluso ministeriales, en etapas de la época de Franco en que las libertades estaban de iure o de facto mucho más restringidas que en el período durante el cual yo desempeñé cargos públicos.

Otros me echaban en cara que, robusteciendo la estructura jurídica, económica y social del Estado se afianzaba la «dictadura». Al parecer, tales críticos preferían sus apriorismos ideológicos al bienestar del pueblo español y optaban por el caos y la miseria generales para hacer prevalecer su ideología; la historia, desde Espartaco a Stalin, pasando por Robespierre, ya ha sentenciado duramente tal método.

He procurado orientar siempre mi actuación con arreglo a criterios morales y políticos. El primero, la austeridad en el gasto público y el más terminante rechazo a cualquier género de corrupción; me atrevo a afirmar que mis colaboradores dejaron su cargo con patrimonios similares y, muchas veces, inferiores a los que poseían antes de acceder a él. En cambio, pienso que en su mayor parte -y de ello tengo abundantes testimonios- se vieron compensados por la satisfacción de contribuir con su trabajo a la promoción social y económica de los españoles y a eliminar incertidumbres de su futuro colectivo.

El segundo, no discriminar a los servidores del Estado por razones ideológicas. Estuve siempre abierto a todo género de colaboración valiosa; buscaba la capacidad, la dedicación y la honradez. El número de personas que invité a intervenir en la elaboración de los diversos proyectos de ley y de los Planes de Desarrollo, y la variedad de sus posteriores trayectorias políticas me eximen de más pruebas.

Consecuente con lo anterior, propugné siempre el pluralismo en los esquemas intelectuales y en las ideologías políticas, tanto en los ámbitos de mi directa competencia como en el general del Estado. Por eso me opuse reiteradamente a posturas más o menos monolíticas. Mi gestión se hizo siempre en diálogo abierto con los interesados y con los expertos. Estimo todas las libertades; pero muy singularmente la intelectual, sin la cual las demás se convierten en pura manipulación. Y finalmente y por encima de todo, traté de ser justo y de ser consecuente con mis creencias. Tuve por guía aquel pensamiento socrático: «El hombre realmente valiente sabe que hay cosas a las cuales debe temer más que a la misma muerte: la injusticia, el incumplimiento del deber, la contradicción consigo mismo.»

He creído que debía dar testimonio de mi experiencia y lo hago en un momento personalmente propicio. Los acontecimientos narrados están ya objetivamente a suficiente distancia, como lo están en mi ánimo. No pretendo ajustar ninguna cuenta con nadie; me repugnan las lanzadas a los muertos. He huido de lo anecdótico, sobre todo cuando no era positivo para los aludidos. Y siempre he tratado de apoyarme en observaciones directas, en fuentes de primera mano y en documentos en gran parte inéditos. Escribo de lo que vi, de lo que hice y de lo que me propuse, en suma, de lo que sé a ciencia cierta. Simplemente, pretendo servir a la Historia, ahora quizá peor tratada que en otros tiempos, porque creo que es maestra de la vida de los hombres y, sobre todo, de los pueblos, como sentenció el clásico.

He ejercido sobre estas Memorias una constante autocrítica para depurarlas de subjetivismo, aun a riesgo de renunciar al colorido y al divertimento. Pienso que los hechos son demasiado serios para juguetear con ellos. Al relatarlos he tenido presente las juiciosas palabras que nuestro cimero Cervantes puso en boca del bachiller Sansón Carrasco: «El poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar cosa alguna.» Sin pretensiones de historiador, que no es mi oficio, he procurado atenerme a tal precepto, no por arduo menos imperativo.,



Laureano López Rodó

Madrid 1990



 

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