Hades/Pluton

 
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Hades/Pluton
 
 
Dios infernal
Los relatos legendarios sobre Hades indican que, apenas nacido, fue tragado por su propio padre, Cronos. Este vivía atormentado porque temía que sus propios hijos lo destronaran, pues así le había sido predicho por los oráculos. Por eso, en cuanto su esposa Rea daba a luz, Cronos se disponía a engullir al recién nacido. Sin embargo, no sucedió así con su hijo Zeus, ya que Rea decidió engañar a su cruel esposo. En lugar del niño que acababa de parir, le entregó una piedra envuelta cuidadosamente en pañales y, sin percatarse del cambio, Cronos la engulló. Cuando Zeus alcanzó la madurez se dispuso a luchar contra su padre y le hizo vomitar a todos sus hermanos. Los hijos se confabularon contra el padre y lo expulsaron de su reino. Se repartieron el botín y, al propio tiempo, inauguraron lo que daría en llamarse "saga de los Olímpicos" o "deidades superiores". Así llegó a manos de Hades el poder y mandato sobre las tinieblas exteriores, y sobre las feroces criaturas que en ellas habitan. Baste resaltar el pestilente río Aqueronte, el sanguinario perro Cerbero y el interesado y aprovechado Caronte, como tres muestras o símbolos de la adversa naturaleza, la cruel animalidad y la perversa humanidad, respectivamente. El Aqueronte rodeaba con sus oscuras aguas un extremo del Tártaro, del mismo modo que la laguna Estigia acotaba el otro extremo, y en sus orillas se consumían las almas de los muertos que aún no habían sido juzgadas. Cerbero era el perro monstruoso que guardaba las puertas del Infierno e impedía salir a todo aquel que hubiera entrado. Caronte sólo permitía subir a su barca a quienes previamente le hubieran pagado un óbolo, es decir, una moneda de plata.

Cuentan las crónicas que Cronos, en cuanto Zeus le obligó a devolver a la vida a todos los hijos que se había tragado, sufrió la ira común de sus directos descendientes. Estos se confabularon contra su padre y le infligieron una decisiva derrota. En la batalla tomó parte activa Hades, que se ajustó el casco que le hacía invisible y logró desarmar a Cronos y a los Titanes, mientras que, al propio tiempo, Zeus los derribaba con su poderoso rayo y Poseidón los sujetaba con su tridente.

Los Cíclopes habían donado a los dioses esos atributos, es decir, el casco de Hades, el rayo y el trueno de Zeus y el tridente de Poseidón. Esos seres de descomunales proporciones, considerados como los más hábiles y fuertes de entre todas las criaturas y que tenían un sólo ojo en mitad de la frente. De hecho la palabra Cíclope significa "ojo circular". El caso es que estos regalos eran una muestra de agradecimiento a los dioses del Olimpo porque les habían ayudado en tiempos de adversidad. Por ejemplo, cuando fueron expulsados del cielo y atados a las columnas del insondable abismo subterráneo, el poderoso Zeus se encargó de liberarlos. Aunque tal acción no debe calificarse de puro altruismo puesto que con ella pretende seguir las directrices del oráculo, que había predicho la Victoria sobre Cronos y los Titanes únicamente si se liberaba a los Cíclopes, se les devolvía a su antiguo lugar de origen y se les restablecía en su ancestral condición de criaturas inmortales. Resultaba, pues, de capital importancia llevar a cabo favorablemente tan especial misión.

El hecho es que, en un principio, el significado mismo de la palabra Hades era asociado al casco que los Cíclopes le regalaran, y del que se decía había sido confeccionado con la pelleja de un perro. Y, puesto que tenía la curiosa cualidad de volver invisible a su poseedor, se convino en señalar que el nombre Hades encerraba en sí un contenido semántico relacionado con ciertos conceptos alusivos a la característica señalada: por ejemplo, "el que se torna invisible" o "el Invisible".

Sin embargo, el propio nombre de Hades era como una especie de tabú para los antiguos. Y evitaban en lo posible pronunciar tal nombre, por temor a caer en desgracia ante el más temido de los dioses. De este modo surgieron numerosos eufemismos para invocar al dios de los abismos subterráneos y del Tártaro. Entre ellos podemos destacar aquel derivado de las entrañas ocultas de la tierra y de sus propias riquezas minerales. Puesto que Hades gobernaba en todos los lugares oscuros y siniestros, se le reconocía como dios de la riqueza escondida en el subsuelo y se le llamaba "Plutón el Rico".

También entre los clásicos se le reconocía la facultad de conferir vida a los distintos estratos terrestres. El gran pensador Empédocles, que vivió en el siglo V a. C., y al que se le reconoce una gran aportación al eclecticismo -teoría filosófica que se caracteriza por recopilar y seleccionar aquello que cree esencial en otras corrientes del pensamiento-, nos hablaba de Hades "el Nutridor", ya que la riqueza del subsuelo dependía de él. También se le llamaba "Clímeno, el Ilustre", pues este personaje acaparaba diversos títulos míticos.

Acaso uno de los epítetos más legendarios para referirse a Hades sea el de "Eubuleo, el Buen Consejero". Narradores de mitos cuentan la leyenda de Eubuleo, el porquero. Éste se hallaba cuidando cerdos en un frondoso encinar, cuando un ruido ensordecedor llamó su atención. Observó que el cercano valle, hasta entonces pleno de colorido y belleza, cubierto de tupida hierba que, por así decirlo, servía de cobijo a enmarañadas matas de flores silvestres que aquí y allá resaltaban, se trocaba oscuro y gris. Y vio que la tierra se abría para formar un enorme agujero que engullía con ansiosa voracidad todo cuanto encontraba a su paso: flores, hierbas, árboles... Hasta la piara de cerdos de Eubuleo se la tragó la tierra. De su hondura cavernosa surgió, como por ensalmo, una reata de negros corceles enganchados, todos ellos, a un carro chirrión conducido por un ser con figura de hombre y de cabeza invisible. Apenas transcurrieron unos instantes, cuando pudo verse que el carro llevaba una preciada carga que su misterioso conductor sujetaba con fuerza. Se trataba de una muchacha que lloraba y gritaba llamando a su madre. Acababa de tener lugar un hecho mitológico que pasaría a la historia: el "rapto de Perséfone". Eubuleo, el único testigo, sabría más tarde que Hades, el rey de los abismos subterráneos, conducía el carro que transportara a Perséfone hasta sus apestosos dominios de las tinieblas. Y cuando Deméter, madre de la infortunada muchacha, pasó por aquellos lugares buscando a Proserpina, Eubuleo le contó cuanto había visto.

Algunas versiones del famoso "rapto de Perséfone" interpretan el legendario hecho desde perspectivas diferentes a las establecidas por los cantores de grandes mitos. En primer lugar, justifican la acción de Hades puesto que, debido a su desagradable aspecto, ninguna diosa, ninfa o musa quería compartir su vida, ni ser recluida en el abismo insondable que tenía por morada. Por eso, no le quedó otra opción más que procurarse una compañera a la fuerza y, por esto mismo, decidió raptar a la joven Perséfone. Quienes participan de tales argumentaciones, añaden que Hades permitió que Perséfone compartiera con él el dominio del mundo subterráneo; incluso se afirma, en ocasiones, que la muchacha venció la repugnancia que, en un principio, sintiera por su raptor y terminó por aceptar el ofrecimiento que se le hacía, por lo que se convirtió en reina del Tártaro. Pero la madre de la joven, una vez que supo por boca del porquero Eubuleo los pormenores del secuestro de su hija, se quejó al poderoso Zeus y éste decidió solucionar tan delicado asunto. Acordó, junto con ambas partes, que Perséfone viviera, a partir de entonces, seis meses en el Averno y otros seis alejada de tan pestilente lugar. Los ruegos de su madre Deméter ante Zeus no resultaron, por tanto, infructuosos. Así, había un tiempo en el que Perséfone personificaba la fuerza oculta bajo la tierra para que ésta produjera riqueza mineral y vegetal; y por contra, existía otra época en la que permanecía en los bosques oscuros de la región de las sombras, en los confines de un mundo lleno de misterio y acotado por las aguas cenagosas de los ríos del infierno.