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Meyrink
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el Golem
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Sobre El Golem.

En
esta sección, hablaremos de El Golem. A
partir del mito judío creó Meyrink su primera y
más afortunada novela. Jorge Luis Borges se sirvió
igualmente de El Golem para la creación de
uno sus poemas más célebres, que os reproduzco a
continuación. También os trascribo un fragmento del
libro de Marcos Ricardo Barnatán Los poetas:
Jorge Luis Borges, en el que
se habla de las relaciones entre el autor argentino y
la figura de El Golem; asimismo os aporto la
ficha de la última de las versiones
cinematográficas que filmara Paul Wegener en el año
1920, además de un texto referido a los efectos
técnicos del film. Por último he incluido un
interesante y revelador texto de Maria Negroni.
El poema El
Golem, de Borges
Borges y el
Golem
El Golem y
el cine: ficha de la película El Golem (1920), de
Paul Wegener.
El Golem se
anima. Los efectos técnicos de El Golem (1920)
Encuentros
con el Golem de Praga. Por María Negroni
El
poema El GOLEM, por Jorge Luis Borges
Si
(como el griego afirma en el Cratilo)
El
nombre es arquetipo de la cosa,
En las
letras de rosa está la rosa
Y todo
el Nilo en la palabra Nilo.
Y,
hecho de consonantes y vocales,
Habrá
un terrible Nombre, que la esencia
Cifre
de Dios y que la Omnipotencia
Guarde
en letras y sílabas cabales.
Adán
y las estrellas lo supieron
En el
Jardín. La herrumbre del pecado
(Dicen
los cabalistas) lo ha borrado
Y las
generaciones lo perdieron.
Los
artificios y el candor del hombre
No
tienen fin. Sabemos que hubo un día
En que
el pueblo de Dios buscaba el Nombre
En las
vigilias de la judería.
No
a la manera de otras que una vaga
Sombra
insinúan en la vaga historia,
Aún
está verde y viva la memoria
De
Judá León, que era rabino en Praga.
Sediento
de saber lo que Dios sabe,
Judá
León se dio a permutaciones
de
letras y a complejas variaciones
Y al
fin pronunció el Nombre que es la Clave.
La
Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
Sobre
un muñeco que con torpes manos
labró,
para enseñarle los arcanos
De las
Letras, del Tiempo y del Espacio.
El
simulacro alzó los soñolientos
Párpados
y vio formas y colores
Que no
entendió, perdidos en rumores
Y
ensayó temerosos movimientos.
Gradualmente
se vio (como nosotros)
Aprisionado
en esta red sonora
de
Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha,
Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.
(El
cabalista que ofició de numen
A la
vasta criatura apodó Golem;
Estas
verdades las refiere Scholem
En un
docto lugar de su volumen.)
El
rabí le explicaba el universo
"Esto
es mi pie; esto el tuyo; esto la soga."
Y
logró, al cabo de años, que el perverso
Barriera
bien o mal la sinagoga.
Tal
vez hubo un error en la grafía
O en
la articulación del Sacro Nombre;
A
pesar de tan alta hechicería,
No
aprendió a hablar el aprendiz de hombre,
Sus
ojos, menos de hombre que de perro
Y
harto menos de perro que de cosa,
Seguían
al rabí por la dudosa
penumbra
de las piezas del encierro.
Algo
anormal y tosco hubo en el Golem,
Ya que
a su paso el gato del rabino
Se
escondía. (Ese gato no está en Scholem
Pero,
a través del tiempo, lo adivino.)
Elevando
a su Dios manos filiales,
Las
devociones de su Dios copiaba
O,
estúpido y sonriente, se ahuecaba
En
cóncavas zalemas orientales.
El
rabí lo miraba con ternura
Y con
algún horror. ¿Cómo (se dijo)
Pude
engendrar este penoso hijo
Y la
inacción dejé, que es la cordura?
¿Por
qué di en agregar a la infinita
Serie
un símbolo más? ¿Por qué a la vana
Madeja
que en lo eterno se devana,
Di
otra causa, otro efecto y otra cuita?
En
la hora de angustia y de luz vaga,
En su
Golem los ojos detenía.
¿Quién
nos dirá las cosas que sentía
Dios,
al mirar a su rabino en Praga?
Borges
y el Golem, por Marcos R. Barnatán
"Volvamos
ahora al Golem, ya que sobre la leyenda
cabalística construyó Borges uno de sus poemas
más originales. Dijimos páginas antes que tanto la
novela de Meyrink o su versión cinematográfica
impresionaron grandemente al joven Borges, mucho
antes de conocer los estudios eruditos de Gershom
Scholem. Fruto de la experiencia múltiple
nace el poema, el verso que no tuvo por escenario las
calles
y las sinagogas de la Praga cantada,
sino el espíritu de la letra y la imagen
expresionista de Paul Wegener. (Ese gato
que "no está en Scholem", está sin
embargo en el film alemán como prueba irrefutable de
su presencia en Borges.)"El Golem" es un poema
cinematográfico, como lo es también "El
general Quiroga va en coche al muere", aunque en
aspectos muy distintos.
Además
de la novela de Meyrink, de los estudios de Scholem y
del poema de Borges, del Golem queda un murmullo
supersticioso que hace llenar de papelitos con
mínimos o máximos pedidos la tumba del santo
rabino. Destacada entre las demás estelas funerarias
del viejo cementerio de Praga, cualquier
visitante puede dejar en la tumba de Judah León, el
rabino Loëw, una piedrecita que testimonio su paso.
El film de Wegener y una cervecería en la calle
Maislova, junto a la sinagoga, con un
golem metálico en su cartel anunciador y su nombre U
Golema. Todo eso nos queda del Golem. Para la poesía
en lengua castellana, y para la obra de Borges en
particular, uno de sus más hermosos y originales
poemas ha quedado consumado. El poeta es
al poema como Dios es al hombre y el rabino
es a su Golem. La creación llega a sus mismos
límites y la experiencia de Judah León quedó
frustrada por un "error en la grafía". No
es esto una lección última de humildad ante la
imperfección de nuestras obras? El poema testimonia
también ese fracaso, e indica veladamente los peligros de
toda creación."
Marcos
Ricardo Barnatán, Los poetas: Jorge Luis Borges
(1972)
El
Golem y el cine: Paul Wegener
Las
versiones cinematográficas de El Golem, de Paul Wegener, actor,
director y productor alemán (1874-1951), que
dirigió en los años 1914, 1917 y 1920, tres
películas expresionistas basadas en el mito judío:
Der
Golem (1914)
Der
Golem und die Tanzerin (1917)
Der
Golem: Wie Er in die Welt Kam (1920)
El
Golem (Paul Wegener)
-
- Ficha de la película de 1920
-
- Título original: Der
Golem: Wie er in Die Welt Kam
Año:
1920
Compañía:
Projektions A.G. Union
Director:
Paul Wegener y Carl Boese
Guión:
Paul Wegener y Henrik Galeen
Paul
Wegener
- Actores:
-
- Paul Wegener (Golem)
Albert
Steinrück (Loew)
Lyda
Salmonova (Miriam)
Lothar
Müthel (Floriano)
Otto
Gebühr (Emperador)
ARGUMENTO
El
conde Floriano decreta la expulsión de los judíos
de Praga. Entonces, el rabino Loew
crea un coloso de barro al que da vida mediante un
conjuro. El rabino y el Golem visitan al emperador,
para solicitar la anulación del decreto. Pero el
gobernante se niega, tras lo que el palacio empieza a
derrumbarse como castigo de los dioses. El Golem sujeta los
muros, tras lo que el emperador se disculpa ante los
judíos como agradecimiento. Pero antes de que el
rabino destruya al coloso, su ayudante le ordena que
mate a Floriano, quien como él, está enamorado de
la hija del rabino.
El
rabino Loew (Albert Steinrück)
"Basado
en un relato de Gustav Meyrink, que a su
vez se basa en una vieja leyenda judía. La película
anda a caballo entre el expresionismo y el
romanticismo, corrientes artísticas muy fuertes en
la Alemania de la época. Por otra parte, el film es
un remake del realizado en 1914 por los guionistas
del largometraje, superando ampliamente al
largometraje original en la realización y en la
interpretación de los actores, entre los que destaca
el propio Wegener, que no contento con
escribir y dirigir el film, también lo
interpreta."
(Transcrito
de una web sobre cine)
Cartel
de El Golem
El
Golem se anima.
Carl
Boese: Sobre los efectos técnicos de la
película El Golem, de Paul Wegener
(1920).
"Nuestro
último truco fue la animación de la materia muerta
del Golem. Esta vez no había efectos
técnicos. químicos o físicos. Simplemente recurrí
a la ilusión e imaginación del propio espectador.
El
rabino Loew, una vez encontrada la palabra mágica,
debía trazar esa palabra sobre un pergamino y
encerrarlo en una cápsula de greda sujeta al pecho
del Golem. Luego el Golem se animaba abriendo mucho
los ojos.
No
queríamos cortar este plano donde hubieramos podido
entonces reemplazar la estatua de greda por el propio
Wegener.
Por
consiguiente había que proceder de la siguiente
manera: el rabino contempla la
estatua que, un momento antes,
vacilaba aun. Luego arranca la cápsula del pecho del
Golem; va con esa cápsula hacia la mesa. La cámara
retrocede en travelling aéreo, y mantiene en su
campo aún al Golem, incluso en el momento en el que
se inclina para ver lo que hace el rabino. El rabino
coge el pergamino con la palabra
mágica, lo enrolla y lo pone en la cápsula. Luego
va de nuevo hacia el Golem. La cámara sigue
manteniendo al Golem todavía en su campo, se acerca
a este hasta que lo encuadra a tamaño natural. En el
borde de la imagen vemos aún en parte al rabino y
abajo sus manos que vuelven a
poner la cápsula en el pecho del golem, En el mismo
momento, el Golem abre los ojos y contempla su
entorno. La forma muerta empieza a respirar.
Viendo
la película nadie creerá que en cierto momento,
delante de la cámara que está rodando, cuatro
hombres han quitado la estatua y que Wegener se ha
colocado en su lugar.
Yo
le había sugerido a Steinrück, el rabino, que
simulara ser torpe al enrollar el pergamino en la
cápsula y que lo hiciera casi caer pero que
consiguiera en el último momento ponerlo en esa
cápsula. En ese momento crítico, en el que todos
los ojos siguen esa acción en primer plano con
interés, hice que en el fondo Wegener reemplazara a
la estatua sin que los espectadores se dieran cuenta.
"
Transcrito
de La pantalla
demoníaca. Las influencias de Max Reinhardt y del
expresionismo.
ENCUENTROS
CON EL GOLEM DE PRAGA
Por
María Negroni
"Adán es,
probablemente, la representación más difundida de
un Golem de que tenga memoria la
humanidad. Al margen de él (de nosotros), la lista
de sueños sobre creación de seres animados es
cuantiosa. El homunculus de Paracelso, la Olympia
de T.E. Hoffman, el ruiseñor de Andersen, el
engendro de Frankenstein, la
prostituta-robot de Metrópolis, para no citar sino
algunas, son todas manifestaciones más o menos
nocturnas, más o menos musicales, de la misma
pesadilla. En la base hay siempre una
mutación, algún saber hermético que desemboca en
el nacimiento de la una máquina sensible, a medio
camino entre la béte noire y la conciencia de la
finitud, entre el fetiche sexual y el desamparo
infantil, entre la coraza monstruosa y la
vulnerabilidad.
El
Golem propiamente dicho, sin embargo, es ciudadano de
Praga. Allí lo hace nacer la leyenda, atribuyendo la
autoría al rabino Loew (1512 1609), en épocas
de Rudolf II de Habsburgo, cuando Praga era la
capital del reino de Bohemia y en la corte convivían
Kepler, Brahe, Archimboldo, las obras de Durero, la
luz sombría del barroco y el fervor cabalista de la
sinagoga de Pinkas. Esta primera representación del Golem, no es
uniforme. En algunas versiones, el muñeco de greda y
escritura, originariamente diseñado para proteger al
ghetto
de
las persecuciones, se subleva y acaba destruyendo a
su creador. En otras, se suicida. En otras,
simplemente, el rabino borra la primera letra del
nombre impreso en su frente (Emet, que
significa verdad, sello del único) y el Golem
regresa a la arcilla (Met, muerto). Todas variantes,
como se ve, que posiblemente poco tengan que ver con el Golem, tal como lo
imaginó Loew, hombre renacentista, más preocupado
por desalentar el dogma y mantener vivo el espíritu de
la Torah que por dramatizar un phatos
político o personal.
De
todas las versiones, sin embargo, la más irreverente
es la Gustav Meyrink (1868 1932).
En
su novela publicada en 1915, un narrador anónimo (un
restaurador de joyas que ha recogido por error el
sombrero de un tal Athanasius Pernath) sueña en una
sola noche la vida de ese hombre que -acabará
descubriendo, como los pájaros del Simurgh- es él
mismo. Borges resumió casi todo al decir
que, como Alicia en el País de las Maravillas, Der
Golem es una novela onírica, Yo agregaría que ese
sueño contiene la novedad de un gótico
religioso.
Muchas
cosas, como fuere, están felizmente tergiversadas
respecto de la leyenda. El Golem mismo
apenas ocupa un quinto de las páginas, el rabino
literalmente no aparece (aunque hay un archivero,
Shemajah Hillel, que se le parece), el narrador ha
sufrido una crisis de identidad y tiene clausurado el
pasado (como Barba Azul) y la destrucción es
reemplazada por la más infructuosa búsqueda que una
subjetividad pueda hacer de sí misma. Quizá en esto
último radique lo más claro; la verdadera creación
e traslada, en Meyrink, al fuero interior. De
allí que la pregunta central de este libro sea
¿Quién es yo?. Porque la memoria y el conocimiento, se
entiende, son una misma cosa; no hay más viaje que
el simbólico, y se ejerce a través de una trama
mnemónica.
Vista
así, la aparición del Golem cada treinta
y tres años (la edad de Cristo) es un
recordatorio para el hombre que vive alienado como en un sueño
de opio. Su rostro oscuro refleja el alma
enferma de la comunidad. Como un visitante que
llegara para anunciar la necesidad de la Gran Obra
alquímica, ese opus nigrum que permite asociar
el pensamiento que divide (la razón) con el que
armoniza (la imaginación), irrumpe sólo en los
bajos fondos de la ciudad y allí se arrastra como un fantasma
asociado al crimen y el misterio. Algo en
él recuerda a Cesare, el muñeco sonámbulo de El
Gabinete del Dr. Caligari. Su violencia rima con las
callejas torcidas y afiebradas de ese reducto de
pasión que es el ghetto. Hay que apurar la muerte,
diría Bataille, para que algo pueda
nacer.
En
esa arquitectura expresionista, mezcla de la Pedrera
de Gaudí y de las ciudades porosas de Xul Solar, se
interna también el narrador. Todo allí es
catastrófico, ojival, apocalíptico. Basta cerrar
los ojos y recordar los planos que Paul Wegener registró en
su film El Golem (1920) sobre
dibujos o pesadillas vivas de Alfred Kubin y Marlène
Poelzig: crujidos, falsas escuadras de tiempo, filas
de tejados barrocos mostrándose como losas
sepulcrales sin inscripción, siluetas que
ascienden y descienden, antorchas, puertas
cuneiformes, triángulos y sombras que parecen aves
de rapiña. Lotte Eisner explicó como nadie el nerviosismo
de esa estética. Habló de una dictadura del
espíritu y de una fotogenia del alma, de visiones
goyescas y de cierta perfidia del objeto en medio de
una suerte de lírica cinética, de bosque encantado.
También para ella el ghetto es un espacio malsano y
superpoblado en el que se vive una angustia
sin fin, sólo interrumpida por algunos
gestos lineales, bruscos, esfumados luego hacia la
noche. Es allí, entre vecinos que más bien parecen
animales viejos y malhumorados y bouquets nupciales
en las alcantarillas, que Pernath se deja arrastrar
por sus pulsiones hacia una trinidad de mujeres (Rosina, la
prostituta; Myriam, la judía mística; y la
inalcanzable condesa Angelina) mientras el
Golem-sombra lo busca para mostrarle las múltiples
imágenes de su ser ilusorio (artista, mártir, chivo
expiatorio) que podrían si las aceptara-
revelarle su identidad más recóndita.
No
es que la cuestión política desaparezca; por el
contrario, se espiritualiza, se vuelve una poética.
Los crímenes del Golem, digamos, quedan ligados a
las sagas del alma por recobrar su döppelganger y
así suprimir el exilio y la separación. La
esperanza es liberarse de la dualidad, trocar la
objetivación del Mal en una verdad concebida como
proyecto y hacer de ese afán de materialización,
famélico e hipnotizante como el del vampiro, una
oportunidad para integrar el deseo (vale decir, la
risa, el pensamiento no petrificado, todas las
estrellas e infiernos de lo sexual) a la casa
mística, complementaria, del ser. El cabalista
Loew habría encontrado aquí ecos
prodigiosos.
Pernath,
por su parte, terminará por comprender: el Golem se
le aparece, le trae un libro, Ibbur o la fecundación
del alma. Otro día, en un sueño, Pernath ve
un signo grabado en su propia frente. Sistema de
cajas chinas que hacen pensar en Las ruinas
circulares y, en general, en el poder de los
vestigios. Las señales se multiplican. No importa
que el Golem viva en un cuarto sin puertas, con una
ventana enrejada. Como en El misterio del cuarto
amarillo o en Los asesinatos de la calle Morgue, el
enigma de la habitación del vértigo tiene
explicación. Toda pregunta, dice el archivero
inspirado en el Zohar o Libro del Brillo, ya está
resuelta, de hecho, en el instante mismo en que nos
la planteamos a nosotros mismos. Y así, Pernath
accede a la guarida del Golem, por un laberinto que
existe debajo del ghetto como para corroborar la
fórmula gnóstica igual que arriba, es abajo:
también el ghetto es un laberinto que circula
debajo de la ciudad celeste. Sólo hay que pulir el
espejo del corazón dirían los sufíes- para
que cada objeto revele lo que esconde.
Este
secreto no se averigua fácilmente. Me pregunto si Meyrink lo habrá
aprendido en su vida excéntrica ya que,
dicho sea de paso, se registran en su biografía los
oficios más insólitos: fue playboy, titiritero,
hijo bastardo de una actriz, místico, traductor de
Dickens, hombre de negocios, atleta, tuberculoso,
coleccionista de ratones africanos y de
confesionarios, estafador, contemporáneo de Kafka,
suicida fracasado, ávido lector de tratados de
teosofía, cábala y pensamiento oriental, y
discípulo de Madame Blavatsky.
Su
libro lo atestigua. El gusto por las
sinfonías de horror convive en él con cierta
debilidad por las arquitecturas nórdicas y las almas
ariscas que son, a menudo, las más propensas a
airear lo suprimido. (Lo gótico, sería justamente
este paseo del secreto). Mezcla de psicología,
ocultismo, thriller budista y novela dividida en
capítulos monosilábicos, El Golem de
Meyrink es un curioso bildungsroman y
también, como Iggur el libro que recibe
Pernath del Golem- un regalo de lo invisible. En un espacio
irresuelto entre la vigilia y el sueño, allí donde
el afán es rendirse a una epidemia espiritual que
puede traer a la política del ghetto un saber
inesperado, la constante pregunta por lo real enfrenta al
Golem interno, no para destruirlo sino más bien para
redimirlo. En otros términos, el narrador vive el
pasado de lo que pasará y, en ese futuro anterior,
re-construye como quería Proust- la sombra que
lo vivido proyecta hacia delante, restaura (después
de todo, es su oficio), en medio de la vida
turbia y triste de un ghetto delirante, lo olvidado,
eso otro que leemos desde siempre en el Libro sin
saber que somos nosotros mismos, sin saber
que el paraíso, como en aquel cuento jasídico,
sería entender lo que leemos."
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