LIBROS: Los
últimos Borbones
Borrás
Betriu, Rafael: Los últimos Borbones, ed. Flor del
Viento, Barcelona 1999, 492 págs.
Rafael Borrás, que dirigió en la editorial Planeta la
excelente colección Espejo de España hasta que fue
interrumpida con el premio a las memorias de Fernández
de la Mora, ha publicado dos importantes biografías,
Alfonso XIII, el rey perjuro (1977) y El rey de los
rojos, don Juan de Borbón (1996) (1). Ahora los resume y
completa en las dos primeras partes de este volumen.
Alfonso XIII es retratado, quizás de forma excesiva,
como un frívolo intervencionista y como un perjuro por
haber violado la Constitución de 1876 al entregarle el
poder al general Primo de Rivera. Su hijo don Juan de
Borbón aparece como un incansable pretendiente a la
Corona de España para lo cual cae en todo género de
contradicciones: apela a la legitimidad de la sangre y a
ser revalidado democráticamente; se presenta como
voluntario a las órdenes del sublevado general Mola y,
luego, pacta con los vencidos; halaga sin límites a
Franco y, sucesivamente, le requiere para que abandone el
poder; condena a su hijo Juan Carlos por desleal y,
finalmente, lo reconoce como rey; etc. El autor
desarrolla la interpretación de Fernández de la Mora,
testigo de la zigzagueante trayectoria de don Juan, y que
fue el primero en presentar al príncipe como dependiente
de las cambiantes situaciones y de las enfrentadas
opiniones de sus consejeros porque carecía de un
programa coherente salvo el deseo de reinar (2).
Lo nuevo de este tomo es la tercera parte, dedicada a
Juan Carlos I. Dos son los temas principales que examina
el autor.
El primero es el de si el entonces Príncipe de España
(título que Carlos V otorgó a quien sería Felipe II)
se deslegitimó desde el punto de vista dinástico al
saltarse a su padre y aceptar no una restauración, sino
una instauración por la exclusiva voluntad de Franco.
Los testimonios que aporta Borrás resuelven
afirmativamente esta cuestión: su acceso al Trono no
dependió de la genealogía, sino de una decisión del
Generalísimo quien decidió quebrar el orden sucesorio
familiar. Esto no era excepcional entre los Borbones:
Felipe V conquistó el poder después de catorce años de
guerra civil y por la fuerza militar; Fernando VII se
enfrentó con su padre Carlos IV a quien mantuvo
exiliado; Isabel II permaneció en el trono por las armas
frente a los carlistas legitimistas; Alfonso XII derrocó
la I República mediante el golpe de Sagunto y exilió a
su madre; Alfonso XIII suspendió la Constitución de
1876 apoyado en el ejército que representaba Primo de
Rivera; Alfonso XIII desheredó a su primogénito don
Jaime. Hablar de «legitimidad dinástica» cuando se
trata de los Borbones españoles es casi un sarcasmo.
Entre ellos abundó lo que un cronista citado por Borrás
llama el «navajeo».
La segunda cuestión es la del perjurio. Como condición
para acceder al Trono, don Juan Carlos juró las Leyes
Fundamentales en tres solemnes ocasiones. La primera al
ser nombrado sucesor. Entonces dijo: «plenamente
consciente de la responabilidad que asumo, acabo de
jurar, como sucesor a título de rey, lealtad a S.E. el
Jefe de Estado, y fidelidad a los Principios del
Movimiento Nacional y Leyes Fundamentales del Reino». Y
añadió:«recibo del Generalísimo Franco la legitimidad
política surgida del 18 de julio». Al día siguiente
reiteró ante el notario mayor del Reino: «velaré
porque los Principios de nuestro Movimiento sean
observados». Y, al suceder a Franco, repitió ante el
pleno de las Cortes:«Juro por Dios y sobre los Santos
Evangelios cumplir y hacer cumplir las Leyes
Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los
Principios que informan el Movimiento Nacional». Borrás
reproduce estos famosos documentos y los sitúa en el
contexto histórico:la subsiguiente demolición del
Estado de las Leyes Fundamentales por iniciativa del rey
(el «motor del cambio», como se repetía) y, pronto,
una campaña aún no interrumpida de demonización de la
era de Franco y del propio Generalísimo. Jamás en la
Historia de España se había arrojado tanto cieno y
durante tanto tiempo sobre un jefe de Estado, ni siquiera
contra el felón Fernando VII o la desdichada Isabel II.
De pasada, el autor desmiente con decisivos argumentos,
ciertas declaraciones a biógrafos palatinos como al
esperpéntico J.L. Vilallonga.
Al igual que en sus dos biografías anteriores, Borrás
apenas expresa interpretaciones propias. Su método
consiste en exhumar, seleccionar y sistematizar una
ingente cantidad de testimonios ajenos:1179 citas
procedentes de más de dos centenares de libros. No hay,
pues, datos inéditos en este volumen, aunque muchos de
ellos sean poco conocidos y, yuxtapuestos, sorprendan.
Esta obra no es en modo alguno una diatriba; pero sí es
un ejemplo de la llamada «incorrección política»
porque no responde a la halagüeña y maquillada versión
oficial, dócilmente aceptada por cronistas y medios de
comunicación de masas. Hay testimonios de muy desigual
valor y apenas sometidos a crítica; pero en conjunto
reconstruyen un panorama muy próximo a los hechos.
Borrás presenta a los últimos Borbones sin la más
mínima adulación. Este es su principal mérito en una
hora de benévolos silencios y de lisonjas oportunistas.
A. Maestro
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