estación onírica

 

El día estaba algo nublado y aunque en esta ciudad nunca te puedes fiar, el sol, sin excesiva brillantez pero sí presencia, disipaba las dudas que podrían acompañarme en mi vagar. Avanzaba hacia la facultad de Derecho y Sofía me acompañaba. Estaba espléndida, su esbelta y bella figura se mostraba hoy completamente radiante, incluso vestía más alegre, con colores más vivos que en otras ocasiones. La vía por la que caminábamos, la que conduce a la facultad, la calle San Lucas, peatonal, adoquinada y estrecha, era recorrida por numerosos viandantes, sobre todo jóvenes, algunos adultos, pocos viejos y ningún niño. Todos ellos fluían rápidamente con maletines, carpetas, carteras, abrigos, paraguas, guantes, bufandas, prisas, ansiedad, alegría, estrés, incertidumbre, certeza e indiferencia.

Cuando Sebas, Sonia, Juan Luis y Marta se nos unieron, estabamos ya en el umbral de la puerta del edificio. Comenzamos a subir las escaleras que llevaban al aula 12, en la cual teníamos clase únicamente los jueves, los demás días en la 9, por problemas de distribución de los alumnos, según me comentó la vicedecana de ordenación académica. Mientras ascendíamos se nos añadieron Martín y Bruno, que nos alcanzaron viniendo desde atrás. Yo no escuchaba nada, si acaso veía los exagerados gestos que realizaba Bruno mientras reía y hablaba con Sebas, Sofía y Martín, que parecían muy interesados. En los pasillos podía acaso detectar una menor cantidad de gente de la que habitualmente se encontraba por aquí, supongo que la cercanía de las vacaciones y la innecesariedad en algunos casos de la asistencia, provocaban estas evasiones, por otro lado ya habituales en estas fechas. Fui yo el primero en atravesar la puerta de la clase y, ante mi sorpresa, ningún banco se encontraba ocupado, el auditorio se encontraba completamente vacío. Detrás de mí entró únicamente Sofía, aunque se oía ruido fuera. Me acerqué a la ventana, el cielo empezaba a encapotarse. A través del cristal podía contemplar la Catedral que se encontraba a tres escasos minutos andando. Los años, siglos ya, y las lluvias de la zona, van dejando su huella en las cornisas de las torres, que se ven verdes, musgosas. En ese momento Sofía apoyó su mano en mi hombro avisándome de la llegada del profesor, que cerró la puerta al entrar. Ambos, los únicos que nos encontrábamos en la clase nos sentamos en una fila retrasada.

El miembro del claustro recién llegado era desconocido para nosotros. "Será un sustituto", dijo Sofía, a la que asentí mientras la miraba confiado. Era una persona mayor, demasiado para ser un becario, debería tener alrededor de sesenta y cinco años. Sin embargo conservaba una optimista expresión en su rostro, aunque su calva, bastante reluciente y algo abollada, sus arrugas y su papada no dejaban lugar a dudas de su edad. Vestía con el atuendo típico del profesor, una chaqueta de color beige, una corbata oscura sobre una camisa pálida y unos pantalones azules. El anónimo profesor mostró en su semblante su perplejidad por la situación en la que se encontraba, únicamente dos alumnos en el aula. Ni Sebas, ni Sofía, ni Juan Luis, ni Marta, ni Bruno, ni Martín, ni ninguno de mis otros ciento veinte compañeros de clase estaban presentes. "¿Qué hacen ustedes tan lejos? Acérquense sin miedo", habló finalmente el viejo profesor. "¿Es que hoy es fiesta y no nos hemos enterado?", continuó en tono jocoso e irónico el venerable profesor, mientras sonreía. En ese momento nos adelantamos a la primera fila. "¿Ustedes saben por qué no están aquí sus compañeros?" "Debe ser la cercanía de las vacaciones, que invita a la gente a irse a casa", respondí cínicamente. El anacrónico profesor exclamó airado: "¡pues vaya invitación! Yo también les invito a venir a clase y no por eso lo hacen. Ustedes no saben el daño que hace a la Universidad actitudes como las de sus compañeros. ¡La universidad somos todos! Y esto deja a nuestra institución a la altura del betún". El extraño profesor, que golpeaba indignado la mesa, se calmó súbitamente. "Pero supongo que ustedes son los únicos que no merecen este discurso". El entrañable profesor ahora sonreía y nos mostraba su mejor cara. No comprendía las intervenciones del deteriorado profesor, parecía un actor que fácilmente cambiaba de registro. Sofía me miraba, como se mira a un cómplice, aguantándose la risa, pues quedaría fácilmente delatada, sólo estábamos nosotros, sólo nos observaba a nosotros. "Bien, en cualquier caso daremos clase. Continuaremos con los modos de adquirir el dominio o los demás derechos reales, que son los hechos jurídicos a los que la ley atribuye el efecto de producir la adquisición de los derechos reales...". Sofía me miró contrariada y levantó la mano. El sonriente profesor detuvo su explicación: "¿qué quería usted?", dijo el anciano profesor. "No entiendo lo que esta usted explicando. ¿Ahora no teníamos Derecho Administrativo?", contestó ella. El agradable profesor, mostrando en sus cejas curvadas hacia abajo su confusión, interpeló a Sofía: "¿este no es el grupo B de cuarto?" Sofía le aclaró que este era el grupo B de tercero y el perenne profesor se disculpó con una sonrisa, algún que otro ademán gracioso para un hombre de su edad y se fue. "¿Esperamos un poco?", me dijo ella, a lo que yo asentí. Estuvimos allí algunos minutos, nosotros solos, nos dimos unos besos cortos, mientras mis manos sujetaban las suyas. El tiempo paso y nadie llegó al aula, ni alumnos, ni profesor, así que decidimos marcharnos. Al salir de clase pude observar que tampoco había gente en los pasillos y todas las puertas estaban cerradas. No se escuchaba ruido alguno. "Quizás había alguna huelga y no nos hemos enterado", me decía sonriente Sofía mientras abandonábamos el edificio.

"¿Por qué no visitamos el zoo?", dijo Sofía con su sonrisa infantil. "Bueno... mi bonobús esta agotado", dije. "Utilicemos el metro, yo tengo un metrobús casi sin usar. Además, suele ser más rápido", añadió ella con el abono en la mano. Así, nos encaminamos hacia la estación. Había poca gente, destacaba un mendigo, con algunas monedas, no muchas, pidiendo en las escaleras; y el guarda jurado, con gafas de sol, a pesar de estar el día nublado. Bajamos y nos dirigimos hacía la vía tres, la que llevaba al zoo. En ese preciso instante acababa de marcharse, y el reloj que controlaba la frecuencia de la línea indicaba tres, cuatro, cinco, etc. segundos. Poco a poco iba llegando gente. Unos pocos vestían como clásicos ejecutivos, aunque por su juventud dudo que lo fuesen, seguramente serían brokers, con el estilo, aun persistente, de fines de los ochenta, engominados hasta la coronilla y trajeados con su corbata reglamentaria. Otros aparentaban ser funcionarios, por la manifiesta relajación con la que charlaban, la mayoría fumando un cigarro. Era un grupo compuesto tanto por hombres como por mujeres, a diferencia de los brokers que eran solo hombres. Otros, más sucios y despeinados, aparentaban ser albañiles o peones de obra. Sus monos de trabajo y las manchas de pintura que estos tenían me lo indicaban. Hablaban en un tono bastante mas alto que los funcionarios, y hacían grandes aspavientos que no puedo traducir porque no conozco su contexto; los brokers no hablaban, si acaso sólo a su móvil. También había unos chavales, por su vestimenta creo que debían ser raperos, aunque los colores que mostraban sus cabellos, rojos y azules, me hacían dudar si ciertamente pertenecían a esta tribu urbana o a alguna otra. Uno sujetaba un gran aparato de radio que estaba funcionando a un volumen alto. La voz de la locutora decía "...tu radio amiga te ofrece a los "Harp on", los raperos más machacones..." Cuando marcaba 3 minutos 31 segundos en el reloj que cronometraba el tiempo que transcurría entre cada paso de la línea, llegó el metro y Sofía, que también observaba atentamente los diferentes grupos de gente, y yo, subimos a uno de los vagones y nos sentamos. Conforme avanzaba y se iba deteniendo en las distintas estaciones, la gente se apeaba sin ningún criterio especial, a excepción de los funcionarios que se mantenían unidos, ahora mas callados, supongo que guardando los últimos temas de conversación para la última hora en la administración pública de la que formasen parte. En la parada anterior a la del zoo bajaron todos los servidores públicos, creo recordar que por esa zona está la Delegación Civil, y apenas quedábamos Sofía, un broker y yo. Inmediatamente el metro llegó a la estación del zoo y cuando dejé el andén me di cuenta de algo, me encontraba solo. Ahora caminaba sin llevar a nadie de mi mano.

Salí de la boca del metro pudiendo advertir que en ella no había ningún guardia. El día se había vuelto claramente oscuro, con apariencia de lluvia inminente. Algunas veces, cuando temibles y terribles nubarrones amenazan el cielo y comienza a llover garbosamente, me voy a pasear. Me gusta caminar cuando llueve, pero siempre cuando estoy solo, nunca acompañado pues los demás no lo entenderían, ni siquiera Sofía. Siempre lo hago con calma, sin prisa, para así poder sentir una soledad diferente, una soledad que no es silenciosa, tampoco ruidosa, mas bien musical, acorde con los pasos y las gotas; es una soledad comunitaria, no como la del psicótico en el manicomio, aunque más bien estará en su propio, para el único, mundo; no como la de la casa en un día cualquiera, que es en realidad una soledad espantosa, que nadie entiende en compañía de la televisión; no como en tu cuarto, con la música a todo trapo, que es una soledad inconsciente. No, en este caso no hay electricidad, lo delatan los semáforos de la calle que están apagados, veo como muchos se asoman a sus ventanas con sus velas para ver como llueve, yo los observo desde fuera, pero estoy solo, oyendo el ruido de los coches que circulan en todas las direcciones, y como los críos corren para no empaparse, pero no consiguen escapar de los autos locos, que pisando charcos empapan a todo el mundo. Yo sonrío, me siento feliz de vivir, de hacer cosas, y elevo la mirada dirigiéndola hacia los ojos que lloran de esta manera, con estas lágrimas, y al caer éstas sobre mis mejillas, me entristezco, quizás solo un poco, con un aire melancólico, pero sin saber muy bien por qué.

Continúa lloviendo, ahora las calles desbordadas de soledad musitan su canción de asfalto y humedad. Solo camino yo por ellas, ni siquiera los niños, que ya están en sus casas; ni los autos locos, que se han refugiado en sus cocheras. Ya nadie se asoma a las ventanas, la ilusión por ver llover ha cesado en cuanto se ha restablecido el fluido eléctrico, y con él volverán las soledades diarias, las de la televisión, la videoconsola, el equipo de música o esa nueva soledad compartida como es conectarse a Internet donde nadie conoce tu identidad, a nadie le importa y quizás por ello sea mejor. Pero a mí me sigue gustando caminar cuando llueve y siempre me quedaran las gotas de agua, que no permanecen inertes después de derrumbarse, sino que se reencarnan, forman charcos, o barro si se aparean con otras especies como la tierra. En nuestro sueño todo puede tener vida propia, aunque no seamos conscientes de ello. Solo tenemos que decidir cuando queremos despertarnos...

 

cecilio santiago alcalde 00

 

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