El
«quijotismo» de Albert Serra, cineasta bañolense
No pocos años han pasado desde que yo
hacía poco más que jugar a las chapas, al taco y con menos dedicación a las canicas.
Así pasaba el tiempo al tiempo que por esas diversiones los cromos y canicas
dejaban calmos unas manos para ser acogidos por otras apetentes, y por muchas
razones pero sobre todo por miedo a comprobar en mi filiforme complexión una
vez más el carácter de mi padre, –y aunque ir a la escuela no era lo que en
realidad importaba pues sin excepción se trataba del «motivo», siempre según el
sentido que le otorgaba mí progenitor, esto es, dependiendo del día así era su
disposición hacia mí–, yo, por lo que vengo relatando, asistía disciplinado a
la escuela; y en la distancia, al recordarlo,
puedo asegurarles que no violento ni un ápice las cosas.
Sorpresa y no poca fue para muchos de
nosotros cuando a mediados de marzo (seguro que me equivocaría en el año mas no
es el caso del mes por el incontenible deseo de desgañitarme por mayo cantando
a coro «Con flores a María…») nos conminó don Federico, circunspecto como era,
a leer, y hasta final de aquel curso, los lunes y los jueves y durante toda la
mañana a un clásico español. «Dios quiera –espectó secamente– que el Quijote de
Vaya libro…, y gordo que era el
condenado. Tanto como Sancho, nombre que invariablemente y desde aquel día me
trae a la memoria a quienes con no poca dificultad y sin otros medios que los
naturales pueden verse las puntas de los pies. ¡Y mira que arremeter contra los
molinos de viento!..., el espigado hidalgo de
Y así fue, o sea de tal suerte, como
hace unos meses me pasaron una entrevista cuyo autor, más por ser de la capital
del «Pla d’Estany», encantadora localidad que por tantas cosas no me es ajena,
leí sin demora. Albert Serra, el entrevistado, tenía, además, como yo, una
particular relación con el Quijote.
Yo concluí, confieso que no sin pensar más de una vez en la renuncia, la obra
magna del «Manco de Lepanto», y quiero creer que a él hubo de sucederle algo
parecido. Pero aquel joven me superaba al menos porque había hecho una
película, aunque no del Quijote, ni
sobre el Quijote, y no sólo porque se
trataba de una adaptación absolutamente libre, sino porque según sus palabras
«su trabajo no era la narración de una aventura, sino la aventura de una
narración».
Sin haber visto la película, tal como
yo procedía en esa fecha, aquella afirmación me hizo pensar que en vano
hallaría en «Honor de cavalleria» (2006), opera prima de aquel autor novel,
aunque ya conocido por el bodrio de su primer largometraje, «Crespià, the film
not de village» (2002), el relato de la historia del ingenioso hidalgo don
Quijote de
Todo indica que la abundancia de medios
económicos, materiales y personales no garantizan nada. Al menos para poco
sirvieron los 32 millones de dólares con los que contaba Terry Gilliam, para filmar «El hombre que mató a
Don Quijote», aunque justo es indicar que los elementos se aliaron contra el
director inglés, en esta ocasión en forma de ruido atronador de los aviones
sobrevolando el cielo en pleno rodaje y de diluvio universal cayendo sobre las Bárdenas (Navarra), y al
mismo tiempo que los afectados contemplaban impotentes como los decorados y
equipos caían destrozados, una hernia discal llevaba al hospital a Jean
Rochefort, el actor que encarnaba a Alonso Quijano, por cabalgar a un indomable
Rocinante. De tales desventuras la película de uno de los miembros de los míticos Monty Python devino inconexo
documental, «Lost in
Quizá por lo que he comentado, Albert
Serra dejó en su proyecto casi todo al azar, digo casi todo ya que el rodaje
coincidió con la conmemoración de IV centenario del Quijote (¿casualidad?), y
porque los técnicos no eran, a diferencia de los actores, unos desconocidos (el
montador David Gallart, lo fue de «Smoking Room», el buen hacer del director de
fotografía, Christophe Famarier, lo garantizaba su premio Photopress, mientras
que la parte musical estuvo a cargo del prestigioso productor Cristian Vogel);
sea como fuere lo cierto es que no se puede decir que las cosas le hayan ido
mal al realizador bañolense. Ahí están los premios, así como las alabanzas, si bien
concisas, del crítico de «Cahiers de Cinéma», Jean Douchet, quien sin empacho
se atrevía a decir que era la mejor adaptación de la obra del más célebre
descendiente de conversos e hijo de cirujano al cine, con lo cual, o sea, de
ser esto cierto, el trabajo de Albert Serra nada tendría que ver con el del
novelista francés Pierre Menard (1872-1939), quien en lugar de escribir una
obra original, se propuso escribir el «Quijote» de Cervantes; sin embargo, el
cineasta bañolense no tiene poco, como veremos, de «menardismo». Y del mismo
modo que Philippe Azony loaba la película en las páginas de «Libération», el
redactor jefe del semanario «Les Inrockuptibles», Serge Kaganski, en un
arrebato a favor del «arte y ensayo» y en contra del cine comercial, aseveraba
con delectación que «iba contra la espectacularidad contemporánea, contra los
efectos especiales, contra los planos recargados y contra los esfuerzos a veces
patéticos de los realizadores de hacerse ver.»
Si esto es ya de por sí sorprendente,
no lo es menos que esta «pequeña gloria del arte puro» se deba a la fe y a la
asunción del riesgo de su director, pues él es de los que tienen por bueno
aquello de «qui no s’arrisca no pisca» (quien no se arriesga no recoge). A la
fe y al riesgo, en verdad, hay que añadir la intuición de que esta película de
presupuesto reducido (370000 €) y de financiación privada podría funcionar en
los festivales y de ser así permitiría trabajar en otros proyectos. Y no fue de
otra manera, pues huérfana de cualquier subvención por parte de
Pero la fe, la intuición y la asunción
del riesgo no agotan la definición que pudiera hacerse de Albert Serra. Este
afortunado realizador es algo más, en primer lugar es filólogo, de formación
académica, y un escritor frustrado que intuyó en la literatura un hueso duro de
roer. Y de esa dificultad su escoramiento hacia el cine que, según él mismo
entiende, es más fácil y en donde hay menos competencia, por lo que presenta
más posibilidades de lograr el éxito.
Por otra parte, tal vez el marketing
sea aún necesario para este film, pero si viene de su director en forma de
pretenciosa petulancia («…es la película más original y extraña que podrán ver
este año en los cines y, probablemente, en los últimos diez años») lo poco o
mucho que se le pudiera haber atribuido acerca de su vanguardista saber hacer,
y sobre todo una vez que se ha visto su trabajo, se desvanece casi por
completo. El «menardismo» de este cineasta queda patente en el anacronismo
deliberado que muestra al tratar temas antiguos y hasta milenarios, y que ya
han sido abordados por otros realizadores, así como por la arrogancia que
implica el atribuirse una más que dudosa originalidad.
En «Honor de cavalleria», o si se
prefiere en esta «aventura de un rodaje», predomina lo visual (luz natural, sonido
real simultáneo, etc.) sobre lo narrativo (diálogos reales), mientras que con
la inmersión en el ascetismo intuitivo y el ars
poetica quizá se haya pretendido ejemplificar el arte por el arte. Todo muy
en la línea de realizadores como Tsai Ming-liang, Hou Hsiao-hsien y Apichatpon
Weerasethakul, y, más cerca de nosotros, de los también heterodoxos Marc Recha
e Isaki Lacuesta, quienes aborrecen, como Serra, las películas prefabricadas y
suelen combinar lo imaginario con la mitología personal. Lo paradójico aquí es
que este realizador decida que viene de lo underground
y, sobre todo, que se proclame autodidacta y maestro al mismo tiempo; mientras
que lo sorprendente y aun inquietante es que algunos críticos hayan entendido
que esta producción adolece de música, cuando, si bien y por suerte es ajena al
soul, glam y punk que amenizaba
a «Crespià, the film not de village», no falta en forma de murmullo del agua de
los torrentes, del que produce el viento agitando los sauces y los frenos, amén
del monótono y siempre sexual raspar de las alas de los grillos; a lo que
suelen añadir que carece de tema y psicología, cuando presenta una historia del
sentimiento de amistad, no sin pocas dosis de paternalismo, entre los dos
únicos protagonistas, el viejo hidalgo manchego encarnado por Lluís Carbó, y su
fiel escudero, que intenta representar Lluís Serrat, actores no profesionales,
y también por esa tradición Bresson, Ozu, Olmi y Pasolini están vivos en «Honor
de cavalleria». Este director del Pla de l’Estany, como sin duda se habrá
advertido, no ha conseguido zafarse de lo profesional en favor de lo artesanal.
Quizá no fuera esa su intención, al menos consciente, aunque entiendo que sí lo
era cuando priorizaba la inocencia de la mirada neorrealista y el trabajo con
el espacio y el tiempo, aspectos comunes al quehacer cinematográfico que abraza
la singladura de la moderna mentalidad investigadora en el séptimo arte.
Esta producción es, en verdad,
«quijotesca», aunque por otras razones de las que ordinariamente se pudieran imaginar.
Y es que la identificación a ese rasgo, bien a alguno de los inquietantes
funambulismos de la posmodernidad o a cualquier otra nadería con ínfulas, quizá
haya tenido algo que ver en la fascinación que ha ejercido en algunos cinéfilos
(espectadores y/o críticos) este viaje intemporal que deviene aburrido a matar,
rodado íntegramente en un exuberante paisaje natural que naufraga en el
movimiento, el cual se ve agravado por la gratuita búsqueda de instantes
destacables, como es el caso de la profunda oscuridad del paisaje, a lo que
cabe añadir, para mal de males, los soporíferos «tiempos débiles y muertos»,
así como el pretendido hito técnico que representaría la mencionada pureza de
imágenes. No cabe extrañarse pues que esta película haya producido hastío y aun
estupor en aquellos que también le han dedicado un poco más de una hora.
Pero de este trabajo hay que decir algo
más, como es que siendo de un director pretendidamente «vanguardista» y aun
«rompedor», deviene, a mayor sorpresa de legos y consagrados, impenitentemente
moral. ¿Qué le encomienda Alonso Quijano a Sancho Panza, –quien, dicho sea de
paso, sigue ciegamente, sin entender nada, a su señor–, antes de «morir»? En
sus parsimoniosos y enfáticos parlamentos, aquel «viejo senil» le encarga al
«gañán simplón» de su escudero la defensa de la magnífica obra del Señor, de
los bienes naturales que Dios ha otorgado al hombre para su disfrute y alabanza
eterna a su Creador. Este «Quijote» es tan ramplón como predecible. El
guionista entiende que no tiene sentido que el celebérrimo hidalgo manchego se
plantee el porqué de la existencia del mal, ya que lo fundamental es que se
agote en hacer comprender a su insulso escudero las inquinidades del hombre,
con lo cual eleva su locura al rango de imbecilidad. A no otra cosa reduce lo
adecuado y conveniente como concepto de deber, el fin último de la realización
de la praxis humana, y cuya prueba argumental queda fundamentada en la
contemplación del summum bonum de la
naturaleza.
Pero que Albert Serra se identifique
con el sentido moralizador de su producción no es aquí lo decisivo, como no lo
es tampoco imaginar que lo suyo es la sátira y, por lo mismo, que su intención
haya sido poner a caer de un burro al más rancio catolicismo castellano
encarnado en Alonso Quijano. Y es que el problema, al menos uno de los
principales en este Huidobro del celuloide es que del mismo modo que no ha
podido evadirse del profesionalismo cinematográfico, queda atrapado en un
anacrónico discurso moralizante que denuncia una avasalladora presencia del
superyó en la figura de Dios-Padre.
La sociedad constituida para la
producción de «Honor de cavalleria», Andergraun Films, prepara la próxima
película, que se basará en los tres reyes de Oriente, y «estará inspirada en
cinco o seis relatos bíblicos». El escenario escogido es Libia
y en su defecto Marruecos. Estoy convencido de que este proyecto, que tiene un
presupuesto de 700000€, deparará, junto a nuevos y quizá más merecidos premios,
mejores expectativas cinematográficas para este quijotesco y azaroso director
bañolense.