La despoblación
de España
I.
Introcucción
Durante la II Restauración, la natalidad española ha
seguido un patrón insólito, sin precedentes en nuestra
Historia y sin paralelos internacionales: España ocupa
ya el poco glorioso puesto de país de menor fertilidad
del mundo (1.07 hijos por mujer). Dado que la evolución
de la población es un resultado directo, aunque con un
retraso de decenas de años, de la natalidad, este
comportamiento determina numerosas características de la
evolución demográfica de España a lo largo de la
primera mitad del siglo XXI.
Para comprender cómo hemos llegado hasta aquí y cómo
podríamos lograr una evolución más en línea con
Occidente, analizaremos la natalidad de la UE y la
española con una perspectiva histórica, pero
centrándonos en su evolución desde el año 1960 hasta
la actualidad. A partir de estos datos extrapolaremos el
curso de la demografía española hasta la mitad del
próximo siglo y veremos las consecuencias que se
derivarán de la misma. A continuación, haremos una
breve alusión a la teoría económica de la natalidad, y
analizaremos las posibles causas autóctonas de la baja
fertilidad de la España actual. Finalmente estudiaremos
posibles soluciones al problema demográfico español del
siglo XXI.
II. Natalidad histórica
Retomando una frase de Roser Nicolau, «El número anual
de nacimientos en España desde la segunda mitad del
siglo XIX hasta los años finales de la década de 1970
ha oscilado dentro de unos límites bastante estrechos.»
Con la excepción del año 1939, los nacimientos en
España desde que existen datos (1858) hasta la II
Restauración han sido siempre superiores a los 500.000
nacimientos al año, con un valor medio entre 1858 y 1975
de 626.000 nacimientos anuales. El año de máxima
natalidad de la Historia de España fue 1964, con
prácticamente 700.000 nacimientos. Esta trayectoria se
truncó en 1977, año en el que la natalidad inició un
veloz descenso que ha llevado a 360.000 nacimientos en
los últimos años de la década de los noventa, un
mínimo histórico. En la Figura 1 se muestra la curva de
nacimientos desde 1858 hasta la actualidad.

Esta
evolución de la natalidad española ha sido muy distinta
de la que ha seguido la mayor parte de los países
occidentales. España no inició realmente su revolución
industrial hasta los años 50, con un siglo de retraso
respecto al centro de Europa. La evolución prototípica
de la natalidad europea puede ser la de Suecia, que
muestra la Figura 2.

Esta
evolución se caracteriza por un periodo extenso de alta
fecundidad (no representado en la figura 2), que se
extiende hasta 1900. En esa fecha se produce una caída
acusada de la fertilidad (y de la natalidad), que tanto
en Suecia como en la mayoría de los países que
constituyen el Occidente desarrollado llega a un mínimo
en la depresión de los años 30. A continuación se
produce un rebrote de la fertilidad, que en Suecia (país
neutral) se inició en los años 40, y que en el resto
del mundo occidental tuvo lugar a partir del final de la
II Guerra Mundial. La magnitud de este nuevo impulso ha
sido variable, pero en general ha permitido conseguir
cotas de fertilidad en el entorno de los 2.5 hijos por
mujer. En los EE.UU. este impulso, que recibió el nombre
de «baby-boom», se inició en 1948 y tuvo una duración
de unos 15 años, durante los cuales la fertilidad
creció cerca del 20%. La subida en Suecia, como revela
la Figura 2, fue mucho mayor, del orden de un 35%, dado
que se partía del muy bajo nivel alcanzado durante la
depresión de los años 30.
A partir de 1960-1965 se inició en casi todo el
Occidente una nueva disminución de la fertilidad que
concluyó hacia 1975 con cifras comprendidas entre los
1.3 y los 2 hijos por mujer. Desde entonces y hasta la
fecha la fertilidad ha mostrado una gran estabilidad. El
rebrote que muestra Suecia en los años 90 no tiene
paralelo en otros países, y es posiblemente el resultado
de políticas coyunturales fuertemente natalistas. En
todo caso, ha sido un efecto de corta duración, y las
cifras suecas han vuelto a la media europea.
La caída de la natalidad española de los años
1977-1997 es paralela a la caída de natalidad occidental
de los años 1965-1975, aunque su intensidad le confiere
un carácter excepcional.
III. Natalidad europea entre 1960 y el año 2000
Analizaremos en primer lugar los datos de la UE. Para
ello, presentaremos los datos desde dos perspectivas: la
tasa de fertilidad total (hijos por mujer en edad de
procrear), y la fertilidad en función de la edad de las
madres. En las Figuras 3 y 4 se presenta la evolución de
la fertilidad (hijos por mujer en edad de procrear) en
dos grupos de países. La Figura 3 muestra la evolución
de los principales países de la UE: álemania
Occidental, Inglaterra, Francia e Italia, y se incluye
España a efectos comparativos. En la Figura 4 aparece la
evolución de los países económicamente menos
desarrollados de la UE: España, Portugal, Irlanda,
Grecia y álemania del Este. Hemos incluido en este grupo
a Irlanda por razones históricas, ya que este país, que
a la muerte de Franco era más pobre que España, hoy no
solo nos ha superado, sino que su renta per cápita es
mayor que la media de la UE: 25 años de desarrollo dan
para mucho, como bien supimos los españoles del llamado
«milagro económico».

La Figura 3 muestra que pueden formarse dos grupos de
países: Francia e Inglaterra por un lado, y álemania e
Italia por el otro. El primer grupo parte de un nivel de
natalidad alto en 1965, muy similar al de España y del
orden de los 2.9 hijos por mujer, inicia su reducción de
la natalidad en 1965, y hacia 1975 adquiere un nuevo
nivel estable en un valor cercano a los 1.7 hijos por
mujer, con una reducción aproximada de 1.2 hijos por
mujer respecto al máximo anterior.

El segundo grupo parte de un nivel de fertilidad más
bajo, en torno a los 2.6 hijos por mujer en el punto más
alto aproximadamente en 1965, inicia el descenso al mismo
tiempo que los anteriores, tiene una tasa de descenso
dispar y alcanza el punto de equilibrio a niveles
inferiores, del orden de l.3 hijos por mujer, pero con
una pérdida total muy similar al grupo anterior, en
torno a 1.3 hijos por mujer.
La Figura 5 es la media simple de las tasas de fertilidad
por edades de los 16 países de la UE (considerando a las
dos álemanias como países distintos, ya que desde el
punto de vista de la natalidad lo son). Esta figura
sugiere que la caída de la natalidad puede dividirse en
tres etapas. En la primera, que abarca los años 1965 a
1975, la fertilidad desciende de modo marcado en los
tramos de edad desde los 25 años en adelante,
probablemente como consecuencia de la incorporación de
la mujer al trabajo externo. En una segunda etapa, entre
los años 75 y 90, se produce una muy marcada caída de
la fertilidad en los tramos de edad más jóvenes, de los
15 a los 24 años, y un ligero descenso entre los 25 y
los 29 años, en tanto que la fertilidad a edades mayores
no cambia. La tercera etapa tiene lugar en la década de
los 90, que combina un nuevo descenso en las edades
jóvenes con un ligero aumento de la fertilidad entre los
30 y los 34 años.

IV. Natalidad en España 1960-2000
En las Figuras 3 y 4 se ha presentado la fertilidad
española comparada con otros países de la UE. En la
Figura 6 añadimos información sobre la fertilidad
española por tramos de edad de las madres, figura que
compararemos con la figura 5, referida a la UE.
La Figura 6 muestra una serie de rasgos diferenciadores
respecto a la UE. Si nos centramos en primer lugar en los
años correspondientes a la era de Franco, se puede
observar que la fertilidad española ha sido
tradicionalmente baja a edades jóvenes, hasta los 24
años, y la mujer española tenía en cambio más hijos
entre los 25 y los 34 años. La curva de fertilidad
presentaba por lo tanto un aspecto más simétrico que la
europea, con un claro máximo entre los 25 y los 29
años. En segundo lugar, entre 1961 y 1975, se observa un
suave descenso de la natalidad antes de los 24 y después
de los 29 años, sin que el valor de la edad fértil por
excelencia (25-29 años) cambie.

A partir de 1975 se observa una evolución de una
intensidad desconocida en la UE (con la excepción de la
álemania del Este tras la reunificación): en tan solo 5
años, la curva de fertilidad de España se hace casi
idéntica a la media de la UE, con una particularidad: la
fertilidad para edades superiores a los 29 años es
ligeramente superior en España. En 1985, es decir, en
tan solo 10 años, la fertilidad española es ya una de
las más bajas de la UE, en un retroceso que no se ha
detenido. Esta evolución ha tenido lugar en las mismas
tres etapas que en Europa: primero un descenso de la
fertilidad para edades por encima de los 25 años, a
continuación una acusada caída de las cifras para
menores de 24 años (que ya eran bajas), y desde 1995 una
ligera subida entre los 30 y los 34 años.
El descenso de la natalidad en España desde 1975 no es
por lo tanto un fenómeno coyuntural (ya se extiende a un
cuarto de siglo), sino profundamente estructural. A
finales del siglo XX, las españolas tienen hijos
prácticamente solo entre los 25 y los 34 años, edades
que concentran el 70% de la fertilidad total (en tanto
que solo representaban el 56% en 1975), y la fertilidad a
edades jóvenes (por debajo de los 25 años) ha bajado a
niveles casi nulos.
Este cambio estructural se observa con mayor nitidez si
comparamos el nivel relativo de fertilidad (hijos por
mujer al año en tantos por mil) en función de la edad
de la madre en 1965 (es decir, en el pico de la
natalidad, tanto en España como en la UE) y en 1995. En
la Tabla 1 se resumen esos resultados, tanto para España
como para la UE, y se añade un dato adicional: cuánto
más ha descendido la fertilidad en España que en la UE.
Analizando los datos de la Tabla 1 procede separar el
caso de la fertilidad entre los 15 y los 19 años (lo que
se denomina embarazo de adolescentes). Esta cifra era muy
baja en España en el año 1965, debido a la cohesión
familiar, y apenas ha sufrido cambios en estos años. En
la UE, en cambio, la natalidad adolescente, que era
relativamente alta en 1965, ha bajado con fuerza, y en
1995 ha llegado cerca del nivel español (8 nacimientos
por cada 1000 mujeres de dicha edad). La fertilidad entre
los 15 y los 19 años no presenta interés desde el punto
de vista de la natalidad, pero su nivel relativo respecto
a la fertilidad global es un escaparate del nivel de
desestructuración familiar, y en este aspecto como en
otros destacan los resultados de la España de 1965.
La fertilidad por encima de los 40 años es asimismo de
muy poca relevancia en términos globales. En estas
edades se ha producido un descenso acusado tanto en
España como en la UE, y las cifras actuales son casi
idénticas (6 nacimientos por mil mujeres en dicho tramo
de edad).
Para las cohortes entre los 20 y los 39 años, que son
las esenciales desde el punto de vista de la natalidad,
el ritmo de descenso de la fertilidad ha sido muy
superior en España. La cifra más significativa, la
fertilidad entre los 25 y los 29 años, es hoy en España
2.5 veces menor de lo que era en 1965, en tanto que en la
UE es solo 1.6 veces menor. Sin embargo, destaca un hecho
inesperado: la estructura de este descenso en la UE y en
España ha sido proporcional, o dicho de otra manera, la
fertilidad en cada tramo de edad en España ha bajado lo
mismo que en la UE, pero multiplicado por un factor casi
constante, que varía entre 1.30 y 1.52.
Si comparamos la fertilidad en 1995 en España y la media
de la UE, sobresalen dos características: para edades
inferiores a los 30 años, la fertilidad de la UE es un
50% superior a la española, en tanto que para edades
superiores las cifras son prácticamente idénticas. Este
resultado mantiene una característica estructural de la
España de la era de Franco, y probablemente de la
España tradicional: la natalidad a edades jóvenes es
relativamente baja en España.
El resultado de estos cambios estructurales es que la
edad media de la madre al nacimiento de sus hijos no ha
cambiado: de los 30,1 años en 1961 a los 30 en 1997.
Sencillamente, las españolas comienzan a tener hijos a
una edad más tardía, y dejan de tenerlos siendo más
jóvenes de lo que lo hicieron sus madres (y todas sus
antepasadas durante siglo y medio y, probablemente, mucho
más). La edad fértil ha quedado reducida, en la
práctica, a la mitad de lo que era históricamente
usual, y esta drástica reducción de la edad fértil ha
llevado consigo una disminución de la natalidad hasta
niveles desconocidos desde el punto de vista histórico.
En resumen, la caída de la natalidad en España se ha
realizado en parte adoptando pautas generales europeas,
pero con tres particularidades esenciales: un descenso
absoluto y relativo mucho mayor, un nivel final de
fertilidad total notablemente menor, y una fertilidad por
debajo de los 30 años asimismo considerablemente menor.
Jordi Nadal ha afirmado que «La curva de la natalidad
... traduce cabalmente uno de los ápices de la crisis
moral y material que ha desgarrado la España
contemporánea».1 Esta frase, publicada en 1984 en un
contexto totalmente distinto, es aplicable a la España
actual.
V. La España del 2025
La primera consecuencia, a largo plazo, del fenómeno
reseñado, es una disminución de la población
española, y sobre todo una disminución de la población
joven. La amplitud de este fenómeno escapa a la idea que
la sociedad española tiene de sí misma. Esta pérdida
del sentido de la realidad se debe probablemente a dos
causas concurrentes: la demografía es un fenómeno de
evolución muy lenta, y la clase dirigente ha hurtado
esta información a la opinión pública.
La predicción del número de nacimientos que habrá en
España desde ahora hasta el año 2025 tiene, como todas
las predicciones, un riesgo. Sin embargo, aún con un
margen de incertidumbre, es posible obtener resultados
fiables sobre la base de establecer hipótesis
razonables. Para calcular la natalidad española del
2025, hemos partido del hecho de que la natalidad de cada
año es el resultado de la multiplicación de dos
variables: el número de madres en cada tramo de edad y
la fertilidad por tramos de edad. Veamos a continuación
cómo se calcula el primero de estos dos términos:
o Las madres que tendrán hijos desde ahora hasta el año
2025 se conocen con exactitud, ya que en su inmensa
mayoría ya han nacido: recordemos que la fertilidad en
España para mujeres de menos de 24 años es muy baja, y
que las mujeres que nacerán el año 2000 tendrán 25
años en el 2025. Calcular el número de madres hasta el
año 2025 no depende por lo tanto de los nacimientos
futuros, sino de la mortalidad de dichas madres hasta que
cumplan su edad fértil.
o La mortalidad de las futuras madres entre su nacimiento
y los 40 años es muy baja, ha evolucionado de forma muy
lenta en la última década, y su predicción no está
sometida a riesgos, salvo caso de catástrofe.
La segunda variable es la fertilidad por tramos de edad.
Este valor no está predeterminado, debe preverse, y para
realizar nuestra propia estimación nos basaremos en las
previsiones más conocidas en estos momentos, que son las
siguientes:
o Proyección del INE calculada a partir del Censo de
población de 1991 y publicada en 1995. Esta estimación
asume que la fertilidad crecerá de modo contínuo entre
1994 y el año 2021, alcanzando 1.7 hijos por mujer.
o Proyección de la Oficina del Censo de EEUU, que prevé
un ligero repunte de la fertilidad hasta 1.25 hijos por
mujer en 2000, para permanecer constante en dicho nivel
hasta 2050.
o Proyección de la Oficina de Población de la ONU, en
su informe «Migraciones de reemplazo», de marzo de
2000, que prevé una estabilización de la fertilidad
hasta 2005, y a partir de entonces un aumento de 0.07
niños/quinquenio/mujer, hasta alcanzar 1.7 niños por
mujer en 2050.
o Proyección de FEDEA2 (1998), que presenta 3
escenarios: el de referencia (nº 1), con fecundidad
constante, el nº 2, de fertilidad creciente alcanzando
1.6 hijos por mujer en 2025 e inmigración constante en
los valores oficiales actuales, y el nº 3, con
fecundidad que alcanza 1.8 hijos por mujer en 2025 e
inmigración muy intensa (hasta los 220.000
inmigrantes/año).
o Proyección de Fernández Cordón en la Fundación
BBV3, que contempla asimismo 3 escenarios: el nº 1,
básicamente idéntico a la proyección del INE pero
extendido hasta 2050, el nº 2, de fertilidad en baja
llegando hasta 1.0 hijos por mujer, y el nº 3, con la
fertilidad alcanzando 2.1 hijos por mujer.
Las previsiones del INE parten de los datos reales
españoles hasta 1994, y son las siguientes, de acuerdo
con unas declaraciones de la presidenta del INE el 25 de
noviembre de 1999: «...este bajo nivel de fecundidad se
mantendrá hasta el 2005 y luego iniciará un repunte,
tal y como está ocurriendo en los países escandinavos y
en el Reino Unido. En el año 2020 se estima que cada
española tendrá 1.7 hijos de media...». Estas
declaraciones producen perplejidad, ya que la fertilidad
(sinónimo de fecundidad en la especie humana) del Reino
Unido decrece suavemente desde 1988, como puede verse en
la Figura 3, y en los países escandinavos está bajando
con claridad, como puede verse en la Figura 7, en Suecia,
en Finlandia y en Dinamarca, en tanto que en Noruega
permanece estable, aunque por debajo del máximo de 1990.
Es posible que la presidenta del INE se refiera al
ascenso que tuvo lugar en Suecia entre 1984 y 1992 y en
fechas más o menos similares en los restantes países
escandinavos, ascenso que no solo ha concluido ya, sino
que la fertilidad sueca lleva años en caída libre y
está actualmente en su mínimo histórico desde que
existen datos.

Comparar la natalidad escandinava con la
española es un ejercicio arriesgado, ya que estos
países han puesto en marcha unas políticas de ayuda a
la maternidad extraordinariamente generosas, que incluyen
el pago por parte del Estado del mismo sueldo que la
madre tenía antes del nacimiento del hijo. A partir de
1980 Suecia introdujo un incentivo adicional, que
premiaba fuertemente la reducción del intervalo entre
hijos, incentivo que la mayor parte de los demógrafos
consideran responsable del pico de fertilidad que llegó
hasta 1992. La crisis económica y la reducción
progresiva de la política natalista han llevado a Suecia
a sus peores resultados históricos en natalidad, y su
mención por nuestras autoridades como un ejemplo a
seguir es ciertamente paradójico.
En cualquier caso, las declaraciones de la presidenta del
INE, remitiéndose a una información obviamente
periclitada, nos permiten comprender que dicha
estimación se realizó sobre la base de la fertilidad
escandinava de hace una década, y por lo tanto ha
perdido vigencia, dado el comportamiento presente de los
países citados.
Una estimación más ecléctica es la que realiza la
Oficina del Censo de los EEUU para todos los países el
mundo, con el horizonte de 2050. Básicamente, prevé un
rápido repunte de la fertilidad a partir de 1996
(últimos datos que han utilizado), para establecerse
alrededor de 1.25 hijos por mujer entre 2000 y 2025.
Cercanas a este escenario se encuentran las estimaciones
nº 1 de FEDEA (fertilidad constante) y nº 2 de la
Fundación BBV (fertilidad tendente a 1.0 hijos por mujer
en 2050). La estimación de la ONU es similar a ambas,
pero el crecimiento de la fertilidad es mucho más lento.
Estas hipótesis, consideradas en España como
pesimistas, incurren en un claro error hasta la fecha,
pero por exceso.
Las estimaciones nº 2 de FEDEA y nº 1 de la Fundación
BBV coinciden a grandes rasgos con la estimación del
INE, y no las comentaremos, pero señalaremos un rasgo
importante: ambas se califican por sus autores como
hipótesis «medias», pese a proponer un aumento de la
fertilidad de más de un 50%. Las hipótesis nº 3 de
FEDEA y de la Fundación BBV son aún más optimistas,
con aumentos de la fertilidad cercanos al 100% respecto a
la realidad de la España actual.
Para realizar nuestras propias previsiones, partiremos de
los hechos siguientes:
o Hay algunos signos de que la etapa de fertilidad
decreciente en España está terminando, ya que el ritmo
de descenso se ha moderado desde 1995.
La
situación demográfica actual de Occidente se
caracteriza por una fertilidad constante en el interior
de cada país que ya dura un cuarto de siglo. EEUU es el
único país donde puede detectarse una ligera tendencia
ascendente (1.8 en 1975 y 2.0 en la actualidad), pero la
situación europea es estable o ligeramente descendente.
o La fertilidad actual española por tramos de edad es
casi idéntica al promedio de la UE, excepto entre los 20
y los 29 años, como ya se ha mencionado. Para
incrementar nuestra fertilidad, sería necesario, o bien
que en las edades jóvenes nos acerquemos al nivel
europeo, o bien que la fertilidad a edades maduras sea
más alta que en la UE.
o La primera hipótesis nos parece improbable, ya que el
matrimonio a edades relativamente tardías es una
característica de la sociedad española desde al menos
los años treinta. Al contrario, parece muy probable que
la fertilidad a edades jóvenes siga bajando, como puede
observarse por la tendencia en la UE de los últimos
años, y por las pautas sociológicas de la juventud
actual: prolongación de los estudios, dificultad de
acceso al trabajo estable o a la vivienda, valoración de
la libertad y del consumo, etc.
o Parece, en cambio, muy probable que la fertilidad a
edades maduras suba en los próximos años, como ya ha
empezado a suceder a partir de los 90 tanto en la UE como
en España. Las causas sociológicas que apoyan este
cambio tienen peso: las encuestas de opinión indican que
las mujeres españolas desean, de forma consistente,
tener más hijos de los que realmente tienen. Esta
necesidad es tanto más imperativa cuanto más se
aproxima el final de la edad fértil.
En consecuencia, presentaremos dos hipótesis para la
fertilidad española del próximo cuarto de siglo: una
que llamaremos «continuista» y otra «optimista», que
se muestran en la Figura 8, junto con la evolución real
hasta 1998, las previsiones del INE y las de la Oficina
del Censo de EEUU. No discutiremos una hipótesis
pesimista (descenso aún mayor de la fertilidad), ya que
ello equivaldría a una especie de suicidio colectivo.

o La hipótesis continuista considera que España
seguirá el mismo camino que los restantes países
europeos, y en consecuencia nuestra fertilidad durante
los próximos 25 años será igual al promedio de los
últimos 5 años (1994- 1998). Esta hipótesis incluye
que los poderes públicos españoles no tomarán ninguna
medida de fomento de la natalidad, como hasta la fecha.
Tomaremos como hipótesis optimista el caso en el que
tanto la Administración como la sociedad decidieran
apoyar de forma muy activa la natalidad. Si ello
sucediera, proponemos como escenario más favorable
posible la siguiente pauta de conducta: la fertilidad se
mantendrá al nivel actual hasta los 24 años, entre los
25 y los 29 alcanzará el nivel europeo de 1995 (aumento
del 32%), y entre los 30 y los 40 años volverá a los
niveles medios que tenía la UE en 1965, es decir, antes
de iniciarse el descenso demográfico (aumento del 58%).
Ello corresponde a 1.65 hijos por mujer, es decir, un
incremento del 54% respecto a la España actual. Este
objetivo de 1.65 hijos por mujer es muy similar a la
previsión del INE, una vez considerados los datos
actuales de la fertilidad española (recordemos que la
predicción del INE está basada en los datos hasta 1994,
con una fertilidad claramente superior a la actual). Esta
subida de la fertilidad equivaldría a un terremoto
sociológico, y si tuviera lugar, sería la más intensa
que se ha dado nunca en el mundo en tiempos de paz hasta
donde existen datos. En comparación, se quedaría
pequeño el «baby-boom» de EEUU después de la II
Guerra Mundial (19% de incremento), que ha marcado a toda
una generación de estadounidenses y ha generado una
literatura muy extensa, y el crecimiento de Suecia a
través de su política natalista entre 1982 y 1992, que
fue del 33%.
En el caso de la hipótesis continuista, en el año 2025
nacerían 240.000 españoles, equivalente a la tasa de
reposición de una población de 19 millones de personas
(para una esperanza de vida de 80 años). Sería volver,
numéricamente, a la España de 1900.
En el caso de la hipótesis optimista, en el año 2025
nacerían 350.000 españoles, es decir, la natalidad en
cifras globales permanecería aproximadamente en los
niveles actuales durante el próximo cuarto de siglo.
Ello es así porque el número de madres descenderá de
modo contínuo durante los próximos 25 años, como
consecuencia de la muy baja natalidad actual. Por lo
tanto, para que el número de nacimientos permanezca
donde está, España necesita realizar el esfuerzo
natalista más importante que registra la Historia
Universal en tiempos de paz. En el caso de una
generación estacionaria (lo que requeriría que la
fertilidad siguiera subiendo a partir del año 2025 hasta
llegar a 2.1 hijos por mujer), 350.000 nacimientos al
año equivaldrían a una población total de 28 millones
de personas, lo que supondría un descenso del 30%
respecto al máximo histórico.
En resumen, la España del próximo cuarto de siglo
será, con seguridad, un país en pavorosa decadencia
demográfica. El número de mujeres en edad fértil será
muy escaso, dado que las mujeres que podrán procrear
hasta el 2025 ya han nacido. Esta situación es
irrecuperable en términos prácticos dentro de nuestra
generación. Para la siguiente generación (recordemos
que cada generación, desde el punto de vista de la
natalidad, dura ahora 30 años), es posible articular
soluciones a través de dos políticas que estudiaremos
más adelante: el fomento de la natalidad y la
inmigración.
VI. La España del 2050
En la Figura 9 se presenta la proyección de la
población española hasta el año 2050 que realiza la
Oficina del Censo de los EEUU., que es casi idéntica a
la proyección de la División de Población de la ONU.
Recordemos que la realidad ofrece resultados hasta la
fecha más negativos que esta previsión, ya que la
población española, casi con seguridad, decrece en la
actualidad, en tanto que esta proyección prevé ligeros
aumentos hasta el año 2010. De acuerdo con dicha
previsión, la población española se mantendrá
aproximadamente estable en el valor actual de 40 millones
de habitantes hasta 2010, en que empezará a bajar
rápidamente, de modo que en el año 2050 España tendrá
menos de 30 millones de habitantes. A partir de 2020, la
población española decrecerá al ritmo de unos 300.000
habitantes al año. Veamos qué consecuencias tendrán
estas cifras sobre la población en edad de trabajar y
sobre el número de jubilados.

En el apartado anterior hemos extrapolado la natalidad
española hasta el 2025. Esta extrapolación es bastante
fiable, ya que las futuras madres del 2025 ya han nacido,
y por lo tanto se conocen con precisión. Extrapolar la
natalidad más allá del año 2025 es un cálculo de
riesgo, ya que no sólo hay que prever la fertilidad a
largo plazo, sino, además, prever el número mujeres en
edad de procrear. En consecuencia, no estimaremos la
natalidad española más allá del 2025. Sin embargo, es
posible estimar de modo fiable dos datos clave para la
España de 2050: las mujeres en edad fértil y la
relación entre la población en edad de trabajar y los
jubilados. Estos cálculos son posibles ya que dicha
población ya habrá nacido en su gran mayoría antes de
2025.
El número de mujeres en edad fértil es el dato
demográfico más relevante de una comunidad. Este
indicador señala el nivel de la población futura con
una anticipación de al menos una generación (30 años).
Aunque usualmente se utiliza el número de mujeres entre
15 y 49 años, en el caso de España, restringiremos la
muestra a las mujeres entre los 20 y los 39 años, ya que
las fertilidades en los restantes tramos de edad son
demográficamente irrelevantes. En la Tabla 2 se presenta
el número de mujeres de dichas edades previstos hasta
2050, en mi hipótesis optimista, que es similar a la del
INE, a la nº 2 de FEDEA y a la nº 1 de Fernández
Cordón para la Fundación BBV.
En la Tabla nº 2 puede verse el proceso de descenso de
nuestra capacidad genésica, que ya es imparable hasta
2020, excepto a través de la inmigración, y que
corresponde a una caída de un tercio en tan solo veinte
años. La estabilización del número de madres
potenciales entre 2020 y 2040 se debe a la hipótesis
«optimista» adoptada, que prevé, como ya se ha dicho,
un repunte de la natalidad superior al 50% en los
próximos años. Incluso en esta perspectiva optimista,
el número de mujeres en edad fértil en 2050 sería del
orden de la mitad de las actuales (57%). En el caso
continuista, el número de mujeres entre 20 y 39 años en
2050 sería de tan solo 2.498.000, es decir, el 39% del
volumen actual. La Tabla 2 muestra claramente el punto
casi de no retorno en el cual nos encontramos, y la
dificultad de aumentar el número de nacimientos incluso
en los escenarios de fertilidad más optimistas.
Analizando la Tabla 3, sobresalen los siguientes datos:
o Con independencia de la hipótesis de natalidad que se
adopte, la población en edad de trabajar en España
durante el primer cuarto del siglo XXI permanecerá
básicamente estable (descenso del 6.5%), ya que el
efecto de la baja natalidad de finales del siglo XX
estará compensado por la alta natalidad hasta 1975. En
esos mismos años, la población con más de 65 años
aumentará de forma continua (crecimiento del 23%).
o Entre los años 2025 y 2050 la población en edad de
trabajar bajará en picado, sea cual sea la hipótesis de
natalidad (descenso del 25% en el caso optimista y del
34% en el caso continuista). La población con más de 65
años crecerá a un ritmo muy semejante al de años
anteriores (22%).
¿Qué significan estas cifras? En esencia, lo siguiente:
o La población española apenas variará en números
absolutos durante los próximos 25 años (disminución
del 5%) y no son de prever los problemas asociados
típicamente con la despoblación. El cambio más
relevante será la disminución de la población joven.
o España no tendrá problemas de escasez de mano de obra
hasta el año 2025. De hecho, tanto la tasa de ocupación
como la tasa de actividad de la población española son
en estos momentos las más bajas del mundo desarrollado,
lo que indica que existe una capacidad de trabajo
disponible y no utilizada, extraordinariamente amplia. La
experiencia de los últimos 50 años (incluyendo la
España del desarrollo) permite concluir que, fuere cual
fuere el ritmo de creación de empleo de los próximos 25
años, siempre habrá españoles para cubrirlo.
o Las previsiones relativas a la población total
española en 2050 varían ampliamente. Todas las fuentes
consultadas prevén una reducción (excepto la nº 3 del
BBV), pero el volumen de dicho descenso varía entre 3 y
15 millones. De acuerdo con la proyección de la Oficina
del Censo de los EEUU, que recordemos que asume un
aumento de la fertilidad del 20% entre 1996 y 2000, y que
tomaremos como hipótesis media, entre los años 2025 y
2050 España perderá unos 8 millones de habitantes en
números redondos (más del 20% de su población), lo que
significa unas 320.000 personas menos al año. Es una
pérdida superior a la que tuvo por ejemplo álemania en
la II Guerra Mundial, y del mismo orden de magnitud,
aunque obviamente de opuesto signo, que el crecimiento de
la población española durante los años del desarrollo.
Ello provocará un impacto considerable sobre múltiples
órdenes de la vida, incluyendo la despoblación de
ciudades y la desaparición de barrios, fuertes tensiones
sobre el presupuesto del Estado (¿cómo pagar la deuda
pública y las pensiones con ingresos decrecientes?), la
dificultad de mantener las infraestructuras existentes
(carreteras, hospitales, etc.), la depreciación de
numerosos bienes (viviendas, comercios), la desaparición
de múltiples negocios (como por ejemplo ha ocurrido ya
con las autoescuelas), y un contexto de contracción de
la demanda que podría generar una deflación
generalizada.
En resumen, no son previsibles problemas graves debidos
al decrecimiento de la natalidad en los próximos 25
años, dado que este fenómeno es de evolución muy
lenta. Sin embargo, el escenario más probable a partir
del año 2025 es tan claramente adverso que puede
calificarse como dramático. Vamos a estudiar posibles
soluciones, que, en el campo de la demografía, deben
plantearse con muchísima anticipación. Estas soluciones
son dos: el incremento de la natalidad, y la
inmigración. Hacia el año 2025 la sociedad española
deberá enfrentarse a una decisión de alto calado: o
bien recibir inmigrantes en un número gigantesco (no
menos de 250.000 al año, es decir, los mismos que niños
nacerían en la hipótesis continuista), o bien aceptar
una enorme reducción (sin precedentes) en su fuerza de
trabajo y en su población.
VII. VISION económica de la natalidad
En 1965 publicó Gary Becker4 su conocida monografía
sobre el capital humano, y a partir de dicha fecha se
interesó en repetidas ocasiones en el análisis de la
fertilidad y sus consecuencias desde una perspectiva
económica5. Su tesis, que hoy parece obvia, es que el
trabajador lleva incorporada una importante cantidad de
capital, que son los gastos necesarios para conferirle
sus capacidades. Becker se centró en la capitalización
del trabajador a través de la educación, pero son
necesarios otros gastos, en particular los necesarios
para la manutención.
Dada la orientación en gran medida economicista de la
actual sociedad occidental, no es posible comprender la
actual natalidad española (y occidental) sin estudiar la
teoría económica subyacente. Si analizamos al
trabajador como un simple factor de producción y, de
forma metafórica, obtenemos que es un elemento que
requiere 20 años para su fabricación, que a partir de
entonces produce durante 45 años (hasta la edad de 65
años), y que requiere 15 años para ser desguazado
(desde los 65 años en que se jubila hasta la edad media
a la muerte de 80 años). Con esta perspectiva, el
trabajador tendría un valor máximo a los 20 años, a
partir de entonces se amortizaría a lo largo de cuarenta
y cinco años, al final de los cuales su valor sería
negativo e igual a la suma de las pensiones que se le
deberían. En resumen, y desde la perspectiva de la
natalidad, tener hijos es una inversión que dura 20
años, con unos costes iguales a la suma de sus costes de
producción (manutención, salud y educación
básicamente).
La inversión en los hijos, ¿es rentable desde el punto
de vista de los padres y de la sociedad, en una
perspectiva puramente económica? Para los padres,
obviamente no, ya que en las sociedades actuales los
hijos no suelen aportar ingresos. Para la sociedad, la
respuesta es también negativa: un trabajador de 20 años
(sin educación) tiene valor cero, ya que es posible
«adquirirlo» a través de la inmigración completamente
gratis, en tanto que producir un ciudadano europeo de 20
años, aún sin considerar los gastos de educación,
tiene un coste muy importante. En consecuencia, la
natalidad, en la situación occidental actual, no tiene
sentido económico: equivale a producir un bien (el hijo)
con un alto coste, cuando un bien económicamente
equivalente está disponible a coste cero. Este breve
análisis nos ayuda a comprender el motivo de la baja
natalidad occidental actual: dichas sociedades tienen
hijos exclusivamente en la medida en que sus propios
valores morales se imponen al cálculo puramente
económico. Cuanto más materialista sea la sociedad,
menos hijos tendrá.
Descartando, de momento, la inmigración, una sociedad
que no tiene hijos se descapitaliza, ya que pierde uno de
sus factores de producción. La sociedad española (y
occidental) actual es comparable a un empresario que no
renovara su utillaje. Para dar una idea del volumen de
esta desinversión, hagamos unos números: La
Confederación Española de Organizaciones de Amas de
Casa, Consumidores y Usuarios (CEACCU) ha publicado
recientemente un estudio donde señala que el coste de
cada hijo hasta los 18 años, para sus padres, oscila
entre un mínimo de 18 y un máximo de 30 millones de
pesetas. Estas cifras nos parecen elevadas, y en
consecuencia hacemos la hipótesis de que cada hijo tiene
un coste total del orden de un millón de pesetas anuales
(incluyendo gastos pagados por la ádministración, como
la enseñanza). Dado que la población española actual
tiene 3 millones de jóvenes menos de los que hubiera
tenido si la natalidad hubiera seguido su patrón
histórico (626.000 nacimientos al año), la
desinversión anual es del orden de los 3 billones de
pesetas, cifra superior a la inversión pública
(formación bruta de capital fijo de las Administraciones
Públicas). En total, cada trabajador a los 20 años ha
requerido una inversión de 20 millones de pesetas, y en
consecuencia España ha desinvertido unos 60 billones de
pesetas, cifra cercana al volumen del PIB, y en aumento
exponencial ya que la natalidad es cada año más baja.
Hemos mejorado de nivel de vida en la última década, en
parte porque los fondos que hubieran debido ser
invertidos en las futuras generaciones han sido
destinados al consumo. Este aumento del consumo se ha
hecho a costa de la descapitalización humana, cuyas
consecuencias se verán con claridad en las próximas
décadas.
Otra faceta de la caída de la natalidad es que hay menos
«capitae», y por lo tanto la renta per capita aumenta.
En la Figura 10 se presenta el proceso de convergencia de
la renta per capita española con la UE de los 15, medida
en paridad de poder de compra. En dicha figura se
representan 3 curvas, que son las siguientes:

o Curva nº 1: Datos oficiales de la renta per capita
española comparada con la de la UE de 15 países. Estos
datos oficiales presentan un salto considerable de la
renta relativa española en el año 1991, ya que en dicho
año se incluyó la antigua álemania del Este dentro de
la UE. Estas cifras no reflejan la realidad, dado que la
base de comparación, antes y después de 1991, no es
homogénea.
o Curva nº 2: Datos reales de la renta per capita
española comparada con la UE, corrigiendo el efecto de
la entrada de la antigua álemania del Este.
o Curva nº 3; Datos reales de la renta per capita
española comparada con la de la UE, en la hipótesis de
que la natalidad española hubiera permanecido constante
al nivel promedio de 1858-1975: 626.000 nacimientos al
año
En la Figura 10 puede verse que todas las curvas suben
entre 1960 y 1975, que todas ellas bajan entre 1975 y
1985, y que a partir de entonces se produce una subida
que llega hasta la fecha, en algunos casos rápida y en
otros lenta. En la curva
nº 1 se refleja que, oficialmente, España, tras quince
años de retroceso, ha superado la renta per capita
relativa respecto a la UE del final de la era de Franco,
y que nuestro país se acerca a la renta per capita
promedio de Europa a un ritmo del 0,9% al año, es decir,
convergencia real con la UE en 2018.
Sin embargo, este acercamiento es en parte producto de un
falseamiento de los datos: las estadísticas oficiales de
la Europa de los 15 no incluyen la antigua álemania del
Este hasta 1991 y, por lo tanto, todos los países de la
UE, excepto álemania, subieron bruscamente ese año su
posición relativa casi un 2%. Este efecto puede verse en
la curva nº 2, que coincide con la curva nº 1 hasta
1990, y a partir de 1991 se queda aproximadamente un 2%
por debajo. Si corregimos dicho error estadístico (curva
nº 2), nuestra velocidad de acercamiento a la UE en los
últimos 12 años pasa a ser del 0,77% anual, y una
posible convergencia real con la UE se aplazaría hasta
2024.
En la última curva, puede verse que si España hubiera
mantenido durante las últimas décadas su natalidad
histórica, la renta per capita relativa respecto a la UE
apenas hubiera variado entre 1963 y 1985 (hasta 1975
España se acercaba al nivel de vida de la UE pese a
tener una natalidad muy superior, y entre 1976 y 1985 nos
alejamos independientemente de la natalidad). Sin
embargo, a partir de 1986 la situación cambia y el
efecto de la natalidad se hace sentir cada vez de modo
más acelerado.
Si la natalidad no se hubiera desplomado, la renta per
capita española relativa respecto a la UE sería hoy en
día inferior a la que teníamos en 1975, y no solo eso,
sino que nuestro nivel respecto a la UE en los últimos
años estaría estancado. Adicionalmente, la subida del
nivel de vida relativo de España que se produce desde
1995 tiene como causa principal la pérdida del nivel de
reposición de la población. No es tanto que España se
enriquezca, sino que, al dejar de invertir en las futuras
generaciones, hay más liquidez.
VIII.
Interpretación del caso español
Los motivos que han llevado a España a figurar como
último país del mundo en natalidad no se han estudiado
con rigor. Cuando se publicó (diciembre 1999), la
encuesta del INE sobre la fecundidad española, que nos
clasificaba como el perdedor del ranking mundial, la
presidenta del INE se limitó a señalar: «No podemos
ser muy optimistas», sin esbozar una interpretación de
lo que estaba ocurriendo.
Rafael Puyol6 resume certeramente la caída de la
natalidad occidental desde mediados de los sesenta en los
siguientes factores clave: «... disminución profunda de
la natalidad infantil ...; una nueva valoración de los
hijos; la generalización de las pensiones de
jubilación, ...; la debilitación de las creencias ...;
el incremento del nivel educativo de las mujeres y su
incorporación al mercado laboral; el crecimiento del
celibato; el aumento de las rupturas matrimoniales ...;
la modificación de los valores sociales hacia pautas de
mayor bienestar...; y, más recientemente, la crisis
económica y la inseguridad en el empleo .... En esta
situación, la difusión de los métodos anticonceptivos
ha jugado un decisivo papel de instrumento.». En el caso
español, el propio Puyol, en la obra citada, señala
como factores de mayor poder explicativo el retroceso de
la nupcialidad y el cambio de las pautas matrimoniales:
«los matrimonios se realizan más tarde; los primeros
hijos tardan más en llegar; el intervalo entre el primer
y el segundo hijo se alarga en el tiempo...»
Aún aceptando la importancia de estos factores, no
podemos dejar de señalar que son comunes al mundo
occidental, sin que en otros países hayan provocado una
caída de la natalidad comparable a la española.
Analizando los elementos económicos, podemos observar
que el nivel de vida y el paro han tenido subidas y
bajadas desde 1975, sin que la natalidad lo haya
reflejado en lo más mínimo. De la misma manera, la
crisis económica española ha sido profunda entre 1976 y
1985, pero ha habido países con mayores dificultades
(recordemos la Europa del Este), sin que su natalidad lo
haya acusado de modo tan determinante. En lo que se
refiere a los elementos culturales, no parece que la
mujer española sea más culta o trabaje en mayor
proporción que la sueca, ni que la moral católica haya
desaparecido de España más que de Francia, por ejemplo.
Resumiendo, ninguno de los factores citados por Puyol ni
por otros investigadores explica la mínima natalidad
española, ya que en ninguno de ellos, exceptuando la
tasa de paro, tenemos un nivel excepcional en términos
comparativos.
Para explicar que España tenga la natalidad más baja
del mundo hay que encontrar alguna causa específicamente
nacional. En nuestra opinión, existen dos causas, una de
orden cultural, y otra de orden político. La motivación
cultural salta a la vista si se observa la Tabla 4: las
españolas casadas tiene en promedio 1.86 hijos en el
año 1998, es decir, casi exactamente 1 hijo menos que en
1975, un descenso del 33%, caída muy inferior a la que
ha mostrado la fertilidad del conjunto de las mujeres.
Por lo tanto, las mujeres españolas casadas han
disminuido su fertilidad, pero la fuerte caída de la
tasa conjunta española se debe a otras causas. La misma
Tabla 4 revela que las mujeres separadas o viudas tienen
un número de hijos muy similar al de las mujeres
casadas, pero en cambio las solteras casi no tienen
hijos. Adicionalmente, el número de mujeres solteras en
España es muy alto, casi tanto como el de mujeres
casadas y, por lo tanto, el número de hijos por mujer,
en su conjunto, se hace muy pequeño.
Con el fin de analizar por qué los españoles y
españolas nos casamos menos, se presenta la tasa de
primonupcialidad de España y de algunos países de la UE
a lo largo de las últimas décadas. Como puede verse en
la Figura 11, los europeos dejan de casarse. Esta figura
muestra la tasa de primonupcialidad, es decir, el número
de primeros matrimonios de mujeres en relación con la
población total de mujeres en edad fértil y de los
años disponibles para el matrimonio. Si la cifra es
igual a uno, ello indica que el número de matrimonios de
ese año es tal que aseguraría que, a largo plazo, todas
las mujeres se casarían. Si la cifra es igual a 0.60
(caso de la España actual), ello significa que en
promedio, solo el 60% de las mujeres de dicha generación
se casarán. De acuerdo con dicha figura, en 1976 empezó
a bajar la tasa de primonupcialidad en España
bruscamente, y desde un valor superior a 1 llegó en 1982
a 0.65, y desde esa fecha ha bajado lentamente. Una
transición más o menos similar, aunque en general más
suave, tuvo lugar en los países europeos a partir de
1965, y ha llevado a tasas que en el momento actual son
del orden del 50% (en promedio la mitad de las mujeres en
Europa no se casan).

Correlacionando
estas dos informaciones, se comprende el caso español:
los españoles se casan mucho menos en la actualidad que
en 1975, aunque todavía algo más que en el resto de
Europa. Sin embargo, y esta es la diferencia esencial,
las mujeres solteras españolas no quieren tener hijos,
en clara contraposición con otras mujeres europeas: en
Suecia, por ejemplo, el 40% de los nacimientos proceden
de mujeres solteras. Por lo tanto, España ha recorrido
solo en parte el camino de desintegración de la familia
que parece ser el futuro europeo: las españolas
encuentran ya aceptable permanecer solteras, lo cual en
muchos casos significa uniones de hecho más o menos
estables; sin embargo, la sociedad española no acepta de
buen grado que una mujer soltera tenga hijos. Entre estas
dos realidades, la natalidad española ha alcanzado el
mínimo mundial.
Creemos que existe una segunda causa de nuestra baja
natalidad, que es de orden político: la España actual,
de un modo no expreso pero sí efectivo, es
antinatalista. Aunque no abordaremos una demostración
detallada de esta hipótesis, los indicios son
sugerentes: en primer lugar, la natalidad bajó de forma
muy clara en 1977, después de más de 100 años de
continuidad. Ello significa que los españoles concebimos
menos hijos en 1976, es decir, inmediatamente después de
la Restauración. El segundo indicio es que España ha
alcanzado el nivel de natalidad más bajo del mundo sin
que ningún partido político considerara que el tema
fuera digno de debate, cuando los restantes países
occidentales arbitraron políticas pronatalistas mucho
antes de llegar a nuestro nivel. Tercer indicio: España
es el país de la Unión Europea con menores prestaciones
familiares. Y como última indicación, la voz del
pueblo: en España aquél que tiene más de dos hijos es
considerado un ingenuo, en palabras de Rafael Termes7
«... las familias numerosas, objeto hoy de crítica
burlona ...», y numerosos creadores de opinión asocian
la fecundidad al atraso, tanto cultural como material.
Desde el punto de vista de los gobernantes, la natalidad
tiene dos efectos políticamente indeseables a corto
plazo: en primer lugar, si la natalidad subiera, nuestra
mejora de nivel de vida disminuiría, con el consiguiente
desgaste del gobierno. El segundo motivo que lleva a
nuestra clase política a no abordar la problemática de
la natalidad es su impacto sobre el déficit público, no
solo por el coste directo de los programas de apoyo a la
familia, sino también por sus efectos sobre la
educación y la sanidad. En contraste, la subida de la
natalidad no favorece en nada al gobierno de turno, dado
que sus primeros efectos positivos aparecen con un
retraso de 20 años (recaudación y contribución a la
Seguridad Social).
En resumen, la baja natalidad de la España actual es la
suma de una serie de causas, la mayoría comunes a todo
Occidente, y dos específicamente españolas: la
decisión de las mujeres solteras de no tener hijos, y el
espíritu antinatalista, probablemente una reacción de
antagonismo simplista, como tantas otras, frente a la
política pronatalista de la era de Franco.
IX. Las pensiones
Otro aspecto clave de la descapitalización de la España
actual son las pensiones. Para analizar este tema, muy
ligado a la natalidad, seguiremos el análisis del
profesor Barea8, de una precisión y claridad
sobresalientes.
La situación legal actual de las pensiones en España es
tal que todos los trabajadores, desde un punto de vista
del ciclo de vida completo, reciben del sistema de
pensiones más de lo que aportan. Por ejemplo, un
trabajador que cotizara durante 35 años al régimen
general (situación menos favorable posible para el
trabajador, ya que en los restantes casos la Seguridad
Social es aún más generosa), recibiría como
compensación el mismo capital que ha aportado, más una
tasa de rendimiento del 7.7% anual. Dado que esta tasa de
rendimiento es muy superior a la que aportan los activos
sin riesgo, como por ejemplo la Deuda Pública, todos y
cada uno de los trabajadores de la Seguridad Social, a lo
largo del ciclo de vida, cobra más de lo que ingresa. La
política de pensiones, de modo paralelo a la baja
natalidad, tiene efectos a largo plazo, y por lo tanto es
opaca para la opinión pública. Ello permite a la clase
política olvidar la realidad e intentar conseguir
votantes sobre la base de la futura quiebra del sistema
de pensiones. Para dar una idea de la intensidad de este
fenómeno, Barea precisa que, para que cada cotizante
recibiera el día de mañana lo mismo que ha aportado, el
trabajador ya mencionado con 35 años de cotización
debería cobrar como primera pensión tras su jubilación
el 62% de su último sueldo como activo, en tanto que en
la actualidad cobra en promedio el 92%, es decir, la
legislación actual le «regala» una sobrepensión del
48% respecto a lo que ha cotizado. Para los casos
restantes, la sobrepensión es aún mayor, ya que un
trabajador que hubiera cotizado solo 15 años debería
jubilarse matemáticamente con el 25% de su último
sueldo, en tanto que la legislación actual le asegura el
46% (aumento del 84%, lo que significa que ingresará
casi el doble de lo que ha aportado).
Estas cifras son obviamente insostenibles a medio plazo,
ya que conducen primero a la descapitalización y
posteriormente a la quiebra del sistema: cada nuevo
trabajador que ingresa en la Seguridad Social contribuye
a maquillar las cuentas, ya que aumentan los ingresos;
sin embargo, las deudas crecen simultáneamente de modo
más que proporcional, ya que dicho trabajador acumula
unos derechos de pensión considerablemente mayores que
sus cotizaciones, y por lo tanto cada nuevo ingreso en la
Seguridad Social es un alivio para la Tesorería, pero
una pérdida considerando el ciclo de vida completo del
trabajador. Como corolario de esta conclusión, la
inmigración no resuelve los problemas de las pensiones,
ya que los inmigrantes adquirirán el derecho a recibir
pensiones superiores a sus cotizaciones, y por lo tanto
agravarán el problema.
El profesor Barea ha calculado que la situación
patrimonial neta actual de la Seguridad Social
considerada como un sistema de capitalización (derechos
menos obligaciones) es negativa e igual a dos veces el
PIB español. Este quiebra intrínseca del sistema de
pensiones debida a la legislación actual se agrava a
consecuencia de los factores demográficos. Entre 2000 y
2025, la relación entre jubilados y españoles en edad
de trabajar (de 20 a 64 años) bajará de 3.7 a 2.8. En
función de la tasa de actividad, cada jubilado podría
tener todavía en 2025 unos 2 trabajadores para cubrir su
pensión. Por el contrario, en 2050 habrá únicamente
1.6 españoles en edad de trabajar por cada jubilado, lo
que podría traducirse en que cada trabajador tendría
que sufragar cerca de la pensión completa de un
jubilado. No es fácil pensar que en el contexto
deflacionario que probablemente acompañará una
reducción de la población de esta envergadura, la
solidaridad intergeneracional pudiera alcanzar un nivel
de esa magnitud.
Barea analiza con detalle en su trabajo citado las
consecuencias de la baja natalidad española sobre el
sistema de pensiones, que resumiremos brevemente a
continuación. Toma como hipótesis de natalidad el
trabajo de Fernández Cordón, y en concreto la
hipótesis nº 1 denominada «media», que como ya se ha
analizado es similar a la del INE y a nuestro propio
escenario «optimista», y en la cual se prevé un
crecimiento de la natalidad superior al 50% (sin
precedentes históricos). En dicho escenario, y
simplemente considerando el cambio en el número de
pensionistas y en las personas en edad de trabajar, en
2050 cada persona entre 15 y 64 años tendría que pagar
al Sistema de Pensiones 796.000 pesetas constantes de
1997, a comparar con 348.000 en 1997. Este escenario es
sencillamente imposible, ya que cada trabajador en activo
tendría que ceder una parte muy importante de su sueldo
(casi la mitad). El informe de la División de Población
de la ONU anteriormente citado expone que, si no hubiera
cambios radicales en la natalidad o en la política de
inmigración, la edad de jubilación deberá elevarse en
ciertos países hasta los 77 años lo antes posible.
En resumen, el actual sistema de pensiones en España es
un factor de descapitalización acelerada: de la misma
manera que no estamos invirtiendo en crear y formar
futuros trabajadores, no estamos proveyendo para la
jubilación de los trabajadores actuales, y ambas deudas
se trasladan sin remisión hacia el futuro. De este modo,
la clase política oculta la situación económica real
con un velo de prosperidad coyuntural, ya que la
descapitalización descrita, aunque indudable, no es
visible para el elector medio.
El conjunto de ambas carencias dibuja un panorama
insostenible a medio plazo (2025).
X. Primera medida: NATALIDAD
Tanto la población española como aquellas generaciones
en edad de trabajar apenas sufrirán variaciones en los
próximos veinticinco años. Sin embargo, esta situación
cambiará de modo dramático a partir de entonces.
¿Sería posible alterar este panorama si la natalidad se
modificara a partir de ahora mismo? ¿Está España
todavía a tiempo de evitar su despoblamiento, o al menos
conseguir que este proceso ocurra de modo lento y no
traumático?
La respuesta a nivel teórico es afirmativa. Si España
tuviera desde el año 2000 una fertilidad igual a la de
Suecia en el año 1992 (máximo del mundo desarrollado de
los últimos 25 años), la población de España
permanecería prácticamente estable en el nivel actual
durante la primera mitad del siglo XXI, y la población
en edad de trabajar apenas cambiaría (nivel siempre
superior a los 22 millones, muy comparable con la cifra
actual de 24 millones). Este crecimiento de la natalidad
debe ser inmediato, porque cada año que pasa, las
cohortes de mujeres de 40 años que abandonan la edad
fértil (nacidas en 1960) son un 50% más numerosas que
las cohortes de mujeres de 15 años que entran (nacidas
en 1985). Para dar idea de la urgencia de tomar medidas,
si la fertilidad en España permaneciera constante en los
niveles actuales hasta el año 2005, y creciera en dicho
año hasta el nivel de Suecia previamente citado, la
población en edad de trabajar en el año 2050 sería de
tan solo 20 millones de habitantes, es decir una pérdida
de casi 2 millones debida a un retraso de tan solo un
lustro.
España todavía podría evitar el colapso poblacional,
si se tomaran las medidas pertinentes. ¿Cuáles?
La medida más fácil de tomar, aunque indeseable, es
fomentar la natalidad de las mujeres solteras. Es el
camino tomado por Suecia, con dos consecuencias
claramente visibles a día de hoy: coste muy alto y
subida de la natalidad únicamente temporal. En todo
caso, este modelo no parece aplicable a España al menos
en los próximos veinte años, ya que como puede verse en
la Tabla 5, tomada de Juan Velarde9, las pautas de
nacimientos extramatrimoniales evolucionan de modo muy
lento en España. Adicionalmente, la mayor parte de
dichos nacimientos extramatrimoniales tienen lugar en
mujeres ya casadas y separadas, y no en mujeres solteras,
único colectivo demográficamente relevante. En
consecuencia, descartamos esta solución.
En el caso español, una acción profunda sobre los
factores sociales que condicionan la natalidad parece muy
difícil en el corto plazo, que es precisamente aquél
donde habría que reaccionar. Al contrario, parece que
los factores adversos a la fertilidad, tales como las
tasas de primonupcialidad, de divorcio (33.104 en 1995, a
comparar con 200.000 matrimonios en el mismo año), o de
aborto (49.367 en el mismo año, a comparar con 363.000
nacimientos), no solo no van a mejorar sino que
empeorarán en los próximos años. En cuanto a los
factores morales de fondo con efecto sobre la natalidad,
tales como la religiosidad o el patriotismo,
prácticamente han desaparecido de la vida española.
Defender la natalidad como forma de evitar la decadencia
de España en el siglo XXI resulta casi ridículo en un
país donde su propio nombre apenas se pronuncia, ya que
se ha impuesto la consigna de considerarlo
«políticamente incorrecto». De hecho, las escasas
voces que se oyen en defensa de la natalidad utilizan un
único argumento, que no puede ser más egoísta:
¿quién va a pagar nuestras pensiones?
El análisis de la natalidad de los países escandinavos
en los últimos años ha mostrado con claridad que la
decisión de tener o no hijos depende en alto grado de la
opinión pública. La subida de la natalidad en Suecia en
los años 82- 92 hizo que grupos de mujeres que no
tenían acceso a los incentivos natalistas (por ejemplo
por no trabajar), también incrementaran sus niveles de
fertilidad, y lo mismo ocurrió en los países vecinos,
con políticas diferentes. La natalidad es el resultado
de actitudes de grupo, que hacen sentirse «desfasado» a
aquel que no las sigue. En estas condiciones, esperar que
las mujeres españolas se enfrenten a la presión social,
y renuncien a una proporción muy importante de su
libertad y de sus ingresos para tener hijos es una
utopía.
En consecuencia, la primera medida a tomar es fomentar un
clima social favorable al matrimonio y a la natalidad.
Ello podría conseguirse únicamente a través de un
esfuerzo colectivo y sostenido, que incluyera el ejemplo
de la clase política y mediática, la pura y simple
propaganda, los discursos públicos, y la difusión de
los informes pertinentes. Sin embargo, dada la situación
actual de España y el tiempo escasísimo que queda para
aportar remedio en tiempo útil, esta primera medida
axiológica debe ir acompañada de incentivos
económicos.
Existe un amplio debate sobre la eficacia de las medidas
económicas para fomentar la natalidad, pero en esencia
podemos decir que hay un acuerdo básico sobre su
eficacia, aunque desacuerdo sobre la intensidad de su
efecto. Por ejemplo, la natalidad en Suecia está en
caída libre, pese a la existencia de importantes medidas
de fomento, y por contra, la fertilidad de la mujer
estadounidense blanca es de 1.94 hijos por mujer (1995),
sin necesidad de ninguna política de apoyo. Por otra
parte, Juan Velarde, en su trabajo citado, expone una
clara correlación entre el nivel de prestaciones
familiares en la UE de los 12 en 1993 y el nivel de
envejecimiento previsto en 2050.
Toda la UE ha legislado específicamente a favor de la
natalidad, aunque con intensidades muy diferentes. En
promedio, la UE destina el 2.4% de su PIB a políticas de
apoyo a la familia con hijos, en tanto que España
destina únicamente el 0.4%. Con el fin de definir el
nivel de los incentivos económicos necesarios para
España, la experiencia sueca, el único país europeo
que ha conseguido subir su natalidad en una proporción
relevante (aunque el efecto haya sido de corta
duración), pudiera servir de pauta. La política seguida
en Suecia ha sido incentivar a las madres con
independencia de su estado civil: cada hijo da derecho a
una excedencia laboral de un año, remunerada con el 90%
del sueldo anterior a la maternidad. Adicionalmente, se
han creado guarderías para atender a los niños, no solo
hasta la edad escolar, sino posteriormente, ya que uno de
los mayores problemas de la madre que trabaja es
compatibilizar la rutina escolar de sus hijos con sus
propias obligaciones laborales, incluyendo las
vacaciones. Aunque existen otras medidas de fomento de la
natalidad, son de menor operatividad.
El esquema sueco ha estimulado la natalidad
extramatrimonial, ya que permite a la mujer trabajadora
mantener un hogar con hijos sin la ayuda económica de un
marido. En estas condiciones, el marido pierde la
función de sostén material de la madre y de los hijos,
que ha sido uno de los pilares históricos del matrimonio
(recordemos las dramáticas palabras que sobre el futuro
de Astianacte pronuncia Andrómaca a la muerte de
Héctor). Aunque esta independencia económica de la
madre soltera pudiera ser deseable para la mujer, no lo
es para los hijos, ya que les priva de un padre. Por otra
parte, el esquema sueco requiere para ser eficaz una
virtual equiparación laboral entre el varón y la mujer
(la mujer que no trabajara no tendría acceso a los
incentivos natalistas), que no se da en España. En
consecuencia, proponemos para España una solución
propia: la mujer tendría derecho a un año de excedencia
laboral por maternidad, y a recibir, bien su propio
sueldo, bien el sueldo de su marido durante dicho año.
Ya que en España tanto la tasa de actividad como el
sueldo del hombre son claramente superiores a los de la
mujer, ello fomentaría prioritariamente la natalidad
dentro del matrimonio, y lo haría por igual en todos los
niveles de ingresos. El coste tentativo de este programa
sería el siguiente: un sueldo medio anual de 2 millones
de pesetas y un objetivo de 600.000 niños al año
equivaldría a 1.2 billones de pesetas, el 1.2% del PIB.
Inicialmente, la cifra necesaria sería más o menos la
mitad, dados los actuales niveles de natalidad, pero el
objetivo sería alcanzar dicho número de nacimientos lo
antes posible.
Que la despoblación de España pueda evitarse destinando
únicamente recursos equivalentes al 1.2% del PIB, y no
se haya hecho ya, produce indignación. Recordemos que,
incluso con la medida propuesta, España apoyaría
globalmente la natalidad con una cifra inferior al
promedio europeo (1.6% del PIB versus el 2.4%). Nada
parece indicar, sin embargo, que dichos fondos vayan a
invertirse; al contrario, el Real Decreto de enero de
2000 que anticipa el Plan de Familia recientemente
anunciado destina 30.000 millones de pesetas anuales a
fomentar la natalidad, cifra cuarenta veces inferior a la
citada en este trabajo. Por lo tanto, la pregunta clave
es la siguiente: ¿es posible, en la España actual,
realizar una política natalista eficaz? La respuesta es
negativa. En la España de hoy no se hace más política
que la que produce dividendos electorales inmediatos, y
la natalidad es una inversión a largo plazo: ¡estamos
hablando de la despoblación de España a partir de 2015,
es decir, 4 periodos electorales! Adicionalmente, es
imposible crear una política de fomento de la natalidad
que no estuviera basada en el orgullo de la propia
identidad, tanto biológica como cultural. Cualquier
política natalista nacional sería vista con recelo por
ciertos gobiernos regionales, que verían en la misma una
afirmación global de España. ¿Qué argumentos podría
utilizar un político español en el año 2000 para que
sus votantes apoyaran destinar más de 1 billón de
pesetas a fomentar la natalidad? ¿El lugar de España en
la Historia? ¿El futuro de sus nietos? ¿Evitar una
inmigración culturalmente heterogénea? No queda más
argumento que las pensiones, pero el debate es técnico,
el hombre de la calle no puede seguirlo, y los resultados
están muy lejanos en el futuro
En resumen, aunque es teóricamente posible evitar el
despoblamiento de España a través de programas
natalistas, las circunstancias políticas de la España
actual hacen difícil articular las medidas necesarias.
En consecuencia, quedaría la solución de la
inmigración.
XI.
Segunda medida: Inmigración
España no necesita inmigrantes como fuerza de trabajo en
los momentos actuales, ni los necesitará en cantidad
relevante durante los próximos 25 años. Sin embargo,
existen numerosas voces en la España actual que afirman
exactamente lo contrario. Vamos a analizar este aspecto
antes de estudiar la inmigración a partir del 2025,
fecha en la que quizás sea la solución práctica a la
despoblación.
En lo que se refiere a la escasez de mano de obra actual,
tanto la patronal como el gobierno se han manifestado en
los últimos meses en favor de la necesidad de
incrementar la inmigración para cubrir puestos de
trabajo que la sociedad española rechaza. Esta tesis es
dudosa. Lo que sí está claro es que tanto la patronal
como las clases altas españolas ven como muy provechosa
esta inmigración, ya que les permitiría contratar a
bajo coste puestos de trabajo «de escaso atractivo»
(tales como el servicio doméstico o ciertos peonajes)
que en caso contrario tendrían un coste muy superior.
Pero desde un punto de vista nacional, esta inmigración
competiría directamente con las capas de la población
de menor capacitación, manteniendo en niveles bajos los
sueldos de dichas categorías. La inmigración, si se
permitiera, condenaría a sueldos bajos para trabajos
poco cualificados a un elevado porcentaje de la
población española nativa, porcentaje de la población
que probablemente no sería menor del 25%, para beneficio
exclusivo de las clases superiores. La prohibición de
esta inmigración tendría el efecto contrario: subir de
modo importante los sueldos de baja cualificación, hasta
que la oferta cubriera la demanda.
Una vez creado tal estado de opinión, España acaba de
legalizar una inmigración masiva sin un gran debate
nacional, y con el acuerdo expreso de todo el espectro
político (Ley de Extranjería). En el último momento,
la fuerte presión de la UE ha forzado al gobierno a
intentar frenar los aspectos más permisivos de la nueva
Ley (un auténtico protectorado europeo), aunque sin
éxito, y el propio gobierno se ha comprometido a
reformarla, en sentido restrictivo, en la próxima
legislatura.
Una vez comprobado que a España no se le permitirá
seguir en este punto una política diferente a la de la
UE, ¿qué hará la UE? La contestación no es inmediata,
pero la relevancia que han tomado en numerosos países
europeos, como áustria y Francia, las fuerzas políticas
contrarias a la inmigración hace pensar que la
inmigración española será reducida durante el próximo
decenio. Sin embargo, a partir del año 2015, Alemania
iniciará un proceso de despoblamiento, más suave que el
de España al tener mayor fertilidad, pero más temprano
dado que su transición demográfica se inició antes. La
reacción de Alemania ante este proceso será clave para
el futuro de Europa y, por lo tanto, para el futuro de
España. No es fácil hacer predicciones, pero a la vista
del aluvión de inmigrantes que aceptó Alemania, sin
reticencias aparentes y con experiencias contradictorias
(caso de los turcos), para suplir su carencia de hombres
tras la II Guerra Mundial, es probable que la
legislación de inmigración a la UE sea más permisiva a
partir de 2015, y quizás desde antes.
Analizaremos, pues, las políticas que podría aplicar
España en esas circunstancias y, en primer lugar, la
posibilidad de atraer a España inmigrantes cuando
verdaderamente los necesitemos, es decir, dentro de un
cuarto de siglo. Esta duda parece poco realista, dada la
presión que actualmente ejercen los inmigrantes
ilegales, lo que tiene su manifestación diaria en las
pateras del Estrecho de Gibraltar. Dicha presión conduce
a pensar que siempre sobrarán candidatos a inmigrantes.
La cuestión, sin embargo, tiene sentido. Los países
subdesarrollados están sometidos a un proceso muy
rápido de descenso de la fertilidad. En la Figura 12 se
presenta el número de hijos por mujer en los 11 países
no desarrollados incluidos entre los 15 países más
poblados del planeta desde 1970 hasta la fecha. Estos 11
países en vías de desarrollo abarcan el 56% de la
población del globo, y representan con una razonable
verosimilitud la fertilidad conjunta del mundo en
desarrollo.

La Figura 12 muestra claramente que el proceso de
reducción de la natalidad no es un fenómeno
específicamente europeo, sino que afecta a los países
en vías de desarrollo. En 1970, el promedio de los
países representados tenía 6 hijos por mujer (con la
excepción de China), y en el momento actual tiene tan
solo 3, es decir, un descenso de fertilidad del 50% en
tan sólo 30 años. De hecho, exceptuando Nigeria y
Pakistán, los restantes países muestran un
comportamiento muy homogéneo y una fertilidad del orden
de los 2.5 hijos por mujer, igual a la de la UE en 1965.
Para predecir la fertilidad futura, hemos sumado (suma no
ponderada) la fertilidad de estos 11 países (curva
«Suma»), y dicha curva agregada se ha extrapolado
linealmente hasta el año 2010. De esta proyección se
desprende que hacia 2010 el mundo no desarrollado, en su
conjunto, estará en una fertilidad de 2.1 hijos por
mujer, que es la tasa de mantenimiento de la población.
Hacemos notar, sin embargo, que esta previsión es muy
personal, y que tanto la ONU como la Oficina del Censo de
EEUU pronostican que la fertilidad de los países no
desarrollados descenderá en el futuro mucho más
lentamente que en el pasado. Dichas predicciones hasta la
fecha siempre se han demostrado erróneas, y creemos que
nuestra previsión es más sólida.
Esta situación afecta plenamente a los países de
inmigración a España, como puede observarse en la Tabla
6. Por lo tanto, vamos a tomar como hipótesis
conservadora que, a partir de 2015, nuestros países de
habitual inmigración tendrán una fertilidad inferior a
la tasa de reposición. Este dato no significa en modo
alguno que la población de esos países vaya a decrecer,
ya que, de la misma manera que ha ocurrido en España, la
población tiene tendencia a crecer de modo significativo
durante unos 15 años adicionales, como consecuencia del
gran número de madres en edad fértil. A partir de ese
momento, la población tiende a permanecer más o menos
estable, en función de la fertilidad final conseguida,
hasta que empieza la disminución de la misma, con unos
40 años de retraso respecto al cruce del nivel de
reposición.
En lo que se refiere a la población en edad de emigrar,
que tiene entre 20 y 30 años, la reducción del volumen
de la misma empieza, típicamente de manera muy rápida,
a partir de los 20 años del cruce del nivel de
reposición. Aplicando este razonamiento, es de prever
que hacia 2015 los países que nos envían emigrantes
estén ya en fertilidades inferiores a 2.1 hijos por
mujer, y que a partir de 2035 el número de aquellos que
quieran emigrar decrezca. Dada la rapidez con la cual se
extiende el modo de vida occidental y el ritmo del
desarrollo económico en estos países, lo más probable
es que esta predicción se cumpla antes, y que apenas
queden emigrantes (dispuestos a aceptar trabajos
serviles) hacia 2025-2030. Si esta predicción resultara
asombrosa para algunos, no estará de más recordar el
caso español: en primera aproximación, en 1950 España
tenía un nivel de vida más o menos asimilable al del
Marruecos actual, y era un país de emigración. Tan solo
25 años más tarde (1975), España era ya un país
desarrollado y con una emigración casi nula, pese a
mantener un alto nivel de natalidad.
Ninguna de nuestras alternativas es favorable: si
permitimos la inmigración desde ahora mismo, condenamos
a la pobreza a los españoles de menor cualificación
laboral. Si esperamos hasta 2025, es posible que para
entonces la disponibilidad de inmigrantes dispuestos a
realizar tareas serviles sea reducida y más cara.
Desde un punto de vista sociológico, el fenómeno de la
inmigración lleva a la convivencia de comunidades
diferentes. Dicha convivencia puede conducir a conflictos
muy reales, si los inmigrantes proceden de culturas y
razas difíciles de asimilar. Este fenómeno se ha dado
con frecuencia en la historia de Europa y en la propia
España, como las expulsiones de los judíos y de los
moriscos enseñan. En la Europa moderna, la dificultad de
asimilación de los musulmanes es obvia (casos de
Alemania, Austria o Francia), y está en la base de los
llamados piadosamente «conflictos» de Bosnia y de
Kosovo. En España, aunque el número de inmigrantes
oficiales aún sea bajo (1.6% de la población), el
rechazo hacia los mismos ha aumentado rápidamente
(aunque sigue siendo inferior al europeo), y ya el 57% de
la población española cree que debe impedirse que
entren inmigrantes adicionales. Esta reacción de
rechazo, como indican los sucesos de El Ejido, aumentará
hasta alcanzar los niveles actuales de la UE: no es lo
mismo importar polacos o criollos hispanoamericanos que
ugandeses, mauritanos o amerindios.
Para mitigar (que no resolver) este problema, no creemos
que España tenga otra alternativa que diseñar una Ley
de inmigración que seleccione los inmigrantes de entre
aquellos más fácilmente asimilables. Las opciones no
son muchas, y deben centrarse en Hispanoamérica,
además, por supuesto, de los países europeos (cuya
inmigración será sin duda muy limitada). Si el actual
espectro político español considerara que una Ley de
este tipo es discriminatoria, no estará de más recordar
que los cupos de inmigración de EEUU, que conoce los
efectos de la importación de mano de obra africana y
china, están basados en el mismo principio. Las
inmigraciones culturalmente encapsuladas, como la secular
de los gitanos, crean problemas estructurales muy serios
de convivencia.
XII. Resumen
España se encuentra en el proceso de reducción de
población más severo que registra nuestra Historia, con
la posible excepción de algún periodo de guerra. El
número de hijos por mujer en España es el más bajo del
mundo, y apenas la mitad del necesario para mantener
estable el nivel de la población. La población
española ha empezado ya a descender, y salvo que
ocurriera un drástico cambio, hoy imprevisible, a partir
de 2015 lo hará a un ritmo cercano a los 300.000
habitantes al año. El año 2050 la población será de
menos de 30 millones, un 25% inferior a la actual.
Las consecuencias de esta despoblación acelerada no son
fáciles de prever, ya que no existen precedentes
mundiales de tal fenómeno. Citaremos dos ejemplos
distintos: según las previsiones de la Oficina del Censo
de EEUU, en 2050 Marruecos tendrá casi el doble de
habitantes que España, en tanto que en 1975 tenía poco
más de una tercera parte, y en 2050 España tendrá solo
un trabajador por cada jubilado.
El futuro depara tres escenarios alternativos:
despoblación acelerada, aumento muy importante de la
natalidad, o inmigración. La primera opción es la más
desfavorable y la más probable, dados los
condicionamientos políticos de la España actual. La
segunda solo podría conseguirse mediante un cambio de
valores y una política ambiciosa que invirtiera el 1.2%
del PIB en incentivos natalistas. La tercera se seguiría
probablemente de modo parcial, en coordinación con la
UE, aunque de modo lento antes de 2015. A partir de
2025-2035 no será fácil encontrar suficientes
inmigrantes culturalmente asimilables que acepten
trabajos serviles, dadas las pautas de natalidad mundial
analizadas.
En suma, España se enfrenta a un dilema muy grave: vamos
camino de desaparecer como un sujeto de la Historia
Universal, no solo al integrarnos en la UE (hecho
positivo), sino, además, por despoblación. Las medidas
de fomento de la natalidad que podrían evitarlo se
conocen y su coste es muy moderado. ¿Tendrá nuestro
actual modelo político capacidad para realizar un
programa natalista eficaz? De momento, no hay síntomas
que inclinen a una respuesta afirmativa. Esa solución
pasa por rotundos cambios éticos y jurídicos, apenas
practicables por los gobernantes españoles actuales.
Gonzalo Fernández de la Mora y Varela
1 Jordi
Nadal: La población española (Siglos XVI a XX). Ed.
Ariel, 1991. Pág. 220.
2 FEDEA julio1998, Proyección de la población española
Documento de Trabajo 98-11
3 Juan Ignacio Fernández Cordón, Demografía, actividad
y dependencia en España, Fundación BBV, marzo 1996
4 Gary S. Becker El capital humano, álianza Editorial,
1983
5 Gary S. Becker
6 Rafael Puyol, Evolución y cambios en la población, en
J.L. Gil Delgado, «España, economía ante el Siglo
XXI», 1999.
7 Rafael Termes, Economía y familia, Lección magistral
en el acto de la solemne apertura del curso 1999-2000 del
Pontificio Instituto Juan Pablo II. Valencia, 8 de
noviembre de 1999.
8 José Barea Tejeiro, Los efectos económicos del
envejecimiento, Papeles y Memorias de la Real ácademia
de Ciencias Morales y Políticas, Número V, Junio 1999.
9 Juan Velarde Fuertes, Reflexiones desde la economía
sobre los cambios demográficos españoles, Papeles y
Memorias de la Real ácademia de Ciencias Morales y
Políticas, Número V, Junio 1999.
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