Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León,
1953)
Escritores

Andrés Trapiello no es
precisamente un autor mayoritario, un autor
que sea leído con la extenuación y aún el desmayo
con que se lee a un Antonio Gala o a un Terenci Moix,
tan expendedores ellos de libros y firmas, tan
gesticulantes, tan adorados por las editoriales y tan
pródigos en minutaje televisivo. El propio
Trapiello, en uno de sus diarios, refiere una
peripecia ocurrida en una kafkiana oficina de Correos
en la que, al haber de confesar que era escritor (por
un incómodo asunto de confirmación del
destinatario), vio como se le miraba con sorna al
comprobarse que no llevaba bastón, ni perrito
Troilo, ni tan siquiera un triste pañuelo anudado al
cuello. Pero Trapiello es novelista, ensayista, poeta
y, sobretodo, autor de una larga serie de diarios
agrupados bajo el título Salón de pasos
perdidos: una novela en marcha, algo único en
nuestras letras actuales (y casi en las pasadas). En
ellos, Andrés Trapiello practica una especie de
suave y reconcentrado impresionismo, en un lenguaje
llano, vivo, nada engolado, pero con algún que otro
irritado brochazo (esas X, XX o incluso XXX bajo las
cuales se esconden, de una manera muy reconocible,
personajes del mundo de la literatura, de la
edición, etc, que se han cruzado con el de Manzaneda
de Torío). En tales casos, sus juicios son bastante
desenvueltos y desacomplejados: así por ejemplo, de
una de esas X dice: "...ese ingeniero
engreído a quien han comparado con Faulkner"
(no hace falta decir que se trataba de Juan Benet).
Andrés Trapiello es un observador de la realidad en
su variante más diminuta y aún banal, un degustador
de "pequeñas cosas", un aplicado notario
de lo cotidiano. También es un impenitente
acarreador de volúmenes de viejo, un merodeador del Rastro,
un fetichista de los libros.
Como ensayista, Trapiello es
estimable sobre todo por haber soplado sobre la cada
vez más espesa capa de polvo que cubría los textos
de los autores españoles del XIX y las primeras
décadas del XX. Y esta restauración crítica abarca
no sólo a los Baroja o los Unamuno, por ejemplo,
sino a gente como Alejandro Sawa o Eugenio Noel,
autores menores en un país como España, que no
acaba de ser consciente de que la suya es, como
mínimo, la menor pero de las cuatro o cinco grandes
literaturas de Europa, continente con una cincuentena
de pequeñas literaturas. Hay que agradecer a Andrés
Trapiello esta revisión de autores en este pais que
sigue creyendo (quizá estúpidamente) que Ezra Pound
es mejor que Juan Ramón Jiménez, pongamos por caso.
Y es que España ha progresado en todos los ámbitos,
salvo tal vez en el de la autoestima.
Como novelista, Trapiello ha sido definido por
Javier Marías (que así lo dejo escrito en Negra
espalda del Tiempo) como el más inepto de
España. En Negro sobre Blanco, el
programa de Fernando Sánchez Dragó, un sereno
Trapiello (que en sus intervenciones televisivas
parece el reverso mismo de la arrogancia) agradeció
con sosegada ironía a Marías tan dudoso título.
Trapiello
pertenece a ese tipo especial de escritores generosa
y difusamente vituperados por gente que jamás ha
ojeado un libro suyo y que suele suscribir
acríticamente todas las normas y protocolos de esa
imbecilidad llamada corrección política, que no es
más que una corrección verbal. También le han
metido el dedo en el ojo representantes literarios de
la izquierda estupenda. Recuerdo una
entrevista de Guillermina Motta a Rosa Regás, en el
programa Al cap del anys de Catalunya
Ràdio, hacia 1996, en la que la exitosa autora
catalano-madrileña se refería despreciativamente a
Andrés Trapiello, por haberse atrevido el autor
leonés a tocarle la cresta al sacrosanto Jaime Gil
de Biedma, en el volumen de diarios que entonces
acababa de aparecer: Los caballeros del punto
fijo.
Serafín, 2002
Obras de Andrés
Trapiello
Novelas
La tinta simpática (1988)
El buque fantasma (Premio Plaza y Janés, 1992)
La malandanza (1996)
Dias y noches (2000)
Los amigos del crimen perfecto (2002)

Diarios
Salón de pasos perdidos. una
novela en marcha: El gato encerrado, 1987 (1990); Locuras sin
fundamento, 1988 (1993); El tejado de vidrio (1994);
Las nubes por dentro (1995); Los caballeros del punto
fijo, 1991 (1996); Las cosas más extrañas (1997);
Una caña que piensa (1998); Los hemisferios de
Magdeburgo (1999); Do fuir, 1995 (2001). Junto al
título, el año en que los diarios fueron
redactados; entre paréntesis año de la primera
edición.
Los diarios están
editados también en bolsillo por Destino, hasta Los
caballeros del punto fijo, de 1996.
Poesía
Junto al agua (1980), Las tradiciones (1982), La
vida fácil (1985), Recopilaciones Las tradiciones
(1991) y Acaso una verdad (1993), Para leer a
Leopardi (1995). Rama desnuda (2001)
Ensayo
Las vidas de Cervantes (1993), Viajeros y estables
(1993), Las armas y las letras (1995), Clásicos de
traje gris (1997), Los nietos del Cid. La nueva edad
de oro 1898-1914 (1998), Los caminos de vuelta
(2000).
Un texto de A. Trapiello.

Este texto fue publicado en el Babelia de
El País y recogido en el libro de ensayos y
semblanzas literarias los caminos de vuelta,
aparecido en el 2000. En él, Andrés Trapiello nos
presenta a un (hoy) olvidado autor que ha sido objeto
de una reciente biografía a cargo de Luis Antonio de
Villena.
" AIvaro Retana habría merecido
ser mejor escritor, aunque sólo fuese por
hacer los honores a la gran biografía que acaba de
escribir sobre él Luis Antonio de Villena. Pero
no, Retana fue..., ¿cómo lo describiríamos? Durante
unos años utilizó como reclamo la frase que le
regaló una tal Missia Darrys- "El novelista
más guapo del mundo . Sin embargo, en las
fotografías tiene trazas de ser un mancebo un tanto
acaponado, de los que encuentran elegante poner
morritos por lo mismo que las gatas consideran
aristocrático arquear el lomo. Así, pues,
estamos ante un escritor dominado por la irrealidad,
lo que en el gremio tampoco es infrecuente.
Escribió para el teatro, célebres cuplés y un gran
número de novelas, adscritas en su totalidad al
género frívolo, unas picantes y otras abiertamente
pornográficas, aunque todas de un gran candor, en
las que no es difícil tropezarse con diálogos como
éste: "Huy, monín, muéstrame el
miembro... (
) Pero por una
vez no hablemos de literatura. Si Retana ha
vuelto a ella ahora no ha sido por las bellas letras,
sino por su vida, que fue singular, y en cierto modo
extraordinaria. Que es singular lo muestra De
Villena en este libro que tiene de todo, de
biografía, de ensayo y de historia, incluso de
novela, (
). Lo que resulta más exótico
de todo es sorprender los esfuerzos de esas buenas
gentes por hacer de este país de muleros una
pequeña España galante, con sus bonitas juergas,
sus libertinos, sus números afroasiáticos y todo
ese decorado apastelado y mecánico, como en el
teatro de variedades: un día Lesbos, otro Sodoma y
otro París pasado por el teatro Apolo y los churros
del callejón de San Ginés. A De Villena, ese
tiovivo que empieza a girar a las ocho de la tarde y
que se detiene a las ocho de la mañana le ha
interesado mucho siempre."