crepúsculo
Esa tarde decidí volver andando al hotel. El camino que seguí no era el más corto, pero sí sin duda el más interesante, si es que aún hay alguien interesado en un parque mal cuidado, un empedrado irregular y un tramo de río relativamente poco contaminado; también era un buen lugar para hacerse el encontradizo con la gente más marginal que esta ciudad podía engendrar: no era yo extraño a tales actitudes desde hacía un tiempo.
No eran, en cambio, intereses paisajísticos o sociológicos los que me movían en aquel momento. Quería pensar en silencio, posibilidad muy relativa en esta ciudad que es una eterna feria, y tal cosa no sería posible en absoluto si hubiese vuelto en el atestado vehículo que diariamente nos recogía del trabajo a mí y a varios compañeros, todos ellos de un trato espontáneo, ruidoso y muy superficial; y en la habitación del hotel he vivido tantos pensamientos oscuros que preferí intentar un entorno nuevo, al menos en lo que a cavilar se refería.
Siempre me gustó la vista desde el promontorio del parque, el único lugar en que el camino abandona el borde del río y se adentra brevemente en la arboleda. Por un capricho arquitectónico y urbanístico realmente improbable en una ciudad bien planificada, podía verse a lo lejos el perfil de unas colinas redondeadas, y en esa época del año, si no estaba nublado, el sol desaparecía en el horizonte, y no en la cresta de algún inoportuno rascacielos. Aparte de mí y de algún perseverante y frustrado pescador, creo que pocos tienen la suerte (quizás el interés) de presenciar el raro espectáculo de ver el sol hundirse en las rocas, hecho que le rescata a uno de la cómoda ilusión de vivir siempre en una penumbra salpicada de neón y plasma.
Quizás era sobre un poco claro pasaje de aquel libro turbador que tanto me costó encontrar; no descarto que estuviese relacionado con la nueva propuesta del Ministerio de Cultura... el caso es que aquella tarde pensé más bien poco sobre temas serios. La atmósfera estaba imposiblemente limpia, y los rayos del sol se reflejaban en la superficie del agua: lástima que ningún pez pudiese saludar adecuadamente tan poco frecuente espectáculo. No recuerdo haber visto jamás un atardecer como ese, si acaso en alguna fotografía... La feliz coincidencia que se había producido me proporcionó diez inolvidables minutos de cielo violeta y sol rojo violento.
Con los sentidos excitados, volví al camino, ya cegadoramente iluminado por el desmedido alumbrado de neón que algún temeroso jefe de jardines hizo instalar hacía tiempo. Ausente el elemento bucólico, me dirigí rápidamente a la salida del parque.
No había círculos de anarquistas indecisos ni de estetas heridos en su orgullo aquella noche: se esperaban noticias del Parlamento, y por fin estrenarían en televisión la nueva versión cinematográfica de ‘American Psycho’, así que por ese día no habría más diversión. Las noticias no cambiarían para el día siguiente, y la película termina con Patrick Bateman en la silla eléctrica: contemplar tal anacronismo en el pase especial en pantalla grande que me fue dado ver me hizo soltar una carcajada falsa y cortante, que hizo eco en una sala totalmente vacía.
Esperaba no encontrar a nadie, por eso verla a la salida del camino me turbó más de lo habitual. Me detuve. Hablaba con otra mujer al lado de un poste de alumbrado. Esperé. Se despidieron y ella comenzó a andar. La seguí a cierta distancia. Iba hacia mi hotel. Definitivamente, aquella iba a ser una noche funesta.
La atmósfera del comedor era inaguantable. El humo de los vaporizadores llenaba el recinto de un olor dulzón y penetrante, y dispersaba la mortecina luz de las lámparas de pie que aquí y allá iluminaban deficientemente una sala tan grande. Todos los intentos de que me llevaran la cena a la habitación o a alguna otra de las salas comunes fueron inútiles: la dirección aducía que el resto de clientes también podría requerir este servicio; yo sabía perfectamente que ninguno de ellos lo haría.
Me senté en un sillón grande y acolchado que estaba en un lateral de la única y enorme mesa de madera que había en el comedor. Esta serpenteante muestra de faraónico mobiliario resultaba poco práctica y estéticamente horrible, pero la alternativa de usar una de esas mesitas bajas y exiguas resultaba cuando menos incómoda.
Como siempre, el jaleo era mayúsculo. Los tres metros que me separaban del comensal más cercano no impedían ni mucho menos que yo oyese los más intrascendentes comentarios y las conversaciones más banales. Me concentré en la bandeja térmica que debía contener la cena personalizada para esa noche.
Entonces ella se sentó muy cerca de mí. Un conocido mío la colmaba de atenciones. Tras un rato de inocente tanteo, él pareció dejar de lado la cena definitivamente. Ella le susurró algo.
- Vamos, es inofensivo, y además no se asustará de estas cosas. ¿Verdad, tú?
No dije nada. Él se rió, y se lanzó de nuevo. Ella se volvió ligeramente hacia mí y esbozó una sonrisa desconcertante. Tras unos segundos de inoperancia, me levanté y me fui.
Hace frío fuera. No se ven las estrellas, pero eso no preocupa ya. ¿Por qué me ha mirado? Algún día me preguntará algo y no sabré qué decir. A veces me gustaría ser como ellos, poder hacer las cosas como ellos, que es la única forma de poder hacer cosas. Menos mal que se me termina pasando.
Mi día libre de esa semana era el Jueves. Nadie que yo conociese elegía el Domingo como día libre. Ni que les fuese a regañar por hacerlo. En vez de quedarme todo el día leyendo o viendo viejas películas, había planeado ir al barrio antiguo de la ciudad, que más que nada era un museo, para aprovechar la invitación de un anticuario: me dejaría hurgar en su almacén; en ocasiones similares había logrado un botín de libros y música de notable entidad.
El hombre me hizo pasar a través del local comercial de su tienda: suelos brillantes y mercancías bonitas e insustanciales. Tras una cortina muy pesada aparecía el verdadero tesoro del lugar, cajones de madera y estanterías repletos de artículos creados para permanecer.
- Hace un rato entró otro cliente, y no sé si se habrá ido ya. Cuando lo desee puede irse por la puerta de servicio si no quiere salir por la tienda.
Le dí las gracias y de inmediato comencé a bucear en una pila de discos compactos que tenía un particular buen aspecto. Mahler, Ligeti, Fajerman, Soft Machine... interesante, pero no suficiente. La búsqueda en una estantería que había justo al lado fue más productiva, y una edición rara de la biografía de Amin Maalouf, de C. Hrutka, engrosaría en breve mi colección.
La situación pareció tan forzada que la irrealidad se impuso, y sólo el estupor pudo eliminar la sensación de sospecha que resonaba en mi mente. No recuerdo qué dijo exactamente, quizás algún saludo convencional. El contacto de su mano en mi hombro no me preparó en absoluto para su presencia.
- ¿Te he asustado?
- No.- el más ardiente rubor y la más pétrea palidez pugnaban por enseñorearse de mi rostro.
- Cualquiera lo diría.- otra vez esa sonrisa, maldita sonrisa - Vaya sorpresa. Bueno, tu fama de empollón es legendaria, pero ya es casualidad que decidieras venir el mismo día que yo.
- Bien... yo... tampoco hubiese esperado encontrarte a ti aquí. - me pareció mentira oírme a mí mismo - En realidad, me extraña que haya nadie más en este lugar.
Su voz alegre y cantarina contrastaba con el tono mortuorio que yo había empleado. Cambió de tema sin estimar belicosidad alguna en mis palabras, al menos aparentemente.
- Te he visto alguna vez por ahí. En el hotel, ¿no? Siendo quien eres podrías vivir en un sitio mejor.
- No me parece que te disguste ese lugar: en realidad, creo que te diviertes bastante cuando vas allí.
De nuevo ignoró mis palabras. Y de nuevo su sonrisa, y su mirada fija en mí. Me quitó el libro de las manos.
- Parece interesante... ¿Sabes? Me da la impresión de que me observas.
El escarlata más intenso terminó venciendo. Esta conversación no tenía ningún sentido.
- ¿Qué pretendes? Creo que no voy a seguir permitiendo que me pongas en evidencia.
- ¿Acaso me lo he inventado?
No tenía ningún sentido...
- ¿Quieres que te diga que eres muy inteligente, que me tienes calado?
No tenía sentido...
- Lo decía porque yo también te observo.
No...
- Soy como tú. Te espero esta tarde en el parque del río. Ya sabes dónde, y a qué hora.
El brutal riego sanguíneo que tuvo que alimentar un rubor violento y cálido como nunca impidió que pudiese pensar con claridad en los segundos siguientes. Mis ojos la vieron darse la vuelta e irse. También distinguieron una última sonrisa. Más tarde reparé en que se había llevado el libro. Por primera vez en mucho tiempo no me importó.
El sol del atardecer me cegaba ya. 'No va a venir'. ¿En qué cabeza cabía?
La oí llegar. Me di la vuelta, y observé cómo bajaba por el sendero cubierto de hojas húmedas. Al verme mirarla con cara de pasmo, sonrió y se paró.
- Es bonito, ¿verdad? Nunca te agradeceré lo suficiente que me descubrieras esta magnífica perspectiva.
Me parecía mentira oír lo que estaba oyendo. Había planeado durante toda la tarde qué le iba a decir, pero haberlo dicho hubiese aumentado aún más la sensación de incomodidad que me embargaba.
- Te estás mofando de mí.
Una muy discreta carcajada adornó otra de sus desconcertantes miradas. Se acercó más, con esa mirada tremenda clavada en mi rostro. Tuve que apartar la vista hacia el río para disimular mi desasosiego. Entonces me cogió la mano.
- Comprendo que te sientas incómodo, tratándose de quien eres, y sabiendo quien soy yo.
- Todo eso me importa bastante poco. - susurré un poco molesto por ese juicio tan rápido sobre mi comportamiento - Lo que me confunde es tu actitud. Te agradecería enormemente que me dijeras qué quieres de mí.
- Vaya, veo que por muy aficionado que seas a la poesía de Keats y a las sagas nórdicas no depones en ningún momento tu escudo defensivo, brillantemente escéptico y pesimista. - acotación que me sorprendió, pero a estas alturas ya sólo relativamente - Probaré a imitarte, no sé cómo me saldrá. A ver: querido amigo, te espero mañana a las once en el banco que hay al final de la calle de los balcones. Sé que sabes donde está. Tampoco tengo que decirte para qué vamos a quedar. Adiós.
Y se fue. ¿Podía ser verdad que fuese como yo?
Aquella noche soñé. Yo estaba al lado de una alta verja que rodeaba a un jardín frondoso y bello. Caminaba alrededor de ese jardín, alcanzando a ver y oír de cuando en cuando a sus alegres y bulliciosos habitantes. Pero aquel jardín estaba vedado para mí: los altos barrotes de la verja me impedirían siempre poder entrar y disfrutar de lo que allí había. Y tras un eterno vagar por los límites del jardín prohibido, alcancé a ver otra criatura que deambulaba furtivamente por el mismo sendero que yo. Aunque no se me parecía en nada, yo supe de inmediato que era como yo.
En el jardín, todos se congratulaban de estar allí. Pero fuera yo ya no estaba solo. Otra criatura me acompañaba, y nos reíamos de los habitantes del jardín, porque el exterior era mucho más vasto y estaba aún por explorar, y era todo para nosotros.
La calle de los balcones estaba muy lejos del hotel, de la fábrica, en realidad de todo. Los edificios tenían a lo sumo tres plantas, y el pavimento era irregular. Estaba nublado y había mucha humedad en el aire, cosa inaudita en estos años, por lo que la sensación de haber viajado al pasado era casi completa.
Me estaba esperando. Al verme se levantó, y sin mediar palabra me indicó que la siguiera. No tardamos en llegar al portal de un edificio de piedra vista gris. Debía ser un apartamento prestado. Pero al cruzar el zaguán vi su nombre en uno de los tres buzones: al fin y al cabo vivía allí. Por alguna razón, empecé a pensar que quizás aquello no fuese tan descabellado.
La casa parecía sacada de una novela de Galdós: cortinas de lienzo, papel pintado en las paredes, muebles de madera en un estado de conservación envidiable, y una luz difusa proveniente de la claraboya del recibidor.
Me llevó al salón, donde me hizo sentar en un sillón de orejas. Yo allí sentado, sin saber qué decir, y ella observándome fijamente en medio de la habitación. Todo tenía el contorno borroso de los viejos recuerdos.
Ella comenzó desabrocharse el vestido, y no dejaba de mirarme, aunque ahora no sonreía. Su ropa interior se me antojaba pasada de moda, pero lamentablemente para mi reposo emocional le sentaba muy bien, atormentadoramente bien. Se acercó despacio, y al llegar justo frente a mí esbozó por fin esa sonrisa indescriptible.
Se sentó en mis rodillas; el contacto de su cuerpo cálido me sacó de mi ensimismamiento, y despertó un tanto mis sentidos embotados por la luz escasa y la poca conciencia que tenía de lo que estaba sucediendo. Pero yo había sido cauto, y en todo caso mi particular embaucadora había sido tan hábil que mis defensas habrían cedido tarde o temprano.
El juego de los últimos días terminaba aquí, para bien o para mal.
La sombra de irrealidad que había rodeado todo lo que sucedió hasta entonces se obstinó en permanecer. Pero no puedo imaginar forma más malevola de hacerme notar su presencia.
El suelo se abrió y desplazó hacia atrás. Las paredes desaparecieron. En su lugar, allí había palcos repletos de gente aplaudiendo y riendo a carcajadas. Había focos de luz que me cegaron. Había un tipo con un traje y una carpeta que se me acercó muy alegremente, y que se quiso morir cuando me vió de cerca. Pero ella no estaba.
Yo salí a correr. Quería saber por qué me había hecho aquello. Al final la encontré caminando por un pasillo. Iba apoyándose en la pared, como si le costase mantenerse en pie. Cuando estaba a punto de alcanzarla, se volvió. Su sonrisa había desaparecido, su mirada estaba perdida en algún punto encima de mi cabeza.
No sabía nada de todo aquello. Esa mirada perdida tenía reproche y desesperanza a partes iguales. Cuando la comprensión asomó a nuestros ojos, prácticamente a la vez, quedó claro que no había nada que decir. Ella siguió andando por el pasillo, y yo desanduve mi camino. No fue hasta mucho más tarde, tras atravesar la casa anticuada, la calle de los balcones, el parque con el río al lado, el salón con la mesa ameboide y un hall de hotel repleto de gente que miraba a otro lado cuando yo pasaba, cuando reparé en el tamaño de la desgracia que nos había sobrevenido, quiero creer que tanto a ella como a mí.
Tras interminables disculpas por parte de las autoridades de la ciudad, y no pocas presiones por parte de la empresa para la que trabajaba, opté por aceptar el ascenso que había de dar con mis huesos en una oficina del otro lado del continente. Es curioso cómo un estatus ganado de forma coyuntural podía mantenerme aún entonces en esta situación de preferencia, y también cómo el resultado de mis esfuerzos del pasado habían terminado volviéndose en mi contra. Empaqueté mis libros de Nietzsche, alguna fotografía de los compañeros de antaño, y poco más. A pesar de todo, echaría de menos esta ciudad.
Antes de irme, me pasé por última vez por el promontorio del río. El sol rojo y las nubes violetas del horizonte configuraban ese crepúsculo que tanto conocía, y que tan doloroso recuerdo me evocaba. Es curioso, mentalmente había catalogado aquel espectáculo como crepúsculo, mientras que en otras ocasiones lo había calificado de atardecer. Tamaña nimiedad me hizo sin embargo pensar: ¿podía mi maltrecho estado de ánimo ser causa suficiente para sesgar mi percepción, y dar ahora distinta dimensión a un hecho antes tan querido para mí, y ahora contaminado por ingratas asociaciones?
Por muchas vueltas que le dí, no encontré razones de peso para defender mi postura, pero aquello ya sería para siempre un crepúsculo. Quizás como recuerdo de algo que pudo ser. Me quedaba el consuelo de que si en esa ocasión había estado tan cerca, en un futuro quizás hubiese más suerte. Pero sería distinto, no sé si mejor o peor, y en ese momento no podía dejar de pensar que ya no podría ser con ella.
Nota: Este relato está inspirado en un sueño que el autor tuvo la suerte de recordar a la mañana siguiente. Es en cierto modo un 'sueño relatado', y a todas luces recoge situaciones conocidas, leídas en algunos libros de profunda impronta. Orwell, Huxley, Borges, y algún otro, pueden encontrarse entre los involuntarios inspiradores de esta torpe muestra de antiutopía.
antonio d. vizcaino goméz 99