Fernando III el Santo, hijo de Berenguela y de Alfonso XI de León, nació en 1199, probablemente en la provincia de Zamora, y muere en Sevilla en 1252. Casó, primeramente, con Beatriz de Suabia, Reina muy querida en Burgos. Viudo, casa con Juana de Francia. Tuvo en total quince hijos. Dio un gran impulso a la reconquista con la toma de Sevilla y toda Andalucía, con excepción de Granada. Preparó el paso al Norte de Africa. Tradujo al castellano el "Fuero Juzgo"; unió definitivamente Castilla y León y fue uno de los soberanos más completos de Castilla y España. De fe profunda, consecuente en su vida, alcanzó fama de santidad que la Iglesia reconoció, dándole culto como santo. Su fiesta se celebra el 30 de mayo. A él se deben las catedrales de Toledo y muy especialmente la de Burgos, cuya primera piedra con el Obispo D. Mauricio y su esposa Beatriz de Suabia, la puso el 19 de julio de 1221. Casó en primeras nupcias en la Catedral románica y la segunda boda la hace ya en la gótica.
(CARLOS CONDE DÍAZ, Burgos. Su memoria callejera. Caja de Ahorros del Círculo Católico de Obreros, Burgos 1985, 18).
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Vigorosa figura del brillante siglo XIII. Entre tanto santo no podía faltar un rey. Hijo de Alfonso IX, rey de León y doña Berenguela de Castilla, unió en sí definitivamente los dos reinos, quedando rey de Castilla y León. Rey y santo por excelencia, si los ha habido. Amplia visión humana y cristiana en una compenetración casi imposible de superar. Dotado de un sentido de justicia tan absoluto y santo para con el respeto debido a las personas, no lo podría mejorar el más avanzado de los pensadores contemporáneos.
No sin razón ha podido ser llamado rey de las tres religiones, de tanta envergadura en un país de moros, judíos y cristianos como la península Ibérica en el siglo XIII. Intransigente con la apostasía y la infidelidad herética, era tolerante, respetuoso y comprensivo al máximo para las otras religiones. Podemos que, cuando el espíritu ecuménico se adelantó siete siglos, se personificó en Fernando III, rey de Castilla y León. Calderón ha expresado así la dignidad real en función de un servicio espiritual, puesto en boca del rey Fernando:
¡Qué feliz día
fuera para mí si fuera
el universo el que hoy
pusiese a las plantas vuestras!
No porque le dominase
mi majestad, mas porque ella,
en culto de vuestro amor,
fuese la primera ofrenda.
Su personalidad constituye el mayor exponente de lo que puede significar la beneficiosa influencia de la formación recibida de una madre piadosa e inteligente que supo estar a la altura de lo que le correspondía. Símbolo de lo que es capaz una visión clara y desapasionada de los asuntos políticos y el equilibrio y competencia a la hora de dictar leyes. Astucia del saber medir fuerzas a tiempo antes de emprender una campaña, pactar a tiempo, pero ser también el primero en valor a la hora de entrar en batalla y saber mostrarse después clemente y generoso con los vencidos. Su acción definitiva en el avance de la Reconquista va unida a puestos tan claves como Jaén, Córdoba, Lorca, Cartagena, Cádiz y, sobre todo, Sevilla, donde reposan sus restos mortales.
Amante de las ciencias y las artes, su nombre va unido al impulso de centros universitarios como Palencia, Salamanca y Valladolid y a la construcción de maravillosas catedrales góticas. Su visión evangelizadora y misionera le permitió intuir el alcance y posibilidades de futuro de las recién fundadas órdenes mendicantes, de las que fue eximio protector. Tan patentes fueron sus virtudes cristianas en grado heroico, que los mismos moros tuvieron que rendirse a su evidencia. Los caracteres épicos de su muerte dejaron pequeña la grandeza de su vida. Despojado de sus reales insignias, con una soga al cuello, dando sabios consejos, con muestras de humildad nunca desmentida, feriendo en los sus pechos muy grandes feridas, culpándose mucho de los sus pecados, dio uno de los más grandes y expresivos testimonios de fe cristiana que un hombre revestido con las insignias reales haya podido dar. En Sevilla, a 30 de mayo de 1252, pasó de la muerte temporal a la vida eterna un testigo de la fe en Cristo, que a su título de rey pudo añadir el de santo. Es Fernando III, rey de Castilla y León.
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(LORENZO GALMÉS, Testigos de la fe en la Iglesia de España, BAC popular, Madrid 1983, páginas 62-64).
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