LIBROS: El 18 de
julio no fue un golpe militar fascista
De la
Cierva, Ricardo: El 18 de julio no fue un golpe militar
fascista, ed. Fénix, Madrid, 1999, 496 págs.
Este libro consta de tres partes claramente
diferenciadas. La primera desenmascara la violencia
histórica que se está perpetrando en España y que
califica de «conjura» contra el próximo pasado y,
especialmente, contra la era de Franco. La segunda es la
declaración de ilegitimidad de la II República. La
tercera es una caracterización del alzamiento del 18 de
julio de 1936 frente al acuerdo parlamentario de
calificarlo como «golpe militar fascista».
La primera parte se subdivide en dos: el antifranquismo
en vida de Franco, y el antifranquismo después de su
muerte. Aquél es el clásico de las alianzas entre
socialistas y comunistas (Frente Popular) con la
colaboración de ciertas corrientes masónicas. Azaña
guarda las formas en sus diatribas. Fue Prieto quien, en
la primavera de 1936, había definido a Franco como «la
fórmula suprema del valor», pero luego se hundió en
soeces improperios que descalifican a quien los profiere.
Hay también dos colectivos empeñados durante décadas
en descalificar al Franco de la paz: la Internacional
Socialista y la Masonería, cuyo más reciente portavoz
en España, según De la Cierva, ha sido el diario «El
País», derrotado en unión de todo su imperio
mediático por la opinión pública en las últimas
elecciones generales (la palabra impresa influye cada vez
menos en los jóvenes y en las clases medias ilustradas).
A continuación, el autor somete a crítica los libros
sectarios de historiadores como J. P. Fusi o P. Preston,
y los libelos de periodistas como L. M. Ansón, cronista
oficial del Conde de Barcelona, y de J. L. Vilallonga,
biógrafo oficial del Rey Juan Carlos; estos dos últimos
resultan impresentables desde el punto de vista
historiográfico. La crítica de De la Cierva es
verdaderamente demoledora y sus objeciones invalidan a
tales autores por sus ignorancias, invenciones y
manipulaciones.
En la segunda parte, el autor demuestra el carácter
ilegítimo de la II República en su origen y en su
ejercicio del poder. Denuncia la debilidad de Alfonso
XIII por abandonar la Corona y dejar la soberanía en la
calle. Niega que la República ganara las elecciones de
1931, pues la mayoría de los votos fueron monárquicos.
La ocupación del poder por el Comité revolucionario el
14 de abril de 1931 fue un golpe de Estado. Analiza las
quemas de conventos y la anarquía con que inició su
marcha la II República, frustrando las esperanzas de
hombres como Ortega y Gasset, protagonistas del cambio de
régimen. El autor retrata a Azaña como un jacobino,
afiliado a la masonería, anticatólico y
antimilitarista, inclinado a la prepotencia y la
arbitrariedad. La negativa a aceptar el resultado
derechista de las elecciones de 1934 demostró que Azaña
no era demócrata. Tampoco actuó como un liberal, pues
cercenó las libertades religiosa y de enseñanza, así
como la de expresión con frecuente recurso a la previa
censura gubernativa, e ignoró a la oposición. Era
«intolerante e intransigente y despreciaba a sus
adversarios, además de impedirles el ejercicio de sus
libertades». Y no hizo reforma positiva alguna, ni
siquiera la agraria o la bancaria. «No gobernó con la
razón, sino con la sinrazón, no para todos los
españoles, sino para media España en contra de otra
media». Este funesto personaje, exaltado por
turiferarios como J. Marichal, ha sido presentado como
modélico por el actual presidente Aznar, a cuyo abuelo,
embajador de Franco y valioso intelectual, puso Azaña
como no digan dueñas en sus memorias, presentadas
elogiosamente, seguramente sin leerlas, por su nieto.
Pero la prueba definitiva contra la legitimidad de la II
República fue la revolución de octubre de 1936
organizada por los socialistas y sus alidados de la
izquierda. cita el famoso texto de S. de Madariaga: «Con
la rebelión de 1934, la izquierda española perdió toda
sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de
1936». Y cita también los documentos exhumados por P.
Moa sobre las directas y principales responsabilidades
del Psoe en la cruenta revolución de octubre de 1934.
Los documentos socialistas que transcribe el autor son
verdaderamente abrumadores por su crueldad, ya que
incitan al secuestro y asesinato, así como al robo. La
progresiva degradación de la II República está
someramente descrita en el Dictamen de Burgos (1938), que
es reproducido parcialmente. Pero el autor va más lejos:
«Las elecciones de febrero de 1936 fueron
antidremocráticas». Y cita la opinión de J. M.
Gil-Robles: la mayoría frentepopulista se logró en 1936
en segunda vuelta mediante la inicua anulación de actas
derechistas. Para remate se destituyó ilegalmente a
Alcalá Zamora como presidente de la República, por
oponerse al frentepopulismo revolucionario. Finalmente,
el asesinato del jefe de la oposición, Calvo Sotelo, por
guardias de asalto. Así fue el supuesto paraíso
democrático destruido por unos curas y militares
«fascistas».
La tercera parte del libro es un riguroso análisis que
reduce a nada la resolución parlamentaria de 1999 (con
la abstención del Partido Popular) que pretendió
«hundir en el barro de una historia falsa» el
alzamiento de 1936. Esta es la irrefragable
argumentación factual y jurídica del autor. Es falso
que, como han escrito los cronistas marxistas, la guerra
civil española fuera el primer acto de la segunda guerra
mundial, porque aquélla se hizo contra el marxismo y en
defensa del catolicismo, mientras que en la segunda
participó como la aliada la URSS y no jugó papel alguno
la religión. Además, en la guerra española ninguna de
las dos partes representaba la democraica, la República
aún menos que Franco. El alzamiento preparado por Mola
era cívico-militar y republicano y se proponía convocar
por sufragio unas Cortes constituyentes, como
expresamente se deduce de las Instrucciones de Mola
(Cabanellas y Queipo de Llano eran fervientes
republicanos). Y, en fin, en las Instrucciones de Mola no
hay ni el más mínimo rasgo fascista y no se puede
calificar de tal a la Iglesia católica que,
inmediantemente, patrocinó el alzamiento con la famosa
Carta colectiva del Episcopado. El autor reproduce el
artículo de Fernández de la Mora Orwell en las Cortes
(«Razón Española», núm. 97, octubre de 1999), donde
se formula una interpretación análoga.
Finalmente, De la Cierva reitera su tesis de que hay una
conjura patrocinada por la Internacional Socialista
contra Franco y los cuarenta años de su mandato. A esta
conjura se ha sumado una parte de la Masonería, sobre
todo la europea. Con sus peones en España se ha
constituido lo que el autor denomina un Frente Popular de
la Cultura que, por patética omisión del Partido
Popular, sigue dominando los medios de comunicación y la
enseñanza. Así se ha llegado a la actual anemia
cultural del partido en el Gobierno, quizá la más aguda
de la historia contemporánea de España.
Libro documentadísimo y de combate que refuta algunos de
los tópicos más característicos de este Frente Popular
de la Cultura del que son compañeros de viaje incluso
medios como el diario «ABC». Este imporante libro sigue
la línea del anterior del autor Los años mentidos
(recensión en «Razón Española», vol. XXI, págs. 240
y ss.) y es un capital punto de referencia para la
restitución de la verdad histórica sobre la brillante
era de Franco.
Angel Maestro
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