El imperativo de razonabilidad

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El imperativo de razonabilidad

Por Gonzalo Fernández de la Mora

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El imperativo de razonabilidad

1. La razonabilidad desde dentro



La razonabilidad de una acción puede ser considerada desde la perspectiva personal (aspecto subjetivo) o desde una perspectiva universal (aspecto objetivo). La primera es de aproximación apenas problemática porque permite analizar la cuestión por la vía introspectiva, inmediatamente patente.

a) La acción subjetivamente razonable no es la instintiva, promovida por pautas innatas, como el hambre primaria. Los irracionales son sujetos de tales conductas y sólo de ellas. El hombre, por su condición de animal racional, es ambivalente: puede obrar lógica o ilógicamente. Tampoco es la acción meramente refleja aunque responda a un hábito esforzadamente adquirido; tal comportamiento tiene una estructura análoga a la instintiva puesto que responde a un cierto mecanicismo. También los irracionales pueden adquirir hábitos por obra de la experiencia o de la doma. Una acción subjetivamente razonable ha de ser querida, es decir, explícitamente voluntaria aunque esté más o menos condicionada y limitada por las circunstancias internas y externas.

b) La acción subjetivamente razonable no es la aleatoria, que responde al esquema mental de «salga lo que salga», ni la fatalista del «sea lo que está escrito». Es una acción que se orienta hacia una meta previamente elegida, aunque luego resulte que no se alcanza plenamente. La determinación consciente de un deseado término «ad quem» es una condición necesaria. Los irracionales actuan sólo por estímulos, no por motivos. La acción subjetivamente razonable es finalista. Este dato psicológico se suele extrapolar hasta afirmar una finalidad intrínseca de todo ente y, por lo tanto, del cosmos; pero no se trata ahora de tal axioma metafísico, sino de la conciencia de actuar con un propósito concreto. Es una vivencia humana tan frecuente que un modo fundamental de comprender el comportamiento ajeno es averiguar a qué aspira.

¿Hay un fin genérico de toda acción subjetivamente razonable? Se podría suponer que ese fin es maximizar el placer; pero esta condición no se da en multitud de casos cuya razonabilidad es evidente. Por ejemplo, cuando se hace un sacrificio incluso de la vida por otro, o cuando se cumple un oneroso deber por el deber. En estos y otros muchos supuestos el estricto placer brilla por su marginalidad. El planteamiento de todas las acciones finalistas no es hedonista. La acción subjetivamente razonable es «ad hoc», se dirige hacia algo cuyo contenido no es necesariamente placentero ni inmediata, ni mediatamente. La explicación cirenaica no agota la razonabilidad de las conductas.

La finalidad ¿se identificaría con la conciencia de utilidad? Tampoco, puesto que hay conductas cuyo protagonista las estima razonables y, a la vez, inútiles, como la mayoría de las lúdicas y no pocas de las estrictamente teoréticas, aunque a la larga, eventualmente y acaso para otros puedan resultar prácticas. La interpretación pragmatista tampoco agota el finalismo racional, que es mucho más dilatado.

c) Una acción voluntaria y finalista no es subjetivamente razonable si previamente no se estima la adecuación de los medios al objetivo. Esta planificación es indispensable cuando se trata de medios intelectuales (sin un preciso nivel de capacitación matemática no se puede resolver ciertos problemas) y cuando se trata de medios materiales (con un hacha de leñador no cabe cortar una preparación microscópica). La selección de los medios está determinada por las probabilidades de éxito. Pero este resultado positivo depende también de las circunstancias, incluidas las exteriores, sobre las que se va a operar. No es razonable dar por real lo soñado o por factible lo imposible. En suma, la acción subjetivamente razonable es también calculadora.

d) Pero no hay buen cálculo sin datos de una cierta exactitud. La acción razonable requiere un análisis de la situación, un esfuerzo cognoscitivo no sólo de lo que es (aptitud personal, eficiencia de los medios, adecuación al entorno) sino de lo que va a suceder, del dinamismo más o menos reglado de lo real. Hay leyes físicas que anticipan el devenir de algunas cosas, que a ciertos efectos pueden ser tomadas como inexorables; pero hay muchos ámbitos de ambigüedad sólo previsibles por inducciones probabilísticas. Hay, en fin, áreas que, al menos de momento, impiden la certidumbre y aún la probabilidad. Hay, pues, opciones de racionalidad bajo mínimos. Fundar una acción sólidamente en la realidad es arduo, y suele exigir colaboración. La averiguación de hechos, de técnicas, y de correlaciones ha de hacerse muchas veces por mediación de otros más expertos. Decisiones tan esenciales como las que se refieren a la supervivencia personal se toman casi siempre a través del médico, y serán tanto más razonables cuanto más acertada haya sido la elección del facultativo. Aunque parezca contradictorio, la razonabilidad de muchas conductas se apoya en el principio de autoridad, en la confianza fundada. Y a medida que aumenta el acervo científico y tecnológico y se diversifican las especializaciones, la razonabilidad subjetiva dependerá más de los otros. Este laborioso acopio de información requiere un tiempo: la improvisación es enemiga de la razonabilidad. Y cuando mayor es el grado de certidumbre sobre la situación, mayor es la densidad racional de la conducta. La acción subjetivamente razonable es informada o documentada.

e) Lo contradictorio es irracional, y el logos es sistemático. Para ser razonables, los juicios que emitimos tienen que ser coherentes entre sí: cuando son antitéticos, al menos uno de ellos es falso. En último término, como ya señaló el maximo pensador griego, sólo hay verdad dentro de un sistema. No cabe pedir al hombre de la calle que sea un filósofo y que inserte cada opinión dentro de un sistema cabal; pero se le puede exigir que sea consecuente con su concepción del mundo. Esta sí es una condición formal de la opinión subjetivamente razonable. La lógica exige una relación sistemática entre las creencias y las ideas. No es, por ejemplo, razonable que un musulmán afirme el ateísmo o que un científico niegue el valor de todo experimento. Los juicios tienen que atenerse al principio lógico de no contradicción. El pensamiento razonable, aunque dialéctivo, es coherente; pero ¿y la acción?

El acto subjetivamente razonable ¿ha de ser concordante con los actos anteriores del mismo sujeto? No necesariamente porque el logos no obliga a reincidir en el error, antes al contrario, induce a la autocrítica y a la rectificación: hay palinodias razonables. Lo que hemos realizado nos condiciona; pero no despóticamente. Claro que la nueva posición correctora cuestiona la anterior y tiende a reducirla a puro error. La problematicidad no radica en las simples enmiendas o correcciones, sino en las rectificaciones radicales, abjuraciones o conversiones; no es tanto lógica cuanto ética. ¿Responden a un escepticismo básico y a un oportunismo permanente? Esa posición del «todo vale» es de una mínima densidad intelectual. No es razonable vivir al margen de cualquier criterio general de conducta porque el logos deduce e induce principios éticos casi tan primarios como los lógicos, por ejemplo, la subordinación del individuo al bien de la especie. No sólo el pensamiento, también la acción subjetivamente razonable es coherente.

f) La razón es dinámica no sólo porque se plantea nuevas preguntas, sino porque es revisionista permanente de tesis y de hipótesis; pero esto no significa que consista en la contradicción, sino en la duda transitoria y la objeción perfeccionista hacia la superación. No es razonable la docilidad absoluta a un maestro; tampoco el inmovilismo en la total seguridad; tampoco la renuncia a mejor conocer. En el proceder razonable hay un punto de ironía y de apertura porque la razón sólo es parcialmente categórica y siempre dialéctica.

g) El proceso racional no es un continuo; es una sucesión de saltos significativos, objetivables y comunicables: las palabras. La sensación, el golpe de vista, la premonición o el pálpito son puntos de apoyo cognoscitivos; pero no son propiamente razonables. Se razona siempre con palabras, ya mentales, ya expresadas. Lo razonable es transferible a otros potenciales razonadores. Con las ambigüedades y limitaciones de los vocablos, lo razonable es inseparable del verbo. No es un azar fonético que «logos» signifique, a la vez, razón y palabra. El lenguaje posibilita la dialéctica íntima y la pública. La razonabilidad no es autista e inefable, sino dialogante y comunicable. La acción subjetivamente razonable, además de voluntaria, finalista, calculadora, informada, coherente y dialéctica, es inseparable del idioma «in mente aut in voce», es constitutivamente lingüística o expresiva.

2. La racionalidad objetiva

La racionalidad es un predicado que sólo puede atribuirse a acciones o productos de seres inteligentes, dotados de logos como el hombre. El comportamiento de un diamante, un asteroide, un cedro, o una bacteria no puede ser calificado de estricta y propiamente racional, salvo cuando se suscribe el axioma hegeliano; pero, en tal caso pierde su valor caracterizador y discriminatorio puesto que la racionalidad sería una propiedad de todo lo real.

Después de considerar la cuestión desde dentro del sujeto, procede analizarla desde fuera.

a) Un producto de la inteligencia es razonable si no incluye paradojas internas. La violación del principio de no contradicción anula la racionalidad de un juicio, de un raciocinio, o de un conjunto de juicios. La racionalidad formal de cualquier producto del logos consiste en que ha de ser coherente con su propio contexto conceptual. Es una comprobación esencial.

c) Un producto de la inteligencia es razonable si concuerda con la realidad experimentada, o sea, si no viene desmentido por los hechos. La adecuación del pensamiento a la cosa es la verdad, y en eso consiste la razonabilidad material. Las hipótesis son transitoria o parcialmente razonables en la medida en que no son contradichas por la experiencia. En tan inestable situación se encuentra la mayoría de las leyes científicas puesto que han sido el fruto de inducciones incompletas y de comprobaciones relativamente locales. La potencial falsabilidad de un juicio no excluye su razonabilidad material, simplemente introduce un margen mayor o menor, a veces mínimo, de prudente duda metódica. Es una consecuencia del dinamismo, complejidad e individuación de lo real, y de la consiguiente dificultad de apresarlo con estáticos y reductores conceptos universales. Esta menesterosidad del logos humano jamás será superada totalmente: la aventura del conocimiento es inacabable. Nuestra especie siempre se enfrentará con tareas cognoscitivas pendientes.

El error puede ser formalmente razonable cuando concuerde con su propio contexto. La mentira, en cambio, nunca puede ser razonable porque subjetivamente aparecerá una contradicción entre lo que se piensa y lo que se afirma. Ciertas mentiras peculiares, como las llamadas piadosas, pueden recibir una parcial razonabilidad temporal de un contexto concreto y muy limitado.

La posible coexistencia de la razonabilidad formal con la no razonabilidad material lleva a la conclusión de que los productos de la inteligencia (salvo los expresamente fantásticos, como la fábula) han de ser contrastados con la realidad. No basta la coherencia entre entes ideales; se requiere un paralelismo con el mundo dado. Aquí reside la flaqueza de ciertas disciplinas que, aunque como la metafísica se refieren al ser, sus juicios, no sus conceptos, son de imposible comprobación empírica. También es inestable la situación de los saberes que, como la ética, se refieren al deber, porque su demostración positiva es problemática, pero no imposible si se parte de principios verificables.

c) En suma, visto desde fuera, es razonable el producto mental formalmente consistente y materialmente confirmado o, al menos, verosímil porque, en el límite, la probabilidad converge con la verdad. Es un reduccionismo idealista restringir la razonabilidad a la coherencia lógica porque los conceptos proceden de la realidad y a ella se remiten. El suicidio de toda ciencia es el divorcio de los datos, el constructivismo verbalista o ideológico, la mera acrobacia retórica o lógica en que tan frecuentemente ha caido la filosofía contemporánea.

3. La connotación axiológica

a) La acción razonable es finalista; pero ¿es razonable cualquier fin? Subjetivamente no lo es si produce un saldo deficitario adverso. Tal error posible permanece recluido en el ámbito de la intimidad si el fin elegido no afecta negativamente a los demás. ¿Bastan la racionalidad subjetiva, la coherencia y el realismo? ¿El crimen perfecto sería una acción plenamente razonable? La obvia respuesta denegatoria inscribe la cuestión en el campo de la ética. El crimen puede ser formalmente razonable; pero no materialmente.

La razonalidad de un fin depende de su incidencia sobre los demás. Como el comportamiento del hombre no es sólo pautado, sino parcialmente deliberado, ha de ser regulado por normas. La razón es un instrumento que, de hecho, puede ser puesto al servicio de cualquier causa, pero no toda causa reune los requisitos de razonabilidad. De infinidad de datos empíricos la razón induce que el bien del individuo es inferior al de la especie y ha de subordinarse a él (Vid. La especie como moral en «Razón Española» núm. 85, págs. 133 y ss.). La razón no investiga sólo la verdad, sino también el bien, no sólo el ser, sino también el deber. Hay absolutistas en álgebra o en mecánica, que se proclaman relativistas en moral; pero tan generalizada posición, además de incoherente, es irreal (Vid. Etica de la inteligencia, en «Anales de la Academia de Ciencias Morales y Políticas», núm. XLVIII, Madrid 1996, págs. 81 y ss.).

b) Análogamente se plantea el problema de los medios. ¿Son razonables todos los que permiten alcanzar un fin?El crimen por razón de Estado puede ser formalmente razonable en su planteamiento y ejecución; pero ¿sería materialmente razonable? No. Es milenaria la tesis de que el fin no justifica los medios, ni siquiera cuando el fin es de interés muy general (el ejemplo paradigmático de la guerra agresiva). Cuando el medio es una acción que afecta a los demás, se inscribe en el ámbito de la moral y ha de ser valorado en sí mismo.

Incluso en el caso de dilemas insuperables, los medios requieren una justificación ética para que reunan las condiciones de razonabilidad.

c) En resumen, la acción razonable es un acto humano y cuando incide sobre los demás cobra una dimensión social. En tal caso, la consideración del «otro» y no sólo de la legalidad positiva o consuetudinaria es una condición de razonabilidad.

4. Posibilidades de la razonabilidad

De hecho, las posibilidades de ser razonable están limitadas por circunstancias internas y externas.

a) La limitación fundamental es que el primer principio, el de no contradicción, no es susceptible de demostración, por lo que toda la razonabilidad reposa sobre un juicio que está allende el raciocinio y que sólo se apoya en su necesidad: sin él las afirmaciones y las negaciones serían sólo fonemas, ni siquiera reflejos seguros de voliciones comunicables.

b) Se piensa con «verba mentis», y lo razonable se comunica con vocablos. Pero las palabras, incluso las pertenecientes a lenguajes artificiales, necesitan ser interpretadas por los receptores. Tanto los nombres propios como los universales padecen una cierta ambigüedad, un halo de imprecisión, un «más o menos». El carácter expreso de lo razonable implica discusiones hermeneúticas sobre el significado, una aproximación asintótica hacia la exactitud.

c) El poder de la razón no es ilimitado. Las nociones últimas son, en cierto modo, impenetrables: es el caso de Dios cuyos atributos son negativos; es también el caso de la «cosa en sí» puesto que siempre la conocemos a través de nuestra subjetividad y esta mediación es seguramente parcial. Hay entes ideales no racionalizables como el infinito, o la causa primera. Se formulan preguntas sin respuesta racional como ¿por qué hay algo? Y, en el otro extremo, hay los individuos que son inefables, es decir, inabarcables con los conceptos universales de que se sirve la razón (Vid. Sobre lo irracional en «Razón Española», núm. 7, págs. 261 y ss.).

d) La vida humana es, en gran parte, vegetativa; también instintiva y refleja. Sólo unos dos tercios de la existencia transcurren en estado de vigilia. Pero lo exclusivo de nuestra especie es la acción deliberada, aunque no por ello sea siempre estrictamente razonable. La vida no puede ser suspendida, lo que frecuentemente obliga a decisiones apresuradas con nula o escasa densidad lógica. La temporalidad y la continuidad del devenir humano suelen situar a las personas en la necesidad de tomar resoluciones que no reunen las condiciones de razonabilidad ni subjetiva, ni objetiva. El inexcusable imperativo de optar restringe, de hecho, los márgenes prácticos del logos personal.

e) Los hombres aspiran a ser felices, cada uno a su modo; es una pulsión primaria, concomitante al radical instinto de conservación. Aunque la acción sea estrictamente especulativa, como la demostración de un teorema, la felicidad se manifiesta predominantemente en el ámbito de la emotividad y, por ello, son muy numerosos los actos que se ejecutan en función de estados de ánimo. La existencia humana es un mar de pasiones en el que sobrenada el mínimo timón del logos. Dejarse llevar por los sentimientos es mucho menos laborioso que aplazar la decisión para dotarla de la mayor racionalidad factible. La estructura de la naturaleza humana, aunque sólo se realiza plenariamente con la razón, inclina más a la conducta patética que a la lógica. Esta defectiva condición disminuye las probabilidades reales del comportamiento genuinamente razonable.

f) El arranque de la razón no es automático como el de los sentidos o el de los sentimientos. Razonar exige una decisión sostenida; hay una tan marcada proclividad hacia el ocio que se comprende que sea muy frecuente la puesta de la razón en suspensión de funciones. No es una limitación constitutiva, sino coyuntural; pero habitual.

g) Hay usos sociales que condicionan y aún determinan conductas y que, sin embargo, son materialmente irracionales. No es necesario acudir a los pueblos primitivos, inmersos en fabulosos mitos y en prácticas mágicas; la astrología, la quiromancia, o la adivinación subsisten en sociedades muy avanzadas. Usos de racionalidad exigua o nula se manifiestan en supersticiones y curanderismo. Hay legados culturales que frenan el dinamismo lógico.

h) En suma, razonar, que es la suprema función del hombre, y actuar razonablemente, que es la manifestación propia de la racionalidad, son posibles, pero aparecen constantemente obstaculizadas por circunstancias constitutivas y accidentales, sólo en parte superables mediante esfuerzo. ¿Vale la pena? Esta es la cuestión pragmática.

5. El imperativo de razonabilidad

Se puede actuar porque se cree en un deber independientemente de los efectos; es lo que Weber calificó de «wertrational». Pero hay conductas adoptadas ante la expectativa de unos resultados; es la acción «zweckrational». Ambos planteamientos, el estrictamente ético (en términos kantianos) y el pragmático, pueden ser coincidentes. Pero la convergencia del bien y de la utilidad no es una ley sociológica a pesar de su apoyatura en la teoría metafísica de las propiedades trascendentales del ente. De hecho, se dan bondades sin utilidad mundanal para el sujeto, y maldades que la tienen.

a) La imperatividad absoluta de razonabilidad supone la creencia o el reconocimiento de que lo racional es, como la belleza, un valor en sí mismo y, por tanto, algo a lo que absolutamente se debe aspirar. El logos es la potencia suprema y específica del hombre, y la hominidad es tanto mayor cuanto más elevada es la capacidad racional. Pero ¿se está obligado categóricamente a ser máximamente hombre, o sea, lógico? Sería exigir algo sumamente difícil a un ser que, por un lado, arrastra una inmensa carga de animalidad y que, por el otro, aspira a trascenderse por la voluntad y la fe. ¿Negaríamos la condición humana al atleta y al místico que pueden alcanzar excelencias con un logos casi en suspenso aunque presupuesto? ¿Deshumanizados Tristán, Romeo o Werther? Se es potencialmente razonable, y esa es la nota más eminente del hombre; pero conducirse razonablemente no es imperativo absoluto, ni siquiera para los intelectualmente superdotados. Si la razonabilidad fuera un deber, las vidas humanas históricas serían un proceso de contumaz delincuencia.

b) La imperatividad relativa es la propia de preceptos condicionados, por ejemplo, «si quieres conocer la realidad, sé razonable». Ese juicio es verdadero porque lo que permite separar lo aparente de lo efectivo, lo supuesto de lo sucedido, lo soñado de lo existente, lo deseado de lo dado, y lo posible de lo imposible, es la razón. Sin el ejercicio del logos por una minoría de razonadores durante milenios ¿qué sabría la Humanidad acerca de la realidad? Poco más que los otros primates contemporáneos. La razonabilidad es imperativa para el conocimiento de lo real; pero también para operar eficazmente sobre la circunstancia. Todas las técnicas brotan de un previo conocimiento de las cosas naturales y del cálculo de las artificiales, o sea, de un saber qué y de un saber cómo. El logos ha permitido a la Humanidad dotarse de una extraordinaria prótesis cultural con la que va adaptando el mundo a sus necesidades. La razón atenúa el hambre, el dolor, la inseguridad y el miedo, prolonga la vida y multiplica las posibilidades de fruición.

Todo eso es evidente para la Humanidad en su conjunto; pero no lo es menos para cada vida individual: las probabilidades de que la acción sea eficaz dependen de su densidad racional. El apasionamiento, la improvisación, el irrealismo, la desinformación son vías de yerro para la selección de objetivos y de medios. La razón es el más operativo y eficaz instrumento del hombre; ningún sentimiento puede comparársele; tampoco la mera voluntad. Con el «wishfulthinking» o ver como querer no habríamos salido del primitivismo paleolítico.

La razonabilidad es la mejor compañera del conocer y del conseguir; es el catalizador del saber y del éxito. La razonabilidad no es un ornamento, ni un lujo, es algo de máxima necesidad para el progreso de la especie humana. Hay un imperativo condicionado de razonabilidad para todo «homo sapiens, sapiens».

6. La cuestión de la felicidad

a) Un logos inoportuno. La felicidad es un sentimiento de equilibrio entre lo que se desea y lo que se posee. Es un estado que, sin duda, compartimos con no pocos animales irracionales. ¿Quién no ha visto a un can infeliz porque ha sido maltratado o porque ha perdido a su dueño? Alguna forma de bienestar es compatible con la irracionalidad. Hay situaciones que, además de dichosas, son absurdas. Y no son pocos los humanos que cifran sus objetivos de preferente ventura en los que tienen menos carga lógica, incluso en los de más estricta animalidad como la vianda y el sexo. Por muy razonalistas que sean el punto de partida y el ideal, hay que admitir que la razonabilidad no es imprescindible para la felicidad humana, y los niños lo demuestran apodícticamente cada día. Otra cosa es que la dicha propia y exclusiva del hombre no sea la meramente sensorial.

Pero, aunque prescindible, la razón puede ser ya disuasiva, ya mayeútica de la felicidad. El logos aporta desdicha cuando muestra la inexorabilidad del envejecimiento y de la muerte, cuando produce bienes inaccesibles, y cuando eleva las apetencias humanas hasta casi el infinito. La razón desvela angustiosas carencias posibles. El logos puede amenazar muy gravemente ese estado de equilibrio entre lo que se desea y lo que se posee cuando dilata los vacíos del ánimo. De ahí ciertos recelos ante el logos en acción. De estos evidentes hechos ¿se deduciría que el conocimiento de la realidad y la eficacia se obtienen al precio de la infelicidad? ¿Alguna vez, a menudo, o siempre? Desde luego, algunas veces.

b) La razón felicitaria. En la ecuación felicitaria se puede actuar sobre los deseos o sobre los bienes. ¿Cómo se ordenan los apetitos? Mediante el cálculo de su viabilidad y de sus efectos. ¿Hay probabilidad de éxito y, una vez obtenido, resultará satisfactorio? Estas son dos cuestiones básicas para cuyo análisis y respuesta sólo hay un instrumento, la razón. Conocer en su estructura y en sus potencialidades la realidad circundante sobre la que vamos a actuar es una operación lógica. Ciertas desgracias tienen su origen en errores sobre la naturaleza y sobre las posibilidades, ya de la persona, ya del objeto de nuestra acción: la playa o la mujer que consideramos ideal y que no lo es… Determinar si algo va a sernos grato y si, a plazo, no nos causará más pena que satisfacción (un déficit felicitario) es otra operación lógica. No pocas desventuras nacen de una equivocada estimación de las consecuencias inmediatas y mediatas de una conducta.

Medir las probabilidades de que un deseo pueda ser satisfecho no es menos racional que resolver una ecuación de resistencia de materiales para tender un puente o levantar una torre. Prevenir si la consecución de un objeto será agradable y no tendrá consecuencias negativas es tan racional como proyectar una sonda interplanetaria.

Es muy eficaz la acción del logos para satisfacer deseos; pero es imprescindible para eliminarlos. ¿Por qué motivo habríamos de constreñirnos y de renunciar?Dominarse requiere aún más raciocinios que planificar logros porque va a contracorriente del dinamismo humano, sea voluntario, sea instintivo. Tanta energía es necesaria, que suele asociarse la ascesis a una fe trascendental, es decir, al más potente recurso del ánimo. Hay un primer nivel de renuncia que es el sereno desistimiento ante una situación concreta; pero hay un segundo nivel genérico, el de quienes, como Séneca, entienden que la mayor riqueza es no desear, o, como el budista, aspiran a no desear absolutamente nada. La razón ha de llegar a muchas conclusiones sobre la vanidad del mundo y sobre la flaqueza humana para dictaminar renuncias fundamentales. La supresión global de apetencias y aspiraciones requiere gran densidad racional.

Hay el otro frente felicitario, el de producir bienes que satisfacen deseos. ¿Quién sino la razón ha ido enriqueciendo el patrimonio humano con instituciones, infraestructuras, alimentos, fármacos, instrumentos, técnicas y ciencia? Cuanto nos separa del primer hombre es la cultura, o sea, la obra de la razón. Es ella la que hace al mundo menos hostil.

Y hay, en fin, otro frente felicitario, no el de obtener, sino el de evitar. La existencia humana está amenazada por la enfermedad, por los obstáculos naturales, y por la competencia y aún la hostilidad del vecino. Hay factores de dolor independientes de nuestros deseos. ¿Cómo eludir o eliminar tales agresiones? Algunas veces, con un simple reflejo de huida; pero, otras muchas, se requiere una sistemática contraofensiva. Tal estrategia es básicamente lógica. Curar nuestras dolencias, acondicionar nuestro entorno, y regular la convivencia figuran entre las operaciones más típicamente racionales. El logos es eficacísimo para atenuar o suprimir los atentados exteriores contra nuestro bienestar.

7. Conclusión

«Quod erat demonstrandum»: ser razonable es un imperativo.

Gonzalo Fernández de la Mora



 

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