Políticas de
natalidad
Record
de infecundidad. «España necesitará acoger a 12
millones de inmigrantes de aquí al año 2050». Con este
título comenzaba la principal noticia en primera plana
del diario «El País» el pasado día 7 de enero a la
que dedicaron, además del editorial, tres páginas
completas. No sorprendió la escasa tasa de fecundidad de
los españoles, que es conocida; pero sí que tenemos que
hacernos a la idea de ver cómo más de una decena de
millones de no-europeos se instalarán en nuestro país
en cuestión de años.
España sufre una galopante caída en su tasa de
nacimientos. Los expertos, la ONU, los servicios de
estadística tanto del Gobierno como de la UE llevan
alertando sobre ello, provocando cíclicamente que sea
noticia en los medios de comunicación. Una «noticia»
que suele darse en momentos de vacaciones o porque el
flujo de otras informaciones es mínimo. En definitiva,
no es un tema que parezca preocupar.
La última ocasión coincidió con las vacaciones
navideñas cuando la División de la Población de la ONU
dió a conocer la tasa de natalidad y el censo de
habitantes del planeta. España tenía un crecimiento
cercano al cero mientras que las mujeres españolas eran
las que menos hijos tenían, ya por quinto o sexto año
consecutivo. ¿Por qué no provoca un debate a nivel
nacional esta trascendental noticia? ¿Por qué los
expertos, tan dados en otras ocasiones a predecir
consecuencias catastróficas, a tres o cuatro siglos
vista por cualquier nimio detalle en el comportamiento
humano, no alertan sobre las consecuencias que este
despoblamiento puede provocar a corto plazo?
La sociedad española parece satisfecha consigo misma, el
alto nivel de consumo privado así lo refleja, al tiempo
que el paro y el consumo de drogas duras (entiéndase
aquellas como la heroína que provocan efectos visibles
inmediatos), están en retroceso. A nadie se le escapa
que una tasa baja de fecundidad está, además,
relacionada con el acceso masivo de la mujer al mundo
laboral, la normalización del aborto, y el hundimiento
de la familia como núcleo social esencial. Estas son las
bazas con que se juega para justificar las cifras y no
poner freno a la situación. La absoluta ausencia de
programas de natalidad eficaces es un reflejo de una
política de desnatalización. ¿Por qué?
La inmigración, solución alternativa a corto plazo. En
el discurso de los políticos, y de los responsables
ahora en el gobierno, la palabra mágica para dar
solución a los problemas que este rápido despoblamiento
provocará (un mercado de consumidores más reducido,
exceso de población en edad de jubilación, aumento de
las cargas sociales, desaceleración económica) parece
reducirse a una: inmigración.
El descenso de la natalidad se convierte de esta forma en
la excusa para justificar la llegada masiva de
inmigrantes extra-europeos a España. Es la cortina de
humo para justificar una «inevitable» oleada de
inmigrantes. El Ministro de Trabajo y de Asuntos Sociales
predijo que se precisarán entre 2 y 3 millones de
inmigrantes para compensar los desequilibrios que provoca
la falta de población activa. Según un informe, hecho
público por Antena 3 el 6 de enero, uno de cada tres
nacimientos en hospitales de las grandes capitales son
hijos de inmigrantes. Las medidas para ampliar la
asistencia sanitaria a los inmigrantes, incluso ilegales,
ha provocado que éstos representen un porcentaje muy
elevado en las listas de la Seguridad Social. Las
escuelas públicas de enseñanza primaria cuentan ya con
un porcentaje de alumnos foráneos que ha obligado a la
introducción de medidas como el convenio con los
representantes islámicos para la contratación de 800
profesores de religión musulmana.
En unos años será algo habitual que las escuelas,
centros sanitarios, los parques tengan un alto índice de
niños inmigrantes nacidos la mayoría en España e
incluso con la nacionalidad española por lo que
«desaparecerán» de las estadísticas, como sucede en
el resto de la UE. La sociedad de consumo podría seguir
adelante. Los inmigrantes serán tolerados por la
opinión pública, que los ve como necesarios para la
propia supervivencia mientras que los conflictos
sociales, que necesariamente provocarán, serán ahogados
momentáneamente por el bienestar económico.
Sin embargo, se trata de un espejismo y una ilusión que
no podrá durar, como tampoco es cierto que una sociedad
es más sana por tener un mero crecimiento económico.
Los ciclos de prosperidad están basados en una
población que cree en el futuro, que tiene un bagaje de
tradiciones y enseñanzas de sus mayores. Es una falacia
pretender que con la llegada de millones de foráneos
éstos se integrarán y participarán en la evolución
que ha costado siglos a los europeos conseguir. El
ejemplo alemán, austriaco o francés con minorías
inmigrantes culturalmente inasimilables es aleccionador.
Una política de natalidad eficaz. No es una trivialidad
que las visiones catastrofistas del futuro de las
sociedades europeas parecen haberse difuminado gracias al
bienestar económico, pero tampoco lo es que el europeo
es consciente de que tiene un problema de difícil
solución. El aumento de la población gracias a la
llegada masiva de inmigrantes está provocando tales
desequilibrios sociales que ninguna política de
integración podrá detener fractura social que se
acentuará en aquellos países, como España, donde vaya
parejo a un descenso de la natalidad. Si en un plazo de
20-30 años la población juvenil inmigrante se sitúa en
un 30-40%, el clima de tensión social será tal que
contagiará inmediatamente a todas las capas de la
población deteniendo la evolución y provocando una
espiral de decadencia. puede suceder que una mano de obra
inmigrante sea necesaria en determinados momentos, como
sucedió en Europa tras la Segunda Guerra Mundial o en
Estados Unidos cuando se trajeron los esclavos negros,
pero ello no significa que sea una solución positiva a
largo plazo. La mejor prueba la tenemos en la mayor
potencia del mundo que se encuentra sumida en un problema
racial del que apenas se quiere hablar.
Países como Israel o Suecia han aplicado políticas de
natalidad que dieron resultados excelentes y sin un coste
económico superior al de la llegada de inmigrantes. Un
salario social para el padre o la madre que se dediquen
durante el primer año al hijo es mucho más rentable que
lo que cuesta la población inmigrante en los penales. La
ilusión que crea la llegada de este ser a la familia,
con el consiguiente aumento del bienestar familiar y
personal de los padres, no se puede sustituir por el mito
de estar en un país «tolerante y multicultural» donde
los hijos los tienen los compañeros de trabajo no
españoles.
Es imprescindible que estas políticas de fomento de la
natalidad se lleven a cabo, antes de la llegada masiva de
la inmigración, pues de lo contrario podrían provocar
una reacción inversa tal y como ha sucedido en Suecia.
Es la población inmigrante la que principalmente se
beneficia de estas medidas, con el consiguiente
desencanto de la población aborigen que debe mantener
las cargas sociales. Más de la mitad de los nacidos en
Suecia este año han sido hijos de inmigrantes. En este
punto los israelíes han sido más previsores. Sus
políticas de natalidad están dirigidas hacia la
población hebrea, conscientes de que son minoría en un
entorno hostil.
Contra los grupos de presión. En esta campaña
antinatalista y proinmigración que inunda los medios de
comunicación resulta evidente que existen fuertes grupos
de presión interesados en la llegada de mano de obra
barata y en el descenso de nacimientos. Ciertas ONG,
especialmente aquellas empeñadas en propagar un mensaje
pro-mestizaje, abortista y feminista, no se recatan en
aplaudir entusiásticamente los informes sobre la
necesidad de la inmigración. A ellos se unen los
partidos de la izquierda, en retroceso ideológico desde
la caída del comunismo, que ven la posibilidad de
propagar una nueva lucha de clases y recoger la enorme
bolsa de votos que significarán estos inmigrantes. Los
principales financiadores de estas organizaciones y
partidos, aparte de los fondos públicos, se encuentra en
ciertos grandes consorcios empresariales que son los más
beneficiados con el aumento del consumo, y la mano de
obra joven, barata y sin exigencias sociales.
Estos grupos de presión, que invierten cantidades
ingentes de medios de comunicación, están empeñados en
que la situación se mantenga aún a costa de unas
transformaciones sociales que cambien la imagen de la
sociedad. Soslayan los medios de comunicación que la
inmigración impulsará a la extrema derecha (como ha
sucedido en países tranquilos como Austria y suiza) a
una reacción natural cuando una sociedad siente
amenazada su integridad.
La sociedad española, al igual que otras, sigue amando a
los niños, cree en la familia, desea un matrimonio
estable. Pero, al mismo tiempo, siente que nadie recoja y
exprese sus inquietudes. Nadie se atreve a afirmar nada
en su medio de trabajo, en la Universidad, por temor a
ser acusado de «racista» e «intolerante» por alguien
que seguramente no tiene ni familia ni hijos. Esto
sucederá mientras los demás se callan y esconden sus
pensamientos para no ser tachados de «políticamente
incorrectos». Pero esto debe cambiar.
Ha llegado el momento de exigir a nuestros gobernantes la
adopción de medidas eficaces y que la senda decadente se
invierta. Es el momento de actuar, antes de que sea
demasiado tarde.
S.E. Norling
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