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Creadores
Jorge
Semprún (1923-
)

Siento respeto hacia Jorge Semprún. El hispano-francés
pertenece a esa clase de figuras ante las cuales uno
no puede aproximarse sin una veneración casi
eclesiástica. Uno nota que tales personajes hablan
desde una atalaya de especial altura, una atalaya que
no les viene de lecturas o de la erudición libresca
(que en el fondo son sólo formas de observación o
de voyeurismo) sino del haber vivido, del haber
pateado y actuado sobre las tablas del siglo. Cuando
alguien dice que el XX fue un siglo atormentado (el
siglo del miedo como lo llamó acertadamente Camus)
tal afirmación no lo entiende de igual manera
alguién que conoce la centuria a través de los
films documentales, las películas o los libros de
Robert Payne que alguien que, por el contrario, ha
conocido en carne propia el siglo en toda su
bestialidad, con su hacinamiento, sus cadáveres, su
oprobio, sus cárceles. Semprún es de estos últimos
y eso da a sus palabras un timbre, una autoridad
superior. La suya es una biografía novelesca. O, ya
que vivimos en un tiempo cinematográfico, diremos
más bien que la suya es una biografía de película.
Abandonó España en plena guerra civil y pasó a
Francia donde combatió con la Resistencia. Acabó
deportado por los alemanes en Buchenwald. Allí
permaneció durante dos años; allí, en 1944, vivió
el desembarco aliado, aunque sus consecuencias no
fueron ni mucho menos, inmediatas para los reclusos.
Años más tarde, acabada ya la guerra, llegaría la
lucha política clandestina, la expulsión del
partido comunista, la integración en la vida
cultural francesa, la amistad con Montand, la
actividad como guionista, la obra literaria en
francés, el memorialismo. Llamado por el gobierno
socialista de Felipe González, regresaría a España
entre 1988 y 1991, años en los que se haría cargo
de la cartera de Cultura. Fue el mejor ministro de
Cultura francés de la historia de España. Pocas
veces esa cartera ha estado tan idealmente ocupada,
ya que a Semprún podría considerársele como un
auténtico profesional del ramo. Pero lo que más le
ha marcado en su vida y lo que ha definido en un
mayor grado su identidad personal (a pesar de los
años transcurridos) ha sido su experiencia como
deportado de Buchenwald. Jorge Semprún ha vivido el
siglo del miedo en primera persona. Su drama es el de
una centuria que se debate en la esquizofrenia de
intentar al mismo tiempo olvidar y luchar porque ese
olvido no se produzca.
Serafín, 2001
La entrevista que
transcribo a continuación fue
publicada por el dominical de El Pais el 5
de Junio de 1994.
Desde el campo, ¿los
confinados podían seguir la marcha de la guerra?
En el campo había una organización
clandestina, había una información al día y una
escucha permanente de las radios aliadas: Moscú,
Londres. También boletines que circulaban entre los
dirigentes de los partidos comunistas del campo. Las
noticias se conocían una hora después de que
sucedieran en el mundo. Ese campo había sido
construido para confinar a los presos políticos
alemanes, a los comunistas y socialdemócratas, y
más adelante se agregaron a él comunistas de otros
países, resistentes y luchadores antinazis en
general. Cuando yo llego, en 1943, los comunistas han
conseguido hacerse dueños de la administración,
establecer un poder paralelo. En el campo se
reproducía el dilema de todos los partidos, si ser
revolucionarios o reformistas; ¿qué es mejor,
esperar el día final del gran asalto o instalarse en
los entresijos del poder e ir tomándolo
sindicalmente? Tener el poder significaba tener la
responsabilidad de los barracones, de los comandos de
trabajo. En el recinto había 50.000 personas. Pero
en realidad, del campo dependian los trabajadores de
las fábricas del exterior, entre 100.000 y 125.000
personas, que trabajaban en la industria bélica
alemana.
¿Qué fabricaban?
Cuando yo llegué, los alemanes habían
empezado a perder la guerra. El caso es que
necesitaban grandes cantidades de armas y elementos
bélicos que se construían en Buchenwald. Hacíamos
carabinas, instrumentos ópticos y las Vl y V2
(bombas autopropulsadas, prácticamente invulnerables
a la defensa antiaérea de la época).
¿Qué hacía usted exactamente?
Yo era el único español que sabia alemán.
Por eso estaba en el sistema de relaciones
internacionales. Trabajaba en el servicio de
distribución de la mano de obra, aunque otro
servicio, de la SS, controlaba por encima de
nosotros. Llevaba al día el estadillo de los
muertos, los enfermos, los incorporados. Cuando se
pedían fresadores para una fábrica, yo veía si los
había.
¿Cuánto tardaron en conocer la
noticia del desembarco?
La conocimos el mismo día.
¿No antes?
Desde que empezó la primavera se especuló
sobre el lugar donde se produciría. Era el momento
en que los soviéticos presionaban a los aliados para
que abrieran el segundo frente, argumentando que todo
el peso de la guerra recaía sobre el frente ruso. La
polémica sobre la apertura del segundo frente la
utilizaba la prensa nazi, que nosotros podíamos leer
en el campo. Decían eso de: "Ves cómo no abren
el segundo frente, ves cómo dejan a los rusos
solos"; intentaban dividir a los aliados. Si en
esos momentos yo hubiera seguido en la Resistencia,
sí me hubiera enterado con antelación, puesto que
la Resistencia tuvo que hacer labores para preparar
ese momento del desembarco. Pero en el campo nos
enteramos el mismo día.
¿Cómo fue exactamente?
A las once de la mañana empezó a correr la
noticia; a mediodía se sabía con certeza. Cuando
los comandos de trabajo regresaron, la noticia se
difundió entre los 50.000 deportados que vivían
allí. Y al pasar lista ya lo sabía todo el mundo.
Porque la gente salía a trabajar a las fábricas a
las cuatro y media y no regresaba hasta las seis de
la tarde, cuando teníamos el pase de lista. Era un
momento que los nazis aprovechaban para practicar su
sadismo, sobre todo si nevaba o hacía frío. En esos
casos nos tenían esperando durante dos horas. Y como
el rancho venía después y no habías comido nada
desde las cuatro de la madrugada, imagina cómo
esperabas que aquello acabara. El día del
desembarco, la gente estaba allí, de pie, esperando
pasar lista, pero ya sabían lo que había sucedido.
Y por eso aquel pase de lista fue un festejo. Los
alemanes, que se dieron cuenta, lo alargaron para
castigarnos, pero, curiosamente, eso permitió que el
festejo se prolongara. Se notaba en algo, aunque la
gente estuviera firme y en silencio. Recuerdo que
hasta los más derrengados caminaban llenos de
empaque.
Había dos cosas que saber: que el
desembarco se había producido y si había sido un
éxito o un fracaso.
Supimos inmediatamente que había triunfado.
Desde luego estábamos al tanto de que el momento
crítico era ése en que los aliados podían ser
arrojados de nuevo al mar. Si sucedía así, no sólo
supondría el fracaso de una operación, sino que
tendría otras consecuencias, porque hacía falta
mucho tiempo para preparar de nuevo la operación.
Para ustedes, ¿el desembarco
significaba un inmediato fin de la guerra y, por
tanto, su liberación?
Ese día, ninguno de nosotros pensaba que el
conflicto iba a durar todavía un año. Creíamos que
a partir de ese momento iba a ir todo rodado. Las
repercusiones morales que aquello tuvo en los
confinados fueron buenas; las consecuencias
materiales, en cambio, fueron malas.
Para los españoles todavía había
algo más: desembarco, derrota alemana, salida del
campo y fin de Franco.
Claro. En Buchenwald había entre 100 y 150
españoles. Pero los españoles estuvieron confinados
sobre todo en Mauthausen. Eran presos de las
compañías de trabajo militarizadas que habían
constituido los franceses en 1939. Fueron hechos
prisioneros junto con el Ejército francés. Los
alemanes se encontraron con una masa de españoles
que no eran prisioneros de guerra y mandaron un
recado al Gobierno franquista: ¿ustedes quieren a
estos compatriotas suyos? Franco dijo que no porque
eran rojos. Entonces los enviaron a Mauthausen. Los
confinados en Buchenwald eran todos de la
Resistencia; tenían experiencia militar de la guerra
de España. Aquella lucha era la revancha de la
guerra. Así que la secuencia que has planteado era
la lógica.
La posibilidad de que sucediera lo
contrario, que Franco permaneciera en el poder, ¿era
tan impensable?
Si alguien hubiera puesto en duda el silogismo
de que, tras la victoria aliada contra los nazis,
Franco caería y España sería liberada, se le
hubiera tomado por un loco. A los españoles, los SS
siempre nos llamaban rojo español, con el
calificativo por delante. Pero ser español te
protegía; la guerra de España era el gran mito del
antifascismo. Por ejemplo, no solían ir a los
llamados comandos exteriores, que eran lugares donde
se estaba peor que en el campo mismo. Había un lugar
especialmente duro; se llamaba Dora. Era una fábrica
subterránea, cavada en la roca, donde se construían
las carcasas de los cohetes Vl y V2, cuyos aparatos
de propulsión se fabricaban en Buchenwald. Era un
mal lugar, y la organización clandestina intentaba
evitar que los cuadros de la Resistencia fueran en
estas misiones.
¿Cada uno miraba por su gente?
En un campo no hay más moral que ésa, que no
es una moral absoluta; desde un punto de vista
metafísico, fulano y mengano son iguales, y ambos
tienen derecho a la vida; en épocas de resistencia,
la moral es defender al que tenga historial de
resistencia. Al preso que llevaba un triángulo rojo
por haber hecho mercado negro no podías aplicarle
los mismos criterios que al autor de un sabotaje
contra los nazis. Sobre esto luego ha habido
polémicas.
Los prisioneros rusos de Buchenwald fueron desde
allí hasta los campos del Gulag. La teoría era que
si habías sobrevivido es que habías colaborado con
los nazis.
A partir del desembarco, ¿cambió
la vida dentro de los campos?
Primero pensamos que aquello estaba hecho, y
luego vimos que no; que siguen los nazis, que sigue
Franco. La vida de los campos empieza a ser peor, se
acabaron los paquetes y las cartas. La guerra se
prolongaba y las posibilidades económicas de la
Alemania hitleriana eran peores. La ración empezó a
hacerse hipotética. También se endureció la
disciplina. Aunque, pasados unos meses, cuando ya se
hizo evidente que estaban perdiendo la guerra, hubo
un cierto relajamiento y hasta dejaron que la Cruz
Roja visitara los campos.
¿Ustedes conocían la importancia
de lo que se fabricaba en Dora, que esa arma podía
cambiar la marcha de la guerra en los dos años
finales?
Sí, sabíamos que se trataba de las V1 y V2.
Lo sabíamos tanto que fuimos nosotros quienes se lo
comunicamos a los aliados desde el campo. Y el
resultado de esa información fue que en el mes de
agosto de ese año del desembarco, los americanos
bombardearon las instalaciones industriales y
acabaron con la producción en Buchenwald. En el
mismo campo cayeron algunas de las bombas
incendiarias. La información se pasó por conducto
alemán antinazi y se hizo llegar hasta los aliados.
Creo que debió de pasarse en torno a las mismas
fechas en las que tuvo lugar el desembarco.
Cuando recuerda aquel tiempo de
confinamiento, a pesar de todo, ¿aparece la
aventura?
Debo decir que nunca destaco sobre lo demás el
hecho de haberlo pasado mal. Durante meses te faltó
sueño, te sobró hambre, tuviste frio. Pasarlo bien,
no se pasaba. Pero, dentro de eso, tienes 19 años,
hay una enorme curiosidad por ver cómo funciona
aquello y cómo sales. Te acostumbras a ver la muerte
y a la idea de que tú también vas a morir.
¿Y desde entonces la acepta, le
acompaña, no la teme?
La idea de que vas morir y, al mismo tiempo, la
de que eres inmortal son dos ideas típicas del ser
humano. Siempre puedes pensar: alguien quedará para
contarlo, ¿por qué no yo? Una idea se combate con
otra, con la que te indica que de allí no sale vivo
nadie. Incluso al final pensábamos que los SS
arrasarían el campo. Yo era un privilegiado,
trabajaba bajo techo, lo que no era poco; fuera
había más posibilidades de que un imbécil te
pegara. Aunque nunca sabes lo que la gente puede
aguantar físicamente. He visto españoles bajitos,
débiles en apariencia, que luego resistían, y a
nórdicos que se hundían prontísimo. Moralmente sí
que sabes quiénes son los que mejor resisten; son
los que tienen ideales, sean religiosos o políticos.
El creyente y el comunista era el que mejor
aguantaba, mucho mejor que el agnóstico y el
escéptico. Y es triste porque éstos son personajes
mucho más simpáticos. Pero eso es en la vida
normal. En situaciones de emergencia resiste mejor el
que tiene un ideal. Aunque luego descubra que todo es
una farsa.
Antes de que se produjera el
desembarco se barajaban varias posibilidades: un
frente en los Balcanes, un desembarco masivo en la
costa italiana, y la operación tal y como luego
resultó. ¿Qué posibilidad era la preferida en el
campo de concentración?
Lo único seguro era que el desembarco tendría
lugar en la costa belga o francesa, y que eso
decidiría el curso de la guerra. Nunca supimos el
lugar exacto ni la fecha. Pero, aunque hablábamos
mucho, las informaciones importantes estaban
restringidas a la cúpula del aparato de
clandestinidad. Por ejemplo, yo nunca supe de la
existencia de un aparato militar entre los
confinados, aunque agrupaba a unos cientos de
combatientes, entre los cuales había bastantes
españoles porque tenían experiencia militar
reciente. Se tenía la previsión, absurda, de que
quizá las circunstancias permitieran intervenir en
la liberación del campo. Entrenaban los domingos, yo
los veía, pero creía que hacían ejercicio para
mantenerse en forma. Luego descubrí lo que eran, y
que esta gente estaba armada.
¿Cómo habían logrado armarse?
En la fábrica de armas se hacían dos cosas:
el sabotaje y la recuperación; es decir, el
robo. La recuperación no podía hacerse por
carabinas enteras, sino por piezas. Luego el arma se
montaba en el campo, en un taller clandestino. El
sabotaje funcionó tan bien que el 40% de las
carabinas fabricadas no llegaron a funcionar. Al
final de la línea de montaje había un especialista
metalúrgico que lo estropeaba todo con un último
gesto. Y hasta que las armas no eran probadas, no se
descubría. La recuperación se hacía por piezas.
Iban apartándolas poco a poco, y así se llegaron a
tener varios centenares de armas. Yo lo supe, y la
mayoría, el día 11 de abril de 1945, que es el día
de la liberación del campo. Llevábamos una semana
sin salir a trabajar porque el Ejército de Patton
estaba cerca y se oía el ruido de la batalla. En la
mañana del 11, los alemanes dan orden de evacuar y
es entonces cuando aparecen centenares de armas. Los
deportados armados empezaron una marcha hacia Weimar,
que estaba a seis kilómetros. Y los tanques
americanos que iban hacia el campo se encontraron con
que por la carretera bajaba un ejército armado de
desharrapados. Fue emocionante.
La recogida de armas y el
desembarco, ¿están relacionados?
La mayoría de esas armas se recogieron
entre dos momentos: el desembarco y la liberación.
En el momento en que el desembarco triunfa, la
operación se agiliza hasta el punto de que es
entonces cuando se consigue la mayoría.
Un comunista de aquel momento,
cuando veía que Stalin primero se alía con Hitler y
luego con los aliados, ¿cómo lo justificaba
interiormente?
Eso no lo viví en el campo, yo todavía no era
comunista. Pero los comunistas alemanes que estaban
en Buchenwald ya estaban allí cuando Hitler y Stalin
hacen el pacto. En el plazo de dos años pasan de ser
aliados a ser perseguidos por los rusos, pero es que
al mismo tiempo, por comunistas, eran perseguidos por
los nazis; incluso hubo algunos casos de alemanes que
llegaron al campo entregados por Stalin a Hitler. Era
un tema difícil, no se hablaba mucho de eso.
Y usted, a pesar de eso...
Las cosas se vivían de manera diferente, ése
es otro capítulo. Cuando lo ves ahora te preguntas
cómo fue posible. Pero a pesar de todo, lo fue.
Además, para colmo, Franco
comulgaba con las ideas de Hitler, aunque se mostrara
neutral y hacía como que no. Pero aspiró a estar
con el eje, a participar del reparto del mundo que
ellos propiciaban. Y los comunistas españoles que
habían perdido la guerra en España veían que el
gran Stalin se aliaba con los que ayudaron a Franco
en la guerra de España.
Franco mantuvo siempre su política
antibolchevique.
Sí, pero lo que digo es cierto.
Sí, sí. Cuando yo vivo en el campo, la
situación se ha clarificado; el enfrentamiento entre
rusos y alemanes ha vuelto.
Otra cuestión peliaguda pudo ser
cómo se tomaban los comunistas alemanes las batallas
contra su país, la destrucción de Alemania por
parte de los aliados.
Había matices, aunque ellos, en general,
mantenían la tesis de la culpabilidad colectiva del
pueblo alemán.
Una contradicción más, ésta para
usted, es el hecho de que finalmente fueron los
americanos, el enemigo imperialista, quienes le
liberaran.
Ésa es una visión muy posterior. Empieza a
cristalizar a partir de la guerra fría. En aquel
momento, ni siquiera entre los comunistas más
dogmáticos había esa opinión. La visión que se
tenía de Estados Unidos y del Ejército americano
era la de una potencia y un Ejército democráticos,
cuya intervención había sido decisiva para ganar la
guerra.
Vayamos un poco más lejos; tras
hacerse esa reconstrucción, convertido Estados
Unidos en el enemigo imperialista, y dado que los
americanos le habían liberado del campo de
concentración, ¿vivió una cierta contradicción de
tipo personal?
Sí. Pero personalmente nunca he sentido el
antiimperialismo comunista, nunca he sido
antiamericano. Jamás lo había pensado, pero puede
ser que, aparte de por otras razones, me influyera la
circunstancia de que fueran ellos quienes me
liberaron. El primer contacto con el exterior lo
tuvimos con ellos. Sí, posiblemente eso ha tenido
que influirme. Los últimos deportados antifascistas,
que eran los yugoslavos, salieron de Buchenwald el
mes de junio de 1945, y en octubre de ese mismo año
el campo volvió a abrirse para encerrar a los
anticomunistas. Luego los comunistas de la Alemania
Democrática hicieron un museo y decían, sin entrar
en muchos detalles, que Buchenwald había sido
liberado por el Ejército Rojo.
¿Aquella época todavía le
provoca pesadillas?
Pesadillas extrañas. Muchas veces no son
debidas al recuerdo de aquello, sino que parece que
todo lo que ha habido después es un sueño, como si
la única realidad fuera aquello. Ahora menos, porque
han pasado muchos años. Durante mucho tiempo no
quise escribir esa experiencia. Sabía que la única
manera de no recurrir al suicidio era olvidar. Y lo
conseguí. Hice una cura de amnesia, pero a partir
del día que escribí el primer libro de mi
experiencia de confinamiento, El largo viaje,
todo ha vuelto otra vez. Así que mi cura ha sido
relativa.
Se ha dicho que es imposible contar
la vida en un campo de concentración.
Tienes la impresión de que no cuentas la
realidad. Ahora mismo, cuando hablaba contigo, me
sentía como si lo que decía no tuviera sentido.
Porque habría que contar tantas cosas que sucedían
alrededor, y porque todo lo que dices es un reflejo
tan pálido y mortecino de la realidad. Pero no es
verdad, hay que contarlo una y otra vez.
Usted era tan joven en aquel tiempo
que esa experiencia de campo, de guerra, habrá
marcado definitivamente su personalidad.
Como dicen los psicoanalistas, es la escena
primitiva. Eso me enseñó una cosa banal y que
se aprende sin estar en un campo, aunque allí se
aprende más deprisa; que el hombre, precisamente por
ser un ser libre, es capaz de todo. Del bien y del
mal. Aprendes que es mentira que el mal sea inhumano.
El mal, el sadismo, es tan humano como el
desinterés. Entendí por qué dicen los teólogos
tomistas que Dios es inocente del mal. Tienen razón,
y eso se vuelve contra ellos en el sentido de que la
libertad humana tiene la capacidad de inventar el
mal.
Usted ha dicho a veces que le ha
gustado siempre cambiar el rumbo de las cosas. ¿Eso
lo aprendió en Buchenwald?
Lo practiqué mucho allí. Aquélla es mi
experiencia fundamental; creo que todo lo demás irá
desapareciendo para quedar únicamente eso. Por eso
digo que no soy ni español ni francés de verdad;
que soy ambas cosas o ninguna de ellas; ni escritor
de verdad, porque soy capaz de dejar la página de la
novela que más me gusta para irme a charlar con un
amigo, y un escritor profesional jamás hace eso. Lo
único que soy de verdad es un deportado.
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