La diplomacia

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La diplomacia

Por P. Fernández Barbadillo

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La diplomacia

El coste del caso Pinochet. El Gobierno de Aznar decidió, contra la opinión de muchos expertos, apresurarse a apoyar al juez Garzón y a los comunistas chilenos en su persecución contra el senador y ex Presidente Pinochet que había obtenido el apoyo de casi la mitad del electorado de su país, salvado por él y las Fuerzas Armadas de convertirse en una segunda Cuba. Esta torpe decisión no ha cesado de tener negativas consecuencias para los intereses españoles.

La Comisión Militar chilena para Europa, que adquiría en España gran parte del material para sus tres Armas, tenía su sede en Madrid con un general al frente. A raíz de la actitud hostil del Gobierno Aznar, dicha Comisión se ha trasladado a Italia, y han cesado las compras de armamento en España. El contrato de buques de guerra y aviones está en revisión. El almirante jefe de la Armada chilena declaró que no podía enviar oficiales y tripulaciones para hacerse cargo de navíos construidos en un país que pretendía condenar al General Pinochet. Los astilleros tendrán más pérdidas y reducciones de personal como consecuencia de la retirada del importante cliente chileno. Esta situación se extiende a buena parte de la industria militar española.

Como resultado de la eficaz gestión económica del General Pinochet, Chile se había convertido en la nación más estable y próspera de Hispanoamérica, lo que atrajo a los inversores españoles. El Gobierno chileno anunció que, a modo de represalia, no adoptaría medidas con efecto retroactivo. Pero el hecho es que la posición de las empresas españolas no cesa de deteriorarse en Chile. Una reciente sentencia obliga a la Telefónica española a retirar la propaganda recién lanzada para contrarrestar los balances negativos.

La Compañía de Telecomunicaciones de Chile (CTC), controlada por Telefónica de España, perdió 34.371 millones de pesos (9.929,4 millones de pesetas) en el tercer trimestre de 1999, debido al descenso de 51 millones de dólares en sus ingresos tras la rebaja de tarifas, retroactiva a mayo, que aplicó el Gobierno. La pérdida acumulada hasta septiembre asciende a 15.847 millones de pesos (26,67 millones de dólares), frente a los beneficios de 175 millones de dólares en el mismo periodo del año anterior).

La situación de la eléctrica española Endesa no es allí más favorable. Endesa Chile, principal generadora chilena de electricidad, perdió 126.814 millones de pesos (234,3 millones de dólares; 3.798,4 millones de pesetas) hasta septiembre de 1999.

El presidente chileno, el democristiano Frei, decidió que, como protesta por la beligerancia de España en el caso Pinochet, no asistiría a la cumbre de La Habana. El Presidente argentino se ha solidarizado con su vecino y tampoco estuvo presente. Para que el ex-golpista Chavez, actual presidente de Venezuela, no se sumara a los ausentes ha sido recibido con todos los honores por el presidente Aznar en Madrid. Incluso el ministro cubano de Asuntos Exteriores ha declarado que está contra la pretensión española de juzgar a Pinochet. Tampoco comparecieron Costa Rica, Nicaragua y Salvador. La cumbre fracasó antes de inaugurarse. El trato del tiranuelo Castro al Rey y a Aznar ha sido esperpéntico. Se ha asestado un duro golpe a nuestra posición en Hispanoamérica y a nuestras posibilidades de representarla en Europa.

Y habrá más facturas económicas y políticas. Si el anciano y enfermo Pinochet muere en un forzado exilio, es difícil que la opinión hispanoamericana olvide el suceso. ¿Qué gritarán acerca de España los centenares de miles que irán a recibir el cadáver del General al aeropuerto de Santiago?

Y todo esto ¿a cambio de qué? ¿acaso de que los exmarxistas otorguen una credencial de izquierdismo a Aznar? La realidad ha sido la contraria: líderes socialistas le han acusado de doble juego y de complicidad con el Gobierno chileno, que ha asumido la representación y la defensa de su expresidente.

Los magistrados ingleses han titulado el proceso «El gobierno español contra Pinochet». Nada de neutro buzón transmisor y mucho de ruin agresividad.

En suma, un inmenso error cuyas consecuencias no se han agotado todavía. Pero, aún más grave la terca insistencia en tal error

Interino



El amigo Hasan II. A juzgar por los elogios que reciben los personajes ilustres cuando fallecen, la muerte deteriora el cuerpo, pero mejora el espíritu y el recuerdo. Se ha convertido en habitual que de las biografías de los muertos famosos desaparezcan todos los aspectos negativos, se trate de Lady Di, o de Husein de Jordania, de John Kennedy, o de Hasán II. De esta manera, al funeral respectivo pueden asistir sin sonrojarse docenas de personalidades. El desfile detrás del ataúd y las lágrimas se retransmiten por televisión y obtienen altos índices de audiencia. Como el mundo moderno ha abjurado de la muerte, parece que los elogios son la mejor despedida a quienes penetran en ese territorio.

Sucede en todos los actos tumultuosos donde se contagia el histerismo, que la lógica y la reflexión desaparecen. De lo contrario, sorprendería que la muerte causada por su propia soberbia de un personaje cuyo único mérito ante la sociedad norteamericana fuera el de ser hijo de un mito, ocupara las portadas de los periódicos españoles. Algunas de estas situaciones se explican también por el «efecto CNN», sustituto en nuestra época mediática del «efecto dominó», con el que los estrategas de Washington ilustraban la repercusión que tendría en un área geopolítica la caída de ciertos gobiernos. Si la emisora CNN dedica su programación a una sola noticia, ésta debe ser de tal magnitud que nos importa a nosotros, es el razonamiento que impera en las salas de redacción.

La muerte del rey de Marruecos ha constituido otro de estos ejemplos. Los medios de comunicación y los dirigentes de Occidente despidieron a Hasán II con la solemnidad que se merece un aliado.

Y no es que el rey fallecido no merezca elogios de quienes miden el buen gobierno por el crecimiento del PIB o por la duración del régimen. Mientras la mayoría de las monarquías dejadas por Francia e Inglaterra en los países árabes acabaron derrocadas por los opositores a las potencias coloniales, o por militares nacionalistas, en Marruecos se ha producido la segunda sucesión de un monarca, un acontecimiento poco frecuente en el siglo que ha visto caer tronos centenarios. Dos han sido los medios usados por Mohamed V y Hasán II para evitar el destino de sus hermanos de Egipto, Iraq o Libia: hacerse necesarios para el Occidente, y la crueldad con los rebeldes.

Como muestra de esta última, Hasán no vaciló en eliminar a todos aquellos que se alzaron contra él. En repetidas ocasiones su ejército disparó y bombardeó a sus súbditos. Sucedió en Casablanca en 1965 y sucede periódicamente en el Rif, donde los bereberes no soportan la autoridad de los «árabes» de Rabat (y de Argel). En un concepto tribal de la justicia, el castigo por la traición a Ufkir, Dlimi y Ben Barka se extendió a sus familias.

El otro factor que ha permitido a Hasán legar a su hijo el reino (y una fortuna estimada en torno al cuarto de billón de pesetas), es más importante aún. Se trataba de ser el amigo imprescindible de quien podía mover su trono. Esta política comenzó acogiendo la Conferencia de Casablanca de 1943, en la que Hasán, con 14 años de edad, acompañó a Mohamed V, y prosiguió con la participación de unidades marroquíes en la guerra de Corea bajo bandera de la ONU. El hijo aprendió del padre. Estos días se ha sabido que, al poco de la entronización de Hasán en 1961, se inició la colaboración del Mosad israelí con el gobierno de Marruecos. La dinastía alauita gozaba así de la ayuda de un magnífico servicio secreto, e Israel introducía otra cuña en el mundo árabe, junto con Jordania.

Hasán, entre cuyos amigos se contaba el general Vernon Walters (el militar que aparece en la foto del abrazo entre Franco y Eisenhower cuando éste visitó España), comprendió pronto que la retórica proclama árabe de echar a los judíos al mar no se cumpliría y que era preferible tenerlos como aliados.

En muchas de las guerras libradas en Africa y Oriente Medio durante las últimas cuatro décadas participaron tropas marroquíes: el Chad, Zaire, El Yom Kippur, la Operación Tormenta del Desierto, ya fuese al servicio de Francia, de EEUU, de Israel, o de la causa árabe. Hasta hace pocas fechas, la guardia personal del dictador de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang Nguema, más proclive a Francia que a España, la formaban marroquíes. En su palacio, Hasán acogió tanto al sha persa exiliado como a personalidades israelíes que querían negociar la paz con los palestinos.

Tal era la importancia de Marruecos ante Occidente que, en 1975, en una crisis en el Estrecho, con Portugal basculando entre los dos bloques de la «guerra fría», Argelia socialista y España pendiente de la salud de Franco, EEUU le apoyó en el conflicto del Sáhara.

Hasán fue durante toda su vida «nuestro hombre» en el Norte de Africa, adaptándose a las necesidades de Occidente. Primero, el aliado del mundo libre frente al comunismo; y luego, el valladar contra el islamismo. Ahora que el movimiento refluye hasta Irán, la baza que juega la dinastía es la emigración. Ni España, ni Italia, ni mucho menos Francia, pueden admitir riadas de inmigrantes, reacios a la integración. Los tumultos que suelen sacudir los suburbios de las grandes ciudades francesas, y el riesgo de que algunos musulmanes caigan bajo la influencia de fundamentalistas y opten por el terrorismo son factores que inducen a los gobiernos europeos a cortejar a Mohamed VI. Se intenta repetir el viejo truco de convertir al agresor en guardián.

El mayor obstáculo para que el ardid funcione es convencer a los ciudadanos europeos. ¿Cómo ocultar una realidad tan palmaria como la de los inmigrantes, o ese 50% de analfabetismo?, ¿cómo explicar la fortuna de la familia real y la miseria del país? El truco es la «modernización», palabra de virtudes tan asombrosas como «abracadabra».

El inteligente Hasán II, que comprendía el valor de las palabras y las imágenes, cambió el título de sultán recibido de su padre por el más presentable de rey. La figura de los sultanes se asocia en Occidente al despotismo, las revueltas y los harenes. Estos elementos de «pintoresquismo» también abundaron durante el reinado de Hasán, aunque conviviendo con instituciones gratas a los occidentales. La modernización se ha reducido a la promulgación de una constitución, el funcionamiento de varios partidos políticos, y la apertura de su estrecho mercado a algunas inversiones extranjeras. Como en el caso de México o de la Polonia comunista, bastan unas elecciones amañadas para que quienes no conocen otra cosa concluyan que la monarquía parlamentaria marroquí es casi idéntica, por ejemplo, a la belga.

Sin embargo, indigna más la actitud de numerosos diplomáticos y políticos que justifican sus loas al monarca muerto con el argumento favorito de los izquierdistas europeos que respaldan las guerrillas de Iberoamérica: es una situación diferente. Al parecer, los marroquíes torturados por hacer pintadas contra la monarquía gozan de una resistencia al sufrimiento mayor que la de los occidentales.

En el caso de España, ¿qué hemos obtenido de Marruecos, salvo mano de obra barata? Todos los sectores políticos marroquíes comparten el proyecto de expansión territorial, planteado ya desde la descolonización en 1956. El Gran Marruecos ha crecido siempre a expensas del mismo de sus dos vecinos. Mientras Argelia ha hecho frente por las armas a los intentos de invasión, España ha renunciado a varias posesiones: Tarfaya, Ifni y el Sáhara Occidental. Pero las reivindicaciones no cesaron después de la cesión de la administración de la exprovincia española a Marruecos y Mauritania. Hasán II no ha cesado de reclamar las Canarias y las ciudades de Ceuta y Melilla. Por eso, a muchos españoles asombró que nuestro rey afirmase que consideraba su hermano mayor a quien recortó las fronteras de España. Por su parte, aquellos que esperaban un cambio de actitud del nuevo soberano, basándose sólo en la juventud de éste, o en su pretendida formación universitaria, comprobaron la
inexactitud de sus pronósticos. El primer ministro marroquí, el socialista Abderramán Yussufi, aprovechó la agitación política en Ceuta y Melilla para pedir al gobierno español «nuevas reflexiones» sobre las dos ciudades. La política exterior de Marruecos puede compararse en inmutabilidad a la de Gran Bretaña. Ambas inmóviles como rocas o, mejor dicho, como la roca de Gibraltar.

Los elogios con que los periodistas y los políticos españoles cubrieron a Hasán muestran una vez más la distancia entre la España oficial y la real. ¿Qué pensarían del rey fallecido los pescadores canarios y andaluces, los ceutíes y melillenses, y los militares veteranos del Sáhara? En un editorial del de un diario económico se alababa la astucia con que el rey alauita planeó la conquista del Sáhara. Al halago no siguió un recuerdo por los saharauis y los soldados españoles muertos, ni a los compromisos internacionales violados.

Ninguna cadena de televisión ha elaborado un documental completo sobre el reinado de Hasán en el que aparecieran los enfrentamientos entre Marruecos y España, ni siquiera la llamada Marcha Verde. Al igual que sucediera con la transición española, Marruecos se nos presenta como un país con la historia tan maquillada como el rostro del presentador de televisión.

Y probablemente a España le convenga un régimen como el alauita en vez de los imperantes en Sudán, o en Afganistán; pero conviene, por sentido de Estado, decir las cosas claras. Por mucho que yo prefiera a los Reyes Magos en vez de a Papá Noël, no espero regalos de ninguno.



P. Fernández Barbadillo



 

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