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"JOSE RICO, UN MILITAR REPUBLICANO QUE SE ENFRENTÓ AL ALZAMIENTO FRANQUISTA"
Salvador López Arnal
El Viejo Topo
Agustina Rico, tenaz activista vecinal, es catedrática de Lengua y Literatura catalana en el I. E.S. Puig Castellar, un instituto de enseñanza secundaria de Santa Coloma de Gramenet (Barcelona). Agustina es también sobrina de José Rico, un soldado republicano que planeó atentar contra el general golpista Franco para defender las instituciones republicanas. El joven soldado pagó con su vida su fidelidad a la legalidad republicana.
La entrevista fue publicada en la revista El Viejo Topo, de febrero de 2008.
"Juré defender una España democrática y la defiendo porque soy español; los traidores a la patria sois vosotros". Estas fueron las palabras de José Rico ante el tribunal que le condenó a muerte en 1936. ¿Puede explicarnos algunos detalles biográficos de José Rico?
José Rico Martín era el hermano mayor de mi padre, quien sólo tenia 13 años cuando José fue ejecutado. Los pocos datos biográficos que se conocen los he extraído del díptico publicado a raíz del homenaje que se le tributó a los 70 años de su fusilamiento y de algunos recuerdos de la familia.
Mi tío era el hijo mayor de una familia de pequeños propietarios rurales de un pueblo de Salamanca. Nació en Villarino de los Aires el 28 de febrero de 1915 y los primeros años de su vida transcurrieron entre Villarino, donde vivían sus abuelos y de donde eran originarios sus padres, y Monleras, pueblo al que se trasladó su familia y donde nacieron sus seis hermanos, todos varones menos una chica.
Creo que de muy joven llegó a ser corresponsal de un periódico.
Efectivamente. En la escuela era muy despierto y el maestro lo propuso como corresponsal del periódico liberal salmantino “El Adelanto”. Se le aceptó. Como periodista en ciernes, escribió sobre la gozosa proclamación de la República el 14 de abril de 1931, cuando él apenas tenía 16 años. Empezó a relacionarse con responsables políticos republicanos de la zona, a lo que contribuían las relaciones de su padre, Antonio Rico Matías, que había sido nombrado juez de paz del pueblo y era un hombre de ideas liberales y de profundas convicciones republicanas.
Aunque eran gente sencilla, sus padres tenían un cierto nivel cultural ya que su madre, Aurora Martín Conde, había iniciado estudios de magisterio, que tuvo que abandonar a la muerte repentina de su padre, mientras que Antonio Rico, era un hombre de carácter fuerte, hecho a sí mismo. Había estado en Cuba, era lector de periódicos y tenía una reconocida autoridad entre sus vecinos y buenas relaciones personales, como la que mantenía con Cástor Prieto Carrasco, alcalde republicano de la ciudad de Salamanca, que moriría fusilado después de estallar la guerra civil.
José Rico, su tío, fue un cabo veterano de la península destinado en Ceuta. ¿Por qué se afilió al Ejército?
A los 18 años decidió irse voluntario al Ejército. Pensaba hacer carrera y ser una ayuda y un referente para sus hermanos. Como muchos jóvenes de Castilla, recaló en el norte de África y fue destinado al Batallón de Cazadores del Serrallo, nº 8, en Ceuta. Allí aprobó el curso para cabo e inició la carrera militar que esperaba muy fructífera, según decía en sus cartas.
Este acuartelamiento ceutí solía ser destino de soldados de reemplazo y de veteranos peninsulares, en su mayoría jóvenes que buscaban en el Ejército un futuro mejor, sin olvidar por ello sus sentimientos republicanos.
Rico intentó atentar contra Franco en julio de 1936. ¿Quiénes participaron en el complot? ¿Con qué apoyos contaban?
Según Francisco Sánchez Montoya, autor del libro Ceuta y el Norte de África 1931-1944. República, Guerra y Represión (Editorial Natívola), y estudioso del tema, el 18 de julio de 1936 se tenia preparado un complot por parte de varios militares leales a la República para atentar contra la vida de Franco y detener la sublevación pero horas antes de la acción fueron delatados y finalmente ejecutados. La represión en Ceuta también fue dura. Se cobró 268 víctimas entre 1936 y 1944.
Pero, ¿qué paso? ¿Cómo se desarrollaron los hechos?
Según relata Sánchez Montoya, todo comenzó al filo de la medianoche del 17 de julio de 1936, cuando el Batallón de Cazadores del Serrallo nº 8 recibió órdenes del teniente coronel Juan Yagüe de salir a la ciudad. Recibieron la orden de tomar Ceuta, junto con otras tropas. Los cuerpos militares se distribuyeron para controlar la ciudad.
Según parece, dos cabos veteranos del cuartel, José Rico, mi tío, y Pedro Veintemillas, en su ronda de la madrugada de 18 de julio por las calles de Ceuta, observaron cómo patrullas de falangistas detenían a civiles y asaltaban sedes de partidos políticos republicanos. Vieron como en las paredes de la ciudad se habían fijado bandos, firmados por Franco, en los que se anunciaba al pueblo el estado de guerra, la disolución de todos los partidos y la prohibición de reuniones.
Cuando volvieron al cuartel, en las primeras horas del 18 de julio, se reunieron en una pequeña habitación de la compañía con los también cabos veteranos Anselmo Carrasco y Pablo Frutos. Durante varias horas estudiaron cómo frustrar el golpe de sus jefes. Pero, por el momento, no vieron la forma de pararlos.
Fue más tarde cuando idearon un plan.
Exactamente. Fue en un segundo encuentro con sus compañeros republicanos, durante el mismo día, cuando mi tío presentó el plan para atentar contra Franco. Era la única solución que veía para desbaratar el golpe. Cuando Franco entrara en el patio central del acuartelamiento para revistar las tropas, él mismo le dispararía. El resto de implicados, desde la primera planta del cuartel, apuntarían al resto de militares para inmovilizarlos. Acto seguido, otro grupo de militares leales saldría hacia la ciudad para informar del atentado contra los sublevados fascistas y recabar el apoyo del pueblo.
Pero ¿cómo iba a situarse José Rico cerca de patio central?
Por lo que hemos podido saber, en la tarde del 18 de julio mi tío pidió entrar de guardia en la puerta principal del cuartel con el fin de ser el primero en enterarse de la llegada de Franco. Lo consiguió. Compartió vigilancia con el cabo Rodríguez, quien confesó después en el consejo de guerra que mi tío le había preguntado qué le parecía “el movimiento”, la revuelta fascista. Rodríguez le contestó que llevaba dos días de servicio y que no se había informado, y entonces Rico le comentó que el movimiento militar iba contra el Gobierno republicano, y que si ellos fueran hombres dignos deberían ponerse a favor de la República y en contra de sus oficiales y jefes que estaban atentando contra la legalidad vigente.
Según parece, mi tío le comentó al cabo Rodríguez que ya estaban implicados seis centinelas de la guardia y que en el momento en que empezaran los disparos se tenía que poner a las órdenes de Anselmo Carrasco y Pedro Veintemillas.
La cosa iba en serio entonces, lo tenían bien pensado, contaban con apoyos y les movía un verdadero espíritu de resistencia republicana.
Creo que sí, que los cabos y soldados implicados en la intriga lo tenían todo planificado. Pero eran cabo y soldados, apenas habían oficiales de mayor rango. Un sargento, tal vez. Sabían que Franco aterrizaría en Tetuán en la mañana de 19 de julio y que pocas horas más tarde llegaría al cuartel de Ceuta.
¿Y qué paso entonces? ¿Por qué fracasó?
Alguien les delató, seguramente un soldado. Fueron detenidos todos los organizadores del complot. Las detenciones se ejecutaron con rapidez.
Sucedió todo unas horas antes de que Franco llegara a la ciudad. Según se detalló después en el consejo de guerra, un total de 40 personas, entre militares y civiles, fueron acusadas.
Intervino entonces la Guardia civil y la Legión
Sí, sí, en efecto. La Guardia Civil se hizo cargo de los detenidos. Custodiados por la Legión, fueron trasladados a unos viejos barracones para tomarles declaración. Tenemos el testimonio de uno de los supervivientes, un miembro de la CNT ceutí, Téllez. Años después lo recordaba así: “Entré en un pequeño despacho sin ventanas y un brigada me tomó la filiación y comenzó a interrogarme. Aún no había terminado la primera pregunta cuando sobre mi espalda sentí un golpe de vergajo. Para que me recuperara me echaban agua de un botijo, pero yo lo negaba todo”.
Hasta las tres de la madrugada del 20 de julio los acusados estuvieron en los barracones declarando. Más tarde los hicieron subir a un camión, los colocaron de rodillas y los trasladaron a la fortaleza del monte Hacho, en Ceuta.
¿Cuándo empezaron los autos de procesamiento?
El 26 de julio de ese mismo año . El juez instructor fue tajante en su exposición. Lo escribió así: “Según se desprende de lo actuado entre algunos cabos y soldados del Batallón Cazadores nº 8, existía complicidad para la organización de un movimiento sedicioso con el fin de atentar contra la vida del excelentísimo señor jefe de las Fuerzas Militares, Francisco Franco Bahamonte”.
Hubo algún incidente antes de que se conociera la sentencia.
En la madrugada de 21 de enero de 1937, cuando aún no se había celebrado el consejo de guerra, una patrulla de falangistas llegó a la fortaleza del Hacho. Con total impunidad, sacaron de sus celdas a los cabos Veintemillas y Marcos. Horas después sus cuerpos aparecían en el depósito de cadáveres del cementerio con un tiro en la cabeza. Sin más.
¿Dónde se realizó el consejo de guerra?
Dos meses más tarde, todos los detenidos fueron trasladados al Cuartel de Sanidad, donde tuvo lugar el consejo. Lo presidió el teniente coronel Ricardo Seco y el juez fue el teniente coronel Buesa. Según Téllez, fue una farsa de juicio, sin testigos. Téllez recuerda que, cuando se les leyó la sentencia, el juez se levantó de su asiento y, con voz llena de odio, les dijo: “No sois españoles, sois todos unos cobardes traidores a la patria”. Fue entonces cuando mi tío dijo las palabras con las que usted ha comenzado la entrevista: “Juré defender una España democrática y la defiendo porque soy español; los traidores a la patria sois vosotros”.
Es impresionante y admirable el coraje de aquel soldado, un joven de tan sólo 21 años.
¿Cuál fue la sentencia?
Es fácil de imaginar, la pena de muerte. Tras diez meses de duros interrogatorios y trabajos forzados, el 17 de abril de 1937 concluyó el consejo de guerra sumarísimo contra 37 militares y los dos civiles acusados de organizar un complot para atentar contra el generalísimo.
Al principio, como expliqué antes, eran 41 los acusados, pero dos de ellos, recuerde, fueron ejecutados por patrullas falangistas antes de que terminara el consejo de guerra.
Fueron fusilados el sargento de Artillería Bernardo Garea, Anselmo Carrasco, José Lombau, el soldado Felipe Navas y José Rico, mi tío. Siete en total, contando los dos asesinados por falangistas, los cabos Pedro Veintemillas y Rufino Marcos.
Ocho más fueron condenados a cadena perpetua, y trece a penas de cárcel. Once acusados fueron absueltos.
¿Se conoce lo sucedido en los interrogatorios?
Los detalles de los interrogatorios no los conocemos porque la única documentación que ha llegado a la familia ha sido la copia de la sentencia, obtenida por uno de mis tíos en 1986, tras escribir a Felipe González, entonces presidente de gobierno, ya que desconocía concretamente por qué habían condenado a muerte a su hermano. La familia suponía que había sido por ser militar republicano y no haberse sumado al alzamiento franquista, pero no sabía mucho más. La muerte de su hermano José creían que había sido uno más entre tantos actos de represión.
Pero creo que se ha conservado una carta…
La carta comunicando su muerte a mis abuelos tiene un tono como de una cierta compasión. Se refiere indirectamente a su juventud, ya que tenia 22 años cuando murió, y acusaba a la propaganda de “las radios rojas”, de haber hecho mella en él y haberle inducido a meterse en un asunto grave, sin especificarlo. Habla de la entereza de su carácter y de la serenidad con que asumió su condena y su ejecución.
Su figura, el hecho de que intentara atentar contra el general golpista, apenas ha sido comentado, pocas personas saben de ello. ¿A qué es debido este olvido?
La verdad es que si el historiador ceutí Francisco Sánchez no lo hubiera investigado ni se hubiese publicado su libro, Ceuta y el norte de África. República, guerra y represión 1931-1944, el caso habría quedado oculto. El mismo historiador señala: “Las investigaciones realizadas para traer a la luz este libro han puesto al descubierto una parte de nuestro pasado jamás contada que pudo cambiar el devenir no sólo de nuestra guerra civil sino de nuestra historia contemporánea.”
Como ya he explicado anteriormente, la familia no conocía bien los hechos. No sabía del intento de atentado contra Franco. De hecho, todos nos hemos sentido orgullosos de él. Pero particularmente sus hermanos se sienten molestos de que en algunos periódicos se hayan referido a José Rico como “el cabo que quiso matar a Franco”. Aunque entienden que es esto lo que hace su figura especial, diferente, les duele que se dé una imagen de su hermano como si fuera un asesino. Para este militar republicano la lealtad jurada estaba por encima de todo, incluso de la vida.
Pero, claro está, no fue ningún asesinato. Fue un militar que intentó oponerse a lo que era un claro y bárbaro ataque a la legalidad republicana con métodos violentos y, esta vez sí, dirigido por militares asesinos que actuaban sin ningún límite.
Sí, sí, de acuerdo, pero la familia se niega con razón, nos negamos si me quiere incluir, a una visión tan parcial, tan mediática, aunque comprendemos que es una manera directa y periodística de decir las cosas.
A uno de los tres hermanos que viven, el que ha seguido más intensamente todo el caso, le han hecho varias entrevistas en prensa local ya que el hecho ha tenido repercusión en medios de Ceuta, donde ocurrieron los hechos, y en Salamanca y Zamora, de donde es la familia. Bien, pues este familiar siempre se queja de que él ha insistido en que su hermano defendía la legalidad vigente entonces y el Estado de Derecho, que el “asaltante” e ilegal era Franco pero luego, lo que se refleja finalmente en los titulares, siempre es lo de “el cabo que quiso matar a Franco” y esto, aunque comprensible, hiere a personas como él ya muy castigadas y que sufren con estos recuerdos.
¿Tenía su familia tradición republicana? ¿Qué cree que significó para ellos el advenimiento de la II República?
La familia era republicana pero sin adscripción política. El padre de José Rico, mi abuelo, era un hombre de convicciones cívicas, muy recto y legalista, amante de la cultura y poco afín a la Iglesia, mientras que la madre era muy religiosa, católica convencida, pero también era una mujer más culta que la media de su entorno.
Según testimonio de algunos familiares de republicanos salmantinos que he podido conocer a través de la asociación que promovió el homenaje tributado a mi tío, Salamanca, Memoria y Justicia, la provincia era tranquila, no existía el movimiento político y sindical tan vivo de otras zonas de España, pero el advenimiento de la II República significó para muchas gentes una aspiración de mejoras sociales, de mayor justicia para con los desfavorecidos, especialmente los campesinos sin tierras, y un mayor espacio de libertad de pensamiento. Recordemos que Salamanca era y es una importante ciudad universitaria.
En cuanto a la actividad de José en Ceuta, recoge el libro de Sánchez Montoya que aquellos jóvenes militares procedentes de la península eran muy activos en Ceuta y que acostumbraban a asistir a los mítines políticos.
¿Dónde han aparecido hasta la fecha informaciones sobre lo sucedido?
Han aparecido informaciones sobre el caso y sobre el homenaje que se le tributó el pasado mes de abril de 2007 sólo en periódicos de Salamanca y Zamora, zona donde vivió, y Ceuta, donde murió. A raíz de publicarse el libro, El Mundo extrajo una amplia reseña del caso. También se recoge el caso del “cabo Rico”, entre otras tentativas, en el documental “Los que quisieron matar a Franco” del cineasta Pedro Costa.
Creo que, simplemente, el caso se desconocía hasta la aparición del libro. Nosotros nos enteramos por casualidad al ver la reseña de El Mundo cuando consultábamos documentación sobre la memoria histórica.
Yo conozco a algunos periodistas pero he preferido no comentarlo por prudencia, por dejar que mi padre y sus hermanos fueran digiriendo las cosas. Hace poco más de un año que conocimos los hechos y en abril fue el homenaje. Son muy mayores y revivir aquella época les afecta mucho. En los pueblos pequeños, además, el miedo y los recelos entre vecinos han pervivido más tiempo y son más difíciles de erradicar que en las ciudades grandes.
Podría ponernos algún ejemplo de esto que dice.
El día del homenaje mismo, hubo personas que vinieron a saludar a casa pero que no querían dejarse ver en el acto, y a la inversa, personas que se sentían ellas mismas reconocidas de algún modo, o familiares suyos ya fallecidos. Es el drama de las guerras civiles, los años que cuesta sobrellevar lo vivido. Se puede constatar en los reportajes sobre memoria histórica en zonas rurales; ahora empiezan a salir cosas y empieza a hablar la gente... y no siempre.
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Campo de la Muerte de Mauthausen (en la actualidad)
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MURCIANOS EN LOS CAMPOS DE EXTERMINIO NAZIS
Por Salvador Santa Puche, Doctor en Filología e investigador de la cultura sefaradí.
COMENTARIO:
Con ocasión del 60 Aniversario de la liberación de los campos de exterminio nazis, el Dr. Santa Puche pronunció una conferencia en el Paraninfo de la Universidad de Murcia el 23 de enero de 2005. Este artículo, editado en la revista universitaria Campus Digital, de la UMU, nos traslada a un paseo por la memoria de aquel terror, al que no fue ajeno la complicidad del gobierno franquista que desposeyó de su condición de españoles a los republicanos españoles refugiados en Francia, autorizando su deportación a los campos de exterminio.
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Los últimos tiempos han revestido de especial importancia para el estudio del genocidio nazi durante la II Guerra Mundial. Paulatinamente las investigaciones sobre el Holocausto han procurado despejar la multitud de incógnitas que se planteaban ante la Historia acerca del comportamiento del Mal en su estado más puro.
A pesar de las últimas publicaciones y descubrimientos, (y en contra de lo que se pudiera pensar), el Holocausto nazi sigue mostrando multitud de lagunas y aspectos poco estudiados.
El Holocausto en la Historia de la Humanidad significa un nuevo concepto sobre la destrucción y la masacre: se trata de la persecución y eliminación calculada y sistemática de colectivos étnicos, políticos, religiosos y sociales, realizados de forma industrial y metódica.
Tras el hundimiento de la II República Española que dio fin a la Guerra Civil en abril de 1939, cantidades ingentes de republicanos españoles lograron penosamente alcanzar la frontera francesa buscando refugio en el suelo galo.
Desde su llegada, los republicanos españoles debieron soportar un trato cruel y unas condiciones de vida insoportables por parte de las autoridades francesas: fueron internados en campos de reagrupamiento, subalimentados y en condiciones sanitarias e higiénicas deplorables.
La derrota militar francesa ante ejército alemán en 1940 significó para muchos de estos españoles la necesidad de volver a retomar las armas ante la oleada de represión que se les avecinaba. Durante el inicio de la ocupación nazi, la Gestapo, en colaboración con las autoridades de Vichy y enviados especiales del gobierno del general Franco, procedieron al arresto masivo de los republicanos españoles, lo cual indujo a un número masivo de ellos a integrarse en las filas de la Resistencia francesa.
Desde una óptica pragmática, la experiencia bélica que los españoles portaban consigo era una oportunidad muy provechosa para los miembros de la Resistencia: conocimientos de las luchas guerrilleras, manejo de armas, espíritu de resistencia y alta motivación política antinazi.
La participación española en los combates librados contra el invasor alemán se concreta en la destrucción de ochenta y ocho locomotoras, ciento cincuenta puentes, la puesta fuera de combate de tres mil soldados de la Wehrmacht y la captura de diez mil prisioneros.
No obstante las unidades españolas durante la II Guerra Mundial pagaron un alto precio por su participación en los combates. Miles de ellos murieron en los campos de batalla y muchísimos miles más desaparecieron en los campos de concentración alemanes. Entre los deportados figuraban guerrilleros de la Resistencia apresados en combate; personalidades políticas exiliadas de España, antiguos combatientes del Ejército republicano, simples exiliados y hasta familias enteras.
Cabe destacar que para los alemanes los presos españoles revestían de un alto grado de peligrosidad que los diferenciaba de otros colectivos nacionales por dos razones principales: sus fuertes convicciones antifascistas y, sobre todo, la experiencia militar adquirida durante la Guerra Civil donde la inmensa mayoría ya había luchado contra fuerzas alemanas.
Tal vez así se explique la especial ferocidad de las SS y la policía hitleriana en su trato hacia los presos españoles.
Aproximadamente el noventa por ciento de los deportados fallecieron en Mauthausen, campo abierto por orden personal de Himmler tras la anexión de Austria por la Alemania Nazi. Durante 1938 y 1940 los principales deportados fueron presos políticos de Austria y Alemania, población judía y presos procedentes de Checoslovaquia. Desde el verano de 1940 comienzan a llegar los primeros trenes con deportados españoles, especialmente durante el último trimestre de 1940 y comienzos de 1941.
Los españoles fueron marcados por un uniforme de presidiario de rayas blancas y azules verticales en el cual se distinguía un triángulo azul que los diferenciaba de los verdes, presos comunes; de los rojos, presos políticos de otras nacionalidades; de los negros, personas consideradas antisociales y de las estrellas amarillas, portada por los judíos.
Desde el principio, sobre los expendientes alemanes referidos a los españoles figuraban las siniestras iniciales NN (nacht und niebel – noche y niebla-), expresión que utilizaban los jerarcas nazis para designar una categoría de deportados que debían desaparecer sin dejar rastro.
El 21 de junio de 1941, aprovechando una sesión de desinfección general, algunos deportados españoles deciden crear una directiva política que sea común a todos los presos de esa nacionalidad. Es así como surge la primera organización española en Mauthausen destinada a llevar a cabo actos de resistencia y sabotaje contra la dirección nazi del campo. Este hecho tiene singular importancia: es la primera vez en un campo de concentración que un colectivo decide poseer una organización unitaria en vistas a realizar una insurrección armada.
Los propios presos españoles roban armas de la penitenciaría y organizan una estructura militar cuya dirección cayo en manos del antiguo oficial republicano Montero.
Con unos centenares de fusiles y quince ametralladoras, el 5 de mayo los españoles, en colaboración con organizaciones similares de checos y soviéticos, encabezan el levantamiento y consiguen apoderarse del campo y resistir un ataque de las SS, hasta la llegada de las fuerzas aliadas, quienes, para su sorpresa encuentran a la entrada del campo la bandera tricolor republicana.
Entrar en la vida interior de un campo de concentración era una experiencia desgarradora. Desde que se bajaba del tren la rutina que se conociera en la vida debía ser transformada violentamente.
Los prisioneros españoles, al igual que el resto, soportaron una alimentación escuálida, agua insalubre, barracones superpoblados y horas de trabajo interminables.
La jornada comenzaba muy temprano: por miedo a los guardias, se apresuraban a levantarse y a lavarse en los pocos grifos que habían cerca del barracón. Después se colocaban en una fila para recibir el ‘desayuno', consistente generalmente en café aguado y un trozo de pan.
Tras una larga revista se formaban los escuadrones de trabajo y caminaban duras marchas con temperaturas muy bajas.
Al mediodía se servía un plato de sopa, casi siempre puré de avena acompañada de un poco de pan. Por la noche ingerían menos de cuatrocientas calorías que les proporcionaba otro plato de sopa aguada con algún trozo de patata o de malta.
Las palizas eran una rutina en Mauthausen y las humillaciones una constante diaria: se han contabilizado más de diez tipos de castigo diferentes: desde la denominada ‘celda de estar de pie', hasta el de permanecer desnudo toda la noche en el patio del barracón con temperaturas bajo cero.
Según los datos de la Amicale Mauthausen los fallecidos murcianos fueron aproximadamente unos cuatrocientos y apenas una decena sobrevivió. Prácticamente toda la región de Murcia estuvo representada en los campos de exterminio. La cifras varían según la localidad, pero por orden de importancia citaremos, Murcia, Cartagena, Mazarrón y Lorca como las localidades que más ciudadanos vieron morir en el horror del Holocausto.
La historia de estos conciudadanos está todavía por reconstruir. Cabe destacar la dificultad que entrañaría un trabajo sobre la presencia murciana: la ausencia de fuentes documentales y el hecho de que apenas si quedan supervivientes. De los que sobrevivieron al Holocausto prácticamente ninguno regresó a la región. La mayoría de ellos se establecieron en Francia donde recibieron el reconocimiento tardío del país.
En España algunas comunidades autónoma han conmemorado la presencia de sus ciudadanos en el Holocausto y por tanto se impone en la Región de Murcia un reconocimiento oficial e institucional hacia la memoria de nuestros paisanos asesinados en el mayor altar de muerte y locura que la humanidad haya conocido.
FUENTE: http://www.um.es/campusdigital/Tribuna/holocausto.htm
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HISTORIA
Los olvidados de Valdenoceda
MICHAEL NEUDECKER DOMINGO - 19-12-2004
El pequeño pueblo de Valdenoceda, en el norte de la provincia de Burgos, tiene 73 habitantes y un pequeño cementerio que esconde un terrible pasado: cada vez que se excava una nueva tumba asoman los restos de uno o varios esqueletos humanos sepultados allí hace más de seis décadas. Permanecen enterrados a tan sólo un palmo de la superficie y corresponden a 153 personas, antiguos presos republicanos que murieron allí de hambre y de frío en los años posteriores a la Guerra Civil (1936-1939), encerrados en una antigua prisión a orillas del río Ebro.
Juan María González Fernández de Mera era uno de ellos. Murió el 14 de abril de 1941, justo 10 años después de la proclamación de la II República y el día en el que cumplía 50 años. Dejó solos a cuatro hijos y a una mujer analfabeta, como cuenta su nieto José María. Su delito: "Adhesión a la rebelión" por ser el conserje de la Casa del Pueblo de Ciudad Real, la manera del franquismo de negar su golpe de Estado contra el Gobierno republicano acusando a los vencidos de "traición".
En un tren de ganado Juan María fue detenido al poco de terminar la guerra y llevado a la prisión de Valdenoceda en un tren de ganado con centenares de manchegos, de los que 62 perderían su vida a más de 400 kilómetros de sus hogares junto a decenas de madrileños, vascos, andaluces, gallegos, catalanes... Sus nombres, pero sobre todo el lugar y la forma en que murieron, han permanecido olvidados durante décadas, hasta que el nieto de Juan María comenzó a indagar.
"Mi padre hablaba muy poco sobre la muerte de mi abuelo, era un tema prohibido en casa", dice José María González, comercial de profesión y residente en Amorebieta (Vizcaya). Pero la curiosidad pudo más. "Queríamos saber dónde había fallecido, y sobre todo qué delito había cometido", cuenta. La pista llevó pronto, a él y a su sobrino, hasta el juzgado de Valdenoceda. "Su nombre estaba en el registro de defunción, pero nos llamó la atención que, como él, había decenas de personas que murieron por las mismas causas: colitis epidémica o tuberculosis pulmonar".
Algo estremeció a José María: "No había ninguna tumba. A medida que morían, los enterraban en fosas comunes cerca del cementerio, ya que el sacerdote de entonces no permitía que los rojos compartieran sus tumbas con sus fieles". Estas tumbas, excavadas a toda prisa en un solar de unos 150 metros cuadrados, sin identificar y a tan sólo unos centímetros de la superficie, permanecieron olvidadas hasta que, en 1989, el cementerio se amplió, llegando a las antiguas fosas comunes. "Desde entonces, cada vez que se entierra a un vecino aparecen los restos de algún preso. En la mayoría de los casos simplemente se les enterraba encima, perdiéndose así la posibilidad de recuperar algún día los restos", relata.
Para evitarlo acudió al Gobierno vasco. Desde 2002, un decreto permite a los ciudadanos residentes en el País Vasco a solicitar los medios necesarios al Ejecutivo autonómico para rastrear, y en su caso recuperar, los restos de familiares ejecutados durante la Guerra Civil y el franquismo. De esto se ocupa la Sociedad de Ciencias Aranzadi, cuyos colaboradores llegaron a Valdenoceda el pasado mes de abril. Allí "vimos muchos restos óseos entre la tierra movida y en la superficie que corren peligro cada vez que se produce un nuevo enterramiento", dice Jimi Jiménez, miembro de Aranzadi.
Sus propuestas para salvaguardar los restos son dos: o se impide la utilización del terreno como cementerio, dejando allí los restos, o se procede a una "exhumación ordenada", recomienda la asociación. Pero falta dinero. "Lo que queda es que los familiares sepan dónde están enterrados", afirma José María, con la esperanza de que "algún día se puedan identificar los restos y enterrarlos en sus ciudades y pueblos". Para ello cuenta con la ayuda del alcalde, el socialista Ángel Domingo Arce, quien garantiza que, mientras él sea alcalde, los restos no se perderán. Por el momento, una piedra en el cementerio con los nombres de los 153 fallecidos les recuerda.
Cada 14 de abril celebramos un homenaje", cuenta el regidor.Una ceremonia humilde a la que, la última vez, acudió un grupo de 12 personas algunas de ellas procedentes de Francia y de Canadá. Se trata de un pequeño logro que sabe a poco. Quedan muchas familias aún por localizar. José María no se rinde. "Ya hemos encontrado a 18", dice, "pero no hemos hecho más que empezar".
Decenas de restos siguen sepultados en el pequeño cementerio de la localidad burgalesa. Podrían ser de Eustasio Aparicio, natural de Colmenar Viejo (Madrid), y fallecido el 29 de abril de 1941; o de Alfonso de la Morena Prado, casado, natural de Aldea del Rey (Ciudad Real) y fallecido el 18 de agosto de 1940; o de Domingo Fernández de Acuña, nacido en Portugal y fallecido el 10 de febrero de 1942.
También había vascos, madrileños, aragoneses, andaluces e incluso de la misma provincia de Burgos, como Pedro Anollo Baranda, natural de Villarcayo, a pocos kilómetros de Valdenoceda, que murió en la prisión el 12 de septiembre de 1941. La lista llega hasta el 20 de agosto de 1943, última fecha en la que falleció un preso en el penal: Marcelino Tejero Domínguez, soltero y natural de Zorita, en la provincia de Cáceres.
Al menos ahora se sabe dónde están. "El interés de una familia por saber qué pasó con su abuelo ha sido determinante", asegura Jimi Jiménez. "Pasó a hacerse con un listado, y con el tiempo ha ido localizando a familiares. Así ha ido surgiendo el todo". El resultado: 153 personas rescatadas del olvido.
ERNESTO SEMPERE tiene 84 años y es uno de los últimos supervivientes de Valdenoceda, "una prisión de exterminio", como la describe. La recuerda por su "crueldad" y sus duras condiciones de vida: frío, oscuridad y una ración de comida al día que consistía en "una alubia podrida flotando en un caldo sucio", y medidas disciplinarias criminales como encerrar a los presos en "celdas de castigo en el sótano, que con la crecida del Ebro se inundaban hasta la altura del cuello", recuerda. "Yo no era más que un joven de 19 años cuando llegué allí, y fue gracias a mi juventud que pude aguantarlo".
Sempere nació en Ciudad Real y luchó en la guerra como comandante en el Ejército Popular. Fue hecho prisionero en 1939. "El 17 de julio de 1940 me condenaron a 20 años de prisión. Lo recuerdo porque esa noche fusilaron a mi padre", Ernesto Sempere Beneyto, presidente provincial de Unión Republicana. Cuando llegó a Valdenoceda "era de noche y hacía mucho frío", recuerda. Lo primero que vio fue a "un hombre con pelo blanco y ojos tristísimos. Lo más cercano a la locura". Era el catedrático de Historia Juan Antonio Gaya, que junto a Sempere y otros 11 reclusos serían conocidos como los 13 de la fama.
"En la Semana Santa de 1941 celebraron una gran misa en el patio. Todos se arrodillaron para comulgar menos nosotros. Permanecimos de pie", relata este hombre que se declara católico practicante. "Estábamos seguros de que nos fusilarían". Pero fueron a una prisión de castigo en Las Palmas de Gran Canaria. "Tres comidas al día y sol", y "todo por no querer comulgar", dice con ironía. Valdenoceda es un recuerdo "muy amargo" para este anciano que no olvida, pero sí perdona, "algo que con los años es fácil".
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ESPAÑOLES EN EL BOIS DE BOULOGNE (PARIS, 1944).- Tras la derrota de la Batalla del Ebro y la retirada de Cataluña, decenas de miles de soldados del Ejército Popular pasaron a Francia. Unos fueron internados en campos de concentración, siendo deportados miles de éllos a los campos de exterminio nazis de Mauthausen y Gusen II, otros ingresaron en la Resistencia y los hubo que consiguieron formar parte de las fuerzas aliadas, en Europa o el Norte de Africa, como estos españoles que aparecen en la fotografía, pertenecientes a la División Lèclerc de la Francia Libre, Regimiento Tchad, Novena Compañía. Un murciano, José García Real, formaba parte de esta compañía, la primera en entrar en el Ayuntamiento de Paris el día de su libeación. La asociación sigue investigando sobre las vicisitudes de este murciano en la guerra civil y en la II Guerra Mundial.
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PARA LOS PRESOS PENDIENTES DEL CUMPLIMIENTO DE UNA SENTENCIA DE MUERTE, LA GUERRA NO HABÍA TERMINADO.
ULTIMA CARTA DE UN REPUBLICANO ANTES DE SER EJECUTADO:
A Lucía García García
C/ Escalericas, 20. MURCIA.
20 de noviembre de 1941
Queridos padres:
Deseo que ésta la conserven al objeto de tener siempre mi recuerdo cada uno de ustedes, no para entristecer sino por el contrario para poder decir en todo momento que su hijo tuvo el valor que estos trágicos instantes requieren para intentar morir.
Ustedes saben que toda mi vida he sido bueno. He tenido mala fortuna de que me toque en esta fecha y me resigno a ello, pero sin el más ínfimo sentimiento de conciencia.
Sin otra cosa decir, saludos a toda la familia y mi último abrazo para ustedes.
Francisco.
VERIFICADA LA RELACION TRANSCRITA DEL REGISTRO DE ENTERRAMIENTOS DEL CEMENTERIO DE NUESTRO PADRE JESUS DE ESPINARDO (MURCIA) APARECE LA SIGUIENTE ANOTACIÓN: “Francisco López García” Fecha de la ejecución: 21-11-41. Fue fusilado junto a cuatro republicanos más.
Agradecimiento a J. Martín Serrano, de Molina de Segura que nos ha facilitado el texto de la carta.
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EN HOMENAJE AL POETA MURCIANO FRANCISCO FRUTOS
Francisco Frutos fue un poeta eminentemente popular. Durante la guerra editó una hoja de poemas titulada "EL MELECIANO" escrito con la gracia y la socarronería del habla de la "güerta" de Murcia (el panocho), enamorado del alma popular, de los decires de la tierra y de la esperanza que la República significó para este rincón abandonado de España, fue detenido, procesado y encarcelado por los franquistas.
Traemos aquí un "poema" escrito valientemente durante su cautivero en la terrible y tristemente célebre Prisión Central de Totana, en 1939.
SOLILOQUIO DE UN FACHA
(Una, Grande y Libre)
UNA
Somos veinte millones de españoles.
Diecinueva son rojos, ¿quién lo duda?
Diez millones al hoyo, fusilados;
tres a la cárcel ¡otra sepultura!
y quedan tres que, a fuerza de hacer colas
y de comer verduras
y panecillos de cemento armado,
en un año se marchan a la tumba.
Y quedamos los justos: ¡un millón!
todos unidos…, ¡convivencia pura!
¡España Una!
GRANDE
Toda España para un millón de fachas,
no cabe duda, no, que será grande…
¡Cuantos campos de fútbol, cuantos rings,
¡cuantas plazas de toros, cuantos bares!
¡Y conventos, iglesias y cuarteles!
¿cabrán algunos en la España grande?
Y si se agrega a toda esta grandeza
el imperio gigante
que van a conquistar los falangistas
lanzándose a buscarlo por los mares,
resucitando la epopeya antigua
de Colón, Pizarro y Magallanes,
(pues se asegura que hay un continente
que van a descubrir los de Falange).
Del corazón las fibras se estremecen
y el patriotismo en nuestras venas late…
¡Oh, qué dicha señor, ser españoles
de esta España imperial…
¡España Grande!
LIBRE
Así es la España que queremos: ¡libre!
La libertad es nuestro lema hermoso.
Libres para matar a los que estorban
y no piensan lo mismo que nosotros
y al que proteste se le pega un tiro,
ee le encarcela o se le pone un bozo.
libertad de los curas y los frailes
para insultar a los reclusos “rojos”
Y de los carceleros o verdugos
para ponerles como a Cristo el rostro,
o apalearles como a criminales
y vejarlos, cualquiera que sea el modo.
Libertad de los jueces y letrados
para volver y falsear los códigos.
libertad para hacer un pueblo hambriento
que se vaya muriendo poco a poco;
mientras “su pan se va para Alemania
a hinchar la panza del tudesco odioso;
Libertad para hincharnos de dinero
con el “estraperlismo” y los “negocios”…
Así es la España que queremos
¡Libre!
(Pero libre no más para nosotros)
("AQUELLA MURCIA" Segunda parte. Poecias y Romances. 1999 - Francisco Frutos 11-06-1809, + 10-03-1949)
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"HOSPITAL DE CAMAPAÑA" TESTIMONIO DE UN CIRUJANO DE PRIMERA LÍNEA.-
El empleo durante la Guerra Civil Española de medios de combate con graves efectos letales, tanto para los combatientes como para la población civil (empleo por la artillería de proyectiles de fragmentación, bombardeos con bombas incendiarias o de aire líquido, ametralladoras ligeras y pesadas en tierra mar y aire, morteros, balas explosivas, etc), propios de una guerra en la que se perfeccionan medios de aniquilamiento del enemigo empleadas en la I GM, agrava cualitativa y cuantitativamente la tipología de las heridas y traumatismos que han de atenderse en los hospitales de campaña.
La dureza de la guerra queda reflejada en el sufrimiento de los heridos que han de atender en condiciones realmente heroicas, un equipo de médicos de vanguardia, con escaso material quirúrgico y una infraestructura que, pese a los esfuerzos realizados por la Sanidad Militar del Ejército Popular republicano, resulta a todas luces insuficiente, considerando el bloqueo internacional a que fue sometida una República en guerra y el secular atraso español en la formación de cuadros médicos (en cantidad, no su preparación profesional) para atender a un país con treinta y dos millones de habitantes, enzarzado en un sangriento conflicto bélico de unas dimensiones jamás antes conocido.
La dureza de la lectura de este relato, solo es compensada por el gran humanismo exhibido por el Dr. Picardo y sus compañeros y el reconocimiento consecuente que debemos a cuantos se vieron aprisionados por las consecuencias del levantamiento militar del 18 de Julio de 1936.
(De:Dr.Manuel Picardo Castellon: "Experiencia personal en un Hospital Quirúrgico de primera línea durante nuestra guerra civil")
"SHOCK - Recibíamos muchos heridos en estado de shock, por la hemorragia por el frío, por el miedo, por el dolor, por el desamparo, por la soledad (....) La norma, naturalmente, era no operar nunca a ningún herido en estado de shock por lo que se les solía acomodar en un lugar un poco apartado (cuando se podía) del movimiento del hospital. Se les abrigaba, tonificaba, se procuraba calmar el dolor, se les ponía ropa seca, se repetían las tomas de pulso y tensión (aquí si que echábamos de menos el oxigeno y las transfusiones) (...)
TECNICA QUIRÚRGICA - (....) Fue norma siempre en nuestro hospital, siguiendo órdenes de la Comandancia no establecer en ningún caso discriminación alguna, ni en el tratamiento ni en el orden de urgencias operatorias, con los heridos prisioneros(...)
HERIDOS DEL TORAX. Estos heridos eran siempre un problema.(...) eran muy escasas nuestras posibilidades de intervenir con posibilidades de éxito, ya que intentar abrir un hemotórax con anestesia etérea, sin intubación ni cámara de hipo comprensión ni aspiración era totalmente impensable, por lo estos heridos solían llevar un curso más o menos rápido de empeoramiento y siempre un fatal pronóstico.
HERIDOS CRANEO-ENCEFALICOS Y MEDULARES. Constituían un grupo terrible y lastimoso de heridos, desgraciadamente bastante frecuentes. Los casos que recibíamos eran sobrecogedores (...) entre estos heridos, los recuerdo de todo tipo. Los excitados, imposibles de calmar, a los que había de
atar a la cama (...) Otros se quitaban los vendajes y desgarraban su ropa continuamente. Se les ataban las manos y se daban golpes contra la pared, forcejeando hasta agotarse(...) Otros presentaban convulsiones (...) Otro grupo digno de compasión eran los que no hablaban, los ausentes, los deprimidos hasta la exageración, los hundidos(...);con amnesia total o parcial.(...)
Era terrible; los que no morían enseguida no tardaban en presentar fiebre elevada, vómitos, postración, rigideces, síntomas meníngeos y meningitis (...) A veces nos impresionaban las pérdidas de sustancia cerebral, que parecía no podían ser compatibles con la vida. Grandes trozos de masa encefálica venían
entre los vendajes de primera cura o eran expulsados con la tos por la nariz y la boca, y, sin embargo, la vida seguía.(..)
HERIDAS DE CARA Y CUELLO. En este grupo de heridas la gravedad dependía en gran parte de su localización. Las de bala, en sedal, podían ser de escasa gravedad si no afectaban la médula, grandes vasos, tráquea, esófago, en cuyo caso podían ser mortales y ni siquiera nos llegaban (...) Las heridas de
cara más frecuentes eran las de metralla, realmente impresionantes. Estos pobres heridos de metralla en el rostro producían horror; Verdaderos monstruos, sin cara; masas de carne y de piel a piltrafas colgando, sangrando, respirando; con los ojos fuera de las órbitas por desaparición del macizo óseo de la cara; sin nariz, ni labios; sin boca ni dientes; sin barbilla; con la lengua amoratada, hinchada, cayendo sobre el pecho. Llenos de moscas, soplando una espuma sanguinolenta, asfixiándose (...) La hemostasia, difícil; la anestesia, dificilísima; la reconstrucción (para la cirugía de entonces, aún no especializada),muchas veces imposible. Eran los heridos-para mi-más dignos de lástima. Los ojos
vacíos, estallados, reventados, desinflados, colgando. Había que enuclearlos casi sin anestesia (....)sin poder hablar, sin respirar casi ;ahogados por el constante burbujeo de la sangre en la tráquea (....) Ahora mismo, sólo recordarlos me horroriza. No era infrecuente en este tipo de heridos de cara, y otros, nos
llegaran con sus heridas llenas de gusanos, orugas, larvas de moscas ,etcétera. Esta invasión de las heridas por insectos y gusanos fue frecuente en los combates de Brunete y el Ebro, en pleno verano, donde la dificultad de la
evacuación de los heridos por las muchas horas de luz (a veces permanecían varios días en el campo) y el intenso calor propiciaba esa parasitación de insectos, en cuyos desagradables detalles no quiero extenderme, pero que pueden ser fácilmente imaginados sin dificultad(verdaderas gusaneras).
QUEMADURAS. Otro tipo de heridos que solíamos recibir en nuestro hospital eran los grandes quemados, generalmente con intenso shock; muchos de ellos, además, con heridas y fracturas. Unas veces se trataba de aviadores derribados en combates aéreos (en escaso número)y otras, más frecuentemente, de tanquistas de las unidades de "blindados" cuyo tanque ardía, y que ,a mas de
sus extensas y graves quemaduras, presentaban heridas y fracturas con intensos y graves estados de shock. En ellos, desgraciadamente ,la mortalidad era muy elevada. Afortunadamente, en nuestra contienda no se utilizaron(que yo sepa)lanzallamas, pero si, en gran profusión, bombas incendiarias, que cayeron también sobre nuestro hospital CONGELACIONES. Exclusivamente se nos presentaron casos de congela- ciones en que nos viéramos obligados a intervenir en los combates de Teruel. En aquel crudísimo invierno ,con temperaturas de 15,17 y hasta 20 grados bajo cero, con la infantería durante semanas en trincheras con agua helada y nieve hasta las rodillas tanto nuestras fuerzas como las contrarias padecieron congelaciones de diversos grados(...)Las congelaciones fueron tan terribles que solo en nuestra 11ª División se llegaron a practicar 58 amputaciones de pies, algunas piernas y también manos como tributo a los quince dias que duraron los combates en aquel "infierno blanco"
AUTOMUTILADOS. Un tipo de herida de bala que empezamos ya a ver en el
Provincial entre los heridos que nos llegaban de los frentes próximos fue la auto mutilación por un disparo de fusil en la palma de la mano (generalmente, la izquierda)para conseguir ser evacuados del frente. Estos auto mutilados aparecieron en Brunete y posteriormente Teruel (por lo que he oído, en la zona nacional se presentaron igualmente este tipo de heridas) (:::) Más adelante el método se perfeccionó y para evitar el tatuaje delator de la pólvora se colocaba un chusco de pan entre el fusil y la palma de la mano(...)Ante la frecuencia de tales heridas en una misma unidad, Los comisarios políticos dieron la orden (inhumana) a los médicos de batallón que a tales heridos no se les evacuase, obligándoles a continuar en su posición .El resultado era que cuando estos desgraciados, que no habían podido dominar su "miedo insuperable",eran al cabo de unos días evacuados, llegaban a nuestras manos con avanzados cuadros de gangrena gaseosa y, en el mejor de los casos, si no morían, perdían
su brazo por la parte más alta.
CUERPOS EXTRAÑOS. El cuerpo extraño más peligroso fue el de un pobre herido que nos trajeron a nuestro hospital (montado en tiendas de campaña) durante los combates del Ebro, que traía empotrada en la región escapular una munición de mortero sin explotar(...)para proceder a la extracción del proyectil avisamos urgentemente que nos enviaran unos artificieros (...) El herido evolucionó favorablemente y fue evacuado sin novedad"
(Hacemos constar a Domingo Blasco, la aportación de este extracto documental a la Lista “GCE” el 29-11-02)
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FINAL DE LA GUERRA CIVIL, EL ÚLTIMO BARCO DE LA GUERRA. PUERTO DE ALICANTE, MARZO DE 1939
DIARIO LEVANTE 1 Diciembre 2002
Los barcos del exilio
A lo largo del mes de marzo de 1939, el puerto de Alicante se convirtió en el punto de salida más importante para los republicanos que habían quedado atrapados al sur del Ebro. Allí empezó para muchos un largo exilio: más de 2.600 personas consiguieron escapar, hacinadas, en el mítico «Stanbrook».
En el trágico escenario del final de la guerra, los puertos del Mediterráneo, y especialmente Alicante, se convirtieron en el centro de gravedad hacia el que confluyeron las esperanzas de salvación de todos los republicanos, que ya vencidos, pretendían exiliarse de España para escapar de las represalias franquistas.
El gobernador civil de Alicante, Manuel Rodríguez, nombrado el día 4 de marzo de 1939, era un veterano militante socialista ilicitano, que ordenó proporcionar pasaportes y billetes de transporte a quienes fueran designados por las organizaciones políticas y sindicales, sin exclusiones; de esa forma fueron expedidos miles de pasaportes desde el Gobierno Civil y desde el Consulado de México en Alicante, firmados en este caso por el cónsul, Lorenzo Carbonell, que había sido alcalde de la ciudad en la República.
A lo largo del mes de marzo, habían conseguido salir del puerto alicantino los barcos «Winnipeg» y «Marionga», en la primera semana de marzo, con un número indeterminado de exiliados; el 12 de marzo lo hizo el «Ronwyn» con 716 pasajeros (mercante inglés con matrícula de Malta que recaló en el puerto de Tenès), el 19 de marzo el «African Trader» (carbonero inglés, arribó al puerto de Orán), con 859 personas. Los barcos pertenecían a France Navigation y la Mid. Atlantic Co., navieras con las que el gobierno de Negrín tenía firmados contratos para el abastecimiento de la zona republicana. Está también constatado, aunque es difícil de cuantificar, la partida de numerosos barcos pesqueros desde los puertos de El Campello, La Vila Joiosa, Santa Pola y Torrevieja. Después del golpe de Estado de Casado, de principios de marzo, Negrín, parte de su gobierno y altos dirigentes comunistas salieron desde el improvisado aeródromo de Monóvar.
Todo ello explicaría que al producirse la desbandada final, a partir del 27 de marzo, se produjera una caótica avalancha hacia Alicante de decenas de miles de fugitivos, muchos procedentes de Valencia, con la esperanza de encontrar barcos para el exilio. La agónica espera de esos barcos, desde 28 al 31 de marzo, es el epílogo, el acto final de la cruenta guerra fratricida y un episodio imborrable para la memoria histórica valenciana.
La realidad es que el 28 de marzo de 1939 sólo había dos barcos atracados en el puerto de Alicante, el «Stanbrook» y el «Marítime». Mientras que en el primero embarcaron todos aquellos a los que el barco pudo admitir, más allá incluso de lo razonable, en el «Marítime», que zarpó después, pasada la media noche del 28 de marzo, sólo embarcaron 32 personalidades republicanas de la zona, dejando ya en los muelles del puerto a una multitud desesperada, atrapados en la ratonera del puerto alicantino. Todavía hoy debemos preguntarnos qué impidió que otros cientos de compatriotas pudieran exiliarse en el «Marítime». Lo cierto es que tras la ocupación militar de Alicante, por el cuerpo expedicionario italiano, los refugiados serían hechos prisioneros, comenzando un terrible calvario de campos de concentración, cárceles y el otro exilio, el interior.
El «Stanbrook» sí lo hizo y por ello es una referencia mítica del exilio español. Se merece que le dediquemos unas palabras. Se trataba de un pequeño barco carbonero, de 1.383 toneladas, construido en 1909 y remozado en 1937. Parece ser que su verdadero propietario era la Cía. France Navigation, creada por la República con el oro enviado a Moscú y el apoyo logístico del Partido Comunista francés. Por motivos de seguridad el barco viajó con distintas banderas en tareas de abastecimiento de la zona republicana. El barco fue fletado por la Federación Provincial Socialista de Alicante para organizar la evacuación final, encargándose Rodolfo Llopis (que se encontraba ya fuera de España) de todas las gestiones para la organización y financiación del viaje.
Cuando a las 23 horas del día 28 de marzo el capitán del «Stanbrook» ordena levantar las amarras, con rumbo desconocido para la mayoría de los pasajeros, «el barco iba lleno hasta el palo mayor. En todos los lugares había alguien; en las bodegas, en el puente y sobre el techo de las cocinas y las máquinas; la línea de flotación estaba sumergida y se empezaba a levantar el ancla. Seguían llegando por miles los desesperados que no cesaban de gritar o llorar...» (Testimonio del dirigente socialista Cruz Merino).
Con 2.638 pasajeros a bordo inició el «Stanbrook» una singladura con rumbo a Orán, navegando Ðcomo dice el testimonioÐ en zig-zag por encima de la línea de flotación. De ellos, 2.240 eran hombres y 398, mujeres; 147 eran niños, de los cuales 15 no habían cumplido el primer año de edad, y de entre éstos, algunos eran recién nacidos.
El barco arribó al puerto de Orán el día 30 de marzo, anclando a la entrada del puerto sin atracar en los muelles, hasta el 6 de abril, día que amarró en el muelle Ravín Blanc (Barranquillo blanco), pero aislado del resto por alambradas y soldados senegaleses. Las autoridades franceses no autorizaron el desembarco de los refugiados de la hora final (en su mayoría a los puertos de la Argelia francesa y especialmente a Orán), añadiendo en el caso del «Stanbrook», una enorme cota de dramatismo, debido al hacinamiento y las imposibles condiciones de vida de estos miles de expatriados dentro del buque. Si bien en los primeros días fueron desembarcados mujeres, niños, enfermos y ancianos, por increíble que parezca, estos miles de expatriados tuvieron que sobrevivir (en gran parte debido a la solidaridad de los españoles de Orán y de las organizaciones humanitarias internacionales) sobre los muelles del Orán durante treinta días más, una penosa cuarentena, hasta que por fin se autorizó el desembarco. Y después vendrían los largos días de un todavía más largo exilio.
¿Qué fue del destino del «Stanbrook»? Siguió después prestando servicio en la marina mercante hasta que el 3 de diciembre de 1939 se hundió al chocar contra una mina o alcanzado por un torpedo alemán a la entrada del puerto de Amberes. A pesar de la amarga singladura, de Alicante a Orán, uno de aquellos exiliados escribió más tarde que en los campos de concentración de Argelia se le rindió un minuto de silencio. «Aquel navío se lo merecía».
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«Fue la noche más larga de mi vida»
L a alteana Ventura Martí Pérez fue una de las últimas personas que zarparon desde Alicante el 28 de marzo de 1939 hacia el exilio a bordo del barco inglés «Stanbrook» huyendo de las tropas de Franco, cuando faltaban tres días para que se diera por finalizada la Guerra Civil. Ventura, de 89 años, recuerda con absoluta lucidez aquellos días trágicos de su existencia «porque teníamos miedo a morir». La subida al barco y la travesía «hacia un lugar desconocido entonces para nosotros», añade, «fue una auténtica odisea» porque «el barco iba escorado por el exceso de peso, estábamos todos apiñados, apenas teníamos comida, y existía el miedo a ser hundidos por los submarinos alemanes o por los aviones que nos sobrevolaban». En aquellos días, la joven y atemorizada alteana de 26 años, con un hijo creciendo en su vientre, y con una pequeña lesión en el corazón, que todavía le perdura en la actualidad, sacó «fuerzas de donde no las tenía» para salir de España «donde ya habíamos perdido nuestras libertades» y buscar un país libre «en el que mi hijo pudiera vivir sin mordazas». En esta aventura se embarcó, aunque pasados dos años retornaba a su hogar «porque mis padres me tranquilizaron por carta, además de que necesitaba sus cuidados al contraer unas fiebres tifoideas».
Para Ventura Martí, el recuerdo del «Stanbrook» estará siempre en lo más profundo de su corazón, pues, aunque sólo estuvo un día a bordo, «con la noche más larga de mi vida» -apostilla- «fue muy importante para mí». Con emoción apenas reprimida, Ventura cuenta que el pasado mes de octubre, cuando recibió en casa el periódico «El Socialista», sus vivencias de 63 años atrás «rebrotaron muy vivos cuando vi el reportaje que se publicaba sobre la exposición ÔExilio´ que ha organizado la Fundación Pablo Iglesias en el Palacio de Cristal del madrileño Parque del Retiro, con la colaboración del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía». En ese reportaje aparece una foto del «Stanbrook» lleno de gente antes de zarpar desde Alicante, y Ventura señala con el índice sobre una imagen de mayores dimensiones «que me hice nada mas verla en el periódico para tenerla en un lugar preferente de mi casa» la zona en la que se encontraba, a estribor y cerca de la proa.
De sus recuerdos, Ventura Martí nos dice que el mismo 29 de marzo de 1939, siendo todavía secretaria de la sección femenina de la CNT en Altea «a la que me afilié para ayudar a los más necesitados, porque había muchas familias que pasaban hambre», subió por la mañana junto a otro matrimonio del pueblo a la caja descubierta de un camión que pasaba por los pueblos de la costa para llevarlos al barco, marchándose «con lo puesto, mas una muda, y unas pocas monedas de oro que me dio mi tía Ventura, además de una toquilla que me echó ella cuando ya estaba el vehículo en marcha... Ôpara arropar a tu hijo´, me dijo». Llegó a Alicante con el tiempo justo de subir al barco «con apretones y empujones», y cuando zarpó «me entró una gran pena de ver que el puerto seguía abarrotado de gente que no había podido entrar en el barco». Según relata, el barco tomó rumbo hacia Valencia «para despistar al enemigo, nos dijeron», pero cuando llegaron frente a la costa de Altea «con el sol poniéndose por Puig Campana mientras sus rojizos rayos iluminaban a mi pueblo y nuestras esperanzas» cambió de rumbo hacia alta mar. Cuando divisaron al día siguiente las costas africanas, supieron que desembarcarían en Orán, «pero antes no nos habían dicho nada, y yo estaba dispuesta a irme a América si hacía falta», señala al tiempo que recuerda con cariño «el gran recibimiento que nos hicieron los franceses de Argelia».
En Orán trasladaron a los exiliados a una antigua cárcel con funciones de albergue, y a los tres días fueron repartidos por varias casas de la ciudad. Ventura fue ingresada en un hospital, con un corazón débil y soportando el peso del crecimiento de su hijo en el vientre. Después encontraría trabajo limpiando casas y ventanas, pero, según cuenta «tras nacer mi hijo volví a ser ingresada aquejada de una grave cistitis».
Durante su estancia en Orán, tanto ella como el resto de españoles se informaban sobre los acontecimientos que pasaban en España a través de la radio, y ella, particularmente cuando estaba hospitalizada, por lo que le decía una de sus enfermeras. El tiempo pasó, y a los dos años de su huida volvió a Altea «con unas altas fiebres tifoideas», señala, y con un periplo que le llevó desde Orán a Melilla por carretera, de aquí a Málaga por barco, y de ahí a Alicante en tren, hasta volver a Altea en un taxi fletado por sus seis hermanos, «y con sólo dos reales de las monedas de oro que me dio mi tía dos años antes». La llegada a Altea la hizo «con cierto temor a represalias y a que me metieran en la cárcel», pero «todos se portaron muy bien, y en especial el alcalde de entonces, Joan Batiste Orozco, al que conocía desde pequeño». Cuando se curó del tifus, estudió el Bachillerato y posteriormente se hizo comadrona, alentada por la comadrona de Altea después de que la ayudara en el parto de una cuñada de su hermana. Nos cuenta que esta profesión «me ha dado muchas satisfacciones», y muestra su orgullo de haber ayudado a nacer a miles de alteanos, además de que se siente satisfecha «de que a mis 89 años todavía la gente me recuerde y me pare en la calle para saludarme y darme un beso». - j. martinez
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«Pasamos dos días en la cubierta del "Stanbrook"»
La ilicitana Helia González tenía cuatro años cuando, junto a su hermana Alicia, de dos años, su padre, Nazario González, el que fuera presidente de Acción Republicana Democrática Española (ARDE), y su madre, Isabel Beltrán, partía el 28 de marzo de 1939 desde el puerto de Alicante en el «Stambrook», el último buque de exiliados republicanos con destino a Orán (Argelia). «Aquello es algo que no se te olvida. Salimos en un barco de carga que llevaba 2.638 pasajeros. Estaba tan abarrotado que mi madre, mi hermana y yo tuvimos que entrar por una ventanilla», comenta.
Para el viaje la madre de Helia sólo llevaba un pequeño maletín con ropa interior y unos cubiertos de alpaca bañados en plata «por si acaso». Ese «por si acaso» al que aludía su madre era por si en una situación de extrema necesidad había que vender los cubiertos para obtener dinero. «El viaje lo tuvimos que hacer subidos encima de un baúl en la cubierta. Yo intenté ir a orinar y no pude llegar a ningún aseo. Hasta el segundo día por la mañana no nos desembarcaron, pero lo hicieron sólo a las mujeres y los niños. Así que nos separaron de mi padre, ya que a nosotras nos llevaron a una especie de colonia de vacaciones», explica.
Nazario González estuvo «desaparecido» varios días hasta que pudo reencontrarse con fu familia. Todos se asentaron finalmente en la ciudad de Sidi-Bel Abbès, donde nació otro miembro de la familia, Antonio. Tras diez años en Argelia, conviviendo en una casa de un primo de la madre, la familia volvió a Elche el 23 de julio de 1949. «Lo pasamos muy mal porque la gente no entendía que hubiéramos tenido que salir de España sin haber hecho nada malo. Mi recuerdo es el de una vivienda pequeña, muchas incomodidades, sin luz, muchas veces sin agua y algunos días de Reyes Magos sin ningún juguete. Pero nunca he sentido la verdadera pobreza porque mis padres no me lo hicieron sentir».
N.J. Martínez Leal
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