Iglesia y democracia

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Iglesia y democracia

Por Conferencia Episcopal de Francia

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Iglesia y democracia

A lo largo de la historia y en las distintas civilizaciones, las sociedades humanas han experimentado muchos tipos de organización política. Hoy en día, tratamos de realizar nuestra «convivencia» en el marco de la democracia. Aunque ésta no colma plenamente las expectativas de los hombres, bien es verdad que -en su versión occidental, basada en el equilibro de poderes y en la soberanía de un pueblo de ciudadanos jurídicamente iguales- constituye el modelo más humano, si bien es menester regenerarla constantemente.

Una democracia amenazada de anemia. Desde hace medio siglo, el impulso democrático va sustrayendo cada vez más estados y ámbitos a los regímenes totalitarios. La democracia triunfa en los espíritus y no halla oposición sino en ideologías nostálgicas o reaccionarias que no acaban de aceptar la igualdad de los hombres, ni su vocación a la libertad y a la fraternidad social. Sin embargo, la democracia genera con demasiada frecuencia desencanto y disconformidad en quienes la heredan. Diríasela envejecida y anémica, y acusa límites y fragilidades. Demasiados son los ciudadanos que se transforman en consumidores que reclaman día tras día más derechos garantizados, aceptando cada vez menos deberes compartidos. Y es que la democracia no es elemento natural o conquista definitivamente lograda, sino el resultado de las luchas de generaciones sucesivas, que cada generación está llamada a su vez a retomar y continuar en primera persona.

La causa principal de la fragilidad de nuestras democracias reside en esa invasión del individualismo extremado, del «ande yo caliente», fruto de un liberalismo que rechaza toda constricción, y de la permisividad generalizada que deja que cada uno haga lo que le venga en gana. Al vivir inmersos en un imaginario social dominado por el miedo al porvenir y por la ausencia de un proyecto global, hay franceses que, prisioneros de la emoción del instante, se aferran a sus prebendas, exigiendo al Estado-providencia que les dé seguridad y resultados inmediatos. Otra causa cabe buscarla en la exageración de las diferencias, caracterizada por esos reflejos de identidad o de etnia de grupos que, al sentirse amenazados o ignorados, recurren a la violencia para reprimir y excluir a los demás. Para evitar tales cerrazones, es menester una política de apertura y de animación que transforme los hechos diferenciales en formas de integración social y de mestizaje cultural.

La democracia requiere virtud, tanto por parte de los dirigentes como de los mismos ciudadanos. Requiere una ética que descanse en un sistema de valores esenciales como son la libertad, la justicia, la igual dignidad de las personas: en resumidas cuentas, todo aquello que denominamos respeto a los derechos humanos. Se impone la vigilancia ante algunas formas de funcionamiento democrático que parecen ir minando progresivamente las mismas virtudes que la democracia necesita: por ejemplo, cuando se juzga válida una decisión tan sólo porque es fruto de un voto mayoritario. Urge también comprender que los derechos de cada uno constituyen los deberes de todos. La noción de ciudadanía -tan traída y llevada en la actualidad- no se reduce al mero control, a plazos regulares, de los responsables políticos escogidos elección tras elección. Cada uno es portador de una fecundidad social que hay que valorizar. Pasar de la fase de ciudadano-consumidor a la de ciudadano-protagonista constituye un objetivo de la mayor importancia. La política es labor de todos. No tiene sentido esperar de la clase política, de los dirigentes empresariales, de policías, magistrados y gobernantes… un sentido cívico que no sea el de la población en su conjunto.

Conductas e instituciones democráticas. No puede exitir democracia auténtica sin conductas democráticas: aprender a conocer y reconocer al otro; preferir el debate al combate; desarrollar el diálogo y el sentido del compromiso; hacer que prevalezca la razón sobre la pasión; desterrar el empleo de la violencia y de la mentira. La democracia supone, antes de elegir, reflexión y debate, información y análisis, unas reglas de juego que sean objeto de control. Es misión irrenunciable de los partidos políticos alimentar el debate público. También deben contribuir a éste los sindicatos, las asociaciones de todo tipo y una prensa libre. Las mismas Iglesias sería de desear que tomaran también la palabra en ese espacio público. La democracia representativa está muy necesitada de renovación, y ésta puede lograrse principalmente mediante un mayor acceso de la mujer a la función pública y una clarificación de los niveles territoriales de decisión. La democracia representativa demanda una democracia participativa. Amplio es el campo de la participación de los ciudadanos a las decisiones que más les afectan como respuestas a sus necesidades: escuela, vivienda, sanidad, transporte, urbanismo, mejora del nivel de vida, lucha contra la delincuencia, integración social, formación permanente, iniciativas de creación de empleo y de animación social y cultural.

La democracia se aprende practicándola durante toda la vida. Una sociedad asistencial puede llevarnos a la irresponsabilidad y a la degradación, es decir a la muerte de la democracia. Esta educación permanente incluye la comprensión de los grandes movimientos de nuestra sociedad y de las instituciones que tratan de encauzarlos, la formación de una conciencia crítica y sobre todo la toma de responsabilidades.

La vida familiar es el primer lugar de la socialización del niño, de su aprendizaje de las reglas de la vida en sociedad, del despertar de su coenciencia moral y de la educación en el sentido del bien y del mal.

Por su parte, la escuela desempeña un papel de primera importancia, especialmente por el reconocimiento y el respeto del otro y de los demás, por la apertura a un mundo que el niño ha de construir, el aprendizaje de trabajo en equipo y la difusión de una cultura de la responsabilidad.

El período de la juventud podría verse privilegiado por la toma de conciencia de la importancia de la tarea política abierta a escala de la Humanidad. Son los jóvenes en su gran mayoría favorables a los derechos humanos, y aspiran a progresar en la paz y la solidaridad, pero son demasiados pocos los que comprenden la importancia de la política, que es sin embargo la forma principal de encarnación de tales valores. «Jóvenes del año 2000 -decía el Papa Juan Pablo II el 8 de mayo de 1995- os pido que seáis vigilantes ante la cultura del odio y de la muerte que se va manifestando. Rechazad las ideologías limitadas y violentas, rechazad toda forma de nacionalismo exacerbado e intolerante: ahí es donde se insinúa insensiblemente la tentación de la violencia y de la guerra. Os está encomendada la misión de abrir nuevos caminos de hermandad entre los pueblos, para edificar una sola familia humana».

Especial atención debe prestarse al entramado plural de la vida asociativa, a las iniciativas de desarrollo local y solidario, a las demandas de concertación y programación mediante las cuales hombres y mujeres expresan sus aspiraciones y definen sus prioridades. Hay responsabilidades precisas que cubrir en todos estos niveles de proximidad. Los nuevos medios de comunicación (por ejemplo, Internet) y de intercambio (estadías, viajes) crean vínculos directos entre distintos grupos, en los que se comparten experiencias, conciliando de esta manera el arraigo en un compromiso concreto con la apertura progresiva a lo universal.

Es sabida la enorme influencia que ejercen los medios de comunicación (especialmente los audiovisuales), que modelan conductas y valores. Permiten informar rápidamente y descubrir lo que acontece en cualquier punto de la tierra. Pero el simplificar las cosas, jugar a la «política de espectáculo», dar primacía a la emoción sobre la razón y acaso arrojar sospechas sobre los personajes políticos son tentaciones a las que resulta a veces difícil resistirse. ¿Tal vez no podrían tener los medios una mirada crítica para sus mismas prácticas, ejerciendo la autorregulación y respetando un código deontológico que limite las aberraciones?También es de desear que cada uno aprenda a servirse mejor de los poderosos medios de comunicación.

La enseñanza de la Iglesia acerca de la democracia. La Biblia no habla desde luego del régimen democrático. Sin embargo, existe una convergencia real entre los valores propios de la democracia y los principios inspiradores de la fe cristiana. De la enseñanza constante de la Iglesia se desprenden tres puntos esenciales, que pueden constituir la fuerza de renovación de una democracia auténtica:

Subraya la Iglesia la importancia de los cuerpos intermedios (partidos, sindicatos, asociaciones, colectivos, Iglesias…), que ayudan a la responsabilidad común y ponen freno al riesgo de abuso de poder por parte de los gobernantes.

Desde hace mucho tiempo, pone el acento en el principio de subsidiariedad. Este exige, por un lado, dejar que el grado de organización más próximo sea el que trate cada cuestión. Invita también a elevar al grado inmediatamente superior -y así sucesivamente, en un camino ascendente- aquello que las instituciones más sencillas no pueden asumir.

Por último, la Iglesia pone las bases del reconocimiento del pluralismo. Este no equivale a neutralidad o indiferencia, sino que da fe de la relatividad de las ideas y programas políticos, que jamás pueden pretender encarnar toda la verdad.



Conferencia Episcopal de Francia



 

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