Iberoamérica,
una comunidad
El tema
es quizá uno de los más importantes de los países
ibero-americanos y mucho tiene que ver con su futuro
aunque esté prioritariamente instalado en la conciencia
de los pueblos de las América española y portuguesa.
En el año 1990 se celebró en Córdoba, Argentina, el
Congreso Internacional Cinco Siglos de Hispanidad, quizá
el primero por su importancia en Iberoamérica con motivo
del V Centenario del Descubrimiento. Tuvo una amplia
acogida ya que se presentaron más de tresciencias
ponencias y participaron mil trescientas personas, siendo
su objetivo principal la revalorización de las raíces
hispánicas para comprender mejor nuestro pasado, actuar
sobre nuestro presente y construir el futuro. Y era en el
futuro donde se centraba nuestra preocupación, en la
creación de una confederación de naciones ibéricas que
uniese a los países de habla española y portuguesa, con
sus ex metrópolis España y Portugal. La tan anhelada
Patria Grande de San Martín, Bolívar, Artigas y Martí
podía llegar a ser una realidad después de tantos
avatares que han pasado a esta veintena de países
unificados por una cultura común.
Dice el pensador español Gonzalo Fernández de la Mora
que nada es más humano que el amor a las patrias ya sean
éstas chicas, medianas o grandes, pero la relación
amorosa, en la medida que es posesiva, cobra matices
excluyentes por ser una ley psicológica general1 ¿En
qué pueden afincarse el patriotismo y el nacionalismo
hispanoamericanos? El problema surge por la cantidad de
«naciones» que forman parte de su estructura política
y que no existían antes de sus respectivas
emancipaciones de la corona española. El autor citado
nos dice que de manera caprichosa y respondiendo a
necesidades de las élites criollas, Hispanoamérica es
dividida y subdividida sin ningún elemento nacional
convincente ya que ni siquiera se respetaron los límites
de los cuatro virreinatos existentes en ese momento y que
fueron Nueva España (México), Nueva Granda (Colombia,
Venezuela, Ecuador), Perú, y Río de la Plata
(Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay). Desde ese
momento de ruptura irrumpen en la historia de estos
países dos elementos negativos: el elemento
desintegrador y atomizante que inventa países donde
nunca los hubo y, al mismo tiempo, se despierta en parte
de la dirigencia criolla un sentimiento de rechazo a la
herencia hispánica, que ha tenido consecuencias fatales
hasta el día de hoy, ya que nos ha impedido asumir
nuestra identidad para que nos despojemos de esa
tendencia a imitar modelos originados en otras culturas,
en lugar de activar aquellas cosas que forman parte de
nosotros mismos y que se ajustan a la idiosincracia que
hemos sabido elaborar a través de varios siglos de
convivencia.
Alguien dijo que podíamos comparar la evolución de los
pueblos con el desarrollo de los hombres individualmente.
En este sentido creemos que el mal llamado período
colonial de la historia de América y que nosotros
llamamos período hispánico, vendría a ser algo así
como la niñez, la pubertad y la adolescencia de estos
países cuyo parto fue el resultado de la mixturación de
los pueblos originarios de este continente y los
españoles recién llegados a él, siendo por lo tanto
una de las etapas formativas por excelencia y donde se va
modelando la personalidad que nos acompañará en el
mundo adulto.
Cuando un hijo llega a la mayoría de edad y se
independiza de sus padres, ese momento puede ser
traumático si su relación con sus progenitores no ha
sido buena, y cabe esperar que en ese instante el joven
dé un portazo y se retire. Lo ideal -que es lo que
generalmente se da- es que ambos, padres e hijos, asuman
la transitoriedad de las etapas y cualquier cambio de
situación no tenga una connotación desagradable. En
América, el momento de la emancipación -que es símil a
la mayoría de edad- tuvo un desenlace traumático porque
cerramos la puerta a la comprensión de la Madre Patria
de un golpe, y nos retiramos del hogar común.
Las naciones son creadas, transformadas y destruidas por
los hombres con una inmensa dosis de arbitrariedad
política, siendo la historia de las naciones
imprevisible porque es libre, nos dice con gran acierto
Fernández de la Mora, para después agregar que los
hombres hacen y deshacen naciones ya que todos somos
testigos de la atomización de algunas de ellas. Ejemplos
hoy en día hay por docenas y basta ver el mapa de la ex
Yugoslavia para convencernos.
A partir de la independencia, los países
hispanoamericanos han pretendido diferenciarse los unos
de los otros, apelando a una diversidad fantasiosa que
ahondaba la ya hecha por la élite gobernante. En la
República Argentina la enseñanza oficial insistía que
éramos país de raza blanca de origen europeo, lo que
era compartido casi únicamente por Chile y Uruguay,
contrastando con el resto de Iberomérica que era
esencialmente mestizo y mulato. Eso nos aisló de
nuestros hermanos continentales y sólo la experiencia de
la guerra de Malvinas nos abrió los ojos para saber
quiénes eran nuestros amigos y quiénes no.
Siempre hemos considerado que en muchos países europeos,
y también fundamentalmente en los Estados Unidos, no
sabían distinguirnos y los criticábamos por ello. Es un
lugar común que en las películas de Hollywood no
diferenciaban un gaucho rioplatense de un charro
mejicano, y un roto chileno de un llanero venezolano. Del
mismo modo, Rodolfo Valentino podía bailar un tango
argentino con trajes andaluces o podíamos ver una escena
filmada en Guatemala con el fondo musical de un tema
incaico. Pero todo esto, aunque no lo parezca, tiene su
explicación, puesto que para norteamericanos y europeos
nosotros somos iguales e intercambiables. Por eso en los
Estados Unidos nos llaman «hispanos» o «latinos» y
ellos no se equivocaban. Nosotros no nos vemos como otros
nos ven y eso es grave porque no sabemos reconocer
quiénes son nuestros hermanos.
Nadie puede negar, salvo por intereses creados, la
necesidad de unirnos, porque dada la globalización del
mundo, poco es lo que podemos valer estando separados.
Todos sabemos que el Estado moderno se encuentra en una
aguda crisis ya que sólo quedan resabios de la
pretendida soberanía por la cual se luchó. Todos los
mercados conocidos, tanto del trabajo como de capitales,
del mismo modo que hechos culturales como la música de
rock, se han globalizado, y para qué hablar de la
ciencia y la tecnología. El Estado neoliberal ya no es
la sede de las decisiones supremas, y se manifiesta
impotente ante grandes desafíos de carácter
socioeconómico, pero también de lo cultural permitiendo
o generando la fragmentación de la conciencia general,
factor este último que está causando un gran daño a
España y a Iberoamérica.
Por un lado, tenemos los intentos separatistas de algunos
sectores recalcitrantes de la sociedad española, tal el
caso de sectores del pueblo vasco, catalán y gallego,
quienes con una estrechez tribalista atentan contra la
unidad forjada en la lucha por todos los pueblos de
España.
Con respecto a los países iberoamericanos hay varios
sectores que alientan permanentemente no sólo la
división caprichosa que padecemos, sino la posibilidad
de no unirnos, al menos culturalmente. La enseñanza de
las historias nacionales está cargada de recelos hacia
los vecinos, a quienes prácticamente se los enfrenta
hasta con los propios próceres de la emancipación.
Así, quien es sanmartiniano rivaliza con un boliviano y
viceversa. Para un argentino el General San Martín es
también libertador de Chile; pero los chilenos, si bien
reconocen su ayuda en la campaña de Chile, consideran
que deben su independencia a Bernardo O'Higgins. Las
cuestiones fronterizas también han servido para nuestras
peleas domésticas, aunque salvo pocas excepciones como
la guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay, o la del
Pacífico entre Chile, Bolivia y Perú, sólo hubo
enfrentamientos bélicos menores. En este sentido, de
forma mayoritaria, en las fuerzas armadas de cada país
se ha pregonado un sentimiento de hostilidad hacia los
pueblos hermanos, y en algún momento han estado
próximos a un enfrentamiento entre Argentina y Chile en
1978 o Perú y Ecuador en 1994.
Quizá uno de los factores que ya ha comenzado a actuar a
favor de una mayor atomización y dispersión, a partir
de la década del 80 y en consonancia con la celebración
del V Centenario, es el indigenismo. En un trabajo
anterior2 advertíamos sobre los peligros que encerraban
ciertas actitudes y propuestas de grupos aborígenes de
América en cuanto a las llamadas unidades nacionales.
Una cosa es la reivindicación de sus peculiaridades
culturales y otra muy distinta la creación de nuevos
Estados dentro del Estado, pues no sólo favorecería la
desintegración sino que sería seguro que potencias
extra continentales verían con sumo agrado estos
pronunciamientos para pasar a ejercer patronazgos o
mecenazgos con vistas a obtener beneficios de esas nuevas
«nacionalidades». Advertíamos de algunas iniciativas
de grupos mapuches que viven mayoritariamente en Chile a
unirse a los que viven en Argentina para solicitar cierto
tipo de autonomía.
Como conclusión sólo podemos decir que la lucha por la
concienciación política de los pueblos iberoamericanos
en torno a su unidad debe ser permanente hasta su
concreción definitiva, hasta que el reconocimiento de
ese algo supranacional que llamamos Hispanidad sea
asumido por todos. Ojalá que las Cumbres Iberoamericanas
que se realizan todos los años desde 1991 entiendan esto
de una vez y pasen a la acción abandonando la retórica
que las ha distinguido hasta el presente.
Ignacio Tejerina Carreras
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