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Esbozo genético (1)
La idea de existencia de un ser superior viene de lejos, de muy lejos. Particularmente, fueron los pueblos arios de la antigüedad los que primero introdujeron el concepto de ‘creador’, desconocido por las más antiguas y civilizadas culturas hindú, china y mesopotámica. Ni tan siquiera la religión egipcia hace referencia a él en un principio: son contaminaciones externas las que convierten los héroes y animales míticos en dioses únicos como Amón o Atón, cada cual con su casta sacerdotal asociada.
En un principio, los brujos tribales dominaban la vida espiritual de las comunidades prehistóricas. Eran individuos autorizados por su venerabilidad,edad o sabiduría para guiar las ofrendas y ritos. Era una religiosodad utilitaria, relacionada con la caza y la procreación, reflejo del instinto de supervivencia del hombre primitivo. Con la especialización del trabajo, el brujo aumenta su estatus: la espiritualidad se organiza, es necesario mantener los ritos que alimentaban a los antepasados. La ley del fuerte no manda ya necesariamente, pero el hombre común tiene imbuido el temor inculcado por el brujo: hay que procurarse sustento como sea, aunque esa necesidad perentoria se haya soslayado por la evolución cultural. El brujo debe mantener su estatus, bien para asegurar el correcto cumplimiento de los ritos y evitar que la caza desaparezca, o en beneficio propio. Sea como sea, se instaura una casta sacerdotal, que vigila la perpetuación de las normas fundamentales que aseguren la supervivencia.
Así, cada cultura de la antigüedad establece un código, dado por su casta sacerdotal, que asegure la supervivencia de la tribu. No se puede dejar nada al azar. Así, se prohibe la ingestión de cierta carne debido a lo costoso que es criar al animal en cuestión en la región donde habita la tribu: es lógico que los musulmanes tengan prohibido comer cerdo, es el peor animal posible para criar en el desierto. Se instaura también el matrimonio, por razones obvias: un hombre cazador no está dispuesto a alimentar a unos hijos que no está seguro que sean suyos. Todas estas normas, muy útiles de forma coyuntural en aquellos difíciles tiempos, se asimilan a las generaciones futuras por tradición. El truco está cuando se hacen pasar por palabra divina.
La nueva casta sacerdotal ve la necesidad de perpetuarse. Para ello, nada más fácil que extraer las causas de las leyes que se vienen siguiendo de su significación original, y servirlas como revelaciones o mandatos de un dios. Pero claro, qué cosas, si se adora al sol, tan necesario para vivir, y a la luna, tan relacionada con los ciclos menstruales, y a todo lo demás, es lógico que haya tantos dioses como se quiera, cada uno con su casta sacerdotal asociada. Si se tiene en cuenta que cada pueblo tiene sus dioses, pero que el sol y la luna son los mismos para todos, el batiburrillo que se forma cuando varias tribus coexisten o tratan o se invaden unas a otras es fenomenal. Ya tenemos un panorama claro: la casta sacerdotal, hereditaria por razones obvias, perpetua el culto a determinados fenómenos, ayudándose de leyes que por tradición se han hecho ya indiscutibles.
Por tanto, parece claro que los usos de las distintas formas religiosas, propios o importados de otras, se pueden explicar claramente atendiendo a condicionantes económicos, tendientes en origen a preservar la pervivencia de la especie, eliminando comportamientos nocivos para la comunidad en conjunto.
Este factor económico desencadena otro mayor: un pueblo que lo pasa mal en determinada zona geográfica aspira normalmente a cambiar de sitio. Si ese sitio, con buena caza y abundante vegetación, está ya ocupado, empieza el follón. Empiezan entonces las grandes conquistas de la antigüedad: bien para lograr un mejor lugar para vivir, bien para preservarlo, en cuyo caso lo mejor es invadir a un futuro posible invasor.
Aparece un fenómeno curioso: el pueblo indoeuropeo, que originalmente vive en las llanuras entre la India y el mar negro, las pasa canutas. Es un pueblo feroz, muy distinto a los demás: sus individuos son altos, rubios, ojos azules... Necesitan invadir como sea. Y cuando lo logran, se convierten en la clase aristócrata de la región, por encima de sus antiguos pobladores: los persas, los griegos, las castas superiores en la India, son arios. Pero inicialmente su mundo espiritual no es diferente: muchos dioses, uno para cada cosa, con sus sacerdotes inseparables. Surge un mecanismo que solamente no se daría en China, en la que sólo se peleaban entre ellos, por lo que podían entretenerse con otras cosas: el pueblo sometido se inventa un poderoso dios omnipotente, que expulsará al invasor. Este dios único tiene muchas características comunes a todas sus manifestaciones: es el creador, el padre de todo lo que existe, es omnipotente, y rechaza por supuesto cualquier manifestación divina aparte él mismo. La génesis de esta figura es ambigua. La explicación que para ello da Freud en ‘Totem y tabú’ supone un surgimiento conjunto a los demás: es la representación de un poderoso antepasado, líder guerrero o algo así, que en principio se toma como superior al resto de manifestaciones, pues encarna a lo que peor responde el hombre: el sentimiento de culpa. El hecho de que pase a ser dios único en determinadas culturas, o que, como en la judaica, parezca ser la única manifestación de este tipo, depende a mi modo de ver de condicionantes culturales, y suele ir acompañado de una debilidad coyuntural del pueblo en cuestión ante los embates de otras tribus.
Lo que ya sí que afecta sobremanera a mi entendimiento es esto: el pueblo invasor suele tomar como propio ese dios único. Se me ocurre una explicación: un reino poderoso que no tiene nada que temer suele ser permisivo en lo religioso, característica común a todos los grandes imperios de la antigüedad. Ese dios único, llámese Sabio Señor , Yahvé o vete tú a saber, con su omnipotencia, es atractivo para un pueblo que pretende dominar. Así, por simpatía, una manifestación residual de un pueblo débil se convierte en creencia oficial de todo un reino. Y es que un dios que augura vida eterna a quien siga sus mandatos es algo que no se puede ignorar. La influencia de Zoroastro en el imperio persa es relativa, pero su puente hacia el mundo heleno fue decisivo.
De esta forma, el condicionante económico que supone la confrontación entre un pueblo invadido y su invasor da lugar a una religión oficial, repudiada por las castas sacerdotales que quedan marginadas, pero acorde con la voluntad de dominio de los jefes de un imperio, a los que quizás el aspecto formal de esa creencia les importe un bledo.
En la Grecia clásica, los primeros filósofos se dedican, en su afán de alejar la explicación de las cosas de las causas mitológicas, sistematizadas siglos antes por Homero, más con fines poéticos que por otra cosa, a buscar los orígenes de la vida y el universo desde el punto de vista del mundo sensible. Surgen los primeros modelos dualistas, y las ideas de sustancias fundamentales. Luego llega Demócrito y enuncia su teoría atómica: en el espacio vacío se mueven desde siempre los átomos, pequeñas partículas fundamentales, movidas por la fuerza de la necesidad. No es que sea una fuerza abstracta o algo así, sino un movimiento mecánico provocado por su estructura interna y su disposición. Salvo algún retoque moderno en relación con comportamientos microscópicos y poco más, este modelo tan simple no ha sufrido excesiva variación respecto al modelo actual.
Pero he aquí que a los sofistas, personajes sin nada mejor que hacer, se les ocurre referir la experiencia física al hombre, como medida de lo que acontece en su entorno. Posteriores retruécanos en el concepto truncan el perfecto modelo atómico con aditamento dualista en la acción de un ente externo, que es quien maneja las partículas fundamentales según una Idea: el demiurgo, el Mundo de las Ideas, la lucha de Contrarios, el idealismo platónico... todo se sigue en lógica progresiva, refinando y dotando de ideología a un concepto simple. Los sofistas, en su afán especulativo, dieron al hombre la necesidad de comprender su lugar en el universo. Súmale una ideología mecanicista (torpedo léxico) y tendrás la causa fundamental de la discutible legitimización que el modelo platónico establece sobre una religión monoteísta, con dios omnipotente, paraíso terrenal y todo eso.
Nos fijamos levemente en el pueblo judío: lleva siglos dando bandazos por Oriente Medio, siendo invadidos y diezmados por cada vez más poderosos rivales. En un pueblo así es lógica la aparición de la figura del mesías: líder político, militar e ideológico que los libre del opresor. Si lo conviertes en hijo de un dios castigador que por medio de él redime a todo el pueblo, aun mejor. Y sale el cristianismo, cuya fundamental aportación al mercadeo de religiones es novedosa: promete la salvación a todo el que se avenga, sin el exclusivismo de otras formas menos populares e importantes históricamente. La importancia de un mesianismo convincente es evidente, y Marvin Harris da en sus diversos trabajos sobrados ejemplos de lo oportunas y aprovechadas que resultan estas manifestaciones en diversas épocas.
Desde aquí al Renacimiento, poco más que añadir, salvo la conversión de las castas sacerdotales poderosas en familias, compañías, grupos cerrados, ejércitos, estados, etc.
Fin de la Edad Media: los condicionantes económicos de marras vuelven a querer cambiar el estado de cosas. Hay tendencias, como en todo: los estados modernos quieren medrar, la religión oficial no satisface a todos, el modelo de universo ptolemaico que tan bien conviene con lo que dice la Biblia es demasiado simple y a todas luces erróneo... Pero la iglesia-estado es demasiado poderosa, y habrá que andar con cuidado.
Quizás es demasiado simplista referir toda la argumentación al mundo occidental, ya que en otras culturas la cosa no había estado tan parada: algún pensador árabe retoma al olvidado Aristóteles, con su peligroso universo que existe desde siempre... Las aportaciones de esta corriente, junto con los avances en matemáticas y demás áreas, no se reflejarán en occidente hasta bien pasado el tiempo. Aparte, no hay muchas diferencias en el estado de cosas de un sitio a otro.
Poco más que añadir en este sentido: casi dos mil años de religión oficial, con estamentos poderosos y un apoyo mutuo con el Estado moderno, tan necesitado de legitimación, redundan en una religiosidad constumbrista, más o menos varapaleada según las circunstancias históricas, y todo dependiendo de los condicionantes sociales y económicos. Ni tan siquiera la Ilustración modifica el estado de cosas: en su afán de mantener la ley moral cristiana, da el espaldarazo definitivo para que la cosa se perpetúe. Una lástima para aquellos hombres tan voluntariosos.
Modelos de universo, usos de dios y lenguaje (2)
(A)
Hay tres épocas estrella en lo que a concepciones del universo se refiere:
-Los antiguos hidues consideraban que el mundo era un disco de tierra que cuatro elefantes sostenían apoyados en el caparazón de una tortuga gigantesca. Sin comentarios: me maravilla la capacidad que tienen algunos cuentecillos para abuelas para transformarse en modelo o doctrina de cierta universalidad. Los modelos de otras culturas no difieren en esencia de ese carácter mágico-festivo.
Luego llegan los griegos, ya hartos de que el Cielo y la Tierra sean volubles divinidades que cometen adulterio a mansalva, e intentan proponer soluciones basándose en la physis. Hay diversos modelos, basados en la conjetura de las sustancias fundamentales o en otros principios físicos, como el dualismo o la permanencia de las cosas. Más interesantes resultan los que aventuran modelos de relevancia seria para el futuro: El atomismo mecanicista de Demócrito, basado en la necesidad de atender a la cuestión desde un punto de vista realista y lógico, dejando las ideas, las religiones y demás parafernalia para otra ocasión. Anaxágoras, anterior al otro, estuvo a punto de perder el cuello por decir lo que a él le decía el universo que estaba observando: que el sol es un guijarro enorme en llamas, y que la tierra gira en torno a él. Y luego llegan Aristóteles y su exégeta Tolomeo, que proponen el conocido modelo de que la tierra es el centro de universo y que lo demás gira alrededor cual importunante moscón.
De todos, éste se ajusta como anillo al dedo a la teoría de la creación de la algún tiempo más tarde boyante doctrina cristiana, lo que, concilios, inquisiciones y ‘In hoc signo vinces’ (esto es lo que un ángel en llamas le dice a Constantino cuando se encamina a la guerra, o eso decía él, y a buen seguro que le sirvió) de por medio, legitima tanto a la doctrina cristiana como al modelo, con un compadreo sospechoso.
Y así hasta siglos más tarde.
-En el Renacimiento tardío y posteriores años llegan los grandes suicidas de la historia: a Galileo y Copérnico, entre otros, no se les ocurre otra cosa que decir que la tierra se mueve, que lo hace alrededor del sol, y cosas por el estilo. Son anatemizados sin falta, pero por suerte su modelo tiene el espaldarazo de los científicos ilustrados, apoyados por los mucho menos beatos dirigentes de aquel entonces.
Pero Pascal ya ha enunciado lo definitivo: dice el tío que, a un hombre de ciencia, se le presenta la alternativa de seguir la doctrina de la iglesia o no hacerlo. Y argumenta que es mejor la primera opción, ya que si dios existe se va al cielo, y si no, no pasa nada. Pero si no crees y existe, te vas al infierno, tío. Y lo demuestra todo con fórmulas y cálculo de probabilidades, convenciendo en fin hasta al más reticente con su caudal matemático.
Y así, se comete la que considero una falacia de dimensiones planetarias: a la doctrina se le amputa el modelo dinámico del universo, pero sigue en pie con la muleta que bondadosamente le ceden los ilustrados (de todas formas, el tema de la génesis está aun por ver), los cuales se mantienen en sus trece en abanderar la existencia de un ser, en sus diversos modelos. En fin, que si a un argumento global le quitas gran parte de su fundamento, lo que queda es perfectamente útil a poco que se tenga algo de buena voluntad. Ayyy...
-La cosa no se altera hasta las investigaciones en geodinámica y astronomía que tienen lugar gracias a los avances técnicos del siglo XIX y principios del siguiente.
Sobre todo, se afina el ajuste de los anteojos astronómicos, lo que permite enunciar diversas teorías basadas en la experimentación. Parece mentira que los abanderados del método científico se pasen por la badana las limitaciones impuestas por su creador, pero así de injusta es la vida. Se enuncia la ley de Hubble, según la cual el universo se está expandiendo a una velocidad que depende de la distancia del cuerpo móvil al supuesto centro de donde partieron todos. Se basa en observaciones locales y en interpretaciones del efecto Doppler para la luz. Aunque posteriores descubrimientos parecen rebatir este punto, la teoría actualmente muy en boga del Big Bang es deudora de esta ley.
El aporte de Einstein es fundamental para explicar ciertos fenómenos, pero su labor principal, que se encaminó a la búsqueda de una teoría uniforme que describiese el comportamiento de todos los fenómenos quedó inconclusa, y con su planteamiento socavado por el Principio de Indeterminación del desconcertante Heisenberg.
Todas las aportaciones posteriores añaden leña al fuego, y se resumen perfectamente en La Historia del Tiempo de Hawking, que sintetiza los sucesivos modelos y deja abiertas vías de búsqueda futura, dejando la posible determinación del universo en un modelo de génesis y destrucción en manos de la cantidad de materia que contenga. Al final, todo lo determina la materia, y a los hechos me atengo: de ella depende la finitud o infinitud del tiempo y del espacio, ¿qué más se puede pedir?
Y de ella depende que haya sitio o no para un creador. Depende del modelo de éste último que elijas, lo habrá o no.
(B)
Ya se ha hablado largamente de la novedad que supone un dios único. Intentos previos como el Aton egipcio cayeron en saco roto por la inconstancia de la gente y por las presiones de las castas sacerdotales ajenas. Pero finalmente las cosa cuaja, y en la actualidad las grandes religiones son monoteístas.
Para el inquieto hombre occidental, el ateísmo barnizado de espiritualidad de las religiones orientales resulta atractivo, pues reune las cualidades de una religiosidad políticamente correcta. Craso error en la mayoría de los casos, ya que lo que nos llega de allí es un pastiche de tendencias cogidas aquí y allí, envueltas en el forro de lo misterioso y esotérico. Ya Nietzsche advertía del peligro de subvertir la tendencia espiritual, pues probablemente solo se logrará perpetuar el estado de cosas.
No ayuda mucho el hecho de considerar a la par a Jesucristo y a gente como Buda, metiéndolos en el mismo saco, pues si se te olvida el leve parecido estructural que puedan presentar, sólo consigues legitimar lo de aquí con lo de allá.
Obviaré comentar el uso que la corriente gnóstica y esotérica da al dios cristiano: una corriente inicial de separación doctrinal se convierte la barbaridad de tiempo después en una especie de contracultura pro-una-espiritualidad-libre, y cosas así, hasta redundar en la amalgama doctrinal e icónica que tiene en gente como Aramis Fuster a sus más eficientes paladines (si no fuese por que lo de la quema de brujas tenía en su tiempo función de contención y derribo de actitudes poco cristianas, encubriendo móviles más prosaicos, la susodicha merecería acabar en la hoguera).
Luego está el mercadeo de religiones: cojo la ley moral de una, la teoría genética de otra, me quedo con lo que me venga bien, y ya tengo mi espiritualidad hecha a medida. No estoy de acuerdo por el que aboga por la pureza: incluso el ateo convencido prefiere, en su caso, enfrentarse a una doctrina delimitada, e incluso ve moralmente incorrecto hacerle eso a ciertas religiones de gran tradición y prestigio (puedes observar que trato a las susodichas como si fuesen restaurantes o boutiques: no problema) (A mí, la verdad es que esas cosas me llenan de estupor, pero he de reconocer la gran imaginación que ostenta mucha gente en ese aspecto). Ya Umberto Eco ha sentado cátedra sobre estas cuestiones, pero me apena que no llegue más allá (opinión estrictamente personal e intransferible).
Una vez vistos algunos usos risibles de dios, veamos otros algo más serios.
El dios de los filósofos al que Nietzsche intenta liquidar es de antigua solera, y ya hemos comentado su génesis. Al hombre le sacaban de quicio las maquinaciones de los ilustrados, de los que hemos dado cumplida cuenta ya (resulta triste que a Nietzsche, el gran desenmascarador y genealogista, se le achaque su reparo ante el progreso científico, cuando él sólo se refería a la ciencia positiva y sabihonda). La versión de dios que parece cobrar relevancia es la patentada por Spinoza: ‘dios está en todas partes’. Aunque ya absorbida por la religión oficial en su nivel más mínimo y troglodítico, la idea inicial es buena: dios como ordenador del universo. Así, este dios recogería la idea de demiurgo o la necesidad clásicos como motores del mundo físico. Ni que decir tiene que a Spinoza le llovieron los palos, pero su influencia posterior es notoria.
Einstein, obsesionado con una teoría unificada que explique todos los fenómenos, no sólo los electromágnéticos (aquí ya tenemos las útiles pero limitadoras leyes de Maxwell), abanderó este modelo: dios como hábil matemático que sienta los principios de ordenación y movimiento del universo. Einstein creía firmemente en un orden matemático para todas las cosas, por eso le contrarió sobremanera la aportación de indeterminación de Heisenberg, agravada por una ecuación de onda (Schodinger) que introducía teoría de probabilidades: aquí no se sabe nada, relativismo desaforado.
El fracaso de Einstein al intentar encontrar fórmulas generales que apoyasen su visión de las cosas. Lo de ‘dios no juega a los dados’ está aun por ver. Actualmente, se busca denodadamente una teoría unificada, pero para ello haría falta una revolución científica que intente compaginar demasiados puntos de vista dispares: onda-corpúsculo, relatividad-continuidad, determinación-indeterminación... No parece cercano el día. La creencia en un dios matemático es, pues, un acto de fe. Pero, desde luego, la suspensión de juicio en este nivel puede ser comprensible. Pero el ‘algo’ no puede surgir de la ‘nada’: la materia debe existir desde siempre. Si lleva así como está desde hace mucho, o desde hace menos, es algo que no podremos saber con el estado actual de cosas, no por limitaciones de conocimiento, sino porque no vivimos lo suficiente... pero quién vive.
(C)
Todas las tradiciones lo dicen: para que el mundo sea creado, el sumo hacedor debe hablar (‘Hágase la luz, hostias’).
Y bien lo demuestra la Cábala, que juega con la palabra divina, permutando e intercambiando las letras para hablar de la infinitud de la sabiduría de dios. Pero no hay letras infinitas, ni infinitas combinaciones. Son demasiadas para la limitada vida del hombre, pero la infinitud siempre es relativa. Números infinitos sí hay, pero no me sirven.
Referencia nietzscheana: el poder del lenguaje todo lo puede. La conceptualización es la mayor enemiga del conocimiento, más efectivo en cuanto a icono o experiencia directa. La relación de esto con la moralidad y los valores religiosos viene recogida en su Genealogía (leer).
La palabra, como carácter intrínseco al ser humano, es la que define en última instancia los límites de su capacidad de comprensión, de su conciencia. No es de extrañar la búsqueda milenaria de la lengua perfecta, desde la lengua de Adán hasta los lenguajes formales y utilitarios, pasando por fervores nacionalistas y demás hierbas.
Y es con el lenguaje con lo que he intentado exponer este resumen de conceptos. Según los estudiosos, la mejor forma de representar las cosas es mediante emblemas, escudos, alegorías... símbolos e iconos. ¿Cómo hacer lo que he hecho usando estas herramientas? Aunque el culto a la iconografía que se impone en la actualidad sea una muestra más del retorno a una Edad Media en lo formal, no puedo por menos que mostrar mi reticencia ante su validez. Pero, como estéticamente el icono tiene un valor indiscutible, no creo que la cosa se arregle en breve plazo. Estoy atrapado.
[Nota: En el texto hay alusiones a chistes privados y temas de discusión recurrentes (no muchos) que aluden al receptor original del mismo. Ante cualquier duda consultar al redactor de este engendro. Nada ha sido modificado, y tenga Vd. por seguro que tal cosa no hubiera estado mal.]
antonio d. vizcaino gómez 97