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Creadores
Vladimir
Nabokov (San Petersburgo, 1899-Montreux, Suiza, 1977)

La
siguiente entrevista (ya clásica) al autor
de Lolita
fue realizada por el célebre periodista y divulgador
Bernard Pivot (estrella de la televisión literaria y
cultural francesa) en Junio de 1975
-Buenas noches, señor Nabokov. Son las 21 horas
47 minutos y 47 segundos. Habitualmente, ¿qué hace
usted a esta hora?
-A esta hora suelo estar
bajo el edredón, con tres almohadas bajo la cabeza,
un gorro de dormir, en mi modesto dormitorio que
también me sirve de estudio. La lámpara de
cabecera, muy fuerte, el faro de mis insomnios,
todavía arde pero será apagada dentro de un
momento. Tengo en la boca una pastilla de grosella, y
en las manos una revista de New York o de Londres. La
dejo, apago la luz. La enciendo, renegando en voz
baja. Me meto un pañuelo en el bolsillo del
camisón, y da comienzo el debate interior: ¿tomar o
no tomar un somnífero? Qué deliciosa es la
decisión positiva.
-Pero, ¿qué horario
hace usted en un día normal?
-Tomemos un día de
mediados de invierno. En verano hay más variedad. Me
levanto entre las seis y las siete, y escribo con un
lápiz bien afilado, de pie, ante el atril, hasta las
nueve. Después de un frugal desayuno, mi mujer y yo
leemos el correo, que siempre es muy voluminoso.
Después me baño, me afeito, me visto, paseamos una
hora por los floridos muelles de Montreux. Y después
del almuerzo y de una breve siesta, el segundo
periodo de trabajo hasta la cena. Éste es el
programa típico.
-Cuando era más
joven ¿ya hacía ese horario, o tenía arranques de
pasión, impulsos que perturbaban sus días y sus
noches?
-¡Ya lo creo! A los 26,
a los 30 años, la energía, el capricho, la
inspiración me llevaban a escribir hasta las 4 de la
madrugada. Raras veces me levantaba antes de las 12 y
escribía todo el día tumbado en un diván. La pluma
y la posición horizontal han dado paso al lápiz y
la vertical austera. Se acabaron los arranques. Pero,
¡cómo me gustaba el despertar de los pájaros, el
canto sonoro de los mirlos que parecían aplaudir las
últimas frases del capítulo que acababa de
componer!
-Ya sabíamos que
escribir es la pasión de su vida, pero, ¿concibe
una segunda vida en la que no escribiera?
-Concibo muy bien otra
vida en la que yo no sería novelista, inquilino
feliz de una marfileña torre de Babel, sino alguien
igual de feliz de otra manera, que ya he tanteado: un
oscuro entomólogo que caza mariposas en verano, en
países fabulosos, y en invierno clasifica sus
descubrimientos en el laboratorio de un museo.
-¿Se siente usted
más ruso, más americano, o más bien suizo, ahora
que vive allá?
-Le daré algunos
detalles relativos al aspecto bastante cosmopolita de
mi vida. Soy de una antigua familia rusa de San
Petersburgo. Mi abuela paterna era de origen alemán,
pero nunca aprendí esa lengua, no puedo leerla sin
diccionario. Pasé los primeros veranos en el campo,
en nuestra finca cerca de Petersburgo. En otoño
íbamos al sur: Niza, Pau, Biarritz... Los inviernos
en Petersburgo, ahora Leningrado. Nuestra magnífica
casa de granito rosa sigue allí, en buen estado, al
menos exteriormente, porque a las tiranías les gusta
la arquitectura del pasado. La finca está situada en
una llanura boscosa. Por la flora se parece al
noroeste de América: bosques de álamos, oscuros
abetos, muchos abedules y unas espléndidas turberas,
multitud de flores y mariposas más o menos árticas.
Esta fase totalmente feliz duró hasta el golpe de
Estado bolchevique. Unos campesinos, en un exceso de
celo quemaron el castillo y requisaron la casa. En
abril de 1919, tres familias Nabokov, la de mi padre
y la de sus dos hermanos tuvieron que abandonar Rusia
vía Sebastopol, vieja fortaleza del infortunio. El
ejército rojo procedente del norte invadía Crimea,
donde mi padre era ministro de justicia en el
gobierno provincial, durante el breve periodo liberal
antes del terror leninista. Aquel mismo año, en
octubre de 1919, yo empezaba los estudios de
Cambridge.
-¿Cuál es su lengua
preferida: el ruso, el inglés o el francés?
-En la lengua de mis
antepasados me siento perfectamente cómodo, pero no
lamentaré jamás mi metamorfosis americana. El
francés, o mejor dicho, mi francés, que es una cosa
muy especial, no se doblega tan bien al suplicio de
mi imaginación. Su sintaxis me impide ciertas
libertades que me tomo con las otras dos lenguas. Ni
que decir tiene que adoro el ruso, pero el inglés lo
supera como instrumento de trabajo. Lo supera en
riqueza, en riqueza de matices, en prosa delirante y
en precisión política. Una procesión de niñeras e
institutrices inglesas viene a mi encuentro cuando
vuelvo a mi pasado.
-¿Eso es una cita?
-Es una cita. Lo he
sacado de una traducción muy buena... A los tres
años hablaba mejor el inglés que el ruso, pero hay
un periodo entre los 10 y los 20 años en que aunque
leía a muchos autores ingleses, Welles, Kipling,
Shakespeare, la revista The Boys on Paper, por citar
sólo obras cumbres, hablaba muy poco en inglés.
Aprendía el francés a los 6 años. La institutriz,
Mademoiselle Cecil Miotton, estuvo con nosotros hasta
1915. Empezamos con EL Cid y Los miserables. Pero los
tesoros estaban en la biblioteca de mi padre. A los
12 años ya conocía a todos los poetas benditos de
Francia. "Recuerdo, recuerdo, ¿qué quieres de
mí? / El otoño hacía volar al tordo a través de
aire átono / el bosque amarillento donde la brisa
desentona" . Y, es curioso, en tierna edad, yo
ya comprendía que Verlaine no habría debido usar
una rima tan incestuosa átona-desentona, tienen la
misma raíz. Éste es el calendario de mis tres
lenguas.
(...)
-El exilio, porque
usted es exiliado, por doloroso que sea, ¿no es para
los creadores como usted algo estimulante, una
posibilidad de enriquecimiento para el espíritu, la
sensibilidad creadora?
-Le explicaré cómo
ocurrió. Después de pasar los exámenes de
Cambridge, muy fáciles, de literatura rusa y
francesa (había elegido bien) tenía el título de
diplomado en letras que no me sirvió de nada en mis
intentos de ganarme la vida sin escribir libros, de
modo que me puse a escribir relatos, novelas, en
ruso, para los diarios y revistas de emigrados en
Berlín y en París, los dos centros de
expatriación.
-¿En qué años más
o menos?
-Viví en Berlín y en
París entre el 22 y el 39.
-De acuerdo.
-1922 y 1939.
-Ya.
-Soy pedante con las
fechas -risas-.
Sigo... Cuando pienso en aquellos años de exilio me
veo a mí y a miles de rusos blancos llevando una
vida extraña pero nada desagradable en la indigencia
material y el lujo intelectual, entre aborígenes
más o menos ilusorios, franceses o alemanes con
quienes mis compatriotas no tenían el menor
contacto. Pero de vez en cuando aquel mundo espectral
donde exhibíamos nuestras heridas y placeres era
presa de temibles convulsiones que nos mostraban
quién era el cautivo desencarnado y quién era el
amo. Eso ocurría cuando teníamos que prorrogar unos
diabólicos carnés de identidad, u obtener, cosa que
tardaba semanas, un visado para ir de Paris a Praga,
o de Berlín a Berna. Los emigrados ya no eran
ciudadanos rusos, y la Sociedad de Naciones les daba
un pasaporte llamado Nansen, un papelote que se
rasgaba cada vez que lo desplegabas. Las autoridades,
los cónsules británicos o belgas parecían creer
que poco importaba lo miserable que fuera un Estado,
pongamos la Rusia soviética: cualquier fugitivo de
ese Estado era más despreciable por el hecho de
existir fuera de una administración nacional. ¡Pero
no todos nos resignábamos a ser bastardos o
fantasmas! Pasábamos de Menton a San Remo, por
ejemplo, tan tranquilos, por senderos de montaña,
conocidos por cazadores de mariposas y poetas
despistados. La historia de mi vida, pues, se parece
menos a una biografía que a una bibliografía: 10
novelas en ruso entre los 25 y los 40 años, y 8
novelas en inglés entre los 40 y ahora. En 1940
salí de Europa para ir a América y hacer de
profesor de literatura rusa. De pronto me descubro
una incapacidad total de hablar en público. Por
tanto, decido escribir por adelantado más de cien
conferencias anuales.
(...)
-Quisiera hacerle una
pregunta que quizá juzgue algo íntima: ¿por qué
vive en Suiza, en un hotel, en Montreux? ¿Por qué
no en los Estados Unidos? Rechaza los Estados Unidos,
la vida americana? ¿Rechaza la propiedad privada, o
bien, eterno emigrado, se niega a quedarse en un
lugar?
-¿Por qué el hotel
suizo? Suiza es un país encantador, y la vida de
hotel facilita mucho las cosas. Echo de menos
América, y espero regresar para pasar allí al menos
otros veinte años. La vida tranquila de una ciudad
universitaria en América no presentaría grandes
diferencias con Montreux, donde las calles son más
ruidosas que en la provincia americana. Además, como
no soy lo bastante rico, como nadie es lo bastante
rico, para revivir totalmente mi infancia, no vale la
pena instalarse para siempre. Porque es imposible
recuperar el sabor del chocolate con leche suizo de
1910. Ya no existe. (...) Mi mujer y yo
pensamos en una villa en Francia o Italia, pero el
espectro de la huelgas de correo muestra todo su
horror. La gente de profesión sedentaria, las ostras
tranquilas, aferradas al nácar natal, no se dan
cuenta de cómo un correo regular y seguro como el
suizo alivia la vida de un autor, aunque la ofrenda
de una mañana normal consista sólo en algunas
cartas comerciales y dos o tres peticiones de
autógrafos. Y la vista del lago desde el balcón, el
lago Leman, ese lago que vale toda la plata líquida
a la que se parece; es una mala metáfora.
(Sonrisas)
-Además del exilio y
el extrañamiento, ¿cuáles son los temas
principales de su obra?
-Además del
extrañamiento, yo me siento forastero siempre y en
todo lugar, es mi estado, es mi trabajo, mi vida. Me
siento en casa entre recuerdos muy personales que no
tienen relación alguna con una Rusia geográfica,
nacional, física, política. Los críticos emigrados
en París, y mis maestros en Petersburgo tenían
razón, por una vez, al quejarse de que no fuera lo
bastante ruso. Es así.
Y en cuanto al tema de mis libros, ¡hay de todo!
-¡Usted me esquiva!
-Sí
-¿Para usted, una
novela no es ante todo una buena historia?
-Eso es, una excelente
historia. Pero mis mejores novelas no tienen una,
sino más historias que se entrelazan en cierta
manera. Pálido Fuego posee ese contrapunto, y Ada
también. Me gusta ver el tema principal irradiando a
través de la novela y desarrollándose en pequeños
temas secundarios. A veces es una digresión que se
convierte en drama en un rincón del relato. O bien
las metáforas de un discurso elevado se unen para
formar una nueva historia.
-¿Las
historias que se inventan los novelistas (y pienso en
un novelista llamado Vladimir Nabokov) las historias
inventadas son más interesantes que las de la vida?
-Entendámonos: la
historia verdadera de una vida también ha tenido que
ser contada por alguien, y si es una autobiografía
escrita con pluma pudibunda por un personaje sin
talento puede parecer muy sosa al lado de una
invención maravillosa como el Ulises de Joyce.
-¿Es su libro
favorito?
-Sí, mi gran modelo.
-"Nabokov es
Lolita", es la ecuación de siempre. ¿No acaba
molestándole el éxito de Lolita, tan considerable
que se puede pensar que usted es el padre de una
única niña algo perversa?
-Lolita no es una niña perversa. Es una pobre niña
que corrompen, y cuyos sentidos nunca se llegan a
despertar bajo las caricias del inmundo señor
Humbert, a quien una vez pregunta: "¿Siempre
viviremos así haciendo toda clase de porquerías en
camas de hotel?" Pero respondiendo a su
pregunta: Su éxito no me molesta. Yo no soy Conan
Doyle quién, por esnobismo o pura estupidez,
prefería ser conocido como autor de una historia de
África (risas), que imaginaba muy superior a
su Sherlok Holmes. Y es muy interesante plantearse
como hacen ustedes los periodistas, el problema de la
tonta degradación que el personaje de la nínfula
que yo inventé en 1955 ha sufrido entre el gran
público. No sólo la perversidad de la pobre
criatura fue grotescamente exagerada sino el aspecto
físico, la edad, todo fue modificado por
ilustraciones en publicaciones extranjeras. Muchachas
de 20 años o más, pavas, gatas callejeras, modelos
baratas, o simples delincuentes de largas piernas,
son llamadas nínfulas o "Lolitas" en
revistas italianas, francesas, alemanas, etc. Y las
cubiertas de las traducciones turcas o árabes. El
colmo de la estupidez. Representan a una joven de
contornos opulentos, como se decía antes, con melena
rubia, imaginada por idiotas que jamás leyeron el
libro. En realidad, Lolita es una niña de 12 años
mientras que Mr. Humbert es un hombre maduro, y el
abismo entre su edad y la de la niña produce el
vacío entre ellos; entre ese vacío, ese vértigo,
la seducción, atracción de un peligro mortal. En
segundo lugar, la imaginación del triste sátiro,
convierte en criatura mágica a aquella colegiala
americana tan trivial y normal en su género como el
poeta frustrado Humbert lo es en el suyo. Fuera de la
mirada maníaca de Mr. Humbert no hay nínfula.
Lolita, la nínfula, sólo existe a través de la
obsesión que destruye a Humbert. Éste es un aspecto
esencial de un libro singular que ha sido falseado
por una popularidad artificiosa.
(...)
-No sé por qué me
gustan tanto los espejos y los espejismos. Sé que a
los diez años me apasionaban los trucos de magia. La
magia a domicilio con sus instrumentos: el sombrero
de doble fondo, la varita con la estrella, el juego
de cartas que entre los dedos se metamorfosea en
cabeza de cerdo. (Pivot ríe) Sí, sí. Todo
eso te llegaba en una gran caja de los almacenes
Peto, calle de la caravana, cerca del Circo
Cíniselli, en San Petersburgo. Dentro venía un
manual de magia que enseñaba cómo hacer desaparecer
o cambiar una moneda entre los dedos. Yo intentaba
hacer esos trucos delante de un espejo, tal como
aconsejaba el manual: "Ponte delante de un
espejo". Y mi carita, pálida y seria, reflejada
en el espejo, me aburría. Me ponía un antifaz negro
que me daba mejor cara; pero nunca llegaba a igualar
al famoso mago Mister Merlín , a quien solían
invitar a las fiestas infantiles y de quien yo
intentaba en vano imitar el parloteo, frívolo y
engañoso, que mi manual quería que yo recitara para
eclipsar mis juegos de manos. Parloteo frívolo y
engañoso: he aquí una definición engañosa y
frívola de mis obras literarias... Pero esos
estudios de escamoteo no duraron mucho.
"Trágico" es un término muy fuerte, pero
hay algo trágico en el incidente que me hizo
abandonar esa pasión, relegar la caja al cuarto
trastero con los juguetes difuntos y los títeres
rotos. Una tarde de Pascua, en la última fiesta
infantil del año, no pude evitar mirar por la ranura
de una puerta para ver cómo iban los preparativos
que hacía el señor Merlín para su número de
salón. Le vi que entreabría un secreter para meter
tranquilamente, abiertamente, una flor de papel. Y la
familiaridad de aquel gesto era innoble comparada con
el hechizo de su arte. Yo entendía de ello, sabía
qué ocultaba el frac ajado de un mago, y qué pueden
hacer los magos. Ese vínculo profesional, vínculo
de mala fe, me llevó a revelar a una primita mía,
Mara Jevuska, en qué escondrijo hallaría la rosa
que Merlín escamotearía en uno de sus trucos. En el
momento crítico, la pequeña traidora, blanca y de
pelo negro, señaló con el dedo el secreter,
gritando: "¡Mi primo ha visto dónde la ha
metido!" Yo era muy joven, pero ya distinguía o
creí distinguir la expresión atroz que contrajo las
facciones del pobre mago. Cuento este incidente para
satisfacer a mis críticos perspicaces que declaran
que en mis novelas el espejo y el drama andan muy
lejos. Porque debo añadir: cuando abrieron el cajón
que los niños señalaban entre burlas... la flor no
estaba.
(Risas)
-¡Estaba sobre la silla
de mi vecina! ¡Encantadora combinación, gloria del
ajedrez!
-Es una historia muy
bonita, preciosa.
Si bien se mira, hay bastante erotismo en su obra.
-Hay bastante erotismo
en la obra de cualquier novelista de quien se pueda
hablar sin reírse. Lo que llaman
"erotismo" es uno de los arabescos del arte
de la novela.
-Lo que sorprende,
sobre todo en Ada, es el gusto por el detalle: cada
objeto en su sitio, la referencia exacta; todo es muy
minucioso en sus libros, usted es un perfeccionista,
y un aficionado a las mariposas; en Ada hallamos
muchas veces su gusto por ellas.
-Excepto algunas
mariposas suizas en Ada, me inventé las especies,
pero no los géneros. Es un detalle simpático,
¿verdad? Sostengo que es la primera vez que alguien
se inventa mariposas científicamente posibles en una
novela. Se me podría responder: usted satisface al
sabio y abusa de la ignorancia del lector sobre las
mariposas, pues si se hubiese inventado un nuevo tipo
de perro o de gato para los señores del castillo, la
superchería hubiera irritado al lector, que habría
tenido que imaginarse un cuadrúpedo bastante
mitológico cada vez que Ada recoge al animal en
brazos. Lástima que no haya intentado inventarme
cuadrúpedos. Lo siento. Pero me inventé un árbol
nuevo para el jardín del castillo. Algo es algo.
-Usted ha escrito
este libro maravilloso, La Defensa,
¿es un buen jugador de ajedrez? Y hablando de
ajedrez, ¿qué piensa de Fischer?
-Yo era un jugador de
ajedrez bastante bueno. No un "Gross
Meister" (literalmente Grueso Maestro) como
dicen los alemanes. Pero era un buen jugador de
círculo, capaz de tender una trampa a un campeón
aturdido. Lo que siempre me ha gustado en el ajedrez
son las trampas, los trucos ocultos. Por eso
abandoné las partidas y me dediqué a la
composición de problemas. No dudo que hay un
vínculo íntimo entre algunos espejismos de mi prosa
y el tejido brillante y oscuro a un tiempo de los
problemas de ajedrez, enigmas mágicos, cada uno de
los cuales es fruto de mil y una noches de insomnio.
Me gusta componer los problemas llamados
"suicidas" en los que las blancas obligan a
las negras a ganar. Sí, Fischer es un ser extraño
pero no tiene nada de anormal que un jugador de
ajedrez no sea normal, que sea así. Hubo el caso del
gran Rubinstein, a principios de siglo. Del manicomio
donde solía vivir una ambulancia lo llevaba cada
día a la sala del café donde se celebraba el torneo
y después lo devolvía a su casilla negra, después
del juego. No le gustaba ver a su adversario, pero
una silla vacía más allá de su tablero todavía le
irritaba más. Entonces ponían un espejo y el veía
su reflejo o quizá al auténtico Rubinstein.
-Fischer es un caso
de psicoanálisis.
-No, no, es un gran
jugador de ajedrez que tiene pequeñas manías.
-Me ha parecido
entender que no aprecia a Freud.
-No es exacto. Aprecio
mucho a Freud como autor cómico. Las explicaciones
que da sobre las emociones de sus pacientes y sus
sueños son de un burlesco increíble, pero hay que
leerlo en la lengua original. No entiendo cómo se le
puede tomar en serio. No hablemos más de eso.
-Los escritores
políticos tampoco son sus autores de cabecera.
-Muchas veces me
preguntan quién me gusta y quién no, entre los
novelistas, comprometidos o no, de mi siglo
maravilloso. Primero, no aprecio al escritor que no
ve las maravillas de este siglo, las pequeñas cosas,
la ropa masculina informal, el cuarto de baño que
substituye al lavabo inmundo. Las grandes cosas como
la sublime libertad de pensamiento en nuestro doble
occidente. ¡Y la luna! Recuerdo con qué escalofrío
delicioso, envidia y angustia, miraba yo en la
televisión los primeros pasos flotantes del hombre
sobre el talco de nuestro satélite y cómo
despreciaba a quienes decían que no valí la pena
gastar tantos dólares para pisar el polvo de un
mundo muerto. Detesto pues a los divulgadores
comprometidos, a los escritores sin misterio, a los
infelices que se alimentan con los elixires del
charlatán vienés. Aquellos que aprecio saben que
sólo el verbo es el valor real de la obra maestra.
Principio tan viejo como verdadero, y eso no ocurre a
menudo. No es preciso dar nombres, nos reconocemos
por un lenguaje de signos, a través de los signos
del lenguaje, o bien, al contrario, todo nos irrita
en el estilo de un contemporáneo detestable, incluso
sus puntos suspensivos.
-Me han dicho que no
le gusta Faulkner. Cuesta creerlo.
-¡No! No soporto la
literatura regional, el folklore artificial.
-Una última
pregunta, señor Nabokov, ¿puedo decir que usted,
para resumir un poco, tiene la cultura del sabio y
además la ironía del pintor?
-Hay un rinconcito en la
taxonomía entomológica que yo conocía muy bien,
era el maestro, en los años 40, en el museo de
Harvard. La ironía del pintor, eso no. La ironía es
el método de discusión que usaba Sócrates para
confundir a los sofistas; la inventó él y a mí
Sócrates, entre otros, me cae muy mal. Por
extensión, la ironía es una risa amarga. Mi risa es
un chisporroteo bonachón que viene del vientre tanto
como del cerebro.
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