Pierre Gaxotte
En 1928
un joven catedrático de Historia, Pierre Gaxotte
-número uno en el concurso de 1920-, publicaba su
primera obra, dedicada a la Revolución Francesa.
Gaxotte, que había renunciado a la carrera política a
la que, por tradición familiar, parecía abocado -su
padre, notario, era uno de los prohombres del Partido
Radical en Lorena-, estaba apartado de la enseñanza por
un incidente administrativo, y desempeñaba el puesto de
redactor jefe del semanario monárquico Action
Française.
Bajo la dirección de Emile Bourgeois, Gaxotte había
reunido material abundante para una tesis sobre las
prestaciones personales y los caminos reales bajo el
reinado de Luis XV. Pensaba Bourgeois que el siglo XVIII,
mal conocido, rodeado de leyendas y viciado por fuentes
apócrifas, necesitaba una revisión. Gaxotte, no ajeno
en principio a los prejuicios de la historiografía de su
tiempo, descubrió en Luis XV, hasta entonces tenido por
un libertino irresponsable, un rey concienzudo, con
sentido del deber y de la autoridad, y su siglo fue la
edad de oro de la administración francesa. Señalaba
Gaxotte que cuando algunos manuales de historia se
admiran de que Napoléon fuera capaz de crear en once
días el Servicio de Contribuciones Directas, olvidan que
aprovechó el personal que había servido bajo el Antiguo
Régimen, y que prefectos, subprefectos, recaudadores y
tesoreros perpetuaron, más allá del Terror, las
antiguas tradiciones administrativas. En torno a los
intendentes se organizaron los servicios públicos que la
Revolución destruyó y que Bonaparte restableció para
aparecer como creador.
El propósito inicial de Gaxotte era trazar un cuadro del
Antiguo Régimen. Arthème Fayard, uno de los mayores
talentos editoriales de la Francia contemporánea, le
conminó a escribir, sin preliminares, la historia de la
Revolución. La obra, dedicada al lingüista Georges
Dumézil, cayó como una bomba en un medio todavía
dominado por la visión maniquea de Michelet, que
reducía los complejos acontecimientos de 1789 a una
historia de déspotas y libertadores. Cinco años más
tarde, con El Siglo de Luis XV, Gaxotte rehabilitaba la
memoria del rey calumniado.
En esos años de entreguerras Gaxotte fue, a la par que
historiador, un periodista de excepción. Redactor-jefe
de Candide, semanario lanzado por Fayard, que llegó a
alcanzar una difusión de 450.000 ejemplares, asumió la
dirección del semanario político Je suis partout, cuya
mención todavía estremece en Francia. Crítico -como
muchos de sus contemporáneos- con las democracias
parlamentarias, interesado por los regímenes
corporativos, le bastó un viaje a Alemania en 1937,
cuando preparaba su biografía de Federico II, para
percibir los riesgos del nacionalsocialismo. Ese año
dimitió de sus funciones de redactor-jefe del semanario,
aunque continuó escribiendo editoriales, que se oponían
desesperadamente a los de Robert Brasillach. Ocupada
Francia por los alemanes, aconsejó -sin éxito- a
Maurras que interrumpiera la publicación de l'Action
Française, y se refugió en Clermont-Ferrand, donde
inició su monumental Histoire des Français.
Cercado por la Gestapo, a la que burló en un increíble
lance, fue Gaxotte uno de los primeros en vaticinar la
intervención americana y el fin de la guerra. Pudo
escapar así a los rigores y a las injusticias de la
Depuración -no como Brasillach, fusilado en 1945-, pero
quedó en una zona incómoda. Mientras sus antiguos
camaradas de filas le reprochaban su deserción, los
vencedores del conflicto -y los que oportunamente se
encaramaron al carro de los vencedores- le echaban en
cara su beligerante pasado antiliberal, aunque Gaxotte
nunca fuera hombre de partido, y su temperamento
volteriano le situara muy lejos de la denostada
colaboración.
La rehabilitación de Gaxotte, bien relacionado, de
reconocido talento y encanto personal, no se hizo
esperar. Recibido en la Academia Francesa en 1953 por el
General Weygand, autor de obras de éxito, su alejamiento
de la universidad motivó que, aun siendo antiguo alumno
de la Escuela Normal Superior y catedrático, se viera en
ocasiones relegado en las filas de la historia
académica. Eran los años en que los Annales habían
impuesto el análisis histórico basado exclusivamente en
acontecimientos económicos y sociales, interpretados a
menudo por el método marxista.
Pierre Gaxotte también fue un infatigable polemista, un
columnista mordaz, ligado al diario Le Figaro por una
crónica semanal, que, durante casi cuarenta años,
alumbró artículos brillantes y apasionados,
inconformistas, irónicos, sabrosos, implacables con lo
mediocre. Su prosa tiene la claridad y la tersura del
siglo XVIII, el siglo francés por excelencia, del que se
confesaba admirador rendido.
Fiel a la memoria de Maurras, defensor de la vieja
monarquía, alérgico a la personalidad y a la retórica
del General de Gaulle, Gaxotte fue uno de los firmantes
del manifiesto en favor de la Argelia francesa, lo que
desató la ira de otro académico, François Mauriac.
Gaxotte utilizó su humor cáustico para atacar a
François Mauriac, al que llamó «escritor
regionalista». El enfrentamiento no terminó mal.
Mauriac reconoció que «literariamente eran del mismo
bando», y Gaxotte quiso pronunciar en la Academia el
elogio fúnebre del bordelés a su fallecimiento. El
discurso es un modelo del género, como lo es también
-en otra ocasión comprometida, dada la singularidad del
personaje, y bien resuelta- el de bienvenida a Julien
Green.
Recientemente, bajo el título Le blasphème du
Professeur Piton, Fayard ha publicado una antología de
sus artículos en Le Figaro, desde 1949 hasta pocos días
antes de su muerte en 19821. Las costumbres, el
urbanismo, el lenguaje, la política, la tecnocracia, la
economía, la historia, el teatro, la literatura, el
arte, sus contemporáneos, son analizados con la lucidez,
independencia de criterio, y despreocupación por la
corrección política que le caracterizaban y que hoy son
tan escasos.
Siempre se lee a Gaxotte con provecho, por su calidad
literaria, su originalidad, su singular clarividencia. En
1953 escribía: «La burguesía francesa está en vías
de descomposición, no porque haya demostrado tener
peores instintos que otras clases sociales, sino porque
ya no cree en sí misma. El gran logro del marxismo no es
el de haber conquistado masas de electores que votan
siempre a la izquierda, sea cual sea esa izquierda, sino
haber dado mala conciencia a aquellos a los que combate y
haber hecho caer a sus adversarios en la trampa de un
vocabulario trucado, que consigue que pasen a su terreno
dogmas y mandamientos, como pasarían la aduana en una
maleta de doble fondo». En 1965: «El amor a la libertad
es un sentimiento minoritario. La masa detesta lo
diferente. Le gusta ser rebaño. ¿Hay algo más natural?
Es difícil ser libre, pensar, decidir libremente. Es
mucho más fácil oir todas las mañanas por la radio la
verdad del día y repetirla. El mecanismo de las
dictaduras modernas consiste en aplastar al individuo,
arrastrarlo, convertirlo en masa. El hombre-masa es el
hombre vaciado de todo, de su pasado, de su familia,
hasta de su futuro. Es un caparazón humano en el que los
tiranos pueden derramar lo que quieren, porque no tiene
nada dentro.» Y esta última reflexión, que seguramente
algunos políticos no comprenderán: «La ley debe tener
algo inmutable, sin ello, deja de ser ley. Permanente, es
digna de respeto. Cuando cambia sin cesar, cuando se
convierte en un instrumento en manos del poder,
indiferente con los derechos adquiridos, con las
decisiones adoptadas, con las situaciones establecidas en
virtud de su autoridad, no logra imponerse. Cuando oímos
a un ministro hablar de una legislación por episodios, a
un magistrado referirse a una legislación en plena
evolución, el ciudadano tiene derecho a preguntarse si
hay que obedecer a la ley de hoy, esperar a la de
mañana, o tomarse la justicia por su mano.»
Joaquín Torrente
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