Editorial Razón Española 101 RAZON Y ETICA

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RAZON Y ETICA

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RAZON Y ETICA

Los sentidos son impresionados por objetos concretos y dinámicos. La razón compara esas sensaciones, y abstrae de los diversos individuos semejantes los conceptos generales o universales. Esa operación ¿consiste en captar la esencia de que participan los individuos de una misma especie o, simplemente, consiste en seleccionar ciertas notas para obtener un denominador común? En el primer caso, los conceptos gozarían de una gran estabilidad y de un estatuto metafísico. En el segundo caso, los conceptos universales serían aproximaciones revisables con un aura de ambigüedad y de provisionalidad. En ambos supuestos esos conceptos universales son operativos y constituyen la base, más o menos precisa, del conocimiento humano.



Ya en posesión de conceptos universales, la segunda función de la razón es formular juicios, que necesariamente entrañan una negación o una afirmación. Aquéllos en los que el predicado aporta información no contenida en el sujeto (los llamados «sintéticos») están sometidos permanentemente a la regla de verificabilidad, es decir, a concordar con la realidad y no ser desmentidos por la experiencia.



Ya en posesión de juicios, la tercera función de la razón es concertarlos y raciocinar, es decir, fundar conclusiones en premisas conceptuales. Los conjuntos de raciocinios están sometidos a la regla de coherencia: cuando dos juicios son contradictorios, por lo menos uno de ellos debe ser rechazado como falso.



Estas tres funciones lógicas se reducen a una: la descomposición de los objetos en sus partes, cada vez más «últimas», y la formulación de sus genéricas correlaciones, cada vez más precisas, con los demás objetos y, finalmente, en el contexto del universo. En todos los momentos de su actividad, ya analítica, ya correlacional, el logos está sujeto a la regla de verificabilidad o de contraste y progresivo ajuste entre lo conceptual y lo real.



La meta definitiva del logos es tan extraordinariamente ardua que, de hecho, la mayoría de los conceptos, juicios y raciocinios es perfectible y contingente. El saber absoluto, el de la lógica y las matemáticas, es meramente formal y, como en el caso de la geometría, fundado en postulados prácticos; pero arbitrarios, por ejemplo, los euclidianos. Aquéllos productos mentales no tautológicos y que están cargados de materialidad real no pueden desprenderse completamente de una cierta indefinición fronteriza y de una condición parcialmente hipotética. Es la consecuencia de la inefabilidad de lo individual y de la inabarcabilidad de todo lo real.



La pretensión de la univocidad de los términos, del sistematismo perfecto, y de la plenaria comprensión del todo ha sido desmentida por la contradictoria y abierta historia de la filosofía y por el carácter progresivo y fragmentario de los saberes. Pero ¿qué sucede con el hacer?



El hombre puede tomar unas decisiones que le aportan bienestar y otras que le producen desdicha, y puede obrar contribuyendo a la felicidad o a la infelicidad de los demás. ¿Cuál es el papel de la razón en ese ámbito, que es el de la ética?



La razón descubre correlaciones factuales: a nivel del mar el agua hierve a cien grados, de donde se deduce que para vaporizarla habría que elevar su temperatura. Las cosas dependen de su contexto, y alterando éste se modifica el estado primitivo de aquéllas. La razón enseña qué hay que hacer si se desea disponer de vapor de agua. El logos no obliga a preferir el agua líquida a la gaseosa; pero muestra cómo lograr el fin elegido. La razón no sólo revela la estructura de lo real, sino que facilita su aprovechamiento. No se trata de una interpretación utilitaria de la racionalidad, sino de reconocer que la razón es un instrumento extraordinariamente util para el hombre.



La razón muestra qué medios hay que poner para alcanzar determinados objetivos; pero ¿deja al arbitrio de la voluntad la elección de todos los fines? Además de suministrar la definición, por ejemplo, de la ruta más corta, ¿impone el destino? Además de suministrar una normativa hipotética o de segundo grado (si quieres eso, haz esto) ¿permite averiguar qué es lo intrínsecamente malo o bueno? Este es el gran problema de la filosofía moral.



Marginemos la cuestión metafísica de si existen un bien y un mal absolutos, para abordar la más modesta del bien-para-el-cordero o para-el-león. La experiencia demuestra que muchos consideran como buenas, cosas que otros desprecian o que creen incompatibles con su bien. Por eso, ni se puede disputar acerca de gustos, ni cabe otorgar al ciudadano libertades ilimitadas que sean lesivas para el prójimo.



La razón, que es pura y, a la vez, práctica, puede, a partir de los hechos, determinar qué es bueno, no siempre para cada individuo, pero sí para la especie humana. Por ejemplo, para una especie viviente es bueno, por definición, perdurar. Lo que se oponga a su continuidad como la castración o la destrucción del medio, es malo. En el contexto de la evolución planetaria, la especie humana es el más avanzado estadio conocido, y tiende a perfeccionarse funcional y genéticamente. Obstaculizar ese proceso, como la prohibición de la investigación científica, es malo.



En suma, del análisis de la naturaleza humana se deducen criterios morales. El logos analítico es secundariamente normativo. Esta tesis no es una «falacia», es un dato: lo que el hombre debe hacer no se funda en imposiciones, ni en sentimientos, ni en voliciones, se funda en relaciones empíricas y lógicas entre medios y fines, y en el análisis fenomenológico del bien específico de la Humanidad presente y futura.



La distinción entre razón pura y práctica no es real, es pedagógica. Toda norma ha de ser racional. El logos informa y también prescribe.



 

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