En defensa del
Museo del Ejercito
Se
viene diciendo de muchas maneras que España es una
potencia cultural y que figura entre las naciones que
más han aportado al patrimonio de Occidente. No es una
afirmación hiperbólica puesto que el conjunto de
nuestra contribución a la civilización cristiana y
occidental en los diversos campos de la creación
artística es ciertamente extraordinario.
Esta constatación y esta riqueza que poseemos debe
corresponderse con la atención que por particulares y
por los llamados poderes públicos debe prestarse a tan
singular tesoro. Por otra parte, el relativamente
reciente desarrollo de lo que viene siendo llamado
nuestra «industria turística» nos ha descubierto que
ese patrimonio añade a su valor cultural una vertiente
económica que había permanecido inédita para una gran
mayoría de compatriotas. Hoy no sería concebible la
saña con que, desde las quemas de conventos de los
primeros años del siglo XIX hasta la tremenda
destrucción acaecida entre 1931 y 1939, todo ello a
cargo de los revolucionarios «progresistas», sufrieron
nuestros monasterios, conventos e iglesias. Así
desaparecieron para siempre edificios notables,
documentos, archivos y un sinnúmero de obras de arte de
imposible recuperación. ¿Es esa la cultura a la que se
remiten tantos progresistas de hogaño, herederos
ideológicos de aquellos?
Afortunadamente no todo se perdió -era imposible acabar
con nuestro inmenso tesoro artístico- y hoy perviven en
nuestras catedrales, iglesias y museos, e incluso en
nuestras zonas rurales, verdaderas maravillas, que son
legado de nuestros antepasados. Aquellos que hicieron la
España, hoy negada por algunos. Pero es justo subrayar
que en los últimos años se ha recuperado un ambiente de
respeto y protección a nuestros monumentos y que parte
de este mérito hay que atribuirlo a determinadas
Comunidades Autónomas.
Aunque Madrid, cabeza en su día de un gran Imperio, no
es precisamente una de nuestras ciudades más destacadas
por su patrimonio artístico y cultural, su carácter de
capital de la nación le ha permitido contar con un
conjunto de museos e instituciones que dotan a la ciudad
de un variado y valioso conjunto de obras de arte.
Destaca entre ellas nuestra primera pinacoteca, ese Museo
del Prado que cuenta entre las pocas cosas buenas que
hizo Fernando VII. Museo sometido ahora, por cierto, a
continuos cambios en la disposición de sus colecciones y
a la presión de determinadas exposiciones temporales que
alteran la estructura general del museo y que, vistas
desde fuera, no ponen de manifiesto el objetivo final que
se pretende ni las mejoras que se proclaman. Hay que
suponer que exista un plan de conjunto que llevará al
asentamiento definitivo de nuestro primer museo de cuya
ampliación se habla mucho, pero no se concreta en
ningún estudio en el que se consideren todas las
posibilidades.
Dentro del conjunto de museos de Madrid, uno de los más
notables es el Museo del Ejército, denominación no muy
acorde con su verdadero contenido puesto que se trata del
Museo de la Historia militar de España en el que se
recogen colecciones sin par. Es la memoria viva de la
historia de España, hoy tergiversada hasta tal punto que
se ha convertido en una verdadera caricatura de lo que es
la Historia cuya primera referencia debe ser la verdad.
Claro que para la propaganda «progresista» la verdad no
existe.
Este Museo es el más antiguo de Madrid pues su origen se
debe al rey Fernando VI que lo inició en 1756 como una
colección de maquetas realizadas en las fábricas del
Real Cuerpo de Artillería. Carlos IV en 1803 ordenó que
el Museo, ya definido como tal, pasara al Parque de
Artillería de Monteleón, que cinco años más tarde,
había de ser el centro de la resistencia a la invasión
napoleónica del pueblo de Madrid, dirigido por los
artilleros Daoiz y Velarde, primer chispazo de la Guerra
de la Independencia. Entonces el Museo sufrió un gran
quebranto, tanto en su edificio como en las colecciones
que guardaba, y por ello, el 30 de abril de 1816,
concluída la guerra, lo que quedaba del Museo, siempre a
cargo del Cuerpo de Artillería, se trasladó al palacio
de Buenavista -sede hoy del Cuartel General del
Ejército- que se encontraba en pésimo estado y que
había sido regalado a Godoy por el Ayuntamiento de
Madrid en 1807 y confiscado al favorito caído al año
siguiente. Debido a este traslado el Palacio en cuestión
pasó a denominarse Real Parque de Artillería.
El Semanario Pintoresco en su número 3 correspondiente
al 1 de mayo de 1836 decía. «Podemos afirmar sin riesgo
de equivocaciones, que habrá en Europa museos militares
con mayor número de objetos curiosos, pero difícilmente
podrán competir con los contenidos en el de Artillería
y Depósito de Ingenieros, ya se les considere como
resultados de la ciencia a que corresponden, ya como
fruto del arte y del ingenio, en lucha perpetua con todos
los estorbos que a cada paso encuentran en España». La
cita contiene una afirmación -el mejor museo militar de
Europa- y una profecía -la lucha contra todos los
«estorbos»- que parecen hechas para nuestros días.
El general Espartero, nombrado Regente, decidió
instalarse en el Palacio de Buenavista que convirtió,
mediante costosas obras, en una fortaleza donde vivió
dos años hasta su exilio. El malparado Museo fue una de
las víctimas del progresista Espartero, pues sufrió,
mediante Reales Ordenes de 21 de julio y 1 de agosto de
1841, un nuevo traslado al llamado entonces Palacio de
San Jerónimo que era lo que, después de lo destruído
por los franceses, quedaba en pie en muy malas
condiciones del Palacio del Buen Retiro. Nuevamente el
Cuerpo de Artillería tuvo que encargarse de su
reconstrucción y de la instalación y conservación del
Museo que ha llegado hasta hoy con sus colecciones
notablemente ampliadas a lo largo del siglo XIX. En él
quedaron reflejadas las sucesivas campañas, que
concluyeron con la pérdida de los territorios
ultramarinos, y los recuerdos de nuestras guerras
civiles.
Así el Museo ha llegado hasta hoy no sin que se hayan
registrado varios intentos de volverlo a trasladar,
sometiendo a grave riesgos sus fondos. El primero de
ellos lo hizo el General Primo de Rivera quien por Real
Decreto de 23 de febrero de 1929 ordenó su traslado a
Toledo, seguramente movido por el conflicto que tuvo con
el Cuerpo de Artillería, mantenedor hasta entonces del
Museo, y que, en una desafortunada medida, fue disuelto
por Primo de Rivera. Por suerte, la caída del Dictador
supuso que su sucesor, General Berenguer, dejase sin
efecto dicha orden de traslado que ya había comenzado a
ejecutarse.
Contrariamente, bajo la II República siendo Ministro de
la Guerra Manuel Azaña, mediante Decreto de 16 de
diciembre de 1931, no sólo se mantuvo el Museo en el
mismo edificio, con la más apropiada denominación de
Museo Histórico Militar, sino que aquel Ministro, muy
desafortunado en otros aspectos, amplió notablemente sus
colecciones, «para perpetuar las glorias y recuerdos del
Ejército y que sirvan para el estudio de su historia y
progreso». Es decir que, atendiendo a criterios más
modernos, por primera vez se concebía el Museo como un
centro de estudios históricos.
Otra tentativa de traslado al Alcázar de Toledo tuvo
lugar en febrero de 1965; pero el entonces Director del
Museo, Teniente General Rubio, hizo presente al Jefe de
Estado los inconvenientes que presentaba aquella
decisión y el extremo riesgo para las colecciones allí
expuestas que suponía el traslado decretado. Franco
pidió un informe amplio sobre estos puntos. El informe
en cuestión, fue emitido definitivamente por el
Patronato del Museo el 23 de agosto de 1969, una vez
estudiada detenidamente la cuestión. A la vista de dicho
informe, el Jefe del Estado decidió anular la orden de
traslado y mantener el Museo en su misma localización.
Esta es, a grandes rasgos, la historia de la formación y
vicisitudes de un museo que, como decía la citada
revista de 1814, era ya, y sigue siendo hoy con mucho
más motivo, el mejor museo militar no ya de Europa sino
del mundo, pero siempre, y para repetir la misma frase,
«en lucha perpetua con los estorbos que a cada paso
encuentra en España».
¿Cuáles son esos «estorbos»?: En primer lugar, la
indiferencia y dejadez con la que los administradores de
la cosa pública han venido considerando nuestro
riquísimo patrimonio histórico y cultural que,
evidentemente, no se conserva y mejora, pese a dispendios
en otras cosas. Ya hacia 1841 se gastaba dinero público
en convertir el Palacio de Buenavista en un fuerte, a la
vez que el Museo allí alojado era enviado a una
construcción en ruinas. Compárense las escasísimas
dotaciones del Museo del Ejército con el tejer y
destejer en tantas y eternas reformas y contrarreformas
en otras instituciones bastante menos importantes, pero
alimentadas por campañas de imagen.
Como segundo «estorbo» hay que registrar la escasa
atención que la sociedad española dedica a conocer
nuestra historia, conservar nuestro riquísimo patrimonio
cultural y ampliarlo en lo posible. Nuestros mecenas
importantes pueden contarse con los dedos de una mano.
Porque ¿quién ayuda al Museo del Ejército? ¿qué
fundación muestra interés por él? ¿a quién le
preocupa que sea lo que debe ser? Es decir, un centro de
enseñanza de nuestra historia y de investigación; un
lugar de estudio y finalmente una memoria de los
vericuetos por los que ha transitado España, a veces
luminosos, fértiles y heroicos, a veces agrestes
trágicos y sangrientos.
Si el Museo pervive hasta hoy y se conservan sus
colecciones, parte de ellas en mal estado, ha sido por el
entusiasmo y trabajo que le han dedicado algunos
beneméritos miembros del Ejército que con ello han
superado en parte el abandono y la desidia del Estado.
Estamos en estos momentos tropezando con el tercer
«estorbo» en la vida del Museo. Ahora se habla mucho de
él, tomando como pretexto la presunta ampliación del
Museo del Prado al que, se dice, debe unirse al antiguo
Salón de Reinos sin que pueda establecerse relación
alguna entre dicho Salón notablemente modificado y su
utilidad como parte del Museo del Prado. Cierto es que
allí se situaron en su origen doce cuadros que como «La
rendición de Breda» recogían las glorias militares
españolas; allí estuvieron también los retratos
ecuestres de Felipe III y Felipe IV, algunas de sus
esposas y el malogrado príncipe Baltasar Carlos, todos
ellos obra de Velázquez, expuestos ahora en el Museo del
Prado. ¿Se trata de llevar los que quedan de dichos
cuadros al Salón de reinos restaurado? Flaco favor se le
haría al Museo del Prado.
Es muy difícil sustraerse a la impresión de que se
trata de desalojar de su actual situación al Museo del
Ejército pretextando para ello una confusa y
costosísima ampliación de Museo del Prado cuya
necesidad no es evidente a juicio de importantes
técnicos en la materia, entre ellos el académico
Fernando Chueca Goitia que es, precisamente, el autor de
la última ampliación del Prado.
De la falta de un criterio definido y definitivo acerca
del futuro del Museo del Prado dan fe las idas y venidas
de los concursos no fallados, los proyectos siempre
sometidos a revisión, las cuantías nunca cifradas de lo
que se pretende, las resistencias a la destrucción de un
entorno urbano muy valioso. En definitiva, y en lo
relativo tanto al Museo del Prado como al del Ejército,
se tiene la irremediable impresión de que se da por
hecho lo que está aún por determinar, y por
convenientes una serie de actuaciones poco meditadas y,
desde luego, muy costosas y arriesgadas. Habrá que
repetir la frase de Eugenio d'Ors: «Los experimentos con
gaseosa». Aquí se intenta experimentar con lo mejor del
patrimonio artístico, cultural e histórico de España.
Las continuas declaraciones sobre el Museo del Prado, con
anuncios de planes de ampliación, mejoras y mudanzas no
especificados en detalle, que vienen realizando en los
últimos tiempos los administradores de nuestro
patrimonio cultural parecen más bien un intento de
mostrar su preocupación y eficacia quizás unidas a un
deseo de «ganar imagen».
Si de verdad, se dispone de cuantiosísimos fondos para
las ampliaciones, mejoras y traslados de que se habla,
estarían muy bien em-
pleados en restaurar nuestros edificios, obras de arte y
colecciones como las del Museo del Ejército; en dotar
mejor las bibliotecas públicas, mejorar los archivos y
tantas y tantas necesidades sin cubrir en el campo
cultural e histórico. Tampoco estaría de más dotar
debidamente los centros de investigación histórica y
salir al paso del destrozo que el sistema educativo, los
medios de comunicación y determinados personajes están
produciendo en la memoria histórica de los españoles de
hoy y, lo que es peor, del futuro.
Si ello es conveniente, necesario y útil ampliése en
buena hora el Museo del Prado, únase al reina Sofía y
al Thyssen (¿cómo?), modifíquese el Paseo del Prado;
pero ¿hay que invadir los Jerónimos? ¿hay que acabar
con el Museo del Ejército? ¿hay que poner en gravísimo
riesgo sus colecciones más vulnerables? ¿hay que dañar
el Alcázar de Toledo y su entorno? ¿hay que destrozar
uno de los conjuntos más nobles de Madrid que tanto
escasean? Si las respuestas a estas y otras preguntas
fuesen satisfactorias, el propósito declarado de
trasladar el Museo del Ejército a Toledo sería
asumible. Antes, no.
No se trata de imitar lo hecho en otras latitudes. Lo que
se necesita es seriedad, respeto al patrimonio cultural
heredado, mantenerlo debidamente, ampliarlo y entregarlo
a las generaciones venideras. Si, además, ante la ola
desnacionalizadora que invade España, se recupera y
enseña su historia en sus monumentos y museos, mejor que
mejor.
Antonio Marchante Gil
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