En defensa del Museo del Ejercito

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En defensa del Museo del Ejercito

Por Antonio Marchante Gil

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En defensa del Museo del Ejercito

Se viene diciendo de muchas maneras que España es una potencia cultural y que figura entre las naciones que más han aportado al patrimonio de Occidente. No es una afirmación hiperbólica puesto que el conjunto de nuestra contribución a la civilización cristiana y occidental en los diversos campos de la creación artística es ciertamente extraordinario.

Esta constatación y esta riqueza que poseemos debe corresponderse con la atención que por particulares y por los llamados poderes públicos debe prestarse a tan singular tesoro. Por otra parte, el relativamente reciente desarrollo de lo que viene siendo llamado nuestra «industria turística» nos ha descubierto que ese patrimonio añade a su valor cultural una vertiente económica que había permanecido inédita para una gran mayoría de compatriotas. Hoy no sería concebible la saña con que, desde las quemas de conventos de los primeros años del siglo XIX hasta la tremenda destrucción acaecida entre 1931 y 1939, todo ello a cargo de los revolucionarios «progresistas», sufrieron nuestros monasterios, conventos e iglesias. Así desaparecieron para siempre edificios notables, documentos, archivos y un sinnúmero de obras de arte de imposible recuperación. ¿Es esa la cultura a la que se remiten tantos progresistas de hogaño, herederos ideológicos de aquellos?

Afortunadamente no todo se perdió -era imposible acabar con nuestro inmenso tesoro artístico- y hoy perviven en nuestras catedrales, iglesias y museos, e incluso en nuestras zonas rurales, verdaderas maravillas, que son legado de nuestros antepasados. Aquellos que hicieron la España, hoy negada por algunos. Pero es justo subrayar que en los últimos años se ha recuperado un ambiente de respeto y protección a nuestros monumentos y que parte de este mérito hay que atribuirlo a determinadas Comunidades Autónomas.

Aunque Madrid, cabeza en su día de un gran Imperio, no es precisamente una de nuestras ciudades más destacadas por su patrimonio artístico y cultural, su carácter de capital de la nación le ha permitido contar con un conjunto de museos e instituciones que dotan a la ciudad de un variado y valioso conjunto de obras de arte. Destaca entre ellas nuestra primera pinacoteca, ese Museo del Prado que cuenta entre las pocas cosas buenas que hizo Fernando VII. Museo sometido ahora, por cierto, a continuos cambios en la disposición de sus colecciones y a la presión de determinadas exposiciones temporales que alteran la estructura general del museo y que, vistas desde fuera, no ponen de manifiesto el objetivo final que se pretende ni las mejoras que se proclaman. Hay que suponer que exista un plan de conjunto que llevará al asentamiento definitivo de nuestro primer museo de cuya ampliación se habla mucho, pero no se concreta en ningún estudio en el que se consideren todas las posibilidades.

Dentro del conjunto de museos de Madrid, uno de los más notables es el Museo del Ejército, denominación no muy acorde con su verdadero contenido puesto que se trata del Museo de la Historia militar de España en el que se recogen colecciones sin par. Es la memoria viva de la historia de España, hoy tergiversada hasta tal punto que se ha convertido en una verdadera caricatura de lo que es la Historia cuya primera referencia debe ser la verdad. Claro que para la propaganda «progresista» la verdad no existe.

Este Museo es el más antiguo de Madrid pues su origen se debe al rey Fernando VI que lo inició en 1756 como una colección de maquetas realizadas en las fábricas del Real Cuerpo de Artillería. Carlos IV en 1803 ordenó que el Museo, ya definido como tal, pasara al Parque de Artillería de Monteleón, que cinco años más tarde, había de ser el centro de la resistencia a la invasión napoleónica del pueblo de Madrid, dirigido por los artilleros Daoiz y Velarde, primer chispazo de la Guerra de la Independencia. Entonces el Museo sufrió un gran quebranto, tanto en su edificio como en las colecciones que guardaba, y por ello, el 30 de abril de 1816, concluída la guerra, lo que quedaba del Museo, siempre a cargo del Cuerpo de Artillería, se trasladó al palacio de Buenavista -sede hoy del Cuartel General del Ejército- que se encontraba en pésimo estado y que había sido regalado a Godoy por el Ayuntamiento de Madrid en 1807 y confiscado al favorito caído al año siguiente. Debido a este traslado el Palacio en cuestión pasó a denominarse Real Parque de Artillería.

El Semanario Pintoresco en su número 3 correspondiente al 1 de mayo de 1836 decía. «Podemos afirmar sin riesgo de equivocaciones, que habrá en Europa museos militares con mayor número de objetos curiosos, pero difícilmente podrán competir con los contenidos en el de Artillería y Depósito de Ingenieros, ya se les considere como resultados de la ciencia a que corresponden, ya como fruto del arte y del ingenio, en lucha perpetua con todos los estorbos que a cada paso encuentran en España». La cita contiene una afirmación -el mejor museo militar de Europa- y una profecía -la lucha contra todos los «estorbos»- que parecen hechas para nuestros días.

El general Espartero, nombrado Regente, decidió instalarse en el Palacio de Buenavista que convirtió, mediante costosas obras, en una fortaleza donde vivió dos años hasta su exilio. El malparado Museo fue una de las víctimas del progresista Espartero, pues sufrió, mediante Reales Ordenes de 21 de julio y 1 de agosto de 1841, un nuevo traslado al llamado entonces Palacio de San Jerónimo que era lo que, después de lo destruído por los franceses, quedaba en pie en muy malas condiciones del Palacio del Buen Retiro. Nuevamente el Cuerpo de Artillería tuvo que encargarse de su reconstrucción y de la instalación y conservación del Museo que ha llegado hasta hoy con sus colecciones notablemente ampliadas a lo largo del siglo XIX. En él quedaron reflejadas las sucesivas campañas, que concluyeron con la pérdida de los territorios ultramarinos, y los recuerdos de nuestras guerras civiles.

Así el Museo ha llegado hasta hoy no sin que se hayan registrado varios intentos de volverlo a trasladar, sometiendo a grave riesgos sus fondos. El primero de ellos lo hizo el General Primo de Rivera quien por Real Decreto de 23 de febrero de 1929 ordenó su traslado a Toledo, seguramente movido por el conflicto que tuvo con el Cuerpo de Artillería, mantenedor hasta entonces del Museo, y que, en una desafortunada medida, fue disuelto por Primo de Rivera. Por suerte, la caída del Dictador supuso que su sucesor, General Berenguer, dejase sin efecto dicha orden de traslado que ya había comenzado a ejecutarse.

Contrariamente, bajo la II República siendo Ministro de la Guerra Manuel Azaña, mediante Decreto de 16 de diciembre de 1931, no sólo se mantuvo el Museo en el mismo edificio, con la más apropiada denominación de Museo Histórico Militar, sino que aquel Ministro, muy desafortunado en otros aspectos, amplió notablemente sus colecciones, «para perpetuar las glorias y recuerdos del Ejército y que sirvan para el estudio de su historia y progreso». Es decir que, atendiendo a criterios más modernos, por primera vez se concebía el Museo como un centro de estudios históricos.

Otra tentativa de traslado al Alcázar de Toledo tuvo lugar en febrero de 1965; pero el entonces Director del Museo, Teniente General Rubio, hizo presente al Jefe de Estado los inconvenientes que presentaba aquella decisión y el extremo riesgo para las colecciones allí expuestas que suponía el traslado decretado. Franco pidió un informe amplio sobre estos puntos. El informe en cuestión, fue emitido definitivamente por el Patronato del Museo el 23 de agosto de 1969, una vez estudiada detenidamente la cuestión. A la vista de dicho informe, el Jefe del Estado decidió anular la orden de traslado y mantener el Museo en su misma localización.

Esta es, a grandes rasgos, la historia de la formación y vicisitudes de un museo que, como decía la citada revista de 1814, era ya, y sigue siendo hoy con mucho más motivo, el mejor museo militar no ya de Europa sino del mundo, pero siempre, y para repetir la misma frase, «en lucha perpetua con los estorbos que a cada paso encuentra en España».

¿Cuáles son esos «estorbos»?: En primer lugar, la indiferencia y dejadez con la que los administradores de la cosa pública han venido considerando nuestro riquísimo patrimonio histórico y cultural que, evidentemente, no se conserva y mejora, pese a dispendios en otras cosas. Ya hacia 1841 se gastaba dinero público en convertir el Palacio de Buenavista en un fuerte, a la vez que el Museo allí alojado era enviado a una construcción en ruinas. Compárense las escasísimas dotaciones del Museo del Ejército con el tejer y destejer en tantas y eternas reformas y contrarreformas en otras instituciones bastante menos importantes, pero alimentadas por campañas de imagen.

Como segundo «estorbo» hay que registrar la escasa atención que la sociedad española dedica a conocer nuestra historia, conservar nuestro riquísimo patrimonio cultural y ampliarlo en lo posible. Nuestros mecenas importantes pueden contarse con los dedos de una mano. Porque ¿quién ayuda al Museo del Ejército? ¿qué fundación muestra interés por él? ¿a quién le preocupa que sea lo que debe ser? Es decir, un centro de enseñanza de nuestra historia y de investigación; un lugar de estudio y finalmente una memoria de los vericuetos por los que ha transitado España, a veces luminosos, fértiles y heroicos, a veces agrestes trágicos y sangrientos.

Si el Museo pervive hasta hoy y se conservan sus colecciones, parte de ellas en mal estado, ha sido por el entusiasmo y trabajo que le han dedicado algunos beneméritos miembros del Ejército que con ello han superado en parte el abandono y la desidia del Estado.

Estamos en estos momentos tropezando con el tercer «estorbo» en la vida del Museo. Ahora se habla mucho de él, tomando como pretexto la presunta ampliación del Museo del Prado al que, se dice, debe unirse al antiguo Salón de Reinos sin que pueda establecerse relación alguna entre dicho Salón notablemente modificado y su utilidad como parte del Museo del Prado. Cierto es que allí se situaron en su origen doce cuadros que como «La rendición de Breda» recogían las glorias militares españolas; allí estuvieron también los retratos ecuestres de Felipe III y Felipe IV, algunas de sus esposas y el malogrado príncipe Baltasar Carlos, todos ellos obra de Velázquez, expuestos ahora en el Museo del Prado. ¿Se trata de llevar los que quedan de dichos cuadros al Salón de reinos restaurado? Flaco favor se le haría al Museo del Prado.

Es muy difícil sustraerse a la impresión de que se trata de desalojar de su actual situación al Museo del Ejército pretextando para ello una confusa y costosísima ampliación de Museo del Prado cuya necesidad no es evidente a juicio de importantes técnicos en la materia, entre ellos el académico Fernando Chueca Goitia que es, precisamente, el autor de la última ampliación del Prado.

De la falta de un criterio definido y definitivo acerca del futuro del Museo del Prado dan fe las idas y venidas de los concursos no fallados, los proyectos siempre sometidos a revisión, las cuantías nunca cifradas de lo que se pretende, las resistencias a la destrucción de un entorno urbano muy valioso. En definitiva, y en lo relativo tanto al Museo del Prado como al del Ejército, se tiene la irremediable impresión de que se da por hecho lo que está aún por determinar, y por convenientes una serie de actuaciones poco meditadas y, desde luego, muy costosas y arriesgadas. Habrá que repetir la frase de Eugenio d'Ors: «Los experimentos con gaseosa». Aquí se intenta experimentar con lo mejor del patrimonio artístico, cultural e histórico de España.

Las continuas declaraciones sobre el Museo del Prado, con anuncios de planes de ampliación, mejoras y mudanzas no especificados en detalle, que vienen realizando en los últimos tiempos los administradores de nuestro patrimonio cultural parecen más bien un intento de mostrar su preocupación y eficacia quizás unidas a un deseo de «ganar imagen».

Si de verdad, se dispone de cuantiosísimos fondos para las ampliaciones, mejoras y traslados de que se habla, estarían muy bien em-
pleados en restaurar nuestros edificios, obras de arte y colecciones como las del Museo del Ejército; en dotar mejor las bibliotecas públicas, mejorar los archivos y tantas y tantas necesidades sin cubrir en el campo cultural e histórico. Tampoco estaría de más dotar debidamente los centros de investigación histórica y salir al paso del destrozo que el sistema educativo, los medios de comunicación y determinados personajes están produciendo en la memoria histórica de los españoles de hoy y, lo que es peor, del futuro.

Si ello es conveniente, necesario y útil ampliése en buena hora el Museo del Prado, únase al reina Sofía y al Thyssen (¿cómo?), modifíquese el Paseo del Prado; pero ¿hay que invadir los Jerónimos? ¿hay que acabar con el Museo del Ejército? ¿hay que poner en gravísimo riesgo sus colecciones más vulnerables? ¿hay que dañar el Alcázar de Toledo y su entorno? ¿hay que destrozar uno de los conjuntos más nobles de Madrid que tanto escasean? Si las respuestas a estas y otras preguntas fuesen satisfactorias, el propósito declarado de trasladar el Museo del Ejército a Toledo sería asumible. Antes, no.

No se trata de imitar lo hecho en otras latitudes. Lo que se necesita es seriedad, respeto al patrimonio cultural heredado, mantenerlo debidamente, ampliarlo y entregarlo a las generaciones venideras. Si, además, ante la ola desnacionalizadora que invade España, se recupera y enseña su historia en sus monumentos y museos, mejor que mejor.



Antonio Marchante Gil



 

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