Alberti contra
la república
En la
muerte de Rafael Alberti, todos los medios de
comunicación, sin excepciones (en el caso de Abc,
incluyendo además censura y represalias contra quien
quiso recordar su condición de «babeante juglar de
Stalin»), lo canonizaron como vigía insomne de la
libertad e insobornable defensor de la República. Sin
embargo, tras el suntuoso óbito y quizás por el
«seguro azar» o la «justicia poética», un
investigador llamado Encinas que buscaba documentos sobre
el búlgaro Stepanov, agente estalinista en España,
encontró en los archivos moscovitas un poema inédito de
Alberti para las elecciones de 1933. Se ha publicado
-generalmente con cortes- en algún medio, pero los
comentarios han sido sólo de orden estético. Cierto que
el poema dramático es eso: dramático, pero no más que
otros de Consignas, de un servilismo gallináceo.
Lo que no han querido comentar esos medios, tan devotos
de la herencia del poeta que sólo hablan de su
testamento, son los elementos ideológicos y políticos
que en estos versos sobrenadan. Lo que se ha evitado
valorar es que ese panfleto del propagandista profesional
de Stalin que era Alberti demuestra con absoluta claridad
que todo lo que nos cuentan sobre los comunistas como
defensores de la libertad es, lisa y llanamente, mentira.
Los comunistas estuvieron en 1931 contra la proclamación
de la «república burguesa» y pintaron el mismo 14 de
abril en los muros de la Plaza de Oriente: «Todo el
poder para los soviets». Los madrileños no sabían ni
el significado de soviet, pero hacerse entender nunca ha
sido el objetivo básico de una secta y nada más
sectario que el PCE de aquellos años. Durante el
«Bienio progresista» (1931-33), los comunistas, Alberti
entre ellos, hicieron cuanto pudieron para desgastar a
los gobiernos de Azaña y el PSOE. Aquí se ve que los
argumentos eran los mismos que utilizaban Gil Robles o
Lerroux: Casas Viejas, Arnedo
La diferencia es que
la derecha quería cambiar el Gobierno de la República a
través del voto y el PCE quería acabar con la
República para instaurar la dictadura del proletariado,
o sea, su dictadura.
La libertad, para el Alberti de 1933, no significaba
absolutamenta nada. Peor, le producía náuseas. Era una
simple trampa de la burguesía. El Parlamento era un
hatajo de borregos, un «redil». Las instituciones
democráticas y representativas eran burdos disfraces del
crimen y la opresión. Sólo la lucha de clases lo
explicaba todo y daba la solución, obviamente
revolucionaria, rigurosamente soviética, para todo1. El
PCE tropezaba, sin embargo, con el desprecio o la
desconfianza de las organizaciones de izquierda. Por eso,
como se ve en este poema electoral, no menos pedagógico
que el de Makarenko, intentaba captar a las bases
anarquistas y socialistas. Pero no pretendía pactar ni
respetar a unos partidos que consideraba senilmente
reformistas o a unos sindicatos infantilmente
izquierdistas. Aún no había inventado Stalin el Frente
Popular. Sólo cuando, tras su derrota electoral, el PSOE
intentó el golpe de Estado de 1934 contra el regimen
republicano y Largo Caballero emprendió la
bolchevización de su partido tuvo ocasión el PCE de
hacer con los socialistas esa política liberticida que
en 1933 preconizaba Alberti. Naturalmente, los que
falsean la trayectoria política del poeta para disimular
el carácter totalitario de la izquierda española, causa
última de la Guerra Civil, olvidarán rápidamente este
hallazgo. Por eso mismo debemos conservarlo.
La Ilustración Liberal
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