LIBROS: El poder político en los dramas de Shakespeare

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LIBROS: El poder político en los dramas de Shakespeare. nº 100

Comentarios de autor al libro de Federico Trillo-Figueroa,

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LIBROS: El poder político en los dramas de Shakespeare

Trillo-Figueroa, Federico: El poder político en los dramas de Shakespeare, ed. Espasa, Madrid 1999, 434 págs.



El corpus atribuido a la misteriosa y evanescente figura de Guillermo Shakespeare es la cumbre de la dramaturgia moderna y ha suscitado una bibliografía más copiosa que ninguna otra. Con tan gigantesco objeto literario se enfrenta nuestro valeroso autor para preguntar cuál es la concepción de la cosa pública subyacente en el teatro shakesperiano.

La famosa cuestión previa: ¿fue el comediante autodidacta Shakespeare el único autor de los magníficos dramas, o tras él se ocultaban el gran humanista Francis Bacon o el cultivado conde de Oxford? Trillo-Figueroa se inclina por la hipótesis tradicional, la primera, a pesar de que los textos revelan una cultura jurídica difícil de suponer en el Shakespeare históricamente documentado.

Los dramas no revelan a un doctrinario, ni desde el punto de vista general o filosófico, ni desde la perspectiva simplemente política. Pero nuestro autor bucea entre millares de versos para mostrar que la forma estatal reflejada por el dramaturgo como fondo institucional de sus tramas era la monarquía hereditaria y prácticamente absoluta. La legitimidad de origen era la de la sangre, y la legitimidad de ejercicio, era el respeto a la ley. Esto último lo deduce de un solitario y oscuro verso de Ricardo II. La reciente traducción de M.A., Conejero (1995) «Las leyes de su trono han esclavizado a Inglaterra con leyes» no apoya esa interpretación formalista. Pero, sobre todo, entre centenares de miles, diez poéticas y crípticas palabras no son suficientes para fundar un legalismo y, menos aún, un iusnaturalismo shakesperiano. Y la prueba está en que el dramaturgo presenta siempre la doctrina anglicana de la obediencia incondicional al rey y de la ilegitimidad de toda rebelión, que es la contraria de nuestro Mariana, por ejemplo.

Esta adhesión de Shakespeare a la entonces doctrina oficial sobre el poder político ¿significa que era un poeta interesado por las pasiones humanas, pero pasivo, resignado o acaso escéptico ante las instituciones establecidas? Esta es una cuestión que sólo tangencialmente aborda nuestro autor. En Julio César y en Coriolano se dibuja un aristocratismo republicano. Los retratos de las personas reales distan muchísimo de ser apologéticos o ejemplares. El legendario rey Lear y el histórico Ricardo III son sujetos viles, este último pura encarnación del malvado. Y Ricardo II, Enrique IV, Enrique V, Enrique VI, Ricardo III y Enrique VIII son presentados como voluntades de poder, agitados por tormentosas pasiones y, en el fondo, inmorales. La lectura de los dramas históricos de Shakespeare invita a hacerse republicano, y se comprende que la representación de alguno fuera prohibida. Desde este enfoque sustantivo, aparece en Shakespeare una rebeldía, contenida por la presión oficial. Es muy revelador que haga decir a Enrique V:«¿Qué tienen los reyes que no tenga todo el mundo salvo ceremonia, salvo permanente ceremonia?». Es la total desmitificación del supuesto «derecho divino» y de la «supremacía de la sangre» en que se apoyaba la monarquía en tiempos del dramaturgo y, con mayor radicalismo en los tiempos rememorados que se remontan al siglo XIV y aún más lejos. Salvo raras excepciones, las personas reales aparecen con perfiles entre dantescos y goyescos. Y no hablemos del espeluznante Macbeth, nieto del rey Kenneth II. En suma, la descripción que ofrece Shakespeare del poder real a lo largo de varios siglos ingleses es psicológicamente cruel y moralmente negativa. Y no es esta acotación una marginal objeción a Trillo-Figueroa, sino un complemento a su interpretación, que es básicamente formal e institucional.

El autor suele utilizar la memorable y heróica traducción de L. Astrana Marín (1930), aunque también aporta versiones propias. En cualquier caso, los textos van todos a doble columna con lo que el lector puede consultar siempre el original inglés, aunque con ortografía modernizada, según la excelente edición de S. Wells y otros (1986).

Como excursos a su exposición fundamental, es muy brillante el capítulo sobre los espectros, fantasmas y brujas que revelan la faceta mistérica y heterodoxa del dramaturgo. También el abordaje de la disyuntiva maquiavelismo o erasmismo es muy sugestivo: frente a exégetas de mérito, el autor afirma que los dramas de Shakespeare «reflejan el pensamiento más propio del humanismo cristiano». Esta tesis es una de las más personales de la obra y es objeto de polémica y minuciosa argumentación.

Trillo-Figueroa maneja una bibliografía muy rica y selecta, y no aborda ningún punto sin exponer objetivamente el estado de la cuestión crítica. Y toda la investigación responde a un orden sistemático y al propósito de insertar los materiales en el contexto de la obra shakespiriana y en el de sus circunstancias ideológicas y factuales. Es una investigación seria y diáfana que invita a recapacitar sobre las pasiones humanas y, muy especialmente, sobre las específicas del soberano.



G. Fernández de la Mora



 

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