Javier Conde y el realismo político

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Javier Conde y el realismo político

Por Jerónimo Molina

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Javier Conde y el realismo político

1. Realismo político español contemporáneo



En la literatura europea sobre los problemas seculares de las naciones, estimulada por los philosophes franceses del siglo XVIII y continuada más tarde por otros arquetipos intelectuales ayunos de historia, llaman poderosamente la atención las preguntas recurrentes sobre las aportaciones de España y su monarquía a la cultura universal. En el orden político, los finos ingenios enciclopedistas, imbuidos del élan estatista, no alcanzaron a comprender las peculiaridades de una forma política que, uniendo su suerte a la de la Contrarreforma, se esforzó por mantenerse en el nivel del tiempo, haciendo frente a la desigual batalla con los Leviatanes europeos. Tiempo perdido si es cierto que en política no hay más elección que domeñar al monstruo o imitarlo. O quebrar el espinazo estatal o devenir Estado. Ciertamente, los esfuerzos hispánicos por «imitar» al Leviatán (introducción de un gobierno «administrativo» superpuesto al estrictamente político) se remontan a la Nueva planta de gobierno, decretada entre 1707 y 1718 por Felipe V. Con razón dice A. d'Ors que el «esencial anti-estatismo español» empezó a quebrantarse con la llegada de los Borbones, si bien «los pensadores españoles de la época reaccionaron contra la teoría "estatista" de los que ellos llamaban los "políticos" de Europa»1.

El primer intento serio de estatizar la Monarquía hispánica, aunque su alcance no fuese del todo bien comprendido, ni siquiera por los protagonistas, tuvo lugar en 1812, cuando se votó la primera constitución positiva española, intentando poner al día, en parte reinterpretándola, la tradición medieval de las Cortes. Especialmente a partir del Estatuto Real de 1834, como ha recordado Dalmacio Negro: «la principal tarea política del liberalismo español, en el que fue muy importante la influencia escolástica, consistió en instituir un Estado, lo que iba ciertamente contra la tradición nacional»2.

Sin embargo, sólo en este siglo ha tenido lugar la transformación en Estado de la forma política con la que la nación española ha atravesado la modernidad. Irónicamente, el proceso se culminó en dos actos, corriendo el primero a cargo de los constituyentes republicanos de 1931, y el segundo a cargo de la dictadura soberana de Franco, quien actuó, en la meseta de su régimen, más bien como un estatista moderado. De esta impresionante transformación, únicamente comparable a la codificación del derecho civil hispánico, muy pocos se han apercibido, aunque, según puede verse, si algo ha caracterizado al pensamiento político del último siglo de vida española ha sido, en última instancia, la cuestión del Estado. Esta, en efecto, envuelve fechas decisivas, incluso divisorias históricas. El propio Ortega y Gasset, profesando de tribuno y convocando a la nación al Aventino, escribe el 11 de noviembre de 1930: «¡Españoles, vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo! Delenda est Monarchia»3.

El declive del Estado constituye sin duda el «tema de nuestro tiempo», a pesar de que en las dos últimas décadas, sobre todo por la presión del neoliberalismo y del conservadurismo socialista, se ha transformado en un problema estrictamente
ideológico de «más Estado» o «menos Estado» (la instancia), dejando al margen lo esencial (la substancia). En esto particularmente, la inteligencia política española se mostraba, hasta hace relativamente poco, radicalmente realista, pues los escritores españoles habían afrontado por su cuenta, especialmente durante los años 1940, la tarea de erigir, no ya un régimen nuevo, sino otra forma política recién incoada y situada históricamente allende las fronteras de la estatalidad. Pero, naturalmente, ello sólo puede apreciarse si no se le da a la dimensión ideológica de todo pensamiento político -particularmente al del «enemigo»- un espesor desmesurado para desvalorizarlo.

En aquellos años, cuando un tema tan sugestivo como el del Estado total, aparecido en la década anterior, naufragó intelectualmente en la titánica lucha de los campos totalitario y antitotalitario, hubo quienes, corriendo todos los riesgos imaginables, supieron distinguir entre la ganga intelectual las «voces que pregonan una nueva forma política»4. La nueva forma de lo político no era, desde luego, el transitorio Estado totalitario, pero para verlo se necesitaba la perspectiva de un pensamiento que cumpliese al menos dos condiciones: que todavía distinguiese, al contrario, por ejemplo, que el pensamiento francés, entre la nación y el Estado -la République Française es, en este sentido, el Estado moderno por excelencia: el canon de lo que Conde llamó el «orden por comunión»5-, y que tuviese una neta concepción del acontecer político, históricamente troquelado por la solución de la continuidad entre las distintas formas de organizar lo político. Estas condiciones operaban en buena medida sobre la vocación paraestatal española, constituyendo su «circunstancia». La crisis constitucional, agravada hasta hacerse insostenible entre 1923 y 1939, vino a demostrar que «el derrumbamiento del Estado liberal ha puesto de manifiesto una inmensa oquedad en nuestro mundo histórico español. Todo el período histórico en que ha tenido vigencia la forma política del Estado moderno aparece como un gigantesco hueco de la historia española»6.

En España buscóse salvar la indigencia del pensamiento recurriendo a los juristas y escritores políticos hispánicos de los siglos XVI y XVII: Vitoria, Vázquez de Menchaca, Suárez. No fue aquella actitud un ensayo extemporáneo de revivir el pasado o vivir de él, mucho menos una impostura intelectual. Además, sobre lo que ha sido no hay ya posibilidad de elección. En los clásicos, más bien, se halló un «prodigioso caudal capaz de fecundar la forma política del futuro»7.

Separar lo vivo de lo muerto en la política hispánica ocupó entonces el tiempo de algunos de los mejores escritores. Francisco Javier Conde, lo mismo que hicieron otros -Unamuno, Ortega, Ledesma Ramos-, interrogó oracularmente a Don Quijote, «empeño entrañable de dos generaciones españolas». En un emocionante ensayo escribía en 1941: «¿Qué es España si se la mira desde el horizonte dramático de la política? ¿Existe una manera española de entender y de obrar lo político? ¿Por ventura es el Quijote esa manera española por excelencia? ¿Existe acaso una manera quijotesca de entender la política? ¿Qué otras maneras ha habido a lo largo de la Historia y cuál es el sentido de unas y otras?»8.

La política española, para Conde trasunto de Don Quijote y de la aventura de la Ínsula Barataria, nunca fue estatal. Con las mismas enorinadas armas que el hidalgo famoso, la Monarquía hispánica hizo frente al Estado, simbolizado por la pólvora y el estaño, pero también por la economía capitalista, cayendo finalmente derrotada. Conde concluía con el elenco de sus dudas, inevitablemente proyectadas hacia el futuro: «¿Ha sido España alguna vez un Estado moderno? ¿Qué sentido tiene la obra política de Fernando el Católico, Carlos V, Felipe II? ¿Qué relación hay entre el Estado moderno y la empresa española genuina de la catolicidad universal? ¿Es la virtud quijotesca símbolo de la empresa española por excelencia, quebrada en una edad de hierro y hacedera acaso en más dichosa venidera edad?»9.

De estas preocupaciones basales arranca la obra jurídica y filosófico-política de Javier Conde, pero también la de otros escritores de su generación, dando tono, a veces con gran estilo, al saber político.

La circunstancia y la vocación españolas acontecen, con matices, paralelas a las del resto de Europa antes de 1939 y también después. Sin embargo, una moda historiográfica muy arraigada en ciertos sectores intelectuales españoles continúa alimentando el tópico de una generación sin maestros, haciendo tal vez del vicio una virtud. Así, más parece que la plétora de escritores y juristas que después de la guerra civil se cultivaron alrededor del Instituto de Estudios Políticos y ciertas cátedras madrileñas o de provincias, finalmente, apenas si encontró los discípulos y continuadores que algunos de ellos merecían, pues en conjunto, como ya se ha indicado, elevaron el nivel de los saberes político-jurídicos en España, antes del impacto, que tuvo dimensiones europeas, de la ciencia política americanizada. Aunque no se les ha reconocido, pues priman otros intereses, algunos de ellos llegaron a desarrollar una obra envidiable, extraordinariamente sugestiva y plenamente conectada al decurso europeo de las ideas.

La ciencia política se incorpora relativamente tarde al elenco de los saberes universitarios españoles, con la fundación, a mediados de los años 1940, de la Facultad de Ciencias políticas y económicas. No obstante, como saber especial fue cultivado originalmente por juristas, sobre todo por profesores de Derecho político. Esto, evidentemente, tuvo sus ventajas, pues retrasó su deriva hacia lo que Fernández-Carvajal denominó «cratología», que agravaba el ya de por sí problemático «giro hacia el saber dominativo» de la inteligencia política moderna. Pero hasta la transformación de la ciencia política, entendida como un saber práctico o virtus intellectualis circa postrema socialia10, en un saber técnico y positivista, hubo ocasión, como decía Conde, para «averiguar la verdad política de cada hora histórica».

Con una vasta obra buscó esa «verdad política» a gran altura el jusinternacionalista Camilo Barcia Trelles (1888-1977). Profundo conocedor del Derecho internacional, fue el precursor en España de la hoy anglosajonizada disciplina que estudia las relaciones internacionales. Sobre este saber proyectó, precisamente, su visión realista del acontecer político, su concepción «orgánica» del orden internacional y la idea de las «constantes históricas» que determinan la política internacional de cada Estado. El estilo de Barcia Trelles11 contrasta vivamente con el predominio actual del normativismo jurídico y el sociologismo, lo que explica en parte el relativo olvido de su pensamiento que, sin embargo, ha sido vindicado desde Alemania, en su día por C. Schmitt y recientemente por G. Maschke.

Debe también mencionarse aquí la figura intelectual de Jesús Fueyo Alvarez (1922-1994), «escritor rigoroso y profundo, erudito y agudo, pensador político de primer rango, aguijoneado, inspirado y sobrecogido por el pathos de la época»12. Preocupado permanentemente por la inseguridad que, en su opinión, caracteriza nuestro tiempo, sintió la inutilidad y el desgaste de no pocos conceptos políticos, algunos de los cuales intentó apuntalar. Estudió con particular interés la forma política estatal, prestando una atención especial al «sentido» que imprime en el derecho y a las condiciones de la mentalidad política moderna13. Una cierta vehemencia de carácter y una coherencia personal a prueba de cualquier decepción ideológica le valen todavía la incomprensión de muchos.

En la frontera con la generación de Fueyo se ubica cronológicamente la trayectoria intelectual de Gonzalo Fernández de la Mora (1924). Su actitud espiritual para el examen de los asuntos humanos -«razonalismo»-, proyectada sobre el tráfico político, en su opinión atravesado fatalmente por el pathos
ideológico, hacen de su obra una de las más interesantes del actual panorama filosófico político hispánico. Bien conocido por su famoso libro El crepúsculo de las ideologías (1965), Fernández de la Mora abrió con él camino a la crítica de la omnipresente política ideológica. A pesar de las ramificaciones de su pensamiento hacia la circunstancia española, los problemas de la historia del pensamiento político y las cuestiones más bien filosóficas, en su núcleo reside la preocupación permanente por la sana razón de Estado, que es también razón pública administrativa y que, probablemente, tiene en él a uno de sus postreros cultivadores14.

En un trabajo de estas características es imposible abarcar, siquiera telegráficamente, el nutrido grupo de escritores e historiadores políticos y juristas españoles relevantes para nosotros desde el punto de vista del realismo político. No puede dejar de recordarse al ya citado jurista político Rodrigo Fernández-Carvajal (1924-1997). Entre los filósofos del derecho debemos contar a Luis Legaz y Lacambra (1906-1980). Entre los historiadores de las ideas a José Antonio Maravall (1911-1986), Luis Díez del Corral (1911-1998) y Dalmacio Negro (1931). También debe mencionarse aquí, por último, al gran romanista Álvaro d'Ors (1915), que ha incursionado con mucha finura en temas de filosofía política y teología política.

2. Francisco Javier Conde, jurista político

Tanto en su cátedra universitaria como en el Instituto de Estudios Políticos, notable empresa intelectual que dirigió durante algún tiempo, brilló el profesor de derecho público Francisco Javier Conde (Burgos, 1908-Bonn, 1975). Su perfil intelectual fue el del jurista político con una sólida formación germánica y un profundo conocimiento de la historia y del pensamiento políticos. Pensionado en Berlín en el año 1933, trató directamente con H. Heller, R. Smend y, sobre todo, con C. Schmitt, a quien, además del magisterio, le unió la amistad y, más tarde, las traducciones al español de algunas de sus obras15. Justo antes de que comenzase la Guerra civil llegó a profesar como docente extraordinario de Filosofía política en la Universidad de Berlín. Su condición de funcionario del Ministerio de Instrucción Pública republicano así como sus antecedentes ideológicos socialistas le causaron algunos problemas al regresar a España16. Superados estos, trabajó hasta el final de la guerra en labores editoriales y doctrinales en Burgos. En 1941 se le encargó la cátedra de Derecho político de la Universidad central de Madrid (hoy Complutense); dos años después ganó la cátedra homónima de la Universidad de Santiago de Compostela, a la que no llegó a incorporarse pues siguió impartiendo docencia en la Facultad de derecho madrileña.

La década de 1940 resultó ser la más creadora de su biografía. Dos textos situados, en virtud del compromiso del autor con sus ideas, en la mediana del saber y la acción políticos le valieron entonces enorme reconocimiento: por un lado Espejo del caudillaje, de 1941, en el que por vez primera se utilizaron los tipos ideales de legitimidad de Max Weber para interpretar una forma de gobierno, antes que T. Parsons hiciese lo propio en el contexto de la sociología política17. Así mismo, le dio renombre su libro de 1945 Representación política y régimen español18, sugestiva interpretación del nuevo régimen político, deudora en parte de la dicotomía entre los principios de representación e identidad, determinantes de las formas de gobierno, asentada por C. Schmitt en su Teoría de la Constitución19. Pero deben contarse, además, los dos textos sistemáticos en los que se desarrollan sus concepciones jurídicas políticas, es decir, su idea de la forma política y de cómo ésta última determina los saberes político y jurídico: Introducción al Derecho político actual y Teoría y sistema de las formas políticas20. A pesar de su vocación docente, sobradamente cumplida, en todo caso, por una prosa limpia, una sugestiva ordenación de los temas y una exposición del status quaestionis al alcance de muy pocos en la Europa de aquellos años, en esos dos libros descuella el sabio. Su originalidad y coherencia filosófico-políticas los hacen todavía una lectura incitadora y recomendable. En rigor, constituyen lo mejor de su obra junto al discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, El hombre animal político (1957)21 y su precioso estudio sobre El saber político en Maquiavelo (1948)22.

El daimon político que le hacía verse a sí mismo como un moderno consejero de príncipes o «facultativo de la política»23 enmudeció hacia 1956, coincidiendo con un sensible cambio político que le desplazó de sus responsabilidades políticas al frente del Instituto de Estudios Políticos y de la Junta Política. Como recordaba Legaz y Lacambra en la disertación necrológica que le dedicó en la Academia, «la dirección del Instituto de Estudios Políticos pudo ser su plataforma de acción, sobre todo por su pertenencia, en razón del cargo, a la Junta Política. No creo que este órgano tuviese demasiada eficacia en el orden de las decisiones políticas, pero consta que en él se elaboró un primer proyecto de constitución española o ley orgánica del Estado español, en el que nuestro compañero tuvo participación decisiva. Pero la línea representada por él no fue la que, en definitiva, triunfó. El advenimiento de un nuevo equipo ministerial que en lo político, e incluso en lo intelectual, estaba bastante alejado de lo que representaba y quería Javier Conde fue el final de su actuación política»24.

En ese momento principió, como por compensación, su carrera diplomática, que le llevará primero a las Filipinas y más tarde a Uruguay y Canadá. Su último destino, mediando los buenos oficios de Fernández de la Mora, fue Bonn. En cierto modo, su pasión política y diplomática fue la responsable, como él mismo reconocía, de unos «años en hueco» que tanto dicen de su persona y de su trayectoria intelectual. Poco antes de su muerte vio publicados por el Instituto de Estudios Políticos los dos tomos que recogen casi todos sus trabajos dispersos en revistas, cursos y conferencias, por ello difícilmente encontrables. Se trata de Escritos y fragmentos políticos. Desde entonces apenas si se le ha prestado en España la atención que en otras circunstancias de la inteligencia política merecería un escritor de tan sobresaliente competencia. Citado «a bulto» en ocasiones, cuando no malinterpretado adrede, dejó de contarse con su obra cuando el realismo político y el «agnosticismo respecto a las formas de gobierno» que Fernández de la Mora le atribuye25 se convirtieron en una actitud indecente, acaso pecaminosa. Para no ser diferente de otros grandes escritores políticos realistas europeos, el halo polémico de sus ideas fue prolongado post mortem por un novelista herido y su mentor, E. Tierno Galván, antiguo discípulo de Conde que marchó por otros derroteros; esto hace todavía más clamoroso e injusto si cabe el silencio alrededor de su figura intelectual.

Un estudio que abordase introductoriamente el pensamiento de un escritor como Conde debiera trazar sus grandes líneas de ataque sobre la realidad de lo político y el tipo de inteligencia que sobre esto último se ejercita. No obstante, los objetivos de este trabajo deben ser necesariamente más modestos, pues se trata de fijar, acaso propedéuticamente, el esquema de la razón política, según se ha cultivado en España en diálogo casi ininterrumpido, al menos hasta no hace mucho, con la «familia de espíritu» de los escritores realistas europeos. En este sentido, la obra de Javier Conde ofrece un atractivo indudable, pues se forja en una relectura permanente de Bodino, Rousseau, pero sobre todo de Aristóteles y Maquiavelo, por quien sintió una especial predilección, en agudo contraste con el acendrado hobbesianismo de su maestro Carl Schmitt. Si fuese necesario epigramar lo más valioso del pensamiento político de Conde nos inclinaríamos, sin duda, por su original teoría del poder y por su teoría de la «organización política».

La primera está erigida a conciencia sobre la metafísica de X. Zubiri (1898-1983), «una de las mentes más excelsas que ha producido España», en palabras del propio Conde. Presupuesto ontológico del poder es el orden político, del que se ocupó con gran finura al distinguir, en su personal interpretación de la modernidad política, entre órdenes por dominación, por concurrencia y por comunión; mas para Conde no puede haber una teoría del poder que no vaya acompañada por una teoría substantiva y no meramente sociologista de la representación26.

La segunda, incoada más que desarrollada, se recoge en Teoría y sistema de las formas políticas y, así mismo, en un trabajo singular de finales de los años 1960 titulado: Las dos vías fundamentales del proceso de modernización política: constitucionalización, totalización27, con el que asienta unas bases sólidas para el estudio, hoy de moda en España y en otros países europeos, del Political System. El autor, sin duda, conocía bien las virtudes de los cultivadores norteamericanos de la ciencia política, pero también sus defectos. Conde no aceptó la disolución positivista del saber político, que, por cierto, corre en la misma dirección, por ser producto suyo, que la «burocratización» del intelectual de la política, quien resulta ser a la postre: «funcionario del Estado o asesor técnico de los poderes privados, burócrata, en fin, con oficio y beneficio»28.

Ahora bien, estas y otras notables empresas intelectuales de Conde no serían bien comprendidas si no se parte metódicamente de su examen de las grandes mutaciones del pensamiento político, que él encontró como en trance de «descomposición», y su esfuerzo, a la Heidegger, por «destruir» creadoramente el saber político de la época.

3. «descomposición» del saber político

Que la inteligencia política parece haberse desnortado no constituye un secreto, ni siquiera una novedad, desde los años ásperos de entreguerras. Aun así, seducido y raptado el espíritu europeo de lo político por las llamadas «ciencias sociales», diríase que la mayor parte de los especialistas se resisten mentalmente a reconocer las grandes mutaciones políticas que han acontecido en este siglo, en el mundo, es decir, en la propia realidad política, y también en las mentalidades29. Todavía resulta necesario escribir que: «la inteligencia, en particular la política, ha perdido la realidad. Las ideas políticas siguen siendo las de la primera mitad del si-glo XIX (preparadas en el siglo XVIII), como si no hubiese tenido lugar (...) la eclosión de amplias posibilidades inéditas de vida pública y privada al margen de la estatalidad»30.

El problema de fondo atacado por Negro Pavón es el de la cancelación de las ontologizaciones contemporáneas del Estado, la Sociedad y la Nación, responsables últimas de un rosario de vicios intelectuales, que van desde la absoluta falta de claridad intelectiva hasta el moralismo y la trivialización del poder espiritual, lo que Aron llamaba sinistrisme. Ahora bien, estos problemas, al menos en su fase eruptiva aguda, se remontan más de sesenta años. Entonces, la literatura científica insistía en la profundidad de lo que parecía una crisis epocal, reflejando así especularmente el curso de los acontecimientos. Aunque no se podría precisar la fecha, lo cierto es que a partir de cierto momento comprendido entre 1918 y 1932, fechas respectivas de la publicación de La decadencia de occidente de Spengler y de El concepto de lo político de Schmitt, el ambiente intelectual europeo aparece como electrizado por la sensación de decadencia. En opinión de Conde: «el hombre moderno ha llegado a posiciones extremas y, a fuerza de radicalizar las consecuencias a que irremediablemente tenía que conducir el camino tomado, se encuentra hoy en situación altamente dramática. En el pensamiento político el punto de remate de esa trayectoria es esta tremenda y desconsoladora definición: la distinción propiamente política es la distinción del amigo y del enemigo. En la metafísica, la definición de la existencia humana partiendo de la angustia. Entre Schmitt y Heidegger no existe, hablando propiamente, relación alguna. Sin embargo, los dos se encuentran juntos al final del camino»31.

El autor, desde luego, percibió el horizonte de su tiempo con hondura; por eso ironizó sobre la «llamada literatura de crisis», a la que consideraba en términos generales incapaz de penetrar la superficie de los problemas. Para Conde, la crisis de la teoría del Estado de los años 1930, reflejo entre otras cosas del agotamiento político del liberalismo, no constituye un trance dramático pero episódico, del que se pudiese salir, tal vez, como llega a sugerir Schmitt, echando mano de un expediente «repolitizador» del Estado pluralista -el Estado total32-. Lo que está aconteciendo es nada menos que el derrumbamiento «del Estado moderno, es decir, no sólo el Estado liberal, sino también el Estado a secas, lo stato, entendido como forma histórica concreta del mundo moderno»33.

Inspirado en la idea diltheyana del «horizonte de la vida», Conde veía determinada la realidad por ciertos «complejos de energía», cuya concreta intersección histórica determina la vida individual y colectiva. Uno de esos complejos está constituido por los sistemas de la cultura, y el otro por la constitución o forma política. Significativamente, éste último, que bien podría denominarse lo político, aparece como «un complejo de energía operante que sujeta a unidad y engarza en una unidad superior a los otros complejos de energía que se cruzan en nosotros. Resulta evidente entonces que lo que define nuestro horizonte es el juego de esos diferentes complejos entre sí y la relación entre la forma política y los sistemas de la cultura»34.

Lo político, para Conde, viene a ser como la piel de todo lo demás35, de ahí su trascendencia. La radicalidad de una crisis en lo político tiene, por tanto, un severo influjo sobre los sistemas de la cultura, particularmente en el pensamiento jurídico- político. Así, éste último registra con gran fidelidad las alteraciones que se producen en el complejo que, al menos en términos puramente existenciales, puede considerarse superior. Se trata, en última instancia, de recordar que toda crisis política tiene una doble raíz, espiritual y estrictamente política36.

El pensamiento jurídico-político no es un mero reflejo de esa realidad «constitucional», pues obra también como un «principio de construcción de la forma política»37. Ahora bien, destruida en su raíz esta última, el pensamiento queda como en el aire, conmovido en su entraña. En esas condiciones, que Conde va registrando con mucha finura en la «parte crítica» de su Introducción al Derecho político actual, hablar de crisis le parece al autor totalmente insuficiente: «el pensamiento no está propiamente en crisis, sino en descomposición. Todos los sistemas actuales del derecho político se están corrompiendo ante nuestros ojos»38.

La única salida practicable consiste en volver la mirada hacia la realidad histórico social, en busca de algún principio objetivo para la forma política del futuro. Lector atentísimo de Schmitt, valoró justamente la idea de la emergencia de los «grandes espacios», si bien le parecía que estos últimos no habían cuajado todavía. También examinó las teorías de moda sobre el «Estado totalitario», concluyendo que a medio plazo esas «configuraciones actuales» acabarían mostrando su carácter temporáneo39.

Precisamente al Estado totalitario dedicó unas páginas extraordinarias. La irrupción de esta forma extremista del Estado moderno trae su causa en el nacionalismo y en las ideas democráticas del siglo XIX. La tendencia de numerosos Estados a configurarse «totalmente» expresa sobre todo una cualificación de la naturaleza de las relaciones internacionales. En efecto, para Conde, que polemiza con Schmitt parapetado en el gigante de la historia alemana von Ranke y en la idea jüngeriana de la «movilización total», la comprensión del Estado total requiere realmente de una óptica diplomática, pues es en ese domino donde se proyecta la configuración del Estado como gran potencia. La interpretación schmittiana de la díada Estado-Sociedad de Lorenz von Stein puede estar en la raíz de la pésima recepción de toda esta temática en el pensamiento político occidental40, interpretada como una pura degradación despótica de la política interior. A estas alturas los famosos libros de J. L. Talmon, The origins of totalitarian democracy (1952), y H. Arendt, The origins of totalitarism (1966), al no haber distinguido con rigor entre lo total y lo totalitario o liberticida hacen muy difícil que la inteligencia política se ponga en claro sobre este asunto. La confusión de la que nace con carácter discriminatorio «totalitarismo» es, no obstante, anterior a la II guerra mundial y venía a denunciar la «ceguera para lo que acontece soterradamente en el interior del campo que se llama a sí mismo antitotalitario»41.

Pero en el Estado total viene además prendida otra cuestión, de enorme interés para la cabal comprensión del saber político. Se trata de lo que Conde denominó la «totalización de lo político», expresión de la sustantivización bien de la historia, bien de lo social, bien de lo político-estatal42. Esta totalización, que discurre en la modernidad paralelamente a la constitucionalización -y no estrictamente al lado de la democratización, pues esta puede ser totalitaria- tiene una doble raíz: por un lado la libido dominandi del hombre moderno, por el otro, la abdicación de la inteligencia política. Superarlas constituye la condición para recuperar la verdadera «dimensión objetiva» del pensar político43.

4. «destrucción» creadora de la inteligencia política

El tremendo efecto enervante del espíritu político europeo que tuvo la II guerra mundial -lo que explica en otro plano, el geopolítico, la «finlandización» del continente- ha generado paradójicamente un modelo político que tiende a universalizarse, acompañado de las oportunas justificaciones ideológicas, una especie de pensamiento político último. Mas esta pretensión, que no distingue ya cualidades, virtudes o vicios del saber, ha dejado varada la inteligencia política. Quiérase o no, «se puede hablar de un pensamiento más perdurable que otro, y la historia de las ideas políticas está llena de ejemplos en apoyo de esta discriminación. La raíz profunda de esta variable perdurabilidad estriba en una dimensión peculiar que el pensamiento tiene por esencia. Me refiero a su dimensión incoativa. Todo pensamiento apunta siempre a otros pensamientos diferentes, y muchas veces hasta opuestos entre sí; piensa algo por entero y empieza a pensar algo en germen. Esta dimensión incoativa permite al hombre "deshacer" creadoramente el camino andado, retrotrayendo su mente hacia aquellos puntos de germinación y buscando en ellos nuevas rutas del pensar aún intactas»44.

Siguiendo en su actitud liminar a Heidegger, Conde hizo el balance del derecho político de la época contemporánea, desde los Gerber, Laband y Jellinek hasta Schmitt y Heller, con incursiones sucesivas en los tratadistas franceses del Droit constitutionnel, Kelsen, Luckács, el profesoral Political Pluralism inglés, Smend y Leibholz y el institucionalismo de Hauriou. Consumó así en una primera instancia la «destrucción» del derecho político, es decir, del pensamiento jurídico político concebido como una parte arquitectónica del saber político45. El Derecho político debe ser así una «teoría de la organización política»46. Dejando esta última a un lado, la cuestión para el autor es cuánto de la tradición política tiénese todavía en pie y puede ser susceptible de una proyección futura. He aquí la manera típicamente agónica de Conde de inquirir en lo político. Veamos a continuación qué luz o qué verdad puede arrojar aquélla sobre los acontecimientos.

Para Conde, la desmesura del afán de dominación del hombre moderno desvió el curso del acontecer político. En este punto, todos los dedos acusan a Maquiavelo. Tanto nomini nullum par elogium. Sin embargo, como sugería el autor en su ensayo La sabiduría maquiavélica: política y retórica, el florentino no es el prescriptor de los tiranos, ni siquiera un doctrinario del Estado de necesidad; a sus ojos: «lo único cierto es que, dada la inclinación de la naturaleza humana a obstinarse en la corrupción y siendo su propio tiempo etapa de extremo desorden, por fuerza hacía falta una sabiduría suprema para salir del apuro»47.

Ese «saber excelentísimo» de Maquiavelo propició, empujado por las circunstancias, a las que forzosamente tenía que adaptarse, una concepción de la inteligencia política que parece agotarse en el mando, en la dominación no ya de espacios sino de hombres. El poder aparece así en la época moderna como una cosa puramente objetiva y apropiable48. Incluso como una substancia (Hobbes, pouvoir constituant) o un puro sistema de relaciones (Political System)49. En estas condiciones, Conde entendía que no era necesario recurrir a la figura teológico-política del Anticristo para interpretar correctamente la fealdad de nuestra época. El desbordamiento de los límites del poder, amparado a veces en concepciones tecnocráticas, no es en sí un misterio, tampoco un minotauro pugnaz y enmascarado, según la descripción de Jouvenel, cuya fundamentación Conde rechazó50. En el fondo, todo es más sencillo, o sea, más humano. La «diabolización del poder», cuyo germen está contenido en la dimensión demonológica de la política51, responde, además de la masificación, a un axioma de la teoría política: «cada hombre tiene una capacidad determinada para usar bien del poder, la que consiente su fortaleza moral, su ethos. Pasado ese nivel, no es que se sustancie en él una realidad diabólica, pero sí que pueden la malicia y la hipocresía convertirse en hábito»52.

El autor analizó con detalle los avatares del poder y el saber políticos, a los que consideraba medularmente ligados. En la concepción tradicional griega, que en parte prefigura a la auctoritas romana, quien sabe debe gobernar. El siglo de Maquiavelo le da la vuelta a la proposición, pues el éxito en el mando presupone que el gobernante sabe. El florentino, empero, sigue siendo fiel a la tradición, incluso si del saber político hace retórica, desplazando a un segundo plano, junto con la ética, el problema de la verdad. En el fondo, aún puede decirse de su pensamiento lo que Conde aplica a la inteligencia política medieval, cuya misión «consiste en que ésta haga uso de la sindéresis y de la prudencia para ir tejiendo libremente en la distensión del tiempo la trama que compone la figura entera de la Historia»53.

La modernidad, con su peculiar interpretación de la realidad, reducida a «hechos», hace de la sabiduría política, lo mismo que de la vida intelectual, un saber profesional. Como tal ha de ser rigoroso y exacto. No en vano, «la historia del saber político como ciencia es el esfuerzo tenaz por reducir la realidad política a hechos. La primera forma de aparición del político como facultativo es el jurista»54.

A veces no se valora con justeza lo que significó el severo corte espistemológico que separa, por decirlo con P. Manent, a «dos humanidades», a la del bios theoretikós y a la de la vita contemplativa de aquella de la vita activa55. Acontece entonces la reducción del saber político a un mero saber operativo o técnico, culminado en los últimos cien años, según explica Conde, con el salto mortal del saber político hacia su «abdicación» desde finales del siglo XIX: «la función política de la inteligencia ha variado de sentido; no consiste ya ni en gobernar ni en prever, tampoco en ilustrar. Consiste en algo totalmente nuevo y más neutral: en criticar. El que critica se sitúa de antemano fuera y a distancia de lo que critica. No ilustra, más bien advierte. Es advertidor y amonestador. Una función que se ejerce a posteriori, cuando ya la obra es hecha; no ayuda previendo o ilustrando, sino amonestando»56.

La sociología del saber apagó entonces los últimos rescoldos de verdad, hasta producirse finalmente la total «funcionarización» del sabio. Es el intelectual «denunciante» (Fernández-Carvajal) y, en otro sentido, «orgánico» (Gramsci). Es posible que las circunstancias históricas de los años 1930 radicalizaran estos procesos, contribuyendo por cierto a la aceleración en la transformación de los modos del pensamiento político57. La ideologización de la política, así como la historización y la sociologización de lo político, hicieron tal vez perder de vista las constantes de la modernidad y, así mismo, el modo de insertarse la inteligencia política en la realidad. Conde advirtió las mencionadas «irrupciones» de la historia y lo social, que en su opinión determinan el descubrimiento de lo político. Un saber político realista debe, por tanto, buscar «un haz de constantes que se mantengan sobre la continua mudanza de la realidad histórico-social y sirvan de asiento a un saber genuinamente «teórico» de la realidad política, integrado por juicios y «conceptos» de validez universal. Sólo sobre ese supuesto previo podremos levantar luego la arquitectura de un Derecho político como ciencia. Pero el objetivo se ha de lograr sin menoscabo de dos imperativos inexcusables: por un lado hemos de insertar la historia en la realidad política como dimensión formal de esa realidad en cuanto tal; por otro, hemos de hacerlo sin que la inserción de lo histórico menoscabe las constantes idénticas del acontecer político sustraídas a la relativización histórica y sociológica»58.

5. Conclusión: misión de la inteligencia política

Por su temperamento y experiencia vital no fue Conde demasiado optimista sobre la vuelta por sus fueros de un saber político realista. Temía incluso, cuando la mayoría ya empezaba a mirar para otro lado, si el economicismo no terminaría contribuyendo también a la totalización de lo político, pues tanto da el origen del impulso totalizador: «el economismo radical, la creencia en la economía como destino ineluctable, reobra igualmente sobre lo político en el sentido de la totalización»59.

Con todo, para concluir, cabe esencializar el sentido político de la realidad según Conde lo interpretaba. De entrada, la base de toda teoría política es la misma problematicidad de la realidad política60. Ahora bien, el desafío que ésta última lanza a la inteligencia no es una nadería. El autor estimaba que la verdad constituye el problema último del saber político. Es la verdad, precisamente, la que determina el carácter polémico de la política: «la verdad no nace de la lucha; es anterior a ella. La lucha es el camino, no ya para alumbrar una certeza, sino para rescatar la verdad»61.

Esa sutil distinción entre certeza y verdad proyecta al realismo político hacia el plano ontológico. Al contrario que la ciencia política, para la que la realidad es mero factum, el saber realista busca el «modo de ser» de lo político. Tal es su misión.

Para Conde todo saber político realista se ofrece en una doble vertiente. Una es, justamente, la ontológica, y para abordarla el estudioso se pregunta: «¿Es el hombre realmente, en su propia realidad, político?»62. La otra, que podríamos denominar fenomenológica, tiene idéntico interés, pues parte del supuesto básico de la política como actividad humana. La política, según el autor, constituye en todo tiempo un problema eminente de «realización», pues no se trata de que la potencia humana de sociabilidad, abandonada a su libre desenvolvimiento, alumbre sucesivamente distintos tipos de homo politicus. El autor, tensando al máximo sus facultades, formula una de esas raras «banalidades superiores», que la inteligencia no siempre es capaz de modelar. En efecto, el escritor español solía distinguir entre los modos de percibir la realidad de antiguos y modernos, de modo que para el griego la política es «ascensión» (de la socialidad a la politicidad), para el hombre medieval es «conversión» y para el moderno, en última instancia, «progreso». Ahora bien, ninguna de estas formas de acceder a la realidad política parecíale realista, pues escamotean el verdadero problema de fondo, a saber: que «el hombre es de facto animal político, pero lo decisivo no es que lo sea, es que tiene que serlo»63.

En este «tener que ser político» del hombre creyó poder fundar Conde el intendere per se al que aspiró Maquiavelo. Más allá de las vías teorética (ascensión griega), contemplativa (conversión cristiana) y científica (progreso moderno), a través de las cuales ha ensayado el hombre la ordenación de la convivencia, debe afirmarse la superioridad de una vía eminentemente política. He aquí, reducidos a su esencia, los problemas de lo político y de su accesibilidad intelectual.



Jerónimo Molina



 

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