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Hace falta ser un hombre para sufrir la ignorancia y sonreir
Sting. Englishman in NY.


Edward Hopper. New York Movie. 1939

Salón de lectura
Sala IV

Obras reseñadas

España frente a Europa (1999). Ensayo. Gustavo Bueno.

La sociedad multiétnica (2001). Ensayo. Giovanni Sartori.

Páginas de historia de la Farmacia (1970). Historia. Jose Luis Gómez Caamaño.



España frente a Europa. Ensayo (1999). Gustavo Bueno (1924)  

El libro había de llamarse, en un primer momento, España contra Europa. Un título quizá demasiado contundente, demasiado incendiario. Algún espíritu cauto debió sugerir el cambio. Títulos al margen, es este un libro pendenciero. Busca camorra y riña y duelo. Pero la pendencia la busca de manera serena, profunda, rigurosa. Es una pendencia de café, de tertulia, de congreso, de debate la que busca. Es, además de pendenciero, un libro imprescindible. Que no hay que perderse. Y ello por varias razones. No estoy con esto insinuando que se haya de estar ciegamente de acuerdo con sus controvertidas tesis. Justamente, una de las razones por las que el libro de Gustavo Bueno es imprescindible es para ayudarnos a no ir ciegamente a favor de ninguna tesis. Es imprescindible por la valentía que implica ir a contrapelo del eurófilo pensamiento único que se nos ha impuesto sin que sepamos muy bien cómo. Es imprescindible por su reinvindicación (y su relectura o su lectura correcta o su nueva lectura) de términos caídos en desgracia, como el de imperio, cuyo desprestigio en nuestros dias es máximo, contrariamente al concepto de nación, que goza en la actualidad de un prestigio no se hasta que punto merecido. Es imprescindible por su condición de libro contestario y contracultural (sólo por eso habría que correr a la librería más cercana, en estos tiempos tan adocenados y tan disciplinados). Es imprescindible, finalmente por ser un libro denso, substancioso (en estos tiempos de textos blandos y deglutidos y digeridos), un texto que exige atención y silencio, silencio y atención para paladear o abominar de sus tesis. No apto por lo tanto para leerlo en el metro o en la terraza del Zurich o en el Pans and Company. Es un texto que yo recomendaría a cualquier persona interesada por la política, por la cultura, por las ciencias humanas (me consta que esas personas aun existen). Que recomendaría a cualquier persona que encuentre sospechosa tanta calma chicha, tanto pensamiento único, tanta corrección política, tanto progresismo acrítico y de manual, tanto 1984. Yo creo que España frente a Europa conduce a un interrogante esencial. ¿Es Europa realmente el futuro de España? ¿O es solamente su presente? Esta es una pregunta válida que muy pocos se hacen. Y los pocos que se la hacen dirán en su mayoría que, en efecto, Europa es el futuro, el desarrollo, el progreso, etc: Otra vez el cuento infantil, el bobalicón cuento de la Europa sublime. ¿Cuanto durará esta adormecedora cantinela? De acuerdo, Europa es el progreso, es Bacon y Newton y es Galileo, pero también es Hitler y los hornos crematorios, es la dictadura, la Polonia invadida y troceada y 50 millones de muertos: Europa también tiene su lado sombrío, a veces ha sido una película de terror o gore. Basta ya de caérsenos la baba cuando hablemos de Europa, viene a decirnos Bueno en su libro contestatario y contestón. De nuevo la pregunta ¿Es Europa el futuro de España? He de aclarar que cuando hablo del futuro, no me refiero al año 2004 o al 2007 o al 2011. Ni a la temporada otoño-invierno 2012-2013. Todo eso es el presente. El futuro es el año 2100, el 2170, el 2200, el 2500 (no dudeis que ese futuro llegará, y lo hará más pronto que tarde). A muy largo plazo, a siglos de distancia en el futuro, ¿es Europa algo realmente válido para España o para su identidad (esa identidad múltiple y compleja, pero radicalmente original en sus orígenes y desarrollo, más allá de los momentos históricos de confusión y los acomplejados y temerosos seguidismos)? ¿es la unión continental nuestro destino de cara a un futuro más o menos remoto, un futuro más allá de este XXI que acabamos de estrenar? ¿No será Latinoamérica (todavía tan ninguneada y tan despreciada por ciertos españoles con ínfulas de modernos, esos ignorantes de bufanda y libro y café), no será latinoamerica, digo, un porvenir mucho más rutilante para nuestra hoy tan quieta y calma balsa de piedra, sólo rebelde y convulsa en la novela de Saramago? Dejadme que os dé mi opinión (tengo derecho a sostenerla: hoy dia esta perogrullada hay que recordarla de vez en cuando, sobre todo cuando te sales del papel pautado): el futuro será de las culturas, no de los microestados actuales. Culturas integradas en grandes superestructuras, claro. Será de las gentes, de las lenguas, de las historias, de las civilizaciones regionales y únicas. España no será un estado, será una cultura integrante de una supraestructura política o administrativa. Muy probablemente, a finales del XXI, esa superestructura será una babélica unión europea (lo de babélica es un decir porque será angloparlante, ahí nos duele). ¿Ha de ser éste todo el futuro de España, este viejo pais fatigado de historia, de turbulento pasado, soñador, irracional (pero que cuando ha querido se ha modernizado y racionalizado en un plisplas), ese pais cuya cultura se ha proyectado al mundo? ¿Ha de ser este nuestro porvenir? ¿Volver a ser una diocesis del imperio romano?. Dentro de cien y más años, habrá sólo media docena de culturas, quizá alguna más, que podrán verse a simple vista. La hispánica será, sin duda, una de ellas. Frente a tales culturas macroscópicas, habrá una constelación de culturitas de tamaño microscópico. Tal es el futuro que le espera a la orgullosa Francia, por ejemplo: no existirá una francofonía galoparlante perceptible a simple vista, únicamente una pequeña cultura visible tan sólo al microscopio. Para entonces, finales del XXI, principios del XXII, es posible que Latinoamerica haya alcanzado un desarrollo material que la homologará al autodenominado primer mundo. El recuerdo de la Latinoamérica del XIX, del XX (quizá también del XXI) con su postración económica, su turbulencia social, sus dictaduras, sus genocidios, quedará tan solo en los libros de historia. Cuando contemplemos desde nuestro lado del Atlántico a una Latinoamérica desarrollada política y económicamente, una Latinoamerica orgullosamente en pie, con su colosal estatura demográfica, cuando la contemplemos desde nuestra pequeña y mortecina celda en la penitenciaría europea, desde nuestra minúscula condición de provincia neorromana ...¿no pensaremos que, una vez más, hemos errado el camino?

Serafín, 2001


 

La sociedad multiétnica (2001). Giovanni Sartori.

Innumerablemente oimos expresiones del tipo "la diversidad es un valor", "la pluralidad nos enriquece", "el mestizaje aporta creatividad y complejidad cultural", etc...todo ello en medio de continuadas loas al multiculturalismo, cantos a la mezcla de colores, exaltación del pluralismo étnico y lingüístico y patatín, patatán...y sin embargo, muchos de los que hacen estas apasionadas (aunque no siempre insinceras) proclamas se pondrian en verdad bastante nerviosos si de repente irrumpiesen en su bucólica y pijotera pequeña sociedad occidental unos cuantos milloncitos de desarrapados inmigrantes magrebies o subsaharianos. En el caso más cercano del que esto escribe, que es Cataluña, el discurso multiculturalista, lleno de corrección política, lugares comunes y absoluta superficialidad y falta de rigor, campa a sus anchas en medios de comunicación, ambientes políticos y culturales y graffitis urbanos. En Cataluña hay un sistema autónomo de partidos unánimemente comprometidos (aunque unos en mayor grado que otros) con la llamada identidad nacional. Algunos de estos partidos tienen en tal asunto una auténtica fijación o como mínimo, lo consideran su principal preocupación. ¿Cómo creer que tales partidos y tal ideología puedan poner buena cara ante la amenaza que supone una invasión cultural foránea? No estoy diciendo que me parezca totalmente incompatible la defensa de la identidad nacional con la apertura al foráneo, pero no se me negará que cuando la identidad se coloca en un primer plano no es de esperar que la llegada del forastero (sobre todo si es de una cultura más o menos distante, como es el caso del magrebí, por ejemplo) suscite muchas alegrías. Sin embargo, se juega con la idea (sobre todo por parte de la estupenda izquierda catalana) de que ambas cosas son plenamente compatibles en un mismo grado de intensidad. Pero esto es poco creible: una cosa es proclamar que se es muy abierto, tolerante e integrador y otra muy distinta, encontrarse ante el reto de tener que abrir realmente la puerta a miles o millones de foráneos. Y esto lo digo aceptando la superior capacidad integradora de la sociedad catalana, lo cual (justo es decirlo) es algo más que un lugar común político. Pero la presión inmigratoria (que muy pronto será avasalladora) plantea problemas muy serios que no admiten la elegante frivolidad con la que se está abordando (es un decir) el problema, o lo que pronto será problema. Y es que algunos, intimamente prefieren que el Estado, con sus leyes de extranjería les haga el trabajo sucio, y actue como tapón de inmigrantes, mientras ellos siguen jugando a la exquisitez progresista, con la tranquilidad de que no tendrán que enfrentarse con un problema que tienen tan bellamente resuelto en el plano teórico. Con todo, los hay que acaban poniéndose algo nerviosos y manifiestan su preocupación por el creciente número de mezquitas (y la aterradora perspectiva, supongo, de que lleguen a rivalizar en número con las iglesias románicas). No intento ridiculizar estas preocupaciones: la llegada incontrolada de personas, como son los oriundos del Magreb, por ejemplo, que son representantes de un cultura y una religión teocrática de personalidad muy fuerte y marcada, sería algo realmente peliagudo y de preocupante impacto en nuestra sociedad. Quien no vea tal cosa, y quiera seguir jugando al progresismo bobalicón y de pintada, alla él. Pero un problema de tal magnitud, y que ya tenemos casi encima, no creo que se resuelva con juegos de rol. La sociedad multiétnica plantea la cuestión con deslumbrante claridad y de manera desacomplejada ( y totalmente desmarcada de los manuales de corrección política, tan en boga): ¿hasta donde puede ser abierta una sociedad abierta? ¿cómo seguir siendo libres, laicos ( y abiertos) sin incorporar el germen que habrá de destruirnos? ¿qué pasa cuando el que viene de fuera es un islámico, pongamos por caso, (porque hay distintos tipos de inmigrantes, unos más integrables que otros), es decir, alguien que procede de una cultura teocrática, de una sociedad en la que campa una religión pública que no acepta la separación entre Iglesia y Estado, ni algunos de los más elementales principios de nuestra convivencia occidental? ¿y que ocurre cuando tal incorporación es masiva? ¿no se acabarán formando voluminosos ghettos hostiles a la sociedad que los ha acogido?. Lo que puede ocurrir, advierte Sartori, es que la sociedad abierta receptora quede en peligro y se cierna sobre ella el siempre presente fantasma de la balcanización. Unos Estados Unidos, dice Sartori, que se hubiesen ido construyendo no con un ideal unitario sino multicultural, serían hoy con toda probabilidad, una sociedad de tipo balcánico. Si no sucedió, fue porque la sociedad norteamericana se construyó con muchas etnias, pero no se hizo desde disgregadores planteamientos multiculturalistas. Estas son algunas de las poco agradecidas cuestiones que nos presenta La sociedad multiétnica. Claro que muchos preferirán seguir ignorando el problema y jugar a la cuadratura del circulo, a defender una identidad basada en tradiciones y esencias milenarias y al mismo tiempo proclamar la apertura total (que saben que no se producirá, ya se encargarán otros de impedirlo), el multiculturalismo, el mestizaje, etc... A veces el no tener responsabilidades de gobierno (o no tener un estado propio) no deja de tener ventajas. Es como vivir con los padres pasados los veinticinco años: puede que uno no se sienta muy bien consigo mismo, pero nadie discutirá que resulta cómodo que las decisiones importantes no tengamos que tomarlas nosotros y poder así seguir teniendo una imagen idealizada de nosotros mismos.
En cualquier caso, cuando se habla de que estamos ante una bomba demográfica, de que esto no lo para nadie, etc, no se está bromeando. ¿Que significa esto?. Pues que se trata de un problema con el que tendremos que enfrentarnos (queramos o no) un dia más bien cercano. La teoría política, la sociología, etc, tendrán que arremangarse y ocuparse con seriedad del asunto y habrán de hacerlo más pronto que tarde. No sea que, mientras seguimos jugando al rol del refinamiento izquierdista al tiempo que la administracion central nos saca las castañas del fuego con diabólicas leyes de extranjeria y demás maldades, tengamos llamando a nuestra puerta al monstruo de la balcanización, de la fragmentación y la destrucción de nuestra sociedad. Puede que entonces tengamos que dejar nuestros amenos juegos, nuestro lápices y libros de colores, nuestras ingenuas e infantiles bravuconadas y tengamos súbitamente que enfrentarnos con lo que viene de afuera a visitarnos. Quizá nos suceda entonces lo que a los niños de la España de 1936 o los de la Yugoslavia de 1990. Que tendremos que hacernos adultos de golpe. 

Serafín, 2001


 

Páginas de historia de la Farmacia, 1970 (1982, 2ª ed.). Jose Luis Gómez Caamaño.

Durante la primera mitad de los años noventa y parte de la segunda, dediqué una buena porción de mis dias (y aún algunas de mis noches) al mareante y multidisciplinar estudio de la Farmacia. Fueron aquellos largos años de matraces, Erlenmeyers, pipetas, balanzas, apuntes, libros, fotocopias, avinagradas bibliotecarias y cantidades ingentes de cafeína (por via principalmente oral). Y es que tradicionalmente los estudios de Farmacia han sido de los más exigentes del, tal vez en exceso, amplísimo abanico universitario: el tiempo de estancia medio del sufrido estudiante en la Facultad de Farmacia de la Universidad de Barcelona es de 7,4 años. Supongo que de entrada, este simple hecho debería despertar alguna curiosidad, aunque fuera mínima: pues, ¿qué clase de producto fabrica esa inconcebible facultad, ese horripilante edifico de ínfulas neoclásicas (me refiero al de la UB, donde yo estudié), y como es que necesita tantísimo tiempo para concebirlo, manufacturarlo y distribuirlo? El producto que fabrica es, lógicamente el farmacéutico, insólita especie profesional a la que se llamó boticario hasta el siglo XIX (aunque algunos medios de comunicación aún se empeñen en llamarlo así, en no pocas ocasiones con ánimo despectivo), momento este en el que se hizo universitario. 

El texto de Gómez Caamaño nos habla de la historia y de la evolución de un oficio o profesión con la cual la mayoría de la gente cree tener una gran familiaridad. Tal familiaridad es, sin embargo falsa, porque para el gran público la función del farmacéutico (que identifica plenamente con la Oficina de Farmacia, es decir con la farmacia de calle) se reduce a la expedición de productos farmacéuticos y sanitarios, rotundamente acabados y garantizados por la industria fabricante. La imagen del licenciado en Farmacia continua pues, ligada a la botica, exactamente igual que en el siglo XIX: sigue siendo ante todo un boticario, sólo que ahora no elabora medicamentos, si exceptuamos las fórmulas magistrales, esa apolillada reliquia de la vieja farmacia del XIX. A ojos del gran público, el farmacéutico es alguien que custodia el fármaco, que es capaz de dar una vaga información técnica sobre el producto o que, como mucho puede ser utilizado como una especie de galeno de mentirijillas o de médico de cabecera en edición de bolsillo. Tal imagen, además de lamentable y estrecha, es un error (o al menos debería serlo), ya que el farmacéutico, al menos teóricamente, es un técnico experto en medicamentos, alguien conocedor del fármaco en sus múltiples aspectos de formulación, elaboración, control, distribución y comercialización y en absoluto alguien capaz de emitir un diagnóstico o decidir un tratamiento. Esta tareas, como todo el mundo sabe o debería saber, son responsabilidad de la Medicina. Otra cosa es que la problemática actual de la profesión farmacéutica, su incierto futuro, su indefinición sobre el camino que debe seguir y cual debe ser la función prioritaria del profesional de la farmacia no ayuden en nada a clarificar socialmente el papel que ha de corresponder (en todos los ámbitos) al otrora llamado boticario. En los últimos veinte o treinta años dos vias se han abierto ante el confundido farmacéutico: la asistencial y clínica por un lado, y la industrial por otro. Parece ser que el rumbo escogido ha sido más bien el primero y ahora se habla profusamente de conceptos como la atención farmacéutica, la farmacia clínica o la farmacia asistencial (con sus correspondientes postgrados y másters, como no), y se les considera el futuro y también la panacea de la problemática profesión. Tal orientación no es del agrado del que esto escribe, a quien lo sanitario y asistencial ha interesado siempre más bien poco. El tren en el que me guste o no, estoy subido (o al que no me queda más remedio que subir) ha tomado un rumbo que no me entusiasma, pero como se dice en Cataluña que hi hem de fer

La farmacia como profesión tuvo un desarrollo anómalo. A lo largo del XIX, el medicamento no escapó al proceso de industrialización que afectó a tantas otras áreas. Pero el profesional de la farmacia, que era universitario desde 1845 (lo cual convierte a la Farmacia en una carrera de auténtico rancio abolengo a nivel universitario, aunque no tanto como Medicina o Derecho), no supo o no quiso abandonar el limitado y acogedor reducto de su botica-laboratorio (donde era él quien hasta entonces elaboraba los medicamentos) y no sólo no se hizo con el control de la naciente industria, sino que, en algún caso, intentó incluso boicotearla. Bien es verdad, no obstante, que no pocos importantes laboratorios tuvieron su origen en las reboticas de algunas farmacias. 
Con todo, a pesar de su enorme problemática, de la incertidumbre en la que se haya inmersa (recuerdo un libro leido en 1996, sobre la profesión farmacéutica que se cerraba con la siguiente frase los problemas de la farmacia son legión), de lo delimitado y estrecho de su imagen social, de su desprestigio (del que son en parte responsables los colegios y los propios profesionales, que sólo abren la boca para protestar cuando el gobierno les baja los márgenes comerciales o les retira la exclusiva de algún producto y más que imagen de técnicos o científicos la dan de atolondrados botiguers), con todo, digo, la profesión farmacéutica puede al menos alardear de una historia milenaria y multicultural y de unos interesantes contactos con el mundo de las humanidades y la cultura. La historia de la Farmacia es, en muchos aspectos, una historia de la Ciencia y al menos eso si que debería interesar a bastante gente. Tambien hay que recordar el interesante papel social del farmaceutico en el siglo XVIII como anfitrión de políticos, hombres de cultura y como germen de sociedades dieciochescas. Pensemos también en cosas como la cerámica farmacéutica, que es, en si misma todo un universo cultural. Además algunas substancias, como la morfina, principio activo del glorioso opio (tan literario y consumido con tanta generosidad por personajes como de Quincey o Baudelaire) fue aislada por farmacéuticos franceses a principios del XIX. Y la misma Coca-cola fue creada por un boticario americano, un tal Pemberton, hacia 1886, y la comercializó en su farmacia, presentándola como producto medicinal. Más tarde vendió la fórmula a otro farmacéutico, que fue el fundador de la compañía. Como curiosidad, decir que la bebida originalmente llevaba cocaína, de ahí su nombre, pero esta substancia fue luego prohibida para todo uso que no fuera clínico y hubo de ser subtituida por la cafeina en la misteriosa fórmula del célebre jarabe (quizá si la clase farmacéutica reivindicara la paternidad de la Coca-cola les iría mejor como colectivo) . Pensemos también en la relación de la farmacia con la cultura psicodélica o de los alucinógenos. 

Si consideramos todo esto, un texto como Páginas de Historia de la Farmacia de Gómez Caamaño cuenta con no pocos atractivos para un lector interesado en las humanidades y sin necesidad de que este sea farmacéutico, pero no se porqué tengo la sensación de que este libro no va a ser siquiera ojeado por nadie que no esté preparando la asignatura de Historia de la farmacia de quinto curso de carrera. Estas lineas las escribo en un mes de Julio: seguro que entre finales de Agosto y primeros de Septiembre Páginas de historia de la Farmacia volverá a contar, como cada año, con un efímero éxito. 

Serafín, 2001


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