La página castellana de Gustav Meyrink

 

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Fragmentos de obras de MeyrinkkF


El Golem. Capítulo I (Inicio)

El Golem (Fragmento)

El Golem (Fragmento II)

El Rostro Verde (Capítulo XI)

Comunicación telefónica con el mundo de los sueños (Texto de G. Meyrink)de obras de Gu



 

(El Golem. Capítulo I. Inicio.)

La luz de la luna cae a los pies de mi cama y se queda allí como una piedra grande, lisa y blanca. 
Cuando la luna llena empieza a encogerse y su lado derecho se carcome - como una cara que se acerca a la vejez mostrando primero las arrugas en una mejilla y perfilándose después - a esa hora de la noche, se apodera de mí una inquietud sombría y angustiosa
    No estoy dormido ni despierto, y, en el ensueño, se mezclan mi alma lo vivido con lo leído la vida de Buddha Gotama e incesantemente volvían a repetirse en mi mente, de mil formas, estas frases: 
"Una corneja voló hacia una piedra que parecía un trozo de grasa y pensó: Quizás haya aquí un buen bocado. Pero como la corneja no encontró nada apetitoso, se alejó. Del mismo modo que la corneja que se había acercado a la piedra, abandonamos - nosotros, los seguidores - al asceta Gotama, cuando hemos perdido  placer en él.
    Y la imagen de la piedra que parece un pedazo de grasa crece monstruosamente en mi mente
Camino por el lecho seco de un río y recojo guijarros lisos. 
De color gris-azulado, cubiertos de polvo brillante, sobre los que pienso y recapacito y con los que, sin embargo, no sé que hacer  - y después otros negros con manchas amarillas de azufre,  como petrificados intentos de un niño por imitar unas salamandras toscamente moteadas. 
    Y quiero arrojar estos guijarros lejos de mí, pero una y otra vez se me caen de las manos, y no puedo apartarlos de mi vista. 
    Aparecen a mi alrededor todas las piedras que han jugado un papel en mi vida. 
    Algunas se esfuerzan desmesuradamente por surgir de la tierra a la luz - como grandes cangrejos de color pizarra, subiendo con la marea, empeñados en atraer mi mirada hacia ellos y decirme cosas de importancia infinita
    Otros, agotados, vuelven a caer, sin fuerzas, en sus agujeros y  renuncian a hablar. A veces salgo de la oscuridad de estos ensueños y veo de nuevo, por un instante, la luz de la luna sobre la abombada cubierta al pie de mi cama, como una piedra al pie de mi cama, como una piedra grande, lisa y clara, para, tanteando ciegamente, recuperar una conciencia que se diluye, buscando sin descanso la piedra que me atormenta - la que debe estar en algún sitio oculta entre los escombros de mis recuerdos y parece un pedazo de grasa. 
    No lo consigo. 
    En mi interior una obstinada voz afirma una y otra vez con necia tenacidad - incansable como una contraventura que el viento golpeara contra las paredes a intervalos regulares -: que ello no es así, que ésta no es en absoluto la piedra que parece grasa. 
    Y no hay forma de librarme de la voz. 
    Cuando, por centésima vez, objeto que todo esto  es secundario calla entonces por un momento, pero luego, imperceptiblmente, va despertando para volver obstinadamente a comenzar: si, bueno, está bien, pero no es la piedra que parece un pedazo de grasa. 
    Entonces, lentamente, empieza a apoderarse de mí una insoportable sensación de desamparo. 
No sé lo que ha pasado después. ¿He abandonado voluntariamente la lucha, o ellos, mis pensamientos, me han dominado y amordazado? 
    Sólo sé que mi cuerpo yace dormido en la cama y que mis sentidos se han separado y ya nada los une a él. 
    De repente quiero preguntar quién es "Yo"; y es entonces cuando me acuerdo de que ya no poseo órgano alguno con  el  que formular preguntas, y  temo que esa tonta voz vuelve a despertar y comience desde el principio el eterno interrogatorio sobre la piedra y la grasa. 
    Y así me alejo." 



 

El Golem (fragmento)

"Vuelve a despertarse calladamente en mí la leyenda del Golem espectral, de ese hombre artificial que hace tiempo construyera de materia, aquí en el ghetto, un rabino conocedor de la Cábala, quien lo convirtió en un ser autómata y sin pensamiento, al situar tras sus dientes una mágica palabra numérica. Y del mismo modo que aquel Golem se convertía en una estatua de barro en el mismo segundo en que se quitaba de su boca la sílaba misteriosa de la vida, me parece que todos estos hombres se derrumbarían sin alma en el mismo momento en que se borrara cualquier mínimo concepto, quizás un deseo secundario en alguno, tras borrar de su mente cualquier inútil costumbre, o en otro sólo la oscura espera de algo indeterminado e inconsistente. 
¡Qué enseñanza tan latente y terrible existe en estas criaturas! 
Nunca se las ve trabajar y, sin embargo, están despiertas muy temprano, se levantan con la primera luz de la mañana y esperan conteniendo la respiración -como a un sacrificio que nunca llega. 
Y si alguna vez parece posible que alguien entre en su territorio, algún indefenso del que se puedan enriquecer, cae de repente sobre ellas un temor paralizador que las vuelve a hacer esconderse en sus rincones y mantenerse apartadas y temerosas de cualquier provecho. 
Nadie parece lo suficientemente débil, para que ellas se sientan con el valor suficiente para apoderarse de él. 
'Animales de rapiña, degenerados y sin dientes, a los que se les ha quitado su fuerza y sus armas', dijo Charousek mirándome dubitativo" 



 

El Golem (fragmento II)

"Cuando les quería explicar que lo importante -lo esencial- para mí en la Biblia y en las otras escrituras sagradas era el milagro y sólo el milagro, y no las normas de ética y moral, que no pueden ser más que caminos ocultos para llegar al verdadero milagro, sólo sabían responderme con lugares comunes, pues temían confesar que lo único que creían de las escrituras religiosas podía estar exactamente igual en los libros de leyes civiles. Sólo oir la palabra 'milagro' les resultaba incómodo, desagradable. Decían que se les abría la tierra bajo los pies. 
¡Como si pudiera haber algo mejor que perder la tierra bajo los pies! 

En cierta ocasión le oí a mi padre decir que el mundo está aquí para que nosotros nos lo imaginemos roto -que es entonces cuando empieza la vida-. Yo no sé a qué se refería con la 'vida', pero a veces siento que un día me 'despertaré'; aunque no puedo imaginarme en qué estado despertaré. Siempre pienso que le precederán esos milagros."



 

El Rostro Verde (Capítulo XI)

"Cogió el rollo y se forzó a leerlo, pero sus pensamientos se perdían en la búsqueda de Eva tras de cada línea. Cada vez que fijaba su atención en el papel se decía a si mismo que era una idiotez estudiar unas cuestiones tan puramente teóricas, tan desconectadas de la realidad, en un momento en el que cada minuto debía dedicarse a la acción. Estaba dispuesto a encerrar el cuaderno en el escritorio cuando sintió muy claramente que se hallaba dominado por una fuerza pérfida e invisible. Se detuvo un instante para reflexionar, pero más que reflexionar, lo que hizo fué escuchar. -¿Qué fuerza interna extraña e inquietante es ésta -se interrogó a si mismo- que suplanta a mi propio Yo y me obliga a hacer lo contrario de lo que había decidido un minuto antes?. ¿Quiero leer y no voy a poder?. Hojeó nuevamente el libro, y cada vez que le surgía una dificultad volvía a asaltarlo el mismo pensamiento insistente: "Déjalo ya, no vas a encontrar el principio. Es un trabajo inútil". Puso en guardia a su voluntad para no permitirle entrar. Su vieja costumbre de auto-observarse exigía una vez más sus derechos. -¡Si por lo menos pudiera hallar el principio! -gimió dentro de el una voz engañosa e hipócrita mientras pasaba las hojas mecánicamente. El texto mismo le dió entonces la respuesta. "Es el principio -leyó en un párrafo al azar, sorprendido de tropezarse justo con esta palabra - que le falta al hombre. "No es que sea difícil encontrarlo, el obstáculo consiste en la idea obsesiva de tener que "buscarlo". "La vida es misericordiosa, nos regala un comienzo en cada instante. A cada segundo, nos es planteada la cuestión: ¿quién soy yo?. Pero no somos nosotros quienes la planteamos, por eso no encontramos el principio. "Cuando nos la planteemos seriamente, habrá llegado el día en cuyo crepúsculo morirán aquellos pensamientos parásitos que se habían introducido en la fiesta de nuestra alma, para asistir al banquete. "El arrecife de coral que ha ido construyendo a lo largo de milenios y al que llamamos "nuestro cuerpo" es su obra, su nido, su refugio. Para hacernos al mar, primero tenemos que abrir una brecha en el arrecife de cal y arcilla, y luego tenemos que disolverlo para que vuelva a su estado espiritual original. Más tarde te enseñaré cómo construir una casa nueva con las ruinas de este arrecife". Hauberrisser depositó el rollo sobre la mesa para meditar un poco. Poco le importaba ya que la página fuera un borrón o una copia de una carta que el autor dirigía a un desconocido, la segunda persona empleada en el texto había conseguido capturarlo, hacerle creer que él era el único destinatario. Decidió interpretar el manuscrito en este sentido de ahora en adelante. Reparo especialmente en una cosa: el escrito, a veces, se parecía a un discurso tal como hubieran podido pronunciarlo Pfeill, Sephardi o Swammerdam. Ahora comprendía que los tres estaban impregnados del mismo espíritu que emanaba de la agenda enrollada, los tres se habían convertido en una especie de dobles para lograr que el pequeño señor Hauberrisser, actualmente tan desamparado y tan hastiado del mundo, se transformara en un ser realizado. "Ahora escucha lo que tengo que decirte: ¡Armate para los tiempos venideros!. Pronto el reloj del universo dará las doce, la cifra es roja y está bañada de sangre. Por este signo la reconocerás. La primera hora nueva será precedida por un huracán. Vela para que no te sorprenda dormido, porque los que entren en el nuevo día con los ojos cerrados seguirán siendo las mismas bestias de antes y ya nunca se despertarán. Existe un equinoccio espiritual. La primera hora nueva de la que te he hablado es un punto de inversión a partir del cual la luz se coloca en equilibrio con la oscuridad. Durante otro milenio más, los hombres aprendieron a dominar la naturaleza y a descifrar sus leyes. Bienaventurados aquellos que comprendieron el "sentido" de tal trabajo, los que captaron que la ley interior es igual a la exterior, pero una octava más alta. Estos son los llamados a la cosecha, los demás son siervos que labran la tierra con la vista inclinada. Desde el diluvio está oxidada la llave que abre nuestra naturaleza interior. La clave es estar despierto, estar despierto lo es todo. De nada está más convencido el hombre que de estar despierto. Pero en realidad se halla preso en una red de ensueños que él mismo ha tejido. Cuanto más apretada esté la red, más sólido sera el reino del sueño. Los que se enredan en ella duermen, andan por la vida como manadas hacia el matadero, apáticos, indiferentes, sin pensar. Los soñadores de entre ellos no ven sino un mundo enrejado a través de las mallas, no ven sino porciones engañosas, no saben que se trata de fragmentos desprovistos de sentido de un todo gigantesco, y guían su conducta por ellos. Tales soñadores no son los poetas ni las personas fantásticas, como podrías creer. Son los hacendosos, los laboriosos, los incansables de este mundo, los roídos por la rabia de actuar. Se parecen a feos escarabajos afanándose por escalar un tubo liso, escalarlo y volverse a caer una vez arriba. Se imaginan que están despiertos, pero lo que creen vivir no es en realidad más que un sueño predeterminado hasta en el menor detalle y en el que la voluntad no tiene ninguna influencia. Ha habido y hay algunas personas conscientes de que sueñan, son pioneros aproximándose al baluarte. Detrás de ellos se esconde un Yo eternamente despierto, videntes como Goethe, Schopenhauer y Kant, pero carecían de las armas imprescindibles para "tomar al asalto" la fortaleza y su llamada a la lucha no despertó a los dormidos. Estar despierto lo es todo. El primer paso es tan sencillo que está al alcance de cualquier niño. El que no sabe cómo se anda no quiere renunciar a las muletas heredadas de sus antepasados. Estar despierto lo es todo. Está despierto en todo lo que hagas. No creas que ya lo estás. No, estás durmiendo y soñando. Junta todas tus fuerzas y, durante un momento, oblígate a sentir cómo recorre tu cuerpo esta sensación: ¡ahora estoy despierto!. Si consigues experimentar esa sensación reconocerás inmediatamente que tu anterior estado era como el de un sonámbulo, como el de un drogado. "



 

Un texto de Gustav Meyrink: Comunicación telefónica con el mundo de los sueños

"Desde que somos chicos se nos inculca la idea de no dar crédito alguno a los sueños; es curioso que a lo largo de tiempo permanezcamos ciegos y sordos ante los mensajes provenientes de un pais que, como sabemos de antemano, consta de pantanos y manglares cenagosos. Y esto no es todo: las imágenes con las cuales nuestro aguzado instinto -es decir, nosotros mismos- habla, se vuelven absurdas y engañosas, porque desde chicos las hemos tenido por fantasmagóricas, o bien como un mosaico formado por los fragmentos de recuerdos vividos durante la vigilia.
Existe un método muy sencillo de poner a prueba el asunto, suponer que los sueños dicen la verdad. Paracelso fue quien probablemente descubrió el misterio, que consiste en escribir con mucho cuidado los sueños, como si fuera un diario nocturno en lugar de uno vespertino, que la mayoría de las veces resulta harto aburrido. Las consecuencias las he experimentado sobre mí mismo, y éstas son: pasado un tiempo prudencial, según la conducta del individuo, se establece una comunicación telefónica con la "otra" región; los sueños adquieren entonces más vida, color e interés. Se requiere bastante tiempo y paciencia, hasta que el vocero del sueño se convence de que no será objeto de burla. Es muy sensible, como un intimo amigo, o -mejor dicho- como la conciencia de cada cual.

Existen múltiples historias, según las cuales los sueños han predicho esto o aquello, por ejemplo una muerte violenta; se trata de algo así como una profecía inevitable, pues quien ha sido avisado busca inútilmente obtener los medios para escapar.

Según la crónica familiar del conde de Bohemia, de nombre Rosenberg, éste cuenta cómo un día, en tiempos de Waliensteins, la condesa soñó que su joven hijo sería mordido y muerto por un león. Días después, preparándose una cacería por los alrededores, la condesa, con clásica lógica femenina, prohibió a su hijo tomar parte en ella. Es evidente que en los bosques de Bohemia no hay leones, pero supongo que la condesa contestaría: "No importa, de cualquier forma puede ser mordido". De modo que encerró al joven en el patio del castillo. El muchacho, furioso, iba de un lado a otro del patio cuando vio en una esquina de la muralla un lienzo, con la figura de un león, que cubría una abertura para disparar ballestas. 

"­Por culpa de esa bestia estúpida no he podido ir de caza!", exclamó el joven, dando un puñetazo a la tela.

De la garganta del animal salió entonces una punta de cristal que, clavándosela en la mano, le condujo a la muerte.

Es comprensible que hechos tales hagan pensar a los hombres que no se puede escapar del destino, incluso sabiendo de antemano las circunstancias que lo rodean.

No me importa reconocerlo, la teoría de la prefijación del destino es cierta. Este hecho, por más doloroso que sea, no significa adoptar la actitud del avestruz: taparse los ojos ante el peligro. La idea de que una divinidad juega con nosotros, pretextando que lo hace por nosotros como disculpa, es todavía menos consoladora. Si creemos en el Fatum tenemos al menos una posible salida por el sitio más débil de la red. Reflexionando sobre el hecho, surge esta pregunta: ¿Quién depende del Fatum? ¿Quién es éste, en el profundo sentido de la palabra? ¿Existe alguien que se haya planteado seriamente esta pregunta? 0 bien, actuando en consecuencia, ¿hay alguien a quien el Fatum le haya ayudado a plantearse esta pregunta? Entonces surge a nuestros pies esta contestación:

­ ¡Tú mismo eres el Fatum!

¿Yo? ¿Quién soy yo? Respuesta: Sin duda no eres el que va de un lado a otro, atrapado en la red de las causas y los efectos. Eres una sombra carente de libertad que desgraciadamente imagina ser el misterioso ser que forma la sombra; si logras encontrarla en el profundo abismo donde se generan las cosas, podrás ser libre, podrás quitar los goznes a tu estrella y señalarle el camino que te apetezca.

Volvamos al ejemplo de la condesa Rosenberg, ¿quién era aquella voz que le anunció: "Tu hijo será mordido por un león". Un misterioso y vocinglero pajarraco de la muerte, que no tenía nada mejor que anunciarle: "Esto sucederá y no hay escapatoria posible".

Fue la condesa quien colocó su propio sello en el pájaro de la muerte; éste sólo quería prevenirla, pero la condesa, aunque tenía oídos, no podía oir. Si hubiera sabido el camino que conduce a la fuente de todas las cosas, el país ilimitado de los sueños verdaderos, no se hubiera dejado arrastrar al pantano de los fuegos fatuos.

¿Qué error cometió? Trataré de explicarlo por medio de un suceso en el cual tomé parte:

Era otoño de 1921 ; en aquel tiempo el canto de sirenas que dec¡a "Traed el oro al Banco de la Nación" ya había dejado de sonar, no porque el Banco de la Nación estuviera cansado de recibir ingresos, sino porque el oro del país sólo se utilizaba para empastar los dientes. De modo que, siguiendo mi sentido común, compré -por medio de un viejo papel de Bolsa- un automóvil también viejo. Los vendedores juraron que no tenía grietas y roturas, pues aquellas habían sido cubiertas con grafito (las del coche, naturalmente, ya que las de las conciencias estaban cubiertas por la promesa de las palabras).

El artefacto ten¡a un aspecto lamentable; como es natural, estaba libre de impuestos. Me aseguraron que el motor se conservaba en buen estado.

De modo que, por el momento, decidí guardar el coche en un garaje, para hacerle colocar después, en Garmisch, una carrocería nueva. El día de la reparación se aproximó y mi mujer soñó lo siguiente:

En el coche viajábamos cuatro personas: ella iba a la derecha del asiento posterior, a su lado nuestro hijo. Delante iba yo, conduciendo el vehículo, y sentada junto a mí, a mi izquierda, mi hija. Todo parecía ir bien; giramos y entramos en una especie de avenida que se extendía por un paisaje de colinas; al lado de la carretera había un profundo precipicio; de pronto, el coche se acercó a la derecha y cayó en el abismo. Mi mujer y mis hijos resultaron heridos de gravedad; en cuanto a mí, ¡resulté muerto!

Después de esto no sabía qué hacer con el coche: ¿regalarlo? No parecía oportuno, dado su lamentable estado. ¡El sueño de mi mujer se repitió! Una vez, dos veces... ¡toda la semana! El asunto me tenía tan preocupado que pensé en destruir el auto y llevarlo a un desguace.

Pensé en el caso de la condesa Rosenberg, y decidí hacer otra prueba. Antes de dormirme, intenté llegar al sueño profundo, a la incógnita. ¿Qué debo hacer para escapar al Fatum? Durante mucho tiempo no recibí respuesta alguna, pero insistí una y otra vez. Un d¡a desperté con la "conciencia" clara; no puedo explicarlo de otro modo: "Oculta la imagen que ha soñado tu mujer!" Ese fue aproximadamente el consejo que grabó en mi interior el "enmascarado".

Mi mujer había soñado que iba a la derecha del asiento trasero; yo iba al volante, a la derecha. Efectué la siguiente distribución: mi mujer se sentaría a la izquierda; a su lado, mi hija, y después mi hijo; yo me sentaría delante y a la izquierda, pero al volante... ¿quién?

Llamé por teléfono a un conocido mío, comerciante en automóviles, llamado W.

-¨¿Tendría la amabilidad de llevarnos a Garmisch, conduciendo usted el automóvil?

-Con mucho gusto -respondió, y fijamos el día.

Luego llamé al mecánico del garaje donde estaba el coche, diciéndole que verificara otra vez todos los detalles, especialmente las ruedas de la derecha (suponía que allí había algún defecto, pues mi mujer soñó que el auto se había precipitado a la derecha).

Llegado el día fijado, me desperté muy de mañana, preso de grandes remordimientos. ¡Vas a poner al señor W. en peligro de muerte! Me comuniqué con él, pero no llegué a decir nada, pues me interrumpió con estas palabras:

-Me alegro que me haya llamado usted, pues hoy no puedo llevarles a Garmisch, ¡me ha salido un forúnculo en el cuello y me encuentro muy molesto!

¿Significaría esto que el Fatum se sirve de un forúnculo para rompernos el cuello a nosotros cuatro?

Llamé a Garmisch: el jefe del taller se puso al habla.

­ Por favor, señor X, mándeme usted un chófer!

- ¿Por qué?

- No me atrevo a conducir el coche: temo que quizá tenga un defecto. Pregunte usted, a su mecánico, por favor, si está dispuesto a llevar el coche.

Al poco llegó la respuesta.

- Dice que estádispuesto.

Fui al garaje.

- ¿Han examinado todo?

- Sí todo está en orden.

-Por favor, le ruego que examine en mi presencia las ruedas de la derecha.

El mecánico se encogió de hombros sonriendo y obedeció de mala gana.

- ¿Qué es esto? - exclamó de repente -. ¡No entiendo cómo antes se me pudo haber pasado! Las conexiones del eje posterior están rotas. ¡Sospecho que han tapado las roturas con grafito!

- ¿Es posible que durante el viaje se salgan las ruedas?

- No, de ningún modo; puede ocurrir que, de pronto, queden bloqueadas; si el coche va muy de prisa, puede resbalar y volcarse.

- ¿Existe algún peligro yendo despacio?

- Así es poco probable que ocurra.

En ese momento llegó el chófer de Garmisch. Le informé del defecto del coche, y después de un detallado diálogo se declaró dispuesto a ir con nosotros de retorno. Subimos al coche, colocándonos en la forma mencionada; yo
me sent‚ a la izquierda del conductor. El coche se puso en marcha enseguida. A las dos horas, cuando pasbamos por Weilheim, mi mujer, dándome unos golpecitos en la espalda, me indicó un precipicio que empezaba a verse ante nosotros.

- ¡Allí! ¡Es un lugar exactamente igual a mi sueño!

- ¡Vaya usted lo más despacio posible! - grité al chófer - ¡No pase de los diez kilómetros por hora!

El hombre se rió burlonamente.

- ¡Haga usted lo que le digo! -ordené

El coche comenzó a derrapar.

- ¿Oye usted eso? - pregunté de repente el conductor - ¡Ahora! ¡Otra vez!, en la parte trasera...

En ese momento el auto basculó como un caballo al que le hubieran cortado los tendones de las patas traseras. Con un movimiento rápido, el hombre accionó los frenos. El coche se detuvo; un poco más de velocidad y hubiéramos caído al precipicio que se encontraba a la derecha.

Después del examen correspondiente, resultó que la rueda no se había salido de su eje, sino que la llanta había saltado. Era ese tipo de llanta denominada "principe real". Como consecuencia del accidente, algunos rayos se desencajaron.

- Más les valiera a los príncipes reales gobernar y no inventar - maldijo el chófer.

En todo caso ¡el Fatum había sido derrotado! Tan sólo con tomar algunas medidas especiales y casi infantiles. 

Un fatalista diría:

- Estaba escrito en las estrellas que no caerías en el precipicio.

El astrólogo diría:

- No, ha sido una prueba para demostrar que el hombre, utilizando su inteligencia, puede ser dueño y señor de su destino.

A mi parecer, ninguno de ambos tiene razón: la salvación proviene de la fuente que surge del sueño profundo. El escuchar su murmullo bastó para que la red del Fatum encontrara los agujeros de la falla en su red."