El terrible
siglo XX
¿Cuál
fue el gran acontecimiento del siglo XX? Un conocido
semanario francés, Le Nouvel Observateur, formuló esta
pregunta a 63 personalidades de renombre mundial:
escritores, artistas, hombres de Estado, historiadores y
científicos. Para muchos de ellos, el siglo XX empezó
con ha hecatombe de la guerra del 14 y terminó en 1989
con la caída del Muro de Berlín y la muerte de una
ideología totalitaria que pretendía ser la dueña del
futuro.
En realidad, de un siglo tan intenso pueden decirse las
mejores cosas y las peores. Los pesimistas lo identifican
con horrendos apocalipsis y barbaries. «El hombre ha
marcado esta centuria con sus huellas más detestables»,
escribe Daniel Cohn-Bendit, el líder estudiantil del
Mayo del 68 francés y hoy diputado europeo. «Fue un
siglo de genocidios sin precedentes en toda la historia
de la Humanidad», dice, por su parte, Elena Bonner, la
viuda del físico ruso Andrei Sakharov, citando a su
marido. «Siglo de masacres», reitera el profesor
norteamericano Stanley Hoffman recordando el holocausto
judío, las hambrunas y deportaciones masivas impuestas
por Stalin, la Revolución Cultural china, las masacres
de Armenia en 1915, Camboya, Kosovo, Ruanda, Grozni y las
guerras civiles como la de España. Dentro de esta
visión inevitablemente sombría del siglo XX, los padres
del horror habrían sido Hitler y Stalin.
De su lado, Mstilav Rostropovitch, el famoso músico
ruso, y un gran escritor que fue también por largos
años dirigente del Partido Comunista español, mi amigo
Jorge Semprún, coinciden en declarar que la sociedad
soviética fue la menos igualitaria y la más opresiva de
la historia moderna. «Durante tres cuartos de siglo
-dice Rostropovitch- Rusia actuó como un virus,
difundiendo el contagio comunista y oprimiendo a naciones
enteras». A las revoluciones nacidas bajo el signo del
marxismo leninismo los autores del famoso Libro Negro del
Comunismo, publicado inicialmente en Francia, les
atribuyen un balance macabro: cien millones de muertos.
Pero el lado luminoso del siglo XX es tan cierto como su
lado oscuro. La muerte de las ideologías totalitarias le
dieron un aire nuevo a la democracia y a la libertad
política y económica. El capitalismo mercantilista del
siglo XIX, tan duramente pintado por novelistas como
Zola, no se compadece hoy con las exigencias de una
economía de libre mercado, ajena a los monopolios y a
sus confabulaciones con el poder.
En última instancia, un Tony Blair ha logrado apartarse
de los esquemas dirigistas del socialismo tradicional
para demostrar que una nueva versión de la
socialdemocracia no es incompatible con un modelo liberal
de Estado y sociedad. La calcárea dureza de las
ideologías desaparece en el mundo en beneficio de un
manejo más inteligente de las realidades económicas.
Si la primera mitad del siglo representó el auge de
filosofías políticas totalitarias, la segunda se
caracterizó por una afirmación del individuo y sus
derechos. Rene Rémond, presidente de la Fundación
Nacional de Ciencias Políticas de Francia, sostiene que
«el papel del individuo se discierne en la mayor parte
de los grandes cambios sociales y políticos de nuestra
era en contraposición con las tesis deterministas y las
explicaciones materialistas de la historia».
«Este fue el siglo de las mujeres», sostiene Isabel
Allende. «Más que todos los descubrimientos
científicos y tecnológicos, más que todos los
fenómenos religiosos, políticos o económicos, es la
participación creciente de las mujeres en el ejercicio
del poder, en pie de igualdad con los hombres, lo que
determinará el porvenir de la civilización». El mismo
punto de vista, por cierto, ha sido sostenido por Gabriel
García Márquez al darnos su visión del siglo XXI.
El derrumbe del patriarcado, con su implícita y
ancestral carga de violencia, puede ser evidentemente el
cambio más profundo, sano y perdurable en la historia de
la humanidad.
Los fulgurantes avances de la ciencia y la tecnología
son, desde luego, los rasgos más evidentes de un siglo
que ha sido testigo del 90 por ciento de los
descubrimientos e innovaciones científicas de la
historia. ¿Motivo de optimismo? No necesariamente.
Carlos Fuentes sostiene que en el siglo de Einstein y de
Fleming (como también lo fue de Hitler y de Stalin)
jamás en la historia humana hubo tal abismo entre el
desarrollo técnico y científico, y la barbarie
política y moral. El descubrimiento de la relatividad y
de la energía nuclear, los hallazgos de la biología en
la última década, la manipulación genética, el
surgimiento de lo que podría llamarse la inteligencia
artificial en un mundo computerizado son avances que
producen a la vez admiración e inquietud: ¿a qué males
desconocidos estaríamos expuestos? ¿En esta aldea
global en la cual vivimos, gracias a la velocidad de las
comunicaciones y a la realidad de una economía global,
no nos hemos vuelto acaso más vulnerables y
dependientes? Luego de la crisis recientemente ocurrida
en los países del sureste asiático, esta pregunta cobra
una dramática vigencia.
Por otra parte, los equilibrios geológicos parecen
seriamente amenazados. Los científicos señalan que el
mundo se calienta, que la capa de ozono disminuye y que
las condensaciones químicas están produciendo
inquietantes cambios en el clima y en la atmósfera,
cambios que podrían desencadenar catástrofes y
movimientos sísmicos muy peligrosos.
Frente a los optimistas que nos recuerdan las notables
figuras del siglo en las artes, la literatura y las
ciencias (Freud, Picasso, Chaplin, Nijinsky, Proust,
Joyce o García Márquez), hay pesimistas como el pintor
Balthus que nos hablan del triunfo de la fealdad en el
siglo XX. «Basta mirar en torno de sí mismo para
comprobarlo», dice. Y, en efecto, desde la llegada del
fauvismo a principios del siglo hasta los horribles punks
que hoy deambulan por las calles, se ha impuesto la moda
de la no estética y de la provocación. El arte moderno
parece haber entrado en un túnel experimental, sin
regreso. Cargado de angustia, refleja hoy más que nunca
a la propia humanidad. La literatura sigue siendo el
refugio de la imaginación, pero también esta amenazada
por el auge de lo audiovisual y por las propias leyes del
mercado. ¿Quién publicaría hoy el Ulises de un
desconocido llamado Joyce?
En suma, doblamos la página de un siglo intenso y tal
vez terrible sin saber exactamente para dónde nos
dirigimos.
Plinio Apuleyo
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