RAZON Y ETICA
Los
sentidos son impresionados por objetos concretos y
dinámicos. La razón compara esas sensaciones, y abstrae
de los diversos individuos semejantes los conceptos
generales o universales. Esa operación ¿consiste en
captar la esencia de que participan los individuos de una
misma especie o, simplemente, consiste en seleccionar
ciertas notas para obtener un denominador común? En el
primer caso, los conceptos gozarían de una gran
estabilidad y de un estatuto metafísico. En el segundo
caso, los conceptos universales serían aproximaciones
revisables con un aura de ambigüedad y de
provisionalidad. En ambos supuestos esos conceptos
universales son operativos y constituyen la base, más o
menos precisa, del conocimiento humano.
Ya en posesión de conceptos universales, la segunda
función de la razón es formular juicios, que
necesariamente entrañan una negación o una afirmación.
Aquéllos en los que el predicado aporta información no
contenida en el sujeto (los llamados «sintéticos»)
están sometidos permanentemente a la regla de
verificabilidad, es decir, a concordar con la realidad y
no ser desmentidos por la experiencia.
Ya en posesión de juicios, la tercera función de la
razón es concertarlos y raciocinar, es decir, fundar
conclusiones en premisas conceptuales. Los conjuntos de
raciocinios están sometidos a la regla de coherencia:
cuando dos juicios son contradictorios, por lo menos uno
de ellos debe ser rechazado como falso.
Estas tres funciones lógicas se reducen a una: la
descomposición de los objetos en sus partes, cada vez
más «últimas», y la formulación de sus genéricas
correlaciones, cada vez más precisas, con los demás
objetos y, finalmente, en el contexto del universo. En
todos los momentos de su actividad, ya analítica, ya
correlacional, el logos está sujeto a la regla de
verificabilidad o de contraste y progresivo ajuste entre
lo conceptual y lo real.
La meta definitiva del logos es tan extraordinariamente
ardua que, de hecho, la mayoría de los conceptos,
juicios y raciocinios es perfectible y contingente. El
saber absoluto, el de la lógica y las matemáticas, es
meramente formal y, como en el caso de la geometría,
fundado en postulados prácticos; pero arbitrarios, por
ejemplo, los euclidianos. Aquéllos productos mentales no
tautológicos y que están cargados de materialidad real
no pueden desprenderse completamente de una cierta
indefinición fronteriza y de una condición parcialmente
hipotética. Es la consecuencia de la inefabilidad de lo
individual y de la inabarcabilidad de todo lo real.
La pretensión de la univocidad de los términos, del
sistematismo perfecto, y de la plenaria comprensión del
todo ha sido desmentida por la contradictoria y abierta
historia de la filosofía y por el carácter progresivo y
fragmentario de los saberes. Pero ¿qué sucede con el
hacer?
El hombre puede tomar unas decisiones que le aportan
bienestar y otras que le producen desdicha, y puede obrar
contribuyendo a la felicidad o a la infelicidad de los
demás. ¿Cuál es el papel de la razón en ese ámbito,
que es el de la ética?
La razón descubre correlaciones factuales: a nivel del
mar el agua hierve a cien grados, de donde se deduce que
para vaporizarla habría que elevar su temperatura. Las
cosas dependen de su contexto, y alterando éste se
modifica el estado primitivo de aquéllas. La razón
enseña qué hay que hacer si se desea disponer de vapor
de agua. El logos no obliga a preferir el agua líquida a
la gaseosa; pero muestra cómo lograr el fin elegido. La
razón no sólo revela la estructura de lo real, sino que
facilita su aprovechamiento. No se trata de una
interpretación utilitaria de la racionalidad, sino de
reconocer que la razón es un instrumento
extraordinariamente util para el hombre.
La razón muestra qué medios hay que poner para alcanzar
determinados objetivos; pero ¿deja al arbitrio de la
voluntad la elección de todos los fines? Además de
suministrar la definición, por ejemplo, de la ruta más
corta, ¿impone el destino? Además de suministrar una
normativa hipotética o de segundo grado (si quieres eso,
haz esto) ¿permite averiguar qué es lo intrínsecamente
malo o bueno? Este es el gran problema de la filosofía
moral.
Marginemos la cuestión metafísica de si existen un bien
y un mal absolutos, para abordar la más modesta del
bien-para-el-cordero o para-el-león. La experiencia
demuestra que muchos consideran como buenas, cosas que
otros desprecian o que creen incompatibles con su bien.
Por eso, ni se puede disputar acerca de gustos, ni cabe
otorgar al ciudadano libertades ilimitadas que sean
lesivas para el prójimo.
La razón, que es pura y, a la vez, práctica, puede, a
partir de los hechos, determinar qué es bueno, no
siempre para cada individuo, pero sí para la especie
humana. Por ejemplo, para una especie viviente es bueno,
por definición, perdurar. Lo que se oponga a su
continuidad como la castración o la destrucción del
medio, es malo. En el contexto de la evolución
planetaria, la especie humana es el más avanzado estadio
conocido, y tiende a perfeccionarse funcional y
genéticamente. Obstaculizar ese proceso, como la
prohibición de la investigación científica, es malo.
En suma, del análisis de la naturaleza humana se deducen
criterios morales. El logos analítico es secundariamente
normativo. Esta tesis no es una «falacia», es un dato:
lo que el hombre debe hacer no se funda en imposiciones,
ni en sentimientos, ni en voliciones, se funda en
relaciones empíricas y lógicas entre medios y fines, y
en el análisis fenomenológico del bien específico de
la Humanidad presente y futura.
La distinción entre razón pura y práctica no es real,
es pedagógica. Toda norma ha de ser racional. El logos
informa y también prescribe.
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