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Fausto 5.0. España. 2001. Duración: 94 min. Dirigida por: Isidro Ortiz, Alex Ollé, Carlos Padrissa. Intérpretes: Miguel Angel Solà, Eduard Fernández, Najwa Nimri, Juan Fernández.

Mefistófeles pernocta en BCN
Tercera visitación faústica de la compañía catalana La fura del Baus. Tras el montaje teatral Fausto versión 3.0 y la opera vanguardista La condenación de Fausto, la Fura insiste de nuevo en el viejo mito para ésta su primera y acertada incursión cinematográfica. Aunque la película traslada eficazmente al celuloide el mundo de la Fura, no constituye tan sólo una peripecia teatral (como algunos críticos temían) sino un brillante ejercicio de cine de género. Fausto 5.0 es una estimulante experiencia visual y auditiva elaborada a partir de un material mítico del que la cultura europea lleva ocupándose desde hace varios siglos. Contrariamente a lo que comúnmente se cree, no fue Goethe el creador de Fausto. El sacro y canónico autor alemán volvió a desarrollar literariamente un mito preexistente que también había sido utilizado por Christopher Marlowe dos siglos atrás. En este XXI al que acabamos de arrancar el plástico, el viejo tema sigue fascinando. La Fura del baus lleva ya abordándolo desde tres lenguajes diferentes (teatro, ópera y ahora cine), lo que prueba la vitalidad del mito del erudito embebido en conocimiento que pacta con el diablo a cambio de conocer el otro lado del jardín, o mejor dicho, el otro lado de sí mismo. Más allá de nuestra pedanteria literaria, de nuestra ansia de acumulación de datos culturales (que nos permitan brillar socialmente o ganar algún concurso televisivo), el de Fausto y Mefistófeles es un mito demasiado vivo y palpitante como para quedar reducido al sarcófago de un libro. Se trata de algo que nos afecta de una manera tan intensa y directa que no podemos limitarlo a una mera cuestión de culturita literaria. Fausto representa muchas cosas: el mundo de los deseos largo tiempo, sino reprimidos, al menos minorizados o arrinconados; el bucear en el propio interior, que es algo tan abrumador y sideral como el propio Cosmos; el enfrentarse de una vez por todas con nuestro retrato de Dorian Gray personal (que tenemos encerradito bajo siete llaves para que nadie lo vea, ni siquiera nosotros mismos); el sacar a pasear a nuestro recóndido y enloquecido alter ego; o el atrevernos a desear y consumar los deseos, pero los nuestros, no los de los martilleantes mercaderes de sofisticadas baratijas que nos taladran el castigado cerebro las venticuatro horas del dia con su insufrible música machacona y ruidista.

Por todo ello volvemos una y otra vez sobre Fausto y su oscura peripecia. Y esta versión 5.0 que nos sirve la Fura seguro que no será la última. Pasarán mil años y seguiremos hablando del tema, seguiremos asomándonos a nuestras propias entrañas y cuestionándonos sobre ellas, a tientas.

La película se desarrolla en algún momento del futuro (posiblemente cercano) en un indefinido escenario hacinado y siniestro, pero en el que se reconoce fácilmente una futura Barcelona de pesadilla, multirracial e hipertrofiada. En esta onírica y espeluznante Ciutat Vella gigante, un arrabalero Mefistófeles de horribles gafas setenteras aborda al reconcentrado Doctor Fausto, experto en enfermedades terminales y en fase terminal mental y emocional él mismo. El personaje (supuesto antiguo paciente desauciado de Fausto) ayudará al doctor a sumergirse en la oscura ciénaga de sus deseos más recóndidos, a sacar al exterior a su sangrante y salvaje Mr. Hyde.

Pocas veces el cine nos brinda una posibilidad tan clara (tan turbiamente clara) de sentir que, de alguna manera, atravesamos el espejo. Esto nos pasa sólo cuando el arte logra su objetivo. A mi la última vez que me ocurrió fue en 1999, con el sombrío experimento de Kubrick Eyes wide shut en la que el protagonista también buceaba en el interior de sí mismo en su largo viaje hacia el fin de la noche. Con Fausto 5.0, me ha vuelto a suceder. Muchos son los elementos que hacen de esta cinta una de las experiencias cinematográficas más fascinantes de los últimos años: sus frios y desvanecidos fotogramas, desteñidos y como lavados a la piedra; la decibélica banda sonora; los guiños cronembergianos; la deliciosa y extraterreste Najwa Nimri en su blanco papel; las embestidas hacia el fondo del deseo; el terror de ver los deseos cumplidos (o de que no se cumplan)...
Tras la borrachera de sonidos e imágenes, salí del cine sudoroso y zigzagueante, intentando reconocer la silueta de Mefistófeles entre las sombras de una Barcelona (todavía) no tan pavorosa como la de la película.

Serafín. Octubre 2001

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