Evocación de
Costa
Una de
las mentes más lúcidas y vigorosas de la segunda mitad
decimonónica, que cumple inexorablemente los criterios
del verdadero intelectual, es el ilustre jurisconsulto,
político e historiador aragonés Joaquín Costa
(1846-1911). Sus progenitores, humildes labriegos, no
disponían de recursos para poder sufragar sus estudios.
Esta adversa contingencia, le obligó a ejercer diversos
oficios en Huesca. Desde mancebo, albañil, jabonero,
carpintero etc., trabajando prolongadas jornadas sin
apenas descanso para poder subsistir y estudiar el
bachillerato. Por su carácter férreo y sobreponiéndose
a la adversidad, consigue el título de delineante y
profesor de dibujo, al propio tiempo que se forjaba una
vasta cultura. Merced a sus extraordinarios dotes
artesanales, obtiene una beca de la Diputación de
Zaragoza para asistir a la exposición Universal de
París de 1867. Permanece dos años y medio en la capital
de Francia, regresando a España y se instala en Madrid.
Tras grandes sacrificios, logra licenciarse en Derecho en
1872 y, un año después, en Filosofía y Letras. En 1875
accede al doctorado, presentándose al premio
extraordinario que no alcanzó. Se otorgó a Menéndez
Pelayo. el mismo año decidió opositar a la cátedra de
Derecho político y de Historia de España, que no
consiguió. Se consideró víctima del favoritismo.
Al no poder acceder a la Universidad, desempeñó el
cargo de Oficial letrado de Hacienda que le permitió
vivir modestamente. Sus incursiones en la abogacía no
tuvieron éxito dado su carácter hosco y enemigo de
componendas. Finalmente se preparó para opositar a
Notarías, obteniendo el número uno de su promoción,
siendo destinado a la notaría de Jaén en 1888. Seis
años después, pasó a desempeñar una notaría en
Madrid.
A partir de este momento hasta su retirada definitiva en
Graus el año 1904, tiene lugar el período más fértil
de su actividad. Ingresa en la Academia de Ciencias
Morales y Políticas, y publica sus obras más
importantes: Colectivismo agrario en España, El problema
de la ignorancia del derecho, Oligarquía y caciquismo
como la actual forma de gobierno en España, La libertad
civil y el congreso de juriconsultos aragoneses, La vida
del Derecho, Teoría del hecho jurídico individual y
social y Reforma de la fé pública.
Fue un inconformista nato con el decadente sistema
político que padecía el pueblo español. La España
rural estaba anclada en el medievo. El trabajo era duro y
rutinario, escasamente fructífero, sin mejoras que
permitieran una mayor rentabilidad de la riqueza
agropecuaria. Pasividad, despotismo y atonía de una
jerarquía arcaica y acomodaticia.
Fue realmente un precursor, que se anticipó varias
décadas a los acontecimientos que se desarrollaron en
nuestra patria. Propuso fundar un orden nuevo, más
europeista, en el que floreciera la cultura, único modo
de emerger del marasmo.
Costa se lamentaba de las características negativas de
los españoles, instándoles a superarlas con el
esfuerzo, el trabajo bien hecho, la voluntad y el
estudio. Participó del movimiento denominado
Regeneracionismo. Culpaba de la decadencia española al
desgobierno de la oligarquía y al caciquismo. Como
única solución, propugnaba una «política de
realidades». Reforma agraria, planificación
hidráulica, modernización de la enseñanza, apoyo a la
agricultura y a la industria, descentralización
administrativa -política y social- llevada a término
por un gobierno autoritario, reclamando con énfasis un
«cirujano de hierro». Insistía en la reorganización
de la vida económica y el abandono de ilusiones
imperiales: «Despensa, escuela y siete llaves al
sepulcro del Cid». En medio del acento polémico que
caracteriza a su época, sobresale un fervoroso espíritu
patriótico.
Algunos de los proyectos de Costa fueron llevados a la
práctica por la dictadura de Miguel Primo de Rivera
ampliados, y culminados por el régimen nacido el 18 de
julio de 1936. «Esta regeneración española, postulada
por Costa y otros, no se inicia realmente hasta el
segundo cuarto del siglo XX y desde planteamientos no
coincidentes con los del turnismo oligárquico», escribe
Fernández de la Mora.
Costa pasó los últimos siete años en su villa natal de
Graus afectado por la grave enfermedad que le llevaría a
la tumba. Aunque su salud física se iba deteriorando de
modo progresivo, conservó hasta los últimos momentos
sus facultades intelectuales.
Fue un hombre de recio carácter difícilmente
manipulable, no permitiendo jamás que especularan con su
nombre. En sus últimos tiempos, Alejandro Lerroux
intentó solicitar su apoyo para un nuevo partido
republicano que pensaba fundar y con esta intención se
desplazó expresamente a Graus sin conseguir su
propósito.
Aunque alejado temporalmente de la Iglesia, era un
creyente que solicitó en los últimos momentos los
sacramentos.
Falleció a las cuatro treinta de la madrugada del ocho
de febrero de 1911. Ante la capilla ardiente desfiló
todo el pueblo de Graus, y a su sepelio acudió multitud
de personalidades nacionales, amigos y admiradores de
Costa.
Azorín escribía pocos meses después de su muerte: «Si
Costa hablaba de europeización lo hace, no en el sentido
de borrar todo lo español, sino en el de encauzar lo
genuino español en aquellos cánones, reglas y modales
que pueden ser comunes a todos los pueblos civilizados».
La ciudad de Graus le rindió un cálido homenaje
levantando un magnífico monumento para perpetuar su
memoria, inaugurado el 22 de septiembre de 1929 por el
general Miguel Primo de Rivera, cuya intervención tuvo
lugar en un estrado levantado por las autoridades a la
derecha de la estatua, en la misma glorieta de árboles
que subsisten. Cuando fue inaugurado el embalse de
Barasona, recibió el nombre de Joaquín Costa.
Dr. Manuel Clemente Cera
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