La diplomacia
El
coste del caso Pinochet. El Gobierno de Aznar decidió,
contra la opinión de muchos expertos, apresurarse a
apoyar al juez Garzón y a los comunistas chilenos en su
persecución contra el senador y ex Presidente Pinochet
que había obtenido el apoyo de casi la mitad del
electorado de su país, salvado por él y las Fuerzas
Armadas de convertirse en una segunda Cuba. Esta torpe
decisión no ha cesado de tener negativas consecuencias
para los intereses españoles.
La Comisión Militar chilena para Europa, que adquiría
en España gran parte del material para sus tres Armas,
tenía su sede en Madrid con un general al frente. A
raíz de la actitud hostil del Gobierno Aznar, dicha
Comisión se ha trasladado a Italia, y han cesado las
compras de armamento en España. El contrato de buques de
guerra y aviones está en revisión. El almirante jefe de
la Armada chilena declaró que no podía enviar oficiales
y tripulaciones para hacerse cargo de navíos construidos
en un país que pretendía condenar al General Pinochet.
Los astilleros tendrán más pérdidas y reducciones de
personal como consecuencia de la retirada del importante
cliente chileno. Esta situación se extiende a buena
parte de la industria militar española.
Como resultado de la eficaz gestión económica del
General Pinochet, Chile se había convertido en la
nación más estable y próspera de Hispanoamérica, lo
que atrajo a los inversores españoles. El Gobierno
chileno anunció que, a modo de represalia, no adoptaría
medidas con efecto retroactivo. Pero el hecho es que la
posición de las empresas españolas no cesa de
deteriorarse en Chile. Una reciente sentencia obliga a la
Telefónica española a retirar la propaganda recién
lanzada para contrarrestar los balances negativos.
La Compañía de Telecomunicaciones de Chile (CTC),
controlada por Telefónica de España, perdió 34.371
millones de pesos (9.929,4 millones de pesetas) en el
tercer trimestre de 1999, debido al descenso de 51
millones de dólares en sus ingresos tras la rebaja de
tarifas, retroactiva a mayo, que aplicó el Gobierno. La
pérdida acumulada hasta septiembre asciende a 15.847
millones de pesos (26,67 millones de dólares), frente a
los beneficios de 175 millones de dólares en el mismo
periodo del año anterior).
La situación de la eléctrica española Endesa no es
allí más favorable. Endesa Chile, principal generadora
chilena de electricidad, perdió 126.814 millones de
pesos (234,3 millones de dólares; 3.798,4 millones de
pesetas) hasta septiembre de 1999.
El presidente chileno, el democristiano Frei, decidió
que, como protesta por la beligerancia de España en el
caso Pinochet, no asistiría a la cumbre de La Habana. El
Presidente argentino se ha solidarizado con su vecino y
tampoco estuvo presente. Para que el ex-golpista Chavez,
actual presidente de Venezuela, no se sumara a los
ausentes ha sido recibido con todos los honores por el
presidente Aznar en Madrid. Incluso el ministro cubano de
Asuntos Exteriores ha declarado que está contra la
pretensión española de juzgar a Pinochet. Tampoco
comparecieron Costa Rica, Nicaragua y Salvador. La cumbre
fracasó antes de inaugurarse. El trato del tiranuelo
Castro al Rey y a Aznar ha sido esperpéntico. Se ha
asestado un duro golpe a nuestra posición en
Hispanoamérica y a nuestras posibilidades de
representarla en Europa.
Y habrá más facturas económicas y políticas. Si el
anciano y enfermo Pinochet muere en un forzado exilio, es
difícil que la opinión hispanoamericana olvide el
suceso. ¿Qué gritarán acerca de España los centenares
de miles que irán a recibir el cadáver del General al
aeropuerto de Santiago?
Y todo esto ¿a cambio de qué? ¿acaso de que los
exmarxistas otorguen una credencial de izquierdismo a
Aznar? La realidad ha sido la contraria: líderes
socialistas le han acusado de doble juego y de
complicidad con el Gobierno chileno, que ha asumido la
representación y la defensa de su expresidente.
Los magistrados ingleses han titulado el proceso «El
gobierno español contra Pinochet». Nada de neutro
buzón transmisor y mucho de ruin agresividad.
En suma, un inmenso error cuyas consecuencias no se han
agotado todavía. Pero, aún más grave la terca
insistencia en tal error
Interino
El amigo Hasan II. A juzgar por los elogios que reciben
los personajes ilustres cuando fallecen, la muerte
deteriora el cuerpo, pero mejora el espíritu y el
recuerdo. Se ha convertido en habitual que de las
biografías de los muertos famosos desaparezcan todos los
aspectos negativos, se trate de Lady Di, o de Husein de
Jordania, de John Kennedy, o de Hasán II. De esta
manera, al funeral respectivo pueden asistir sin
sonrojarse docenas de personalidades. El desfile detrás
del ataúd y las lágrimas se retransmiten por
televisión y obtienen altos índices de audiencia. Como
el mundo moderno ha abjurado de la muerte, parece que los
elogios son la mejor despedida a quienes penetran en ese
territorio.
Sucede en todos los actos tumultuosos donde se contagia
el histerismo, que la lógica y la reflexión
desaparecen. De lo contrario, sorprendería que la muerte
causada por su propia soberbia de un personaje cuyo
único mérito ante la sociedad norteamericana fuera el
de ser hijo de un mito, ocupara las portadas de los
periódicos españoles. Algunas de estas situaciones se
explican también por el «efecto CNN», sustituto en
nuestra época mediática del «efecto dominó», con el
que los estrategas de Washington ilustraban la
repercusión que tendría en un área geopolítica la
caída de ciertos gobiernos. Si la emisora CNN dedica su
programación a una sola noticia, ésta debe ser de tal
magnitud que nos importa a nosotros, es el razonamiento
que impera en las salas de redacción.
La muerte del rey de Marruecos ha constituido otro de
estos ejemplos. Los medios de comunicación y los
dirigentes de Occidente despidieron a Hasán II con la
solemnidad que se merece un aliado.
Y no es que el rey fallecido no merezca elogios de
quienes miden el buen gobierno por el crecimiento del PIB
o por la duración del régimen. Mientras la mayoría de
las monarquías dejadas por Francia e Inglaterra en los
países árabes acabaron derrocadas por los opositores a
las potencias coloniales, o por militares nacionalistas,
en Marruecos se ha producido la segunda sucesión de un
monarca, un acontecimiento poco frecuente en el siglo que
ha visto caer tronos centenarios. Dos han sido los medios
usados por Mohamed V y Hasán II para evitar el destino
de sus hermanos de Egipto, Iraq o Libia: hacerse
necesarios para el Occidente, y la crueldad con los
rebeldes.
Como muestra de esta última, Hasán no vaciló en
eliminar a todos aquellos que se alzaron contra él. En
repetidas ocasiones su ejército disparó y bombardeó a
sus súbditos. Sucedió en Casablanca en 1965 y sucede
periódicamente en el Rif, donde los bereberes no
soportan la autoridad de los «árabes» de Rabat (y de
Argel). En un concepto tribal de la justicia, el castigo
por la traición a Ufkir, Dlimi y Ben Barka se extendió
a sus familias.
El otro factor que ha permitido a Hasán legar a su hijo
el reino (y una fortuna estimada en torno al cuarto de
billón de pesetas), es más importante aún. Se trataba
de ser el amigo imprescindible de quien podía mover su
trono. Esta política comenzó acogiendo la Conferencia
de Casablanca de 1943, en la que Hasán, con 14 años de
edad, acompañó a Mohamed V, y prosiguió con la
participación de unidades marroquíes en la guerra de
Corea bajo bandera de la ONU. El hijo aprendió del
padre. Estos días se ha sabido que, al poco de la
entronización de Hasán en 1961, se inició la
colaboración del Mosad israelí con el gobierno de
Marruecos. La dinastía alauita gozaba así de la ayuda
de un magnífico servicio secreto, e Israel introducía
otra cuña en el mundo árabe, junto con Jordania.
Hasán, entre cuyos amigos se contaba el general Vernon
Walters (el militar que aparece en la foto del abrazo
entre Franco y Eisenhower cuando éste visitó España),
comprendió pronto que la retórica proclama árabe de
echar a los judíos al mar no se cumpliría y que era
preferible tenerlos como aliados.
En muchas de las guerras libradas en Africa y Oriente
Medio durante las últimas cuatro décadas participaron
tropas marroquíes: el Chad, Zaire, El Yom Kippur, la
Operación Tormenta del Desierto, ya fuese al servicio de
Francia, de EEUU, de Israel, o de la causa árabe. Hasta
hace pocas fechas, la guardia personal del dictador de
Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang Nguema, más proclive a
Francia que a España, la formaban marroquíes. En su
palacio, Hasán acogió tanto al sha persa exiliado como
a personalidades israelíes que querían negociar la paz
con los palestinos.
Tal era la importancia de Marruecos ante Occidente que,
en 1975, en una crisis en el Estrecho, con Portugal
basculando entre los dos bloques de la «guerra fría»,
Argelia socialista y España pendiente de la salud de
Franco, EEUU le apoyó en el conflicto del Sáhara.
Hasán fue durante toda su vida «nuestro hombre» en el
Norte de Africa, adaptándose a las necesidades de
Occidente. Primero, el aliado del mundo libre frente al
comunismo; y luego, el valladar contra el islamismo.
Ahora que el movimiento refluye hasta Irán, la baza que
juega la dinastía es la emigración. Ni España, ni
Italia, ni mucho menos Francia, pueden admitir riadas de
inmigrantes, reacios a la integración. Los tumultos que
suelen sacudir los suburbios de las grandes ciudades
francesas, y el riesgo de que algunos musulmanes caigan
bajo la influencia de fundamentalistas y opten por el
terrorismo son factores que inducen a los gobiernos
europeos a cortejar a Mohamed VI. Se intenta repetir el
viejo truco de convertir al agresor en guardián.
El mayor obstáculo para que el ardid funcione es
convencer a los ciudadanos europeos. ¿Cómo ocultar una
realidad tan palmaria como la de los inmigrantes, o ese
50% de analfabetismo?, ¿cómo explicar la fortuna de la
familia real y la miseria del país? El truco es la
«modernización», palabra de virtudes tan asombrosas
como «abracadabra».
El inteligente Hasán II, que comprendía el valor de las
palabras y las imágenes, cambió el título de sultán
recibido de su padre por el más presentable de rey. La
figura de los sultanes se asocia en Occidente al
despotismo, las revueltas y los harenes. Estos elementos
de «pintoresquismo» también abundaron durante el
reinado de Hasán, aunque conviviendo con instituciones
gratas a los occidentales. La modernización se ha
reducido a la promulgación de una constitución, el
funcionamiento de varios partidos políticos, y la
apertura de su estrecho mercado a algunas inversiones
extranjeras. Como en el caso de México o de la Polonia
comunista, bastan unas elecciones amañadas para que
quienes no conocen otra cosa concluyan que la monarquía
parlamentaria marroquí es casi idéntica, por ejemplo, a
la belga.
Sin embargo, indigna más la actitud de numerosos
diplomáticos y políticos que justifican sus loas al
monarca muerto con el argumento favorito de los
izquierdistas europeos que respaldan las guerrillas de
Iberoamérica: es una situación diferente. Al parecer,
los marroquíes torturados por hacer pintadas contra la
monarquía gozan de una resistencia al sufrimiento mayor
que la de los occidentales.
En el caso de España, ¿qué hemos obtenido de
Marruecos, salvo mano de obra barata? Todos los sectores
políticos marroquíes comparten el proyecto de
expansión territorial, planteado ya desde la
descolonización en 1956. El Gran Marruecos ha crecido
siempre a expensas del mismo de sus dos vecinos. Mientras
Argelia ha hecho frente por las armas a los intentos de
invasión, España ha renunciado a varias posesiones:
Tarfaya, Ifni y el Sáhara Occidental. Pero las
reivindicaciones no cesaron después de la cesión de la
administración de la exprovincia española a Marruecos y
Mauritania. Hasán II no ha cesado de reclamar las
Canarias y las ciudades de Ceuta y Melilla. Por eso, a
muchos españoles asombró que nuestro rey afirmase que
consideraba su hermano mayor a quien recortó las
fronteras de España. Por su parte, aquellos que
esperaban un cambio de actitud del nuevo soberano,
basándose sólo en la juventud de éste, o en su
pretendida formación universitaria, comprobaron la
inexactitud de sus pronósticos. El primer ministro
marroquí, el socialista Abderramán Yussufi, aprovechó
la agitación política en Ceuta y Melilla para pedir al
gobierno español «nuevas reflexiones» sobre las dos
ciudades. La política exterior de Marruecos puede
compararse en inmutabilidad a la de Gran Bretaña. Ambas
inmóviles como rocas o, mejor dicho, como la roca de
Gibraltar.
Los elogios con que los periodistas y los políticos
españoles cubrieron a Hasán muestran una vez más la
distancia entre la España oficial y la real. ¿Qué
pensarían del rey fallecido los pescadores canarios y
andaluces, los ceutíes y melillenses, y los militares
veteranos del Sáhara? En un editorial del de un diario
económico se alababa la astucia con que el rey alauita
planeó la conquista del Sáhara. Al halago no siguió un
recuerdo por los saharauis y los soldados españoles
muertos, ni a los compromisos internacionales violados.
Ninguna cadena de televisión ha elaborado un documental
completo sobre el reinado de Hasán en el que aparecieran
los enfrentamientos entre Marruecos y España, ni
siquiera la llamada Marcha Verde. Al igual que sucediera
con la transición española, Marruecos se nos presenta
como un país con la historia tan maquillada como el
rostro del presentador de televisión.
Y probablemente a España le convenga un régimen como el
alauita en vez de los imperantes en Sudán, o en
Afganistán; pero conviene, por sentido de Estado, decir
las cosas claras. Por mucho que yo prefiera a los Reyes
Magos en vez de a Papá Noël, no espero regalos de
ninguno.
P. Fernández Barbadillo
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