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MáS DEL GORDO TAIBO II...
 
 
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Los Goliardos organizamos siempre el buty de cosas, lo más reciente fue un Homenaje a Bram Stoker en sus noventa años de muerto -que estuvo de pelox-, y antes el VI Festival Internacional de Ficción y Fantasía -totalmente maratónico, nueve días, y chidísimo-, y antes un Homenaje a Phillip K. Dick por sus veinte años de aniversario luctuoso -que también estuvo de pocamadre.
Taibo, por supuesto, andaba de viaje apra lo de PKD -a él sí que recuerdan darle cumplidamente su boleto de avión y todo lo demás-, pero escribió dos textos bastante chidos: una presentación de P.K.D,y un cuento genial, una ucronía completa en poco más de una cuartilla. Ambos los publicamos en nuestro bioletín-fanzine, el fanzintín Golias se Azotha, con un tiraje de más de cinco mil ejemplares...
Este cuento requiere tan sólo una nota de la cultura alburezca: Dick, en slang, es un símbolo fálico, al traducir el nombre de PKD, en forma más o menos literal, Felipe Que Pito...
En fin...
El muñequito de Taibo nos lo fusilamos en su momento de una página italiana, pero ya no tengo ni puta idea de cuál es, por lo tanto, no podemos poner el crédito que se merece...

Van los textos del gordo Taibo, su caricatura y el poster oficial del Homenaje a Phillip K. Dick...
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DICK

Paco Ignacio Taibo II

Homenaje a quién tienes que ofrecérselo. Phillip K. Dick había cambiado en que yo leía a fines de los sesentas y de alguna manera se había infiltrado en la manera en que yo habría de escribir a partir de los 70. Dick era uno de esos admirados colegas.
Fluyan mis lágrimas dijo el policía me dejó con la boca abierta. Era la demostración de que la ciencia ficción podía encontrar una manera más inteligente de narrar el presente que cualquier otro formato realista. Era un libro extraño, sugerente. Luego llegó Una mirada en la oscuridad que resultaba la más lúcida exploración del universo de la droga.
Pero sobre todo El hombre en el castillo, además de ofrecerme cinco día de enorme placer, me abrió una puerta por la que habría de transitar muchas veces en el futuro. O sea que se podía. Y miraba una y otra vez con admiración esa edición de Minotauro que había dejado llena de manchas de cocacola y de torta de chorizo y que se estaba desencuadernando. ¡Podías jugar con la historia!
He seguido leyendo a Dick a lo largo de los años, la incompleta edición de sus obras completas, Ubick, que me pareció incomprensible, sus primeras novelas. Tiempo desarticulado, Podemos construirle. De alguna manera he sido impregnado del universalismo de Dick, de su tenaz batalla contra la xenofobia. Me he vuelto militante del "todos iguales y todos diferentes", lema universal del antirracismo, que a través de las paradojas del extraterrestre Dick construyó.
Eso estaba claro, otra cosa fue intentar escribir un cuento al modo de FKD. Escribí un boceto que se pudrió al final del camino, y luego surgió de la máquina casi sin quererlo.
Paco Ignacio Taibo II...
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EL ENVIADO
Paco Ignacio Taibo II

El escritor levantó la vista, se alzó levemente de la poltrona donde había estado dormitando y me observó fijamente.
-¿Qué sigue?
-Pero usted dice que la clave de la historia es Hollywood. Un Hollywood mexicano.
-No sé.
-Así es. El supuesto es que los norteamericanos no ganaron la guerra de 1847, y que california, Arizona, Nuevo México, siguieron siendo mexicanos. El segundo supuesto es que los emigrantes europeos que hicieron nacer el cine industrial, al principio del siglo XX, lo harían, pero en territorio mexicano, en una colina a las afueras de Los Ángeles llamada Santobosque.
-¿Y por qué me cuenta usted esta historia?
-Oí decir por ahí que usted está interesado en las ucronías.
-Me interesa la hipótesis. Yo no hubiera nacido, no estaría aquí, esta conversación no se estaría celebrando.
-No necesariamente, aunque las cosas serían bastante diferentes.
Se quitó los anteojos y se llevó la mano a la cabeza. Estaba bajo la cruda de los efectos de una docena de barbitúricos. Pensaba lentamente. A causa de la mariguana estaba perdiendo el pelo. Encendió un puro, un Regio nayarita.
-¿Y cómo me llamaría yo si tal cosa hubiera sucedido?
-No sé, supongo que Felipe Q. Pito.
-No me gusta.
-No, no es muy honorable. Suena de la chingada,- le dije, reconociendo la desfortuna.
-Y entonces usted vendría a contarme esta historia, y dentro de unos instantes, o unas horas, o unos días, habrá de producirse una llamada telefónica para proponerme hacer una película basada en una de mis novelas. Exactamente una versión cinematográfica de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
-Creo que sí.
-Pero Los Ángeles, ¿seguiría siendo Los Ángeles?
-Hay más taquerías que en su versión de una California norteamericana, más mariachís, pero sí. Además su historia se sitúa en el futuro. ¿Qué importa?
-Oiga,- me preguntó inquieto- ¿y Griffith y El nacimiento de una nación?
-La película fue un éxito que filmó Eulalio Bedoya.
-¿Hizo Orson Welles El ciudadano Kane?
-Sí, y casi después se de terminarla se casó con Dolores del Río y se nacionalizó mexicano. Vive en Veracruz.
-Los Estados Unidos sin Hollywood no existen- afirmó.
-Más o menos. Lincln perdió la guerra de secesión, Chaplin desembarcó en Antigua pero hizo de todas maneras El gran dictador. Texas mantuvo la independencia, El Indio Fernández filmó El Ángel Güero con Marlene Detrich. Pola negri y Búster Keaton aún viven en Tijuana. Pearl Harbour no existió, a cambio los japoneses bombardearon Cabo san Lucas... Se supone que usted es ciudadano de un país sin alma.
-Supongo que lo merecemos- dijo Phillip K. Dick y fue hacia su refrigerador a buscar una cerveza, una cerveza Sol, y regresó arrastrando las zapatillas y pensando que Felipe Q. Pito no era un nombre tan malo después de todo.
Cuando regresó al cuato el enviado no estaba, yo me había ido. No pareció darle demasiada importancia a mi desvanecimiento.
Se sentó en la máquina y comenzó a escribir, furiosamente. Si los del cine iban a comprar una novela que no había escrito, más le valía escribirla. ¿Cómo había dicho que se llamaba? ¿Sueñan los pinches robots con borregos mecánicos? Más le valía escribirla y más le valía que la llamada se pospusiera la semana extra que necesitaba.
La luz del Bulevar Sabtobosque entraba vigorosa recogiendo el color naranja de una cortina y los reflejos del marco de plata del marco de plata de un espejo de Taxco y repartiéndolos en el cuarto.
El tecleo sonaba como música. Como música de Vangelis, porque las cosas no había cambiado tanto.
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