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Películas

Lost in
translation. País:
EEUU. Intérpretes: Bill Murray,
Scarlet Johansonn, Giovanni Risi. Dirección: Sofia Coppola. Año: 2003.
Hay un plano en el que
aparece una pareja de edad desigual
-audazmente desigual- en una cama. Ella se encuentra
tumbada de costado, replegada sobre sí, formando
casi un círculo; las rodillas y las puntas de los
pies dirigidas hacia él. Él está cara arriba, pero
con el rostro ladeado en dirección contraria a la
chica, como marcando una distancia.
A veces me quedo contemplando este plano, como si se
tratara de un cuadro, de una pintura. Elegante,
reveladora. Fiera.
La película es Lost in Translation. La
directora, Sofia Coppola. El año, 2003.
Una película necesita cosificarse, materializarse,
tomar cuerpo. Como un libro, como un disco, como
cualquier forma de arte. Para poder divulgarla, darla
a conocer, obtener un dinero y una compensación por
ella.
Pero si el arte no necesitara cosificarse; si
un director de cine, un artista, pudiese crear
simplemente algo y colocarlo en el mundo de sueños,
en el mundo simbólico en el que vivimos los animales
humanos...creo que a Sofia Coppola le hubiese bastado
con los escasos minutos de este maravilloso plano, de
esta secuencia rotunda.
En la cama, aparecen Bill Murray y Scarlet Jahansson:
los personajes que encarnan. Ella es una veinteañera
recien licenciada (para mayor gravedad en filosofía,
y en Yale), él, un cincuentón que ya hizo su pacto
germano-soviético con el mundo. Descreído,
sarcástico, aunque -todavía- a la caza y captura de
la huella de dios (que diría Hermann Hesse), del
hilo de luz que en ocasiones se filtra y se abre
camino -increíble camino- para deslumbrarnos, para
hacernos desear la vida.
En la cama aparecen. Un diálogo. Susurros. Tras un
coito que no se ha consumado, que no ha tenido, que
no tendrá lugar. Ella ha recuperado la posición
fetal, pero su rostro y sus rodillas -del embrión
veinteañero- están vueltas hacia él. Ella quiere,
pero él, no.
Él no quiere. Tal vez debería querer. En cualquier
caso es su decisión. ¿de qué serviría? Tres
décadas de distancia. Tres centímetros. ¿y luego
qué? El se desenredaría sin problemas, pero ¿y
ella?
La contemplación de este cuadro, de esta suspensión
del tiempo (¡en una película!), de este impecable
trozo de mundo me da energía para vivir y luchar.
Días y semanas y aún meses.

Serafín. Agosto 2005