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Gregory Corso
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Gregory Corso, el rufián y la musa

No me explicaría otro origen de la generación de poetas beats que no fuera un bar de mala muerte. Estos tipos eran especie de vagos sin oficio ni beneficio, "negros blancos", les decían. Su costumbre “profesional” era merodear por los sitios de la peor calaña, con la conciencia llena a tope de droga y los sentidos delirantes de música. El jazz los hacía levitar. Estaban al margen de la vida formalizada a horarios de oficina y sus costumbres consumistas. Esto me recuerda al “sueño de vida regio” que tanto promueven en Ciudad Mascota.
Cuentan los manuales de literatura que Jack Kerouac se enteró de los "hipster" (el existencialista americano), se gracias William Burroughs (autor del alucinado librito Naked Lunch) quien tenía un amigo llamado Herbert Huncke. En una de las presentaciones de rigor, Huncke dijo: "I'm beat, man". La palabra "beat" pasó a significar algo así como "arruinado", "estar en el foso" o "hecho polvo" en la idea de Huncke. Sin embargo "beat" va referida así mismo a "beatitud", santidad, pero una SANTIDAD producto de la angustia existencial, de esos seres alejados de la mirada de Dios. Eso era un escritor maldito, en toda la extensión de la palabra.
En el año 1958 los "beats" fueron creciendo como la hierba. Un periodista acuñó la palabra "beatnik", pensando en el satélite de espionaje "Sputnik" que los rusos enviaron al espacio y generó paranoia entre los gringos. El periodista utilizó "beatnik" de manera despectiva.
También afirman los manuales que a partir de 1955 la generación beat deja paso a los beatniks como colectivo juvenil. Kerouac, Ginsberg y los demás eran figuras públicas a contra de la corriente y eran soporte para visualizar el humanismo desde una óptica menos prejuiciosa. Luego se considerarían a Ferlinghetti, Burroughs, Cassady y Corso para completar la lista de una generación relevante de poetas y narradores.
Gregory Corso nació en el Village, con padres de origen Italiano. Cuando nació sus padres eran adolescentes. La madre apenas estuvo un año con el recién nacido y luego se marchó de nuevo Italia. Como su padre no tenía la edad suficiente para tenerlo, Corso fue entregado a un orfelinato. Su niñez transcurrió de orfanato en orfanato. Así duró hasta que cumplió los 11 años. Su padre volvió a contraer matrimonio lo llevó a vivir con él. Todo marchaba de forma histérica y el chico con apenas 13 años se escapó. Su padre logró encontrarlo. A los tres meses volvió a fugarse. Huyó varias veces y en todas volvían a capturarlo. Por esta manía de fuga lo internaron en una clínica psiquiátrica.
Pero Gregory Corso era un caso perdido. Era un chico malo, un rebelde sin causa.
Ya a los 17 años fue sentenciado por robo y paró en la prisión de Clinton State. Tres años. En ese tiempo se dedicó a leer libros de la biblioteca de la prisión.
Ya en la calle, trabajó como reportero y marinero. A finales de los años 50 conoció a Ginsberg en la Universidad de Columbia. Corso mezclaba en sus textos poéticos el lenguaje áspero del hombre de la calle, con la estética de Dickinson y la concreción de la poesía japonesa. Surgió una buena amistad y ambos comenzaron a organizar recitales. Se cuenta que en uno de esos, Kerouac no pudo contener la risa ante a improvisación poética-actoral de un Corso con pinta más de trabajador de puerto que de poeta. A su primer libro "Vestal en Brattle y Otros Poemas", siguió "Gasolina", publicado por Ferlinghetti.
La poesía de Corso es escueta y con una música especial canta las delicias de su entorno cultural:

“Anoche conduje un automóvil /Anoche conduje un automóvil /sin saber cómo conducir /sin tener un automóvil./ Lo conduje y arrollé/ a personas que amo... /a 120 por hora en la ciudad. /Me detuve en Hedgeville /Y dormí en el asiento trasero /Entusiasmado por mi nueva vida. “

En otras ocasiones su irreverencia es la poesía puede ser como la de Whitman. Un grito sin medidas, una burla estrafalaria:

“Yo obsequié/ Obsequié el firmamento /junto a las estrellas los planetas las lunas /y también las nubes y los vientos del clima, /las formaciones de aviones, la migración de las/ aves.../ "¡De ninguna manera!" aullaron los árboles, /"¡Los pájaros cuando no vuelan son nuestros, no los/ podés obsequiar!" /Así que obsequié los árboles /y el terreno que ellos habitan /y todas aquellas cosas que crecen y se arrastran/ sobre él /"¡Un momento!" marearon los mares, /"¡Las costas, las playas son nuestras, los árboles/ para los barcos, /para los astilleros, nuestros! ¡no los podés / obsequiar!" /Por lo tanto obsequié los mares todas las cosas que/ los nadan, /los navegan... /"¡De ninguna manera! tronaron los dioses, /¡Todo lo que has obsequiado nos pertenece! ¡Nosotros lo creamos! /¡Incluso creamos a aquéllos como tú!" /Entonces fue cuando obsequié a los dioses.”
Gregory Corso era un rufián en el mejor sentido de la palabra. Detestó siempre la vida literaria con sus reglas y sus exhibicionismos. Conservó su estilo personal. Su poesía es tosca, pero con emoción. Ya al final fue convirtiéndose al aspecto de profesor jubilado. Murió a inicios del 2001. Entre los primeros latidos del siglo XXI, él sintió el último.


Luis Alberto Valdez

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