(El
Golem. Capítulo I. Inicio.)
La
luz de la luna cae a los pies de
mi cama y se queda allí como una piedra grande, lisa
y blanca.
Cuando
la luna llena empieza a encogerse y su
lado derecho se carcome - como una cara que se acerca
a la vejez mostrando primero las arrugas en una
mejilla y perfilándose después - a esa hora de la
noche, se apodera de mí una inquietud
sombría y angustiosa.
No estoy dormido ni despierto, y, en el ensueño, se
mezclan mi alma lo vivido con lo leído la vida de Buddha
Gotama e incesantemente volvían a repetirse en mi
mente, de mil formas, estas frases:
"Una
corneja voló hacia una piedra que parecía un trozo
de grasa y pensó: Quizás haya aquí un buen bocado.
Pero como la corneja no encontró nada apetitoso, se
alejó. Del mismo modo que la corneja que se había
acercado a la piedra, abandonamos - nosotros, los
seguidores - al asceta Gotama, cuando hemos
perdido placer en él."
Y la imagen de la piedra que parece un pedazo de
grasa crece monstruosamente en mi mente:
Camino
por el lecho seco de un río y recojo guijarros
lisos.
De
color gris-azulado, cubiertos de polvo brillante,
sobre los que pienso y recapacito y con los que, sin
embargo, no sé que hacer - y después otros
negros con manchas amarillas de azufre, como
petrificados intentos de un niño por imitar unas
salamandras toscamente moteadas.
Y quiero arrojar estos guijarros lejos de mí, pero
una y otra vez se me caen de las manos, y no puedo
apartarlos de mi vista.
Aparecen a mi alrededor todas las piedras que han
jugado un papel en mi vida.
Algunas se esfuerzan desmesuradamente por surgir de
la tierra a la luz - como grandes cangrejos de color
pizarra, subiendo con la marea, empeñados en atraer
mi mirada hacia ellos y decirme cosas de importancia
infinita.
Otros, agotados, vuelven a caer, sin fuerzas, en sus
agujeros y renuncian a hablar. A veces salgo de
la oscuridad de estos ensueños y veo de nuevo, por
un instante, la luz de la luna sobre la abombada
cubierta al pie de mi cama, como una piedra al pie de
mi cama, como una piedra grande, lisa y clara, para,
tanteando ciegamente, recuperar una conciencia que se
diluye, buscando sin descanso la piedra que me
atormenta - la que debe estar en algún sitio oculta
entre los escombros de mis recuerdos y parece un
pedazo de grasa.
No lo consigo.
En mi interior una obstinada voz afirma una y otra
vez con necia tenacidad - incansable como una
contraventura que el viento golpeara contra las
paredes a intervalos regulares -: que ello no es
así, que ésta no es en absoluto la piedra que
parece grasa.
Y no hay
forma de librarme de la voz.
Cuando, por centésima vez, objeto que todo
esto es secundario calla entonces por un
momento, pero luego, imperceptiblmente, va
despertando para volver obstinadamente a comenzar:
si, bueno, está bien, pero no es la piedra que
parece un pedazo de grasa.
Entonces, lentamente, empieza a apoderarse de mí una
insoportable sensación de desamparo.
No sé
lo que ha pasado después. ¿He abandonado
voluntariamente la lucha, o ellos, mis pensamientos,
me han dominado y amordazado?
Sólo sé que mi cuerpo yace dormido en la cama y que
mis sentidos se han separado y ya nada los une a
él.
De repente quiero preguntar quién es "Yo";
y es entonces cuando me acuerdo de que ya no poseo
órgano alguno con el que formular
preguntas, y temo que esa tonta voz vuelve a
despertar y comience desde el principio el eterno
interrogatorio sobre la piedra y la grasa.
Y así me alejo."
El
Golem (fragmento)
"Vuelve
a despertarse calladamente en mí la leyenda del
Golem espectral, de ese hombre artificial
que hace tiempo construyera de materia, aquí en el
ghetto, un rabino conocedor de la
Cábala, quien lo convirtió en un ser autómata y
sin pensamiento, al situar tras sus dientes una
mágica palabra numérica. Y del mismo
modo que aquel Golem se convertía en una estatua de
barro en el mismo segundo en que se quitaba de su
boca la sílaba misteriosa de la vida, me parece que
todos estos hombres se derrumbarían sin alma
en el mismo momento en que se borrara cualquier
mínimo concepto, quizás un deseo secundario en
alguno, tras borrar de su mente cualquier inútil
costumbre, o en otro sólo la oscura espera de algo
indeterminado e inconsistente.
¡Qué
enseñanza tan latente y terrible existe en estas
criaturas!
Nunca
se las ve trabajar y, sin embargo, están despiertas
muy temprano, se levantan con la primera luz de la
mañana y esperan conteniendo la respiración -como a
un sacrificio que nunca llega.
Y si
alguna vez parece posible que alguien entre en su
territorio, algún indefenso del que se puedan
enriquecer, cae de repente sobre ellas un temor
paralizador que las vuelve a hacer
esconderse en sus rincones y mantenerse apartadas y
temerosas de cualquier provecho.
Nadie
parece lo suficientemente débil, para que ellas se
sientan con el valor suficiente para apoderarse de
él.
'Animales
de rapiña, degenerados y sin dientes, a los que se
les ha quitado su fuerza y sus armas', dijo
Charousek mirándome dubitativo"
El
Golem (fragmento II)
"Cuando
les quería explicar que lo importante -lo esencial-
para mí en la Biblia y en las
otras escrituras sagradas era el milagro y sólo el
milagro, y no las normas de ética y moral, que no
pueden ser más que caminos ocultos para llegar al
verdadero milagro, sólo sabían responderme con
lugares comunes, pues temían confesar que lo único
que creían de las escrituras religiosas podía estar
exactamente igual en los libros de leyes civiles.
Sólo oir la palabra 'milagro' les resultaba
incómodo, desagradable. Decían que se les abría la
tierra bajo los pies.
¡Como
si pudiera haber algo mejor que perder la tierra bajo
los pies!
En
cierta ocasión le oí a mi padre decir que el mundo
está aquí para que nosotros nos lo imaginemos roto -que es
entonces cuando empieza la vida-. Yo no sé a qué se
refería con la 'vida', pero a veces
siento que un día me 'despertaré'; aunque no puedo
imaginarme en qué estado despertaré. Siempre pienso
que le precederán esos milagros."
El
Rostro Verde (Capítulo XI)
"Cogió
el rollo y se forzó a leerlo, pero sus pensamientos
se perdían en la búsqueda de Eva tras de cada
línea. Cada vez que fijaba su atención en el papel
se decía a si mismo que era una idiotez estudiar
unas cuestiones tan puramente teóricas, tan
desconectadas de la realidad, en un momento en el que
cada minuto debía dedicarse a la acción. Estaba
dispuesto a encerrar el cuaderno en el escritorio
cuando sintió muy claramente que se hallaba dominado
por una fuerza pérfida e invisible. Se detuvo un
instante para reflexionar, pero más que reflexionar,
lo que hizo fué escuchar. -¿Qué fuerza interna
extraña e inquietante es ésta -se interrogó a si
mismo- que suplanta a mi propio Yo y me obliga a
hacer lo contrario de lo que había decidido un
minuto antes?. ¿Quiero leer y no voy a poder?.
Hojeó nuevamente el libro, y cada vez que le surgía
una dificultad volvía a asaltarlo el mismo
pensamiento insistente: "Déjalo ya, no vas a
encontrar el principio. Es un trabajo inútil".
Puso en guardia a su voluntad para no permitirle
entrar. Su vieja costumbre de auto-observarse exigía
una vez más sus derechos. -¡Si por lo menos pudiera
hallar el principio! -gimió dentro de el una voz
engañosa e hipócrita mientras pasaba las hojas
mecánicamente. El texto mismo le dió entonces la
respuesta. "Es el principio -leyó en un
párrafo al azar, sorprendido de tropezarse justo con
esta palabra - que le falta al hombre. "No es
que sea difícil encontrarlo, el obstáculo consiste
en la idea obsesiva de tener que
"buscarlo". "La vida es
misericordiosa, nos regala un comienzo en cada
instante. A cada segundo, nos es planteada la
cuestión: ¿quién soy yo?. Pero no somos nosotros
quienes la planteamos, por eso no encontramos el
principio. "Cuando nos la planteemos seriamente,
habrá llegado el día en cuyo crepúsculo morirán
aquellos pensamientos parásitos que se habían
introducido en la fiesta de nuestra alma, para
asistir al banquete. "El arrecife de coral que
ha ido construyendo a lo largo de milenios y al que
llamamos "nuestro cuerpo" es su obra, su
nido, su refugio. Para hacernos al mar, primero
tenemos que abrir una brecha en el arrecife de cal y
arcilla, y luego tenemos que disolverlo para que
vuelva a su estado espiritual original. Más tarde te
enseñaré cómo construir una casa nueva con las
ruinas de este arrecife". Hauberrisser depositó
el rollo sobre la mesa para meditar un poco. Poco le
importaba ya que la página fuera un borrón o una
copia de una carta que el autor dirigía a un
desconocido, la segunda persona empleada en el texto
había conseguido capturarlo, hacerle creer que él
era el único destinatario. Decidió interpretar el
manuscrito en este sentido de ahora en adelante.
Reparo especialmente en una cosa: el escrito, a
veces, se parecía a un discurso tal como hubieran
podido pronunciarlo Pfeill, Sephardi o Swammerdam.
Ahora comprendía que los tres estaban impregnados
del mismo espíritu que emanaba de la agenda
enrollada, los tres se habían convertido en una
especie de dobles para lograr que el pequeño señor
Hauberrisser, actualmente tan desamparado y tan
hastiado del mundo, se transformara en un ser
realizado. "Ahora escucha lo que tengo que
decirte: ¡Armate para los tiempos venideros!. Pronto
el reloj del universo dará las doce, la cifra es
roja y está bañada de sangre. Por este signo la
reconocerás. La primera hora nueva será precedida
por un huracán. Vela para que no te sorprenda
dormido, porque los que entren en el nuevo día con
los ojos cerrados seguirán siendo las mismas bestias
de antes y ya nunca se despertarán. Existe un
equinoccio espiritual. La primera hora nueva de la
que te he hablado es un punto de inversión a partir
del cual la luz se coloca en equilibrio con la
oscuridad. Durante otro milenio más, los hombres
aprendieron a dominar la naturaleza y a descifrar sus
leyes. Bienaventurados aquellos que comprendieron el
"sentido" de tal trabajo, los que captaron
que la ley interior es igual a la exterior, pero una
octava más alta. Estos son los llamados a la
cosecha, los demás son siervos que labran la tierra
con la vista inclinada. Desde el diluvio está
oxidada la llave que abre nuestra naturaleza
interior. La clave es estar despierto, estar
despierto lo es todo. De nada está más convencido
el hombre que de estar despierto. Pero en realidad se
halla preso en una red de ensueños que él mismo ha
tejido. Cuanto más apretada esté la red, más
sólido sera el reino del sueño. Los que se enredan
en ella duermen, andan por la vida como manadas hacia
el matadero, apáticos, indiferentes, sin pensar. Los
soñadores de entre ellos no ven sino un mundo
enrejado a través de las mallas, no ven sino
porciones engañosas, no saben que se trata de
fragmentos desprovistos de sentido de un todo
gigantesco, y guían su conducta por ellos. Tales
soñadores no son los poetas ni las personas
fantásticas, como podrías creer. Son los
hacendosos, los laboriosos, los incansables de este
mundo, los roídos por la rabia de actuar. Se parecen
a feos escarabajos afanándose por escalar un tubo
liso, escalarlo y volverse a caer una vez arriba. Se
imaginan que están despiertos, pero lo que creen
vivir no es en realidad más que un sueño
predeterminado hasta en el menor detalle y en el que
la voluntad no tiene ninguna influencia. Ha habido y
hay algunas personas conscientes de que sueñan, son
pioneros aproximándose al baluarte. Detrás de ellos
se esconde un Yo eternamente despierto, videntes como
Goethe, Schopenhauer y Kant, pero carecían de las
armas imprescindibles para "tomar al
asalto" la fortaleza y su llamada a la lucha no
despertó a los dormidos. Estar despierto lo es todo.
El primer paso es tan sencillo que está al alcance
de cualquier niño. El que no sabe cómo se anda no
quiere renunciar a las muletas heredadas de sus
antepasados. Estar despierto lo es todo. Está
despierto en todo lo que hagas. No creas que ya lo
estás. No, estás durmiendo y soñando. Junta todas
tus fuerzas y, durante un momento, oblígate a sentir
cómo recorre tu cuerpo esta sensación: ¡ahora
estoy despierto!. Si consigues experimentar esa
sensación reconocerás inmediatamente que tu
anterior estado era como el de un sonámbulo, como el
de un drogado. "
Un
texto de Gustav Meyrink: Comunicación
telefónica con el mundo de los sueños
"Desde
que somos chicos se nos inculca la idea de no dar
crédito alguno a los sueños; es curioso que a lo
largo de tiempo permanezcamos ciegos y sordos ante
los mensajes provenientes de un pais que, como
sabemos de antemano, consta de pantanos y manglares
cenagosos. Y esto no es todo: las imágenes con las
cuales nuestro aguzado instinto -es decir, nosotros
mismos- habla, se vuelven absurdas y engañosas,
porque desde chicos las hemos tenido por
fantasmagóricas, o bien como un mosaico formado por
los fragmentos de recuerdos vividos durante la
vigilia.
Existe
un método muy sencillo de poner a prueba el asunto,
suponer que los sueños dicen la verdad. Paracelso
fue quien probablemente descubrió el misterio, que
consiste en escribir con mucho cuidado los sueños,
como si fuera un diario nocturno en lugar de uno
vespertino, que la mayoría de las veces resulta
harto aburrido. Las consecuencias las he
experimentado sobre mí mismo, y éstas son: pasado
un tiempo prudencial, según la conducta del
individuo, se establece una comunicación telefónica
con la "otra" región; los sueños
adquieren entonces más vida, color e interés. Se
requiere bastante tiempo y paciencia, hasta que el
vocero del sueño se convence de que no será objeto
de burla. Es muy sensible, como un intimo amigo, o
-mejor dicho- como la conciencia de cada cual.
Existen
múltiples historias, según las cuales los sueños
han predicho esto o aquello, por ejemplo una muerte
violenta; se trata de algo así como una profecía
inevitable, pues quien ha sido avisado busca
inútilmente obtener los medios para escapar.
Según
la crónica familiar del conde de Bohemia, de nombre
Rosenberg, éste cuenta cómo un día, en tiempos de
Waliensteins, la condesa soñó que su joven hijo
sería mordido y muerto por un león. Días después,
preparándose una cacería por los alrededores, la
condesa, con clásica lógica femenina, prohibió a
su hijo tomar parte en ella. Es evidente que en los
bosques de Bohemia no hay leones, pero supongo que la
condesa contestaría: "No importa, de cualquier
forma puede ser mordido". De modo que encerró
al joven en el patio del castillo. El muchacho,
furioso, iba de un lado a otro del patio cuando vio
en una esquina de la muralla un lienzo, con la figura
de un león, que cubría una abertura para disparar
ballestas.
"Por
culpa de esa bestia estúpida no he podido ir de
caza!", exclamó el joven, dando un puñetazo a
la tela.
De
la garganta del animal salió entonces una punta de
cristal que, clavándosela en la mano, le condujo a
la muerte.
Es
comprensible que hechos tales hagan pensar a los
hombres que no se puede escapar del destino, incluso
sabiendo de antemano las circunstancias que lo
rodean.
No
me importa reconocerlo, la teoría de la prefijación
del destino es cierta. Este hecho, por más doloroso
que sea, no significa adoptar la actitud del
avestruz: taparse los ojos ante el peligro. La idea
de que una divinidad juega con nosotros, pretextando
que lo hace por nosotros como disculpa, es todavía
menos consoladora. Si creemos en el Fatum tenemos al
menos una posible salida por el sitio más débil de
la red. Reflexionando sobre el hecho, surge esta
pregunta: ¿Quién depende del Fatum? ¿Quién es
éste, en el profundo sentido de la palabra? ¿Existe
alguien que se haya planteado seriamente esta
pregunta? 0 bien, actuando en consecuencia, ¿hay
alguien a quien el Fatum le haya ayudado a plantearse
esta pregunta? Entonces surge a nuestros pies esta
contestación:
¡Tú mismo eres el Fatum!
¿Yo?
¿Quién soy yo? Respuesta: Sin duda no eres el que
va de un lado a otro, atrapado en la red de las
causas y los efectos. Eres una sombra carente de
libertad que desgraciadamente imagina ser el
misterioso ser que forma la sombra; si logras
encontrarla en el profundo abismo donde se generan
las cosas, podrás ser libre, podrás quitar los
goznes a tu estrella y señalarle el camino que te
apetezca.
Volvamos
al ejemplo de la condesa Rosenberg, ¿quién era
aquella voz que le anunció: "Tu hijo será
mordido por un león". Un misterioso y
vocinglero pajarraco de la muerte, que no tenía nada
mejor que anunciarle: "Esto sucederá y no hay
escapatoria posible".
Fue
la condesa quien colocó su propio sello en el
pájaro de la muerte; éste sólo quería prevenirla,
pero la condesa, aunque tenía oídos, no podía oir.
Si hubiera sabido el camino que conduce a la fuente
de todas las cosas, el país ilimitado de los sueños
verdaderos, no se hubiera dejado arrastrar al pantano
de los fuegos fatuos.
¿Qué
error cometió? Trataré de explicarlo por medio de
un suceso en el cual tomé parte:
Era
otoño de 1921 ; en aquel tiempo el canto de sirenas
que dec¡a "Traed el oro al Banco de la
Nación" ya había dejado de sonar, no porque el
Banco de la Nación estuviera cansado de recibir
ingresos, sino porque el oro del país sólo se
utilizaba para empastar los dientes. De modo que,
siguiendo mi sentido común, compré -por medio de un
viejo papel de Bolsa- un automóvil también viejo.
Los vendedores juraron que no tenía grietas y
roturas, pues aquellas habían sido cubiertas con
grafito (las del coche, naturalmente, ya que las de
las conciencias estaban cubiertas por la promesa de
las palabras).
El
artefacto ten¡a un aspecto lamentable; como es
natural, estaba libre de impuestos. Me aseguraron que
el motor se conservaba en buen estado.
De
modo que, por el momento, decidí guardar el coche en
un garaje, para hacerle colocar después, en
Garmisch, una carrocería nueva. El día de la
reparación se aproximó y mi mujer soñó lo
siguiente:
En
el coche viajábamos cuatro personas: ella iba a la
derecha del asiento posterior, a su lado nuestro
hijo. Delante iba yo, conduciendo el vehículo, y
sentada junto a mí, a mi izquierda, mi hija. Todo
parecía ir bien; giramos y entramos en una especie
de avenida que se extendía por un paisaje de
colinas; al lado de la carretera había un profundo
precipicio; de pronto, el coche se acercó a la
derecha y cayó en el abismo. Mi mujer y mis hijos
resultaron heridos de gravedad; en cuanto a mí,
¡resulté muerto!
Después
de esto no sabía qué hacer con el coche:
¿regalarlo? No parecía oportuno, dado su lamentable
estado. ¡El sueño de mi mujer se repitió! Una vez,
dos veces... ¡toda la semana! El asunto me tenía
tan preocupado que pensé en destruir el auto y
llevarlo a un desguace.
Pensé
en el caso de la condesa Rosenberg, y decidí hacer
otra prueba. Antes de dormirme, intenté llegar al
sueño profundo, a la incógnita. ¿Qué debo hacer
para escapar al Fatum? Durante mucho tiempo no
recibí respuesta alguna, pero insistí una y otra
vez. Un d¡a desperté con la "conciencia"
clara; no puedo explicarlo de otro modo: "Oculta
la imagen que ha soñado tu mujer!" Ese fue
aproximadamente el consejo que grabó en mi interior
el "enmascarado".
Mi
mujer había soñado que iba a la derecha del asiento
trasero; yo iba al volante, a la derecha. Efectué la
siguiente distribución: mi mujer se sentaría a la
izquierda; a su lado, mi hija, y después mi hijo; yo
me sentaría delante y a la izquierda, pero al
volante... ¿quién?
Llamé
por teléfono a un conocido mío, comerciante en
automóviles, llamado W.
-¨¿Tendría
la amabilidad de llevarnos a Garmisch, conduciendo
usted el automóvil?
-Con
mucho gusto -respondió, y fijamos el día.
Luego
llamé al mecánico del garaje donde estaba el coche,
diciéndole que verificara otra vez todos los
detalles, especialmente las ruedas de la derecha
(suponía que allí había algún defecto, pues mi
mujer soñó que el auto se había precipitado a la
derecha).
Llegado
el día fijado, me desperté muy de mañana, preso de
grandes remordimientos. ¡Vas a poner al señor W. en
peligro de muerte! Me comuniqué con él, pero no
llegué a decir nada, pues me interrumpió con estas
palabras:
-Me
alegro que me haya llamado usted, pues hoy no puedo
llevarles a Garmisch, ¡me ha salido un forúnculo en
el cuello y me encuentro muy molesto!
¿Significaría
esto que el Fatum se sirve de un forúnculo para
rompernos el cuello a nosotros cuatro?
Llamé
a Garmisch: el jefe del taller se puso al habla.
Por favor, señor X, mándeme usted un chófer!
-
¿Por qué?
-
No me atrevo a conducir el coche: temo que quizá
tenga un defecto. Pregunte usted, a su mecánico, por
favor, si está dispuesto a llevar el coche.
Al
poco llegó la respuesta.
-
Dice que estádispuesto.
Fui
al garaje.
-
¿Han examinado todo?
-
Sí todo está en orden.
-Por
favor, le ruego que examine en mi presencia las
ruedas de la derecha.
El
mecánico se encogió de hombros sonriendo y
obedeció de mala gana.
-
¿Qué es esto? - exclamó de repente -. ¡No
entiendo cómo antes se me pudo haber pasado! Las
conexiones del eje posterior están rotas. ¡Sospecho
que han tapado las roturas con grafito!
-
¿Es posible que durante el viaje se salgan las
ruedas?
-
No, de ningún modo; puede ocurrir que, de pronto,
queden bloqueadas; si el coche va muy de prisa, puede
resbalar y volcarse.
-
¿Existe algún peligro yendo despacio?
-
Así es poco probable que ocurra.
En
ese momento llegó el chófer de Garmisch. Le
informé del defecto del coche, y después de un
detallado diálogo se declaró dispuesto a ir con
nosotros de retorno. Subimos al coche, colocándonos
en la forma mencionada; yo
me
sent a la izquierda del conductor. El coche se
puso en marcha enseguida. A las dos horas, cuando
pasbamos por Weilheim, mi mujer, dándome unos
golpecitos en la espalda, me indicó un precipicio
que empezaba a verse ante nosotros.
-
¡Allí! ¡Es un lugar exactamente igual a mi sueño!
-
¡Vaya usted lo más despacio posible! - grité al
chófer - ¡No pase de los diez kilómetros por hora!
El
hombre se rió burlonamente.
-
¡Haga usted lo que le digo! -ordené
El
coche comenzó a derrapar.
-
¿Oye usted eso? - pregunté de repente el conductor
- ¡Ahora! ¡Otra vez!, en la parte trasera...
En
ese momento el auto basculó como un caballo al que
le hubieran cortado los tendones de las patas
traseras. Con un movimiento rápido, el hombre
accionó los frenos. El coche se detuvo; un poco más
de velocidad y hubiéramos caído al precipicio que
se encontraba a la derecha.
Después
del examen correspondiente, resultó que la rueda no
se había salido de su eje, sino que la llanta había
saltado. Era ese tipo de llanta denominada
"principe real". Como consecuencia del
accidente, algunos rayos se desencajaron.
-
Más les valiera a los príncipes reales gobernar y
no inventar - maldijo el chófer.
En
todo caso ¡el Fatum había sido derrotado! Tan
sólo con tomar algunas medidas especiales y casi
infantiles.
Un
fatalista diría:
-
Estaba escrito en las estrellas que no caerías en el
precipicio.
El
astrólogo diría:
-
No, ha sido una prueba para demostrar que el hombre,
utilizando su inteligencia, puede ser dueño y señor
de su destino.
A
mi parecer, ninguno de ambos tiene razón: la
salvación proviene de la fuente que surge del sueño
profundo. El escuchar su murmullo bastó para que la
red del Fatum encontrara los agujeros de la falla en
su red."