Razón y
coherencia
Todo lo
real se da en el espacio y en el tiempo y, por lo tanto,
es un suceso, un devenir. No es simplemente que todo
envejezca, es que el Universo es dinámico. Nada real
permanece absolutamente quieto, ni siquiera idéntico a
sí mismo. Esto es obvio en los agitados vivientes cuyas
células no cesan de actuar y renovarse. Pero también
los elementos químicos y las partículas elementales
están sometidos a cambios. Y la esfera celeste, que para
nuestra miopía planetaria parece inmóvil, es la
cóncava fachada del convulso turbión cósmico.
Divergencias que desde el ángulo terrestre parecen
nulas, son, en puridad, vertiginosas: las estrellas, por
ejemplo, de la Osa mayor, supuestamente ancladas en el
espacio desde hace milenios, recorren enormes distancias
a velocidades dispares. No sólo el álamo temblón, el
Universo entero es trémulo.
Lo que deviene es y no es lo que era, en cierto modo se
contradice. Es la respuesta heraclítea a las aporías de
los primeros presocráticos. La existencia es mutación,
para el hombre más que para cualquier otro ente real.
Renueva su estructura somática, y cambia de posición,
no ya en el mundo, sino ante el mundo: rectifica, se
arrepiente, se reforma, se adapta, en suma, se altera.
Estas mudanzas a veces son inexorables, pero otras veces
son voluntarias e inseparables de valoración moral.
La traición es el quebrantamiento de la fidelidad,
tácita o expresamente prometida. El felón rompe un
compromiso con personas o instituciones. Hay una
culpabilidad social que puede llegar a sancionarse con
las máximas penas, pero hay, además, una contradicción
consigo mismo. El desleal al superior, al amigo o a la
patria ya no es el mismo antes que después de su
traición. Es un cambio que puede ser casi sustancial, ya
que se torna moralmente irreconocible. Al desleal se le
arroja del círculo de la confianza porque se ha
convertido en un extraño, en una persona que ha roto su
eje interior. La traición es una ruptura social, y
también íntima.
El perjurio es también una fractura con los demás y con
la propia conciencia. Se ha dado una solemne palabra que
obligaba a un comportamiento y que indujo conductas
ajenas. El perjurio del soberano es el más grave porque
manipula y engaña a grandes masas. Su contrapartida es
la licitud de la desobediencia ciudadana y, en el
límite, el derecho de resistencia. La ética sanciona
tal acción en todos los casos. Si se jura falsamente hay
fraude vil; pero si se ha jurado sinceramente y se
desdice después, no hay un desdoblamiento de la
personalidad, sino una fisura interior y hay que malvivir
con ella como un paraplégico del ánimo. El que abjura
no es el mismo de antes.
El oportunista es el que subordina las convicciones
declaradas a la conveniencia. Si es un escéptico
genuino, se disfraza cada vez que confiesa una fe; carece
de esqueleto mental y su presentación es camaleónica.
Si posee una concepción del mundo y reniega para
prosperar, cae, como el traidor y el perjuro, en una
fractura interior. Quien, por ejemplo, pasa del estatismo
al librecambismo y viceversa según las consignas del
poder, deja de ser igual a sí mismo por muchas coartadas
que presente.
Son obscenos los cambios que no vienen dictados por la
rectificación razonable y humilde. Lo propio del logos
es la coherencia con sus propios juicios y con los datos.
Allí donde una hipótesis es contradicha por la
experiencia no hay veracidad. Las ciencias son conjuntos
de tesis que constituyen un sistema. Todos los saberes
son susceptibles de revisión y de perfeccionamiento
porque la razón exige coherencia interna y externa,
compatibilidad de la teoría consigo misma y con la
realidad, una tarea quizás inacabable. Pero la lejanía
de la meta final no exime del doble imperativo de
solidaridad con lo dicho y con lo real.
El cambio de posición ante el mundo sólo se compadece
con la racionalidad del individuo y con la moralidad
cuando tiene un sincero fundamento objetivo que no
fractura la subjetividad propia. Sólo se es fiel a sí
mismo y a la propia identidad cuando se es coherente, o
sea, racional. La pasión dispersa, el logos cohesiona al
hombre. El respeto a la palabra dada, el decoro, el honor
son lógicos; la traición, el perjurio, el oportunismo
son cambios, todo lo frecuentes que se quiera, pero son
perversiones de una razón que no se respeta a sí misma
y, por eso, indecentes.
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