La despoblación de España

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La despoblación de España

Por Gonzalo Fernández de la Mora y Varela

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La despoblación de España

I. Introcucción



Durante la II Restauración, la natalidad española ha seguido un patrón insólito, sin precedentes en nuestra Historia y sin paralelos internacionales: España ocupa ya el poco glorioso puesto de país de menor fertilidad del mundo (1.07 hijos por mujer). Dado que la evolución de la población es un resultado directo, aunque con un retraso de decenas de años, de la natalidad, este comportamiento determina numerosas características de la evolución demográfica de España a lo largo de la primera mitad del siglo XXI.

Para comprender cómo hemos llegado hasta aquí y cómo podríamos lograr una evolución más en línea con Occidente, analizaremos la natalidad de la UE y la española con una perspectiva histórica, pero centrándonos en su evolución desde el año 1960 hasta la actualidad. A partir de estos datos extrapolaremos el curso de la demografía española hasta la mitad del próximo siglo y veremos las consecuencias que se derivarán de la misma. A continuación, haremos una breve alusión a la teoría económica de la natalidad, y analizaremos las posibles causas autóctonas de la baja fertilidad de la España actual. Finalmente estudiaremos posibles soluciones al problema demográfico español del siglo XXI.



II. Natalidad histórica



Retomando una frase de Roser Nicolau, «El número anual de nacimientos en España desde la segunda mitad del siglo XIX hasta los años finales de la década de 1970 ha oscilado dentro de unos límites bastante estrechos.» Con la excepción del año 1939, los nacimientos en España desde que existen datos (1858) hasta la II Restauración han sido siempre superiores a los 500.000 nacimientos al año, con un valor medio entre 1858 y 1975 de 626.000 nacimientos anuales. El año de máxima natalidad de la Historia de España fue 1964, con prácticamente 700.000 nacimientos. Esta trayectoria se truncó en 1977, año en el que la natalidad inició un veloz descenso que ha llevado a 360.000 nacimientos en los últimos años de la década de los noventa, un mínimo histórico. En la Figura 1 se muestra la curva de nacimientos desde 1858 hasta la actualidad.

Esta evolución de la natalidad española ha sido muy distinta de la que ha seguido la mayor parte de los países occidentales. España no inició realmente su revolución industrial hasta los años 50, con un siglo de retraso respecto al centro de Europa. La evolución prototípica de la natalidad europea puede ser la de Suecia, que muestra la Figura 2.


Esta evolución se caracteriza por un periodo extenso de alta fecundidad (no representado en la figura 2), que se extiende hasta 1900. En esa fecha se produce una caída acusada de la fertilidad (y de la natalidad), que tanto en Suecia como en la mayoría de los países que constituyen el Occidente desarrollado llega a un mínimo en la depresión de los años 30. A continuación se produce un rebrote de la fertilidad, que en Suecia (país neutral) se inició en los años 40, y que en el resto del mundo occidental tuvo lugar a partir del final de la II Guerra Mundial. La magnitud de este nuevo impulso ha sido variable, pero en general ha permitido conseguir cotas de fertilidad en el entorno de los 2.5 hijos por mujer. En los EE.UU. este impulso, que recibió el nombre de «baby-boom», se inició en 1948 y tuvo una duración de unos 15 años, durante los cuales la fertilidad creció cerca del 20%. La subida en Suecia, como revela la Figura 2, fue mucho mayor, del orden de un 35%, dado que se partía del muy bajo nivel alcanzado durante la depresión de los años 30.

A partir de 1960-1965 se inició en casi todo el Occidente una nueva disminución de la fertilidad que concluyó hacia 1975 con cifras comprendidas entre los 1.3 y los 2 hijos por mujer. Desde entonces y hasta la fecha la fertilidad ha mostrado una gran estabilidad. El rebrote que muestra Suecia en los años 90 no tiene paralelo en otros países, y es posiblemente el resultado de políticas coyunturales fuertemente natalistas. En todo caso, ha sido un efecto de corta duración, y las cifras suecas han vuelto a la media europea.

La caída de la natalidad española de los años 1977-1997 es paralela a la caída de natalidad occidental de los años 1965-1975, aunque su intensidad le confiere un carácter excepcional.





III. Natalidad europea entre 1960 y el año 2000



Analizaremos en primer lugar los datos de la UE. Para ello, presentaremos los datos desde dos perspectivas: la tasa de fertilidad total (hijos por mujer en edad de procrear), y la fertilidad en función de la edad de las madres. En las Figuras 3 y 4 se presenta la evolución de la fertilidad (hijos por mujer en edad de procrear) en dos grupos de países. La Figura 3 muestra la evolución de los principales países de la UE: álemania Occidental, Inglaterra, Francia e Italia, y se incluye España a efectos comparativos. En la Figura 4 aparece la evolución de los países económicamente menos desarrollados de la UE: España, Portugal, Irlanda, Grecia y álemania del Este. Hemos incluido en este grupo a Irlanda por razones históricas, ya que este país, que a la muerte de Franco era más pobre que España, hoy no solo nos ha superado, sino que su renta per cápita es mayor que la media de la UE: 25 años de desarrollo dan para mucho, como bien supimos los españoles del llamado «milagro económico».


La Figura 3 muestra que pueden formarse dos grupos de países: Francia e Inglaterra por un lado, y álemania e Italia por el otro. El primer grupo parte de un nivel de natalidad alto en 1965, muy similar al de España y del orden de los 2.9 hijos por mujer, inicia su reducción de la natalidad en 1965, y hacia 1975 adquiere un nuevo nivel estable en un valor cercano a los 1.7 hijos por mujer, con una reducción aproximada de 1.2 hijos por mujer respecto al máximo anterior.


El segundo grupo parte de un nivel de fertilidad más bajo, en torno a los 2.6 hijos por mujer en el punto más alto aproximadamente en 1965, inicia el descenso al mismo tiempo que los anteriores, tiene una tasa de descenso dispar y alcanza el punto de equilibrio a niveles inferiores, del orden de l.3 hijos por mujer, pero con una pérdida total muy similar al grupo anterior, en torno a 1.3 hijos por mujer.

La Figura 5 es la media simple de las tasas de fertilidad por edades de los 16 países de la UE (considerando a las dos álemanias como países distintos, ya que desde el punto de vista de la natalidad lo son). Esta figura sugiere que la caída de la natalidad puede dividirse en tres etapas. En la primera, que abarca los años 1965 a 1975, la fertilidad desciende de modo marcado en los tramos de edad desde los 25 años en adelante, probablemente como consecuencia de la incorporación de la mujer al trabajo externo. En una segunda etapa, entre los años 75 y 90, se produce una muy marcada caída de la fertilidad en los tramos de edad más jóvenes, de los 15 a los 24 años, y un ligero descenso entre los 25 y los 29 años, en tanto que la fertilidad a edades mayores no cambia. La tercera etapa tiene lugar en la década de los 90, que combina un nuevo descenso en las edades jóvenes con un ligero aumento de la fertilidad entre los 30 y los 34 años.

IV. Natalidad en España 1960-2000



En las Figuras 3 y 4 se ha presentado la fertilidad española comparada con otros países de la UE. En la Figura 6 añadimos información sobre la fertilidad española por tramos de edad de las madres, figura que compararemos con la figura 5, referida a la UE.

La Figura 6 muestra una serie de rasgos diferenciadores respecto a la UE. Si nos centramos en primer lugar en los años correspondientes a la era de Franco, se puede observar que la fertilidad española ha sido tradicionalmente baja a edades jóvenes, hasta los 24 años, y la mujer española tenía en cambio más hijos entre los 25 y los 34 años. La curva de fertilidad presentaba por lo tanto un aspecto más simétrico que la europea, con un claro máximo entre los 25 y los 29 años. En segundo lugar, entre 1961 y 1975, se observa un suave descenso de la natalidad antes de los 24 y después de los 29 años, sin que el valor de la edad fértil por excelencia (25-29 años) cambie.


A partir de 1975 se observa una evolución de una intensidad desconocida en la UE (con la excepción de la álemania del Este tras la reunificación): en tan solo 5 años, la curva de fertilidad de España se hace casi idéntica a la media de la UE, con una particularidad: la fertilidad para edades superiores a los 29 años es ligeramente superior en España. En 1985, es decir, en tan solo 10 años, la fertilidad española es ya una de las más bajas de la UE, en un retroceso que no se ha detenido. Esta evolución ha tenido lugar en las mismas tres etapas que en Europa: primero un descenso de la fertilidad para edades por encima de los 25 años, a continuación una acusada caída de las cifras para menores de 24 años (que ya eran bajas), y desde 1995 una ligera subida entre los 30 y los 34 años.

El descenso de la natalidad en España desde 1975 no es por lo tanto un fenómeno coyuntural (ya se extiende a un cuarto de siglo), sino profundamente estructural. A finales del siglo XX, las españolas tienen hijos prácticamente solo entre los 25 y los 34 años, edades que concentran el 70% de la fertilidad total (en tanto que solo representaban el 56% en 1975), y la fertilidad a edades jóvenes (por debajo de los 25 años) ha bajado a niveles casi nulos.

Este cambio estructural se observa con mayor nitidez si comparamos el nivel relativo de fertilidad (hijos por mujer al año en tantos por mil) en función de la edad de la madre en 1965 (es decir, en el pico de la natalidad, tanto en España como en la UE) y en 1995. En la Tabla 1 se resumen esos resultados, tanto para España como para la UE, y se añade un dato adicional: cuánto más ha descendido la fertilidad en España que en la UE.

Analizando los datos de la Tabla 1 procede separar el caso de la fertilidad entre los 15 y los 19 años (lo que se denomina embarazo de adolescentes). Esta cifra era muy baja en España en el año 1965, debido a la cohesión familiar, y apenas ha sufrido cambios en estos años. En la UE, en cambio, la natalidad adolescente, que era relativamente alta en 1965, ha bajado con fuerza, y en 1995 ha llegado cerca del nivel español (8 nacimientos por cada 1000 mujeres de dicha edad). La fertilidad entre los 15 y los 19 años no presenta interés desde el punto de vista de la natalidad, pero su nivel relativo respecto a la fertilidad global es un escaparate del nivel de desestructuración familiar, y en este aspecto como en otros destacan los resultados de la España de 1965.

La fertilidad por encima de los 40 años es asimismo de muy poca relevancia en términos globales. En estas edades se ha producido un descenso acusado tanto en España como en la UE, y las cifras actuales son casi idénticas (6 nacimientos por mil mujeres en dicho tramo de edad).

Para las cohortes entre los 20 y los 39 años, que son las esenciales desde el punto de vista de la natalidad, el ritmo de descenso de la fertilidad ha sido muy superior en España. La cifra más significativa, la fertilidad entre los 25 y los 29 años, es hoy en España 2.5 veces menor de lo que era en 1965, en tanto que en la UE es solo 1.6 veces menor. Sin embargo, destaca un hecho inesperado: la estructura de este descenso en la UE y en España ha sido proporcional, o dicho de otra manera, la fertilidad en cada tramo de edad en España ha bajado lo mismo que en la UE, pero multiplicado por un factor casi constante, que varía entre 1.30 y 1.52.

Si comparamos la fertilidad en 1995 en España y la media de la UE, sobresalen dos características: para edades inferiores a los 30 años, la fertilidad de la UE es un 50% superior a la española, en tanto que para edades superiores las cifras son prácticamente idénticas. Este resultado mantiene una característica estructural de la España de la era de Franco, y probablemente de la España tradicional: la natalidad a edades jóvenes es relativamente baja en España.

El resultado de estos cambios estructurales es que la edad media de la madre al nacimiento de sus hijos no ha cambiado: de los 30,1 años en 1961 a los 30 en 1997. Sencillamente, las españolas comienzan a tener hijos a una edad más tardía, y dejan de tenerlos siendo más jóvenes de lo que lo hicieron sus madres (y todas sus antepasadas durante siglo y medio y, probablemente, mucho más). La edad fértil ha quedado reducida, en la práctica, a la mitad de lo que era históricamente usual, y esta drástica reducción de la edad fértil ha llevado consigo una disminución de la natalidad hasta niveles desconocidos desde el punto de vista histórico.

En resumen, la caída de la natalidad en España se ha realizado en parte adoptando pautas generales europeas, pero con tres particularidades esenciales: un descenso absoluto y relativo mucho mayor, un nivel final de fertilidad total notablemente menor, y una fertilidad por debajo de los 30 años asimismo considerablemente menor.

Jordi Nadal ha afirmado que «La curva de la natalidad ... traduce cabalmente uno de los ápices de la crisis moral y material que ha desgarrado la España contemporánea».1 Esta frase, publicada en 1984 en un contexto totalmente distinto, es aplicable a la España actual.

V. La España del 2025



La primera consecuencia, a largo plazo, del fenómeno reseñado, es una disminución de la población española, y sobre todo una disminución de la población joven. La amplitud de este fenómeno escapa a la idea que la sociedad española tiene de sí misma. Esta pérdida del sentido de la realidad se debe probablemente a dos causas concurrentes: la demografía es un fenómeno de evolución muy lenta, y la clase dirigente ha hurtado esta información a la opinión pública.

La predicción del número de nacimientos que habrá en España desde ahora hasta el año 2025 tiene, como todas las predicciones, un riesgo. Sin embargo, aún con un margen de incertidumbre, es posible obtener resultados fiables sobre la base de establecer hipótesis razonables. Para calcular la natalidad española del 2025, hemos partido del hecho de que la natalidad de cada año es el resultado de la multiplicación de dos variables: el número de madres en cada tramo de edad y la fertilidad por tramos de edad. Veamos a continuación cómo se calcula el primero de estos dos términos:



o Las madres que tendrán hijos desde ahora hasta el año 2025 se conocen con exactitud, ya que en su inmensa mayoría ya han nacido: recordemos que la fertilidad en España para mujeres de menos de 24 años es muy baja, y que las mujeres que nacerán el año 2000 tendrán 25 años en el 2025. Calcular el número de madres hasta el año 2025 no depende por lo tanto de los nacimientos futuros, sino de la mortalidad de dichas madres hasta que cumplan su edad fértil.

o La mortalidad de las futuras madres entre su nacimiento y los 40 años es muy baja, ha evolucionado de forma muy lenta en la última década, y su predicción no está sometida a riesgos, salvo caso de catástrofe.



La segunda variable es la fertilidad por tramos de edad. Este valor no está predeterminado, debe preverse, y para realizar nuestra propia estimación nos basaremos en las previsiones más conocidas en estos momentos, que son las siguientes:

o Proyección del INE calculada a partir del Censo de población de 1991 y publicada en 1995. Esta estimación asume que la fertilidad crecerá de modo contínuo entre 1994 y el año 2021, alcanzando 1.7 hijos por mujer.

o Proyección de la Oficina del Censo de EEUU, que prevé un ligero repunte de la fertilidad hasta 1.25 hijos por mujer en 2000, para permanecer constante en dicho nivel hasta 2050.

o Proyección de la Oficina de Población de la ONU, en su informe «Migraciones de reemplazo», de marzo de 2000, que prevé una estabilización de la fertilidad hasta 2005, y a partir de entonces un aumento de 0.07 niños/quinquenio/mujer, hasta alcanzar 1.7 niños por mujer en 2050.

o Proyección de FEDEA2 (1998), que presenta 3 escenarios: el de referencia (nº 1), con fecundidad constante, el nº 2, de fertilidad creciente alcanzando 1.6 hijos por mujer en 2025 e inmigración constante en los valores oficiales actuales, y el nº 3, con fecundidad que alcanza 1.8 hijos por mujer en 2025 e inmigración muy intensa (hasta los 220.000 inmigrantes/año).

o Proyección de Fernández Cordón en la Fundación BBV3, que contempla asimismo 3 escenarios: el nº 1, básicamente idéntico a la proyección del INE pero extendido hasta 2050, el nº 2, de fertilidad en baja llegando hasta 1.0 hijos por mujer, y el nº 3, con la fertilidad alcanzando 2.1 hijos por mujer.



Las previsiones del INE parten de los datos reales españoles hasta 1994, y son las siguientes, de acuerdo con unas declaraciones de la presidenta del INE el 25 de noviembre de 1999: «...este bajo nivel de fecundidad se mantendrá hasta el 2005 y luego iniciará un repunte, tal y como está ocurriendo en los países escandinavos y en el Reino Unido. En el año 2020 se estima que cada española tendrá 1.7 hijos de media...». Estas declaraciones producen perplejidad, ya que la fertilidad (sinónimo de fecundidad en la especie humana) del Reino Unido decrece suavemente desde 1988, como puede verse en la Figura 3, y en los países escandinavos está bajando con claridad, como puede verse en la Figura 7, en Suecia, en Finlandia y en Dinamarca, en tanto que en Noruega permanece estable, aunque por debajo del máximo de 1990. Es posible que la presidenta del INE se refiera al ascenso que tuvo lugar en Suecia entre 1984 y 1992 y en fechas más o menos similares en los restantes países escandinavos, ascenso que no solo ha concluido ya, sino que la fertilidad sueca lleva años en caída libre y está actualmente en su mínimo histórico desde que existen datos.

Comparar la natalidad escandinava con la española es un ejercicio arriesgado, ya que estos países han puesto en marcha unas políticas de ayuda a la maternidad extraordinariamente generosas, que incluyen el pago por parte del Estado del mismo sueldo que la madre tenía antes del nacimiento del hijo. A partir de 1980 Suecia introdujo un incentivo adicional, que premiaba fuertemente la reducción del intervalo entre hijos, incentivo que la mayor parte de los demógrafos consideran responsable del pico de fertilidad que llegó hasta 1992. La crisis económica y la reducción progresiva de la política natalista han llevado a Suecia a sus peores resultados históricos en natalidad, y su mención por nuestras autoridades como un ejemplo a seguir es ciertamente paradójico.

En cualquier caso, las declaraciones de la presidenta del INE, remitiéndose a una información obviamente periclitada, nos permiten comprender que dicha estimación se realizó sobre la base de la fertilidad escandinava de hace una década, y por lo tanto ha perdido vigencia, dado el comportamiento presente de los países citados.

Una estimación más ecléctica es la que realiza la Oficina del Censo de los EEUU para todos los países el mundo, con el horizonte de 2050. Básicamente, prevé un rápido repunte de la fertilidad a partir de 1996 (últimos datos que han utilizado), para establecerse alrededor de 1.25 hijos por mujer entre 2000 y 2025. Cercanas a este escenario se encuentran las estimaciones nº 1 de FEDEA (fertilidad constante) y nº 2 de la Fundación BBV (fertilidad tendente a 1.0 hijos por mujer en 2050). La estimación de la ONU es similar a ambas, pero el crecimiento de la fertilidad es mucho más lento. Estas hipótesis, consideradas en España como pesimistas, incurren en un claro error hasta la fecha, pero por exceso.

Las estimaciones nº 2 de FEDEA y nº 1 de la Fundación BBV coinciden a grandes rasgos con la estimación del INE, y no las comentaremos, pero señalaremos un rasgo importante: ambas se califican por sus autores como hipótesis «medias», pese a proponer un aumento de la fertilidad de más de un 50%. Las hipótesis nº 3 de FEDEA y de la Fundación BBV son aún más optimistas, con aumentos de la fertilidad cercanos al 100% respecto a la realidad de la España actual.

Para realizar nuestras propias previsiones, partiremos de los hechos siguientes:



o Hay algunos signos de que la etapa de fertilidad decreciente en España está terminando, ya que el ritmo de descenso se ha moderado desde 1995.

La situación demográfica actual de Occidente se caracteriza por una fertilidad constante en el interior de cada país que ya dura un cuarto de siglo. EEUU es el único país donde puede detectarse una ligera tendencia ascendente (1.8 en 1975 y 2.0 en la actualidad), pero la situación europea es estable o ligeramente descendente.

o La fertilidad actual española por tramos de edad es casi idéntica al promedio de la UE, excepto entre los 20 y los 29 años, como ya se ha mencionado. Para incrementar nuestra fertilidad, sería necesario, o bien que en las edades jóvenes nos acerquemos al nivel europeo, o bien que la fertilidad a edades maduras sea más alta que en la UE.

o La primera hipótesis nos parece improbable, ya que el matrimonio a edades relativamente tardías es una característica de la sociedad española desde al menos los años treinta. Al contrario, parece muy probable que la fertilidad a edades jóvenes siga bajando, como puede observarse por la tendencia en la UE de los últimos años, y por las pautas sociológicas de la juventud actual: prolongación de los estudios, dificultad de acceso al trabajo estable o a la vivienda, valoración de la libertad y del consumo, etc.

o Parece, en cambio, muy probable que la fertilidad a edades maduras suba en los próximos años, como ya ha empezado a suceder a partir de los 90 tanto en la UE como en España. Las causas sociológicas que apoyan este cambio tienen peso: las encuestas de opinión indican que las mujeres españolas desean, de forma consistente, tener más hijos de los que realmente tienen. Esta necesidad es tanto más imperativa cuanto más se aproxima el final de la edad fértil.



En consecuencia, presentaremos dos hipótesis para la fertilidad española del próximo cuarto de siglo: una que llamaremos «continuista» y otra «optimista», que se muestran en la Figura 8, junto con la evolución real hasta 1998, las previsiones del INE y las de la Oficina del Censo de EEUU. No discutiremos una hipótesis pesimista (descenso aún mayor de la fertilidad), ya que ello equivaldría a una especie de suicidio colectivo.


o La hipótesis continuista considera que España seguirá el mismo camino que los restantes países europeos, y en consecuencia nuestra fertilidad durante los próximos 25 años será igual al promedio de los últimos 5 años (1994- 1998). Esta hipótesis incluye que los poderes públicos españoles no tomarán ninguna medida de fomento de la natalidad, como hasta la fecha.

Tomaremos como hipótesis optimista el caso en el que tanto la Administración como la sociedad decidieran apoyar de forma muy activa la natalidad. Si ello sucediera, proponemos como escenario más favorable posible la siguiente pauta de conducta: la fertilidad se mantendrá al nivel actual hasta los 24 años, entre los 25 y los 29 alcanzará el nivel europeo de 1995 (aumento del 32%), y entre los 30 y los 40 años volverá a los niveles medios que tenía la UE en 1965, es decir, antes de iniciarse el descenso demográfico (aumento del 58%). Ello corresponde a 1.65 hijos por mujer, es decir, un incremento del 54% respecto a la España actual. Este objetivo de 1.65 hijos por mujer es muy similar a la previsión del INE, una vez considerados los datos actuales de la fertilidad española (recordemos que la predicción del INE está basada en los datos hasta 1994, con una fertilidad claramente superior a la actual). Esta subida de la fertilidad equivaldría a un terremoto sociológico, y si tuviera lugar, sería la más intensa que se ha dado nunca en el mundo en tiempos de paz hasta donde existen datos. En comparación, se quedaría pequeño el «baby-boom» de EEUU después de la II Guerra Mundial (19% de incremento), que ha marcado a toda una generación de estadounidenses y ha generado una literatura muy extensa, y el crecimiento de Suecia a través de su política natalista entre 1982 y 1992, que fue del 33%.

En el caso de la hipótesis continuista, en el año 2025 nacerían 240.000 españoles, equivalente a la tasa de reposición de una población de 19 millones de personas (para una esperanza de vida de 80 años). Sería volver, numéricamente, a la España de 1900.

En el caso de la hipótesis optimista, en el año 2025 nacerían 350.000 españoles, es decir, la natalidad en cifras globales permanecería aproximadamente en los niveles actuales durante el próximo cuarto de siglo. Ello es así porque el número de madres descenderá de modo contínuo durante los próximos 25 años, como consecuencia de la muy baja natalidad actual. Por lo tanto, para que el número de nacimientos permanezca donde está, España necesita realizar el esfuerzo natalista más importante que registra la Historia Universal en tiempos de paz. En el caso de una generación estacionaria (lo que requeriría que la fertilidad siguiera subiendo a partir del año 2025 hasta llegar a 2.1 hijos por mujer), 350.000 nacimientos al año equivaldrían a una población total de 28 millones de personas, lo que supondría un descenso del 30% respecto al máximo histórico.

En resumen, la España del próximo cuarto de siglo será, con seguridad, un país en pavorosa decadencia demográfica. El número de mujeres en edad fértil será muy escaso, dado que las mujeres que podrán procrear hasta el 2025 ya han nacido. Esta situación es irrecuperable en términos prácticos dentro de nuestra generación. Para la siguiente generación (recordemos que cada generación, desde el punto de vista de la natalidad, dura ahora 30 años), es posible articular soluciones a través de dos políticas que estudiaremos más adelante: el fomento de la natalidad y la inmigración.





VI. La España del 2050



En la Figura 9 se presenta la proyección de la población española hasta el año 2050 que realiza la Oficina del Censo de los EEUU., que es casi idéntica a la proyección de la División de Población de la ONU. Recordemos que la realidad ofrece resultados hasta la fecha más negativos que esta previsión, ya que la población española, casi con seguridad, decrece en la actualidad, en tanto que esta proyección prevé ligeros aumentos hasta el año 2010. De acuerdo con dicha previsión, la población española se mantendrá aproximadamente estable en el valor actual de 40 millones de habitantes hasta 2010, en que empezará a bajar rápidamente, de modo que en el año 2050 España tendrá menos de 30 millones de habitantes. A partir de 2020, la población española decrecerá al ritmo de unos 300.000 habitantes al año. Veamos qué consecuencias tendrán estas cifras sobre la población en edad de trabajar y sobre el número de jubilados.


En el apartado anterior hemos extrapolado la natalidad española hasta el 2025. Esta extrapolación es bastante fiable, ya que las futuras madres del 2025 ya han nacido, y por lo tanto se conocen con precisión. Extrapolar la natalidad más allá del año 2025 es un cálculo de riesgo, ya que no sólo hay que prever la fertilidad a largo plazo, sino, además, prever el número mujeres en edad de procrear. En consecuencia, no estimaremos la natalidad española más allá del 2025. Sin embargo, es posible estimar de modo fiable dos datos clave para la España de 2050: las mujeres en edad fértil y la relación entre la población en edad de trabajar y los jubilados. Estos cálculos son posibles ya que dicha población ya habrá nacido en su gran mayoría antes de 2025.

El número de mujeres en edad fértil es el dato demográfico más relevante de una comunidad. Este indicador señala el nivel de la población futura con una anticipación de al menos una generación (30 años). Aunque usualmente se utiliza el número de mujeres entre 15 y 49 años, en el caso de España, restringiremos la muestra a las mujeres entre los 20 y los 39 años, ya que las fertilidades en los restantes tramos de edad son demográficamente irrelevantes. En la Tabla 2 se presenta el número de mujeres de dichas edades previstos hasta 2050, en mi hipótesis optimista, que es similar a la del INE, a la nº 2 de FEDEA y a la nº 1 de Fernández Cordón para la Fundación BBV.

En la Tabla nº 2 puede verse el proceso de descenso de nuestra capacidad genésica, que ya es imparable hasta 2020, excepto a través de la inmigración, y que corresponde a una caída de un tercio en tan solo veinte años. La estabilización del número de madres potenciales entre 2020 y 2040 se debe a la hipótesis «optimista» adoptada, que prevé, como ya se ha dicho, un repunte de la natalidad superior al 50% en los próximos años. Incluso en esta perspectiva optimista, el número de mujeres en edad fértil en 2050 sería del orden de la mitad de las actuales (57%). En el caso continuista, el número de mujeres entre 20 y 39 años en 2050 sería de tan solo 2.498.000, es decir, el 39% del volumen actual. La Tabla 2 muestra claramente el punto casi de no retorno en el cual nos encontramos, y la dificultad de aumentar el número de nacimientos incluso en los escenarios de fertilidad más optimistas.



Analizando la Tabla 3, sobresalen los siguientes datos:



o Con independencia de la hipótesis de natalidad que se adopte, la población en edad de trabajar en España durante el primer cuarto del siglo XXI permanecerá básicamente estable (descenso del 6.5%), ya que el efecto de la baja natalidad de finales del siglo XX estará compensado por la alta natalidad hasta 1975. En esos mismos años, la población con más de 65 años aumentará de forma continua (crecimiento del 23%).



o Entre los años 2025 y 2050 la población en edad de trabajar bajará en picado, sea cual sea la hipótesis de natalidad (descenso del 25% en el caso optimista y del 34% en el caso continuista). La población con más de 65 años crecerá a un ritmo muy semejante al de años anteriores (22%).



¿Qué significan estas cifras? En esencia, lo siguiente:



o La población española apenas variará en números absolutos durante los próximos 25 años (disminución del 5%) y no son de prever los problemas asociados típicamente con la despoblación. El cambio más relevante será la disminución de la población joven.

o España no tendrá problemas de escasez de mano de obra hasta el año 2025. De hecho, tanto la tasa de ocupación como la tasa de actividad de la población española son en estos momentos las más bajas del mundo desarrollado, lo que indica que existe una capacidad de trabajo disponible y no utilizada, extraordinariamente amplia. La experiencia de los últimos 50 años (incluyendo la España del desarrollo) permite concluir que, fuere cual fuere el ritmo de creación de empleo de los próximos 25 años, siempre habrá españoles para cubrirlo.

o Las previsiones relativas a la población total española en 2050 varían ampliamente. Todas las fuentes consultadas prevén una reducción (excepto la nº 3 del BBV), pero el volumen de dicho descenso varía entre 3 y 15 millones. De acuerdo con la proyección de la Oficina del Censo de los EEUU, que recordemos que asume un aumento de la fertilidad del 20% entre 1996 y 2000, y que tomaremos como hipótesis media, entre los años 2025 y 2050 España perderá unos 8 millones de habitantes en números redondos (más del 20% de su población), lo que significa unas 320.000 personas menos al año. Es una pérdida superior a la que tuvo por ejemplo álemania en la II Guerra Mundial, y del mismo orden de magnitud, aunque obviamente de opuesto signo, que el crecimiento de la población española durante los años del desarrollo. Ello provocará un impacto considerable sobre múltiples órdenes de la vida, incluyendo la despoblación de ciudades y la desaparición de barrios, fuertes tensiones sobre el presupuesto del Estado (¿cómo pagar la deuda pública y las pensiones con ingresos decrecientes?), la dificultad de mantener las infraestructuras existentes (carreteras, hospitales, etc.), la depreciación de numerosos bienes (viviendas, comercios), la desaparición de múltiples negocios (como por ejemplo ha ocurrido ya con las autoescuelas), y un contexto de contracción de la demanda que podría generar una deflación generalizada.

En resumen, no son previsibles problemas graves debidos al decrecimiento de la natalidad en los próximos 25 años, dado que este fenómeno es de evolución muy lenta. Sin embargo, el escenario más probable a partir del año 2025 es tan claramente adverso que puede calificarse como dramático. Vamos a estudiar posibles soluciones, que, en el campo de la demografía, deben plantearse con muchísima anticipación. Estas soluciones son dos: el incremento de la natalidad, y la inmigración. Hacia el año 2025 la sociedad española deberá enfrentarse a una decisión de alto calado: o bien recibir inmigrantes en un número gigantesco (no menos de 250.000 al año, es decir, los mismos que niños nacerían en la hipótesis continuista), o bien aceptar una enorme reducción (sin precedentes) en su fuerza de trabajo y en su población.





VII. VISION económica de la natalidad



En 1965 publicó Gary Becker4 su conocida monografía sobre el capital humano, y a partir de dicha fecha se interesó en repetidas ocasiones en el análisis de la fertilidad y sus consecuencias desde una perspectiva económica5. Su tesis, que hoy parece obvia, es que el trabajador lleva incorporada una importante cantidad de capital, que son los gastos necesarios para conferirle sus capacidades. Becker se centró en la capitalización del trabajador a través de la educación, pero son necesarios otros gastos, en particular los necesarios para la manutención.

Dada la orientación en gran medida economicista de la actual sociedad occidental, no es posible comprender la actual natalidad española (y occidental) sin estudiar la teoría económica subyacente. Si analizamos al trabajador como un simple factor de producción y, de forma metafórica, obtenemos que es un elemento que requiere 20 años para su fabricación, que a partir de entonces produce durante 45 años (hasta la edad de 65 años), y que requiere 15 años para ser desguazado (desde los 65 años en que se jubila hasta la edad media a la muerte de 80 años). Con esta perspectiva, el trabajador tendría un valor máximo a los 20 años, a partir de entonces se amortizaría a lo largo de cuarenta y cinco años, al final de los cuales su valor sería negativo e igual a la suma de las pensiones que se le deberían. En resumen, y desde la perspectiva de la natalidad, tener hijos es una inversión que dura 20 años, con unos costes iguales a la suma de sus costes de producción (manutención, salud y educación básicamente).

La inversión en los hijos, ¿es rentable desde el punto de vista de los padres y de la sociedad, en una perspectiva puramente económica? Para los padres, obviamente no, ya que en las sociedades actuales los hijos no suelen aportar ingresos. Para la sociedad, la respuesta es también negativa: un trabajador de 20 años (sin educación) tiene valor cero, ya que es posible «adquirirlo» a través de la inmigración completamente gratis, en tanto que producir un ciudadano europeo de 20 años, aún sin considerar los gastos de educación, tiene un coste muy importante. En consecuencia, la natalidad, en la situación occidental actual, no tiene sentido económico: equivale a producir un bien (el hijo) con un alto coste, cuando un bien económicamente equivalente está disponible a coste cero. Este breve análisis nos ayuda a comprender el motivo de la baja natalidad occidental actual: dichas sociedades tienen hijos exclusivamente en la medida en que sus propios valores morales se imponen al cálculo puramente económico. Cuanto más materialista sea la sociedad, menos hijos tendrá.

Descartando, de momento, la inmigración, una sociedad que no tiene hijos se descapitaliza, ya que pierde uno de sus factores de producción. La sociedad española (y occidental) actual es comparable a un empresario que no renovara su utillaje. Para dar una idea del volumen de esta desinversión, hagamos unos números: La Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (CEACCU) ha publicado recientemente un estudio donde señala que el coste de cada hijo hasta los 18 años, para sus padres, oscila entre un mínimo de 18 y un máximo de 30 millones de pesetas. Estas cifras nos parecen elevadas, y en consecuencia hacemos la hipótesis de que cada hijo tiene un coste total del orden de un millón de pesetas anuales (incluyendo gastos pagados por la ádministración, como la enseñanza). Dado que la población española actual tiene 3 millones de jóvenes menos de los que hubiera tenido si la natalidad hubiera seguido su patrón histórico (626.000 nacimientos al año), la desinversión anual es del orden de los 3 billones de pesetas, cifra superior a la inversión pública (formación bruta de capital fijo de las Administraciones Públicas). En total, cada trabajador a los 20 años ha requerido una inversión de 20 millones de pesetas, y en consecuencia España ha desinvertido unos 60 billones de pesetas, cifra cercana al volumen del PIB, y en aumento exponencial ya que la natalidad es cada año más baja. Hemos mejorado de nivel de vida en la última década, en parte porque los fondos que hubieran debido ser invertidos en las futuras generaciones han sido destinados al consumo. Este aumento del consumo se ha hecho a costa de la descapitalización humana, cuyas consecuencias se verán con claridad en las próximas décadas.

Otra faceta de la caída de la natalidad es que hay menos «capitae», y por lo tanto la renta per capita aumenta. En la Figura 10 se presenta el proceso de convergencia de la renta per capita española con la UE de los 15, medida en paridad de poder de compra. En dicha figura se representan 3 curvas, que son las siguientes:


o Curva nº 1: Datos oficiales de la renta per capita española comparada con la de la UE de 15 países. Estos datos oficiales presentan un salto considerable de la renta relativa española en el año 1991, ya que en dicho año se incluyó la antigua álemania del Este dentro de la UE. Estas cifras no reflejan la realidad, dado que la base de comparación, antes y después de 1991, no es homogénea.

o Curva nº 2: Datos reales de la renta per capita española comparada con la UE, corrigiendo el efecto de la entrada de la antigua álemania del Este.

o Curva nº 3; Datos reales de la renta per capita española comparada con la de la UE, en la hipótesis de que la natalidad española hubiera permanecido constante al nivel promedio de 1858-1975: 626.000 nacimientos al año

En la Figura 10 puede verse que todas las curvas suben entre 1960 y 1975, que todas ellas bajan entre 1975 y 1985, y que a partir de entonces se produce una subida que llega hasta la fecha, en algunos casos rápida y en otros lenta. En la curva
nº 1 se refleja que, oficialmente, España, tras quince años de retroceso, ha superado la renta per capita relativa respecto a la UE del final de la era de Franco, y que nuestro país se acerca a la renta per capita promedio de Europa a un ritmo del 0,9% al año, es decir, convergencia real con la UE en 2018.

Sin embargo, este acercamiento es en parte producto de un falseamiento de los datos: las estadísticas oficiales de la Europa de los 15 no incluyen la antigua álemania del Este hasta 1991 y, por lo tanto, todos los países de la UE, excepto álemania, subieron bruscamente ese año su posición relativa casi un 2%. Este efecto puede verse en la curva nº 2, que coincide con la curva nº 1 hasta 1990, y a partir de 1991 se queda aproximadamente un 2% por debajo. Si corregimos dicho error estadístico (curva nº 2), nuestra velocidad de acercamiento a la UE en los últimos 12 años pasa a ser del 0,77% anual, y una posible convergencia real con la UE se aplazaría hasta 2024.

En la última curva, puede verse que si España hubiera mantenido durante las últimas décadas su natalidad histórica, la renta per capita relativa respecto a la UE apenas hubiera variado entre 1963 y 1985 (hasta 1975 España se acercaba al nivel de vida de la UE pese a tener una natalidad muy superior, y entre 1976 y 1985 nos alejamos independientemente de la natalidad). Sin embargo, a partir de 1986 la situación cambia y el efecto de la natalidad se hace sentir cada vez de modo más acelerado.

Si la natalidad no se hubiera desplomado, la renta per capita española relativa respecto a la UE sería hoy en día inferior a la que teníamos en 1975, y no solo eso, sino que nuestro nivel respecto a la UE en los últimos años estaría estancado. Adicionalmente, la subida del nivel de vida relativo de España que se produce desde 1995 tiene como causa principal la pérdida del nivel de reposición de la población. No es tanto que España se enriquezca, sino que, al dejar de invertir en las futuras generaciones, hay más liquidez.

VIII. Interpretación del caso español



Los motivos que han llevado a España a figurar como último país del mundo en natalidad no se han estudiado con rigor. Cuando se publicó (diciembre 1999), la encuesta del INE sobre la fecundidad española, que nos clasificaba como el perdedor del ranking mundial, la presidenta del INE se limitó a señalar: «No podemos ser muy optimistas», sin esbozar una interpretación de lo que estaba ocurriendo.

Rafael Puyol6 resume certeramente la caída de la natalidad occidental desde mediados de los sesenta en los siguientes factores clave: «... disminución profunda de la natalidad infantil ...; una nueva valoración de los hijos; la generalización de las pensiones de jubilación, ...; la debilitación de las creencias ...; el incremento del nivel educativo de las mujeres y su incorporación al mercado laboral; el crecimiento del celibato; el aumento de las rupturas matrimoniales ...; la modificación de los valores sociales hacia pautas de mayor bienestar...; y, más recientemente, la crisis económica y la inseguridad en el empleo .... En esta situación, la difusión de los métodos anticonceptivos ha jugado un decisivo papel de instrumento.». En el caso español, el propio Puyol, en la obra citada, señala como factores de mayor poder explicativo el retroceso de la nupcialidad y el cambio de las pautas matrimoniales: «los matrimonios se realizan más tarde; los primeros hijos tardan más en llegar; el intervalo entre el primer y el segundo hijo se alarga en el tiempo...»

Aún aceptando la importancia de estos factores, no podemos dejar de señalar que son comunes al mundo occidental, sin que en otros países hayan provocado una caída de la natalidad comparable a la española. Analizando los elementos económicos, podemos observar que el nivel de vida y el paro han tenido subidas y bajadas desde 1975, sin que la natalidad lo haya reflejado en lo más mínimo. De la misma manera, la crisis económica española ha sido profunda entre 1976 y 1985, pero ha habido países con mayores dificultades (recordemos la Europa del Este), sin que su natalidad lo haya acusado de modo tan determinante. En lo que se refiere a los elementos culturales, no parece que la mujer española sea más culta o trabaje en mayor proporción que la sueca, ni que la moral católica haya desaparecido de España más que de Francia, por ejemplo. Resumiendo, ninguno de los factores citados por Puyol ni por otros investigadores explica la mínima natalidad española, ya que en ninguno de ellos, exceptuando la tasa de paro, tenemos un nivel excepcional en términos comparativos.

Para explicar que España tenga la natalidad más baja del mundo hay que encontrar alguna causa específicamente nacional. En nuestra opinión, existen dos causas, una de orden cultural, y otra de orden político. La motivación cultural salta a la vista si se observa la Tabla 4: las españolas casadas tiene en promedio 1.86 hijos en el año 1998, es decir, casi exactamente 1 hijo menos que en 1975, un descenso del 33%, caída muy inferior a la que ha mostrado la fertilidad del conjunto de las mujeres. Por lo tanto, las mujeres españolas casadas han disminuido su fertilidad, pero la fuerte caída de la tasa conjunta española se debe a otras causas. La misma Tabla 4 revela que las mujeres separadas o viudas tienen un número de hijos muy similar al de las mujeres casadas, pero en cambio las solteras casi no tienen hijos. Adicionalmente, el número de mujeres solteras en España es muy alto, casi tanto como el de mujeres casadas y, por lo tanto, el número de hijos por mujer, en su conjunto, se hace muy pequeño.

Con el fin de analizar por qué los españoles y españolas nos casamos menos, se presenta la tasa de primonupcialidad de España y de algunos países de la UE a lo largo de las últimas décadas. Como puede verse en la Figura 11, los europeos dejan de casarse. Esta figura muestra la tasa de primonupcialidad, es decir, el número de primeros matrimonios de mujeres en relación con la población total de mujeres en edad fértil y de los años disponibles para el matrimonio. Si la cifra es igual a uno, ello indica que el número de matrimonios de ese año es tal que aseguraría que, a largo plazo, todas las mujeres se casarían. Si la cifra es igual a 0.60 (caso de la España actual), ello significa que en promedio, solo el 60% de las mujeres de dicha generación se casarán. De acuerdo con dicha figura, en 1976 empezó a bajar la tasa de primonupcialidad en España bruscamente, y desde un valor superior a 1 llegó en 1982 a 0.65, y desde esa fecha ha bajado lentamente. Una transición más o menos similar, aunque en general más suave, tuvo lugar en los países europeos a partir de 1965, y ha llevado a tasas que en el momento actual son del orden del 50% (en promedio la mitad de las mujeres en Europa no se casan).

Correlacionando estas dos informaciones, se comprende el caso español: los españoles se casan mucho menos en la actualidad que en 1975, aunque todavía algo más que en el resto de Europa. Sin embargo, y esta es la diferencia esencial, las mujeres solteras españolas no quieren tener hijos, en clara contraposición con otras mujeres europeas: en Suecia, por ejemplo, el 40% de los nacimientos proceden de mujeres solteras. Por lo tanto, España ha recorrido solo en parte el camino de desintegración de la familia que parece ser el futuro europeo: las españolas encuentran ya aceptable permanecer solteras, lo cual en muchos casos significa uniones de hecho más o menos estables; sin embargo, la sociedad española no acepta de buen grado que una mujer soltera tenga hijos. Entre estas dos realidades, la natalidad española ha alcanzado el mínimo mundial.

Creemos que existe una segunda causa de nuestra baja natalidad, que es de orden político: la España actual, de un modo no expreso pero sí efectivo, es antinatalista. Aunque no abordaremos una demostración detallada de esta hipótesis, los indicios son sugerentes: en primer lugar, la natalidad bajó de forma muy clara en 1977, después de más de 100 años de continuidad. Ello significa que los españoles concebimos menos hijos en 1976, es decir, inmediatamente después de la Restauración. El segundo indicio es que España ha alcanzado el nivel de natalidad más bajo del mundo sin que ningún partido político considerara que el tema fuera digno de debate, cuando los restantes países occidentales arbitraron políticas pronatalistas mucho antes de llegar a nuestro nivel. Tercer indicio: España es el país de la Unión Europea con menores prestaciones familiares. Y como última indicación, la voz del pueblo: en España aquél que tiene más de dos hijos es considerado un ingenuo, en palabras de Rafael Termes7 «... las familias numerosas, objeto hoy de crítica burlona ...», y numerosos creadores de opinión asocian la fecundidad al atraso, tanto cultural como material.

Desde el punto de vista de los gobernantes, la natalidad tiene dos efectos políticamente indeseables a corto plazo: en primer lugar, si la natalidad subiera, nuestra mejora de nivel de vida disminuiría, con el consiguiente desgaste del gobierno. El segundo motivo que lleva a nuestra clase política a no abordar la problemática de la natalidad es su impacto sobre el déficit público, no solo por el coste directo de los programas de apoyo a la familia, sino también por sus efectos sobre la educación y la sanidad. En contraste, la subida de la natalidad no favorece en nada al gobierno de turno, dado que sus primeros efectos positivos aparecen con un retraso de 20 años (recaudación y contribución a la Seguridad Social).

En resumen, la baja natalidad de la España actual es la suma de una serie de causas, la mayoría comunes a todo Occidente, y dos específicamente españolas: la decisión de las mujeres solteras de no tener hijos, y el espíritu antinatalista, probablemente una reacción de antagonismo simplista, como tantas otras, frente a la política pronatalista de la era de Franco.





IX. Las pensiones



Otro aspecto clave de la descapitalización de la España actual son las pensiones. Para analizar este tema, muy ligado a la natalidad, seguiremos el análisis del profesor Barea8, de una precisión y claridad sobresalientes.

La situación legal actual de las pensiones en España es tal que todos los trabajadores, desde un punto de vista del ciclo de vida completo, reciben del sistema de pensiones más de lo que aportan. Por ejemplo, un trabajador que cotizara durante 35 años al régimen general (situación menos favorable posible para el trabajador, ya que en los restantes casos la Seguridad Social es aún más generosa), recibiría como compensación el mismo capital que ha aportado, más una tasa de rendimiento del 7.7% anual. Dado que esta tasa de rendimiento es muy superior a la que aportan los activos sin riesgo, como por ejemplo la Deuda Pública, todos y cada uno de los trabajadores de la Seguridad Social, a lo largo del ciclo de vida, cobra más de lo que ingresa. La política de pensiones, de modo paralelo a la baja natalidad, tiene efectos a largo plazo, y por lo tanto es opaca para la opinión pública. Ello permite a la clase política olvidar la realidad e intentar conseguir votantes sobre la base de la futura quiebra del sistema de pensiones. Para dar una idea de la intensidad de este fenómeno, Barea precisa que, para que cada cotizante recibiera el día de mañana lo mismo que ha aportado, el trabajador ya mencionado con 35 años de cotización debería cobrar como primera pensión tras su jubilación el 62% de su último sueldo como activo, en tanto que en la actualidad cobra en promedio el 92%, es decir, la legislación actual le «regala» una sobrepensión del 48% respecto a lo que ha cotizado. Para los casos restantes, la sobrepensión es aún mayor, ya que un trabajador que hubiera cotizado solo 15 años debería jubilarse matemáticamente con el 25% de su último sueldo, en tanto que la legislación actual le asegura el 46% (aumento del 84%, lo que significa que ingresará casi el doble de lo que ha aportado).

Estas cifras son obviamente insostenibles a medio plazo, ya que conducen primero a la descapitalización y posteriormente a la quiebra del sistema: cada nuevo trabajador que ingresa en la Seguridad Social contribuye a maquillar las cuentas, ya que aumentan los ingresos; sin embargo, las deudas crecen simultáneamente de modo más que proporcional, ya que dicho trabajador acumula unos derechos de pensión considerablemente mayores que sus cotizaciones, y por lo tanto cada nuevo ingreso en la Seguridad Social es un alivio para la Tesorería, pero una pérdida considerando el ciclo de vida completo del trabajador. Como corolario de esta conclusión, la inmigración no resuelve los problemas de las pensiones, ya que los inmigrantes adquirirán el derecho a recibir pensiones superiores a sus cotizaciones, y por lo tanto agravarán el problema.

El profesor Barea ha calculado que la situación patrimonial neta actual de la Seguridad Social considerada como un sistema de capitalización (derechos menos obligaciones) es negativa e igual a dos veces el PIB español. Este quiebra intrínseca del sistema de pensiones debida a la legislación actual se agrava a consecuencia de los factores demográficos. Entre 2000 y 2025, la relación entre jubilados y españoles en edad de trabajar (de 20 a 64 años) bajará de 3.7 a 2.8. En función de la tasa de actividad, cada jubilado podría tener todavía en 2025 unos 2 trabajadores para cubrir su pensión. Por el contrario, en 2050 habrá únicamente 1.6 españoles en edad de trabajar por cada jubilado, lo que podría traducirse en que cada trabajador tendría que sufragar cerca de la pensión completa de un jubilado. No es fácil pensar que en el contexto deflacionario que probablemente acompañará una reducción de la población de esta envergadura, la solidaridad intergeneracional pudiera alcanzar un nivel de esa magnitud.

Barea analiza con detalle en su trabajo citado las consecuencias de la baja natalidad española sobre el sistema de pensiones, que resumiremos brevemente a continuación. Toma como hipótesis de natalidad el trabajo de Fernández Cordón, y en concreto la hipótesis nº 1 denominada «media», que como ya se ha analizado es similar a la del INE y a nuestro propio escenario «optimista», y en la cual se prevé un crecimiento de la natalidad superior al 50% (sin precedentes históricos). En dicho escenario, y simplemente considerando el cambio en el número de pensionistas y en las personas en edad de trabajar, en 2050 cada persona entre 15 y 64 años tendría que pagar al Sistema de Pensiones 796.000 pesetas constantes de 1997, a comparar con 348.000 en 1997. Este escenario es sencillamente imposible, ya que cada trabajador en activo tendría que ceder una parte muy importante de su sueldo (casi la mitad). El informe de la División de Población de la ONU anteriormente citado expone que, si no hubiera cambios radicales en la natalidad o en la política de inmigración, la edad de jubilación deberá elevarse en ciertos países hasta los 77 años lo antes posible.

En resumen, el actual sistema de pensiones en España es un factor de descapitalización acelerada: de la misma manera que no estamos invirtiendo en crear y formar futuros trabajadores, no estamos proveyendo para la jubilación de los trabajadores actuales, y ambas deudas se trasladan sin remisión hacia el futuro. De este modo, la clase política oculta la situación económica real con un velo de prosperidad coyuntural, ya que la descapitalización descrita, aunque indudable, no es visible para el elector medio.

El conjunto de ambas carencias dibuja un panorama insostenible a medio plazo (2025).





X. Primera medida: NATALIDAD



Tanto la población española como aquellas generaciones en edad de trabajar apenas sufrirán variaciones en los próximos veinticinco años. Sin embargo, esta situación cambiará de modo dramático a partir de entonces. ¿Sería posible alterar este panorama si la natalidad se modificara a partir de ahora mismo? ¿Está España todavía a tiempo de evitar su despoblamiento, o al menos conseguir que este proceso ocurra de modo lento y no traumático?

La respuesta a nivel teórico es afirmativa. Si España tuviera desde el año 2000 una fertilidad igual a la de Suecia en el año 1992 (máximo del mundo desarrollado de los últimos 25 años), la población de España permanecería prácticamente estable en el nivel actual durante la primera mitad del siglo XXI, y la población en edad de trabajar apenas cambiaría (nivel siempre superior a los 22 millones, muy comparable con la cifra actual de 24 millones). Este crecimiento de la natalidad debe ser inmediato, porque cada año que pasa, las cohortes de mujeres de 40 años que abandonan la edad fértil (nacidas en 1960) son un 50% más numerosas que las cohortes de mujeres de 15 años que entran (nacidas en 1985). Para dar idea de la urgencia de tomar medidas, si la fertilidad en España permaneciera constante en los niveles actuales hasta el año 2005, y creciera en dicho año hasta el nivel de Suecia previamente citado, la población en edad de trabajar en el año 2050 sería de tan solo 20 millones de habitantes, es decir una pérdida de casi 2 millones debida a un retraso de tan solo un lustro.

España todavía podría evitar el colapso poblacional, si se tomaran las medidas pertinentes. ¿Cuáles?

La medida más fácil de tomar, aunque indeseable, es fomentar la natalidad de las mujeres solteras. Es el camino tomado por Suecia, con dos consecuencias claramente visibles a día de hoy: coste muy alto y subida de la natalidad únicamente temporal. En todo caso, este modelo no parece aplicable a España al menos en los próximos veinte años, ya que como puede verse en la Tabla 5, tomada de Juan Velarde9, las pautas de nacimientos extramatrimoniales evolucionan de modo muy lento en España. Adicionalmente, la mayor parte de dichos nacimientos extramatrimoniales tienen lugar en mujeres ya casadas y separadas, y no en mujeres solteras, único colectivo demográficamente relevante. En consecuencia, descartamos esta solución.

En el caso español, una acción profunda sobre los factores sociales que condicionan la natalidad parece muy difícil en el corto plazo, que es precisamente aquél donde habría que reaccionar. Al contrario, parece que los factores adversos a la fertilidad, tales como las tasas de primonupcialidad, de divorcio (33.104 en 1995, a comparar con 200.000 matrimonios en el mismo año), o de aborto (49.367 en el mismo año, a comparar con 363.000 nacimientos), no solo no van a mejorar sino que empeorarán en los próximos años. En cuanto a los factores morales de fondo con efecto sobre la natalidad, tales como la religiosidad o el patriotismo, prácticamente han desaparecido de la vida española. Defender la natalidad como forma de evitar la decadencia de España en el siglo XXI resulta casi ridículo en un país donde su propio nombre apenas se pronuncia, ya que se ha impuesto la consigna de considerarlo «políticamente incorrecto». De hecho, las escasas voces que se oyen en defensa de la natalidad utilizan un único argumento, que no puede ser más egoísta: ¿quién va a pagar nuestras pensiones?

El análisis de la natalidad de los países escandinavos en los últimos años ha mostrado con claridad que la decisión de tener o no hijos depende en alto grado de la opinión pública. La subida de la natalidad en Suecia en los años 82- 92 hizo que grupos de mujeres que no tenían acceso a los incentivos natalistas (por ejemplo por no trabajar), también incrementaran sus niveles de fertilidad, y lo mismo ocurrió en los países vecinos, con políticas diferentes. La natalidad es el resultado de actitudes de grupo, que hacen sentirse «desfasado» a aquel que no las sigue. En estas condiciones, esperar que las mujeres españolas se enfrenten a la presión social, y renuncien a una proporción muy importante de su libertad y de sus ingresos para tener hijos es una utopía.

En consecuencia, la primera medida a tomar es fomentar un clima social favorable al matrimonio y a la natalidad. Ello podría conseguirse únicamente a través de un esfuerzo colectivo y sostenido, que incluyera el ejemplo de la clase política y mediática, la pura y simple propaganda, los discursos públicos, y la difusión de los informes pertinentes. Sin embargo, dada la situación actual de España y el tiempo escasísimo que queda para aportar remedio en tiempo útil, esta primera medida axiológica debe ir acompañada de incentivos económicos.

Existe un amplio debate sobre la eficacia de las medidas económicas para fomentar la natalidad, pero en esencia podemos decir que hay un acuerdo básico sobre su eficacia, aunque desacuerdo sobre la intensidad de su efecto. Por ejemplo, la natalidad en Suecia está en caída libre, pese a la existencia de importantes medidas de fomento, y por contra, la fertilidad de la mujer estadounidense blanca es de 1.94 hijos por mujer (1995), sin necesidad de ninguna política de apoyo. Por otra parte, Juan Velarde, en su trabajo citado, expone una clara correlación entre el nivel de prestaciones familiares en la UE de los 12 en 1993 y el nivel de envejecimiento previsto en 2050.

Toda la UE ha legislado específicamente a favor de la natalidad, aunque con intensidades muy diferentes. En promedio, la UE destina el 2.4% de su PIB a políticas de apoyo a la familia con hijos, en tanto que España destina únicamente el 0.4%. Con el fin de definir el nivel de los incentivos económicos necesarios para España, la experiencia sueca, el único país europeo que ha conseguido subir su natalidad en una proporción relevante (aunque el efecto haya sido de corta duración), pudiera servir de pauta. La política seguida en Suecia ha sido incentivar a las madres con independencia de su estado civil: cada hijo da derecho a una excedencia laboral de un año, remunerada con el 90% del sueldo anterior a la maternidad. Adicionalmente, se han creado guarderías para atender a los niños, no solo hasta la edad escolar, sino posteriormente, ya que uno de los mayores problemas de la madre que trabaja es compatibilizar la rutina escolar de sus hijos con sus propias obligaciones laborales, incluyendo las vacaciones. Aunque existen otras medidas de fomento de la natalidad, son de menor operatividad.

El esquema sueco ha estimulado la natalidad extramatrimonial, ya que permite a la mujer trabajadora mantener un hogar con hijos sin la ayuda económica de un marido. En estas condiciones, el marido pierde la función de sostén material de la madre y de los hijos, que ha sido uno de los pilares históricos del matrimonio (recordemos las dramáticas palabras que sobre el futuro de Astianacte pronuncia Andrómaca a la muerte de Héctor). Aunque esta independencia económica de la madre soltera pudiera ser deseable para la mujer, no lo es para los hijos, ya que les priva de un padre. Por otra parte, el esquema sueco requiere para ser eficaz una virtual equiparación laboral entre el varón y la mujer (la mujer que no trabajara no tendría acceso a los incentivos natalistas), que no se da en España. En consecuencia, proponemos para España una solución propia: la mujer tendría derecho a un año de excedencia laboral por maternidad, y a recibir, bien su propio sueldo, bien el sueldo de su marido durante dicho año. Ya que en España tanto la tasa de actividad como el sueldo del hombre son claramente superiores a los de la mujer, ello fomentaría prioritariamente la natalidad dentro del matrimonio, y lo haría por igual en todos los niveles de ingresos. El coste tentativo de este programa sería el siguiente: un sueldo medio anual de 2 millones de pesetas y un objetivo de 600.000 niños al año equivaldría a 1.2 billones de pesetas, el 1.2% del PIB. Inicialmente, la cifra necesaria sería más o menos la mitad, dados los actuales niveles de natalidad, pero el objetivo sería alcanzar dicho número de nacimientos lo antes posible.

Que la despoblación de España pueda evitarse destinando únicamente recursos equivalentes al 1.2% del PIB, y no se haya hecho ya, produce indignación. Recordemos que, incluso con la medida propuesta, España apoyaría globalmente la natalidad con una cifra inferior al promedio europeo (1.6% del PIB versus el 2.4%). Nada parece indicar, sin embargo, que dichos fondos vayan a invertirse; al contrario, el Real Decreto de enero de 2000 que anticipa el Plan de Familia recientemente anunciado destina 30.000 millones de pesetas anuales a fomentar la natalidad, cifra cuarenta veces inferior a la citada en este trabajo. Por lo tanto, la pregunta clave es la siguiente: ¿es posible, en la España actual, realizar una política natalista eficaz? La respuesta es negativa. En la España de hoy no se hace más política que la que produce dividendos electorales inmediatos, y la natalidad es una inversión a largo plazo: ¡estamos hablando de la despoblación de España a partir de 2015, es decir, 4 periodos electorales! Adicionalmente, es imposible crear una política de fomento de la natalidad que no estuviera basada en el orgullo de la propia identidad, tanto biológica como cultural. Cualquier política natalista nacional sería vista con recelo por ciertos gobiernos regionales, que verían en la misma una afirmación global de España. ¿Qué argumentos podría utilizar un político español en el año 2000 para que sus votantes apoyaran destinar más de 1 billón de pesetas a fomentar la natalidad? ¿El lugar de España en la Historia? ¿El futuro de sus nietos? ¿Evitar una inmigración culturalmente heterogénea? No queda más argumento que las pensiones, pero el debate es técnico, el hombre de la calle no puede seguirlo, y los resultados están muy lejanos en el futuro

En resumen, aunque es teóricamente posible evitar el despoblamiento de España a través de programas natalistas, las circunstancias políticas de la España actual hacen difícil articular las medidas necesarias. En consecuencia, quedaría la solución de la inmigración.

XI. Segunda medida: Inmigración



España no necesita inmigrantes como fuerza de trabajo en los momentos actuales, ni los necesitará en cantidad relevante durante los próximos 25 años. Sin embargo, existen numerosas voces en la España actual que afirman exactamente lo contrario. Vamos a analizar este aspecto antes de estudiar la inmigración a partir del 2025, fecha en la que quizás sea la solución práctica a la despoblación.

En lo que se refiere a la escasez de mano de obra actual, tanto la patronal como el gobierno se han manifestado en los últimos meses en favor de la necesidad de incrementar la inmigración para cubrir puestos de trabajo que la sociedad española rechaza. Esta tesis es dudosa. Lo que sí está claro es que tanto la patronal como las clases altas españolas ven como muy provechosa esta inmigración, ya que les permitiría contratar a bajo coste puestos de trabajo «de escaso atractivo» (tales como el servicio doméstico o ciertos peonajes) que en caso contrario tendrían un coste muy superior. Pero desde un punto de vista nacional, esta inmigración competiría directamente con las capas de la población de menor capacitación, manteniendo en niveles bajos los sueldos de dichas categorías. La inmigración, si se permitiera, condenaría a sueldos bajos para trabajos poco cualificados a un elevado porcentaje de la población española nativa, porcentaje de la población que probablemente no sería menor del 25%, para beneficio exclusivo de las clases superiores. La prohibición de esta inmigración tendría el efecto contrario: subir de modo importante los sueldos de baja cualificación, hasta que la oferta cubriera la demanda.

Una vez creado tal estado de opinión, España acaba de legalizar una inmigración masiva sin un gran debate nacional, y con el acuerdo expreso de todo el espectro político (Ley de Extranjería). En el último momento, la fuerte presión de la UE ha forzado al gobierno a intentar frenar los aspectos más permisivos de la nueva Ley (un auténtico protectorado europeo), aunque sin éxito, y el propio gobierno se ha comprometido a reformarla, en sentido restrictivo, en la próxima legislatura.

Una vez comprobado que a España no se le permitirá seguir en este punto una política diferente a la de la UE, ¿qué hará la UE? La contestación no es inmediata, pero la relevancia que han tomado en numerosos países europeos, como áustria y Francia, las fuerzas políticas contrarias a la inmigración hace pensar que la inmigración española será reducida durante el próximo decenio. Sin embargo, a partir del año 2015, Alemania iniciará un proceso de despoblamiento, más suave que el de España al tener mayor fertilidad, pero más temprano dado que su transición demográfica se inició antes. La reacción de Alemania ante este proceso será clave para el futuro de Europa y, por lo tanto, para el futuro de España. No es fácil hacer predicciones, pero a la vista del aluvión de inmigrantes que aceptó Alemania, sin reticencias aparentes y con experiencias contradictorias (caso de los turcos), para suplir su carencia de hombres tras la II Guerra Mundial, es probable que la legislación de inmigración a la UE sea más permisiva a partir de 2015, y quizás desde antes.

Analizaremos, pues, las políticas que podría aplicar España en esas circunstancias y, en primer lugar, la posibilidad de atraer a España inmigrantes cuando verdaderamente los necesitemos, es decir, dentro de un cuarto de siglo. Esta duda parece poco realista, dada la presión que actualmente ejercen los inmigrantes ilegales, lo que tiene su manifestación diaria en las pateras del Estrecho de Gibraltar. Dicha presión conduce a pensar que siempre sobrarán candidatos a inmigrantes.

La cuestión, sin embargo, tiene sentido. Los países subdesarrollados están sometidos a un proceso muy rápido de descenso de la fertilidad. En la Figura 12 se presenta el número de hijos por mujer en los 11 países no desarrollados incluidos entre los 15 países más poblados del planeta desde 1970 hasta la fecha. Estos 11 países en vías de desarrollo abarcan el 56% de la población del globo, y representan con una razonable verosimilitud la fertilidad conjunta del mundo en desarrollo.


La Figura 12 muestra claramente que el proceso de reducción de la natalidad no es un fenómeno específicamente europeo, sino que afecta a los países en vías de desarrollo. En 1970, el promedio de los países representados tenía 6 hijos por mujer (con la excepción de China), y en el momento actual tiene tan solo 3, es decir, un descenso de fertilidad del 50% en tan sólo 30 años. De hecho, exceptuando Nigeria y Pakistán, los restantes países muestran un comportamiento muy homogéneo y una fertilidad del orden de los 2.5 hijos por mujer, igual a la de la UE en 1965. Para predecir la fertilidad futura, hemos sumado (suma no ponderada) la fertilidad de estos 11 países (curva «Suma»), y dicha curva agregada se ha extrapolado linealmente hasta el año 2010. De esta proyección se desprende que hacia 2010 el mundo no desarrollado, en su conjunto, estará en una fertilidad de 2.1 hijos por mujer, que es la tasa de mantenimiento de la población. Hacemos notar, sin embargo, que esta previsión es muy personal, y que tanto la ONU como la Oficina del Censo de EEUU pronostican que la fertilidad de los países no desarrollados descenderá en el futuro mucho más lentamente que en el pasado. Dichas predicciones hasta la fecha siempre se han demostrado erróneas, y creemos que nuestra previsión es más sólida.

Esta situación afecta plenamente a los países de inmigración a España, como puede observarse en la Tabla 6. Por lo tanto, vamos a tomar como hipótesis conservadora que, a partir de 2015, nuestros países de habitual inmigración tendrán una fertilidad inferior a la tasa de reposición. Este dato no significa en modo alguno que la población de esos países vaya a decrecer, ya que, de la misma manera que ha ocurrido en España, la población tiene tendencia a crecer de modo significativo durante unos 15 años adicionales, como consecuencia del gran número de madres en edad fértil. A partir de ese momento, la población tiende a permanecer más o menos estable, en función de la fertilidad final conseguida, hasta que empieza la disminución de la misma, con unos 40 años de retraso respecto al cruce del nivel de reposición.

En lo que se refiere a la población en edad de emigrar, que tiene entre 20 y 30 años, la reducción del volumen de la misma empieza, típicamente de manera muy rápida, a partir de los 20 años del cruce del nivel de reposición. Aplicando este razonamiento, es de prever que hacia 2015 los países que nos envían emigrantes estén ya en fertilidades inferiores a 2.1 hijos por mujer, y que a partir de 2035 el número de aquellos que quieran emigrar decrezca. Dada la rapidez con la cual se extiende el modo de vida occidental y el ritmo del desarrollo económico en estos países, lo más probable es que esta predicción se cumpla antes, y que apenas queden emigrantes (dispuestos a aceptar trabajos serviles) hacia 2025-2030. Si esta predicción resultara asombrosa para algunos, no estará de más recordar el caso español: en primera aproximación, en 1950 España tenía un nivel de vida más o menos asimilable al del Marruecos actual, y era un país de emigración. Tan solo 25 años más tarde (1975), España era ya un país desarrollado y con una emigración casi nula, pese a mantener un alto nivel de natalidad.

Ninguna de nuestras alternativas es favorable: si permitimos la inmigración desde ahora mismo, condenamos a la pobreza a los españoles de menor cualificación laboral. Si esperamos hasta 2025, es posible que para entonces la disponibilidad de inmigrantes dispuestos a realizar tareas serviles sea reducida y más cara.

Desde un punto de vista sociológico, el fenómeno de la inmigración lleva a la convivencia de comunidades diferentes. Dicha convivencia puede conducir a conflictos muy reales, si los inmigrantes proceden de culturas y razas difíciles de asimilar. Este fenómeno se ha dado con frecuencia en la historia de Europa y en la propia España, como las expulsiones de los judíos y de los moriscos enseñan. En la Europa moderna, la dificultad de asimilación de los musulmanes es obvia (casos de Alemania, Austria o Francia), y está en la base de los llamados piadosamente «conflictos» de Bosnia y de Kosovo. En España, aunque el número de inmigrantes oficiales aún sea bajo (1.6% de la población), el rechazo hacia los mismos ha aumentado rápidamente (aunque sigue siendo inferior al europeo), y ya el 57% de la población española cree que debe impedirse que entren inmigrantes adicionales. Esta reacción de rechazo, como indican los sucesos de El Ejido, aumentará hasta alcanzar los niveles actuales de la UE: no es lo mismo importar polacos o criollos hispanoamericanos que ugandeses, mauritanos o amerindios.

Para mitigar (que no resolver) este problema, no creemos que España tenga otra alternativa que diseñar una Ley de inmigración que seleccione los inmigrantes de entre aquellos más fácilmente asimilables. Las opciones no son muchas, y deben centrarse en Hispanoamérica, además, por supuesto, de los países europeos (cuya inmigración será sin duda muy limitada). Si el actual espectro político español considerara que una Ley de este tipo es discriminatoria, no estará de más recordar que los cupos de inmigración de EEUU, que conoce los efectos de la importación de mano de obra africana y china, están basados en el mismo principio. Las inmigraciones culturalmente encapsuladas, como la secular de los gitanos, crean problemas estructurales muy serios de convivencia.





XII. Resumen



España se encuentra en el proceso de reducción de población más severo que registra nuestra Historia, con la posible excepción de algún periodo de guerra. El número de hijos por mujer en España es el más bajo del mundo, y apenas la mitad del necesario para mantener estable el nivel de la población. La población española ha empezado ya a descender, y salvo que ocurriera un drástico cambio, hoy imprevisible, a partir de 2015 lo hará a un ritmo cercano a los 300.000 habitantes al año. El año 2050 la población será de menos de 30 millones, un 25% inferior a la actual.

Las consecuencias de esta despoblación acelerada no son fáciles de prever, ya que no existen precedentes mundiales de tal fenómeno. Citaremos dos ejemplos distintos: según las previsiones de la Oficina del Censo de EEUU, en 2050 Marruecos tendrá casi el doble de habitantes que España, en tanto que en 1975 tenía poco más de una tercera parte, y en 2050 España tendrá solo un trabajador por cada jubilado.

El futuro depara tres escenarios alternativos: despoblación acelerada, aumento muy importante de la natalidad, o inmigración. La primera opción es la más desfavorable y la más probable, dados los condicionamientos políticos de la España actual. La segunda solo podría conseguirse mediante un cambio de valores y una política ambiciosa que invirtiera el 1.2% del PIB en incentivos natalistas. La tercera se seguiría probablemente de modo parcial, en coordinación con la UE, aunque de modo lento antes de 2015. A partir de 2025-2035 no será fácil encontrar suficientes inmigrantes culturalmente asimilables que acepten trabajos serviles, dadas las pautas de natalidad mundial analizadas.

En suma, España se enfrenta a un dilema muy grave: vamos camino de desaparecer como un sujeto de la Historia Universal, no solo al integrarnos en la UE (hecho positivo), sino, además, por despoblación. Las medidas de fomento de la natalidad que podrían evitarlo se conocen y su coste es muy moderado. ¿Tendrá nuestro actual modelo político capacidad para realizar un programa natalista eficaz? De momento, no hay síntomas que inclinen a una respuesta afirmativa. Esa solución pasa por rotundos cambios éticos y jurídicos, apenas practicables por los gobernantes españoles actuales.



Gonzalo Fernández de la Mora y Varela

 

1 Jordi Nadal: La población española (Siglos XVI a XX). Ed. Ariel, 1991. Pág. 220.

2 FEDEA julio1998, Proyección de la población española Documento de Trabajo 98-11

3 Juan Ignacio Fernández Cordón, Demografía, actividad y dependencia en España, Fundación BBV, marzo 1996

4 Gary S. Becker El capital humano, álianza Editorial, 1983

5 Gary S. Becker

6 Rafael Puyol, Evolución y cambios en la población, en J.L. Gil Delgado, «España, economía ante el Siglo XXI», 1999.

7 Rafael Termes, Economía y familia, Lección magistral en el acto de la solemne apertura del curso 1999-2000 del Pontificio Instituto Juan Pablo II. Valencia, 8 de noviembre de 1999.

8 José Barea Tejeiro, Los efectos económicos del envejecimiento, Papeles y Memorias de la Real ácademia de Ciencias Morales y Políticas, Número V, Junio 1999.

9 Juan Velarde Fuertes, Reflexiones desde la economía sobre los cambios demográficos españoles, Papeles y Memorias de la Real ácademia de Ciencias Morales y Políticas, Número V, Junio 1999.



 

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