CIUDAD MASCOTA
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***De la muerte***

El sábado pasado (2 de noviembre) acompañé a una amiga que se vistió de catrina y nos dijo a varias amistades: “acompáñenme a hacer un recorrido por varios lugares de la ciudad”. Así que ya me imaginarán sentado a un lado de la Catrina y bebiendo café. El detalle fue en el Café Paraíso. Sí. Ese que se encuentra en el Barrio Antiguo de Ciudad Mascota. Todavía que les visita la Catrina y los clientes se emocionaron al verla, los meseros se ponen muy exigentes en su postura de que “aquí no les permitimos tomar fotografías”. Y el meserillo ese nos encara con un gesto de “si se atreven a hacer relajo, los corremos de aquí”. Eso es estúpido, cuando en el centro del país una mujer se viste de catrina y lugar que visite, no le cobran su consumo y además hasta le dan un trato especial como personaje tradicional de México.
Pero los empresarios pseudoculturales de Monterrey no son muy regios que digamos, y por su hambre de dinero y autoridad, solamente exhiben su ignorancia, su invalidez incluso para tener un local así con una presentación de cultural.

¿Pero porqué estaba yo sentado a un lado de la catrina?

Porque quiero la muerte, como todo ser vivo la espera, irremediable pero el problema es que anhelamos la muerte segura, cómodamente perfecta. Queremos la vida de placer, envuelta en una golosina de gustos permitidos. Nuestra vida nos pierde en el sentido de la mortalidad. Es una personalidad pretenciosa. Pero eso no es lo peor. Lo peor es pretender la inmortalidad.

Es un problema de los artistas, de los políticos, de los científicos. Todos en algún momento caemos en ese borde. “Eugene Ionesco en el rey se Muere” manejó la idea de un emperador que ya viviendo un buen número de años, todavía exige no morir. Pero ese sentimiento de morir no es egoísta para nada. Es el impulso de razón que nos trata de mantener en un mismo espacio. Nadie quiere la inseguridad. Y menos en el paso final.

De la Muerte así como de la Catrina se pueden decir cosas tristes pero también seductoras. Se le teme y se le desea. La muerte es liberadora de prejuicios y malas acciones. Nos quita del camino y nos deja a un lado. Así el tiempo va recorriendo este kilometraje en el cual los difuntos van quedando atrás, en la memoria o el abandono.

La muerte no es justa pero, ¿me pueden mencionar algo que lo sea? Por eso cada muerte debe ser la que uno se merece, como una muerte ególatra, conservadora, posesiva. Pero uno también cabalgando por el recorrido de los años, aprendiendo a aceptarle cuando se presente ante nosotros, quizás no es una circunstancia tan romántica ni emocionante. El tipo que no salió a la calle para no correr riesgos y resbaló en el suelo de su recámara.

Saber exigirla, tener el derecho a exigirla. Que nada nos la imponga si tenemos la decisión quizás demasiado fría, de saber plantarle un beso fuerte y carcajearse.



Luis Alberto Valdez


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Cada semana el artículo escrito para ser publicado en su columna dominical del periódico El Porvenir
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